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lunes, 12 de junio de 2017

Vigesimoctava de Feria. Frente al derrotismo desmoralizado de una mala tarde de toros, conviene volver a gritar: ¡VIVA MIURA!

Los Que Pagan

José Ramón Márquez

Miura es como el Vaticano de los toros. Miura es el asidero, es la historia. Miura es el toro que vieron mi abuelo y mi bisabuelo en la Plaza Vieja, la más apabullante avalancha de toros, de “bueyes bravos”:

Desengáñese usted, don Eduardo, en España ya no quedan más que dos ganaderías de postín, la mía, de toros mansos, y la de usted, de bueyes bravos -le dijo en una ocasión el marqués de Saltillo a Miura.

Y ahí tenemos a los Miura de nuevo en Madrid, divisa verde y negra, que desde abril de 1849 que vinieron por vez primera ya ha llovido y ha dado tiempo a echar toros de las más diversas condiciones: más mansos o más bravos, más fuertes o más débiles. Qué más da, si la sola palabra Miura es la que te hace ir a la Plaza, si acudes con toda la ilusión nada más que porque en el cartel está pintada la A con asas y te da lo mismo quién la vaya a matar, porque vas por los toros, por el ensalmo de un nombre que aprendiste a respetar desde la infancia, con las viejas historias del Espartero, de Dominguín, de Manolete… ¿Cómo vas a juzgar a esto de Miura, que es la leyenda, la aristocracia más linajuda del toro bravo, como si fuese un “eliminando lo anterior” de un señor con muchísimo dinero que se ha comprado una ganadería por la razón que sea? ¿Cómo poner en el disparadero a esta familia que lleva dedicada al toro de lidia desde antes del inicio de la segunda Guerra Carlista porque una corrida les salga peor, cuando en su larguísima ejecutoria hay infinidad de toros de peor condición de lo que hoy se han visto en Las Ventas, e infinidad de toros de una condición superior a los de hoy? ¿Cómo tratar de juzgar toda una Historia porque una corrida de Madrid haya salido mala? ¿Qué dirían nuestros bisabuelos al salir de aquélla de Miura con Fuentes, Conejito y Algabeño en abril de 1901 en la que el segundo fue condenado por su cobardía a fuego, en que el tercero “parecía una cabra corredora”, en la que el cuarto fue también “condenado al fuego por cobarde” y el cronista de La Época decide abandonar la Plaza en el quinto “porque tan mala corrida no merece la pena de retrasar el cierre de esta edición”? ¿Vamos a cargarnos a Miura por la de hoy en Las Ventas o por la de 1901 en la Plaza Vieja? Y frente a eso ¿no resaltan de manera singular la cantidad de buenas corridas de esta singular vacada, la cantidad de grandes toros de nota que Miura ha puesto frente a todos los que han tenido los arrestos de anunciarse con ellos? Porque Miura es muchas cosas, pero una de ellas es su personalidad, lo imprevisible de sus humores, la inteligencia que atesoran. Hoy mismo, en un ligero descuido de Rafaelillo con un toro que parecía medio desentendido, el animal en un instante le soltó el recado con los dos pitones: puntazo en el muslo izquierdo y en la axila derecha, como el que no quiere la cosa, para aclarar conceptos. Y luego mil detalles, que ahí tenemos a los peones pasando sus fatiguitas y poniéndolas de una en una, o al apoderado de Rubén Pinar animando a Daniel López a que se emplease de manera profunda en la cosa de la vara con el sexto, que eso son cosas que no pasan los días que vienen las seis cabritillas o los seis cerditos, y ponga ahí cada cual el nombre de las ganaderías que le plazca poner, que entre las que se lidiaron entre los días 12 de mayo y 2 de junio hay una montaña de ellas para elegir.

Así que nos vamos a Las Ventas del Espíritu Santo imbuidos de santa admiración a Miura, a sus obras y seducciones, y rogando que la corrida salga acorde a lo que esperamos, fuerte, dura de pezuña y razonablemente mansa, por no dejar en mal lugar al marqués de Saltillo, y deseando la mejor fortuna a Rafaelillo, Dávila Miura y Rubén Pinar, que a diferencia de alguno que se autodefine como figura y al que las plumas mercenarias no dudan de tildar de “poderoso”, no tienen inconveniente en poner sus nombres en los carteles junto a los colores de la histórica vacada de Lora del Río.

Al romperse el paseíllo la Plaza prorrumpió en una ovación que, al parecer, iba dedicada a Dávila Miura, torero “retirado” y apoderado de toreros, que lo fue de Rafaelillo y de Rubén Pinar, sin ir más lejos, que hoy, al igual que el año pasado, vuelve a vestirse de luces para matar la de Miura. En realidad luego fue Dávila Miura el que no mató ningún Miura, pues los dos que echaron de vuelta a la trena de Florito, el segundo y el quinto, eran los que a él le correspondían, y como no se ha desarrollado aún ningún sistema de devolver ovaciones, Dávila se quedó con la que le dieron, tan ricamente.

El primero de la tarde fue Laneto, número 35, un toro alto, zancudo, y en el tipo de la casa al que Rafaelillo recibe con la soltura de sus muchas miuradas jugando los brazos con oficio. Se va el toro, con la altivez propia de su raza, al caballo que monta Esquivel y no agacha la cabeza ni en la primera vara en la que le pegan bien reciamente ni en la segunda en la que apenas se le castiga. Parece mentira lo de Esquivel: en Francia pone unos puyazos ovacionados y reconocidos, poniendo las varas en la yema, y en España echa el palo de cualquier manera, lo mismo si va arriba que si va abajo. Luego, en el segundo tercio, acude presto al cite y acaso recorta algo a los peones. En el último tercio el toro muestra buenas condiciones para la muleta, lo que se dice un toro a contraestilo de Rafaelillo, que las ve mucho más claras con toros de peores intenciones, ante los que saca su raza y su valor, que son los grandes activos de Rafaelillo como torero. La cosa es que no es capaz de poner en órbita su faena a este Miura que no se come a nadie y va pasando el tiempo sin que consiga sacar leche de esa alcuza. Acaso en un misterioso signo cabalístico, su mozo de espadas, Ramón Ángel Rubio, le hace desde el callejón de manera insistente el signo de los cinco lobitos, sin que se aprecie en el torero cambio alguno en su planteamiento, que se finiquita con media estocada arriba, quedándose en la cara, y dos descabellos.

El segundo, Africano, número 21, de capa similar y nombre idéntico al que lidió Salvador Sánchez “Frascuelo” en Sevilla el día 20 de abril de 1882, es el de menor peso del encierro. Cuando recibe el primer lanzazo de Agustín Navarro salta como si le hubiesen fogueado y sale de naja, luego se aviene a quedarse para recibir lo suyo, pero cabeceando y dando muestras de no estar lo que se dice a gusto. El animal muestra cierta debilidad de remos y comienza la protesta en su contra, pese a eso recibe una vara fuerte y otra de compromiso antes de que la torpeza de Vicente Varela lo tire al suelo y el señor Cano Seijo saque el pañuelo verde. A continuación sale un sobrero de Buenavista, pero comprenderán que hoy la cosa va de Miura y lo de Juampedro lo dejaremos para otro año, por lo que me niego a reseñar a ese toro ni lo que le hayan podido hacer, que no me interesa.

El tercero, Zahonero, número 55, es un toro largo, aunque de menor presencia de la que esperamos de Miura en Madrid. Acude al cite capoteril de Rubén Pinar y no da la sensación de ir tampoco sobrado de fuerzas. Agustín Moreno hace la suerte entre modelo de escultura y pescador al logro: no mueve al potro y agarra la vara por el extremo, como quien está en unos acantilados de Salobreña a ver si pesca una dorada de las que se escapan de las piscifactorías. De esa manera tan poco gallarda cobra un puyazo bajo, que a fin de cuentas todo es toro, y otro en el que no pica. El animal redunda en la impresión de no ser un Hércules, y Pinar opta por agobiarle todo lo que puede, sin percatarse de la distancia del toro. A cambio su trasteo es una sucesión de enganchones, medios pases, recolocamientos y carreritas. El toro canta su condición miureña y Pinar no acaba de fiarse del bicho. A medida que avanza el trasteo, el toro se va quedando y colándose por el derecho, que el izquierdo era aún más complicado. Al volver de cambiar la espada ful por la de verdad el toro se le arranca con fuerza y alegría, demostrando que otra faena hubiera sido posible. Ya era tarde para ello y Pinar decide acabar su intervención, cosa que hace con un pinchazo hondo cuarteando, otro pinchazo también cuarteando y una estocada atravesada quedándose en la cara.

El señor don Manuel Pérez, estrafalariamente vestido de barquillero, franqueó el portón para que en cuarto lugar saliese al ruedo Torrijo, número 28. La verdad sea dicha que este toro no tenía pinta de Miura, por más vueltas que le demos. Y no es que el toro fuese una irrisión, ni mucho menos, que tenía su cuajo, pero es que viendo su aspecto bajo y estrecho de sienes la mente no nos llevaba a Zahariche. A este le recibe Rafaelillo con el capote de manera bien gallarda, sin ganarle el paso al toro y sin ceder su terreno en un tú a tú en el que inserta una verónica de rodillas, puro cuajo de torero. En la cosa de los semovientes cabecea, o cencerrea, lo suyo y sale huyendo a escape, sin querer mucho lío, que igual si el caballo no llevase peto, lo mismo se había comportado de otra manera.  En banderillas no da facilidades y en el último tercio demuestra su prontitud a acudir al cite de Rafaelillo que, desconfiado, no acaba de ver claro el trasteo y prefiere tratar al animal de forma más bien despegada. El toro súbitamente le suelta el gañafón del que se hablaba al principio y, a partir de ahí, el toro cambia de forma completa, pues ha comprendido el artificio que hay tras de la muleta y busca al hombre, es a partir de ahí donde Rafaelillo pone en marcha sus maneras más peleonas y consigue los mejores momentos de su trasteo o pugilato. El toro se ha vuelto peligroso y Rafaelillo, con los dos puntazos en su cuerpo no rehuye la pelea. Lo tumba de estocada rinconera.

En quinto lugar sale Listonero, número 39, toro en tipo miureño, astigordo y de complexión zancuda que en seguida canta su condición de caedizo. En el poco rato que Dávila estuvo con él dio la sensación de que era el toro quien toreaba más que el coleta, pero como se cayó en plan desplome al entrar al penco de Alfonso Doblado y como la tarde ya se había embalado, don Javier volvió a sacar el pañuelico y envió a Listonero a la jurisdicción de don Ángel Zaragoza, puntillero oficial de la Plaza. Me abstengo de comentar al Ventorrillo que le sustituyó, que esto es como si vas a ver a AC/DC y en vez de Angus sale Bisbal

Y en fin, con la tarde ya vencida, el último de la Feria, Escogido, número 28, toro muy serio, agalgado, acapachado de pitones, de mazorca gruesa, largo. Un tío. Recibe sus protestas por no presentar signos de gran fortaleza, pero pese a ello los peones no se fían de él ni un pelo. Pasa de puntillas por el tercio de varas recibiendo un castigo muy fuerte en la primera vara, patrocinado por Daniel López, y en banderillas espera y echa la cara arriba estorbando a los peones. Para la muleta de Rubén Pinar, educada en el julianismo, las condiciones del toro son pésimas, pues no le deja estar y cuando se echa hacia él, le rebaña y no cesa de puntearle la muleta. Al menos no se pone pelmazo y decide cortar el trasteo y despenar a Escogido, cosa que hace de estocada desprendida y cuatro descabellos.

Es fácil ponerse al frente de la manifestación cuando todo va a favor de obra. Por eso es que hoy, frente al derrotismo desmoralizado de una mala tarde de toros, conviene volver a gritar: ¡VIVA MIURA!

(Y conste que uno nunca ha estado en Zahariche)

La Última Tertulia

Final