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viernes, 2 de junio de 2017

Decimonovena de Feria. En la fiesta de Blas estuvieron todos: Juan Pedro, Manza y Cayeta, con los abonados de la A9 pidiendo al Señor de Azul

Braulio

José Ramón Márquez

Anda tú que estará el Juli bueno cuando le hayan dicho que hoy también, sin él en la cartelería, se volvió a poner el rótulo de “No hay billetes”, las trece letras y dos espacios que él fue incapaz de clavar en la taquilla de Madrid, para que luego digan. Para este jueves de dolores taurinos los despiadados veedores y el inhumano empresario decidieron que iban a colocar la de Juan Pedro, ¿cuándo mejor que hoy? Luego la falta de transparencia y de responsabilidad corporativa de Plaza1, que a estas alturas de Feria ya es Plaza1001, trató de ocultarnos la trashumancia de camiones que se han traído para que al final la ciencia veterinaria venteña y la avispada mirada del señor Cano Seijo (el de la vuelta al ruedo que nadie pidió a la vaquita jandillana Hebrea) diesen en aprobar como aptos a cinco de los que denigran el viejo hierro de Veragua, que los de la V fueron incapaces de tener seis para Madrid, junto a un remiendo del mismo jaez de don Juan Manuel Criado, que nunca sirvas a quien sirvió, más juampedreo por vía de Algarra. Algo debíamos habernos maliciado el día antes, al final de la de Victoriano del Río, que cuando subíamos hacia el Braulio, en el paso de cebra de la calle de Julio Camba pasó a una velocidad elevada para el sitio y la hora en dirección a la M-30 un camión de los de los toros, y acto seguido otro, pues se conoce que veían que un solo camión no sería suficiente para todo lo que había que traer.

La esmerada ciencia zootecnista, particularmente centrada en el día de hoy en el profesor don Juan José Urquía, hizo sus jeribeques, casi de prestidigitación, para que se pudiesen dar como aptos para la lidia los seis mamarrachos que encerraron en los chiqueros. Desde ahí fueron saliendo, entre la chufla y la desesperación de la vapuleada afición, las incalificables anatomías de Esbelto, número 128; Jopilargo, número 124; Nobiliario, número 49; Longaniza, número 37 y Canalla, número 22, con el viejo hierro ducal y Naúfrago (sic), número 40, con el hierro de la J, la M y la C, las iniciales del nombre de su amo. No hay que rebuscar palabras para calificar el encierro. No mentimos si decimos que fue despreciable, atroz, deplorable o detestable. Elija cada cual el adjetivo que más le cuadre y nadie dude en poner los suyos propios para enriquecer el retrato. Si el año pasado don Juan Pedro Domecq Solís mandó a Madrid una corrida que, pese a estar en la justeza de la presentación y de las fuerzas, estaba compuesta de toros mecánicos con embestidas nobilísimas y colaboracionistas, este año ha mandado un catálogo de descaste muy significativo, que unido a la debilidad consustancial a la vacada ha puesto de su parte lo que le correspondía para echar abajo la tarde. Los cinco puntos filipinos que vinieron desde El Castillo de las Guardas y el primillo que recogieron de camino en Mérida fueron justamente lo contrario de lo que, en mi opinión, debería ser el toro de lidia.

Donde uno pide listeza, ellos trajeron tontería en grado supino; donde uno quiere ver pujanza, crecerse en el castigo, ellos trajeron acochinamiento y huida; donde uno quiere ver a más, ellos nos dieron menos; donde uno quiere ver peligro ellos trajeron lástima; donde uno quiere ver a un animal fiero ellos trajeron una colección de peluches; donde uno quiere ver personalidad brava o mansa ellos trajeron claudicación; donde uno quiere ver las bocas cerradas ellos trajeron sus blanquecinas lenguas, como serpientes blancas; donde uno quiere ver casta ellos trajeron el más vil y deplorable descaste. Creo recordar que fue el impar Ricardo García López, K-Hito, quien acuñó por vez primera el término de “ganaduros” para distinguir entre la desfachatez de hoy y los que ponen como meta de su acción ganadera el respeto al toro, a la casta, y la búsqueda de la verdadera bravura, ése grial. Ayer fue Victoriano del Río, pero hoy era un buen día para que don Juan Pedro considerase seriamente esa posibilidad, siempre presente, que se sustancia en la expresión “eliminando lo anterior”.

Como es natural la presencia de la bazofia juampedrera hoy en Madrid no era algo casual sino urdido, tramado y maquinado hace mucho, dado que habían contratado a José María Dolls Samper, Manzanares III, a Cayetano Rivera y a Joaquín Galdós, que venía a confirmar la alternativa que le dieron en Francia el pasado año. Aquí cada puntada tiene su hilo: el hilo mediterráneo de Manzanares III al que dieron el pasado año todos los premios de la Feria por una corrida de fuera de Feria; el hilo rondeño de Cayetano, que viene cobijado bajo los elitros de Curro Vázquez el cosmopolita y el hilo de Galdós, que no sólo viene a romper Plaza, sino que también viene bien tratado porque, según me dice un señor muy bien informado,  Toño Matilla le ha vendido ganado al padre de Galdós por valor de muchos dólares de los de in God we trust, y eso incluye también cuidar un poco al chico y, entre otras cosas, prepararle una confirmación de campanillas en pleno San Isidro.

O sea que, para que se cumpla el acuerdo, ahí tenemos a Joaquín Galdós, vestido ricamente como un príncipe asirio, grana y mucho oro en el día de su confirmación, que se certifica con un beso, Sealed with a Kiss que cantaba Boby Vinton. Un ósculo entre el que da la confirmación y el que la toma que nos lleva a rememorar la firmeza con la que Curro Romero frenó en seco al neófito aquél que se abalanzaba sobre el de Camas con el ánimo de abrazarle, quien le tendió, franca y llanamente, la mano para que se la estrechase. ¡No va ná! Tras el pequeño momento de intimidad Galdós se fue a buscar a un señor a ver si le brindaba el torillo, que le costó lo suyo dar con él, y en seguida comenzó su, llamémosla así, faena. El toreo de Galdós tiene el poder, como la infusión de Valeriana, de provocar una plácida somnolencia en la que vas cayendo como quien no quiere la cosa. Su falta de concepto taurino, la inexistencia de una tauromaquia en su cabeza propicia una sucesión de pases usando el fueracacho y las demás triquiñuelas de cada día que van sumiendo al espectador en un suave sopor. El caso es que la burra (el torillo) va, pero el peruano no es capaz de poner esas idas al servicio de su causa. A veces, entre tanda y tanda, entra el torero en un momento de trance o introspección que de nada sirve pues cuando retorna a la cara del bicharraco sus trazas siguen siendo las mismas. Cuando considera finalizada su labor basada en los trapazos que ha dado, se abalanza espada en ristre sobre Esbelto para degollarle con un navajazo digno de los Latin Kings. Su segundo es Canalla, un Juampedro de tipo Lisardo, si tal fuera posible. Durante su lidia todo el mundo, en el tendido, en la grada, en la andanada, en el propio ruedo está desatendido de lo que pasa: Manzanares y Cayetano conversan cerca de la barrera del 9 mientras andan a ver si pican a Canalla y, cuando el animal se va al penco a que nada le hagan, Galdós se queda ahí a la derecha del picador de mero espectador, viendo la ejecución de la inexistente suerte. En la cosa muleteril, otra taza de Valeriana más corta. La afición, hastiada tras las dos horas comienza a gritar a coro ¡Toro, Toro, Toro! Y Galdós decide poner punto final a su actuación, cosa que ejecuta en la nueva suerte de intentar meterle el estoque al animal donde sea, que le dejó otra puñalá como la que le dieron a César en los Idus de Marzo junto a la estatua de Pompeyo.

Manzanares trajo ese aire mediterráneo tan suyo, que es salir a la arena y ya te viene el olor al chiringuito de Benidorm o a la pizzería Pinocchio al pie de la playa. No se entiende bien Manza con el novillejo asqueroso Jopilargo, que está más interesado en huir que en pelear, al que no se pica ni falta que hace. En relidad el novillejo es un peluche de esos que venden en Hamley’s de Regent Street y da una pena grande ver las salpicadurillas de sangre en una mascota tan inofensiva. La labor de Manza con Jopilargo es de una enorme intrascendencia, carente del más mínimo interés. Acaso él mismo cuando comienza a detectar la impaciencia del público decide poner punto final a su nada y, perfilándose feamente, dejar una eficaz estocada. Su segundo, que se llamaba Longaniza, es un lebrel negro de pitones blanquísimos al que torea de capa con la afectación que ya le conocemos. Durante su trasteo no pasa realmente nada. El torero no considera al toro, pues no le infunde respeto alguno, y se dedica a enhebrar muletazos con el oficio que tiene, algunos enganchados, otros sin resolver de manera adecuada, hasta que decide cortar el trabajo yéndose a por el estoque, que se le veía y ansioso por irse al hotel a cambiarse para ir a cenar al Amazónico de Jorge Juan.

Y Cayetano, que las pasa tiesas cada vez que viene a Madrid y eso que Tito Curro ya le enlota los que menos miedo puedan meter, que por algo tiene mano en la Empresa. El tercero es un novillejo abecerrado que da la sensación de que no vino en un camión, que se lo trajo Tito Curro en su propio auto de copiloto, con el cinturón de seguridad y todo. Se lo lleva al 5 y en el inicio de la faena el 5 brama como Krakatoa; luego a medida que avanza el trasteo, no la faena que ésa no existe, vuelve la sensación de que estamos ante un aficionado práctico avanzado, no ante un auténtico torero.  Luego viene el toro JMC, al que no se pica tampoco, toro caedizo por no dejar en mala posición a los otros, Cayetano da una sensación de hacer un esfuerzo dentro de sus grandes carencias. Su actitud es como la de esos estudiantes que dándolo ya todo por perdido, hacen un esfuerzo días antes del examen aunque saben que la Física habrá que sacarla en septiembre. Lo mata con efectividad, dando un antiestético y cobardón saltito. Lo mejor es que las señoras que le siguen vayan a verle a los pueblos, que se le ve más cerca y anda menos presionado y envarado que en Madrid.

En el sopor de la tarde los abonados de la A9 acabaron suplicando la visita
 del Señor de Azul que vigila el toque de palmas de tango