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martes, 22 de mayo de 2018

Las Córdobas de un burgalés. La Feria

 La Feria de noche

 La Feria de día

El arte de presumir


Francisco Javier Gómez Izquierdo

El remate de mayo en Córdoba es la Feria, de la que dicen los cordobeses que “sólo” dura diez días (no cuenta la Cata, las Cruces y los Patios, en un fiestero discurrir desde finales de abril hasta el próximo 27) como si los Sanfermines o los Sampedros durasen una docena. La Feria es tradición andaluza que creo llegó de Castilla cuando los ganaderos y tratantes se vestían todo un fin de semana como si fuera domingo para comprar y vender vacas, yegüas, trillos  y trallas. La de Córdoba se llama de la Virgen de la Salud y si bien no tiene el glamour de la de Sevilla se hace más atractiva para el visitante por accesibilidad y ausencia del hueco postureo de los vecinos a pesar de la inquietante  tendencia entre la juventud veinteañera de vestir con indisimulada vanidad. Ya saben, barbas sumerias, pantalones por encima de los tobillos, sin calcetines, camisas apretadas y chaquetillas que enseñan los antebrazos con la imagen del Caído, el Rescatao o una oración maorí. Presumidos ellos, ahora que algunas de ellas buscan el imperio de la fealdad femenina.

      Esta última licencia no es cierta, pues en las ferias del Sur, y en la de Córdoba sobre todas ellas, la guapura de la mujer la da la naturaleza y sus femeniles criaturas se acicalan, visten, perfuman, pasean, bailan, miran, ríen, se abanican, con presunción avariciosa, porque la Feria de Córdoba es presumir. Se presume de caballo, de sombrero, de vestido, de flor en el pelo, de moño de rejoneadora y sobre todo de belleza. Las cordobesas dan envidia sana a las mujeres y a los hombres que no tienen enferma la sesera y van por la vida con la conciencia limpia... y envidia dolosa a esas mujeres amargadas que se dejan bigote y se significan en las instituciones prohibiendo que las mozas de mi barrio y todos los barrios de la ciudad repartan abanicos de las casetas o sombreros de las bodegas a la entrada del recinto ferial. Dice la autoridad política que la costumbre era mala por sexista, pero las amigas de mi chico están que trinan porque se han quedado sin unos euros para zapatos. Serán reacciones machistas, porque ahora las mujeres que estudian son unas machistas de tomo y lomo en el catecismo morado.

      La Feria de Córdoba nos da dos opciones: Feria de día o Feria de noche. El cordobita cordobita prefiere la de día y viste para la ocasión traje campero. Si no alcanza para traje, que alcanzará, no puede faltar el sombrero cordobés y los andares toreros por cuatro o cinco casetas en las que den buen vino y un decente salmorejo. El cordobita cordobita bebe y come poco y sería el legado purista de aquél tratante antiguo que hacía sus paradas en los mismos corrales cada año, por entenderse mejor con la gente de fiar que con aventureros. El cordobita cordobita acaba “moles”, pero la doña se lo perdona porque también se recoge sobre las ocho o las nueve un poquito mareada.
    
La Feria de noche es para jóvenes y amigos de cordobeses que yo creo que son los que mejor se lo pasan. Cuando llegué a Córdoba la Feria se ponía en La Victoria. Uno venía con ansias y edad de diversiones. Aún recuerdo y recuerdan los amigos aquellos primeros años donde se me veía con  dos botellitas de Moriles asomando por los bolsillos del pantalón como si fueran revólveres  y mis apoteósicos empecinamientos en que una sevillana era una jota lenta. Antier, preparando el partido del Córdoba contra el Almería, todavía solté los pies como aquellos días. Como yo, muchos otros de otras tierras que disfrutaron del fin de mayo cordobés tienen recuerdos agradables de lo que les pasó en tal o cual caseta.

    A la Feria no se puede ir solo. Lo suyo es una cuadrilla de entre no menos de seis y no más de doce o quince, porque la Feria es contar sucedidos graciosos,  ver el salero de las bailaoras vestidas de gitana, bailar tú aunque sea mal y hacer un poco el tonto. Siempre con un mínimo de gracia, toda la educación del mundo y respetando las buenas costumbres de toda la vida.