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jueves, 31 de mayo de 2018

Saberse ir



Hughes
Abc

Zidane se supo ir de jugador y ha sabido irse de entrenador. Deja el Madrid no porque se haya cansado de entrenar, sino porque no cree que vaya a ganar el año que viene.

«¿Qué les puedo pedir más a los futbolistas con lo que han hecho por mí?». Necesitan «otro discurso, otra metodología».

Zidane con esto hace algo novedoso en la historia del Madrid: se va en lo alto, no se aferra.

Compárese su proceder con el rencor que aún alimenta Del Bosque porque le enseñaran la puerta; compárese su adiós como futbolista con las largas agonías de Raúl o de Casillas.

Zidane da una lección de madridismo, aunque quizás no sea madridismo, o no solo madridismo, sino mera elegancia personal.

Hay pocas personas con aura, y Zidane la tiene, y se va del Madrid dejando un aire de misterio. Se lleva consigo una impronta ¿cosmopolita? ¿universal? ¿superdotada? Se siente que el Madrid sin él se provincializa un poco, y que sin su flor pierde un paraguas sobrenatural.

Esto nos dice cosas sobre el Madrid: el Madrid es un club abierto a cometas así.

¿Cómo forma Zidane sus decisiones? ¿Qué momento de la temporada le hizo comprender que debía irse? Quizás fuera la forma en la que el equipo se desenchufó al inicio de la Liga, casi seguro la derrota contra el Leganés en Copa. «Mi peor momento». Esa derrota la anotamos como una negligencia suya, pero también eran los futbolistas fallándole a él. En ese pacto de confianza por encantamiento que había sellado instantáneamente con ellos algo empezaba a romperse. La Champions lo arregló, pero la grieta existía.

Zidane hace una cosa muy importante. En pleno torbellino de aplausos y felicidad introduce el realismo. No todo fue bueno. El Madrid penó muchos meses, se descolgó de la Liga y jugó un fútbol casi absurdo a veces. No estábamos locos, eso ocurrió y Zidane lo vuelve a colocar sobre la mesa. Y cuando con la Decimotercera se había corrido un telón de festejos, olvido y conmemoraciones, Zidane lo descorre y recuerda que hubo problemas. Es lo contrario del método habitual, consistente en agarrarse a la Champions y llenarla de champán como justificación de todo (por ese camino, y de forma retorcida, las Champions a veces forman parte de un discurso pernicioso para el club).

No es casualidad que haya considerado la Liga como su mejor momento. «Haberla ganado fue lo máximo». Ese equipo fue su mejor obra, el que mejor jugó y el que consiguió algo que nadie había logrado en el Madrid: un exitoso sistema de rotaciones.

Ese Madrid de la BBC en Champions e Isco, James y Asensio en Liga se mezcla con la inclusión de Isco en el once titular y estalla en Cardiff en la segunda mitad de la final, uno de los mejores momentos de la historia del club. Un fútbol incontestable y una superioridad solo comparable a la de la vieja final contra el Eintracht. Pero era la Juventus y era el siglo XXI.

Habría que quedarse con esos meses de juego sobresaliente y de dominio del balón porque hacen justicia a un entrenador.

Zidane lo consiguió, consiguió un bloque desdoblado en dos competiciones que dominaba el juego a partir de un centro del campo excepcional. Entre las remontadas, las gestas en la zona Cesarini, las rocambolescas proezas individuales y los prodigios de su flor hubo uno de los mejores equipos de fútbol de la historia del Madrid. Duró unos meses, como le duran al Madrid esos equipos. Los mejores aficionados hablan de ellos años después porque en cierto modo esos instantes quedan sepultados entre títulos.

Zidane consiguió con sencillez cosas que parecían imposibles. Sería ocioso repetirlas. Haberle dado al club estabilidad no es la menor de todas.

El Madrid ha vivido contagiado de su serenidad. Había una indiscutible estructura económica, pero se sentía que no había «proyecto», sentido, suficiente orientación deportiva. Se daban mareantes bandazos hasta que Zidane cogió el timón.

Y de entre las muchas cosas inolvidables que ha hecho por el club está su marcha. Le ofrece al Madrid algo nuevo: la posibilidad de rehacerse, de definirse en lo más alto. En lugar de chapotear en la gloria deportiva, pensar, cambiar. Lo normal hubiera sido dormirse en ella, disfrutarla viciosamente, estirar los contratos y las inercias, empezar uno de esos años impares en los que las cosas se deterioran solas. Pero Zidane ha sabido irse, marcando el camino a los demás.

«Soy un ganador y para ganar hay que cambiar», y con su pasmosa naturalidad le recuerda al Madrid un mandamiento.

Es norma que cuando un entrenador se marcha los periodistas aplaudan. A Zidane habría que llevarlo al centro del Bernabéu y darle una ovación de 85.000 personas. Las viejas Copas de Europa del Madrid iban acompañadas del «señorío», la leyenda paternal de Don Santiago. Estas Copas de ahora vienen acompañadas de la caballerosidad singular de un deportista irrepetible

Primas y trapicheos

 Francisco Rodríguez y Jaime Ramos en el Almería. Ayer

Francisco Rodríguez y Jaime Ramos en el Lugo. Hoy


Francisco Javier Gómez Izquierdo

     Final de Liga en Segunda y cataratas de rumores sobre trapicheos, favores debidos, amores antiguos, paisanajes, deudas pendientes... para mercadear la permanencia y apalancar el puesto de la liguilla de ascenso. Soy aficionado fiel y reconozco que siempre me ha incomodado la hipocresía de los escandalizados por las primas ofrecidas a terceros... por ganar. Quiero decir, que el Córdoba prime al Tenerife, al Numancia, al Reus y al Rayo por ganar al Albacete, Cultural, Alcorcón y Gimnástico de Tarragona y que todos los apurados que acabo de señalar, más el Zaragoza hagan lo mismo con el Spórting de Gijón para que nos gane a nosotros no ha de molestarnos. Lo perseguible por verdaderamente delictivo es amañar un partido y dejarse ganar para que el contrario de manera fraudulenta y deshonrosa alcance el puesto que otros merecen por disputar los suyos con todas las de la ley.

      Una situación que me parece inteligente y nada reprochable es pactar el empate beneficioso para ambos, caso del Celta-Córdoba de hace unos años que supuso el ascenso directo de los gallegos y el punto necesario para que el Córdoba jugara la liguilla o aquel “¿escandaloso?” 0-0 en Alicante, conforme el decir de J. Mª García, en un Hércules-Burgos, que dejaba a los dos en Primera.
     
Lo escandaloso es “salir a perder” por precio o por amistad y de lo primero es de lo que se acusa a los protagonistas del domingo en El Alcoraz y de lo segundo sospechan unos cuantos desconfiados en Córdoba que pasará en Lugo, pues “..no en vano -cabecea el cordobesismo- Francisco es almeriense y ha sido entrenador y jugador desde cuando el Almería era el Poli y no la Unión Deportiva Almería”. En Lugo tenemos nosotros al portero J. Carlos, Fede Vico y uno de los hermanos Cruz, Bernardo, que imagino llevan en el corazón los colores blanquiverdes. Cierto. Semejantes cursiladas ya no se llevan.

      De todos modos todo lo que acaban de leer como si no lo hubieran leído, porque un servidor, que como les tengo dicho se junta, como el Kiko Veneno, con todo tipo de delincuentes, tiene escuchado de lenguas veraces que en equipos de bajas categorías hay jugadores apostadores con contactos que obtienen sobresueldos desde remotos países gracias a su “sabiduría balompédica” y a cierta pericia en el “trapiche ”, que por si no lo saben es el molino propio -el equipo-  del que se aprovechan las “escurriuras” en las faenas de fin de semana. Hay guardametas a los que se disculpa por ser de Tercera cuando les cuelan goles como al “pobre Karius”, y puede ocurrir que dos elementos de cada equipo trapicheen diez corners en la segunda parte a favor del equipo visitante con un beneficio de tres euros por uno. Sin ir más lejos, mi chico y otro, hace quince días en Vallecas apostaron entre los dos diez euros por el triunfo del Córdoba y sacaron para pagar una cerveza a cada pasajero del autobús en el que viajaron.

    Lejos de mi intención navegar por terrenos pantanosos, pero a mí esto de las apuestas me tiene en fuera de juego y a veces pienso que el nuevo vicio, caramelo para mafiosos, puede convertirse en el mayor enemigo del fútbol. ¡Cómo echo de menos aquéllas románticas primas por ganar partidos difíciles con las que un central cordobés de los 70 compró un piso, o a un jugador del Sevilla se le cascaban los billetes de mil pesetas cuando los fue a sacar del congelador!

Charlotte

Charlotte Cashiraghi

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Hemos sabido por “Le Figaro” que Charlotte Casiraghi, la Hipatia de Mónaco, lee a María Zambrano, la “María bonita” de Pilar Bardem (¡nuestra Maxine Waters!), película que sólo vio Carmen Calvo, la Hipatia de Cabra, que firmó la subvención ministerial (“subvention ministérielle”) y un cameo cultural (“exception culturelle”).

    Charlotte descubrió a Zambrano gracias a Robert Maggiori, su profesor de filosofía:
    
La forma de hacer filosofía que tiene María es un arte poético.
    
Como las crónicas de fútbol y toros del nuevo periodismo batueco, para que la gente lo entienda.

    Charlotte es el tercer lector de María Zambrano que conozco, después de Valente y Ullán (nueve años ya, ahora, que nos falta), cuyo “Relato prologal” para una antología de Zambrano es lo que Luis Martín Santos llamaba “bocato di cardinale”.
    
María era una sangrona –resume su compadre, el mexicano Juan Soriano–.... En Roma, a veces se volvía un verdadero demonio... Lo que pasa es que luego hablaba como de oídas, y te contaba a ti al oído eso que ella escuchaba desde dentro, como en sueños. Decía palabras soñadas, que, en efecto, te dejaban maravillado.
    
Empeñados en “dar herramientas para entender el mundo contemporáneo”, Charlotte y Maggiori, autores de “una geografía poética de nuestros afectos”, organizan los “Encuentros Filosóficos de Mónaco”, algo así como si Gunilla y Aranguren hubieran organizado en Marbella el memorable simposio “Exodus from Being” de Sloterdijk en el castillo de Elmau. Su pasión es el método socrático, obviando el “¡Cuidado con los griegos!” de Bergamín a Zambrano.

    –Con todos. Y con los ‘gregui-gitanos’, como Platón, más.
    
Es el mismo Bergamín que le anticipa a María el apocalipsis político que tenemos encima: “¿Piensas, María, lo espantoso que ‘parece que es’ una España sudamericanizada por los comunistas?”

Zambrano fue republicana, pero menos “ardiente” (“Le Figaro”) que cristiana: “le molestaba muchísimo que la llamaran roja” (Alfredo Castellón).

San Isidro'18. XVIII de Feria. Tarde de "maestrazgos", con maestros pasándolo en grande a lo Garcigrande

 Manzanares
Viejo Maestro del Toreo Moderno

José Ramón Márquez

Lo de las orejas en Las Ventas ya se está yendo de madre. Si algo tenían esos despojos peludos y tibios, llenos de ácaros, es que tenían una utilidad por lo difíciles que eran de obtener y eso hacía que su valor relativo cotizase al alza. Bien es verdad que, de vez en cuando se colaba alguna orejilla festivalera en tardes de menor exigencia o de aluvión de paisanaje, pero lo normal era que cada oreja que se cortaba en Las Ventas fuese el fruto de un calvario personal para el que va vestido de oro y no va subido encima de un aleluya. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a Emilio Muñoz, que ni dos, ni una, ni siquiera una vuelta al ruedo en Madrid en toda su carrera, y ahora anda desde un púlpito pontificando insignificancias, que yo creo que ni en la época presente habría conseguido triunfo alguno, y ahí tenemos a Espartaco, a Manzanares II o a Paco Ojeda, por decir tres en tres estilos muy diferentes que se nos vienen a la mente, que conocieron en sus carnes la dureza y la exigencia sobrehumana de la Plaza para con ellos por su condición de figuras, precisamente. Se podrá argüir que Madrid ha sido siempre tolerante con los pobres, rasgo de su amplia generosidad, y de esto pueden hablar Mariano Jiménez o Antonio Ferrera o El Boni, pero nadie puede decir que los triunfos de estos tres que acabamos de decir, o de los que ponga el lector de su cosecha (Yiyo, Dámaso Gómez, Curro Durán…) hayan sido regalos devaluados u obsequios festivos. Y la culpa, evidentemente, es de la Autoridad que cada vez ejerce menos de tal. Hoy, sin ir más lejos, un Presidente, de pelo y bigote teñido de color caoba, don Caoba, ha aplicado de manera absurda el reglamento, ha sucumbido a las interesadas cucamonas que cada tarde perpetran los benhures de la mula y el peonaje, que dejan el ruedo transformado en el campo de una yincana (lo admite así la RAE, aunque parezca mentira), regado de objetos que estorban el caracolesco moonwalk de los cuadrúpedos, poniendo un triunfo mayor en las manos de Sebastián Castella y devaluando un poco más el valor de los trofeos que se obtienen en la Plaza Monumental de Madrid. Y lo malo es que estos trofeos no sirven para nada, porque las Ferias están hechas de antemano, antes de empezar la temporada, no como antes, donde Sevilla y Madrid servían para ordenar el cotarro y ver qué iba en alza y qué iba en baja y los triunfos en tan importantes Plazas repercutían en las contrataciones. Ahora los triunfos no valen para nada, o acaso sólo para que los que han ido de espectadores tengan un baremo con el que evaluar la tarde:

-Ayer estuve en los toros
-¿Y qué tal?
-Fenomenal… Hubo uno que cortó dos orejas…
-¿Si? ¿Quién?
-El caso es que no me acuerdo del nombre… Creo que era francés...
(etc)

Porque ni al aficionado ni mucho menos al “profesional” esas orejas nada dicen. La verdad del toreo que ha dictado en el ruedo nada tiene que ver con los desmesurados galardones obtenidos a base de dejación de funciones de la Presidencia y de añagazas de algunos de los actuantes.

Por la parte de los bóvidos, hoy tocaban los previsibles Garcigrande/Domingo Hernández, que hicieron su aparición pública luciendo divisa negra por el fallecimiento del amo, y que ahora pertenecen a su señora viuda, la hermana de José Escolar. La cosa de los bóvidos es de suspenso cum laude y no vamos a ponernos exquisitos con que si el tercio de varas o con que si la salida rematando en tablas o que si tal y cual, que es perder el tiempo porque esos toros ni han sido seleccionados para rematar en tablas, ni para hacer una pelea épica con los de la vara de detener, ni para acosar a los banderilleros a la salida de los pares ni para nada parecido a eso: estos toros de presumible aire granjeño han sido seleccionados, criados, alimentados y desparasitados con el único fin de embestir a los engaños que se les pongan enfrente, de no meter sustos al torero que les toque en suerte (habitualmente siempre los mismos) y de mantenerse en movimiento para provocar el éxtasis de los públicos, y juzgándoles sólo con ese criterio el fiasco es monumental, si tenemos en cuenta que el primero no tuvo atisbo de fijeza; el enano segundo se desplomaba como un sufflé mal hecho y fue devuelto; el tercero llevaba el hierro de Domingo Hernández y desarrolló complicaciones de las cuales la mayor es que no corretea lo que de él se espera; el cuarto que desarrolló sentido y buscaba; el quinto que salva el honor de su divisa en lo de la tonta embestida y la ausencia de intenciones y el sexto que era un toro descompuesto, sin atisbo de la docilidad que buscan sus criadores en sus “productos”. Uno de seis es el 16.6% de los toros, lo cual es realmente un pobre porcentaje de aciertos el que los de la divisa negra han traído a Las Ventas. En lugar del segundo, expulsado por don Caoba mediante la exhibición de moquero verde, apareció un lisarnasio de Valdefresno, que ahora la frailada de cada año nos la van echando con cuentagotas en forma de sobreros, que era más feo que picio y con netas condiciones embestidoras, el tiempo que le duraron, como para hacer morir de envidia a los Garcigrande.

Para el festival de Garcigrandes y como antesala a la llamada “Corrida de la OTI” de mañana, el think-tank Dombiano cerró un cartel de carácter  internacional, con el español Enrique Ponce, el francés Sebastián Castella y el venezolano Jesús Enrique Colombo.

Ponce está viviendo con el público de Madrid, a sus cerca de cincuenta años de edad, una época dorada. Decíamos más arriba cómo esta Plaza siempre ha medido a las figuras y con Ponce ya no hay medida sino entrega total. Dirá el de Chiva que por qué no pasaba esto hace quince años, con lo bien que le habría venido, y la respuesta es fácil: el público atufado de gin & tonic, el público de aluvión sin criterio ni conocimientos se ha hecho dueño de la Plaza y ese público hace quince años no existía o, al menos, no era el predominante. Le jalearon el tiovivo que montó con el bobiscón segundo como si fuera faena cumbre. No es que Ponce haya sido un torero de enorme compromiso, pero lo de hoy a base de las más descaradas ventajas, de esconder la pierna como se esconde uno que ha hecho una fechoría, del cite con el pico más rastrero sobrepasaba con creces lo admisible… y le vitoreaban como si estuviese haciendo la faena de su vida. Empezó dando la réplica al Juli doblándose por bajo con el toro como suele en terrenos del 8 y acabó su labor frente al 10 con un feo espadazo; entre medias se puso bonito y, cuando se le recriminó que se cruzase por lo menos una vez, se metió un poco en el terreno del toro y en tres derechazos se quitó de ese sitio perdiendo la muleta para volver a las formas ventajistas y de poco fuste que dieron fuelle a su primera faena, para la que le pidieron la oreja algunos insensatos. Su segundo cobró en varas como si fuese un Dolores Aguirre, Manuel Quinta se empeñó, aprovechando que el toro empujaba con brío, en hacerle unos sondeos geotécnicos en el espaldar, que daba grima ver cómo apretaba. El toro imponía su respeto a las cuadrillas durante el segundo tercio y, cuando tocan a muerte, se declara incompetente en lo aprendido en su ganadería y se revuelve con ganas de coger. Ya se ve que no es toro de ida y vuelta, sino de trabajar. Ponce tira de repertorio y, por un momento, parece que no va a querer pelea, pero tras un achuchón del animal en que el torero se lo quita con un ayudado tocándole el costado y un poderoso pase circular por arriba de los que hacen daño, como los de Curro Romero, como los de Gallito, el toro cambia y se ahorma un poco en su condición permitiendo a Ponce desarrollar su labor de manera emocionante, con ímpetu digno de un matador que acabase de tomar la alternativa y con unas ganas fehacientes de no dejarse ganar la partida por el toro. Gran faena de Ponce a este cuarto, Francachelito, número 125, refrendada de manera imperfecta por una estocada baja echándose hacia afuera, pero la obra ahí queda.

Castella en su segundo recibió un trompazo fortísimo, lo que se dice un palizón, toreando de capa. Le tocó el Garcigrande de carril y, esto debe ser reseñado, su segunda tanda de redondos, acaso por el aturdimiento del golpe, fue la mejor que le hemos visto nunca al francés, trayendo al toro embarcado, cayendo hacia adelante, quedándose colocado y rematando atrás, para demostrar que si quiere, puede, que lo sabe hacer. Luego siguió su labor en el tono habitual de ventaja, descargue de la suerte y paso atrás y remató con sus habituales cercanías a medida que el toro se apagó en sus ímpetus embestidores. Entre lo del trompazo, que se dejó coger en la estocada, que quedó bien colocada y fue efectiva y lo que se dijo antes de los benhures de la propina y don Caoba, las orejas pasaron del toro al torero con la inocente intermediación del alguacilillo.

Y a Colombo le dejaremos en que no fue su tarde. Lo mejor es que matando es un cañón. Lo peor es que hoy sus manos fueron las de Loris Karius, perdiendo la muleta hasta en cuatro ocasiones en la faena a su segundo, y no dejando un sello personal en sus atléticos pares de banderillas. En los del segundo tomó el olivo por tres veces, una por par, y eso no es lo que se espera de un matador que banderillea, ni tampoco que los peones le tengan que estar “aparcando el toro”. Mañana vuelve, a ver si por la noche medita sobre su tarde de hoy.

La brega de Rafael Viotti al quinto es de las que se deberían enseñar en las escuelas de tauromaquia para explicar cómo la excelente labor de un peón sirve para mejorar las condiciones de un toro.

 Ponce
Viejo Maestro del Toreo Contemporáneo

Abella/Abeya
Viejo Maestro de la Gerencia

Amorós
Viejo Maestro de la Crítica

 Presidente de José & Juan
Viejo Maestro de la Afición

 Viejo Paseíllo de Maestros

 Guernica I

Guernica II

De vuelta de la Plaza, donde Colombo tomó casi tantos olivos como Ponce tiene

Jueves, 31 de Mayo

Valle de Esteban

Los olivos subían
y el río bajaba

miércoles, 30 de mayo de 2018

Chisgarabís

El falansterio riverista, al fondo

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El swimmer Rivera tiene ese chic del chisgarabís político que mueve al votante-saltamontes en las encuestas como las feromonas a las langostas en las plagas.

    Su rollo era la Transición (esa cosa filosóficamente reducible a “quitar criterios morales a la conducta humana por miedo al pasado franquista”), y se presentaba como el segundo Suárez, del que ahora reniega.

    –No me trae ninguna cosa buena a la memoria. No me parece que haya nada en él que se pueda reivindicar –contesta cuando le preguntan por José Antonio Primo de Rivera.
    
Primo decía en el Parlamento que en Cataluña había un separatismo rencoroso de muy difícil remedio, pero culpaba de ello (tesis de Ortega, su maestro) a quienes en Madrid no habían sabido entender lo que era Cataluña:

    –Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, impregnado de un sedimento poético, que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias.
    
Rivera, en cambio, bracea hoy entre el centralismo de Garicano Goñi y el autonomismo de Pompeyo Gener, que exigía la descapitalización de Madrid (¡la capital debería ser volante!), y mata a Suárez, que en su “Lección Política” del 69 en Segovia defendía el crecimiento de las ideas joseantonianas, “que siguen teniendo alto sentido para los españoles”. En el 76, en las Cortes (“¡Es que yo parto de la base de que esta Cámara es representativa!”), defiende “el Estado que hizo que saliésemos del subdesarrollo y nos incorporáramos a los países más evolucionados de Occidente”:

Nuestro compromiso histórico ante esa evidencia es muy sencillo: terminar la obra.
    
En el 77, una duda: “España está saliendo con absoluta firmeza de la larga y triste vicisitud de la dictadura”. Pero en el 79, la reafirmación: “La Transición se ha hecho con arreglo a las leyes del Régimen pasado, del que me enorgullezco. UCD es tan heredera del Movimiento como de la denominada oposición democrática”.

    Que “eso sí lo ha dado España, ¿ves?, el encanto de la flauta mágica” (María Zambrano).

San Isidro'18. XVII de Feria. Un toro fantasma y tres toreros arrastrando las muletas como si fueran cadenas

Ná menos

José Ramón Márquez

Lo menos previsible de la tarde ocurrió en el sexto. Salió un jabonero sucio que lo que llevaba encima era un perfecto traje de camuflaje, porque se mimetizaba con los colores del arenal venteño, y algunas veces sólo veías en el ruedo los ojos negros y los pitones del animal como una especie de fantasmagoría o ectoplasma que se movía de acá para allá y, súbitamente, cuando se encontraba el toro con el fondo del rojo inglés de la barrera se materializaba en toro. Era realmente entretenido seguir las evoluciones de Novelista, número 54, en sus correteos, pero éste no era un novelista de primera fila, de esos que se les forma una fila en la Feria del Libro como la de la devolución de las entradas de ayer, sino más bien un novelista de poco fuelle, o acaso un novelista del romanticismo aquejado de tisis, porque el pobre se pegaba unos planchazos contra el suelo que movían más a la compasión que a la protesta. Lo cierto es que en las caídas del animal, a causa del camuflaje que portaba, quedaba el bicho totalmente desaparecido y aquello era un Guadiana de apariciones y desapariciones, casi una corrida organizada por un Houdini o un Dynamo. Las buenas gentes se exasperaban porque entre las desapariciones y los trompazos allí no había toro, ni cabra, ni mona, y don Jesús María Gómez Martín, que vio tan claramente el otro día que había que echar de la Plaza a un toro manso que no había acometido ni una sola vez a los capotes, estuvo dudando hoy lo suyo si le sacaba el mocador del color de la esperanza, hasta que una vez picado el Novelista (qué buena idea darle un par de puyazos traseros a los que perpetran esas novelas tan malas) y portando dos banderillas clavadas en su pellejo, que menuda dificultad para El Puchi poner dos banderillas a una entidad que no ves, accedió a las demandas de las bases y puso a trabajar a la piara de Florito con el fin de sacar de la Plaza a la Entidad. Entonces anunciaron que iba a salir Forajido, número 23, que ya estuvo de sobrero el día de Julián, de infausto recuerdo para él. Forajido era de la ganadería de Virgen María, que no debe ser confundida con los murubes portugueses de Santa María, y en ella todo llama la atención: el nombre del propietario, la empresa Bravo y Noble S.L.U; que su representante sea don Jean Marie Raimond Raimond, afincado en Rosas (Gerona) y en Le Rove (Departamento de Bocas del Ródano); que esta ganadería, formada en Francia, ahora se halle en una finca de Constantina de tan sonoro nombre como “Pedrechada y Garlochí” y, sobre todo, que mientras los franceses se dedican a adquirir y a llevar a su tierra las vacadas de Concha y Sierra o del Cura de Valverde, a nosotros nos mandan los Jandillas de las Galias, si serán listos los tíos.

Bueno, pues ahí tenemos a Forajido en el ruedo, cuya presencia despertó las infantiles iras de un joven aficionado de unos doce o trece años que se sentaba tras de mí y comenzó a dar palmas de tango y a decir del toro que “era una vaca”, que “no tenía pitones para Madrid” y otras lindezas de sabio de la cosa taurómaca por las que no cabe menos que felicitar a su padre o abuelo o quien le haya instruido con tanto provecho, aunque nuestro jovencísimo compañero de andanada se fijó en lo aparente, en la presencia de Forajido, que no era en absoluto apabullante, pero algo tenía en su manera de embestir, en la viveza de su tranco, que no hacía estar tranquilos a los de abajo y, para que quede demostrado simplemente diremos que entró cuatro veces a la jurisdicción de Francisco Javier Sánchez, quien desde el confort de su posición elevada le picó de manera inmisericorde, recargando y buscando atemperar aquello que el animal portaba dentro y que tan poco gustaba. Eso no fue suficiente, al parecer, ya que en el primer par de banderillas que recibió, persiguió y sacó de la Plaza a El Puchi por la expeditiva vía de hacerle tomar el olivo como resultado de la tenaz persecución a la que le sometió. Luego se fue apagando en la tediosa y previsible muleta de Álvaro Lorenzo, que no se dio cuenta de sacarle rápidamente al toro los doce o catorce muletazos que tenía, máxime a la vista de la sangría que se le había practicado, y se puso el hombre a dar su mitin, que es como si uno te pretende colocar así a las bravas y porque sí, una conferencia sobre la despoblación rural.

Se nos olvidaba decir, aunque esto no creo que sea algo que quede para los anales, que hoy volvían a Madrid, desde 2009, cómo pasa el tiempo, las ganaderías hermanas de Torrehandilla y Torrehebreros, que se distinguen porque la divisa de una es colorada y la de la otra es verde, y que son propiedad de “Cuadra Torrehebreros, S.L.” y es menester subrayar aquí de manera especial lo de “cuadra”. El hecho de que hayan pasado once años desde que vinieron la vez anterior puede servir para hacerse perfectamente la idea de lo que van los de la Cuadra Torrehebreros. La presentación de la corrida fue buena, con algún gordito como el quinto, Pantalán, número 27, del que se hablará más adelante. En general la corrida no adoleció de manera espectacular de falta de fuerzas, salvo el jabonero del camuflaje, si bien el cuarto se pegó un planchazo descomunal en un pase por alto, que se quedó el bicho tumbado a la larga sobre la húmeda arena y parecía que le había dado el cólico miserere.

Para la cosa del matarile de los Handilla y Hebreros, de los HH, el equipo administrativo de Domb formalizó la contratación de Daniel Luque, cuyo padre me invitó a un exquisito café expreso en cierta ocasión, David Galván y Álvaro Lorenzo. Como es natural y evidente la propuesta empresarial trajo a la Plaza la entrada más pobre de cuantas llevamos vistas en lo que va de Feria.

De Daniel Luque yo creo que ya se ha dicho mucho sobre lo que hace y, especialmente, sobre lo que no hace. De entre lo que hace, lo mejor es que va donde le llaman, que lo mismo se va a Osuna a matar unos Miura que se viene a Las Ventas, y aquí siempre debemos recordar aquella temporada en que le llevaba José Luis Marca en la que despachó en Madrid, si la memoria no me falla, catorce toros: 6 en una de él solo, 6 en tres de San Isidro y 2 en una de Otoño, sin llegar saludar una triste ovación desde el tercio. La otra cosa que se debe decir es que ha reducido algo el tamaño de su capote, pero ha aumentado los metros cuadrados de su muleta y se presenta con un muletón descomunal, como el telón del teatro de la Zarzuela, ahora que Gregorio Marañón lo va a desguazar. El resultado de su muletón es que los pases le salen enganchados uno tras otro, que mover toda esa tela no debe ser nada fácil, por lo que la faena le queda deslucida y poco estética. Y luego alguien le debería decir que eso de tirar lejos de sí el estoque, aunque sea el de mentira, no está nada de bien, que el estoque es lo que le hace vestir de oros y lo que le separa de los que se llaman subalternos, y que el estoque, que muchos toreros metidos a ganaderos han puesto en sus hierros (Curro Cúchares, sin ir más lejos), debe ser venerado y respetado pues es el signo de su posición. De sus trasteos apenas hay mucho que decir, si acaso en su primero, que es el que se movió, le enjaretó unas despegadas tandas, o tandillas, que obtuvieron cierto reconocimiento popular mientras el toro se movió, pues lo del movimiento es algo que extasía. Luego, como la tarde iba de tirar cosas, al entrar a matar al primero tiró la muleta; en el cuarto, no.

David Galván no tuvo su tarde. Diremos lo bueno, que se dice en seguida y que es el inicio de faena a su segundo compuesto por tres ayudados por alto de telón, un pase del desprecio barbillero, un pase por alto y el remate de un ayudado por bajo. Remarcamos lo de barbillero porque es algo que el torero hizo con afectación, lo de clavar la barbilla al esternón, como para dar más solemnidad al asunto. El toro era Pantalán, colorado, que ahí estaba con sus embestidas y su falta de malas ideas y que se fue a estrellar con la incomprensión de David Galván. La faena la inicia haciendo galopar al toro en los medios a la media altura, rematando por alto, sin bajar la mano. El toro se le entrega en dos series y de pronto el torero, nadie sabe por qué, tras un paseo de introspección,  le cambia los terrenos donde le había ido perfectamente y se lo trae hacia el tercio frente al 9. A partir de esa extraña decisión el toro cambia y es ya más remiso a embestir, parándose y dejando al aire las ventajas y las carencias del gaditano. Quiere arreglar el final de lo suyo a base de embarullamiento, cercanías, arrimón y susto, cosa que no consigue. En mi opinión se le fue el toro.

Y Álvaro Lorenzo, que le sacaron al tercio a saludar y yo ni me acordaba de que le dieron tres orejas -y la vuelta al ruedo a uno de sus toros- el Domingo de Resurrección. ¿Cómo sería la huella que dejó en el día de su triunfo grande, que estuve en la Plaza y no recordaba nada? Hoy, que ni mucho menos era el día de su triunfo, tampoco deja nada para el recuerdo, porque sus modos de toreo amodernado son exactamente iguales que los de casi todos y porque detesto las ventajas que se toman con toros que embisten. Lo mismo podía irse a Mora, que le pilla cerca, a preguntar allí qué es lo que hay que hacer para triunfar de verdad y abrirse un hueco en la afición de Madrid, que la ecuación es harto fácil de aprender, por más que en ella siempre esté la promesa de la sangre.

A la salida fueron consultadas las bases y se dictaminó por mayoría suficiente que de los tres el que peor había estado fue Luque.

Miércoles, 30 de Mayo

Valle de Esteban

Los pintores modernos en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada

martes, 29 de mayo de 2018

En la muerte de María Dolores Pradera

La Pradera para un veinteañero




El laberinto

La huella, de Mankiewicz


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Decíamos ayer que el Estado de partidos en España es como el laberinto de “La huella”, de Mankiewicz, pero pasada por Ozores.
    
¡Qué confusión de cosas! ¡oh Dios! ¡qué laberinto! –suspiran por Juan Ramón las Marías en la caja del híper ante la moción de censura.

    En el Estado de partidos no hay política (lucha por el poder), sino consenso (reparto del poder), cuyo factor de gobierno es la corrupción. Delante, ahora, no tenemos un cambio de Régimen, sino un trastrueque de consensos.

    Este Estado de partidos cree que su salvación pasa por la reconversión territorial que las derechas vasca y catalana deben pastelear con la derecha de Madrid, que es Rajoy, señalado para perpetrar la reconversión territorial como lo fue González para cometer la reconversión industrial. El ruido y la furia que se avecinan con la moción de censura de Sánchez sólo es otro cuento sin sentido contado por un idiota, como decía Shakespeare de la vida donde la confusión hizo su obra maestra. En esta representación, Rivera no es sino el hortera (el mancebo) de la Tía Javiera para votar a conveniencia. Por ejemplo, los Presupuestos, de votación y sustancia clavados, estos del 18, a los de junio de 1935, reseñados en ABC:

    –Bueno –explicó Calvo Sotelo en la tribuna–, y si no hubiese presupuesto antes de fecha ¿qué pasaría? (Todos se miraron). ¡Pues no pasaría nada! (Suspiro de alivio). (Algunas voces: “¡Eso es: nada!”) Se aprobarán en la mañana del lunes, o del martes, si queréis, y eso, que ya se hizo en otras ocasiones, no perturbará la vida española. Y si alguien dice que con ellos se falta a esta Constitución, que va a ser reformada, puede contestar que muchas más veces se le faltó, y en asuntos más graves. Pongámonos en el peor: que no haya presupuestos ni el martes ni en julio ni en agosto. ¿Y qué? En todo caso no se perdería nada, porque lo que se está discutiendo son los presupuestos peores que he conocido nunca.
    
El 36, ya se sabe, se los llevó a todos luego como en un cha-cha-chá.

San Isidro'18. La Autoridad y la Empresa, con la ayuda del Tiempo (en forma de "purple rain"), nos dejan sin pablorromeros


Lo que nos perdimos

José Ramón Márquez

En esto de los toros es difícil que salte la sorpresa, si uno está un poco atento a los indicios. Quiere esto decir que la suspensión de la corrida de toros de hoy, 6 de Partido de Resina para  Sánchez Vara, Javier Castaño y Thomas Dufau, no pilla de sorpresa más que a los incautos. En el cartel original que se puso a la venta no figuraba Sánchez Vara, ya que esa plaza estaba ocupada por Ricardo Torres. No sé qué le pasó al aragonés, pero el asunto es que se cayó del cartel y en el día de ayer, domingo, ya se sabía que no comparecería en Las Ventas y quién le haría la sustitución, y ahí está una de las claves de la trama, en que ya ayer había un considerable número de personas devolviendo los billetes, porque hay muchísimas personas que a la mínima están esperando para meter los billetes de nuevo en la taquilla. Pensemos en alguien que tenga dos abonos del 9, fila 12, que se embolsa tan ricamente 100 euros con los que irse a cenar y se queda sin ver a los toros bonitos, pero le da igual, porque realmente lo que le interesa del abono es Manzanares y Roca Rey, así como mantener sus derechos de abonado. La cosa es que ayer ya se percibía movimiento de devolución en las taquillas. Para el empresario esa devolución es un pésimo negocio, porque el empresario con las corridas que gana dinero es precisamente con éstas, en las que paga lo que pague por los toros y casi nada a los toreros. La cantidad de abono cautivo le da una óptima rentabilidad entre lo que ingresa y lo que desembolsa, y eso es algo que no le ocurre como en las de Manzanares o Roca Rey, y no decimos nada de Julián, que el hombre se lleva la intemerata, en su condición de “poderoso”; en las de las “figuras” el magro beneficio para la Empresa viene de la venta de almohadillas, de gin & tonic y de almendras.  La cosa es que ante la perspectiva de que los abonados en masa se pongan a devolver el billetaje comprado a la fuerza por el trágala, a la Empresa le trae más cuenta que el seguro se haga cargo de la suspensión, mucho mejor que dar la corrida.

Esta mañana llovió de manera inmisericorde y el ruedo, desgraciado y alisado por los caprichos de Morante el Nivelador, permanecía perfectamente descubierto. Alegan los Nautalias, amantes de las aguas, que las aguas freáticas que hay bajo el despropósito del Mofletes, como si dijéramos el acuífero de Las Ventas, rezuma agua hacia arriba en las noches, acaso por el influjo gravitacional de la Luna, y que un suelo que ayer en la tremolina de la lucha con los Dolores Aguirre estaba en buenas condiciones, se transforma en barrizal por un “cambio climático” que se produce durante la noche, sólo si se cubre con una lona. Así que ahí tenemos el ruedo recibiendo litros y litros de agua durante toda la mañana sin que nadie le echase un capote, mientras los tejadillos de los burladeros del callejón estaban perfectamente instalados, para que se vea que había habido acción humana de por medio. De esa manera el ruedo se fue convirtiendo en un campo de patinaje y junto al burladero del 10 se crearon dos pequeños lagos estacionales, a los que sólo faltaban los patos y las fochas.

A las 18:22 recibo un amable mensaje del aficionado R., instalado en la comodidad de su hogar, en que avisa de que “los del Plus ya están diciendo que el ruedo está impracticable”, en una actitud perfectamente acorde y seguidista de los intereses de la empresa, como suelen, que “anoche no pusieron las lonas para que se oreara la arena” y anticipa certero que “suspensión habemus”; luego imagino que un señor memorioso que perora por la TV explicaría los monzones que ha sufrido Las Ventas desde su construcción, y el fracasado torero que, parapetado tras un micrófono, vierte sus teoremas en apoyo de lo que convenga, haría lo propio. Con esto ya estamos en las siete menos cinco donde la fila de la devolución en la explanada es descomunal. Y dentro, sobre el ruedo, se analizan las condiciones de la arcilla, como si estuviésemos en el Instituto de Ciencia de Materiales del CSIC, para concluir que la corrida no debe darse, que ésa es una decisión que compete de manera exclusiva a don Justo Polo, Presidente del festejo, el cual puede recabar la opinión de los matadores para tomar su decisión, porque en esa decisión ni intervienen las cuadrillas, ni los empresarios, ni los benhures, ni nadie: es privativa del Presidente. Claro que ahí cada cual tira para su lado y, pongamos por caso, los de la empresa pueden ponerse a decir que ellos no arreglan el ruedo, que ellos sólo pintan las rayas y que se torea con arreglo a lo que hay, y los peones también pueden estar diciendo que así no trabajan, y así cada cual con su tira y afloja. La cosa es que se retira la comisión y al poco se escuchan unos como carraspeos de los altavoces y luego de ellos sale una voz que dice:

-Prfffggghhh ggggrrrrtttss ffrrrrgggghhh ssssgsgsrrrrrr….

Y uno por allí, con buen oído explica:

-Deben de haber suspendido.

Lo que se esperaba desde esta mañana ha ocurrido, y todos los involucrados, salvo los espectadores, quedan tan contentos. Por supuesto en el momento de la suspensión no llovía, ni llovió después hasta que se puso el sol. Ahora sólo resta apresurarse a obtener el reintegro del precio de la entrada, para lo cual dan un generoso plazo de cuatro días. Los que compraron el boleto con tarjeta deben aportar la tarjeta, cuando lo lógico sería que la Empresa devolviese todo lo de las tarjetas de una vez sin necesidad de que el abonado se presentase en taquilla a manifestar su deseo de que se le reintegre el importe de un festejo que no se ha celebrado, pero eso ya es de otra galaxia. Lo real es que nos quedamos sin los Partido de Resina.

Sobre las suspensiones hay muchas anécdotas y cuentos. Traemos uno aquí para solaz del respetable:

“En la época en que unos hermanos de Toledo regentaban la Plaza de Las Ventas, se suscitó, un día en que había llovido con abundancia y el cielo amenazaba con más agua, la posibilidad de que se suspendiese la corrida. Los hermanos tenían particular interés en que dicha corrida se celebrase y, habían ordenado cubrir el ruedo con las lonas, que entonces no había lo del 'cambio climático'. En el momento de la deliberación, a pie de obra se presentaron con armas y bagajes, acompañados del Gerente y del Administrador de la Plaza a tratar de hacer buena su opinión, vencer las reticencias y conseguir que el festejo se diese. En un determinado momento uno de los hermanos, al que llamaremos Abraham, explicó con elocuencia que no importaba que la lluvia hiciese acto de presencia durante la corrida, pues la lluvia había sido el factor que había propiciado el triunfo de muchos toreros a lo largo de la historia en Madrid, refiriendo varios y explicando de manera tan vehemente como convincente que incluso la faena de Manolete al toro Ratón, número 242, de Pinto Barreiro, se había producido bajo un intenso chubasco que hizo más valiosa toda la actuación del Califa. Había muchos por allí que oyeron la encendida explicación del inteligente toledano. La corrida, finalmente, se dio y al día siguiente, en su crónica, un crítico en pleno proceso de acinturamiento recogió la anécdota que había oído de labios del Empresario respecto de Manolete, sin darse cuenta de que el aluvión de palabras del inteligente toledano sólo tendía a convencer a tirios y troyanos para que se diese la corrida, y él se podía permitir la licencia, todo vehemencia, de convertir la espléndida y soleada tarde del 6 de julio de 1944 en una tempestuosa jornada marcada por un aguacero que jamás existió y que quedó registrado para los anales en la crónica del crítico”.


El paripé de las cuadrillas

 La desilusión

 El papeo en el palco
(La orquesta que toca mientras el Titanic se hunde)

La devolución

Martes, 29 de Mayo

Valle de Esteban

La elipse de un grito
va de monte
a monte

lunes, 28 de mayo de 2018

Honi soit qui mal y pense

 Noblesse oblige

Jean-Juan Palette-Cazajus

Ésta es una de las dos frases en viejo franco-normando que figuran en el escudo oficial de la monarquía británica. Puede traducirse por “deshonrado (o avergonzado) quede quien piense mal”. Tiene que ver con las supuestas circunstancias, sin duda  bastante apañadas, como corresponde a la labor de toda memoria mitógena, que dieron lugar a la instauración de la Orden de la Jarretera. Simbolizada ésta por el lazo azul que figura en el  centro del escudo.

La otra es “Dieu et mon droit”, fundamental, ya que es la divisa que figura a los pies del escudo. Quien la introdujo fue el rey Enrique V (1386-1422) en el peor momento, para los franceses se entiende, de la Guerra de los Cien Años. Tras el desastre de Azincourt, en 1415, que vio la carga desastrosa y anárquica -“business as usual”-  de la caballería francesa, sepultada en el barro y abrumada bajo las nubes de flechas disparadas por el temido “long bow” inglés. De modo que en 1420, Enrique V y el rey de Francia Carlos VI, personaje enfermizo y más que medio loco, firmaban el tratado de Troyes que acataba las históricas pretensiones de las dinastías franco normandas y les concedía el trono de Francia a la muerte del monarca reinante. “Dieu et mon droit” es expresión que simboliza aquellas pretensiones. La milagrosa irrupción de Juana de Arco en los años siguientes evitó el desastre.


 Escudo de armas del Reino Unido

Pero a los reyes de Inglaterra les daría por seguir ostentando el título de rey de Francia nada menos que hasta la Paz de Amiens, firmada en 1802 entre el Reino Unido por un lado, la República Francesa, España y la República Bátava por otro. El caso es que si “Dieu et mon droit” es lema que casa perfectamente con las referencias de una monarquía construida sobre el pacto y el derecho, hay quien sostiene que la aparente cópula “et” es una corrupción antigua por “est”. Entendiendo que en este caso la frase real fuese efectivamente “Dieu est mon droit”, o sea “Dios es mi derecho” en lugar de “Dios y mi derecho”, la consecuencia supondría una reivindicación, por parte de la monarquía inglesa, de su prosapia divina. ¡Trascendental querido Watson! Isn't It?

Entiendo que las anteriores divagaciones puedan resultar enojosas para más de uno. En este caso la hoja de reclamaciones debe dirigirse al castillo de Windsor. Porque estas lucubraciones y más aún las que van a seguir, fueron surgiendo como consecuencia de la ascendente irritación que se fue apoderando de mi cabeza, últimamente para pocos trotes, al ritmo de los telediarios que abrían o cerraban con las noticias del pasado -entonces inminente- bodorrio principesco. Este tipo de acontecimiento peluquero no tiene por que ser forzosamente indiferente. Siempre cabe extraer sabroso jugo etnológico de su contemplación. Pero en este caso la pereza y la indiferencia fueron más fuertes. No vi el connubio en la caja tonta pero, tras el agobio de los comentarios previos, hubo que soportar los posteriores y me volvieron a cabrear los desproporcionados minutos consagrados a la cosa en los canales públicos de la República Francesa. Particularmente el hecho de que una emisión diaria de debate, de muy digno nivel habitual, le dedicara uno de sus espacios.


Escudo de Felipe VI como caballero de la Orden de la Jarretera

De modo que, al final, burla burlando, no tuve más remedio que tragarme, a toro pasado, varios retazos del galáctico himeneo. Mi primera impresión fue de necedad absoluta. Que pronto se tornó en sentimiento del absurdo cuando me di cuenta de que no había gesto, mirada o pestañeo mínimos de la novia estelar o de cualquier otro protagonista que no estuvieran pensados para ingesta de las cámaras. La sensación de un irreal teatro de marionetas se hizo total. Decenas de millones de papanatas habían esperado un espectáculo que los apartara de su letargo habitual y lo que vieron era exactamente aquello con que habían soñado. Es decir que, al final de la comedia, cualquier posible realidad se había tornado ficción estandarizada. Pura rutina ficticia eran inicialmente los protagonistas del espectáculo, y en puros productos de su propia ficción se habían convertido los rutinarios espectadores. Como anticipara MacLuhan, no había mensaje fuera del medio. Detrás y delante del espejo, toda humanidad se había ausentado de la representación.

Parece que los “especialistas” de esta clase de eventos consideraron que dichas nupcias iban a señalar un hito en el estilo de las bodas de realengo. Es verdad. El hito más importante del celebrado enlace fue su dimensión de primera boda “post real”. Entendido el adjetivo en su referencia tanto a la realeza como a la realidad. El supuesto y cacareado estilo “rompedor” del pasado sarao no fue síntoma de reverdecimiento sino de agonía. Agonía de la realeza y agonía de la realidad. Fue aquella boda un espectáculo enteramente virtual. Es decir irreal, es decir absurdo.


 La reina Victoria

Los currinches dedicados echaron mano de sus inagotables existencias de material casposo. No nos ahorraron nada. Ni lo del “cuento de hadas” ni lo de “los fastos inmemoriales de la monarquía británica”. No será la primera vez que aludo al libro esencial de Eric Hobsbawm y Terence Ranger,  “La invención de la tradición” . Allí encontraréis un capítulo titulado: “Orígenes, tradiciones y ceremonias de la monarquía británica”. Los autores muestran de modo harto fehaciente que en este caso como en tantos otros, las supuestas “tradiciones inmemoriales” suelen ser asombrosamente recientes. «La mayoría de las pompas reales organizadas en Inglaterra a lo largo de las tres cuartas partes del siglo XIX –dicen los autores– oscilaron entre la farsa y el fiasco».

En 1817, en el funeral de la princesa Carlota, hija del príncipe regente, los enterradores estaban borrachos. En 1820, en “The Black Book” y aludiendo sin duda a la coronación de Jorge IV, se podía leer: «El aparato y el espectáculo […] todo aquello se vuelve ridículo ante la mirada de los hombres instruidos». Las carrozas reales, que hoy nos parecen “románticas” o “exóticas” sólo parecían caducas y sus dorados estomagaban a los estetas. Durante los funerales, «largos y fastidiosos», de Guillermo IV, tío paterno y predecesor de la reina Victoria, en 1837, «las personas presentes deambulaban, reían, charlaban y se mofaban en las inmediaciones del féretro». Del acto de la coronación de la propia Victoria dijo el historiador Roy Strong que «la ceremonia de 1838 fue la última de las coronaciones desastrosas». Transcurrió entre la incoherencia y la confusión, entreverada de incidentes cómicos y acompañada por una música nefasta. El excelso hombre de estado y también buen novelista Benjamin Disraeli (1804-1881) dijo que los participantes actuaron sin orden ni concierto y que clamaba al cielo la falta de ensayo. Eso sí, el auge de los ferrocarriles trajo mucha gente a Londres, pero bien pocos de ellos pudieron presenciar el acto. 

 Los objetos del nuevo ritual tradicional

De modo que tras el desastroso evento, se imponía la evidente necesidad del invento. Los más de 63 años del reinado de Victoria dejaron tiempo de sobra a un grupo de historiadores próximos a la corona para poner a punto el nuevo protocolo de la coronación, descartando algunas tradiciones antiguas -como la del “campeón del rey, o de  la reina”, un caballero vestido con armadura que desafiaba a quien cuestionara la legitimidad del entronizado/a- modificando otras e inventando las que hicieran falta, según un proceso, dicho sea de paso, que era exactamente el mismo sobre cuyas bases construyeron su historia la mayoría de los nacionalismos del siglo XIX. Así intentamos mostrarlo, con mejor voluntad que acierto, en una serie de trabajos interrumpidos por razones de fuerza mayor. También aquellos doctos gentlemen codificaron rigurosamente el transcurso del ritual, el listado y función simbólica de los objetos utilizados, así como el orden y la precedencia de las personalidades presentes. De modo que la novísima pompa “inmemorial” de la coronación pudo estrenarse con motivo de la subida al trono de Eduardo VII (1841-1910), en 1902. Luego, el ritual no dejó de pulirse, completarse y adaptarse hasta nuestros días.

Otro de los tópicos asociados a la monarquía británica es el de su “connaturalidad” con el supuesto “modo de ser” de la nación. Recordemos que los ingleses le cortaron la cabeza a su rey –la de Carlos I, en 1649– 144 años antes que los franceses. En realidad, la moderna y artificial puesta a punto del “inmemorial” boato británico se proponía, entre otras cosas levantar el prestigio de una monarquía en horas bajas. Horas bajas explicables por el acelerado tránsito del Reino Unido desde una sociedad rural y aristocrática a una sociedad urbana y burguesa, también la más industrializada de Europa.  La base social, caracterizada por la presencia de un inmenso proletariado analfabeto, alcoholizado y desheredado, era mayoritariamente indiferente, cuando no hostil, tanto al prestigio de la realeza como al de la vigente construcción del imperio colonial. Durante su largo reinado, Victoria fue víctima de 7 tentativas de asesinato. En cuanto a la prensa se mostraba generalmente reservada y más bien desafecta frente a la institución. Por no hablar del puritanismo de la Iglesia Anglicana que recelaba de las ceremonias demasiado musicales y ostentosas.

 Marianne por Rodin. 1876

A partir de 1870, Francia procede por su parte a la construcción de su Tercera República. También ella se dedica a inventar las tradiciones y símbolos “seculares” que servirán para fortalecer el nuevo régimen. Todos los símbolos iconográficos republicanos hoy considerados como fundamentales nacen en esa época, empezando por el personaje y las representaciones estatuarias de “Marianne”, símbolo femenino de la República, entre diosa madre mediterránea, Virgen María laica, robusta Afrodita helénica y reina ciudadana. La Fiesta Nacional del 14 de julio se instaura en 1880 y el “tradicional” desfile militar sobre los Campos Elíseos sólo recorre regularmente la famosa avenida... desde 1980. Anteriormente su ubicación solía cambiar con frecuencia según capricho del presidente de la República de turno.

No nos quepa la más mínima duda, la reinvención, codificación y fijación de los “inmemoriales fastos de la monarquía británica”, a partir de finales del siglo XIX,  coincidió con la creación de la simbología republicana francesa. Mucho tuvo que ver con una voluntad consciente de contrarrestar aquella posible influencia ideológica en un momento en que iba calando efectivamente entre las masas obreras e incluso entre los miembros de las “Trade Unions”. Durante aquellos años se puso en marcha el nuevo papel de la institución monárquica consistente en presentarse como «un foco de estabilidad en una época de grandes trastornos». Así mismo, fue la relativa indiferencia de buena parte de los británicos frente a la aventura imperial la que llevó el gran Disraeli a persuadir a la reina Victoria de ostentar el título de “Emperatriz de las Indias”.
 

 Jubileo de diamante de la reina Victoria. 1897

Toda la actual parafernalia real se gestó, pues, durante el último cuarto del siglo XIX y empezó a funcionar con el cambio de siglo. En 1897 se celebró el jubileo de diamante de la reina Victoria con motivo de sus sesenta años de reinado. El ministro de colonias, Joseph Chamberlain, padre de Neville, el de los Acuerdos de Munich en 1938, sugirió combinar el jubileo de la vieja soberana con un gran festival del Imperio Británico y aquello proporcionó la ocasión para estrenar la primera muestra “new look” de aquellas apariencias aparatosas. Quien lo desee podrá encontrar en You Tube primarias y borrosas filmaciones de aquel evento por British Pathé, con el protagonismo de los ahora consagrados landós reales, entonces casi de estreno, y el novedoso -hoy clásico- séquito de las grandes ocasiones. Victoria murió en 1901 y la coronación de su hijo Edward VII, al año siguiente, significaba a su vez, como ya adelantamos, el estreno del nuevo ceremonial. 

Las balbuceantes tomas iniciales de British Pathé en 1897 nos dan por fin la clave de la cuestión: para que haya espectáculo tiene que haber espectadores. Dicho de otro modo, sólo hay ostentosas ceremonias reales desde que existe un público susceptible de contemplarlas. Es decir que nacieron con el cine, sólo capaz de trasladar las imágenes hasta públicos numerosos y distantes. Así de sencillo.

En las semanas anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido movió pies y manos para mantenerse al margen de un conflicto que, cualquiera que fuese el vencedor, dejaría a Francia y Alemania desbaratadas y exhaustas. Ya se imaginaba sin competencia, entonando definitivamente el “Rule Britannia”. No pudo ser y el país salió, él también, arruinado y muy debilitado de la catástrofe. Las clases populares urbanas tenían la clave de la hegemonía electoral. Dos componentes contribuirán a la reconstrucción de la cohesión nacional, el papel de la recién creada BBC y las ceremonias reales, retransmitidas en todas las salas de cine. Su cometido consiste en difundir la imagen de una monarquía políticamente neutra y personalmente admirable, gracias al esplendor del ceremonial, antes ridículo, ahora nostálgicamente anacrónico y al mismo tiempo edificante y mesurado. Aquella época culminó con el impacto mundial, gracias a la novedad del medio televisivo, de la coronación de Isabel II el 2 de junio de 1953. Todo lo que vino después solo fue señalando el paso progresivo de la realidad hacia la ficción. En el Reino Unido la monarquía se convirtió en un paliativo confortable a la pérdida del estatuto de potencia mundial. Lo que confirma Hobsbawm cuando considera que existe una tendencia nacional británica en «exaltar la monarquía en el momento en que el prestigio nacional declina».

 Jubileo de diamante de la reina Isabel II. 2012

Para la inmensa mayoría, lo que define las monarquías es el carácter dinástico. Este es en realidad su punto flaco, simbólicamente sugestivo, racionalmente insostenible. En realidad las monarquías iniciales, algunas hasta hace muy pocos siglos, fueron electivas. Así el Santo Imperio Romano Germánico hasta Carlos V y los Habsburgo, con sus siete “Grandes Electores”, así las coronas de Polonia, de Hungría, de Sajonia, de Bohemia. Monarquías electivas, no precisamente democráticas. La elección era entre Pares, Grandes, Magnates, unas élites aristocráticas impepinablemente dispuestas a arruinar el país a sangre y fuego cuando sus ambiciones quedaban frustradas. De allí la opción dinástica como mal menor. La percepción dinástica solo puede ser sagrada, intocable e incuestionable. Fue así en Europa durante no más de 5 o 6 siglos. La decapitación de Luis XVI acabó con el tabú de la sacralidad dinástica no solamente en el inconsciente colectivo de Francia sino en el de toda Europa. No es el momento de meternos en cuestión tan compleja. Digamos que no hay monarquía alguna hoy en Europa que sea otra cosa que una opción. Particular y definitivamente frágiles son las monarquías que padecieron interrupciones históricas para dejar sitio a otro tipo de regímenes. Las roturas en el sentimiento de continuidad histórica anticipan siempre un desenlace letal.

De alguna manera, todas las monarquías actuales han vuelto a ser, finalmente, electivas. Esta vez en el sentido del sufragio universal. La llamada “Francia insumisa”, más o menos la versión local de “Podemos”, tacha al actual régimen presidencial de “monarquía republicana”. Siendo en este caso “monarquía” el término problemático. En Francia, en el año 2000,  el tradicional septenio presidencial quedó reducido a quinquenio. Mitterrand tuvo la suerte de poder gobernar durante 14 años. Ningún proyecto político puede cumplirse sin tiempo para desarrollarlo y no es la menor paradoja del  trágico siglo XX  la de comprobar que los únicos que pudieron beneficiarse de la “duración” bergsoniana fueron los dictadores y los totalitarismos. De la aparente serenidad de las monarquías bátava y escandinavas, no sé lo suficiente para enjuiciarlas. De la monarquía española poco cabe dudar de que también se trata de una “monarquía republicana”, pendiente del hilo de la opinión. Siendo en este caso, a la inversa del caso francés, “republicana” el término problemático. En cuanto al misterio de la monarquía británica, será siempre -no hemos dicho eternamente- su capacidad de supervivencia entre lo imprescindible y lo irrisorio.

Decapitación de Luis XVI

El único imprescindible

Cagancho, el torero gitano
 Sí, sí, existen los toros de cinco patas,
 pero para verlos no hay que ser supersticioso

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En este Real Madrid no hay más imprescindibles que Zidane, el verdadero Elefante Blanco (con su médium, Benzemá). Sólo con un hombre así un club tan supersticioso como el Madrid podía acometer la proeza de apurar su Copa número 13. ¡Que ningún pipero conseguía quitarse de la cabeza el Apolo XIII!
    
Sí, sí, existen los toros de cinco patas –decía Cagancho, pero para verlos no hay que ser supersticioso.
    
A los diez minutos, en efecto, los piperos ya estaban llamando a Houston:

    –¡Houston, tenemos un problema!
    
El problema se llamaba Salah.

    Con Salah, el Liverpool daba miedo, porque con Salah corrían Firmino y Sadio Mané (nada que ver con Esnal Mané, aquel entrenador vizcaíno del Alavés).
    
Cristiano contra Salah, teníamos dicho aquí, dos máquinas de la caridad dispuestas a propagar en Ucrania los valores del fútbol. Pero avisamos: “Salah es un jugador de racha, y una racha como la de Salah sólo se corta con una flor como la de Zidane. Nunca olvidemos la flor de Zidane: Salah aún no está en la final. Tic tac, tic tac.”

    Al final, Salah estuvo en la Final, cuya suerte estaba echada (el Liverpool perdió hasta el sorteo de campo), pero a la media hora, cuando más acogotado tenía su equipo al Madrid, Sergio Ramos sacó a Salah del partido con un “Ushiro-nage” como el histórico de Marchena a Raúl que el árbitro Tristán Oliva sancionó con penalti.
    
Se aprecia perfectamente: bloqueo, desequilibrio y caída –explicó cuando lo de Raúl el presidente español del Judo–. Ante una acción como ésa, no tienes nada que hacer: caes derribado seguro. Penalti justo.
    
En Kiev empezó entonces otro partido: el partido de Zidane. Se notaba en su sonrisa de Giocondo, esa sonrisa de la Gioconda (“la Joconde”!), que es propia de quien no tiene pensado pagar a Leonardo, dale que dale al “sfumato” en la boca de Lisa Gherardini. Son los poderes de Zidane, que hacen que empiecen a pasar cosas, sobre todo a los porteros cuando los toca Benzemá, el médium zidanesco en el terreno de juego. Lo vimos con Ulreich, en la semifinal con el Bayern en el Bernabéu, y volvimos a verlo en Kiev con Loris Karius (nada que ver con Marius Carol, ese barón de Charlus de “La Vanguardia”), cuya actuación nos trajo otra vez el recuerdo del reportaje de Alberto Salcedo Ramos con La Ñaña, fundador de Las Regias, equipo colombiano de travestidos creado en el 92 para recaudar fondos de ayuda a la causa gay en Cali, diciendo a su portero:

    –Usted no tapa nada, mijito, usted no es muralla, sino Mireya.
    
Y el resumen de la Final en boca del propio Karius: “¡No sé qué pasó!”
    ¿Que qué pasó? Es la misma pregunta que se hacen todos cuantos se enfrentan a Zidane. ¡A los poderes de Zidane!

    Ante los poderes de Zidane, todo lo que queda es llorar. Llorar como Karius. Llorar como Salah (al que luego imitó Carvajal, que en lo sensible es nuestro Jordi Alba con barba de San Isidro). Llorar como lúseres lo que no pueden alcanzar como futbolistas. El miedo a lo sobrenatural (los poderes de Zidane) los paraliza como al ratón ante el gato. ¿Gato? Gato es Benzemá. ¡Anda que no llevaba razón Mourinho! Sus goles son de gato que se lleva la cola de merluza al primer descuido. Los porteros lo saben, mas no pueden evitar volverse gilipollas en su presencia. Los entiendo: algo así me pasó a mí una vez que fui a entrevistar a Kathleen Turner que había venido a Madrid a promocionar “Fuego en el cuerpo”.

    Zidane es el Único y su propiedad, la baraka, una cosa que da Dios y que no se puede comprar. A Salah lo destrozó el antideportivo “Ushiro-nage” de Ramos, e insinuó tras el partido que sólo por esa jugada ya no vendría al Madrid, pero Salah debe saber que, para ganar algo (¡y sin necesidad de correr tanto!), hay que jugar del lado de Zidane, que en el Madrid ha terminado incluso con el brujo Pepe, aquel friki que presumía en los medios de haber sido contratado “para que Cristiano Ronaldo sufra una grave lesión”.

    La baraka es una bendición de Dios.

Karhleen Turner

LA MARGARITA DE CRISTIANO

    Cristiano se jugaba el Balón de Oro con Salah, pero no aprovechó en Kiev la oportunidad. Cristiano no fue jugador MVP de la Final, y entonces hizo lo que Victoriano de la Serna en Valencia cuando iba perdiendo su mano a mano con Domingo Ortega: “Mira, paleto, tú saldrás por la puerta grande, pero mañana de quien van hablar los periódicos es de mí”. Y se dejó ir el toro vivo al corral. A Cristiano los corderos no le nacen asados, como a Benzemá: todo lo suyo es a base de trabajo. Y no se siente recompensado. Por lo tanto, saca su margarita, sí, no, sí, no, y deja caer que se va. Total, hasta las chilenas se las tapa Bale, el pato feo del grupo para el “establishment”. Y amenaza con ser actor, que es una cosa al alcance incluso de Pepe Sacristán, el Señor de los Registros. “Tengo práctica porque he hecho varios anuncios. Tengo ese rollo para ser actor”. En fin, que había que hablar de Cristiano y él sabe cómo conseguirlo.

San Isidro'18. XVI de Feria. Con Dolores Aguirre regresa el toro de lidia a Madid, y todo el toreo bufo desaparece como por ensalmo

Guiño ochentero de Ojeda en la tarde de los Doloresaguirre


José Ramón Márquez


Hoy es día de agradecimiento a la ganadería de Dolores Aguirre, divisa amarilla y azul, por traer a Las Ventas el toro que es cambiante, lleno de matices, de dificultades, de peligro, de ideas y de intenciones. Y de mansedumbre que, como tantas veces se ha dicho, es una de las características que estimamos en los toros de lidia, una de sus más intrínsecas condiciones, mucho más que la de la bravura, que ésa sí que es dificilísima de hallar, que uno después de tantos miles de toros como habrá visto por esas Plazas de Dios apenas si sería capaz de poner encima de la mesa media docena larga de toros bravos, de lo que yo entiendo por bravura, no de lo que dicen los revistosos acinturados que es bravura, que eso es otra cosa más propia de las granjas porcinas.

Hoy, ¿por qué será?, los doloresaguirre no han permitido ni medio milímetro de toreo bufo, y hay que ser agradecido y reconocerlo. Y cuando uno por ahí se ha intentado poner a hacer unas chicuelinas, el toro se ha tragado la primera, se ha percatado del truco en la segunda y en la tercera ha sacado al torero de la Plaza, como quien dice, que mansos sí, pero tonterías las justitas. Qué casuallidad que hoy, en este domingo de Plaza medio llena o medio vacía, según cada cual lo vea, hemos tenido la fortuna de no ver ni una manoletina, ni una bernardina, ni una pedresina, ni un solo pase de los que se dan por la espalda cuando el toro ni impresiona ni mete miedo. Qué casualidad que esta corrida haya sido un auténtico festival de herramientas por el suelo, de capotes, de muletas, de banderillas, de una vara de picar, de un aditamento de extraña forma de los que porta el penco, todo el material por ahí tirado, que a la primera de cambio la cosa se ponía negra y había que salir pitando por si las moscas, dejando la herramienta en el tajo, que ya habría ocasión de recogerla cuando hubiese menos lío. Y también lo de las pasadas en falso del peonaje, que eso es otro indicio de que ahí abajo hay un peligro constatable, que hubo toro al que se le pusieron nones, una pasada, un palo, como quien dice un hombre, un voto; cuatro pasadas y cuatro palos en la espalda del toro y tarariiiiiii, no vaya a haber una desgracia, que eso también cuenta. Y en esas cosas está la verdad de los doloresaguirre, que es la verdad del toro como parte del problema y nunca como parte de la solución, que es lo que a muchos nos gusta más que la embestida boba y perruna, la ausencia de ideas -ni malas ni buenas- y la entrega, que son índices del fracaso ganadero, porque representan la ganadería puesta al servicio del torero y no del público. 

Hoy, de los que hemos estado echando la tarde aposentados en la dura roca de Las Ventas, nadie podrá decir que se ha aburrido. Hoy valía aquello que nos enseñaron los viejos: “Mirando el toro es imposible aburrirse”, pero para que esto sea verdad es preciso que haya toro de lidia, no mona de granja, hace falta la incertidumbre que trajeron dentro los toros, el miedo palpable que había en su presencia, el desasosiego de sus embestidas y la promesa cierta de la cogida en la imprevisibilidad de sus reacciones. Hoy, como siempre nos pasa en estas corridas,  añorábamos la presencia del “poderoso” Julián de San Blas especializado en poder a toros que salen podidos del chiquero;  de la tauromaquia Vogue de Manzanares III, esa estética ayuna por completo de ética; de la tauromaquia espaldar de Roca, a ver si con estos toros de hoy habría tenido los redaños necesarios como hacer su permanente homenaje al Chispas, al Charlots y al Llapisera y liarse a dar sus pases y sus lances bufos travestidos de toreo serio; hoy era día para rememorar las idioteces con las que los revistosos acinturados van agavillando su red clientelar y se van labrando un futuro, que “hay que vivir, amigo mío/antes que nada hay que vivir/ y ya va haciendo frío”, que ya lo cantaba en los 80 Juan Bautista Humet (qDg) y tenía el hombre más razón que un Santo.
Para cuántos de los que hoy estaban en Las Ventas sería su primera vez, como unos que cruzaban junto a mí la calle de Julio Camba, y decía el más joven, mirando a la Plaza: “¡Qué grande es!”, que me habría cambiado por él en ese momento a cambio de poder ver Las Ventas por primera vez y, además, en esa primera vez, haber tenido la fortuna de ver al toro incierto, oscuro, avizor, al animal mitológico que es la fuente del mayor pavor, de ese miedo ancestral que nos viene directamente desde los cazadores del paleolítico, de ver embestir a los toros con el rabo enhiesto, como la catenaria de un tranvía, acometiendo con todo su cuerpo, desde la punta del pitón hasta el último pelo de la cola y luego volviendo grupas para arrear un trompazo al caballo o despreocupándose de los capotes que se le tendían o apoderándose de la totalidad del ruedo, marcando su territorio, echando a sus matadores literalmente de la Plaza, acosando e intimidando a los de oro y a los de plata o yéndose a chiqueros, al aroma del sitio por el que salieron, a ver si por allí podían regresar a la Dehesa de Frías a contar que a ellos no hubo nadie que les intentase dar un pase cambiado por la espalda y a relatar que aunque los picadores les hicieron picadillo las espaldas, que aquello parecía la plataforma de perforación de petróleo que hay en Oklahoma City en frente del Capitolio, en Lincoln Boulevard, ellos ni se cayeron ni abrieron sus bocas para enseñar la lengua, y eso que tundieron a los animales sin conmiseración, y les barrenaron lo que las fuerzas de los picadores daban de sí para ver de acabar con ellos de la manera más expeditiva posible, que si alguno de los puyazos de hoy se los llegan a dar a los del Cuvi de la videocámara o a los de Juan Pedro, los pobres ni salen del caballo: ahí mismo, bajo los faldones, entonan el gorigori y parten hacia la vida del Mundo Futuro, amén. Es que hay que decir que hubo un toro que entró seis veces a los pencos de las faldillas, tres al de tanda y tres al de reserva, que se llevó unas varas que ponían los pelos de punta, y que hubo otro al que se le formó charco de sangre a lo largo del espinazo, sin contar con lo que se le caía por los costados, y ya sabías por dónde había estado el toro sólo mirando las marcas de sangre que dejaba en el sitio donde se quedaba parado, de lo que les manaba de las cavernas que les habían practicado a base de apretarles con los acerados filos de la puya.

Y con esta difícil corrida, en la que nada fue gratis, se anunciaron Rubén Pinar, Venegas y Gómez del Pilar. Loor a ellos.

Rubén Pinar ha cambiado, para su bien, de aquel ajulianamiento suyo de novillero y de sus inicios como matador a otra cosa más estimable y seria, a medida que sus oponentes lo han ido siendo. Es inolvidable el toque de atención que dio en la postrera corrida de Guardiola en Madrid, corridón muy serio y difícil con el que desdichadamente se cerró la historia ganadera de tan predilecta divisa, junto a Fundi y Uceda Leal. Hoy ha refrendado esa impresión de torero con oficio y solvencia como para enfrentarse a un toro de las complicaciones de su primero, Botero, número 25, sacarle a base de arrestos y de torería los pases que pudo por los dos pitones, tragando lo suyo, y mandarlo al otro barrio para saludar desde el tercio una sincera ovación de reconocimiento a la solidez de su labor que tiene bastante más peso que la Puerta Grande de López Simón del otro día.

De Venegas nos esperábamos un planteamiento más dramático y no faltaba quien, antes de salir el toro, auguraba que las posibilidades de que el jienense se fuese a los dominios de Padrós eran muy elevadas. Por suerte no se cumplió la profecía  y a cambio nos dejó, en el segundo, Caracorta, número 29, la heroica dimensión del que sabe sobreponerse a unos arreones y unas incertidumbres que llevaban firmada la promesa de la sangre. Tuvo que trabajar lo suyo ante un toro que prometía la cornada en una de cada tres embestidas, y eso es bastante más difícil de bandear si te vienes a Las Ventas con el bagaje de tres corridas el año pasado. Estuvo serio. Por dos veces el toro le hizo correr hacia el burladero y no se amilanó, continuó su porfía, acaso algo larga, y le faltó en ambos machetear a los toros para prepararlos mejor a la muerte. Su primero, al sentir dentro de sí el acero se lanzó frenéticamente a dar caza a su matador, cayendo muerto al suelo tras el arreón en una escena de una belleza y una intensidad desusada en nuestros días.

Y Gómez del Pilar, que si Venegas venía con tres, Gómez del Pilar venía con una, así que se fue a porta gayola en sus dos toros, con un par, viendo cómo iba la tarde. El primero no le permitió darla, porque ni le vio y salió a derechas por las tablas; a su segundo sí que se la llegó a dar, muy emocionante y cambiando el viaje del toro, aunque tantas veces hemos dicho que no es ni mucho menos santo de nuestra devoción esa innecesaria demostración de valor. Su primero, el que no quiso lo de la porta gayola, fue un toro de mucho peligro al que Gómez del Pilar recetó unos sólidos y mandones muletazos rodilla en tierra que dejan los de Julián y Talavante como algo diminuto y lleno de truco, que la condición del enemigo es la que realmente pone las cosas en valor. Anduvo con gran dignidad ante ambos toros, y el sexto, en un arranque de sinceridad, echó a correr hacia chiqueros y allí se tumbó, para dejar las cosas claras.

Manuel Macías en el tercero y Víctor Manuel Martínez tomaron el oprobioso olivo, y le damos bula al segundo de ellos porque si no llega a saltar, el toro le desguaza vivo. La verdad es que no ha sido tarde de peones y el honor del gremio fue salvado de manera completa, valiente y torerísima por David Adalid que puso dos espléndidos pares al cuarto toro que fueron largamente ovacionados como reconocimiento al valor y al arte de este gran peón.

Éste es mi cuerpo
Cayetano

Gómez del Pilar frente al barquillero de toriles
La larga cambiada se la pegó el toro, Carafea, que pasó de él

 Vamos que nos vamos