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lunes, 12 de junio de 2017

Vigesimoctava de Feria. Frente al derrotismo desmoralizado de una mala tarde de toros, conviene volver a gritar: ¡VIVA MIURA!

Los Que Pagan

José Ramón Márquez

Miura es como el Vaticano de los toros. Miura es el asidero, es la historia. Miura es el toro que vieron mi abuelo y mi bisabuelo en la Plaza Vieja, la más apabullante avalancha de toros, de “bueyes bravos”:

Desengáñese usted, don Eduardo, en España ya no quedan más que dos ganaderías de postín, la mía, de toros mansos, y la de usted, de bueyes bravos -le dijo en una ocasión el marqués de Saltillo a Miura.

Y ahí tenemos a los Miura de nuevo en Madrid, divisa verde y negra, que desde abril de 1849 que vinieron por vez primera ya ha llovido y ha dado tiempo a echar toros de las más diversas condiciones: más mansos o más bravos, más fuertes o más débiles. Qué más da, si la sola palabra Miura es la que te hace ir a la Plaza, si acudes con toda la ilusión nada más que porque en el cartel está pintada la A con asas y te da lo mismo quién la vaya a matar, porque vas por los toros, por el ensalmo de un nombre que aprendiste a respetar desde la infancia, con las viejas historias del Espartero, de Dominguín, de Manolete… ¿Cómo vas a juzgar a esto de Miura, que es la leyenda, la aristocracia más linajuda del toro bravo, como si fuese un “eliminando lo anterior” de un señor con muchísimo dinero que se ha comprado una ganadería por la razón que sea? ¿Cómo poner en el disparadero a esta familia que lleva dedicada al toro de lidia desde antes del inicio de la segunda Guerra Carlista porque una corrida les salga peor, cuando en su larguísima ejecutoria hay infinidad de toros de peor condición de lo que hoy se han visto en Las Ventas, e infinidad de toros de una condición superior a los de hoy? ¿Cómo tratar de juzgar toda una Historia porque una corrida de Madrid haya salido mala? ¿Qué dirían nuestros bisabuelos al salir de aquélla de Miura con Fuentes, Conejito y Algabeño en abril de 1901 en la que el segundo fue condenado por su cobardía a fuego, en que el tercero “parecía una cabra corredora”, en la que el cuarto fue también “condenado al fuego por cobarde” y el cronista de La Época decide abandonar la Plaza en el quinto “porque tan mala corrida no merece la pena de retrasar el cierre de esta edición”? ¿Vamos a cargarnos a Miura por la de hoy en Las Ventas o por la de 1901 en la Plaza Vieja? Y frente a eso ¿no resaltan de manera singular la cantidad de buenas corridas de esta singular vacada, la cantidad de grandes toros de nota que Miura ha puesto frente a todos los que han tenido los arrestos de anunciarse con ellos? Porque Miura es muchas cosas, pero una de ellas es su personalidad, lo imprevisible de sus humores, la inteligencia que atesoran. Hoy mismo, en un ligero descuido de Rafaelillo con un toro que parecía medio desentendido, el animal en un instante le soltó el recado con los dos pitones: puntazo en el muslo izquierdo y en la axila derecha, como el que no quiere la cosa, para aclarar conceptos. Y luego mil detalles, que ahí tenemos a los peones pasando sus fatiguitas y poniéndolas de una en una, o al apoderado de Rubén Pinar animando a Daniel López a que se emplease de manera profunda en la cosa de la vara con el sexto, que eso son cosas que no pasan los días que vienen las seis cabritillas o los seis cerditos, y ponga ahí cada cual el nombre de las ganaderías que le plazca poner, que entre las que se lidiaron entre los días 12 de mayo y 2 de junio hay una montaña de ellas para elegir.

Así que nos vamos a Las Ventas del Espíritu Santo imbuidos de santa admiración a Miura, a sus obras y seducciones, y rogando que la corrida salga acorde a lo que esperamos, fuerte, dura de pezuña y razonablemente mansa, por no dejar en mal lugar al marqués de Saltillo, y deseando la mejor fortuna a Rafaelillo, Dávila Miura y Rubén Pinar, que a diferencia de alguno que se autodefine como figura y al que las plumas mercenarias no dudan de tildar de “poderoso”, no tienen inconveniente en poner sus nombres en los carteles junto a los colores de la histórica vacada de Lora del Río.

Al romperse el paseíllo la Plaza prorrumpió en una ovación que, al parecer, iba dedicada a Dávila Miura, torero “retirado” y apoderado de toreros, que lo fue de Rafaelillo y de Rubén Pinar, sin ir más lejos, que hoy, al igual que el año pasado, vuelve a vestirse de luces para matar la de Miura. En realidad luego fue Dávila Miura el que no mató ningún Miura, pues los dos que echaron de vuelta a la trena de Florito, el segundo y el quinto, eran los que a él le correspondían, y como no se ha desarrollado aún ningún sistema de devolver ovaciones, Dávila se quedó con la que le dieron, tan ricamente.

El primero de la tarde fue Laneto, número 35, un toro alto, zancudo, y en el tipo de la casa al que Rafaelillo recibe con la soltura de sus muchas miuradas jugando los brazos con oficio. Se va el toro, con la altivez propia de su raza, al caballo que monta Esquivel y no agacha la cabeza ni en la primera vara en la que le pegan bien reciamente ni en la segunda en la que apenas se le castiga. Parece mentira lo de Esquivel: en Francia pone unos puyazos ovacionados y reconocidos, poniendo las varas en la yema, y en España echa el palo de cualquier manera, lo mismo si va arriba que si va abajo. Luego, en el segundo tercio, acude presto al cite y acaso recorta algo a los peones. En el último tercio el toro muestra buenas condiciones para la muleta, lo que se dice un toro a contraestilo de Rafaelillo, que las ve mucho más claras con toros de peores intenciones, ante los que saca su raza y su valor, que son los grandes activos de Rafaelillo como torero. La cosa es que no es capaz de poner en órbita su faena a este Miura que no se come a nadie y va pasando el tiempo sin que consiga sacar leche de esa alcuza. Acaso en un misterioso signo cabalístico, su mozo de espadas, Ramón Ángel Rubio, le hace desde el callejón de manera insistente el signo de los cinco lobitos, sin que se aprecie en el torero cambio alguno en su planteamiento, que se finiquita con media estocada arriba, quedándose en la cara, y dos descabellos.

El segundo, Africano, número 21, de capa similar y nombre idéntico al que lidió Salvador Sánchez “Frascuelo” en Sevilla el día 20 de abril de 1882, es el de menor peso del encierro. Cuando recibe el primer lanzazo de Agustín Navarro salta como si le hubiesen fogueado y sale de naja, luego se aviene a quedarse para recibir lo suyo, pero cabeceando y dando muestras de no estar lo que se dice a gusto. El animal muestra cierta debilidad de remos y comienza la protesta en su contra, pese a eso recibe una vara fuerte y otra de compromiso antes de que la torpeza de Vicente Varela lo tire al suelo y el señor Cano Seijo saque el pañuelo verde. A continuación sale un sobrero de Buenavista, pero comprenderán que hoy la cosa va de Miura y lo de Juampedro lo dejaremos para otro año, por lo que me niego a reseñar a ese toro ni lo que le hayan podido hacer, que no me interesa.

El tercero, Zahonero, número 55, es un toro largo, aunque de menor presencia de la que esperamos de Miura en Madrid. Acude al cite capoteril de Rubén Pinar y no da la sensación de ir tampoco sobrado de fuerzas. Agustín Moreno hace la suerte entre modelo de escultura y pescador al logro: no mueve al potro y agarra la vara por el extremo, como quien está en unos acantilados de Salobreña a ver si pesca una dorada de las que se escapan de las piscifactorías. De esa manera tan poco gallarda cobra un puyazo bajo, que a fin de cuentas todo es toro, y otro en el que no pica. El animal redunda en la impresión de no ser un Hércules, y Pinar opta por agobiarle todo lo que puede, sin percatarse de la distancia del toro. A cambio su trasteo es una sucesión de enganchones, medios pases, recolocamientos y carreritas. El toro canta su condición miureña y Pinar no acaba de fiarse del bicho. A medida que avanza el trasteo, el toro se va quedando y colándose por el derecho, que el izquierdo era aún más complicado. Al volver de cambiar la espada ful por la de verdad el toro se le arranca con fuerza y alegría, demostrando que otra faena hubiera sido posible. Ya era tarde para ello y Pinar decide acabar su intervención, cosa que hace con un pinchazo hondo cuarteando, otro pinchazo también cuarteando y una estocada atravesada quedándose en la cara.

El señor don Manuel Pérez, estrafalariamente vestido de barquillero, franqueó el portón para que en cuarto lugar saliese al ruedo Torrijo, número 28. La verdad sea dicha que este toro no tenía pinta de Miura, por más vueltas que le demos. Y no es que el toro fuese una irrisión, ni mucho menos, que tenía su cuajo, pero es que viendo su aspecto bajo y estrecho de sienes la mente no nos llevaba a Zahariche. A este le recibe Rafaelillo con el capote de manera bien gallarda, sin ganarle el paso al toro y sin ceder su terreno en un tú a tú en el que inserta una verónica de rodillas, puro cuajo de torero. En la cosa de los semovientes cabecea, o cencerrea, lo suyo y sale huyendo a escape, sin querer mucho lío, que igual si el caballo no llevase peto, lo mismo se había comportado de otra manera.  En banderillas no da facilidades y en el último tercio demuestra su prontitud a acudir al cite de Rafaelillo que, desconfiado, no acaba de ver claro el trasteo y prefiere tratar al animal de forma más bien despegada. El toro súbitamente le suelta el gañafón del que se hablaba al principio y, a partir de ahí, el toro cambia de forma completa, pues ha comprendido el artificio que hay tras de la muleta y busca al hombre, es a partir de ahí donde Rafaelillo pone en marcha sus maneras más peleonas y consigue los mejores momentos de su trasteo o pugilato. El toro se ha vuelto peligroso y Rafaelillo, con los dos puntazos en su cuerpo no rehuye la pelea. Lo tumba de estocada rinconera.

En quinto lugar sale Listonero, número 39, toro en tipo miureño, astigordo y de complexión zancuda que en seguida canta su condición de caedizo. En el poco rato que Dávila estuvo con él dio la sensación de que era el toro quien toreaba más que el coleta, pero como se cayó en plan desplome al entrar al penco de Alfonso Doblado y como la tarde ya se había embalado, don Javier volvió a sacar el pañuelico y envió a Listonero a la jurisdicción de don Ángel Zaragoza, puntillero oficial de la Plaza. Me abstengo de comentar al Ventorrillo que le sustituyó, que esto es como si vas a ver a AC/DC y en vez de Angus sale Bisbal

Y en fin, con la tarde ya vencida, el último de la Feria, Escogido, número 28, toro muy serio, agalgado, acapachado de pitones, de mazorca gruesa, largo. Un tío. Recibe sus protestas por no presentar signos de gran fortaleza, pero pese a ello los peones no se fían de él ni un pelo. Pasa de puntillas por el tercio de varas recibiendo un castigo muy fuerte en la primera vara, patrocinado por Daniel López, y en banderillas espera y echa la cara arriba estorbando a los peones. Para la muleta de Rubén Pinar, educada en el julianismo, las condiciones del toro son pésimas, pues no le deja estar y cuando se echa hacia él, le rebaña y no cesa de puntearle la muleta. Al menos no se pone pelmazo y decide cortar el trasteo y despenar a Escogido, cosa que hace de estocada desprendida y cuatro descabellos.

Es fácil ponerse al frente de la manifestación cuando todo va a favor de obra. Por eso es que hoy, frente al derrotismo desmoralizado de una mala tarde de toros, conviene volver a gritar: ¡VIVA MIURA!

(Y conste que uno nunca ha estado en Zahariche)

La Última Tertulia

Final

sábado, 10 de junio de 2017

Vigesimoséptima de Feria. Adolfada "procedente de Carlos Núñez", al decir de la Empresa de Madrid

Marinero, aquel adolfo del año 13

José Ramón Márquez

Ayer no pude venir a los toros y gracias a eso pude experimentar la extraña sensación de estar en las calles a las siete de la tarde;  así pude darme cuenta de que en Madrid  hay vida a esa hora, que están los taxis y los uber, los chicos en las terrazas, los autos en las calles y Zara y Primark llenos de gente. Mientras en Las Ventas todo gira desde el jueves 11 de mayo alrededor del viejo rito de la seda y de la sange, la ciudad sigue su curso.

Día 5 del Toro, hoy los Adolfos, esa ganadería en la que muchos quieren ver la “pureza perdida” de Victorino, de cuyo tronco procede. Los Albaserrada que los Martín compraron a Escudero Calvo se convierten hoy, por el birlibirloque del Programa Oficial en “Procedencia: Carlos Núñez”, que ya es la segunda vez que pasa, aunque esta vez alguien se dio cuenta y por eso en la ficha de la corrida pusieron la fe de erratas “donde dice Carlos Núñez debería decir Albaserrada”, los descuidos de Donsimón, que dice estar encantado con la Feria, que se han cortado no sé cuántas orejas, porque al parecer la oreja es la unidad de medida del éxito, por más que digamos que el mejor toreo que se ha hecho, el que recordaremos así que pasen veinte años, no haya sido recompensado con aurícula alguna.

En la pugna entre el tío y el sobrino este año venció Victorino. No es que Adolfo haya traído una birria, ni mucho menos, pero el Premio Albaserrada 2017 es para el tío. Adolfo trajo una corrida muy seria, de bastante presencia, ayuna de picante o de malas intenciones, tirando a mansa, en la que no hubo ningún toro de los que dejan huella, ni “toreables” ni alimañas. El quinto, con un clásico nombre de la casa, Aviador, número 63, sin ser el de menor peso fue el de menos presencia, lo protestaron con fuerza los que en él creyeron ver algún defecto en su manera de andar, pero el hecho es que no se cayó más que una vez al inicio de la faena de muleta. La verdad es que el animal no estaba sobrado de fuerzas y, acaso por eso, sus embestidas eran a cámara lenta, muy humillado, se templaba él solito y nos hizo añorar lo bien que podría haber estado con ese toro nuestro Pepe Luis, en este año en el que está haciendo temporada, poniendo su gracia natural junto a la embestida tan lenta y tan sin ninguna mala intención de Aviador.

La terna que se anunció con los de Adolfo estaba compuesta por Antonio Ferrera, Juan Bautista y Manuel Escribano.

Ferrera se vino a Madrid vestido con un terno azul que hería los ojos. Unos decían que se lo había comprado en e-Bay, otros certificaron que en el escaparate del Cash Converters de la calle de Alcalá hay a la venta uno igual, y otros achacaron el vestido a la particular estética del más chiquitito de sus apoderados. Ahí se plantó Ferrera con su vestido de pobre y ahí tenemos a Comadrón, número 70, largo y degollado, con mucha plaza y en el tipo de la casa. Su paso por el primer tercio no fue como para echar al vuelo ninguna campana, le pegó una rebañada a Ferrera en los lances de inicio como para haberle hecho un estropicio y luego se dejó pegar por José María González, no queriendo malgastar sus fuerzas en empujar al caballo. En banderillas acudió prontamente y con buen tranco, que lo banderillearon Ferrera y Escribano, y eso hizo concebir esperanzas de que en el último tercio habría una fiesta que al final no hubo. Sobre las banderillas deberíamos insistir en que, cuando las pone el matador, la presencia de los peones aparcando el toro es de lo más inconveniente. Ver a dos o a tres peones capeando al toro para llevarlo aquí o allá, en funciones de “gorrillas”, no dice nada de los matadores que tal cosa incitan y consienten. En este segundo tercio de Comadrón había dos matadores en la arena, suficientes para colocarse el toro ellos mismos sin necesidad de ayudas externas. Luego, cuando ya se verifica el rehileteo uno se da cuenta de que ni estamos ante Pepe Bienvenida ni ante Pepe Nelo en la cosa de los palos. El toro llega al tercer tercio quedándose corto y ahí Ferrera le va sacando los muletazos de uno en uno, más por la izquierda que por la derecha, que por ese pitón el toro buscaba una barbaridad, sin que la cosa cobre vuelo, y se deshace de él mediante un pinchazo echándose fuera y una estocada entera arriba echándose fuera.

A continuación asoma la gaita por la puerta que abre don Manuel Pérez, absurdamente vestido de barquillero de zarzuela, el hocico de rata de Buscador, número 71, otro cárdeno, hondo y corniveleto que levanta como si fuese de algodón en un seco empujón de sus riñones a Puchano, al penco sobre el que va Puchano y a todos los complementos del aleluya de Puchano: los manguitos, el peto, los refuerzos, los correajes, los periódicos dentro de las orejas, el vicks vaporub de los hocicos… mil y pico kilos ¡al cielo con ellos! por los riñones de Buscador, que en la segunda vara, ya sin fuerza para repetir la machada, no cabecea y recibe un castigo de buena intensidad. Del tercio de banderillas lo más reseñable es el vestido de César Fernández, tabaco e hilo blanco en el programa, pero eso no era hilo blanco, eso era un chantilly de nata, una fiesta de la espuma del Privilege de Ibiza, un peón vestido de copito de nieve, Fernández brega y los dos González (Rafael e Ismael) banderillean sin mayores apreturas. Para la muleta el pitón bueno es el derecho, que por el izquierdo el bicho anda menos, y ahí tenemos a Juan Bautista, con cerca de dieciocho años de alternativa a sus espaldas, planteando una faena que entendemos como su particular homenaje a Macron, líder sin partido, lo mismo que Bautista, torero sin tauromaquia. No se puede decir que el toro tenga maldad, ni que se resabie ni que quiera coger, pero sí podemos decir que Juan Bautista se pertrecha con el habitual cargamento de ventajas y prevenciones con las que deja ir las tres series, exactamente tres, que tenía el toro y luego ya la cosa se queda en un alargar por alargar, el toro cambia y se queda más parado y sin ganas de echar una mano. El fin de los días de Buscador viene propiciado por tres pinchazos cuarteando y otro más en el que cobra una estocada baja atravesada. Se retira a la barrera Juan Bautista sin haber dicho realmente nada.

Ahí tenemos ya a Escribano andando circunspecto a regalarnos esa nada que es la porta gayola. El toro que aguarda en la fresca oscuridad de la mazmorra es Murcianito, número 60. Después del sustín de hinojos, viene el sustazo de pie, que es la impresionante colada que le pega el toro cuando lancea por el izquierdo, y luego otra más. El toro cumple en varas, empujando; la primera la toma al relance y Esquivel le agarra bajo, la segunda la pone arriba y tras la fanfarria de timbales y clarines ya tenemos el segundo episodio de “Aparca como puedas” con los peones haciendo de nuevo la función de gorrillas en la colocación del toro para los matadores, cuya actuación banderillera vuelve a no estar a gran altura. Luego Escribano inicia ya su faena a Murcianito, que no es la alegría de la huerta ni mucho menos, pues es más bien bastante soso, mansurrón y con pocas ganas de fiesta, basando su trasteo en el cite con el pico y la carrerita de recoloque, tan característica de nuestros tiempos, así tres o cuatro veces hasta que el toro ya dice que no, que uno si acaso pero que a dos no va y se queda como un marmolillo ahí parado con sus 519 kilos. Tras no darle ni un solo muletazo digno de ese nombre, le arrea una estocada muy trasera y baja, que duele verla, pero más le duele a Murcianito, que lo manda al otro mundo.

Chaparrito, número 29, es el segundo de Antonio Ferrera en esta tarde. Toma por el pecho al caballo que monta Antonio Prieto y lo derriba y luego acude de largo a la segunda vara y recarga. La cosa de las banderillas la delega Ferrera en los peones, que pegan su mitin correspondiente: en dos pasadas el toro lleva puesta una banderilla, cuando don Justo Polo saca el pañuelo para cambiar el tercio hay cinco banderillas en el suelo y tres en el toro. Ferrera se va a iniciar su faena al 1 y el toro se le escapa hacia el 5, ahí Ferrera hace lo mejor de la tarde cuando le roba al toro tres naturales de gran encaje y verdad a base de consentir, luego le pega otra serie corta por la izquierda, el toro se va moviendo y Ferrera le roba otra serie por la derecha robados de uno en uno en el 6. Por la izquierda va mejor el toro y hacia los tableros mejor que hacia las afueras, así vuelve Ferrera a sacar otra serie con la zurda con un espléndido natural frente al 7.Faena con sentido y con cuajo y conocimiento la de Antonio Ferrera cuya única nota negativa es que no haya sido capaz de sujetar al toro en un terreno fijado por el matador. Luego con lo de matar acaba el recorrido por la Plaza, pincha y se queda en la cara frente al 8, repite lo mismo frente al 9, otra igual de nuevo en el 9 y, al fin, bajonazo en el 10 y el toro se va a morir a los medios para rematar su vuelta al ruedo dada en vida.

A Juan Bautista le sale el Aviador, que, como se dijo antes, era toro para Pepe Luis. Juan Bautista está a años luz de Pepe Luis.

Y Escribano, que finiquita la adolfada con Tomatillo, número 57, el de más peso de la tarde con 565 kilos y una extraordinaria seriedad y presencia. No es que esté ansioso de ir al encuentro del caballo sobre el que galopa José Manuel Quinta, pero digamos que cumple en varas y que galopa en banderillas y ahí lo dejaremos. Cuando Escribano empieza su trasteo en la barrera del 8 el Tomatillo le pega una colosal colada y le lleva a la carrera hasta los medios, el toro es complicado por el derecho y se deja más por el izquierdo, mira, mide y espera y la papeleta no es ni mucho menos fácil para el de Gerena, que está muy dignamente frente al toro, nada que ver ni en actitud ni en modos con lo que presentó en su primero. Lo mata con facilidad.

viernes, 9 de junio de 2017

Vigesimosexta de Feria. Toros de Alcurrucén. Vox Populi ¿Vox Dei?

Manuel Jesús Cid

Jean Palette-Cazajus

Aviso para navegantes: Requerido por un compromiso ineludible el maestro Márquez y ante la despavorida espantá de cualquier posible sobresaliente, la reseña de la corrida -o algo que se le parezca- ha quedado brutal y arbitrariamente asignada al que suscribe, tercer peón de la cuadrilla, el de máxima desconfianza y sólo culpable de pasar por aquí en este final de Feria.

Y sin embargo son ya muchos años de ver toros, un tiempo de forma seguida, hoy ya de forma desgraciadamente más errática. La única conclusión medianamente clara tras tan larga y procelosa travesía es la inmutable permanencia de mi terror cerval a opinar sobre toros. Tan inmutable como mi inalterable asombro ante la facilidad con que todo el mundo se expresa sobre tan empinada cuestión. Me atrevo temerariamente a opinar sobre filosofía, sobre política, sobre señoras incluso, si media la absorción de algún producto enológico, pero opinar sobre toros, incluso con ayuda báquica, se me sigue haciendo muy cuesta arriba.

Oigo ya quien me diga, cargado de razón: “Usted que dice temer opinar sobre toros, bien que presume algunas veces de reflexionar sobre ellos”. Ciertamente. Hasta el punto de comunicarle al público de este tendido mi actual necesidad de cierto retiro espiritual para poder hacer frente a la lidia de un complicado morlaco, un balance del pensamiento contemporáneo sobre la tauromaquia. Pero la diferencia es meridiana: toda reflexión sobre toros se hace desde la barrera. En cambio reseñar una corrida es el equivalente intelectual de quien actúa desde el ruedo. Quien mejor lo expresó fue el gran Michel Leiris (1901-1990), escritor variado y etnógrafo, autor, ya en 1937, del esencial “Espejo de la Tauromaquia”, publicado en España por Turner (1995) en traducción  de Pedro Romero de Solís y de cuya ubre mamaron todos los posteriores estudiosos del simbolismo taurino: “Nada tiene valor en el hecho de escribir… si no es un equivalente de lo que supone para el torero el pitón afilado del toro […] Esto es lo que le confiere una realidad humana a la escritura y le permite ser otra cosa que triviales gracias de bailarina”.

Aquí desde la trinchera, con la bayoneta calada y a punto de lanzarme a una obligada carga de la que no saldré vivo, me atrevo a formular una postrer opinión: Casi todo lo que se ha escrito sobre la fiesta de toros, incluso desde la calidad, ha sido, en el mejor de los casos, una forma de huir de su realidad cotidiana, en el peor, de autopsiarla en vida. Los que piensan o simulan pensar sobre toros lo hacen desde la perspectiva del rito, de la parte repetitiva de la Fiesta, la que tenemos tan interiorizada los aficionados que ya casi no la percibimos. Porque lo que cuenta es lo efímero, lo irrepetible, el día a día de cada corrida. Por esto, no nos engañemos, el único filósofo taurino válido es el aficionado asiduo y exigente. Exigente porque exige mucho del toro y mucho del torero. Exigente, sobre todo, porque exige mucho de sí mismo. No les llego ni al tobillo.

Pero basta de darle largas al asunto, llámense afaroladas, cambiadas o cordobesas. No hay más remedio que santiguarse y salir a los medios.

Después de la mítica tarde de ayer, pensé que la de mi alternativa como crítico sería tan tranquila como anodina. No fue así. Salió muy interesante la corrida de Alcurrucén, generalmente bien presentada, justos de trapío segundo y quinto, alto, escurrido y algo destartalado el que hacía sexto. Corrida encastada, con variadas muestras de mansedumbre de salida y que siguió una general tendencia a venirse arriba en el transcurso de una lidia tirando a mediocre. Sorprendente el increíble tercero, muy bueno el cuarto y duro de pelar el sexto, siendo el quinto el peor del encierro.

El primero manseó algo de inicio, saliendo suelto del primer puyazo hacia el picador de puerta donde terminó de tomar la segunda vara. Tras un intento de quite zarrapastroso de Joselito Adame, sólo cabe reseñar un correcto segundo par de Curro Robles. Desde el inicio de la faena de muleta el toro se viene arriba, cabeceo incluido. Descaradamente temeroso el trasteo de El Cid. Ya sentencian las voces populares: “Quien te ha visto y quien te ve”; “Está pá dejarlo”. Al final una tanda de derechazos digna y ligada para dispersar los nubarrones de la inminente bronca. Finalmente Manuel Jesús agarra una buena estocada, rematada con un fulminante descabello. Dice la voz popular: “Qué hijo de puta, ahora los coge”.Otra a continuación: “Diez años de lo de Bilbao”.

Colorado, capirote, bociblanco y paticalzado el segundo, que toma la primera vara en la Puerta de Caballos. Anodina pelea con la “acorazada de montar” que solemos decir los críticos casposos. Del Álamo intenta lucirse en un quite por chicuelinas industriales. Tras pensarlo un buen rato, creo que la única palabra que conviene para referir el posterior trasteo de Joselito Adame es la de  “impresentable”. En el sentido de que no sé ni cómo presentarlo. Intuí también que en ningún momento se habían efectuado las debidas presentaciones entre toro y torero, ya que se trataron con lo que me pareció soberana indiferencia recíproca. Finalmente tres pinchazos a cual más feos y tres descabellos. Como suele ser habitual en esta perra vida, murió un toro que podía haber pretendido a un destino mejor.

Tras su muy premiosa salida, llegué por un momento a confundir el colorado en claro tercero con un turista japonés despistado y adepto del budismo zen. Frente al primer capote, demostró terror, horror y pavor. Admirable la pronta lucidez de Del Álamo que desde el primer síntoma de arrancada intuye al toro y le arranca una excelente serie de verónicas largas pulcras y templadas. El toro sigue desconcertando en varas. Se repucha en la primera, saliendo de najas hacia la Puerta de Caballos. Se emplea inesperadamente en la segunda. Se arranca solo y de lejos en la tercera ocasión para repucharse con el picotazo. Lo mismo ocurre en una cuarta arrancada de lejos. En el inicio de faena, rodilla en tierra, Del Alamo instrumenta una excelente y plástica serie de pases por bajo, largos, curvos y templados donde se revela la increíble transformación de lo que parecía un manso de libro. El pie de apoyo clavado en la arena como la punta de un compás, vertical, Del Alamo dará tres tandas de derechazos todos pulcros y ligados, entretejidas con algún excelente molinete y kikirikí y rematadas con eternos pases de pecho en dos tiempos, desviando en el segundo la embestida del toro hacia el hombro contrario. Huelga decir que entretanto el llamado “Licenciado” se había transformado en una benévola máquina de embestir como no se atreven a soñarlas los Domecq ni en sus noches más ilusas. La faena fue estéticamente perfecta y planteada desde la cabeza de un torero aparentemente bien dotado en neuronas. La estocada fue sincera y quedó arriba hasta los gavilanes. Pero el toro echó algo de sangre por la boca que mantuvo cerrada con aguante de bravo hasta derrumbarse finalmente en la boca de riego. La doble petición de oreja fue multitudinaria y la negativa del presidente a conceder el segundo apéndice provocó una bronca de calidad tan suprema como el turrón de Xixona. Del Álamo se desquitó dando una  segunda vuelta por su cuenta, jaleada por el público. Nueva bronca a la presidencia antes de salir el cuarto.

Proclamo que la faena de Juan Del Alamo me procuró gran bienestar. Creo que la palabra es adecuada. No hablo de emoción, no hablo de vello de punta como en algún momento del heroico trasteo de Ureña con “Pastelero” hace dos días. Sé bien que toda anteposición de la plástica al riesgo, en los toros, es síntoma preagónico, pero creo que la verticalidad del torero de Ciudad Rodrigo, su faena atornillada, donde no “perdió” ni uno de los cientos de pasos habituales, compensa los defectos de colocación y de interioridad que le reprocharon las mejores cabezas de la Andanada 9.

El cuarto toro, “Antequerano” se emplea en su primera vara antes de salir repuchado hacia la Puerta de Caballos. Se arranca de lejos para la segunda donde lo agarra bien Jesús Ruiz Román. Dos buenos pares de José Luis López “Lipi”, el primero arriba, el segundo excelente, marcando los tiempos y reuniendo los brazos. Cinco tandas instrumentará El Cid a su segundo. Los primeros derechazos nos los obsequia un torero doblado cual alcayata y despegado. En la segunda tanda tres cuartos de lo mismo. En los naturales terceros casi florece la ilusión. “P´alante y pa dentro” le grita “EL Bombero”. Pero ni caso. La tanda número 4 es de la misma hornada que la primera y la segunda. En la quinta rozamos el milagro ¡Aplaude “El Bombero”! Un pinchazo sin soltar el estoque y una buena estocada trasera. El toro, que fue excelente hasta el final de la larga faena, afea su expediente yendo a morir en la puerta de chiqueros. Fuerte ovación para el de Salteras que se agacha y recoge un puñado de venteña arena para besarlo. “¡Detalle de pobre!” le grita una voz popular, despiadada y periodística.

El “Afectísimo” quinto, justo de trapío, derriba estrepitosamente con sólo topar contra el caballo. Sale suelto de la segunda vara mientras el quite de Del Alamo por verónicas nos sabe a rebajas de verano. Nada reseñable en banderillas. Ni tampoco a continuación. Correremos un tupido velo sobre el nefasto paso de Joselito Adame por Madrid. Todos quedamos afectadísimos por la sórdida muerte de “Afectísimo”, primero atravesado antes de expirar degollado.

Cuando sale Del Álamo al encuentro del alto, veleto y destartalado “Bocineto”, nueva ovación al torero manchego y nueva bronca al bueno de Don Trinidad. Tal como está el patio, está claro que sólo le bastará agacharse para recoger la prometida Puerta Grande. La cosa empieza por mal camino, una extraña serie de verónicas con las patas de torear en un lío de total inversión de lo preceptivo. Le cuesta Dios y ayuda al pobre Pedro Vicente Roldán meter al toro en el caballo. La primera vara, en chiqueros, ve a Bocineto echarse con suma facilidad caballo y picador al pescuezo antes de derribarlos. Aprieta duramente el toro en banderillas. Jarocho y Gómez Pascual al menos las dejan puestas. La faena debuta con una emocionante arrancada de Bocineto. Nada que ver el trasteo de Del Álamo con la faena al tercero. Mejor colocado frente a un toro que “no se deja”, durante tanda y media el torero parece poner en práctica los preceptos sagrados del gurú de la andanada: “Citar desde adentro, torear p´adentro y salir dentro”. Se gana unos aplausos de la sagrada exigencia. Entre bastante desecho. La estocada es fea, próxima al bajonazo. Pero Don Trinidad claudica ante la Vox Populi. El caso es que en ningún momento sonarán los rituales y esperados “Plás, plás, plás” de la protesta minoritaria y sadomasoquista. La voz popular y periodística clama entonces y se lamenta ante lo que considera un nuevo síntoma de  la decadencia de Occidente. Coincido con ella sobre la realidad de tal decadencia pero no creo que llegue a tanto el carisma de Juan Del Álamo.

Así más o menos creí ver las cosas en esta tarde del 8 de junio 2017, desde la Andanada 9 de las Ventas del Espíritu Santo. No se molesten en elevar protestas airadas al Director. Soy crítico eventualísimo y me río de cualquier posible despido.  


La arena de Madrid

Antes de (la) Nada

jueves, 8 de junio de 2017

Vigesimoquinta de Feria. Buendías de Rehuelga, con Liebre al frente (mejor toro de lo que va de San Isidro)

Cara abajo y fijeza de "Liebre"
@javitaurino


José Ramón Márquez

Para el Día 4 del Toro, de este festín de toros que nos estamos pegando desde el domingo pasado, como recompensa al quinario que nos hemos tragado antes, eligieron la ganadería de Rehuelga, los santacolomas que vienen de Casas Viejas, que ahora se llama Benalup de Sidonia para ver si la gente se olvida ya de una vez de la que se lió “sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas”.

Llevamos cuatro días de toros increíbles, disfrutando con las distintas personalidades y humores del ganado de lidia que sirve para la lidia, sin los delirios de grandeza de la cosa artística, lo que se dice toros con sus distintas personalidades, con sus dificultades o sus facilidades, para que unos toreros planteen o traten de plantear lo que es su forma de torear. Nada de pintar las Meninas, que muchas veces lo que sale es el Number 1 de Jackson Pollock, Jack el Salpicador, sino torear, poder a un toro de poder, vencer las dificultades que éste plantee y eso hacerlo con torería y de la manera más natural que se pueda. Las cuatro corridas que llevamos están acabando a palos con tópicos de esos que se ponen interesadamente en circulación para engañar a las gentes buenas y crédulas que piensan que los empleados de las empresas periodísticas atienden sólo a los intereses de sus editores y de la cabecera que les paga. Ahora llevaban un tiempo dando la murga con que si el toro grande no sirve, que no embiste, que si el cuello (a base de humanizar, al pescuezo lo llaman cuello) y estos, a los que Corrochanito llama “basculeros”, llevan ahora cuatro días tragando quina, precisamente porque se demuestra que el auténtico motor del toro es su casta, lo que tantos ganaderos de “eliminando lo anterior” han querido extirpar de sus toros, lo que los de la parte alta del escalafón más detestan, y que no hay quilos que valgan si la casta está ahí presente. Hoy hemos visto unos santacoloma de más peso y volumen de lo que su encaste proclama; sabemos bien que lo de este encaste es bajo de agujas, pequeño, corto y de bajo peso y, sin embargo, en la tarde de hoy ha habido alguno como Liebre, número 20, que ha paseado con postín sus 647 kilos, primeramente correteando sobre sus cuatro patas y después tumbado mientras las mulas de los benhures le dieron la vuelta al ruedo.

Como cada día, y curiosamente esto pasa en las corridas de toros de verdad, la inescrutable diagnosis de la Brigada Veterinaria tuvo a bien rechazar la presencia de uno de los Rehuelga. Nada se sabe de si los profesores veterinarios de Madrid pusieron problemas al Cuvillo, ni a los Montalvo, ni a Lagunajanda, ni a Juan Pedro, pero lo que sí que se sabe perfectamente es que desde el lunes no paran de oírse chismes de que echan cinco, o quitan dos, o pasan los seis por los pelos. Hoy, para no ser menos, hubo que poner fuera a uno por vaya usted a saber qué causa, que ellos se lo guisan y ellos se lo comen, así que tuvieron que echar mano de uno de San Martín, para completar la media docenita que da lugar a que cada uno de los matadores toque a dos toros. Como cualquier aficionado no abducido por la TV sabe, don Joaquín Buendía rescató el encaste santacolomeño y puso su ingenio a trabajar en orden a conseguir toros que, sin perder su imprescindible fondo de casta, presentasen un temperamento menos agresivo y de mayor calidad; así consiguió que muchos grandes toreros del pasado más reciente, que no tienen comparación con ninguno de la hora presente, eligiesen sus toros y por ahí están para la eternidad los carteles en los que Paco Camino o Luis Miguel o Pepe Luis se anunciaron con los de Buendía. Viene esto al caso para que nadie piense que la corrida de San Martín ha sido una colección de alimañas, bien al contrario han sido un homogéneo conjunto de toros por el que, si las hubiera, se deberían haber peleado las “figuras”, dado que presentaron todas las características que debe tener el toro para que lo que haga frente a él el bípedo de la muleta cobre importancia y aumente su valor. Podemos estar hablando de la mejor corrida de lo que va de Feria, con un toro de vuelta al ruedo y al menos otros tres de escándalo en mayor o menor grado, con prontitud para ir al regazo de los pencos, metiendo el susto en el cuerpo a los banderilleros y con una hermosa disposición al galope y a la distancia en la cosa de la muleta.

Para todo en la vida hay que tener suerte y para ser toro, también. Eso es justo lo que les falló a nuestros Rehuelga de hoy, pues ni Fernando Robleño, ni Alberto Aguilar, ni Pérez Mota eran los idóneos para dar fiesta a las capacidades de los cinco Rehuelga, por lo que se vio en sus trasteos y en sus, citaré a mi ídolo Thebussem, tristes capeos.

Tuvieron el detalle de echar al de San Martín el primero, y dejar el conjunto de Rehuelga como una unidad. Acompasado, número 68, es cárdeno, bragado corrido y meano y pesa 532 quilos. Sale sin fuelle y acude al caballo desde la raya de afuera, en la primera vara Francisco Javier González no le coge hasta que el bicho está ya en el peto y en la segunda le pilla trasero. Cobra en las dos lo suyo y la sangre brota con fuerza. En banderillas no da facilidades, se queda parado esperando y se nota el recelo que hay hacia él cuando Jesús Romero pasa en falso y luego clava un palo y tira otro. Ahí tenemos a Robleño, que comienza su faena, y a Acompasado, que por tres veces, como Nuestro Señor, cae. El toro es tardo en arrancar, acaso porque Robleño no está por la labor de pisarle el terreno y prefiere citar con la V del pico para poner al bicho en movimiento mientras él cavila la forma de huir. Sigue la faena en los medios, entre los cabezazos del uno y la falta de colocación del otro y da la sensación de que el toro está realmente harto de ver por allí a Robleño, el caso es que avanza la faena y el torero no da bien ni una, que si poca chispa tiene el toro menos aún tiene el torero. Nos da, al fin, la alegría de montar el estoque y se lanza a cobrar un pinchazo sin soltar quedándose en la cara, otro tendido y una estocada entera desprendida. El cuarto, de Rehuelga, Callejero, número 11, con 608 quilos, le aprieta hacia los adentros en los lances iniciales, aunque tirando de oficio se sale Robleño con él al tercio.  El Legionario está a lomos de su rocín, Callejero se arranca en corto y le agarra un puyazo arriba bien colocado; en la segunda entrada, desde más lejos, vuelve al mismo sitio. En banderillas acosa a Ramón Moya y marca perfectamente su distancia. Robleño vuelve al cite por el extrarradio, a rematar por arriba y a correr, luego a la V con la muleta formando un ángulo agudo y presentando la punta mejor que la panza. La parte más lucida de su actuación es cuando enjareta cuatro naturales en los que no da el paso adelante pero que visto lo anterior no chirrían. El resultado es una faena larga que deja en evidencia las carencias de Robleño: al Robleño bueno, al parecer, hay que ir a verlo a Francia. Estocada delantera y baja, más de media y descabello es el parte de guerra.

Para Alberto Aguilar salió en primer lugar Guanaguato (sic), número 28, de 527 quilos, que acude con presteza al cite de Francisco Javier Sánchez para recibir un lanzazo trasero, cae el toro al salir del penco y en el segundo Sánchez le deja una vara arriba castigando poco. Brega con muy buen oficio Raúl Ruiz mientras sus compañeros de cuadrilla hacen bastante menos de lo que deben, pues la condición del toro de cortar un poco no les resulta grata. Parece que Alberto Aguilar ha visto al toro cuando se va a los medios a brindar su faena que se explica de manera concisa: un muletazo y a correr, y así hasta que el toro aguante. Uno y carrerita, uno y carrerita, uno y carrerita… la sansilvestre venteña vamos. Luego con la zurda, naturales de uno en uno, sin carrerita. Con un pinchazo sin soltar y una estocada baja aguantando, en la que tira la muleta, llega el the end para Guanaguato. Su segundo es Liebre, de 647 quilos.  El toro se va de largo y con alegría a los tres puyazos ¡tres puyazos, he dicho tres puyazos! que le pone Juan Carlos Sánchez arriba y en buen sitio. Un placer ver al toro ir al caballo desde esa distancia. Tras una buena brega de César del Puerto y un eficaz segundo tercio, llega Liebre a la muleta de Aguilar con ganas de galopar. Atropella al torero en el tercer redondo de la serie primera, con el toro a una preciosa distancia y tras ese chasco ya no quiere Aguilar las lejanías, volviendo al mundo de las carreritas, que este hombre corre mucho. Cae el toro por tres veces de manos, no de planchazo, y prosigue el trasteo siempre por debajo de las magníficas condiciones del toro; las gentes le aplauden cuando da dos naturales empalmados, que no ligados, y también cuando ensaya unas poncinas. Lo tumba de un sartenazo. El pañuelo azul de don Jesús María Gómez asiente a la petición de vuelta que se pedía para el toro.

Para Pérez Mota salió primeramente el tercero, Perlasnegras, número 22, de 534 quilos, un toro muy serio. Se arranca de largo al caballo de Israel de Pedro y haciendo un regate consigue que no le clave, arremetiendo al caballo por delante y llegando a estar a punto de derribar hasta que el varilarguero le agarra arriba y atrás y se hace con él. La segunda vara la toma de largo y sin codicia y cae en la parte alta de la paletilla, rectificando el jinete. En banderillas el toro acude al cite con tranco y sin reservas, ahí está Alfredo Jiménez de pena, y muy bien, sobre todo en su segundo par, Juan Contreras. Pérez Mota se saca el toro al tercio de manera estética, pero cuando hay que ponerse a torear ahí ya es otra cosa y no le sale ni uno, entre enganchones y falta de criterio sobre qué hacer. El toro galopa al cite desde la media distancia y el torero no aprovecha esa condición para dar fiesta al toro, sino que sigue a base de recolocarse, ir obteniendo los pases de uno en uno, pase a pase, citando con el pico y sin aprovechar ni una de las bonitas embestidas del toro: ¡Ole por el toro! Luego, dos pinchazos y una estocada arriba quedándose en la cara y saliendo trompicado. El sexto es un precioso negro, de lo ibarreño, Coquinero, número 10, 577 quilos, que acude a distancia al peto y que empuja en la primera vara y que también empuja en la segunda en la que no le pega Francisco Vallejo. En banderillas Raúl Caricol deja un buen par y en la muleta la calidad del toro queda a merced de las cosas de Pérez Mota, que comienza por naturales hasta que el toro se impone y le quita, teniendo que salir a la carrera. Acompaña el viaje con la derecha y probablemente sea consciente del toro que se le está yendo; el animal le arrebata la muleta y Pérez Mota vuelve a sus naturales de frente. El toro no se cansa de embestir, humillado, pero ni mucho menos de una manera boba, sino vibrante e intensa. Mata a un toro de triunfo grande de metisaca y estocada arriba atravesada.

Y esto es lo que dio de sí una gran tarde de toros. Cuando salió el mayoral a saludar la sincera ovación con que unos cuantos agradecimos la corrida que nos había traído, el Gárgoris Dragó ya se había ido a hacer gárgaras, que tendría prisa el hombre.

Liebre, al aire de su vuelo

Vuelta (esta vez con petición, no como con la Hebrea jandillana)  para Liebre

El fantasma

@Mulillero
Será difícil volver a vivir otra tarde tan brava y tan encastada como la de ayer
  De nuevo, enhorabuena a @rehuelga

Noche de Junio

miércoles, 7 de junio de 2017

Vigesimocuarta de Feria. D-Day de Ureña con el victorino "Pastelero", el toro de San Isidro, en el aniversario de Normandía

El toro iba muerto, pero no dobló, y privó a Ureña de la Puerta Grande

José Ramón Márquez

Hoy, Día 3 del Toro, tocaba Victorino Martín, qué digo Victorino, el Excelentísimo Señor don Victorino Martín Andrés, ganadero de reses de lidia y paleto de Galapagar. A mucha honra, uno de los mejores ganaderos de la historia de la tauromaquia. Una vez más nos quedamos con un palmo de narices si queremos saber qué pasó con la corrida de Victorino, entre las bambalinas con olor a zotal, que desapareció por arte veterinario la corrida que vieron los que fueron de excursión a Las Tiesas a que les den un rule montados en un remolque por entre los toros. Con la de fotografías que se publicaron, desde hace tiempo, de aquellos seis toros. ¿Qué pasó para que las condiciones de Mohíno, Cobrador, Garrochista, Botijero y Mecatero no merecieran ser tomadas en cuenta por el Senatus Populusque Veterinarius en su rama venteña, y que estos, demostrando una firmeza y un rigor severo que, desde luego, no se vio frente a la de Jandilla o la de La Ventana del Puerto, por decir dos al azar, dictaminaron que había que poner fuera de la circulación a esos cinco, con las pintazas que tenían en las fotos. Al final fue Buscaplebes, número 58, lidiado en cuarto lugar, el único que llegó a salir al aire fresco desde las mazmorras de Florito de los primeramente reseñados. Luego dicen que al final se vieron hasta trece toros para aprobar los seis que salieron al ruedo, pero de todo esto nadie da razón, como viene siendo habitual.

Decir Victorino es decir interés, y a las pruebas me remito, que hoy se volvió a colgar ese cartelito que Juli nunca llegó a ver en su San Isidro particular que avisa de que no quedaban localidades a la venta. Lleno total. No defraudó las expectativas lo que mandó Victorino desde Las Tiesas de Santa María, porque si el toro no es fruto de una torifactoría, si se cría un toro que se diferencia de los otros, que posee su  propia personalidad, es difícil que el público se dedique a comer pipas de girasol y a bostezar al por mayor. La tarde fue de Pastelero, número 20, el toro de Madrid, cárdeno, puro trapío.

Hace unos días un presidente le sacó el pañuelo azul a un pobrecillo de Jandilla sin que nadie en toda la Plaza se lo demandase, porque sí. Hoy, con bastante gente pidiendo la vuelta para Pastelero, el señor Cano no ha tenido a bien lo de exhibir el moquero azul. Que cada cual ate los cabos que crea convenientes. El resto de la corrida se movió en términos de interés, como mínimo, desde el humillador al parado, desde el que se emplea hasta el que embiste andando. La imprevisibilidad que debe tener el toro de lidia, el toro que no es mona, sino toro, la tuvimos hoy desde el primero hasta el sexto.

Por delante teníamos hoy a Urdiales, acaso para que a Talavante no le tocase romper Plaza. Su primero fue Soberano, número 17, un toro grande, gazapón y bien incómodo. Bernal le pega bien en su primera cita y modera bastante el castigo en la segunda. El toro anda a su albedrío, sin pararse. Se establece entonces, viendo las trazas del bicho, una fecunda discusión sobre si la condición del toro es más apropiada para un encierro por el campo o directamente para las calles. Ante él Diego Urdiales, el Buster Keaton del Cidacos, muestra a las claras que sigue en horas muy bajas en su particular interpretación de La Vida es Sueño en la que él hace de Segismundo, Curro Romero de Clotaldo y el periodista Amón de Basilio. Lo innegable es que Urdiales se amohína o se mustia pasando Somosierra, y mucho me temo que el que quiera verle tendrá que esperar a Bilbao o a San Mateo. En el breve trasteo que le hizo, el toro le arrebató la muleta, la herramienta, con un certero derrote. Sin despeinarse tras un breve pajareo y unos medios o cuartos de pases, se va a por el estoque auténtico y tras cuatro pinchazos y media estocada perpendicular le compra al bicho un billete al Valle de Josafat. El cuarto de la tarde, segundo de su lote es Buscaplebes, número 58, el único resto del naufragio de los seis que se reseñaron en su día, cárdeno claro, al que Manuel Burgos recibe con un marronazo, luego rectificado, que deja huella en la piel del toro. Acude de largo a la segunda vara, que cae trasera y luego Urdiales, que ya ha concebido su plan de que hoy no va a trabajar, no duda en poner al toro por tercera vez al caballo desde bastante más lejos para que, de nuevo, la vara vuelva a caer trasera. La faena de Urdiales comienza recortando al toro, para demostrar que no está interesado en llegar a nada serio con él, dado que desde hace un rato se nota que no le quiere; tras unos pajareos orientados a dejar pasar un poco de tiempo y a hacer ver que el toro no sirve, le receta un pinchazo ante la exasperación del personal.

Talavante, el Camaleón, venía a hacer valer su apuesta de anunciarse con una corrida de respeto, cosa que como figura le honra. Su primero, Murmullo, número 75, fue el toro de menor peso de la tarde. Es un toro al que un aficionado malagueño de postín, amante de la poesía popular no duda en tildar de raspa, acaso acordándose de los versos de El Piyayo: “Las espinas se comen tamié, /que tó es alimento”. El toro es incierto cuando Talavante le saluda al pie del 8, sin acabar de definirse quién manda más, pero cuando el Tala le coge el aire y se lo saca casi hasta los medios con verónicas suaves pero  mandonas, puede decirse que se ha hecho con el toro, que cambia de manera espectacular. A partir de ahí el toro ya no vuelve a sacar los pies del tiesto, entregado al pacense. Le pica Miguel Cid, que no guarda parentesco alguno con Manuel El Cid. En la primera vara le pincha donde sea y rectifica para luego pegar con fuerza, el toro acude bien a la segunda vara  en la que se recarga el castigo. Espera y se pone áspero en banderillas y llega a la muleta con ganas de embestir. Talavante plantea su faena en el tercio, le busca la distancia y va construyendo su faena, de corte muy televisivo, con la mano izquierda, en la que de pronto surgen sorpresas como un natural espléndido, la segunda tanda por ese pitón baja de intensidad y el Tala se pasa la muleta a la derecha un poco a más, despegadillo. En la tercera serie le roba a Murmullo una arrucina de pura inspiración. Faena correcta, de aprobado raso, en la que si se midiera al torero por su posición no se debería haber pedido la oreja. La verdad es que la faena tiene tres o cuatro momentos aislados bastante buenos, pero nunca llega a levantar vuelo de verdad. Se tira bien y cobra una estocada trasera, tendida y deprendida. El quinto, Pesonero, número 59, es un toro largo y vareado que complica el saludo capotero del Camaleón. Una voz le reprende “¡Que es palante, Talavante”; el toro acude al penco de Muñoz donde se deja pegar sin empujar en la primera entrega y lo mismo en la segunda. No anda muy acertado Trujillo en la brega y a cambio está muy bien Urdiales como director de lidia. Talavante inicia su faena en el 8 y rápidamente se saca al toro hacia el tercio, cuidadosamente, dando la impresión de que no se fía del grandón toro y tras ensayar un par de inicios decide tirar las cartas y acabar su paso por la Feria del Isidro, cosa que hace con media estocada tendida y trasera, luego Trujillo saca el estoque del animal desde dentro del burladero, con gallardía propia de un pueblucho, para que su matador se vuelva a tirar cobrando un pinchazo apuntando abajo, otro pinchazo y una muy habilidosa que queda arriba. No parece que salga Talavante de Madrid con la fuerza que se esperaba, aunque hay que poner en su haber el hecho de ser el único de los de arriba que se las ha querido ver con toros de verdad.

Y Paco Ureña, tercero de la terna. Sorteó en primer lugar a Pastelero, número 20, un toro bonito y fino de gran trapío. El toro de la Feria, hasta ahora. El toro mide a su matador en los lances iniciales y rápidamente canta la condición hostil de su pitón izquierdo y la calidad del derecho. Le pega bien Iturralde en los dos encuentros que tiene con él, acudiendo con alegría al segundo. En banderillas espera y se las hace pasar canutas a los banderilleros. Rápidamente Ureña ve la distancia y el terreno y le receta una gran serie por la derecha que pone a todos de acuerdo, la segunda serie es para el toro, que presenta unas credenciales de mucha importancia de toro encastado y nada bobo, más bien lo contrario, que se va encontrando con la fe de Ureña en su tarea. Cuando se da cuenta de que debe hacer series breves, cuatro y arriba, endereza la faena que llega muy profundamente al tendido por la condición del toro y por la disposición del matador. Acaso hay algún muletazo que no sale limpio, pero la decisión de Ureña por ir al sitio, por llevar toreado al toro,  por sobreponerse a las condiciones del mismo hace que eso ni tenga importancia, pues lo que tragó el torero frente a Pastelero es superior a otras consideraciones. Y cuando se pasa la muleta a la izquierda, el pitón malo, y cobra una serie de ¡ay! y luego otra donde ya tira del toro y lo consigue llevar sobreponiéndose a las inclinaciones de Pastelero, mandando mucho sobre su embestida, puede decirse que la obra, el toreo, está completa; sin embargo él alarga innecesariamente la faena cuando ya debería haber matado al animal. En cualquier caso, gran faena del murciano, por supuesto la más auténtica de todas las de la Feria por la importancia de todo lo que ha hecho a un toro, no a una materia artística boba, claudicante y moribunda, por la verdad con que ha estado, por el sitio que ha pisado y por jugársela en el sitio donde la otra opción es el hule de Padrós. Una estocada entera, tendida, tirando la muleta de la que sale huyendo y más descabellos de los prudentes le robaron la que debió ser la Puerta Grande más auténtica de los últimos años. El sexto, Bocacho, número 29, recibe un puyazo en la paletilla y otro trasero de Vicente González, después se organiza el mitin de los banderilleros, vergonzosa demostración de falta de pundonor, de pasadas en falso, de clavar de una en una… Ante este toro Ureña plantea una demostración, una Feria de Muestras del valor que atesora, pero el toro demanda sobre todo distancia y toreo más reposado. Ureña alarga el trasteo, sin motivo y lo mata a la última, pero eso no es importante, porque lo grande de verdad había pasado en el tercero.

En el principio es la cal

martes, 6 de junio de 2017

Vigésimotercera de Feria. Tarde de Dolores (Aguirre) para los pobres matadores, que (según la empresa) quitaron estos toros a las figuras

 Dolores Aguirre a derechas

José Ramón Márquez

Hoy tocaba la Señora, exactamente la hija de la Señora, que también es Señora, y ganadera. Ganadería de doña Dolores Aguirre Ybarra, segunda entrega del toro que está para crear problemas, para ser cambiante o imprevisible, del toro que te hace por sí mismo ir a la Plaza. Bueno, el toro que hace ir a los que hace ir, porque la entrada de hoy en Las Ventas era harto pobretona, la verdad sea dicha.

Los que saben de los corraleos y de las interioridades cuentan que hubo movimiento con el ganado que vino a Ventas desde el Castillo de las Guardas, que finalmente fueron rechazados tres y que hubo alguno de los aprobados que precisó de la ayuda de la ciencia veterinaria para apoyar su permanencia en la lista y así poder dar la corrida entera. De todas estas cosas te enteras por dimes y diretes, porque la opacidad en todo el tinglado es total: todo lo relacionado con los reconocimientos, que a fin de cuentas no es otra cosa que un mero acto administrativo, se encuentra oculto tras un muro de secreto, cuando no de misterio. Con lo fácil que sería poner un papel en el desolladero diciendo cuántos animales se han reconocido en total, cuáles son las causas para la exclusión de los que se han quedado fuera y cuáles son las señas de los que han sido aprobados: transparencia, ahora que tanto se estila eso. En los toros, de igual manera que en  los asuntos financieros, se siguen contando las cosas en pesetas, casi todo sigue en los mismos modos de cuando aquel famoso Casiano era el empresario de la Plaza Vieja.

Decíamos pobre entrada en los tendidos, los de pago para entendernos, las gradas, las andanadas, los palcos, pero hay ese tendido del gañote que es la interminable hilera de burladeros del callejón que siempre presentan un envidiable lleno, que sería motivo de una tesis de psicología social el investigar la afición del español a entrar gratis en los toros. Bueno, ya que en dichos burladeros de convite no se ve al Empresario, a Donsimón, que lo mismo está en la Guayana francesa, nunca nos fallan Currovázquez, enamorado del cosmopolitismo y del bel canto como Faustino y ese zascandil permanentemente colado que es el Gárgoris Dragó, de quien alguien me contó que una vez le vio adquirir una entrada en la Plaza antigua de Burgos, la de los Vadillos, la que demolieron en el 67.

Hoy informaba el programa oficial, en uno de esos jocosos textos con que rellenan las páginas, de que el encaste de Atanasio-Conde de la Corte “son toros que obedecen muy bien a los toques, que embisten con nobleza y con suavidad y que por todo ello este encaste sigue siendo codiciado”.  Y es verdad, porque muchos aficionados ni se imaginan la pelea a brazo partido que han tenido que mantener los apoderados de Rafaelillo, de Alberto Lamelas y de Gómez del Pilar con los de Morante, Roca Rey y Sebastián Castella, para que los primeros se pudiesen quedar con la corrida de Dolores Aguirre, que la lucha fue titánica según cuentan los que presenciaron las negociaciones.

De lo que vino de Sevilla aprobaron para la lidia seis galanes con un promedio de 547 kilos, serios y de respeto, alguno algo zancudo como puede ser normal en esta vacada, negros, que ya va siendo  hora de que vuelva el toro negro, de serias cabezas y de variedad de comportamientos, algunos más mansos y otros más bravos, con casta, presencia y cuajo acorde a la Plaza Monumental. El más intratable, por su condición mansa, fue el primero, Guindoso, número 22; en los antípodas estuvo el tercero, Burgalito, número 12, que atesoraba en su interior una embestida vibrante, a años luz de las embestidas tontorronas que vemos por ahí y que incluso han valido vueltas al ruedo a un toro en Madrid (la ordenó el presidente sin una sola petición), no hace tantos días. Como es natural hoy hemos vuelto a ver currar a los de la vara de detener aplicando más veces de las deseables unas técnicas más propias del matachín de un macelo que de las que enaltecieron la estirpe de Charpa y los Calderones.

El primero de la tarde, Guindoso, correspondió a Rafaelillo, torero de veinte años de alternativa, harto conocido en Madrid y, en general, en el paisaje del toro que no es mona. Es éste uno de los toros más enrevesados de la tarde, por su mansedumbre. En seguida enseña su querencia hacia tablas. En su primer encuentro con Agustín Collado recibe un castigo realmente fuerte y en su segunda acometida al penco, que el toro va cuando él quiere y no cuando le citan, recibe otra buena ración de ricino de puya. En banderillas se va hacia los adentros y echa la cara arriba en los embroques. Esto no es cosa que debiera importar mucho a Rafaelillo, que mientras sus peones andaban con las cuitas de los rehiletes, él estaba lavándose la cara dentro del callejón. El encuentro final de Guindoso vs. Rafaelillo es un combate de boxeo, donde Guindoso pone los cabezazos, los testerazos violentos, las miradas que petrifican y las embestidas con toda la intención y Rafaelillo pone las piernas, el instinto de salvar la vida y los tres estaquilladores que le rompió Guindoso en sus derrotes. Se libró de él con una habilidosa estocada arriba echándose fuera y un descabello y ocho más por cuenta de Pascual Mellinas.

El segundo, Burgalés II, número 36, fue para Alberto Lamelas, que venía de matar Dolores Aguirre en Francia. Inició Burgalés II su vida pública bajo el signo del silbido, que hubo quienes no gustaron de su aspecto largo y suelto. Tampoco debió ser del gusto del hermano de Fundi, David Prados, porque le atacó con la pica en la zona de la paletilla, hiriendo a modo, y aunque luego rectificó, esperó al segundo encuentro para clavar de nuevo en el mismo sitio y ya ni se molestó en la rectificación. El caso es que mientras Prados abandonaba el escenario de su fechoría, la sangre chorreaba abundante por la mano de Burgalés II. Inicia su trasteo Lamelas con poca fe, sobre la derecha. En la segunda serie se queda en el sitio y enhebra dos redondos muy buenos para en seguida caer en la duda y abandonar el sitio de torear. La impresión es la de que el toro, que mira y se entera, se ha hecho con el torero, le ha tomado la horma. Con una estocada aguantando, de buena ejecución, que cae algo delantera y desprendida y dos golpes de verduguillo manda a Burgalés II al cielo de las morcillas.

El tercero es Burgalito, número 12, al que Gómez del Pilar recibe con buenas verónicas ganando el terreno al toro hasta los medios donde, como hacían aquellos grandes enanitos toreros, remata la serie soltando el capote con ambas manos en la misma cara del toro. A lomos del jamelgo guateado hace su aparición Pepe Aguado. Viene con dos ideas bien interiorizadas: clavar en la paletilla y pegar en la primera vara y clavar en la paletilla y no pegar en la segunda vara. Acabada su misión, se retira con la habitual pompa. En banderillas Burgalito es pronto y no pone en riesgo ni a Carretero ni al polifacético Dieguito Valladar. Brinda Gómez a El Chano y se apresta a aprovechar las buenas condiciones del Dolores Aguirre iniciando el trasteo por moderninas (pico, fueracacho, etc.) y haciendo suspirar a los que tenemos unos años por cómo ganaría ese trasteo si se decidiese a ir al sitio de torear. El hombre va desarrollando su toreo de poco encaje y menos atractivo y de vez en cuando el toro se da solito un par de muletazos, que entusiasman a los que entusiasman, estando bastante por debajo de las posibilidades del toro. Es Burgalito toro para un triunfo de peso, en el que Gómez del Pilar alarga la faena a falta de otros argumentos. Una estocada rinconera echa abajo a Burgalito y el señor del tinte saca el trozo de sábana. ¡Allá penas!

El cuarto, Caracorta, número 10, el de menos cuajo de los seis, trae el retorno de Rafaelillo. Toma al caballo de Esquivel por delante, levantándole y derribándole, se emplea en la segunda vara y Esquivel dosifica el castigo. En banderillas acosa a José Mora y cuando el peón toma el olivo, el toro intenta seguir tras él, siendo frenado por la barrera. El toro no regala nada, porque ya desde la primera serie se ve vencedor sobre el del trapo. El animal tiene tendencia hacia adentro y Rafaelillo va planteando ante él sucesivos inicios de faena, en una faena hecha de un permanente volver a empezar, que nunca se eleva. Acaso la suerte de Rafaelillo en este toro es que tras el largo trasteo el animal se haya acabado rajando, eso le permite acabar su actuación con un atragantón y después con una estocada trasera echándose fuera. Mellinas levanta al toro con el verduguillo.

El quinto lugar correspondió a Burgalés I, número 21, un toro con trapío, esto es en el tipo de su encaste, que embiste con todo el cuerpo, rabo incluido, cuando Lamelas le plantea sus lances de recibo. La cosa del semoviente se sustancia en los cuatro puyazos, uno bien bajo, que recibe el toro de Antonio Prieto, así como sin quererlo. Es pronto en banderillas y Juan Navazo deja un segundo par de gran ejecución y reunión. Nos pone Lamelas la miel en los labios con una buena tanda por la derecha y luego, a lo largo de la larga faena, nos va echando retazos de lo bueno junto a dudas e indecisiones. Mata de estocada aguantando en la que se queda en la cara saliendo trompicado y sin clavar y de una buena estocada aguantando, puesta arriba. El toro nos engañó: pensábamos que moriría en los medios y cantó la gallina saliendo en busca del confort de las tablas. Nunca abrió la boca.

El sexto, Clavijero, número 29, es muy serio, largo y veleto. Un tío. Gómez pretende la porta gayola, pero el animal ni le mira. El Patilla no se consigue hacer con los mandos del penco y anda por allí a lo que el arre quiera, bastante tiene con no caer y por eso pica donde cae, con salero. En banderillas Clavijero espera y echa la cara arriba, muy bien bregado por Carretero y eficazmente pareado por Dieguito. Gómez del Pilar lo quiere en el 7 y allí acude para en seguida llevárselo al 10, él sabrá por qué. Al toro le cuesta arrancar al muletazo, pero cuando lo hace su embestida es vigorosa y vibrante. Gómez del Pilar se queda por las afueras y no acaba de ver la faena: tres series y un espadazo antes de que el animal se apague y en cambio prolonga el trasteo cuando el toro adquiriendo el toro la condición de marmolillo. El matador termina su actuación con cuatro pinchazos y un descabello sin haber clavado estoque alguno, como ya va siendo moda.

Día 2 del toro. Corrida muy interesante la de la Señora, para mentes despiertas, para ver rápidamente el toro, para plantear trasteos cortos y eficaces, para dar veinte pases y no los setenta que todos incomprensiblemente buscan, para salir desde el principio con el estoque real.

Dolores Aguirre a izquierdas

 Esperanza Aguirre al centro

 Guernica de Picasso

Guernica de Borja-Villel

Una oreja a la gallega como la que el presidente
 y los benhures de la mula obsequiaron a Gómez del Pilar

lunes, 5 de junio de 2017

Vigesimosegunda de Feria. Con Cuadri vuelve a Madrid el toro, que desnuda hasta los verdes del 7, los mismos que protestaron a "Bastonito"

Para los cosmopolitas de la Empresa de Madrid,
 los Cuadri son Domecq


José Ramón Márquez

Bueno, pues después de toda esta travesía del Desierto del Descaste, del Páramo de la Bobería, de la metástasis ganadera del juampedreo o de la juampedritis, ahí tenemos por fin la de Cuadri: Toros de Hijos de Celestino Cuadri Vides. Hemos llegado hasta aquí llenos de arañazos, en harapos, exhaustos, pero aquí estamos, al fin frente al toro, el que proclama su seriedad, el que mete miedo, el que no está para las monerías, el que da sentido al viejo rito. Lo primero, una digresión, que es digno de mofa el hecho de que el programa oficial número 34, correspondiente a la tarde de hoy, en su página 4 se nos anuncie de manera pimpolluda, o por si cuela, que la procedencia de los Cuadri es… ¡Domecq y Díez! Con un par. Se ve que el que hace el programa, lo de Domecq ya lo da de serie y ni se plantea que pueda haber en el mundo otra procedencia que no sea ésa. Luego también marran en la divisa, que a los colores de la casa, morado, amarillo y blanco, le han puesto los de Apolinar Soriano, encarnado amarillo y blanco… Un dislate más. Se conoce que han echado el resto en lo de las caricaturas, generalmente tan acertadas de Jerôme Pradet en la portada del programa y la parte de dentro la han descuidado, o lo mismo es que como Donsimon anda gozando de la tranquilidad de Menorca, según dicen, a Currovázquez no le da tiempo entre atender compromisos cosmopolitas, repasar con quien él sabe el inicio del segundo acto del Turandot, con la partitura en la mano, y otras cosas de la high-class como para repasarse los programas que dan, que a fin de cuentas la mitad de la gente ni los mira.

Los Hijos de Celestino Cuadri Vides trajeron tres y tres, los del año 13 y los del año 12, una corrida muy seria, en tipo de la casa, acaso algo más descarada de cabezas de lo que en ellos es costumbre y bastante menos parada que lo que se veía últimamente en esta respetada ganadería. Hoy puede decirse que ya comenzó la parte de la Feria en la que se dan las corridas con picadores, que en esta y en lo que viene a continuación veremos a los del castoreño currar lo que no han currado en todo lo que ya es recuerdo.

Siempre lo decimos, pero es que es verdad cuánto echamos de menos en corridas como la de hoy a los gerifaltes del escalafón: a ese poderoso Juli domeñando con su poderío los gañafones y la violencia del quinto, a Manzanares dibujando sus jeribeques mediterráneos y haciendo pasar al cuarto, a Talavante trazando  sus naturales al hondo sexto… Soñar es gratis y ahí nos quedamos siempre, porque es más probable que los batracios críen pelo antes de ver a alguno de esos tres y de otros cuantos que no se citan justificando su supuesta condición de figuras frente a cualquiera de los seis de esta tarde. Decía Gallito respecto de los toros de menor complicación que “de vez en cuando, entre col y col había que comerse una lechuga”, pero es que estas figuras de pitiminí no paran de desayunar, almorzar, merendar y cenar lechugas, que llevan más verde dentro que un vegano de esos. Las coles, en este caso se quedaron para los redaños de Fernando Robleño, Javier Castaño y José Carlos Venegas, de los que se relatan a continuación sus hechos desde la admiración y el máximo respeto por haber estado frente a una auténtica corrida de toros.

El primer toro, Teniente, número 10, se escobilló el pitón izquierdo al derrotar contra el burladero del 10, se arranca con prontitud al cite de El Legionario y, para mí que le escacharra con el puyazo tan mal puesto que le arrea, porque el animal, que no había dado síntoma alguno de debilidad, se cae a la salida del caballo y luego otra vez. El animal, tras su paso por las manos de El Legionario sangra una barbaridad, dejando un charco de sangre que le escurre por la mano, y a mí nadie me quita que el picador se lo cargó. Fernando Robleño desarrolla su trasteo a la madrileña, que es el de decir poco, porque luego tiene otro a la francesa que es el de los triunfos. El toro se resiste a salir de la proximidad a tablas y Robleño lo saca al tercio y allí desarrolla su trasteo sin gran lucimiento. Lo tumba de una estocada desprendida.

El segundo de la tarde es Sembrador, número 14. En su primer encuentro con Pedro Iturralde se emplea y recibe un castigo considerable. En su segunda venida al aleluya tardea para que Iturralde luzca sus dotes de jinete y, finalmente, se arranca para cobrar un puyazo trasero. Lo banderillean Marco Leal y Fernando Sánchez, el primero da un feo salto en sus dos pares y el segundo clava a toro pasado arrancando muy en corto como en él es costumbre, siendo lo mejor del segundo tercio la perfecta brega de Marco Galán. Allá se va Javier Castaño con su muleta y su estoque falso, pero el toro en seguida se da cuenta de que él es netamente superior a su matador y le complica la vida, y además Castaño ni acaba de dar el paso adelante -el de la Puerta Grande o el hule- ni en su muleta hay el mando que precisa Sembrador, con lo que ni le domina, ni le obliga a bajar la cara, ni le torea y, para cubrir su expediente recurre a las cercanías, que siempre dan su fruto. Castaño nunca ha sido un gran estoqueador y avía al Cuadri con un metisaca tirando la muleta, y un pinchazo quedándose en la cara. Sin haber clavado estoque alguno descabella porque sí. Cuando los benhures de la mula arrastran al Sembrador se cae la manta de la que va en el medio, que cada día estos ensayan nuevas formas de hacer el ridículo, por lo que se ve.

El tercer Cuadri fue Misterioso, número 24. Frente a él, subido al arre, Tomás Copete. El toro acude porque quiere y el picador ni mueve el caballo, ni tira la vara, ni clava en su sitio. Misterioso cumple en esa vara y en la segunda se percibe perfectamente que el piquero no tiene el más leve deseo de que el animal se le arranque; cuando lo tiene, lo pica y el animal se quita el palo. En banderillas David Adalid está realmente mal, aunque nada comparado con lo de más adelante, y no es ni la caricatura de sí mismo. Misterioso no está dispuesto a regalar nada a Venegas y le anima a trabajar duro para hacerse con él. Venegas recibe un derrote seco, como para irse a su casa, y aguanta el peligro del toro intentando sacarle los muletazos de uno en uno, denodadamente, a base de valor, y cuando está en ésas le da, certero, en el muslo y luego le pone patas arriba. Venegas le echa valor de nuevo y vuelve a la cara del toro, que el toro rebaña lo suyo por el izquierdo. Lo despacha de media desprendida y un golpe de verduguillo.

La segunda parte del festejo comenzó con la salida de Pantanoso, número 26, al que pica de manera pésima Francisco Javier González, poniendo el penco de costadillo y echando el palo con salero, como el que sala un filete, a que caiga donde sea, y la cosa sigue en la misma tónica en la segunda vara. Quizás sea este Pantanoso el que menos ha cobrado de los del castoreño, pero el hecho es que si te fijabas el animal iba lleno de agujeros por su anatomía, que daba compasión verlo. Robleño vuelve a dar la versión madrileña de su tauromaquia, con la idea puesta en irse ya desde la mitad del muletazo y, desde luego, sin interés en aceptar la arriesgada apuesta que le plantea Pantanoso. El toro exige una barbaridad y él va desarrollando su trasteo con su bien aprendido oficio, a veces recuerda a Fundi en su trapacería, y a base de esos aspavientos va consumiendo el tiempo sin presentar una lidia  orientada a un fin, en este caso el de poder a Pantanoso, pues su propuesta es de medios pases y, a veces de tercios de pase. Para mi gusto éste es el toro de la corrida, de una exigencia casi sobrehumana y sin regalar absolutamente nada. Lo mata de un metisaca pescuecero y de una baja. En esta ocasión las mulas del equipo de benhures salen despavoridas por dos veces sin que los cobradiezmos de la oreja sean capaces de hacerse con ellas.

En quinto lugar tenemos a Artillero, número 12, que rápidamente arrebata el capote de las manos de Castaño y lo acosa hacia la barrera. Luego lo saca hasta los medios por bajo siendo punteada la capa bastantes veces. José Ney es el encargado de pegarle sin contemplación en la primera vara, después de eso se ve que el toro no quiere caballo y lo dejan entre las rayas para que Ney le busque y le vuelva a arrear con gran vigor. En banderillas no pone las cosas nada fáciles y Marco Galán demuestra que no es, ni mucho menos, un gran rehiletero. Fernando Sánchez quiere lucirse y le entra a Artillero por el izquierdo, reuniendo en la cara y dejando un solo palo y rápidamente, pundonor de torero, vuelve a la cara del toro para entrarle por el derecho dejando un excelente par. Luego ya tenemos a Castaño frente a la condición felina de Artillero, que se revuelve en un palmo buscando con inteligencia lo que sabe que se deja atrás. El toro directamente quiere sacarle de la Plaza y Castaño, con una gran entereza, hace un esfuerzo enorme a medida que avanza la faena. El toro tiene muchísimo que torear, boca cerrada y mirando al torero, y Javier Castaño  se justifica en sus modos. Con una pinchazo, una estocada baja soltando la muleta de la que sale acosado por el toro, que le obliga a tomar el olivo, y un descabello manda a Artillero a las verdes praderas.

Y el sexto, Embustero, número 9. Menudo lío que se ha formado a su costa. El toro es el más fino del encierro,  alto y descarado de pitones. Lo pica mal Gustavo Martos, que a estas horas lo del buen picamen es ya como un poltergeist o algo sobrenatural. Pierde las manos al salir de la primera vara y comienza a formarse la mundial contra el toro, y cuando en el desconcierto del segundo tercio lleno de pasadas en falso, clavadas de una en una, falta de lidia y de dirección y miedo se vuelve a caer aquello ya es la III Guerra Mundial del Pañuelo Verde, que hubiese sido una hermosura ver  ese vigor protestante en la de El Valdefresno, la de Montalvo, la de Jandilla, la de Parladé o la de Juan Pedro Domecq, por decir unas cuantas. Don Justo Polo aguantó a la turba, con muy buen criterio y así pudimos ver cómo Embustero no se volvía a caer y cómo ponía sus embestidas a favor de la obra de Venegas. El toro, el de menos sentido del encierro, puso al alcance de las manos de Venegas un triunfo cantado, pero el jienense no presentó ideas que fuesen aceptables en un trasteo sin cómo, ni dónde, ni por qué en el que consigue sacar un gran natural ahí suelto y que pretendió terminar por ¡¡¡bernardas!!!, siendo trompicado por el toro en la primera que intentó dar, que hay ganado que no sirve para las tonterías. A este toro, que siempre estuvo altivo, atento y desafiante, preciosa lámina, lo mató de una infame puñalada.

Volvió David Adalid, esta vez con Venegas
Se ve que el hombre ha decidido hacerlo "como los demás",
 es decir, muy mal, para poder trabajar

Fernando Sánchez sigue con Castaño,
 pero sólo es la sombra de su época con Adalid

Lo mejor de los Cuadri (aquí, cómo dejaron el cielo de Madrid)
 es la limpieza de basura que hacen, eliminando chicuelinas, pedresinas,
 ternascos (o redondos de ternera), desplantes, bernardinas y demás toreo bufo