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lunes, 6 de abril de 2026

Domingo de Páscoa em Guarda


Guarda, Portugal


Vicente Llorca


Este domingo, la catedral está llena. Un gentío local se ha arreglado para la Pascua y aguarda, paciente, a que el coro culmine los cantos, finalice la lectura del Evangelio, el obispo de Guarda pronuncie un largo sermón, en el que todas las citas bíblicas aparecen susurradas con la “sh” con que el portugués termina todas sus frases. Ocupados los bancos, se han sentado en las escaleras de la entrada, una repisa sobre la capilla de la Anunciación, en los confesionarios de la nave lateral.


Se han vestido para el Domingo. En la comarca de la Beira Alta, esto quiere decir que han abandonado el negro impenitente de las cazadoras y las faldas y lo han cambiado por un gris ceniciento en la ropa, apenas menos oscuro que el tono habitual. Frente a mí, un feligrés serio, cercano al presbiterio, me impresiona por un momento. De tez curtida, que delata su procedencia de la sierra, se ha puesto un traje de un azul imposible, una corbata morada, una camisa añil como sólo pueden encontrarse en las tiendas añosas de la provincia. De las que aún queda alguna, escondida, en las calles de la ciudad alta. Atento, se adivina rígido, un tanto envarado por el traje al que no está acostumbrado. Su seriedad, su cuidado para asistir a la misa de Pascua resultan admirables, de pronto. Recuerdo de una antigua seriedad, a la que no piensa renunciar. Delante de la capilla en la que me he refugiado, en cambio, una mujer joven, seguramente angoleña, porta un traje amarillo pistacho, unas botas acharoladas relucientes que, a su manera, recogen la misma seriedad para la ceremonia.


Una larga tradición, que se manifiesta de repente, acompaña a estas gentes que asisten a la Misa de Resurrección. Un hilo remoto que se repite desde qué tiempos, qué capillas rurales, qué abadía medieval, qué regiones distantes desde los primeros días de la celebración. Y que hoy se reitera, en esta mañana luminosa en la Seo de Guarda.


En la lectura, entre las eses portuguesas, reconozco la acostumbrada cita del Evangelio de San Juan. En la que, tras el asombro inicial de María Magdalena y Simón Pedro, figura la frase terminal: “Pues no habían entendido aún la Escritura según la cual Jesús habría de resucitar de entre los muertos”. Una devoción provinciana, esta atención con trajes de domingo en la Serra da Estrela, antes de iniciar la procesión en torno a la plaza, que repiten una vieja demanda, la antigua espera. 

miércoles, 3 de enero de 2024

Del cerco de Zamora


La muralla de Zamora en el siglo XIX
con la portilla de Vellido Dolfos cegada 


Vicente Llorca


Pasear por las calles de Zamora, una tarde de domingo en que la niebla y el aire frío suben desde la muralla, es regresar a la última ciudad de Castilla que aún permanece, pese a todo. A despecho de la helada, que no ha levantado en todo el día, las gentes caminan por la rúa de los Francos, se detienen a hablar a través de la bufanda que llevan, dan vueltas bajo los soportales de la Plaza Mayor –al fondo la silueta románica de la iglesia de San Juan, que preside la plaza. Hace un frío secular y poco espacio para frivolidades, pensamos.


Unas vitrinas por la mañana, en el excelente Museo Etnográfico de la plaza de Viriato, nombraban, en su simplicidad, la certidumbre de un mundo anterior, en el que todo estaba animado. La presencia de unos espejos en los sombreros, que rechazan el mal de ojo, o de unas cruces en los umbrales de las puertas en la comarca de Aliste. O la garra de un tejón sobre un dintel que recuerdan, a despecho de su condición de objetos aislados, la memoria de cuando el mundo estaba saturado, y todo guardaba un sentido. Una sencilla fotografía de las calles de Turégano, que yo había encontrado en otro lugar, había tenido la misma cualidad: la de recrear todo un universo, cansado y polvoriento, en su imagen única de las calles de barro y piedras, en la que unas viejas conversaban en una esquina.


Los garitos zamoranos a los que en algún momento anterior acudíamos estaban en la calle de Balborraz, la trabajosa calzada que desde la plaza desciende en cuesta hacia el río. Pero ahora ésta está vacía. Un comentario nos advierte que dejó de ser frecuentada cuando advirtieron que no había forma de acceder en coche a ella. En su lugar encontramos otra calle, en la trasera del Ayuntamiento, apenas iluminada pero que revela la luz de varios tabancos desde la acera. Entramos en uno pequeño, ciertamente atractivo, que se encuentra asediado por unas grandes vitrinas con botellas sombrías en la pared y un seductor aroma a costillas asadas desde la puerta.


En una noche de invierno no hay mejor refugio que un local oscuro, dentro de la muralla, mientras la helada continúa afuera, allá en el Duero.


Los vinos son todos de Toro y yo me permito comentarle a la amable mesonera que en sus tiempos eran algo recios.


Eso era antes –me contesta sonriendo–. Ahora los hemos refinado.


Si el vino que nos trae, oscuro y terrenal, está refinado uno se pregunta cómo sería éste antes del refinamiento.


El profesor García, que nos acompaña, tiene la respuesta.


Esos de antes serían sin duda los vinos que tomó el noble Gonzalo Ordóñez de Lara cuando desafió a los zamoranos tras la muerte del rey Sancho.


“Yo vos reto, zamoranos,

Por traidores fementidos;

Reto los chicos y grandes, 

Y los muertos y a los vivos (…)

Y a los que están por nacer,

Hasta a los recién nacidos;

Reto el pan, reto las carnes, 

Reto las aguas y el vino,

Desde las hojas del monte

Hasta las piedras del río”.


Zamora ha sido cercada de nuevo, convenimos al punto, y la conversación deriva inevitablemente hacia la figura del regicida Vellido Dolfos, que es llamado “el alevoso” en los romances tradicionales. Aquél que matara al rey Sancho II junto a las puertas de la ciudad, en el llamado “Postigo de la Traición”. Pero una interpretación más tardía, nos recordaba de nuevo el profesor, dudaba de esta primera versión, escrita desde el bando del rey que había de arrebatar su reino a su hermano Sancho. Luego a Alfonso, refugiado en Toledo; a su hermana Elvira, la de Toro y ahora cercaba la ciudad de la reina Urraca, a cuyo servicio, se insinuaba, había actuado el llamado traidor.


El rey Fernando, aseveraba el profesor, había hecho jurar el testamento según el cual dividía el reino entre sus hijos:


“Allá en Castilla la Vieja,

Un rincón se me olvidaba;

Zamora había por nombre,

Zamora la bien cercada (…)

¡Quien os la tomare, hija,

la mi maldición le caiga!

Todos dicen amén, amén,

sino don Sancho, que calla”.


La helada estaba cayendo ya, inmisericorde, y el regicida era el motivo de la conversación, entre un vino no tan sutil y un queso de la zona de Aliste, algo más misericordioso.


Vellido Dolfos en la interpretación clásica de Juan de la Cueva aparece ya insinuado como el que liberó a la ciudad del perjurio y la traición del rey Sancho, que faltó a todos sus juramentos.


Siempre, hasta nuestros oscuros días, fue un asunto ciertamente grave el de faltar a la palabra dada. Isabel, castellana de adopción desde que un curso llegó destinada al valle del Duero, quiere recordar que en el reto legendario de Diego Ordóñez a todos los zamoranos el romance afirmaba que:


“Retados son de traidores

De alevosos son llamados;

Más quieren todos ser muertos

Que no traidores nombrados”.


Zamora ha sido cercada de nuevo, convenimos otra vez. Nunca podré entender, aún más que el perjurio, la absoluta indiferencia con que el tirano asiste a sus felonías, sin que se le mueva una pestaña. Y antes de perpetrar la siguiente.


En ese punto, inspirados por el romance castellano y la uva Tinta de Toro –que no ha descendido un grado en su noble terquedad– acordamos salir a la calle de nuevo, defender la muralla asediada, combatir sin descanso al tirano, al felón, al traidor, al miserable.

 


Vellido Dolfos mata a Sancho en las murallas de Zamora
Litografía de Joan Serra Pausas de 1900

lunes, 17 de julio de 2023

De ruidos y presagios


La era de los pájaros, Benjamín Palencia

  

Vicente Llorca


Al bajar al pueblo pienso por un momento en un ensayo sobre el ruido, que afortunadamente nunca escribiré… En el bar de la plaza, cuando llego, están instalando las talanqueras para las inminentes fiestas de Santiago. Ruido de taladros, martillos, de hierros que se chocan. Dentro del bar, José se pone a moler el café que nos va a servir y el ruido del molinillo atruena el local y no deja entender nada a los que saludan al entrar. Me he sentado en una esquina de la barra, porque la mesa de la ventana la han ocupado con un mostrador que atenderá a la calle cuando empiece la capea. Al rato, encienden la televisión y el ruido es infernal.


Cuando salgo, en la glorieta al lado de las oficinas de la Junta están montando una gran carpa, que aún está vacía, pero sobre la que comienzan a mover alguno de los vistosos coches de choque. Unos feriantes los empujan. Martillazos de nuevo, unas vallas metálicas, luces que se montan encima de otras. El remolque de la churrería está aparcado frente a la iglesia, pero aún no lo han abierto. Dentro se oye como un chirrido de máquina oxidada y reumática, y voces que preguntan algo que no podemos entender.

 
En el jardín, al regreso, el ruido de una segadora que Anselmo está utilizando para cortar la hierba. En la cochera, arrancan los tractores: están terminando de recoger el forraje y se disponen a salir al campo. Una empacadora redonda comienza a girar sobre sí misma y emite un ruido regular, como de máquina vieja y cascada, que chirría a intervalos. Dentro, alguien ha puesto la lavadora en marcha. Desde el pasillo, recuerda vagamente a un reactor de modelo ignorado, como de vieja historia caribeña, que despega por una pista que no vemos.
Me siento con Anselmo en un banco a fumar uno de sus cigarros, que él asegura son los mejores, pero saben a yerba seca y no tiran de ninguna manera. Se apagan. No importa: me cuenta las últimas novedades del pueblo.


Por la mañana, dice, se habían oído muchas voces en el mesón de la carretera. Discutían, y en un momento determinado algunos han levantado la voz. Estaban muy enfadados, cuenta. Después del silencio habitual son muchos meses de sequía, de trámites burocráticos que nunca se resuelven, de impuestos a diario... Iban a una manifestación en Salamanca y allí, por lo que hemos sabido luego, ha habido más voces, más gritos, hasta enfrentamientos con la policía al final. Esta resignación de todos los días, que se resuelve de pronto en un repentino estallido…


Yo recordaba unas páginas de Azorín sobre la sequía, allá en su Monóvar natal: tan precisas en su lirismo seco – como de costumbre. Las busqué en alguna parte.


“Esos días de sequía asoladora, con las mieses y los herrenes que se agostan, con los frutales que se secan (…) con los caminos polvorientos (…) con una sorda ira que envenena a los labriegos acurrucados en sus sillas de esparto (…) y que estalla de cuando en cuando en golpes y gritos que hacen llorar a los niños”.

En el caserío han arrancado ya las máquinas y ha vuelto el silencio. Se están tronchando las ramas del ciruelo. También las de un manzano próximo. Se han cargado de fruta –áspera e incomible
– y el viento y las tormentas, que ahora vuelven alguna tarde, las desgajan y las tiran al suelo. La otra mañana tuve que recoger una de las más altas, que había sembrado la hierba de frutos rojos, con un color como ácido y fibroso, y tirarla por encima de la tapia del jardín. No sé si las comerán los pájaros. Los caballos, que antes rondaban por fuera de la cerca, no. Nunca vienen hasta aquí, aislados en el pradode debajo de las casas, con la hierba seca de este año.


Por las tardes se repite la tormenta. Un anuncio de truenos a lo lejos; una sombra que se difumina por el aire y trae el anuncio de la lluvia; un olor a humedad y hierba abatida que se esparce por todas partes. Desde la casa miro la luz que va cayendo. Anuncia una calma que se termina, de pronto. Como el presagio de algo que quiere estallar. Luego, por un instante es la misma tormenta, una euforia que nos alcanzaba de pequeños y nunca más se ha vuelto a repetir.

domingo, 6 de febrero de 2022

De cómo la acracia llegó al noble agro


Agro chinchonero, esta mañana
(Detalle)
[Junio, 2013]

Vicente Llorca

 
Sabia costumbre, por las mañanas nos juntamos en el bar de Alipio, en la carretera. Allí, con el café temprano, las noticias llegan, y la prensa local, y se puede uno enterar de los grandes temas del día. De los precios del mercado, por ejemplo. O de cómo la otra tarde estuvieron persiguiendo un novillo de Juan por la autovía, hasta que consiguieron encerrarlo, entre autocares y portugueses perplejos. Dicen también otros que han enviado todas las novilladas al matadero, ante la calidad de las ofertas que le habían llegado. Antes, las torearon ellos mismos, asegura alguno.

Todas las mañanas L. nos saluda, con su voz ronca y castellana, afirmando:

-Esto lo arreglaba quien yo sé.

Nunca terminamos de saber si se refiere al general Muñoz Grandes -panacea universal de todos los males, según él- o a D. Santiago Bernabeu, en vida del cual, dice,  “no pasaba esto”. Depende de que el Madrid haya ganado o perdido esos días.

Por la mañana habíamos estado en la Fuente de San Esteban, donde se celebraban las fiestas del Corpus.

Las fiestas no pueden ser más tradicionales; encierros y misa; y capea en la plaza y procesión; y el toro del aguardiente y romería hasta la estación. Y una becerrada y baile debajo de la iglesia. El domingo, día grande, se anunciaba una novillada formal en el coso de la carretera, con trajes de luces y alguacilillo. Hasta burladeros tienen…

Esa mañana corrían por el pueblo una especie de carretones con pelo y cuernos, persiguiendo a los muchachos y celebrando el encierro infantil. A mí, no sé por qué, de repente me encantó el encierro. Los monigotes con ruedas, a modo de tarasca o gigantes y cabezudos, los muchachos riendo -y asustados en el fondo- tenían algo de celebración carnavalesca, ancestral y mágica, en donde la figura totémica del toro recorre las calles, y entra en la iglesia, entre el jolgorio y el miedo, y los petardos que saltan por las aceras. Un niño gordo y mofletudo había bajado a la plaza, con un remedo de disfraz de torero, y hubo que ver el pasmo que se le quedó en la cara cuando el carretón pasó por delante, humillando, mientras él, muy serio, le inflingía un pase de pecho. Éste no se olvida ya en todo el invierno.

Los toros de cartón, que sobresalían por encima de las talanqueras, tenían además el aspecto del encaste Vega-Villar, cornalones y berrendos en negro, y eso también contribuía a la exaltación taurómaca.

En el bar, luego, L. siguió protestando, describiéndonos los costes de la fiesta del pueblo, a la que él había contribuido. Hay que traer no sé cuántas ambulancias, decía, y pagar infinitos seguros. Y la Seguridad Social se lleva un quiñón y encima hay que elaborar un proyecto, visado por el Colegio, de la plaza y las instalaciones del ruedo. Hasta los remolques de los tractores, y un trillo viejo, que forman la ancestral plaza de carros, se revisan y pagan, afirmó, aunque esto ya no sabíamos si lo decía en serio. Del bar, ya a mediodía, salimos reforzados en la teoría, expuesta minuciosamente por un vecino, de que hay un enano maligno, instalado en las oficinas de la Administración, cuya única tarea es la maquinar decretos y reglamentos, día y noche, para fastidiarnos a los del campo, complicarlo todo y conseguir que nos rindamos de una vez.

-Pues yo, que tengo una librería en Zamora, debo de estar vigilado por el mismo enano -soltó un primo mío, bastante leído, y que efectivamente soporta una librería en Zamora.

La librería la va a cerrar por fin, me confesó en un aparte.

-Como pille a los de la Administración…

El tema de la Administración y el enano burócrata nos habían fastidiado el aperitivo, así es que nos fuimos. En los soportales, los muchachos aún seguían jugando al toro.

Por la tarde, para completar el día, nos fuimos a Vitigudino con un amigo, que lidiaba allí una novillada. La novillada en realidad eran toros para las calles, que luego se iban a encerrar para la capea en la plaza. La ganadería de mi amigo en tiempos se toreaba en Madrid, en San Isidro, y en Pamplona y en Sevilla. Pero tal y como están la cosas tampoco es plan de ponerse estupendos y los novillos estaban vendidos para los encierros y además había unas vacas de retienta y allá que nos fuimos.

Cuando llegamos todo el pueblo se dirigía a la plaza, a las afueras, sobre el camino del matadero. Las peñas llevaban cada cual su orquesta y era de ver como todas coincidían en exaltar el popular sonsonete -vagamente filosófico- de “Si te ha pillado la vaca, jódete…”, estribillo incluido. Estoicismo popular, comentó alguien.

La entrada era muy barata y todos, viejos y mozos, se agolpaban en fila en la taquilla. Como íbamos con el ganadero pensamos entrar por la puerta de corrales, que la tradición dice que el ganadero por lo menos pueda ir gratis a sus propios festejos. Pero allí no había más que un portero, gordo y funcionarial, que nos miró con el unicejo fruncido y al que ni nos atrevimos a nombrarle la consuetudinaria ley. No nos dejó ni hablar.

Yo recordé entonces otra tarde, hace ya tiempo, en la que el que lidiaba era yo, una novillada en el noble pueblo de Bañobarez, allá por los Arribes, y en la que nos dirigimos alegremente al encargado de la puerta de chiqueros.

-Hola, buenas tardes. Estos vienen conmigo. Soy el ganadero.
 
-¿El ganadero? ¿Otro que viene con lo mismo? Han entrado ya cinco con el mismo cuento…

Y allá que nos tuvimos que ir a la taquilla, a sacar los entradas, que la novillada daba comienzo. Todavía me estoy preguntando quién fue el capullo que entró con mis boletos.

 Afortunadamente aquí apareció uno de los de la Comisión de festejos y nos llevó al palco de presidencia y pudimos pasar con él. Las bandas habían cambiado de tema y ahora perpetraban, con idéntico furor, “Paquito el chocolatero”.

Los festejos de Vitigudino al parecer los organiza una comisión de vecinos, y ellos se encargan de todo, y corren con todos los gastos y hay que ver qué entusiasmo tienen, porque para esa tarde habían traído por lo menos seis utreros, gordos y lustrosos, y algunas eralas para los más chicos. Nos dijeron luego que por la noche echarían el toro del aguardiente. Ellos se habían hecho empresa, contaron, y allí no había ningún tipo de subvención. Cuando me enteré además que para las fiestas de la Virgen, en agosto, habían programado una corrida mixta con toros de Victorino y de Barcial, mi admiración ya no conoció límites. Que en el cuarto toro nos invitaran a una merienda con queso curado, matanza de ibérico y vino de la sierra en el patio de arrastre no tiene que ver con mi entusiasmo, fraguado ya desde el momento en que me los presentaron.

En la plaza tuve la misma iluminación -algo más estruendosa- que por la mañana, en las calles de la Fuente. Se celebraba la capea, y los mozos quebraban a los toros, y los recortaban y saltaban la barrera y alguno se dejó los dientes en el callejón, porque calculó mal el salto y la plaza, remota y oscura, es de piedra… Luego, salieron los capas y recordé, viéndolos, el toreo que de niños habíamos conocido en los pueblos, y en las fincas y en el carnaval de Ciudad Rodrigo. El toreo sobre las piernas, con utreros y cinqueños cornalones, en el que el juego es quebrar al morlaco, y burlar su embestida. Capotes y toallas, alguna pañosa de verdad y un gabán que se quitó uno servían de engaño frente a los novillos. Y las piernas de los maletillas, que burlaban la embestida, al tiempo que los oscuros utreros rebañaban la suerte, intentando alcanzar a los mozos. En un momento determinado uno se estiró frente a un cuatreño, girón y coletero, y en ese instante tuvimos la sensación de estar asistiendo al origen de la tauromaquia, en el gesto que se inmoviliza frente a la embestida ciega del toro, y entre las carreras y las voces, y el vino agrio de las capeas.

Hacía mucho que no veíamos a los capas, los que antaño recorrían los caminos de las fincas y de las talanqueras, en el campo de Salamanca. En el patio, durante la merienda, habíamos estado hablando con alguno, escéptico y visionario en el fondo.

-Para completar la tradición ya sólo falta que pasen el capote por el público, para sacar las propinas -se me ocurrió comentar, al final de la capea.
 
-Sí, hombre, qué quieres. Que entonces vengan los de Hacienda y se lo lleven… - replicó otro.
 
Alguien se rió. Mi amigo, el ganadero, se quedó en silencio. Luego dijo:
 
-El Estado es un robo.

Y entonces tuve la certeza de que el príncipe Kropotkin había llegado, por fin, al noble agro.



miércoles, 2 de febrero de 2022

La literatura japonesa en Ávila


  
Palabras dichas por Jorge Laverón
 en la presentación de dicho libro

 
Jorge Laverón
La Venencia, 16 de junio de 2013

Buenos días. Es un honor presentar esta magna obra, en una bodega con un grano de uva en el paladar. En este año dual España-Japón. El autor del texto, Vicente, exhibe amplios conocimientos geográficos sobre la bella provincia de Ávila y las costumbres avileñas, aunque a veces marre en los confines y se adentre en Madrid e incluso llegue a tocar Cáceres. Pero bien, un avileño tiene derecho a ensanchar su provincia como, por ejemplo, un segoviano que considera a Navalcarnero como municipio perteneciente a la Comunidad Independiente de Segovia.

El texto escrito, por otra parte, en precioso castellano, no sería del todo comprensible, sin las magníficas ilustraciones fotográficas de  Ángeles San José.  El maravilloso paisaje avileño queda netamente reflejado para Ángeles en estas fotos que dan realce al texto de Vicente.

Por otro lado, llama la atención el vasto conocimiento del autor en literatura japonesa. Japón, país lejano y sin embargo muy cercano, de grandísima tradición literaria, desgraciadamente desconocida en España. Por ello hay que agradecer a Vicente este profundo acercamiento a esta literatura nipona y sus autores tan próximos a nosotros y tan apegados a la entrañable provincia de Ávila, cuna de nuestra impar doctora Teresa de Cepeda. Autora de impagables versos inspirados en la más ancestral literatura japonesa, y como ejemplo valga «vivo sin vivir en mí y muero porque no muero», clásico haiku donde los haya. Es un texto el de Vicente Llorca, repleto de humor. De un humor sutil, finísimo, una mezcla del humor nipón y el humor vacceo tamizado del humor salmantino y del humor benidormí. ¿Y por qué no?, del humor mallorquí o más concreto, manacorí.

Por las páginas del libro desfilan autores japoneses de distintas escuelas. Afincados, como el gran Kenko, en San Pedro del Arroyo, donde se aficionó al vino montañés y a las tapas de morro, manitas, pie y demás sutilezas locales. No menos brillante es el ilustre poeta Tsurayaki, vecino de La Adrada, en cuya presa de La Pinara tomaba baños de agua helada, incluso en el mes de agosto, y que, según contaba la Uge, oronda panadera, bella y coloradota, subía tras el baño refrescante, la Cuesta Repentina, corriendo de espaldas.

Otro literato a destacar, Natsume Sosheki, instalado en Lanzahíta, alquiló una cómoda casa de pueblo a la familia de los Zoilos, y daba de comer a una hermosa guarra, de la cual se alimentó largo tiempo, tras ser sacrificada en noviembre, por la hermosa y morena Olvido, hija menor del patriarca Don Zoilo. También es conocido en Lanzahíta el ilustre poeta Soseki, que se aficionó a los toros en casa de Pepe Escolar, el Tío Pichorronco, y logró que en las fiestas patronales, el 9 de septiembre, en la triangular plaza del pueblo, toreasen mano a mano El Inclusero y El Puno reses albaserradas del señor Escolar. Tanto el alicantino Gregorio Tébar como el colombiano Jaime González brindaron la muerte de un toro al excelso poeta Soseki y cortaron las orejas y el rabo con el consiguiente júbilo popular. Luego los rabos fueron estofados por la hermosa Olvido y degustados por el honorable poeta.

Antes de acabar quiero hacer un pequeño inciso. Estos días ha estado en visita oficial a España el príncipe heredero del Japón, Naruhito, el futuro ocupante del Trono del Sol Naciente, y en una de las etapas de esta visita se trasladó a Coria del Río, en Sevilla, para en solemne recepción mostrar sus respetos a la familia Japón, de unos 700 miembros, descendientes del samurai Hasekura que aquí se acomodaron en 1613. Estos japoneses de Sevilla son desde árbitros de fútbol, hasta escritores, historiadores, cantaores, poetas, etcétera. No entiendo cómo nadie, ni del Ministerio de Exteriores o de la Embajada no hayan informado al heredero del Trono Imperial de la numerosa y cálida relación de Ávila y Japón para que el Príncipe se hubiera acercado a comprobar en tierras avileñas las muchas huellas dejadas por sus compatriotas desde, aproximadamente, los mismos años que la familia Japón de Coria del Río.

Y acabo con una nota del profesor García Borrega, que espero Vicente incluya en la próxima edición de este original estudio, modelo de erudición.

Dice así: «En 1968 el premio Nobel de literatura, Yasuari Kawabata, autor de El Maestro de Go, Meijin y, sobre todo Yama no Oto o El clamor de la montaña, estuvo, poco antes de abrirse las tripas, en Cuevas del Valle, el 12 de julio, San Hilario, para ver torear a Adolfo Regajo, natural de Jemenuño, y de cursi apodo “El Abulense”, reses de “Los Lastrones”, finca cercana a Cebreros, tierra de vinos.»

No le debió sentar bien al Maestro Kawabata el cocido de La Colilla, el vino de pitarra o las copas de licor de moras, porque días después tras entonar la seguiriya compuesta por su ancestro Ricardo Japón Sevilla “El Cadenas”:

Cielo claro
Por el camino por el que vine
Me vuelvo

Se practicó el seppuku ozale.

Jorge Laverón
11-VI-2013





Mano a mano de Jorge Laverón y Vicente Llorca
 en lo de Pedraza de Yeltes

domingo, 7 de febrero de 2021

Conversación con Jorge Laverón

Jorge Laverón ante San Isidro



JORGE LAVERÓN... EN V. O.


Por Vicente Llorca


De Jorge Laverón se tiene la confianza de que sabe de qué torero, novillero o becerrista estamos hablando.

—Jorge, ¿quién era ese torero de Felanitx?
 
—Gabriel Nadal.
 
—Jorge, he visto a un torero de Muro que nadie conoce.

—Has visto a Salvadorillo, y todo el mundo lo conoce.

—Jorge, el otro día en un tentadero salió un tío gordo de Almendralejo.
 
—Era Manolo, y le llaman el Curro Romero de Almendralejo.
 
Así es imposible discutir, claro, y los contertulios se retiran, amohinados.
Luego, el enciclopedismo laveroniano tiene otras ventajas.
 
—Jorge, ¿cuándo debutó Tomás Pallín?

—Debutó en el verano de 1982, con una corrida de Tulio.

—Ya decía yo. ¿Y cuándo he debutado yo, vamos a ver?

—Tú no has debutado todavía, que te enteres.

—Ya me parecía, también.

Lo que nadie sabe es cuándo debutó Jorge en una corrida de toros. Él dice que con pañales, prácticamente, en una feria de Málaga –dónde, si no– adonde le llevó su tío a ver a Rafael Ortega. Las malas lenguas dicen que en realidad era El Espartero el que figuraba en el cartel.

Será. A partir de esa tarde mitológica, sea El Espartero o el de San Fernando el que toreaba en Málaga, Jorge lo ha visto todo.

—¿A que no ha visto al torero de mi pueblo?

—¿Cuál es su pueblo, buen hombre?

—Muñoz, en el Campo Charro.

—Pues especifique. Porque de Muñoz era Joselito Muñoz, buen torero, que toreó otra después de la alternativa en Peñaranda. Y Salvador Herrero, que llegó a debutar con picadores. ¿A cuál se refiere usted?

El de Muñoz dice algo y se retira. Sin pagar, además. Nadie sabe cuántas corridas ha visto Jorge. Y eso, sin contar novilladas, becerradas, encierros, los rejones, los festivales o las capeas, que también abundaban.

—Jorge, torea un novillero mañana en El Boalo. Dicen que es un monstruo.

—Vamos a verlo. ¿Tienes coche?

Y Jorge se iba a El Boalo.

No sabemos si el novillero era un monstruo. Lo que sí sabemos es que Jorge lo había visto.
Y así debió de empezar, habiéndolos visto ya a todos, cuando comenzó su carrera de crítico taurino en el diario El País. Allá por el año 1976. Allí estuvo alguna temporada, con el desaparecido Joaquín Vidal. Después pasó al Diario 16. El Diario fue, en aquellos años, el periódico más taurino de la prensa española–, después de La Gaceta de Salamanca, por supuesto. Allí, dirigido por Barquerito, publicaban páginas y páginas de noticias y vademecum taurino. Jorge reseñaba alguna de las corridas. Pero sobre todo se hizo célebre por sus dos columnas preferidas: una era una breve reseña de lo ocurrido en la feria, en donde se resumía, arbitraria y tajantemente, el festejo. (Fue célebre la del día X, titulada “Quien no quiere a Curro no quiere a su madre”). Y otra, la columna social, en donde aparecían desde el Ministro de Gobernación hasta el tabernero de La Dolores. Todo en la misma página, por supuesto. La gente compraba el Diario y confesaba : “Lo primero que abro es la columna de Jorge”. Y se mezclaban el temor y la esperanza de haber salido en ella. Nunca confesadas, por supuesto.

En esos años, Jorge escribía en los periódicos del grupo Correo. En La Voz de Almería, su preferido. En El Diario de Córdoba, en La Gaceta, etc. También daba conferencias. Y en unos años en los que proliferaron las tertulias taurinas, después de la corrida, Jorge tuvo la suya. La más disparatada, arbitraria, y multitudinaria que nunca se haya celebrado en San Isidro.

Era en el “Lola,”, el célebre bar de Lavapiés, cuyas puertas tenían que abrir de par en par para dar cabida al público, fervoroso y creyente, que allí se agolpaba. A la tertulia bajaban los toreros amigos de Jorge, diestros que desdeñaban en general cualquier otra tertulia. Por allí pasó El Inclusero, Antonio Sánchez Puerto, Joselito, Curro Vázquez, algún Dominguín… Nunca supimos a qué hora terminaba la tertulia. Lo que sí supimos fue que el bar cerró luego a los tres meses. No creemos que hubiera ninguna relación.

El Diario cerró también, como todo el mundo sabe. Jorge ha figurado, a partir de ahí, en el grupo Correo, en La Razón, en la agencia Efe, en Toros por la Gran Vía, o en revistas especializadas. O en una memorable reaparición en el diario El País, en el 2006, en un año en el que, por fin, el periódico volvió a recoger la tradición de los años 80, en donde el suplemento taurino fue el más culto y divertido de la prensa española. Esta vez, dirigido por José Suárez Inclán, quien volvía a reunir, en sus páginas, a las firmas más destacadas de la literatura y opinión nacionales. Para desaparecer al año siguiente, suprimida la sección de forma drástica.

Mientras tanto, aunque las apariciones de Jorge en la prensa periódica se han ido espaciando, no así sus libros, editados en pequeñas tiradas en editoriales mínimas. O en grandes grupos de distribución y lectura más populares. En 1988 había publicado un opúsculo, La tauromaquia de Antoñete, en donde, en tono lírico y admirativo, vertía su fascinación por el toreo del maestro de Ventas. Fascinación que se repartía a partes iguales entre ese toreo clásico, de pocos aficionados, y su postura en la vida, también clásica –a su manera– y para unos pocos, igualmente. Lejos de un creciente descubrimiento de Chenel, en sus últimas temporadas, Jorge evocaba aquellos años en que toreó dos, una o ninguna corrida. Para “un puñadito de pocos incondicionales”.

Después llegaron los libros –manuales del toreo. La historia del toreo, El toro de lidia, La lidia o el Diccionario de términos taurinos. En ellos, a despecho de su intención divulgativa, no podía evitar Laverón el incluir alguna de sus opiniones, personales y tajantes. Y sólo para aficionados.

Así, nos enterábamos que su santa preferida era Santa Coloma –hoy día un poco venida a menos. Que El Inclusero había toreado como muy pocos. Que José Luís Ramos era el mejor torero de Salamanca, después de El Viti. Que Paco Ceballos había sido uno de los mejores, y más efímeros, diestros de Málaga. O que la cuna del toreo, como todo el mundo reconoció después, era Albacete, la que más diestros y mejores había dado a la historia. A despecho de su manchega ubicación. (Unas páginas adelante, Jorge nos contaba que la auténtica dinastía del toreo clásico era la de los Amador-Cortés. Y, al poco tiempo nos hizo seguir a Manolo Amador y a Manuel de Paz donde torearan. Que no era en muchos lugares, la verdad).
 
O ese libro colectivo e inclasificable que fue A los toros. En él, prologado por Joaquín Vidal, se hablaba de cosos romanos y rituales paganos; de ganaderías desaparecidas y de tradiciones del campo. Y Jorge habló de sus toreros: los que duraron un cuarto de hora y tuvieron una tarde de gloria en esto. Pero que él recordó siempre.

De Eugenio, el peluquero de la calle Echegaray, ni siquiera recordaba haberlo visto –entre otras cosas, porque nadie lo vio. Pero ello no fue obstáculo para afirmar que toreaba con más arte que Curro Romero y Rafael de Paula juntos. Y con algo menos de arrojo, la verdad sea dicha.

Jorge Laverón es del Atlético, conocedor de la buena literatura, especialista en historia americana, lector de Ignacio Aldecoa, excelente poeta y entusiasta del boxeo. Y amigo de Manuel Alcántara, el mejor escritor malagueño, como él, que han dado los últimos siglos.
En estos últimos años, a despecho de sus crónicas escritas, la mejor crónica era la de después de la corrida: arbitraria y exacta. Sólo la arbitrariedad nos da la exactitud. Y la erudición. A Jorge le rodeaban algunos aficionados, después de la lidia, para saber su opinión sobre la corrida.

—Jorge, qué bien ha estado Morenito, ¿verdad?

—Ha estado fatal. Todavía está dando mantazos.

Al día siguiente le preguntábamos:

—¿Qué tal estuvo Morenito ayer?

—Muy bien. Toreó de verdad.

Saltaba uno:

—No decías eso ayer.

—Ni hoy. Vosotros no sabéis nada de toros y no podéis entenderlo.

Los aficionados se callan. Por la tarde, vuelven a preguntar.

—Jorge, ¿de quién fueron las últimas corridas de Sánchez Bejarano en Madrid?

—De Luciano Cobaleda y Charco Blanco. Como las primeras.

—¿Fue un torero clásico, verdad?

—Clásico y bueno. En Las Ventas cortó diez orejas.

—Con ese ganado.

—Con ése. Lo de Charco Blanco es lo que era de Enriqueta de la Cova.

—Para disfrutar.

—Para triunfar, sí.

Así pasan las cosas. Así seguimos aprendiendo.

Jorge pasea por la plaza de Santa Ana.

—Jorge, hay una novillada mañana en Villa del Prado.
 
—¿Quién torea?

—Uno que me han hablado muy bien. De Sotillo.

—Bueno, pues vamos.

Y nos vamos a Villa del Prado.

Alguien le ha propuesto que escriba sobre sus toreros. Los del cuarto de hora. En eso estamos. Algún día el libro saldrá. Mientras tanto, a Jorge le gustan los buenos toreros, por supuesto. El Juli es una figura, Fundi también. Joselito fue la figura, dos o tres temporadas. César Rincón otras tantas. Caminista antes, ahora confiesa que cada vez es más de El Viti.
En sus tiempos fue de la andanada del 8. Iban a silbarle al Cordobés. Y a reverenciar a Antonio Bienvenida. Ahora ese mundo ha desaparecido.

—¿Quién os gustaba entonces, Jorge?
 
—El que toreaba más clásico era Rafael Ortega. Pero yo siempre fui de Antoñete.

—¿Y a los demás?

—A los demás primero Bienvenida. Después nadie. Después, El Viti… Pero yo creo en el fondo el que siempre les gustó fue Curro Romero. Lo que pasa es que no se atrevían a decirlo.

—Ya.

—Y Curro Vázquez. Ese es el que mejor ha toreado.

—Vale.

Una tarde de San Isidro alguien propuso ir a un festival en El Barraco. El cartel de Madrid era el mismo de siempre. Nos fuimos a El Barraco, al lado del Puerto de Somosierra.
Esa tarde nevó en la sierra. En la plaza, entre el viento y la cellisca, toreaban los hermanos Mora y los primos Cancela. Un festival de Albaserrada, por cierto. Sólo estábamos nosotros en la tarde invernal. Nos brindaron todos los toros.

—Como os conocen los toreros, ¿no? – preguntó una amiga, que venía con nosotros.

—No es que nos conozcan, niña. Es que no hay nadie más – contestó, entre tiritonas, Jorge.
 
Así se pasan las temporadas. En El Barraco nevó y la plaza estaba vacía. En Madrid no hubo nada.

Mientras tanto Jorge pasea. De la Plaza de Santa Ana a la plaza de las Cortes. Para el poeta y ganadero Fernando Villalón el mundo se dividía en dos: Cádiz y Sevilla. Pues eso. El mundo se divide en dos: Echegaray arriba o Echegaray abajo. El resto es silencio. Cruzar la Carrera de San Jerónimo es una aventura. Cruzar la Gran Vía, impensable.

—¿Cómo ves la temporada, Jorge?

—Bien. Hay un novillero francés, Tomasito, que va a acabar con esto.

—Si tú lo dices...

Seguimos paseando. El domingo hay una novillada en Las Ventas. Dos manchegos y un colombiano que promete.

—Qué harán los ingleses el domingo por la tarde… —se interroga Jorge, en medio de la plaza.

Qué harán, nos quedamos pensando.

(Publicadopor Vicente Llorca encamposyruedos2.blogspot.com)
 



 
Jorge Laverón y Vicente Llorca en Las Ventas

martes, 4 de junio de 2013

De cómo la acracia llegó al noble agro

Agro chinchonero, esta mañana
(Detalle)

Vicente Llorca

Sabia costumbre, por las mañanas nos juntamos en el bar de Alipio, en la carretera. Allí, con el café temprano, las noticias llegan, y la prensa local, y se puede uno enterar de los grandes temas del día. De los precios del mercado, por ejemplo. O de cómo la otra tarde estuvieron persiguiendo un novillo de Juan por la autovía, hasta que consiguieron encerrarlo, entre autocares y portugueses perplejos. Dicen también otros que han enviado todas las novilladas al matadero, ante la calidad de las ofertas que le habían llegado. Antes, las torearon ellos mismos, asegura alguno.

Todas las mañanas L. nos saluda, con su voz ronca y castellana, afirmando:

-Esto lo arreglaba quien yo sé.

Nunca terminamos de saber si se refiere al general Muñoz Grandes -panacea universal de todos los males, según él- o a D. Santiago Bernabeu, en vida del cual, dice,  “no pasaba esto”. Depende de que el Madrid haya ganado o perdido esos días.

Por la mañana habíamos estado en la Fuente de San Esteban, donde se celebraban las fiestas del Corpus.

Las fiestas no pueden ser más tradicionales; encierros y misa; y capea en la plaza y procesión; y el toro del aguardiente y romería hasta la estación. Y una becerrada y baile debajo de la iglesia. El domingo, día grande, se anunciaba una novillada formal en el coso de la carretera, con trajes de luces y alguacilillo. Hasta burladeros tienen…

Esa mañana corrían por el pueblo una especie de carretones con pelo y cuernos, persiguiendo a los muchachos y celebrando el encierro infantil. A mí, no sé por qué, de repente me encantó el encierro. Los monigotes con ruedas, a modo de tarasca o gigantes y cabezudos, los muchachos riendo -y asustados en el fondo- tenían algo de celebración carnavalesca, ancestral y mágica, en donde la figura totémica del toro recorre las calles, y entra en la iglesia, entre el jolgorio y el miedo, y los petardos que saltan por las aceras. Un niño gordo y mofletudo había bajado a la plaza, con un remedo de disfraz de torero, y hubo que ver el pasmo que se le quedó en la cara cuando el carretón pasó por delante, humillando, mientras él, muy serio, le inflingía un pase de pecho. Éste no se olvida ya en todo el invierno.

Los toros de cartón, que sobresalían por encima de las talanqueras, tenían además el aspecto del encaste Vega-Villar, cornalones y berrendos en negro, y eso también contribuía a la exaltación taurómaca.

En el bar, luego, L. siguió protestando, describiéndonos los costes de la fiesta del pueblo, a la que él había contribuido. Hay que traer no sé cuántas ambulancias, decía, y pagar infinitos seguros. Y la Seguridad Social se lleva un quiñón y encima hay que elaborar un proyecto, visado por el Colegio, de la plaza y las instalaciones del ruedo. Hasta los remolques de los tractores, y un trillo viejo, que forman la ancestral plaza de carros, se revisan y pagan, afirmó, aunque esto ya no sabíamos si lo decía en serio. Del bar, ya a mediodía, salimos reforzados en la teoría, expuesta minuciosamente por un vecino, de que hay un enano maligno, instalado en las oficinas de la Administración, cuya única tarea es la maquinar decretos y reglamentos, día y noche, para fastidiarnos a los del campo, complicarlo todo y conseguir que nos rindamos de una vez.

-Pues yo, que tengo una librería en Zamora, debo de estar vigilado por el mismo enano -soltó un primo mío, bastante leído, y que efectivamente soporta una librería en Zamora.

La librería la va a cerrar por fin, me confesó en un aparte.

-Como pille a los de la Administración…

El tema de la Administración y el enano burócrata nos habían fastidiado el aperitivo, así es que nos fuimos. En los soportales, los muchachos aún seguían jugando al toro.

Por la tarde, para completar el día, nos fuimos a Vitigudino con un amigo, que lidiaba allí una novillada. La novillada en realidad eran toros para las calles, que luego se iban a encerrar para la capea en la plaza. La ganadería de mi amigo en tiempos se toreaba en Madrid, en San Isidro, y en Pamplona y en Sevilla. Pero tal y como están la cosas tampoco es plan de ponerse estupendos y los novillos estaban vendidos para los encierros y además había unas vacas de retienta y allá que nos fuimos.

Cuando llegamos todo el pueblo se dirigía a la plaza, a las afueras, sobre el camino del matadero. Las peñas llevaban cada cual su orquesta y era de ver como todas coincidían en exaltar el popular sonsonete -vagamente filosófico- de “Si te ha pillado la vaca, jódete…”, estribillo incluido. Estoicismo popular, comentó alguien.

La entrada era muy barata y todos, viejos y mozos, se agolpaban en fila en la taquilla. Como íbamos con el ganadero pensamos entrar por la puerta de corrales, que la tradición dice que el ganadero por lo menos pueda ir gratis a sus propios festejos. Pero allí no había más que un portero, gordo y funcionarial, que nos miró con el unicejo fruncido y al que ni nos atrevimos a nombrarle la consuetudinaria ley. No nos dejó ni hablar.

Yo recordé entonces otra tarde, hace ya tiempo, en la que el que lidiaba era yo, una novillada en el noble pueblo de Bañobarez, allá por los Arribes, y en la que nos dirigimos alegremente al encargado de la puerta de chiqueros.

-Hola, buenas tardes. Estos vienen conmigo. Soy el ganadero.
 
-¿El ganadero? ¿Otro que viene con lo mismo? Han entrado ya cinco con el mismo cuento…

Y allá que nos tuvimos que ir a la taquilla, a sacar los entradas, que la novillada daba comienzo. Todavía me estoy preguntando quién fue el capullo que entró con mis boletos.

 Afortunadamente aquí apareció uno de los de la Comisión de festejos y nos llevó al palco de presidencia y pudimos pasar con él. Las bandas habían cambiado de tema y ahora perpetraban, con idéntico furor, “Paquito el chocolatero”.

Los festejos de Vitigudino al parecer los organiza una comisión de vecinos, y ellos se encargan de todo, y corren con todos los gastos y hay que ver qué entusiasmo tienen, porque para esa tarde habían traído por lo menos seis utreros, gordos y lustrosos, y algunas eralas para los más chicos. Nos dijeron luego que por la noche echarían el toro del aguardiente. Ellos se habían hecho empresa, contaron, y allí no había ningún tipo de subvención. Cuando me enteré además que para las fiestas de la Virgen, en agosto, habían programado una corrida mixta con toros de Victorino y de Barcial, mi admiración ya no conoció límites. Que en el cuarto toro nos invitaran a una merienda con queso curado, matanza de ibérico y vino de la sierra en el patio de arrastre no tiene que ver con mi entusiasmo, fraguado ya desde el momento en que me los presentaron.

En la plaza tuve la misma iluminación -algo más estruendosa- que por la mañana, en las calles de la Fuente. Se celebraba la capea, y los mozos quebraban a los toros, y los recortaban y saltaban la barrera y alguno se dejó los dientes en el callejón, porque calculó mal el salto y la plaza, remota y oscura, es de piedra… Luego, salieron los capas y recordé, viéndolos, el toreo que de niños habíamos conocido en los pueblos, y en las fincas y en el carnaval de Ciudad Rodrigo. El toreo sobre las piernas, con utreros y cinqueños cornalones, en el que el juego es quebrar al morlaco, y burlar su embestida. Capotes y toallas, alguna pañosa de verdad y un gabán que se quitó uno servían de engaño frente a los novillos. Y las piernas de los maletillas, que burlaban la embestida, al tiempo que los oscuros utreros rebañaban la suerte, intentando alcanzar a los mozos. En un momento determinado uno se estiró frente a un cuatreño, girón y coletero, y en ese instante tuvimos la sensación de estar asistiendo al origen de la tauromaquia, en el gesto que se inmoviliza frente a la embestida ciega del toro, y entre las carreras y las voces, y el vino agrio de las capeas.

Hacía mucho que no veíamos a los capas, los que antaño recorrían los caminos de las fincas y de las talanqueras, en el campo de Salamanca. En el patio, durante la merienda, habíamos estado hablando con alguno, escéptico y visionario en el fondo.

-Para completar la tradición ya sólo falta que pasen el capote por el público, para sacar las propinas -se me ocurrió comentar, al final de la capea.
 
-Sí, hombre, qué quieres. Que entonces vengan los de Hacienda y se lo lleven… - replicó otro.
 
Alguien se rió. Mi amigo, el ganadero, se quedó en silencio. Luego dijo:
 
-El Estado es un robo.

Y entonces tuve la certeza de que el príncipe Kropotkin había llegado, por fin, al noble agro.

Agro chinchonero, esta mañana

jueves, 31 de enero de 2013

De las virtudes republicanas

José María Gil Robles
 
Vicente Llorca
 
El castillo de San Julián ha enarbolado bandera turca.

( Del despacho de Capitanía al Ministerio de Marina, 1873)

La nación jumillana desea vivir en paz con todas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina. Pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá , como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar en sus justísimos desquites, hasta Murcia y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.

( Del cantón de Jumilla)


Si alguna virtud han tenido los republicanos españoles ésta ha sido, sin dudarlo, la de la celeridad.

Menos de un año tardaron los radicales y federalistas de la 1ª República en llegar por fin al Mediterráneo, proclamar la independencia de Alcoy y Jumilla – y de Almansa, y Cádiz, Andújar y Tarifa. Y de Cartagena, sobre todo– y mantener dos guerras civiles: la tradicional carlista y la cantonal. (Aparte de la guerra cubana). Treinta y dos provincias se hallaban en armas. Cuatro jefaturas de Gobierno y tres golpes de Estado animaron tan intensa experiencia, mientras tanto.

Los de la Segunda República no serían menos apresurados. Quizá más persistentes. Pocos meses les bastaron para incendiar la iglesia del Buen Suceso, esquivar la legalidad parlamentaria, proclamar la Comisión de Actas, tres años en sublevarse contra la propia República, volar la Cámara Santa en Oviedo, proclamar en el balcón de la Generalitat el Estado Catalán y dos primaveras más en alcanzar al fin otra guerra civil. Allí, entre comités regionales y de milicias, finalmente, se disolvió el Estado.

Qué prisas. Para llegar a la disolución del país, con otros regímenes se tardaban siglos por lo menos. (Con la excepción del rey Witiza y los suyos, quizá. Pero ellos no lo recordaban).

La última victoria republicana curiosamente se alcanza décadas más tarde en la Segunda República y Media –también llamada de los años de la ceja. En ella, mediante la profusión de leyes y manifiestos, y de prolijos documentales en la 2ª cadena (y de actos masivos con intelectuales como Pilar Bardem y el poeta Willy Toledo), nos enteramos por fin de algo que nuestra humilde memoria –y la lectura del manual de Vicens -Vives en el Bachillerato– nos había ocultado antes.

Los republicanos hablaban todos en verso. Su reinado era el de la lírica. La prosa, sin saberlo, la pronunciaban sólo los curas, los de la Casa de Alba y los de la CEDA. Prosodia que por otro lado utilizaban para urdir maldades a diario contra los poetas. (Cuando el protagonista de alguna serie de la televisión llevaba bigotillo entonces sabíamos que era falangista. Normalmente a su ruindad se une la lascivia.)

Verso sería entonces por ejemplo la declaración de las Juventudes Socialistas sobre “la supresión de todas las personas que por su situación económica o por sus antecedentes puedan ser una rémora para la revolución”, en estilo metafórico además. (Lo que no encuentro es el tipo de estrofa utilizada. Debe de ser verso libre).

Los de la CEDA en cambio hablaban en prosa, y ellos sin saberlo.

 Así, cuando en la sesión del 17 de junio de 1936 el líder de la Confederación, José María Gil Robles informó al Parlamento de “ 160 iglesias destruidas, 251 asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto. 269 muertos, 1287 heridos de diversa gravedad.  215  agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan. 69 centros particulares y políticos destruidos, 312 edificios asaltados, 113 huelgas generales, 228  huelgas parciales. 10 periódicos destruidos, todos de derecha. 83 asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos. 146 bombas y artefactos explosivos. 38 recogidos sin explotar… “ es evidente que hablaba en prosa. Y con cifras y aciagos números. No podía estar más lejos de la lírica republicana.

Ésta, sutil a veces, a despecho de las afirmaciones del comediógrafo Almodóvar, debía de encontrarse en las réplicas de los vates ilustrados. Así, la Pasionaria, cuando en roman paladino replica a Su Señoría que “ésa era la última vez que hablaba en el Congreso”. O cuando en género elegíaco y en dactílicos clásicos, el comunista José Díaz argumenta que:

-Yo no sé cómo morirá el señor Gil Robles .

Para pasar a utilizar el recurso retórico de la contradictio:

-Yo sé que Su Señoría morirá con las botas puestas.

Yo creo que el argumento lírico de la República en verso lo ha originado la Fundación Ideas, fundación filosófica de la que el otro día tuve la primera noticia. Qué nombre tan cursi para  una actividad  poética como la suya.