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miércoles, 8 de octubre de 2025

Hace quince años

Pacifista "avant la lettre"

José M. Guardia
Barcepundit

El pacifista Manuel Tapial, uno de los tres españoles a bordo de la Flotilla de la Libertad, escribía durante la pasada guerra de Gaza este texto (via @ampique) en la web del Comité por la Solidaridad con la Causa Árabe (que, por cierto, era una de las entidades que salieron en los papeles como que habían estado cobrando de Saddam Hussein por hacer campaña en su favor antes de la guerra del 2003). Un texto realmente pacífico y que incluye una bastante explícita compresión del 11-M y el 11-S como legítima defensa, y una apelación a la autoridad moral de Hamas. Leedlo si tenéis estómago.


4 de Junio de 2010

domingo, 20 de marzo de 2022

Con Kipling en las trincheras


Rudyard Kipling

 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Europa viene a ser hoy, espiritualmente, como la Comala de Pedro Páramo: un lugar inane (inánime).

¿Qué hizo que aquel “pueblo que olía a miel derramada” se convirtiera en este lugar sin vida?

La Gran Guerra.

La Gran Guerra trae la frivolidad de los cigarrillos y el prestigio de la palabra “democracia”, merced a la propaganda americana: para justificar popularmente el sacrificio de americanos en la Gran Guerra, Woodrow Wilson tiene que pronunciar la fórmula mágica, que es que sus hombres, un millón, van a Europa a defender la Democracia.

Para acercarse a la complejidad psicológica de la Gran Guerra recomiendo tres historias: “La crisis mundial 1911-1918”, de Winston Churchill; “Tempestades de acero”, de Ernst Jünger; y “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline. Las “Crónicas de la Primera Guerra Mundial” de Rudyard Kipling, que pierde a su único hijo varón en la catástrofe, serían, literariamente, un tentempié elegante en plena devastación espiritual (prologadas con finura intelectual por Ignacio Peyró).

Así son las cosas en esta guerra… –anota Kipling el 16 de junio de 1917–. Y ahora, si no tenía inconveniente, ¿deseaba ir a escuchar un poco de música, que tocaba su banda? La banda vivía en aquellos anaqueles de roca, e iba a tocar las marchas del regimiento y la compañía. Pero uno de los alegres muchachos movió la cabeza con gesto triste. “Estos austríacos no son muy… musicales. No tienen oído para la música”.
 

Winston Churchill
 
Winston Churchill resume la sabiduría, y divide los sucesos de la Gran Guerra de un modo natural en tres períodos: el primero, 1914, el choque inicial; el segundo, 1915, 1916 y 1917, el equilibrio; y el tercero, 1918, la convulsión final.

La guerra en el Oeste se resolvió en dos períodos de batalla suprema, separados por tres años de guerra de sitio. La escala e intensidad del primer choque de 1914 no han sido apreciadas plenamente: en los tres primeros meses, los franceses habían perdido entre muertos, heridos y prisioneros a 854.000 hombres. El pequeño ejército británico, a 85.000. Y los alemanes, a 677.000.
Ernest Jünger resume la épica: se alista como voluntario al estallar la guerra y es enviado al frente francés.

Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano… Sentados en el tejado, charlábamos cuando pasó por la parte de abajo, montado en su bicicleta, el cartero, como siempre a aquella hora. Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: “¡Orden de movilización!”
Louis-Ferdinand Céline resume el desengaño. También su personaje se ha alistado como voluntario, aunque en seguida se descubre arrepentido: aquellos soldados desconocidos nunca les aciertan, pero los rodean de miles de muertos, parecen acolchados con ellos. Él ya no se atreve a moverse:
Pensé –¡presa del espanto!–: ¿seré, pues, el único cobarde de la tierra?... Perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes... La verdad era, ahora me daba cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica. Somos vírgenes del horror, igual que del placer. ¿Cómo iba a figurarme aquel horror al abandonar la Place Clichy? ¿Quién iba a poder prever, antes de entrar de verdad en la guerra, todo lo que contenía la cochina alma heroica y holgazana de los hombres?
 

Ernst Jünger
 
Rudyard Kipling se presenta en Francia como propagandista de la causa aliada. La propaganda, dice Santayana, debe ser especulativa (“los hechos meramente fríos no pueden arder”), y a Kipling se le ve en estas crónicas desbordado por el monstruo de la guerra, descargando todo su furor contra Alemania, “separada ya de la hermandad de los hombres”.

Al comentar la veneración por el militarismo de Kipling, que es “un militarismo por amor no al valor, sino a la disciplina”, Chesterton concluye que lo malo del militarismo no es que muestre que algunos hombres son altaneros: lo malo es que muestra que la mayoría de los hombres son mansos.
Los jóvenes que en agosto parten a la guerra lo hacen como si se dirigieran “a una batida de faisanes”, y convencidos de que en Navidad todos estarán de vuelta en casa. 
Si alguno pregunta por qué hemos muerto, diles: “Porque nuestros padres mintieron” –sería, finalmente, el epitafio de Kipling para su hijo y todos los hijos muertos.

Borges, que lo tiene por el mayor escritor comprometido de su época, sospecha que Kipling comprendió al fin de su carrera que a un autor puede estarle permitida la invención de una fábula, pero no la íntima comprensión de su moraleja.
 

Louis-Ferdinand Céline

 
 El epitafio de la Gran Guerra lo hace Kipling, pero la moraleja la deduce Paul Valéry en “La crise de l’esprit”, artículo de 1919.
En una frase que el filósofo Peter Sloterdijk incluye entre las dos o tres frases definitorias en términos absolutos del siglo, Valéry dice: lo que ahora sabemos es que también la civilización es mortal y que “el abismo de la historia nos afecta a todos”.

Significa, dicho lisa y llanamente, que no sólo el hombre es mortal, como suponía la tradición helénica, cristiana y humanística, sino también la civilización.
Téngase esta idea presente cuando, al paso de estas elocuentes “Crónicas…”, nos adentremos con Kipling “en la frontera de la civilización”.
 
[Febrero, 2017] 

domingo, 16 de enero de 2022

“Familia y vida cotidiana de una elite de poder”


  

LOS MAESTRE


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

 Dicen que en los Ayuntamientos de Podemos uno nunca sabe si está en un pleno municipal o a la mesa de los novios en una boda en Salones Hiroshima.

 Para entender el ambientazo familiar en el Ayuntamiento de Madrid con la abuela Carmena, hay que leer “Familia y vida cotidiana de una elite de poder”, un estudio de Ana Guerrero sobre los regidores madrileños en tiempos de Felipe II, período de aristocratización del municipio.

 Don Luis Cueto Álvarez de Sotomayor, Sobrino Mayor de Cibeles y Campo de las Naciones, Gran Manitú de Pregoneros, Almotacenes, Alarifes y Porteros, ¿qué ha de envidiar del regidor Bernardo de Sosa, sobrinazo de doña Ana de Henao?

 Como los de ahora, eran de pocas lecturas (“ni siquiera de obras relacionadas con el desempeño de sus funciones”), pues lo suyo era “tejer esa red endogámica que conformaba la oligarquía concejil madrileña”.

 La partidocracia iba de los Alba a los Éboli, de cuyos juegos salió el poder municipal en Madrid que, de 1560 a 1606, se repartió entre las familias Vargas, Vozmediano, Mendoza, Fernández y Barrionuevo. Como hoy los Maestre.
 
Por quanto mi hijo queda tan pobre que con la hacienda que le dexo no podrá pasar, y que es abil para papeles, pido le haga merced de ocupalle...
 
Los Maestre se ennoblecen desde su posición privilegiada en el Ayuntamiento por la tea de Rita (“¡Arderéis como en el 36!”), portavoz municipal que presume de “partisana” (?) y que en virtud de la “libertad de expresión” que le otorga la alcaldesa, jueza de España, profanó un lugar de culto despechugada como la libertad de Delacroix, costumbre, la de mostrar los pechos, que chocó al mexicano fray Servando Teresa de Mier, que se encontró aquí a las chonis del 800 con ellos fuera y “con anillos de oro en los pezones”.

 –La familia que reza unida permanece unida –dijo el padre Peyton.
 
Rita buscando cargos con su tea como Diógenes hombres con su linterna. “Y para papá, Hacienda”. A ver, curas, esos cepillos.

 

[Martes, 15 de Septiembre de 2015] 

domingo, 19 de diciembre de 2021

Qué sería de los niños sin la desobediencia



EL SEGUNDO ARTÍCULO

Los Domingos de Abc, 29 de Abril de 1979


Ignacio Ruiz Quintano

Lo cuento para los que empiezan. El segundo artículo es el fatídico, porque es el que te confirma en este oficio de -si se es honrado- "colorín, pingajo y hambre", con final de estación en el Inem. A mí me publicaron el segundo artículo un 29 de abril de 1979, en Los Domingos de Abc: venía de ver -en la Filmoteca de la Cuesta de San Vicente- y de leer a Cocteau y se titulaba Qué sería de los niños sin la desobediencia. Nunca otra cosa me estremeció tanto como verlo impreso, y todavía no he podido leerlo en el papel. Tres días antes había publicado el primero, Vamos de vinos, con firma exenta y en el Huecograbado de Abc, pero el primer artículo está al alcance de cualquiera; lo malo es publicar el segundo, ese pequeño paso para la Humanidad, pero ese gran salto para el pantuflo que pretende entregar su vida a tirarse el folio.
 
 
Cocteau 

domingo, 12 de diciembre de 2021

El papel de la Movida. Historia de Gente y aparte*


La primera portadilla de Gente y aparte


TAL COMO ÉRAMOS
    
 Ignacio Ruiz Quintano

En el principio era la Movida, y la Movida estaba en Madrid, y la Movida era Madrid.

    El otro día, desde Barcelona, una amiga en la treintena, @Vichyncatalan, daba, sin saberlo, con la madre del cordero en un tuit muy inteligente (y muy malvado):

    –Si Eduardo Benavente hubiese nacido en el 90 y no en el 62, en vez de un grupo postpunk montaría una asamblea. Triste decadencia la nuestra.
    
La Movida, para entendernos, vino de un lío chamarilero y dominical de Ceesepe y Alberto García-Alix en el Rastro madrileño.
    
Nosotros tendríamos noticia de la Movida por el 79 y en la Facultad, cuando toda la Facultad era muermo, macuto y ajetreo de chinchin yu (el pez que se come los callos de los pies) en la charca de la política.

    La política de la Facultad nos aburría hasta las lágrimas, y la diversión venía del Rastro y de los bares de ruido y copas: La Bobia, El Penta, La Carolina, El Jardín, Caminos, Marquee y aquel Rock-Ola con su Lorenzo el Magífico, funcionario (de Gobernación) de día y portero de noche, Médici de lo que tuvo de Renacimiento aquel trasnoche sin cuento.

    Vista de lejos, puede que la Movida fuera algo así como el baile de una generación sola en medio de un cambio de régimen, un descanso de entreguerras: el domingo, todo el domingo de 1980, ese domingo que el español acostumbra tomarse entre régimen y régimen.

    Un domingo, para nosotros, de treinta años.

    –Me voy a la Guerra de los Treinta Años –podíamos haber dicho entonces, cada día, al salir de casa.
    
El domingo de la generación sin mando a distancia, que pasó de manos de nuestros padres a manos de nuestros hijos.

    Ahora que vuelvo a verla, la película que mejor capta el espíritu de aquella Guerra de los Treinta Años, que en realidad sólo fueron cinco, los cinco primeros 80, es “Jó, qué noche”, de Martin Scorsese.
    
Scorsese, por cierto, no dio con el final. Y nosotros, tampoco.

    Mas como las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos, quiero tirar de una experiencia extraña, pero fantástica, de aquella época, la del baloncestista Chechu Biriukov, re-descubierto recientemente por Jot Down en una entrevista que ha deslumbrado a la gente joven.


Míchel y la pesadilla milanesa

 
Biriukov, de padre ruso y madre española, aterrizó en España en 1983, y venía con la ventaja de saber mirar a todas las cosas con ojos de primera vez.

    –¿Era tan excéntrico Fernando Martín? –le preguntan.
    
En aquella época éramos un poco gilipollas –contesta–. Decíamos unas gilipolleces… Eran los años 80, Madrid me mata, la Movida madrileña, salíamos todas las noches… La verdad es que éramos muy dados a filosofar y vacilar a la vez. Pensad que era gente muy preparada. Es decir, tenías que andar con cuidado porque en seguida te metían la pulla. Las lenguas mataban. En el año 83, Corbalán decía: “Vamos a cenar todos juntos.” Cenábamos, discutíamos, hablábamos. Era muy divertido, creo que era una magnífica época. Me jode mucho pensar que no estaba apreciando en aquel momento lo bien que me lo pasaba. Ganaba dinero, una mierda de dinero nos pagaban, pero en aquel momento estaba bien. Las conversaciones eran intelectuales, por decirlo así, sinceramente. Leían periódicos, sabían qué pasaba en el mundo, qué pasaba aquí, les interesaba qué pasaba en la Unión Soviética. Había unas conversaciones increíbles. Y después fumar, beber. A mí eso me parecía alucinante. Cuando hice mi primer entrenamiento en la Ciudad Deportiva fuimos al bar y pedí una Coca-Cola. Y Lolo Sainz me dijo: “Chaval, aquí se toma agua, cerveza o vino. Pero la mierda esa americana no se toma”. ¿Cerveza y vino? ¿Con el entrenador? En Rusia no podías beber nada, ¡eras un alcohólico! Y aquí con el propio entrenador dándole.

    En los 80 el baloncesto era de mejor tono (entendiendo por tono la diversión) que el fútbol, aunque el caso es que no nos privamos de nada, ni siquiera de la mili, aquel gran poder impersonal (Hado, Justicia, Necesidad) que gobernaba nuestra juventud y que era superior a los dioses.

    Al regreso de la mili, precisamente, en una de aquellas noches de los 80, al hilo de una apuesta con Jorge Berlanga, nació Gente y aparte.
    
Fue en la barra de El Cutre Inglés, en la calle del Marqués de Santa Ana, 43, corazón de Malasaña.
    
Jorge fue, como su padre, un seductor ambulatorio, y en El Cutre…, con otras chicas Bond-Madrid de la década, trabajaba Mamen del Valle, que había salido en “Crónica de un instante”, y por cuyas piernas suspiraba.
 

Mamen del Valle en El Cutre Inglés
    
 
En aquel juego de piernas (en la vida, como en el boxeo, como en los toros, todo es juego de piernas) dimos forma a la idea que acabaría convirtiéndose en sección hecha y derecha de ABC.
    
De aquella sección con la que tanto nos divertimos (diversión que tan cara nos harían pagar los hiénidos de Mufasa que siempre vigilan la charca) escribiría un día Sabino Méndez en su estupendo Corre, rocker (2000):
    
La sección se llamaba Gente y aparte, salía los sábados... y pretendía buscar públicos nuevos para el histórico rotativo. Ignacio Ruiz Quintano fue el encargado de organizarla y buscar los colaboradores. Contacté con él a través de Alaska y Pito... Mis artículos fueron mejorando. Cuando Ignacio Ruiz Quintano se trasladó a Diario 16 me siguió pidiendo crónicas ocasionales para su diario o para El Observador. Luego, al volverme a centrar en el trabajo musical, perdí el contacto con él. Recuerdo con cariño su desacomplejada independencia de criterio y su capacidad de convertir una crónica de un partido de fútbol en un homenaje clásico.
    
Nada de aquello hubiera sido posible sin Jorge Berlanga y Rosaura Díez Fuertes, redactora y musa de Gente y aparte.
    
Jorge Berlanga, nuestro Berli, tuvo siempre algo de almirante inglés al que le hubieran birlado el barco, y, como lord Kelwin, el extravagante físico difusor de la teoría dinámica del calor, sólo quería entender las cosas que se pudieran dibujar.

    Lo recuerdo boca abajo, en un Corsa recién volcado, diciéndome sin soltar el camel, encendido, de entre los dedos:

    –Iñaqui, hay una fuerza centrípeta que impide correr en las curvas
    
El dibujo inaugural de Gente y aparte fue una folclórica con látigo que Jorge le sonsacó por teléfono a Juan Carlos Eguillor, que vivía en Bilbao.
    
El dibujo de Eguillor era transgresor en el sentido que tiene dicho José-Miguel Ullán: “La caligrafía del dibujo tiene algo más libertino, menos domesticado que aquello que articula la escritura... En la escritura todo tiende a amoldarse, a darse en forma y, en definitiva, a rendir cuentas. Cada dibujo, en cambio, es un sobresalto sin molde”.

    Eso, un sobresalto sin molde sería, sábado a sábado, la ilustración que Jorge iba cazando, después de aquélla de Eguillor que todavía no sé cómo acertamos a publicar. Pero es que, sin ella, el resto no hubiera tenido sentido. Ni la Olga Zana de Carlos Berlanga ni el Juan Jaravaca de Mediavilla. Ni nuestro predilecto, el Buitre Buitáker de Gallardo, quien se comía, además, casi todas las portadillas. Los cartones eran de encargo, y el ángel de su guarda en el cajón se llamaba Rosaura, cuya logística periodística incluía la sonsaca de artículos a Leopoldo María Panero, interno en el Manicomio de Mondragón, y, para ilustrarlos, de acuarelas a El Hortelano.


Las cartas de Panero desde Irún

    
Aun sin dinero, Madrid era Baden Baden.

    Y fueron, profesionalmente, los días más felices de nuestras vidas.
    
Aparecimos en sábado, abril del 87, con un órdago al 92: España olía otra vez a Régimen y el 92 sería sus Años de Paz, sobre la que restallaba como una sierpe recién pisada el látigo de la folclórica dominatrix de Eguillor.

    –Folclóricas para el 92 –tituló Berlanga lo suyo para aquel primer fogonazo con golpe de magnesio sobre la España cañí.

    En el sumario del primer día, Jaime Urrutia (Gabinete Caligari), Fernando Márquez, Mónica Gabriel y Galán (“birmette” de Objetivo Birmania), Wyoming, Maribel Verdú (que estrenaba La estanquera de Vallecas) y Javier Barquín dando cuenta de la alternativa de Paco Machado esa misma tarde en Aranjuez.
    
Arrancamos como de broma.

Luego, cuando quisimos darnos cuenta, teníamos el compromiso de llenar cada sábado media docena de páginas en ABC.

    La gente escribía de lo que quería, y para evitar la dispersión, a los colaboradores de más confianza se les imponía un tema: la mili, el rock, las motos, los toros, el boxeo y chicas, muchas chicas.
    
Maribel Verdú, aún incipiente, fue adoptada como chica bandera de la sección. Escribía a mano de sus cosas, que eran las nuestras.

    Pero Jaime Urrutia venía con sus folios, manuscritos, por Rosaura. Edi Clavo traía los suyos, mecanografiados, por Jaime Urrutia. Los de Fernando Márquez, el Zurdo, había que ir a buscarlos, mecanografiados, a su casa con mesacamilla en la calle de Viriato. Javier Barquín tenía un aire señorito muy simpático de la calle de Juan Bravo: se dejaba caer en persona, con carpeta, en el ABC de Serrano, y por ahí se nos marchaba la tarde.
    
Como Carlos Berlanga, con su cartapacio de mujeres fatales, a quien su hermano Jorge reverenciaba en su fragilidad de jarrón chino.

    Me hacía gracia esa forma jorgiana de reverenciar a un hermano como únicamente reverenciaba a las novias.

    Eso lo vi mejor la tarde que despedimos a Carlos, y escribí que todos volvimos más pálidos, como se vuelve de los cementerios: de puntillas, aunque Bailando, con los zapatos, uno negro y otro amarillo, del príncipe de Bizancio y con un saltamontes –ese dandi epigramático que siempre hay en los cementerios– atado por un hilo (...)
    
Morir joven, y dejarnos, a su muerte, un perfume extraño y penetrante de espíritu selecto había sido su deber de dandi.

    Como escribió Panero en su epitafio para Haro: “Puedo, después de una epopeya en que naufragó el mundo, hablar por fin de un escritor”.

    –Hoy, al final de una movida en que naufragó una generación, hay que hablar del ángel bodeleriano que la soñó. Fue un gato. Fueron, quizás, cuatro gatos...
    
Carlos Berlanga apareció cuando los tiempos eran mejores, casi de oro, y alguien tenía que engañar nuestro hastío y elevarlo a diversión. Con su timidez de niño que lo mira todo como si todo lo engañase (“la mirada que goza de la perfecta lucidez, aunque se consuma atrozmente en esa misma lucidez”), iluminaba a una generación que, en medio de la continua risa, vivía peligrosamente, y por eso Carlos parecía cada vez más el ángel bodeleriano pasado por la túrmix madrileña de Ruano y de Ramón (...)


Entrevista con Carlos Berlanga
    
 
Baudelaire era francés, pero Berlanga, que era español, sólo podía ser un ángel mojado en café con leche, que es la única cortesía que en España se ha tenido siempre para el talento. “¿Y ése quién es?” “¡Un artista!” “¡Pues, ande, póngale un café con leche!”

    Por las cosas de El Hortelano, en cambio, había que ir a su casa, que entonces estaba en la calle Mayor y era vecino de Ceesepe y de Javier de Juan.
    
Las ánimas del Purgatorio del Hortelano con las reinas de la barra de De Juan.

    Las cosas del Hortelano las elegía y recogía, a su gusto, Rosaura, en los jueves de reparto: salíamos los tres, Jorge, Rosaura y yo, y antes de ir a la calle Mayor, visitábamos en el barrio de Salamanca a Felicidad Blanc, con el dinero de las colaboraciones de su hijo Leopoldo María Panero, que enviaba sus textos desde Mondragón, por carta, a la Redacción de ABC y a nombre de Rosaura, con quien tenía establecida una relación telefónica, literaria y sensual, un juego de voces disparatado, una lucidez cegadora, una locura total.
 

Emma Suárez
    
 
Los días de prodigio nos citábamos con Alberto García-Alix: inolvidables sus sesiones con Rafael de Paula, de paciencia infinita con los artistas, para un perfil literario de Joaquín Albaicín; con Emma Suárez, en uno de los mejores retratos de Alberto, improvisado en mitad de la calle de su estudio vallecano; y con Poli Díaz (y su novia), en el patio de vecinos de Alberto.


Poli Díaz
    
 
Luis Solana dirigía la TVE y prohibió por cuestiones morales el boxeo.
    
En Gente y aparte, al cerrar los viernes la sección, íbamos a las veladas del Campo del Gas. Y allí nos agarramos a Poli. Disfrutábamos con él. Escribíamos de él. Viajábamos con él. Hasta que Sarasola nos lo quitó.
    
Las faltas de Poli Díaz las equilibrábamos con las sobras de Mike Tyson. Si Gente y aparte valió la pena fue por los retratos de Alberto García-Alix a Poli Díaz y las ilustraciones de Javier de Juan a Mike Tyson.
    
Con el boxeo perseguido por el moralismo socialdemócrata, las madrugadas de combate recorríamos las casas de Madrid con satélite para sintonizar a la buena de Dios cualquier canal que emitiera el espectáculo.
 

El Mike Tyson de Javier de Juan
    
 
Así supimos que se había consolidado otra vez un Régimen.

    Si de noche éramos de Poli Díaz, de día torcíamos por Enrique Ponce.
    
El taurinismo en los ochenta éramos los hijos de Antoñete, que fue nuestro San Pablo de los toros, moviéndonos en riadas de curiosos tras el novillerismo andante: el pijerío que seguía a Julio Aparicio y el cabalismo (¡los cabales!) que seguía a Enrique Ponce.
    
Las primeras cosas de Ponce, torerillo de 16 años en Las Ventas, se publicaron en Gente y aparte.
    
Su faena otoñal en Las Ventas constituyó un emocionante ejercicio de chulería suprema, por la morosa armonía de sus desplazamientos, la calculada plástica de sus pases y la estimulante frescura de sus desplantes. Había nacido una estrella, se llamaba Enrique Ponce.
    
Luego vendría la alternativa francesa de Litri y Camino.
    
La sección seguía creciendo.

    Estaban las cosas de Alaska, textos magníficos, caligrafiados en hojas cuadriculadas de cuaderno y firmados con una señal de la cruz.

    Estaban las cosas de Eduardo Bronchalo Goitisolo, que se movía en una bella penumbra de inteligencia y desengaño.

    Estaban las cosas de Guillermo Fésser y Juan Luis Cano, los Gomaespuma, entonces de una pureza como de huevo de Codorniz.
 

Ambite y May

 
Estaban las cosas de May, intacta su gracia de Ambite y Rock-Ola.
    
Estaban las cosas de la gente de Barcelona: Gallardo, Mediavilla y Montesol.
    
Estaban, pues, el Juan Jaravaca de Juan Mediavilla y el Buitre Buitáker de Miguel Gallardo.
    
Estaban los modernos (Opisso y Dona) de Montesol, que a mí me traía memoria del mago Pepe Carroll.
    
Estaban los quitasueños líricos de Juan María Calles.
    
Estaban las negritas de las Ricas y famosas de Beatriz Cortázar.
    
Estaban las sicalipsis de María Jaén, recién salida de su Sauna del 87.
    
Estaban los aros de humo de Blanca Andréu, señora entonces de Juan Benet, a cuya casa en El Viso acudíamos para recoger los folios de Blanca, que flaneaban al menor ruido de pasos en la madera de la escalera.

    Estaban las teatralidades de Dafna Mazin.
    
Estaban las notas jardielescas de Marta Madariaga.
    
Estaba el caos formal de Rossy von Dona, en seguida Rossy de Palma.
    
Estaban las astracanadas inocentes de Violeta Cela.
    
Estaba la geometría sin fundamento de los relatos cósmicos de Catherine François.
 

El Michael Jackson de Gallardo
    
 
Estaba el Manifiesto del rocanrol (publicado en tres entregas) que Santiago Auserón nos escribió en el verano del 87.
    
Estaban los malos y buenos agüeros de Ernesto A. Giménez Caballero, inteligente, pícaro, culto, enfermo y terminal.
    
Pudieron estar las cosas de Eduardo Haro, pero aquel mediodía de la primavera del 88, en el Multicentro de la calle de Serrano, fue cuando todos nos dimos cuenta de que habíamos llegado tarde a un mundo que ya empezaba a ser demasiado viejo.

_________
* Texto para el catálogo
 El papel de la Movida (Arte sobre papel en el Madrid de los ochenta), 2013
 exposición del Museo ABC

domingo, 5 de diciembre de 2021

El año que vivimos milagrosamente


Pilar Cañada

 Ignacio Ruiz Quintano
Abc
19 de noviembre de 2000

«Nixon, que estaba muy preocupado con la situación en España, me dijo: 'Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que acontecerá después de él.' Franco me recibió en pie. Me dijo: 'Lo que interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no? Siéntese, se lo voy a decir. Yo he creado instituciones y nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España.' Yo le dije: 'Pero, mi general, ¿cómo puede estar usted seguro?' 'Porque yo voy a dejar algo que no encontré hace cuarenta años.' Yo pensé que iba a decir las Fuerzas Armadas, pero dijo: 'La clase media española.' Se levantó, me dio la mano y ya había terminado la entrevista.» 
 Vernon Walters, militar y diplomático norteamericano, en ABC, 15 de agosto de 2000.


Como todas las clases medias, la clase media  de 1975 tendía a creer que todo lo que había en el universo era fruto del azar y de la necesidad, o lo que en buena prosa sociológica se llama vivir milagrosamente. 1975 fue el año en que vivimos milagrosamente. ¿Y qué había en el universo español de 1975? ¿Cómo vivía una clase media sin bingo ni casino, sin divorcio ni autovía, sin video ni cine x, sin móvil ni tarjeta, sin cajero automático ni inglés, sin fax ni compact-disc, sin láser y, por supuesto, sin PC?

En el mundo de 1975 había, para empezar, una gran excitación. Verbal, por supuesto. Las necesidades parecían políticas, y los azares, económicos. A falta de hechos diferenciales, la clase media discutía de hechos vivos, aunque la economía y la política las tomaba el español corriente como vinieran, pues en el fondo sólo le interesaban para distraerse. Quién más, quién menos, todo el mundo aspiraba a seguir viviendo del milagro, que era el recurso más económico de una sociedad rígidamente gobernada por la tradición y la costumbre del verbalismo autoritario. Actuar de acuerdo con lo que los que mandan esperan de ella ha sido históricamente la estrategia de la clase media para defender su supervivencia.

A diferencia de las demás clases, la clase media de 1975 sabía que tenía algo que perder, y el orden y el temor al desorden presidían mentalmente el centro de su universo, si acaso alterado por el ímpetu juvenil de algún joven lector de Lenin que arrojaba  octavillas en la boca del Metro como para evocar la «toma del Palacio de Invierno». En el invierno de 1975, sin embargo, ningún joven había podido ver El acorazado Potemkin, la piadosa película de Eisenstein que, tras cuatro décadas de prohibición, sería repuesta en Madrid en el verano del 77, un año después del estreno en Barcelona de El gran dictador, de Chaplin. La cartelera madrileña, al no poder programar más que títulos de una moral purísíma, iba proyectando, por exclusión, una cinematografía terriblemente inmoral para mayores de dieciocho años: ¡Ya soy mujer! (Summers), Pippi lo pasa pipa (Pippi Langstrumpf), Apasionada (Ornella Muti), Venga a tomar café con nosotras (Ugo Tognazzi), y así. El cine de compromiso más íntimo estaba en Perpignan y se llamaba Emmanuelle: todo el mundo se enamoró con frenesí de Sylvia Kristel, y la clase media viajaba para verla con esa ansiedad que exhiben los futbolistas ingleses cuando acuden a rematar un córner. Al mismo tiempo, en Cáceres, un guardia municipal se procuraba su cuarto de hora de gloria moral obligando a retirar de un escaparate La maja desnuda de Goya, a su juicio «indecente y pornográfica». Y la censura publicitaria prohibía el lanzamiento de una bebida refrescante que llevaba por lema «Haz el amor y no la guerra». Estaba visto que, si alguien quería saber algo del amor, no tenía que interrogar a un poeta, sino a un médico. Algo de todo esto empezaba a deslizarse en la estadística, como, por ejemplo, la edad media de la maternidad de las españolas, que iba en aumento. Año Santo, el de 1975, que también fue declarado Año Internacional de la Mujer, o de «la santa», como la llamaba el español de toda la vida. La inglesa Margaret Thatcher ganó la presidencia del Partido Conservador, la japonesa Junko Tabei coronó el Everest y la norteamericana Patricia Hearst, víctima de aquella suerte de blanquismo de los sesenta para gente acomodada y con remordimientos por su desahogo económico, fue arrestada por la policía.


Patricia Hearst

En España, al referir la influencia de la causa juvenil, los cronistas exageran hasta encontrar el idioma castellano casi insuficiente, pero, en realidad, la causa de aquella juventud acomodada que dormía con el póster del Che respondía más al primer nihilismo de la abundancia que a la última crisis del capitalismo. La sociedad se había convertido en un muestrario de «copias infieles de originales inútiles», y, al final, la mayoría no halló mejor manera de librarse de sus obsesiones que proyectar sus sueños en una actividad nueva: el consumo. Fruto del azar o de la necesidad, el consumo constituyó el mayor de los milagros, aunque luego a todo el mundo le ha hecho ilusión apropiarse del comentario del duque de Wellington acerca de la batalla de Waterloo: «Fue algo extraordinario. Creo que si yo no hubiera estado allí no habríamos ganado

Consumir, ¿para qué? Para estar a la moda. La moda era el enigma de moda. Lenguas y plumas llevaban mucho tiempo tejiendo cuentos mágicos sobre el consumo, y los más optimistas adornaban sus cenas sociales con las amables teorías de Alvin Toffler en El shock del futuro. Claro que, ¿cómo combinar un salario mínimo de doscientas ochenta pesetas al día y una inflación del diecisiete por ciento al año? Todo era contar las habas contadas. Un dólar, cincuenta y cinco pesetas. Aun así, en 1975 nadie quería apearse de una convicción general según la cual Dios se había propuesto enriquecer a una clase media que ya comenzaba a tener muchos empleos -el «pluriempleo» se erigió en género costumbrista- y una cosa clara: ningún pobre daba trabajo.

La España oficial jugaba al asociacionismo, pero la España real se apuntaba al creciente individualismo, que era un hecho vivo, y, si había un hecho vivo, había que proceder inmediatamente a su «estructuración». En un santiamén, la clase media pasó del latín al estructuralismo -«más fútbol y menos latín», recomendaba el risueño Solís-, y en otro santiamén, del estructuralismo a un individualismo balbuciente, pero posesivo. Se trataba, al parecer, de que la gente comiese más y vistiese mejor, y por eso el economista Estapé puede decir que «la transición la hizo el 600».

Había que ver la publicidad de 1975. Coches: «Particular. Vendo Seat 600-D, M-780000, como estreno. 39.000 pesetas.» Servicio doméstico: «Doncella fina. Ofrécese.» «Chica todo, salmantina, colocaríase.» «Castellana sabiendo obligaciones, ofrécese.» «Mozo comedor, informado.» «Muchacha todo, gustándole niños, colocaríase.» Viajes: «Excursiones a Moscú. 15 días de duración, hotel de primera categoría, avión reactor.» «Este año Rumanía. ¡Auténticas vacaciones para todos! Ruta conde Drácula y Moldavia, 19.850 pesetas. Tratamiento de geriatría, doctora Ana Aslan. Clínica Otopeni, 56.950 pesetas.» Inmobiliaria: «Su chalet en Madrid. Modelo Colmenar. 5.950.000 pesetas, incluida parcela ajardinada de hasta 1.250metros cuadrados. Facilidades de hasta doce años.» Varios: «Inspector de cuentas incidentadas. Morosos.» «Vendo retablo barroco.»

La clase media trasnochaba como en Madrid y madrugaba como en Burgos. Se dormía poco. Se viajaba menos. No se conocían la bulimia ni la anorexia. Gastronómicamente, la panzada seguía siendo la ortodoxia en la mesa. La crítica, única arma eficaz contra las ortodoxias, estaba, dentro de lo que cabía, en la prensa -«el Parlamento de papel», decían los ases de la palabra-, donde todas las cuestiones sociales hallaban cobijo en forma de encuesta. Cuestión del día 31 de diciembre de 1975: «¿Cree que las nueve de la noche es buena hora para el Telediario, o le parece más lógica las nueve y media?» Respuestas: «El mejor horario sería a las nueve y media, porque solemos salir de trabajar tarde y el Telediario es una de las cosas buenas para ver.» (María Dolores Liébana, peluquera.) «Me da igual a una hora que a otra. El Telediario me tiene sin cuidado, porque no lo veo nunca. Lo que a mí me interesa son únicamente los deportes.» (Miguel Morón, camarero de hotel.)

Para los españoles como Morón, el año 1975fue bueno. Fuera, los gallos eran Eddy Mercks, Emerson Fittipaldi y, por supuesto, Johan Cruyff, Balón de Oro con el F. C. Barcelona, aunque la Liga y la Copa fueron para el Real Madrid. La Liga, un paseo. Y la Copa, una final extraordinaria, resuelta por penaltis, entre los dos equipos de la capital. Miguel Ángel, Uría, Touriño, Camacho, Rubiñán, Del Bosque, Pirri, Vitoria, Amancio, Santillana y Roberto Martinez jugaron en el Real, y en el Atlético, Reina, Eusebio, Benegas, Díaz, Marcelino, Adelardo, Irureta, Alberto, Leal, Gárate y Becerra. Socialmente, el carisma deportivo se lo disputaban el boxeador Perico Fernández y el piloto Ángel Nieto. Mariano Haro, Manuel Orantes, José Manuel Fuente, los hermanos Doreste y Santiago Esteve completaban el retablo deportivo de TVE, que abría sus emisiones a las 13,45, con la Carta de ajuste, y las cerraba a las 23,30, con Reflexión, despedida y cierre. El programa estelar, y en color, era el Telediario, concebido como aquel personaje de Galdós que escribió «la historia lógico-cultural de España» no como ella fue realmente, sino como debió haber sido. El Telediario tenía una oportunidad: la de ser puntual. Y una eficacia: la de declarar tabú todas las cuestiones que tocaba.

Tocar lo que el Telediario había tocado suponía hablar siempre a media voz, veladamente, esquivando la claridad. Tráfico clandestino de personas, en su mayoría norteafricanas y portuguesas, por la frontera de Irún hacia Francia. Estallido del caso Sofico. Rebajas de penas en el Proceso 1001. Suárez, nombrado secretario general del Movimiento. Muerte de Onassis. Nacimiento del ECU -Europeart Current Unity-, moneda de la Comunidad Económica Europea. Karpov, campeón del mundo de ajedrez por incomparecencia de Bobby Fisher. Caso Matesa. Torrente Ballester, académico. Estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa. Caída de Saigón. Tumulto en el Ateneo de Madrid por el libro El varón polígamo, de Esther Vilar. Proceso a la Baader-Meinhof. Los emigrantes envían a España ochocientos millones de marcos. Gerald Ford en Madrid. Retirada del pasaporte a los abogados Felipe González y Enrique Múgica. Inauguración de la electrificación de la linea férrea Madrid-Guadalajara, con la que termina la tracción de vapor en los ferrocarriles españoles. Muerte de Dionisio Ridruejo. El periodista Huertas Clavería ingresa en prisión por un reportaje. Crimen de Los Galindos. Secuestro judicial de los semanarios Destino, Posible y Cambio 16. Ejecución de dos terroristas de Eta y tres del Frap. La película Furtivos, Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Olof Palme pide dinero con una hucha para la oposición española. Comienza la Marcha Verde. Franco, aquejado de una afección gripal. Prohiben a Víctor Manuel actuar en Asturias. Liberados Camacho y los demás encartados en el Proceso 1001. Asesinato de Pasolini.

El miércoles, 19 de noviembre, la clase media cenó viendo el capítulo Carola, de la serie Este señor de negro, de Mingote y Mercero, antes de arrellanarse en el sofá para ver en familia La hora de..., un programa de Valerio Lazarov entre el ultraísmo pop y el  colorismo acid que aquella noche estaba dedicado a Julio Iglesias. Por un día, la metáfora tradicional del mundo como escenario se había trasladado al hogar. Las diez era la hora de estar en casa, y La hora de..., las diez y media. Sin embargo, se interrumpió la programación, y en la pantalla apareció Pilar Cañada, la locutora de continuidad que impregnaba de glamour cualquier imprevisto, ramoneando los comunicados oficiales como las jirafas las hojas llenas de savia, Y apareció para comunicar la suspensión del programa de Julio Iglesias, que fue sustituido por la película Objetivo Birmania. Y como la sombra del padre de Hamlet cruza por la terraza del castillo de Kromborg, así la sombra de un Régimen -¡el Régimen!- pasó en aquel momento por el salón de la clase media, mientras Erroll Flynn se adentraba en la selva birmana con el presagio de una era desaparecida para siempre. Los más jóvenes hoy ya sólo recuerdan que al día siguiente no hubo colegio.

Ornella Muti

domingo, 28 de noviembre de 2021

La indiferencia inglesa

Isadora Duncan

 

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc, 16 de Octubre de 2002


Zapatero, que es un líder, quiere colocar a Trinidad, que es una señora, de alcaldesa de Madrid, y Trinidad, para saber qué es Madrid, se ha puesto la chupa, como Alaska con quince años, y ha ido a Londres a preguntarlo, encontrándose con que en Londres nadie ha oído hablar nunca de Madrid. ¿Pero es que Trinidad no ha oído hablar nunca de la indiferencia inglesa?

A veces está uno en un restaurante y llega un inglés y se le sienta a uno en la mesa sin saludar, sin pedir permiso y sin mirarle a uno. He aquí, dice Julio Camba, a un inglés despectivo, cuyo ideal, mientras permanece a nuestra mesa, es demostrar que no está enterado de nuestra existencia.

Para realizarlo, el inglés se obstina en no mirarle a uno, y para lograrlo, desdobla un periódico y se pone a leer.

Este ardid resulta cómico, pero lo más divertido, para Camba, es ver a dos ingleses despectivos juntos, pues cada uno de ellos parece decirle a la Humanidad: «Yo no sé que haya nadie sentado a mi mesa. ¿Ven ustedes a este señor que está sentado a mi mesa? Pues yo no tengo la menor noticia de él. ¿Verdad que no se nota que yo le haya visto? Ustedes no saben la indiferencia que me inspira este señor.»

Algún español pensará que, en el caso de Trinidad, esta teoría de la indiferencia inglesa tiene un fallo: Trinidad es mujer, ¿y de qué clase de «gentleman» estaríamos hablando, si una señora pregunta por Madrid en Londres y no saben darle señal? Mas no hay tal fallo, porque en Inglaterra la teoría de la indiferencia es consecuencia de la teoría de la caballerosidad, y ésta, de la práctica de la política.

Camba cuenta que en uno de los restaurantes más elegantes de Londres, una señora, disgustada por el servicio, se puso a protestar. «Esto es un antro, una cueva. No se puede venir aquí.» El camarero se lo dijo al gerente, el gerente se acercó a la señora y le rogó que abandonara el local. La señora, indignada, no quiso obedecer. Entonces compareció el portero, que cogió a la señora por la cintura y la arrastró hasta la puerta. El salón estaba lleno de «gentleman», que contemplaban la escena con una vaga curiosidad. «Pero, ¿nadie toma aquí la defensa de esa señora? -le decía a Camba un amigo español-. ¿Es ésta la caballerosidad inglesa?»

«La caballerosidad inglesa, explica Camba a su amigo, consiste en estar bien vestido y bien peinado y en someterse al principio de autoridad, que en el restaurante está representado por el portero, y si uno se coloca en contra del portero, todo el mundo le dirá a uno que no es un «gentleman».» Es decir, que en Londres, foco del feminismo universal, para defender a una señora, no basta el hecho de que sea señora, sino que, además, es necesario que tenga razón.

Trinidad ha probado la indiferencia inglesa, pero su reacción -españolísima- es pensar que esa indiferencia es hacia Madrid. ¿Qué hacer? Trinidad acudió a Anthony Giddens, el Arriola de Blair, que le vendió una tercera vía: que Madrid se busque un elemento identificador. Unas pegatinas, tal vez. Porque Giddens vive de la «School» de Bernard Shaw, aquel a quien Isadora Duncan hizo la proposición famosa: «Dicen que tengo el mejor cuerpo de Europa. Usted tiene la mejor cabeza del continente. Nuestros hijos serían perfectos.» A lo que Shaw respondió: «Queda el peligro de que sacaran mi cuerpo y su cabeza.» Giddens, que escribe como Duncan y baila como Shaw, aplicó la fórmula a la sociología y le salió la Tercera Vía, esa cosa que anda con la cabeza de la socialdemocracia y el cuerpo del capitalismo.

 

Bernard Shaw

domingo, 21 de noviembre de 2021

José Tomás, después de todo


José Tomás, segundo por la derecha, en Las Ventas

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc, 24 de Septiembre de 2002


Con los toros, decía Pemán, pasa como con el «cante jondo»: que son de tantos españoles que ninguno le cede a otro el derecho de entenderlo. Qué le vamos a hacer. Sin embargo, yo sólo he visto un genio en mi vida: es torero y se llama José Tomás. Así que, si él se retira, los demás no vamos a ser menos. Para socialdemocracia (esa socialdemocracia fabril y manufacturera del derechazo, la oreja y los millones), ya tenemos el fútbol, con sus millones, sus goles y sus pivotes. Después de todo...

También decía Pemán que ningún español debe aspirar a otra cosa sino a esa apretada sentencia que queda, después de ir poniendo y quitando valores, y que se expresa diciendo: «Ahora, que después de todo...» Porque cuando en España se es algo -gran torero, gran escritor, honrado, bueno-, se es «después de todo» y sólo entonces es cuando se ha triunfado.

Como José Tomás, el artista más «largo», después de todo, que uno ha conocido, incluido el pintor que más me gusta, que pinta porque no ha podido torear.

¿Y qué es torear? Para un espectador como yo, al margen de la teología y los reglamentos, torear es sortear a esa ola del campo que es un toro expresando en cada suerte la unidad plástica del valor, la gracia y la arrogancia, como el danzante y la llama en los ritos del fuego. El que se quita, huye. El que quita al toro, torea. Es muy sencillo, decía Corrochano, aunque no es fácil: todo es un juego de muñeca manejando por el suelo un corazón: la muleta.

Lo nunca visto fue que, donde los demás ponían la muleta, se puso José Tomás. Y entonces nos sobró todo. Por ejemplo, la técnica. Como vivimos una era técnica, los tecnócratas nos invaden. Pero, en los toros, la técnica no tiene más valor que una hoja de parra que tapa un disparate artístico: la subordinación del genio a una aplicación utilitaria del oficio. No hay un solo académico que no conozca la técnica literaria, pero yo sería incapaz de leerme una novela de ninguno. La técnica, en fin, está bien para cazar: Ortega explicó cómo en las tribus que viven de la caza la porción mayor de lo cazado es atribuida no al que mata, sino al primero que vio al animal, que lo descubrió y levantó.

«Ver», pues, al toro es lo que valora el tecnócrata tribal. A uno, en cambio, lo emociona más el que lo «mata». Porque la fiesta de toros no es sólo la del valor, sino la del miedo. El buen reparto, según Cossío, es que el torero no se asuste, pero que se asuste el público. Y José Tomás nos daba más sustos en una sola tarde que todo el escalafón en una temporada.

Hay que poseer una organización nerviosa especial, para pisar el terreno que pisaba José Tomás. Allí no hay sitio para ocultar la falta de densidad humana con el tedio de lo primoroso. Sólo lo hay para la Verdad, que, frente a Dios o frente al Arte, consiste siempre en eso: en tirarse a matar. Es la lógica profunda que Camón Aznar imaginó en ese situarse el torero en la soledad de la creación, brotando los lances de su pura gracia, con el toro como cauce de su movimiento para subrayar con su humilde fiereza la apoteosis de tanto rizo.

En la historia del toreo, que no es sino la del gradual acortamiento de la distancia entre el torero y el toro, nadie, que hayamos visto, llegó tan lejos como José Tomás, que, después de todo, se ha ido como diciendo: «Sobresalgan ustedes en lo suyo como yo he sobresalido en lo mío.»

 


domingo, 14 de noviembre de 2021

Anglosajonia


Voltaire

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc, 18 de Septiembre de 2002

Leo en el periódico que Europa llegará a Marte el año próximo para buscar indicios de vida. No sería mal sitio, Marte, para asilarse. Porque la vieja Europa ya sólo es eso: vieja. Y no quiere guerra.

Vivió su juventud con Roma, cuando el término medio de la vida era de unos treinta y cinco años. Desde entonces no ha hecho sino envejecer, aislada y egoísta. Somos, pues, los hijos de los viejos, como dijo Foxá, nacidos no con la juventud, sino con la duda sistemática: «¿Os figuráis en el futuro sobre Europa y parte de América al pequeño grupo de viejos blancos, de gruesos lentes, exterminando, con la desintegración de la materia, a las numerosas e hirvientes juventudes de los pueblos de color que los asedian, y que fiaron al amor y no a las drogas la eternidad de su estirpe?»

Lo dijo en 1948, cuando Europa acababa de perder la primogenitura de la Tierra, y en la raza blanca, a medida que se prolongaba la vejez, iba disminuyendo la natalidad. «Al perder la fe religiosa, se desconecta con el innumerable pueblo de sus muertos. Al limitar la natalidad, corta todos sus lazos con las generaciones futuras.» ¿Cómo no iba a ser importante la fe, si hasta Voltaire hacía cerrar las puertas cuando en su salón se hablaba sobre el ateísmo a fin de evitar que los criados oyeran lo que se decía y, liberados del temor de Dios, pudieran asesinarlo? Pero lo que Europa se esforzaba por conseguir no era la supervivencia, sino el reposo, la inercia perfecta, esa gran quietud que, si Freud estuviera en lo cierto, volverá a la creación cuando la vida vuelva a la condición natural de lo inorgánico.

Con arreglo a la visión freudiana, la explosión de la vida orgánica no fue más que una desviación trágica que, sin embargo, ha conducido al grado máximo de la evolución humana: un salón literario en la época de Luis XV es, para los europeos, el momento en que el hombre se encuentra más alejado de las cavernas. Y en ese salón languidece, viendo al tiempo pasar, el vejestorio de Europa. Ya no se alimenta de fe, sino de metapsicología, que es charlatanería común, aunque envuelta en el «glamour» de la tolerancia. De hecho, no hay día que no salga algún sacamuelas europeo -el «euroidiota» de guardia- explicándoles América a los americanos.

La tolerancia no es más que el principio del escepticismo, pero ¿y el «glamour»? He aquí un buen asunto para nuestros salones literarios Luis XV. Del Pozo, que ha visto al «glamour» salir de la boca de Buruaga, cree que significa «éxtasis de julandra» o «fascinación de hortera». Peter Sloterdijk, en cambio, apunta en sus «Normas para el parque humano» que ya en el inglés medieval el «glamour», en tanto que hechizo, se derivó de «grammar», precisamente porque cualquier conocimiento de gramática -la secta de los alfabetizados- era entonces tenido por símbolo y señal de magia.

Antes, en los salones literarios Luis XV, se pedían pruebas de la existencia de Dios. Ahora se piden del armamento de Bagdad. «¿Quiénes son esos ingleses y americanos para ir a la guerra solos?» Pues son lo que Churchill llamaba la raza anglosajona: no en el sentido étnico, que es predominantemente celta, sino en el lingüístico.

Ay, la lengua. Susan Sontag se convirtió en reina de los salones Luis XV cuando dijo que «la raza blanca es el cáncer del planeta», ya que sólo podía referirse a la utilitaria y democrática raza anglosajona, cuyas declaraciones de guerra, desde la Declaración de Independencia, se rigen por Euclides, es decir, por axiomas que son evidentes en sí mismos. ¿Por qué? Si uno no sabe la respuesta a una pregunta, debe formularla de otro modo.

 


Susan Sontag