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sábado, 11 de julio de 2020

Nadia


Massiel'68 en brazos del Dúo Dinámico

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La sensibilidad nacional perdió pie con el confinamiento. La sociedad que aplaudía en los balcones nunca exigió un minuto de silencio (“padrenuestro de la nada”) por los tráiler de la muerte que de noche llegaban a los hospitales para llevarse los cadáveres.

    –Sin cadáver, no hay crimen –se diría el gobierno, que escondió los muertos como el alcalde de Madrid esconde los crucifijos o el nombre de Plácido.
    
El Régimen ha amanecido con un Orinoco triste paseándose por sus ojos porque la hija de Calviño ha perdido la hucha del Domund que le habían prometido la führeresa y su botones Sacarino. ¡Con todo el prestigio de Nadia, la experta que vio que la influencia de la “influenza” china en la economía española “no será significativa”! Y la propaganda del Régimen se ha desatado como en los mejores días de Eurovisión, cuando Mónaco nos traicionaba y Franco tenía que comprar (eso decía Iñigo) el triunfo-lalalá de Massiel.
    
Esto nos pasa por poner a pedir dinero a la hija de Calviño en vez de al hijo de su jefe, Pincho Guerra, que también andará por Bruselas. Pidiendo dinero, Nadia sería como aquella condesa que citó a Ruano en un café para extraerle mil pesetas.

    –¿Puedo valer para usted eso?

    Para un periodista, mil pesetas del año 32 eran muchas pesetas: “Exactamente las que me entregaba mensualmente ABC, adonde fui por ellas, porque jamás he tenido yo dinero ahorrado”.
    
–¿Y le da usted lo que gana a la primera desconocida que se lo pide? –quiso saber la condesa.
    –Supongo que nadie pide un dinero por gusto. Yo por lo menos nunca que necesité pedirlo lo pasé muy bien…

    
Luego las cosas se complicaron. La condesa estaba enamorada del periodista. Estaban hablando de un libro de Ortega y ella se echaba a llorar, “porque no me parece que con una mujer que guste se hable de Ortega y Gasset”. La condesa se chivó al conde, que desafió al periodista a un duelo.
    Con Europa, como con la bohemia, la injusticia es la misma: se cuenta lo que se pide y se calla lo que se da.

El bosón

ABC



¿Cuánto robó el Psoe, si es que es humanamente calculable?

Sábado, 11 de Julio

Valle de Esteban

El dios de la lluvia llora como una madalena

viernes, 10 de julio de 2020

Felicidades a Esteban


Contrapeso


"Checks and balances"


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Apenas salimos del funeral de Estado y ya estamos de nuevo en el Estado de Derecho.
    
El periodismo es el contrapeso del Estado de Derecho –dice Casado, jefe de una de las derechas españolas.
    
Y uno, que es periodista, se descubre dando vueltas en el mecanismo relojero ideado por ese doctor Franz de Copenhague que es Montesquieu para asegurar la libertad que en España, por culpa del Estado, hemos conocido poco, por mucho que los colosos del periodismo nos canten, como niños de San Ildefonso, los “checks and balances” de Hamilton.
    
¡La separación de Locke, el equilibrio de Bolingbroke y la balanza de Montesquieu!
    
Ser contrapeso del Estado de Derecho es serlo de una tautología, pero al oír a Casado se siente uno, por un rato, como la manzana de Newton o el mármol de Miguel Ángel.
    
El periodismo oficial siempre fue la rama del Poder que se ocupa de hacer que todos los atropellos del Estado, que en España es el Gobierno, parezcan un accidente.
    
Somos lo que comemos (“der Mensch ist was er isst”), enseña el elegante epigrama de Feuerbach, y si los leones del poeta Basterra eran corderos asimilados, los periodistas del Estado de Derecho somos secretarios asimilados. Por eso admiro de los ingleses que sean lo imprescindiblemente ladinos para no tener Estado, al contrario que nosotros, que somos ladinos sin medida, el animal ladino definido por Nicolás Ramiro Rico como “animal locuaz que piensa por mor del pienso”.
    
Ya sabemos que, al defender un periodismo de Estado (¿qué Estado no será de Derecho?), Casado no defiende el periodismo, sino el Estado, que le paga las nóminas. El gobierno del Estado, por el Estado y para el Estado. Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Que no otra cosa es el Consenso. ¡El poder del Consenso! El Consenso como contrapeso vendría a ser el contrapeso del “poder electoral” que se sacó de la manga Bolívar para balancearse en su tela de araña.
    
La guerra cultural de la libertad siempre ha estado perdida.

De las pistolas a las cocochas


 Fernando Buesa


Hughes
Abc

El panteón de Fernando Buesa sufrió ayer un acto de vandalismo. Todo o casi todo el mundo lamenta mucho el hecho, pero el hecho, terrible en sí mismo, permite preguntarse por la extraña relación del PSOE, partido que fuera de Buesa, con Bildu.

La pregunta tiene un sentido muy concreto. Si el PSOE es capaz de traicionar su memoria hasta el punto de negociar con los que nunca condenaron los asesinatos, ¿qué no hará con los demás? ¿Qué no hará con lo que no es suyo? ¿Qué no hará con España? Dada la concentración tiránica de poderes que tiene aquí el partido gobernante, esto ha de preocuparnos a todos, no sólo a sus afiliados, votantes, lactantes y reptantes.

Cabe otra pregunta: ¿le es más grato a ETA este PSOE, PSOE sin Buesa, que el PSOE de entonces? Hemos de entender que sí. Ser más gratos a ETA, habernos hecho todos más gratos a ETA, ¿es exactamente un triunfo sobre ella?
 
Fernando Buesa merece y goza de un recuerdo especial. Se rememora su altura cívica. Pero hay muchas víctimas de las que no se acuerda nadie, anónimos guardias civiles, olvidados militares, que viven «vandalizadas» diariamente porque su crimen sigue sin resolverse. En este escarnio supurante se vive y se brinda entre pactos de cocochas. Un vandalismo de tipo institucional se produce cada día sobre las víctimas de esos crímenes sin resolver.

Uno de los rasgos de la sacrosanta Transición fue la fascinación de la izquierda con ETA. Los guardias civiles y militares muertos sufrieron antes campañas de propaganda antiespañola y anticastrense. Luego les llegó la muerte. Después el olvido.

Este hecho, en plena campaña electoral, invita a reflexionar sobre la «normalidad» democrática vasca de la que el PNV presume. ¿Qué tipo de elecciones pudo haber donde unas ideas eran perseguidas con el estigma, la violencia y el asesinato? Sobre esa mala broma han construido su sociedad perfecta.

La actitud ante el olvido de los asesinados, ante el independentismo, golpista o no, y ante la diferencia de derechos dentro de España es una posición política fundamental. Es la posición. Pero es incómoda y por eso los creadores de palabras lo llaman «ultraderecha» (las televisiones son el Banco de España de las palabras: son las que acuñan). ¿Qué palabra tendrán pensada para lo que hace el PSOE con su memoria y la de todos nosotros? «Diálogo», «paz»...¡Hacernos la cococha!

Viernes, 10 de Julio

Valle de Esteban

Vera Icona

jueves, 9 de julio de 2020

El Cristo

Tip y Coll con el vaso de agua


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Leo que el alcalde de Madrid (“Hola, me llamo Almeida y soy abogado del Estado y alcalde de Madrid”) ha firmado su primer Consenso Histórico para barrer, al fin, las calles de la capital, y que el precio ha sido meter debajo de la alfombra el Cristo tan bellamente defendido por Tierno (“símbolo de paz y amor”, lo llamó) en su toma de posesión de abril del 79.

    Gallardón escondió los maceros por franquistas y Almeida esconde el Cristo… ¿por facha?
    
Mas a ese Cristo debe la lengua castellana su mejor soneto (“No me mueve, mi Dios, para quererte…”), y nuestro primer filósofo, Santayana, que, como Tierno, no era muy de misa, nos mostró cómo Cristo amó el mundo en un sentido erótico en el que Buda no lo amó: “Y el mundo ha amado la cruz como nunca puede amar la higuera de la iluminación”. En los dolores más grandes, dice, hay una calma trágica; se agota la furia de la voluntad y nuestros pensamientos se elevan a otro nivel; como los placeres chillones y las negras penas de la infancia, que son imposibles en la vejez.
    
A mí me gusta ver el crucifijo esmaltado rodeado ricamente de volutas e incrustado con joyas; sin ese elemento de instinto pagano, la religión de la cruz no sería ni saludable ni justa. El pie de la cruz es un buen lugar desde el que mirar la vida.
    
Pero al pie de la cruz Almeida no ve nada. Se pasó el confinamiento al pie de La Sexta, en la peluquería de Ferreras, enseñando como azafata de vuelo a ponernos la mascarilla, un número como el de Tip enseñando a llenar un vaso de agua. “¡Otra vez, alcalde!”, decía Ferreras, aguantando sus tres capas de risas.

    –¿No será masoncete? –pregunta la tía Eustaquia.
    
Quiá. Ni masón (¡pobre masonería!) ni lerrouxista (del Lerroux rebelde: “Rebelaos contra todo: no hay nada o casi nada bueno. Rebelaos contra todos: no hay nadie o casi nadie justo… El respeto crea en el alma gérmenes de servidumbre… ¡Alzad el velo de las novicias!…”)
    
Un opositor al que en La Sexta llaman Churchill y él se lo ha creído.

Jueves, 9 de Julio


Valle de Esteban

La chucha

miércoles, 8 de julio de 2020

Funerales


Thomas Huxley

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

                Saint-Simon y Comte (por cierto, el de “les morts gouvernent les vivants”) son dos liberales estatalistas cuyo estatalismo palidece ante el del liberalio hispánico, que dice “funeral de Estado” (¡Estado! ¡Estado! ¡Estado!) como quien dice “Pamplona” (¡viva san Fermín!) con una madalena en la boca.

                Aceptar el “funeral de Estado” es aceptar que el Estado se haga cargo, también, de lo nuestro en el otro mundo. ¿Con qué garantía? ¡Con la del Estado! Ahí está la flamante doctrina del Supremo según la cual, si en vida no has separado los poderes (sea lo que fuere para el Supremo separar los poderes, que yo no lo sé), tus restos mortales pasan a ser, con el aplauso liberalio, propiedad del Estado.

                En la guerra, Santayana observó que los ingleses hablaban de la muerte de un modo bastante falso, casi alegremente, “como si se tratara de una excursión a Brighton”. El liberalio español, en cambio, habla de la muerte de un modo bastante verdadero, casi tontamente, como si se tratara de una semana de vacaciones en Gandía, y cree que al decir “funeral de Estado” renueva el triunfo del Estado frente a la Iglesia.
                 
Gott ist tot! –saludará en Bruselas, con guiñado de ojo, Pons, liberalio de frase corta, a los lansquenetes de frau Merkel.
                 
El liberalio se prosterna ante el Estado Providencia socialdemócrata (“¡El Estado es Dios!”) porque lo sabe heredero de la iglesia como institución de caridad que ofrece la salvación merced a su mediación.
                 
El liberalismo político serio es laico, pero no antirreligioso. El liberalio patrio, sin embargo, prefiere declararse agnóstico, término inventado por Thomas Huxley, el “bulldog de Darwin”.
                 
Un agnóstico –decía– es lo contrario de un gnóstico.
                 
Ser agnóstico permite al alcalde de Madrid no tener que explicar por qué sus “rangers” tomaron como si fuera la Colina de la Hamburguesa una misa de Resurrección (¡el triunfo sobre la Muerte, para el creyente!) en la parroquia de San Jenaro, ajustada como un guante al decreto de Alarma.

Miércoles, 8 de Julio

Abstencionismo

martes, 7 de julio de 2020

Almeida esconde el Crucifijo

EL ALCALDE ESCONDE EL  CRUCIFIJO


En un Pleno histórico, todos los Grupos políticos han firmado unos Acuerdos de 352 medidas para servir a los madrileños.
Martínez-Almeida, del PP, ha retirado el crucifijo que presidía el Salón desde hace 400 años y que ni a Tierno molestaba.

@FMartinezVidal_

***


...Y EL QUE SEA MÁS LAICO QUE TIERNO, QUE TIRE LA PRIMERA CRUZ



Abc, 20 de Abril de 1979
ALCALDE SOCIALISTA DE MADRID

Como "símbolo de paz y amor" definió don Enrique Tierno Galván el crucifijo ante el que prometió lealtad al Rey y respeto a la Constitución, instantes después de ser elegido alcalde de Madrid a mediodía de ayer. En una sesión tensa, y en momentos borrascosa, conducida con habilidad y elegancia por el alcalde socialista, quedó constituido el nuevo Ayuntamiento de Madrid, casi a la misma hora en que lo hacían ocho mil Municipios de todas las capitales y pueblos de España.

Abc, 20 de Abril de 1979
Abc, 21 de Enero de 1986. El Viejo Profesor de cuerpo presente entre los maceros retirados por Gallardón por "franquistas" y la Cruz retirada por Zapatero por "ofensiva"


En España, de cada diez cabezas una piensa y nueve embisten
Antonio Machado

[Publicado el 6 de Diciembre de 2009]

Los Anti

ABC

 "Esto nos hara mejores", decía la propaganda, pero el único capaz de salir mejor del coronavirus ha sido el Madrid


Guruceta

El plan



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Galeuzka, impasible, avanza.
    
Pajita a pajita los amantes hicieron su nido. Consenso a consenso la nación española labra (se la labran, porque ella está fuera del sistema) su ruina. La Europa de las regiones, lo llaman, una estructura oligárquica de partidos prebendarios financiados con fondos públicos. Es la Europa que ahora impone, para soltar el cheque, el abandono de Pablemos, oh, justicia poética, en una gasolinera, como se hacía en agosto con los yayos.
    
La clase económicamente relevante, convertida por la situación prerrevolucionaria en clase reinante, promociona para la gestión del “derecho de no oponerse” (¡la Trinidad del Estado de Partidos!) a nuevos teólogos del consenso, los Almeida y los Bal, con la garantía de la abogacía del Estado. ¡Nunca un Estado tuvo más abogados ni estuvo menos defendido! Tampoco lo necesita: como dijo Marx de Alemania, no es el pueblo español el que posee un Estado, sino que es el Estado el que posee al pueblo español.
    
–¡El Estado es Dios! –dijo Lassalle (Ferdinand, no Josemari), fundador de la socialdemocracia.

    Y su teología es el consenso.

    ¿Y el plan? Pues el plan es, desde el 78, hacernos pajita a pajita el nido federal (la “nación de naciones”) de Carretero, el socialista segoviano cuyo truño sobre las nacionalidades inspiró a Modesto Fraile (¡centrista!) hacer de Casa Cándido una nación.
    
Fuera de Galeauzka, cada adosado será un hogar (el hogar es un nido, dice Santayana, algo incompleto sin un huevo que empollar), y cada urbanización, un nido de nidos, es decir, una nación carreterista. No pienso oponerme por la fuerza a tal paisaje. De hecho, no me molesta que cada urbanización aspire a constituirse en nación; lo que me molesta es que para financiar su sueño se constituya en garrapata en ingle ajena, cual es el sistema español, esa rumba bailada alrededor de un jamón. En lo que me toca, sólo reconoceré en España las dos naciones que Disraeli reconoció en Gran Bretaña: una de los ricos y otra de los pobres.

La tauromaquia contra sí misma

 Pamplona 2018. Miuras

Jean Juan Palette-Cazajus

[El Club Taurino de Pamplona publica anualmente una -hermosa- revista con motivo de las fiestas de San Fermín. Suelen contar con mi colaboración y me honra. Ahí va mi contribución en este «annus horribilis», también para la tauromaquia.]

La decisión del Club Taurino de Pamplona de publicar su revista anual a pesar de las excepcionales circunstancias, las de un año sin Sanfermines y sin temporada taurina, debe calificarse de sabia. Pocos son los que entienden que la supervivencia de las culturas humanas depende menos de sus contenidos que de sus vitales procesos de transmisión. Algo que había intuido perfectamente, hace pocos meses, una destacada militante animalista cuando sugería en una tribuna que en vista de la suspensión de los festejos taurinos provocada por la pandemia y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se pusiera definitivo punto final a la nefanda tauromaquia. Nosotros aprovecharemos parte del tiempo que no podremos dedicar ni al vino ni al encierro ni a las peripecias del ruedo para tratar de reflexionar un instante sobre la situación de la tauromaquia con un mínimo de lucidez y de seriedad. Y sólo piensa de verdad quien lo hace contra sí mismo, a la manera de Nietzsche.

 
 Gente pa tó. Rafael el Gallo y Ortega y Gasset

Pues sí: esta temporada está transcurriendo como si, hechos realidad los votos piadosos de la citada animalista, la tauromaquia hubiese quedado borrada de un plumazo. ¿Qué pasaría si definitivamente se diera tan aciaga posibilidad? Lo mismo que ahora: probablemente nada. Poco más de lo que pasó en 2010 con motivo de la abolición catalana. Los aficionados no montan barricadas, no incendian edificios públicos ni agreden a los representantes del orden público, si bien, estadísticamente, como en cualquier grupo  humano de cierta entidad, tendrá que haber algún exaltado. La tauromaquia suele exorcizar y curar la tentación de las pasiones incívicas y nunca hubo en nuestro ADN nada que justifique nuestra cansina catalogación como vestigios de una España bárbara y obsoleta. Con motivo del estallido de la Gran Guerra de 1914-18, el filósofo Henri Bergson recordaba que en cuestión de segundos aceptó con absoluta resignación y normalidad el advenimiento brutal de una situación que poco antes le pareciera inimaginable. La capacidad de adaptación -o de resignación- de la especie humana es casi infinita. Aparecerán unos cuantos afectados por un síndrome emocional disfórico, con trastornos, frustración y manifiesto sufrimiento. Nada comparable con la pasada epidemia. Nada que el inexorable paso del tiempo no termine borrando definitivamente de los lóbulos temporales al cabo de una, todo lo más dos generaciones.


 Foto de Pilar Albarracín

No hace mucho sorprendieron las inesperadas soflamas leninistas, con cierta fragancia de Armani, lanzadas por un torero mediático. Movido por la loable intención de defender los intereses vitales del sector, reivindicó las corridas de toros como el segundo espectáculo «de masas» después del futbol. No seré -espero- el único en considerar que nada hay más desafortunado que la consideración de la corrida de toros como un espectáculo «de masas». «A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al Hombre, que es lo único que nos interesa» escribía Antonio Machado en tiempos trágicos. La corrida de toros es el único espectáculo que confronta el asistente a su destino individual. El único que requiere del aficionado exigencia analítica, crítica y le obliga a definirse a partir de patrones éticos y estéticos que ponen en juego toda su configuración existencial. Idealmente, el público taurino es una colección de conciencias individuales y aumentadas. De ahí la diferencia, casi ontológica, entre el aficionado y el espectador. Pero tampoco vamos a negar la realidad: los actuales públicos taurinos responden a una letal paradoja: cada vez menos masivos en cantidad, cada vez más masificados en calidad.
 
Además, la información de nuestro torero era incorrecta. Nadie puede negar que el actual interés por las corridas de toros dista de ser masivo. La «Encuesta de hábitos y prácticas culturales» del Ministerio de Cultura y Deporte para 2018/19 situa la tauromaquia entre los puestos 10 y 12 de los hábitos culturales con un 8 % de asistentes al conjunto de sus diversas modalidades, mientras sólo el 5,9% acudió concretamente al menos a una corrida de toros, novillada o corrida de rejones. Este año sobra tiempo para el paseíllo y podremos demorarnos un instante sobre algunas variantes particulares de este último e inquietante porcentaje: la cifra más elevada la ofrece precisamente Navarra, con un 19,1%, en contraste espectacular con los insignificantes 0,4% de Galicia y 0,9% de Cataluña. En cuanto a las supuestamente taurinas Andalucía y Comunidad de Madrid, no pasan respectivamente del 7,8 y del 7,3%. 

 
 Blanco, negro y duro el empedrado

Las pasadas zozobras pandémicas pusieron de moda la relectura de La Peste, de Albert Camus. Merecido es el retorno al primer plano del filósofo del Absurdo. Por esto me avergüenza un poco recurrir a una cita suya excesivamente manoseada, ésa que dice que «nombrar mal un objeto acrecienta el infortunio del mundo». Lo haré porque no existe práctica social y humana tan desastrosamente empeñada en nombrar mal sus objetos como la tauromaquia. Acabamos de considerar alguna muestra de esa desafortunada tendencia. Los objetos mal nombrados se convierten en débiles coartadas cuando lo que se necesita son argumentos operativos. Las coartadas son el recurso de quienes son o se sienten culpables. Con carácter general y contra toda evidencia neurocientífica, llevamos siglos cultivando el error histórico de recurrir a un vocabulario antropomórfico para calificar la etología hormonal del toro de lidia. Y así hablamos de «casta», de «bravura», de «nobleza», sirviéndole en bandejas los argumentos al regresivo nivelamiento «antiespecista» que caracteriza el actual animalismo. Pero no hay infantil sonajero más agitado por quienes creen defender la tauromaquia que la invocación extática de su esencia «cultural». La tauromaquia es «cultura», dicen, al igual que la ópera o la filatelia, al igual que el ajedrez o el teatro, que la pintura o ... así ad lib. Hete aquí que el clan totémico del toro bravo, no duda en reconvertirse en clan del perro faldero para reivindicar el beneficio de una caseta protegida entre las innumerables que componen el cuadro general de las «prácticas culturales». O sea, la tauromaquia como hobby «cultural», tan inocente como normalito.
 
Pues no. Lo que es la tauromaquia es una excepcional anomalía. ¿Cómo podría reducirse a una práctica cultural cualquiera  este improbable aprovechamiento ético y estético de la particular etología de un animal ?, ¿esta inaudita convocación, provocación y al final advocación de la muerte?  La cultura, aquí reducida a la burocrática lista de las prácticas registradas en los catálogos del ministerio, sólo puede entenderse como la suma de todas las trampas y los espejismos que la agentividad humana inventó y sigue inventando para camuflar y entretener la perspectiva de nuestra finitud. Al contrario, la corrida de toros es ostensión de la muerte y desactiva todas las coartadas de la cultura. La corrida de toros sólo cabe en ese espacio vertiginoso, transgresor y -aceptémoslo- profundamente indigesto para la mayoría. Claro que la tauromaquia es cultura. Lo es en el sentido fundamental, antropológico, de la palabra. En tanto que verdadero revelador de las estructuras mentales que nos determinan. Reducida a una coartada vergonzante para mendigar respetabilidad, la cultura sólo podrá ser efectivamente eso, un modelo reducido, un bibelot inadaptado a la escala irreductible de tan arriesgada anomalía como la taurina.

 
 El Toro "debe" morir

Una anomalía que sólo es un corolario de la trascendental anomalía originaria, la de la excepción evolutiva significada por la emergencia humana. No por aberrante menos oída es la estúpida ocurrencia de que la Tierra y sus especies serían más «felices» sin la presencia humana. Sin nosotros nadie le habría atribuido «existencia» al mundo. El concepto de existencia es inseparable de las herramientas mentales con que el ser humano construyó su propia emergencia. «Con el Hombre la Naturaleza abre los ojos y se da cuenta de que existe». Tan lúcida formulación se debe, no estoy del todo seguro, a Schelling. Lo que no ha sido nombrado no existe y lo que existe no lo hace «para», sino «desde» el ser humano. Imagínense que descubriésemos ese soñado planeta, gemelo de la Tierra, poblado por las mismas especies exceptuando la humana. Inmediatamente, pondríamos en marcha la avalancha de la atribución de significaciones, la profusión de las referencias existenciales. En cambio, lo mismo que aquí, lo mismo que ahora, ninguna de las especies autóctonas sería capaz de decirnos nada ni sobre su mundo ni sobre sí mismas.

La variante existencial humana se hizo inconmensurable con las restantes especies cuando se le reveló el horizonte de la finitud. Y la muerte es la dimensión constitutiva de lo que llamamos conciencia. Desde el principio un fenómeno precario, incierto y angustioso. De ahí la función de Dios, patrón oro de una auxiliadora conciencia inmortal. Hoy sabemos que el muy variado conjunto de facultades que engendran la complejidad de la llamada conciencia, tiene su dimensión originaria en la biología. La condición de posibilidad de los semovientes exige que estén dotados de un embrionario «proto sí mismo» (dixit el fundamental Antonio Damasio). La gradualidad de estas básicas percepciones del «sí» varía mucho entre las especies. Lejos se queda el burdo frontal de nuestro Bos Taurus de las dotes del chimpancé. Pero la especificidad humana no se debe tanto a su aplastante ventaja cuantitativa en cuestiones neuronales y sinápticas, como a esa interminable interacción cumulativa  con el medio y con nuestros semejantes.

 
 El torero "puede" morir
Foto de Andrew Moore

La conciencia de la muerte nos es constitutiva y de ella procede nuestra creciente percepción del valor de la vida que extendemos espontáneamente al mundo. Desde el Pentateuco hasta los actuales supervivientes de los cazadores recolectores, siempre proliferaron las prohibiciones, los protocolos y los ritos destinados a conjurar el eterno malestar humano frente al sacrificio sangriento, incluso animal. Matar nunca fue, nunca puede ser, un acto inocente. Colocado en el insostenible filo de la navaja, el verdadero aficionado a los toros es aquél que, sopesado y asumido el fundamental dilema, decide que la lucidez del relato que propone la tauromaquia es hoy más esencial que nunca. El aficionado no puede ser un simple animal de costumbres. No siempre, desgraciadamente, suele estar a la altura de la excepcionalidad y de la exigencia ética de su afición.
 
«Qué duro es ser amado por gilipollas» decía Mahoma en la viñeta que provocara la salvaje matanza, en París, de los periodistas de Charlie Hebdo. La maltrecha tauromaquia tiene sobrados motivos para pensar lo mismo. El animalismo actual, es decir la equiparación antropomórfica de humanos y animales, es hoy un fenómeno de amplitud mundial. Sus metástasis en las sociedades son cada vez más profundas, y sus portavoces todo menos idiotas y siempre más activos y numerosos en las universidades, en los medios y en la literatura. Más numerosos todavía son los indiferentes. No podremos pararnos aquí a explicar por qué son todavía más letales que los animalistas, a menudo desautorizados por la propia y patológica virulencia. Pero buena parte de los aficionados a los toros sigue pensando que sólo se enfrentan a una panda de «perroflautas» majaderos. O bien, confundiendo el culo con las témporas, siguen creyendo que hay una «esencia» nacional y que la tauromaquia es su encarnación. A veces le roza a uno la tentación del razonamiento deductivo/regresivo: si la tauromaquia sólo es susceptible de alumbrar discursos casposos, tartajosos y tediosos, será que merece su azaroso destino.
 
Dediquémonos un instante al juego del dualismo contrastivo. En el fondo, exceptuando el toro, la mayoría de los aficionados mantienen con los animales una relación conforme a la ideología dominante. Es lógico imaginar que buen número de ellos se entregan a la peligrosa deriva antropológica que llamaremos cinofilia porque halla en el perro las experiencias de convivencia y alteridad más gratificantes para sus afectos. La cinofilia es aquella preocupante paradoja que ve el horizonte emocional de muchas personas condicionado por un animal artificial de cuyas incontables variantes es artesano el propio ser humano. Viaje de la fusión hacia la confusión. Claro que también «los  toros de lidia son hoy un producto de la civilización, una elaboración industrial estandardizada como los perfumes Coty», podía escribir Manuel Chaves Nogales ya en 1935. Pero su función social es la exacta antítesis de la del perro. La muerte del toro sirve para evitar la confusión y recordar incansablemente la necesidad de la diferenciación entre la anomia animal y las exigencias de la hominización. Los niños suelen derribar de un manotazo la construcción que tantas horas les costó levantar. La corrida de toros vela, a su manera, por que la infantil equiparación animalista de las especies no derribe de un manotazo la incierta edificación por los humanos de la dignidad del Ser.
Hace poco murieron muchos miles de nuestros allegados, amigos y semejantes en situación de aleatoriedad, de soledad y de indiferencia. Añadieron los demagogos: «como animales». Pero toda muerte es genéricamente animal. En cambio, la aleatoriedad, la soledad y la indiferencia definen demasiado a menudo la trágica especificidad de la muerte humana. Nunca se le ocurrió al implacable ciclo orgánico de la vida y de la muerte imaginar que algún día una especie llegaría a saberse mortal, condenándose así a un destino absurdo. La pandemia nos devolvió tan brutalmente a nuestra insignificancia de ejemplares desechables de la especie que desarboló por un tiempo el entramado de los consuelos con que la sociedad trata de aliviar la hora del trance. Todos intuimos que aquellas muertes, más epizoóticas que epidémicas, violaban la condición humana, la de quienes las padecieron y la de todos.
 
Nunca como entonces apareció tan diáfano el significado de la corrida de toros. En el ruedo, el toro «debe» morir y el torero «puede» morir. Ninguno de los dos elementos tiene el menor sentido sin la presencia del otro. Porque es la escenificación de una jerarquía fundada sobre la excepcional particularidad y dignidad de la vida humana. Como el animal, el hombre es mortal, pero nunca debe morir como un animal. Nótese que en esto, la corrida de toros es la negación de la guerra. El torero es el héroe catártico por excelencia. Celebra y encarna el carácter heroico que define, desde que nos supimos mortales, toda existencia humana realmente consciente de sí misma y sobrellevada con dignidad. La especial euforia que nos embarga tras la faena redonda a un toro que lo sea, difiere del grato sentimiento que sigue la lectura de un buen libro o la contemplación de un Caravaggio. En ese caso nos sentimos más ricos. Tras la faena ejemplar, nos sentimos más vivos.

 
Crepúsculo

Especial San Fermín. Franco y los toros





(Hasta el año de 1975, la Educación para la Ciudadanía, la única asignatura que nunca ha faltado en el menú del escolar español, señalaba el 1 de Octubre como el Día del Caudillo. La Enciclopedia Álvarez, intuitiva, sintética y práctica, Tercer Grado, lo glosaba así: El Jefe del Estado. El Jefe del Estado Español es el Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde, iniciador del Alzamiento Nacional. Por sus excepcionales dotes militares y de Gobierno, Franco fue elevado a la Jefatura del Estado el día 1 de Octubre de 1936.)


"YO PIENSO QUE DEBE TOREAR EL QUE GUSTE AL PÚBLICO"


Por Armando Chávez Camacho

Misión de Prensa en España, 1948

MADRID

En papel membretado, con el escudo de España arriba, el documento rezaba:

"Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos se ha servido señalar la hora de las 10,45 del día 8 de Octubre de 1947 para recibir a V. I. en audiencia, en el Palacio de El Pardo. Dios guarde a V. I. muchos años."

Firmaba el Comandante Fernando Fuertes de Villavicencio, Jefe de la casa Civil. En el margen se leía: "De chaqué o uniforme."

Hicimos avisar que carecíamos de chaqué y que no nos asistía el menor derecho para portar ninguna clase de uniforme.

Y el día indicado, a hora oportuna, con un simple traje oscuro nos trasladamos a El Pardo, vieja residencia de caza de los reyes españoles situada en las afueras de Madrid.

Al llegar a los amplios terrenos del Palacio se detuvo el coche, un oficial recabó nuestro nombre, lo confrontó con la lista que traía en la mano y nos dejó entrar.

A la puerta del edificio nuestro paso fue saludado por los soldados presentando armas y por la guardia mora inclinando lanzas.

Otro oficial nos acompaña hasta los salones del piso superior -muebles antiguos, gruesos tapetes, profusión de tapices con dibujos de Goya- donde nos recibe gentilmente el Comandante Fuertes, quien hace gratos recuerdos de Díaz Lombardo y Carcho Peralta, y nos pide se los transmitamos.

Breve y agradable charla, y ya estamos, por fin, en un despacho de regulares dimensiones, sentados en cómodo sillón junto a un escritorio lleno de papeles, todo presidido por un crucifijo. A un metro de nosotros, vestido con el uniforme de Almirante de la Marina española, se sienta en otro sillón el hombre que desde hace once años se ha instalado en las primeras planas de los periódicos de todo el mundo. Es el general don Francisco Franco y Bahamonde.

Nos ha tendido rápidamente la mano, y ha sacudido la nuestra con energía y efusión. Frente a su sencillez cordial, desprovista en absoluto de aires marciales y posturas solemnes, tomamos el asunto con cierta confianza que no amengua el respeto, pero que nos permite hablar a nuestro gusto, preguntar lo que deseamos y decir lo que sentimos, sin cuidarnos ni del protocolo ni del reloj.

LA MISMA LEGISLACIÓN

-La legislación en vigor -nos dice- es sensiblemente la misma de la República, incluyendo disposiciones de la época de la Monarquía.

Cita el caso de los Códigos Penal y Civil, y agrega:

-Salvo en materia laboral, en la que vamos a dar al mundo la sorpresa de presentar todo un cuerpo importante de legislación. Porque el Estado Español de hoy es eminentemente social.

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

El general Franco describe los aspectos político y social de la situación que prevalecía en España antes del movimiento que él encabezó, dedicando preferente atención al segundo aspecto.

-Los líderes obreros españoles fueron desbordados por las masas, manejadas y dirigidas éstas por extranjeros, desde afuera, al servicio de la Segunda Internacional de Ámsterdam y de la Tercera Internacional de Moscú. Estallaban las huelgas, paralizando las grandes industrias con perjuicios gravísimos no sólo para los empresarios, sino también para los propios trabajadores, para el pueblo en general y para la economía del País.

Sigue:

-José Antonio lo vio y me lo dijo: esto va hacia el caos. España no se hundirá en el desastre, le contesté, porque el Ejército lo impedirá. ¿Cuándo?, me preguntó. Yo le expliqué cómo el Ejército no podría intervenir sino hasta el momento en que su intervención no pudiera ser tachada de política, y su acción resultara definitiva para la salvación de España. Cuando ya no haya Gobierno o el Gobierno esté en las calles -le dije- es ésta la consigna para la juventud: presentarse en los cuarteles, que el Ejército sabrá responder.

EL HECHO RUSO

-El hecho ruso (Franco nunca alude a Rusia, en concreto, como nación), el hecho ruso es susceptible de interpretación, pero no puede ser negado, porque negando los hechos nada se gana. Y el hecho ruso no se resuelve con la pura fuerza.

-¿No cree usted, general (siempre le llamamos general, nomás), que las bombas atómicas ayudarían?

-Por supuesto que ayudarían, pero el hecho ruso no podrá ser resuelto sino con justicia social. Rechazamos el comunismo porque entraña un materialismo ateo y brutal. Pero no sería una buena solución para el mundo que de una nueva guerra surgiera triunfante un capitalismo que es la esclavitud del hombre y la negación de sus derechos. Se debe dar satisfacción a esas legítimas aspiraciones de los trabajadores que el comunismo aprovecha y explota, y que explican que el hecho ruso se extienda a diversos países en forma de grupos organizados que pueden actuar como quintas columnas.

MARTÍNEZ BARRIO, SÁNCHEZ GUERRA, PRIETO

-A Martínez Barrio lo conozco porque alguna vez tuve que tratarlo con motivo de que ocupó provisionalmente la Cartera de Guerra, durante la República. Es un hombre que tiene cierta simpatía, pero adentro no hay nada. Está completamente hueco.

Saltando sobre Llopis, Álvarez del Vayo, Irujo, etc., a los que ni siquiera menciona, se detiene en Sánchez Guerra:

-Su propio padre opinaba que Rafael Sánchez Guerra no servía para nada. Y no se equivocaba. Sánchez Guerra es muy tonto. Por encargo de su padre lo tuve a mis órdenes. Después trabajó con Don Torcuato Luca de Tena, en ABC. Y don Torcuato me decía: es curioso este don José Sánchez Guerra: muy decente, muy correcto, pero yo tengo que mantenerle al hijo, pues le pago sin que haga nada.

Ahora la emprende contra Indalecio Prieto, el hombre que con su labor hace más bien a Franco en lo político, según se considera entre muchos españoles, llegándose a decir que si Prieto no está a sueldo de Franco, lo parece.

-Indalecio Prieto -afirma Franco- es un politicón. Desde su humilde origen se elevó como líder obrero, y después se vendió a los capitalistas. Fue bueno su papel en la oposición, porque la crítica negativa no cuesta trabajo. Pero en los puestos de gobierno que ocupó no hizo nada constructivo. Y ya no tiene ninguna significación entre los trabajadores españoles. Cuando hace dos años estuve en Baracaldo, cerca de Bilbao, población obrera por donde Prieto fue siempre diputado, al mezclarme con el pueblo y ver que el pueblo se mezclaba conmigo, pregunté: ¿Dónde está la gente que era de Indalecio Prieto? Es ésta misma, me respondieron. Prieto es un hombre, pues, que ya no arrastra a los obreros. Porque, además, en 1936 se dejó arrastrar y desbordar por los comunistas.

GIL ROBLES

Así lo juzga el general Franco:

-Gil Robles fue un hombre de ocasión. Hubo un momento en España en que las derechas necesitaban organizarse, y Gil Robles las organizó. Jugó la carta posibilista de la colaboración con la República. Pero no se ha dado cuenta ni de que esa carta ya se perdió, ni de que después ya se jugó otra carta y que ésta se ganó. Al estallar el movimiento, algunos jóvenes acudieron a Gil Robles en demanda de orientación. Y él les aconsejó que no se metieran sino que dejaran que los rojos y nosotros nos despedazáramos, para surgir él, entonces, con su grupo, y tomar el Poder. Disgustada, la juventud lo abandonó. Un día Gil Robles llegó a Burgos. Mola me llamó por teléfono, diciéndome: "Estoy en un compromiso; como hay muchas gentes que creen que Gil Robles tiene responsabilidad en que la guerra se haya producido, lo quieren matar". Yo le contesté a Mola: "No hay ningún compromiso; tomas las fuerzas que necesites y salva a Gil Robles, pero dile que obre con discreción". Se fue Gil Robles a Portugal, y desde allí nos estuvo ayudando muy bien, porque tenía muy buenas relaciones. Pero luego empezó a mirar hacia el extranjero en busca de una solución para España, sin advertir que después de haber conquistado nuestra liberación con tanta sangre y tanto sacrificio, nunca habríamos de someternos a presiones extrañas.

A LA VUELTA DE LA DEMOCRACIA

El general Franco aborda el tema de la democracia, en estos términos:

-Ahora se habla de la democracia, pero nosotros ya la conocimos. Fue antes de la invasión francesa y de las Cortes de Cádiz. Y aquí no dio resultado. Cuando otros van hacia la democracia, nosotros ya estamos de vuelta.

Y luego, con agudo sentido del humor:

-Pero estamos dispuestos a sentarnos en la meta para esperar a que regresen.

EL CONFLICTO TAURINO

Viendo a Franco lleno de vida, colorado, juvenil, le preguntamos:

-¿Por qué permite, general, que se exhiban en las oficinas públicas una pintura de usted en la que aparece como un anciano? La vimos en el despacho del señor Girón [de Velasco], y como antes estuvimos muy cerca de usted en Alcalá, se lo hicimos notar.

Riéndose, nos contesta:

-¡Qué quiere usted! Son los artistas.

El apellido del Ministro de Trabajo nos sirve para introducir en la conversación el asunto taurino entre México y España.

-Yo era aficionado cuando era persona -dice riendo otra vez.

Interrogamos:

-¿Cree usted que en ese conflicto hay en juego muchos intereses?


-Claro -nos contesta-. Por eso le dije a Girón: "¿Para qué aceptaste intervenir en eso?" Yo pienso que debe torear el que guste al público y que ésa es la solución.

Martes, 7 de Julio

Valle deEsteban

El confín

lunes, 6 de julio de 2020

Las “boqueás” de la Segunda

El Cádiz de Irigoyen y Mágico en Burgos

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Sabido es que la liga en Primera es una carrerita en la que el Madrid y el Barça van en moto y los otros dieciocho participantes en bicicleta. Alguno de los dieciocho hasta con la rueda pinchada. Carece de emoción, pues,  y en Córdoba o en Burgos lo mismo debe darnos que la gane uno u otro pero, ¡claro!, a los que nos pierde el fútbol no podemos sustraernos a esta peste que ha traído el VAR y que es más hedionda aún en la Segunda División, deficitaria en calidad pero con la emoción que requiere este espectáculo que amenaza con dejar de serlo.

     Lo apretado de la clasificación y los caprichos del instrumento manejado con insospechada ignorancia o disimulada perversidad (uno no sabe a qué carta quedarse ante tanto retorcer lo evidente)  puede imposibilitar subir a Primera, dejar fuera del play off de ascenso al que mete goles buenos, arreglar una mala temporada con dos o tres penaltys a tiempo y lo que es peor, arruinar el futuro de un club, mandándolo a 2ªB porque, como dice Lucas Alcaraz, entrenador hijo de comunista, “a Zozulya está prohibido pitarle un penalty”. De Zozulya se dice que es nazi por ser de Ucrania, donde Stalin condenó a morir de hambre a cinco millones de ucranianos. Cualquier día de éstos, Lucas, que es pragmático y se confiesa siempre empleado del club que le contrata -van más de una docena-, optará por no poner a su delantero centro por buscar la complacencia del VAR y es posible que se salve a costa del Oviedo, al que también desquicia el invento, o del Málaga o el Numancia, a los que he visto cómo el ojo del árbitro del brujo-monitor miraba en momentos decisivos con benevolencia.

    El Deportivo, que tiene a mi parecer mejor equipo que el Cádiz, líder, no se va a salvar por el VAR, sino por su calidad, que imagino decidirá al final y los aficionados coruñeses perdonarán la abulia con la que se ha presentado su equipo en muchos partidos. Al Rácing y Extremadura que vimos descendidos hace veinte días, añado al Lugo, al que el VAR tiene entre sus víctimas. Casi siempre perjudicado y al que no le redime el reconocimiento de sus rivales como cuando Eguarás, capitán del Zaragoza, confesó, que sí, que hubo mano previa en el gol.

     Quiero que suba el Cádiz. No tiene la plantilla que tiene el Huesca, al que yo veía en Primera a comienzos de temporada pero tiene un sistema mejor asentado que el del Zaragoza mucha más estabilidad que el Almería, del que ya hemos dado cuenta de los caprichos presidenciales. Al ascenso directo quieren llegar el Rayo y Gerona, pero se han dejado muchos puntos por el camino y son muy poco fiables en defensa. Está más o menos claro que Cádiz, y entre los dos maños van a estar los dos puestos de ascenso.

    Al Zaragoza el VAR le da muchos penaltys y decide a su favor en caso de duda, pero yo no veo al histórico club con la calidad que se presupone para subir a Primera. Luis Suárez tiene talento y un instinto asesino que mantiene al equipo junto a un joven Raúl Guti que no sé aún si es muy bueno o sólo lo parece... Y es que no veo los partidos como Dios manda. Voy de la Primera a la Segunda cada cinco o diez minutos dependiendo del interés y no hay hora en la que no me rebote con el dichoso VAR. El último con el Mirandés, al que se le ha desinflado la opción del play off más por sus carencias que por culpas ajenas, pero ante el Fuenlabrada ganaba 1/2; en el minuto 94, Anderson remata a gol con Jeisson en posición de fuera de juego junto al portero rojillo Lizoaín. El árbitro lo anula, pero el VAR le avisa. “No lo va a dar” me digo. “Si no dio el de Januzaj, ¿cómo va a dar éste que está al lado del portero?” En verdad, a mí me parece que esas posiciones de delanteros que no intervienen tendrían que obviarse... y es lo que hizo el VAR de Fuenlabrada. Conforme piensa un servidor que es el fútbol, pero haciendo lo contrario que el VAR de San Sebastián.

     ¡¡Ah!!, los penaltys del VAR en Segunda es un ejercicio de tal discrecionalidad -vean este Fuenlabrada-Mirandés sin ir más lejos- que no podemos menos de sospechar lo señalado más arriba. Ignorancia, que malo, o perversidad, que... dejémoslo ahí...

¡En Bilbao y sin comer!

Sprint de Isco
(Nos quedamos sin ver cómo juega sin comer)


Ignacio Ruiz Quintano
Abc
    
Venir de ganar de penalti al Getafe (“Getafe es nombre caro a nosotros, los del 98” dijo un día Azorín) y marchar a Bilbao para ganar de penalti al Athletic… ¡a la hora de comer! ¿A qué estamos, a cocochas o a penaltis? Quitarse de comer para fijarse en el fútbol-sala de la Liga de “la Coviz” no es plan: hay que tener los abazones de Iñaki López (esas bolsas carrilleras donde algunos privilegiados pueden guardarse la comida) para aguantarlo.
    
Gane quien gane la Liga de “la Coviz” (la ha ganado Zidane, que es quien mejor se mueve en lo paranormal), es un título que sólo añadirá lustre a la estadística.
    
No fuiste mucho a clase –contestó, chulapón, el Einstein español, Simón, a una periodista que no entendía los números del licenciado baturro, que se ha fumado unos veinticinco mil muertos de la pandemia.

    Al tratarse de un tema divertido, el periodismo serio redacta: “El momento cómico llegó cuando Fernando Simón preguntó a la periodista: ¿En periodismo no se estudiaba estadística? La periodista contestó que sí, y entonces Simón pronunció la frase “Pues no fuiste mucho a clase”, que provocó las carcajadas (¡las carcajadas!) de todos los presentes”.
    
Todo el mundo dice que hay que enseñar estadística, pero ¿cómo hacerlo? –anota Pulitzer en su plan de estudios para Periodismo–. Nada miente como las cifras, a excepción de los hechos.
    
Simón es nuestro experto (según la Ley de Bohr, un experto es la persona que ha cometido todos los errores posibles en un campo de estudio limitado), al menos para el periodismo, y como experto nuestro que es nos exige competencia en estadística, que, según la Ley de Griffin, es un método lógico y preciso para decir una verdad a medias con toda exactitud. El caso, como dice Simón, es no perder la calma, con lo cual se pierde la vergüenza, que una vez perdida… vale lo mismo que las estadísticas, el 98 por ciento de las cuales, y con arreglo a la primera regla de las matemáticas aplicadas, es inventado.

    –Las estadísticas son como los testigos con experiencia: prestan testimonio a las dos partes.
    
Durante el confinamiento de “la Coviz” todos nos hemos preguntado más de una vez cómo hemos llegado hasta aquí, siendo “aquí” un mundo cuya única cultura es el fútbol, un juego que los diplomáticos ingleses mostraron a un emperador chino que puso cara de estar viendo jugar a Isco y comentó: “¿Por qué no dan un balón a cada uno y acabamos antes?”
    
El ideal del Estado de Bienestar es, visto por Dalmacio Negro, el “panopticon” benthamita: su obsesión es la economía, y reduce la política a la estadística, mediante la informática y sistemas fiscales que presuponen que todo es estatal, desde el dinero al trabajo, con el pretexto moral de distribuirlo equitativamente.
    
La pandemia nos ha consumido de tal manera que sólo nos ha dejado un bien de Estado: el fútbol.
   
Del fútbol total que nos proporciona el Estado total proviene también el único grito subversivo que nos está permitido: “¡Las estadísticas están para romperlas!” No hay entrenador al que uno no se lo haya oído alguna vez. Era una de las frases-bandera de Antic, al que Mendoza echó del Madrid rompiendo la estadística que aconseja no tocar lo que funciona: el equipo era líder, pero jugaba mal, que en cualquier caso siempre era más que a lo que juega ahora el Madrid, que lo “ves bascular en las transiciones” (concepto que una vez le oí al político López Garrido, que sujetaba una pulguita de jamón con pinza de pulgar y anular en el palco del Bernabéu) y caes en el teorema de Ginsberg: 1) Usted no puede ganar 2) Tampoco puede empatar 3) Ni siquiera puede abandonar el juego. Corolario: En Bilbao y sin comer, ¡todos al VAR!

Sprint de José Donato

PANCHO ISCO

    Ves a Isco competir y te acuerdas de la báscula de Solari en un rincón. Y si cierras los ojos, te imaginas a Pancho Puskas embutido en la camiseta de Isco (que en Bilbao no salió por la hora de comer) y ajustando la bola a su pum-pum. ¿Qué no haría Puskas en esta competición de fútbol-sala disputada a ritmo de José Donato Pes Pérez, cuyo “trote cochinero”, inmortalizado por García, pasa por galope tendido de Ben Johnson? Para ser sinceros, uno cambiaría a Benzemá por Ronaldo el Auténtico, y con su peso actual. Pero Benzemá juega por lo bien que “baja a recibir”: los contrarios lo saben, y le torean como los niños malos, que tocan el timbre del portal para que el aludido baje a recibir, y salen corriendo, cosa que él nunca hará. El único ciudadano europeo que no parece preocupado por el alargamiento de los plazos de jubilación es Benzemá. El fútbol debe avanzar como la sociedad, y si la sociedad va a demorar, por la crisis, las jubilaciones, los futbolistas han de prolongar su actividad como los panaderos, los metalúrgicos o los Lucas Vázquez.

El año que vivimos milagrosamente

Pilar Cañada

 Ignacio Ruiz Quintano
Abc
19 de noviembre de 2000

«Nixon, que estaba muy preocupado con la situación en España, me dijo: 'Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que acontecerá después de él.' Franco me recibió en pie. Me dijo: 'Lo que interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no? Siéntese, se lo voy a decir. Yo he creado instituciones y nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España.' Yo le dije: 'Pero, mi general, ¿cómo puede estar usted seguro?' 'Porque yo voy a dejar algo que no encontré hace cuarenta años.' Yo pensé que iba a decir las Fuerzas Armadas, pero dijo: 'La clase media española.' Se levantó, me dio la mano y ya había terminado la entrevista.» 
 Vernon Walters, militar y diplomático norteamericano, en ABC, 15 de agosto de 2000.


Como todas las clases medias, la clase media  de 1975 tendía a creer que todo lo que había en el universo era fruto del azar y de la necesidad, o lo que en buena prosa sociológica se llama vivir milagrosamente. 1975 fue el año en que vivimos milagrosamente. ¿Y qué había en el universo español de 1975? ¿Cómo vivía una clase media sin bingo ni casino, sin divorcio ni autovía, sin video ni cine x, sin móvil ni tarjeta, sin cajero automático ni inglés, sin fax ni compact-disc, sin láser y, por supuesto, sin PC?

En el mundo de 1975 había, para empezar, una gran excitación. Verbal, por supuesto. Las necesidades parecían políticas, y los azares, económicos. A falta de hechos diferenciales, la clase media discutía de hechos vivos, aunque la economía y la política las tomaba el español corriente como vinieran, pues en el fondo sólo le interesaban para distraerse. Quién más, quién menos, todo el mundo aspiraba a seguir viviendo del milagro, que era el recurso más económico de una sociedad rígidamente gobernada por la tradición y la costumbre del verbalismo autoritario. Actuar de acuerdo con lo que los que mandan esperan de ella ha sido históricamente la estrategia de la clase media para defender su supervivencia.

A diferencia de las demás clases, la clase media de 1975 sabía que tenía algo que perder, y el orden y el temor al desorden presidían mentalmente el centro de su universo, si acaso alterado por el ímpetu juvenil de algún joven lector de Lenin que arrojaba  octavillas en la boca del Metro como para evocar la «toma del Palacio de Invierno». En el invierno de 1975, sin embargo, ningún joven había podido ver El acorazado Potemkin, la piadosa película de Eisenstein que, tras cuatro décadas de prohibición, sería repuesta en Madrid en el verano del 77, un año después del estreno en Barcelona de El gran dictador, de Chaplin. La cartelera madrileña, al no poder programar más que títulos de una moral purísíma, iba proyectando, por exclusión, una cinematografía terriblemente inmoral para mayores de dieciocho años: ¡Ya soy mujer! (Summers), Pippi lo pasa pipa (Pippi Langstrumpf), Apasionada (Ornella Muti), Venga a tomar café con nosotras (Ugo Tognazzi), y así. El cine de compromiso más íntimo estaba en Perpignan y se llamaba Emmanuelle: todo el mundo se enamoró con frenesí de Sylvia Kristel, y la clase media viajaba para verla con esa ansiedad que exhiben los futbolistas ingleses cuando acuden a rematar un córner. Al mismo tiempo, en Cáceres, un guardia municipal se procuraba su cuarto de hora de gloria moral obligando a retirar de un escaparate La maja desnuda de Goya, a su juicio «indecente y pornográfica». Y la censura publicitaria prohibía el lanzamiento de una bebida refrescante que llevaba por lema «Haz el amor y no la guerra». Estaba visto que, si alguien quería saber algo del amor, no tenía que interrogar a un poeta, sino a un médico. Algo de todo esto empezaba a deslizarse en la estadística, como, por ejemplo, la edad media de la maternidad de las españolas, que iba en aumento. Año Santo, el de 1975, que también fue declarado Año Internacional de la Mujer, o de «la santa», como la llamaba el español de toda la vida. La inglesa Margaret Thatcher ganó la presidencia del Partido Conservador, la japonesa Junko Tabei coronó el Everest y la norteamericana Patricia Hearst, víctima de aquella suerte de blanquismo de los sesenta para gente acomodada y con remordimientos por su desahogo económico, fue arrestada por la policía.


Patricia Hearst

En España, al referir la influencia de la causa juvenil, los cronistas exageran hasta encontrar el idioma castellano casi insuficiente, pero, en realidad, la causa de aquella juventud acomodada que dormía con el póster del Che respondía más al primer nihilismo de la abundancia que a la última crisis del capitalismo. La sociedad se había convertido en un muestrario de «copias infieles de originales inútiles», y, al final, la mayoría no halló mejor manera de librarse de sus obsesiones que proyectar sus sueños en una actividad nueva: el consumo. Fruto del azar o de la necesidad, el consumo constituyó el mayor de los milagros, aunque luego a todo el mundo le ha hecho ilusión apropiarse del comentario del duque de Wellington acerca de la batalla de Waterloo: «Fue algo extraordinario. Creo que si yo no hubiera estado allí no habríamos ganado

Consumir, ¿para qué? Para estar a la moda. La moda era el enigma de moda. Lenguas y plumas llevaban mucho tiempo tejiendo cuentos mágicos sobre el consumo, y los más optimistas adornaban sus cenas sociales con las amables teorías de Alvin Toffler en El shock del futuro. Claro que, ¿cómo combinar un salario mínimo de doscientas ochenta pesetas al día y una inflación del diecisiete por ciento al año? Todo era contar las habas contadas. Un dólar, cincuenta y cinco pesetas. Aun así, en 1975 nadie quería apearse de una convicción general según la cual Dios se había propuesto enriquecer a una clase media que ya comenzaba a tener muchos empleos -el «pluriempleo» se erigió en género costumbrista- y una cosa clara: ningún pobre daba trabajo.

La España oficial jugaba al asociacionismo, pero la España real se apuntaba al creciente individualismo, que era un hecho vivo, y, si había un hecho vivo, había que proceder inmediatamente a su «estructuración». En un santiamén, la clase media pasó del latín al estructuralismo -«más fútbol y menos latín», recomendaba el risueño Solís-, y en otro santiamén, del estructuralismo a un individualismo balbuciente, pero posesivo. Se trataba, al parecer, de que la gente comiese más y vistiese mejor, y por eso el economista Estapé puede decir que «la transición la hizo el 600».

Había que ver la publicidad de 1975. Coches: «Particular. Vendo Seat 600-D, M-780000, como estreno. 39.000 pesetas.» Servicio doméstico: «Doncella fina. Ofrécese.» «Chica todo, salmantina, colocaríase.» «Castellana sabiendo obligaciones, ofrécese.» «Mozo comedor, informado.» «Muchacha todo, gustándole niños, colocaríase.» Viajes: «Excursiones a Moscú. 15 días de duración, hotel de primera categoría, avión reactor.» «Este año Rumanía. ¡Auténticas vacaciones para todos! Ruta conde Drácula y Moldavia, 19.850 pesetas. Tratamiento de geriatría, doctora Ana Aslan. Clínica Otopeni, 56.950 pesetas.» Inmobiliaria: «Su chalet en Madrid. Modelo Colmenar. 5.950.000 pesetas, incluida parcela ajardinada de hasta 1.250metros cuadrados. Facilidades de hasta doce años.» Varios: «Inspector de cuentas incidentadas. Morosos.» «Vendo retablo barroco.»

La clase media trasnochaba como en Madrid y madrugaba como en Burgos. Se dormía poco. Se viajaba menos. No se conocían la bulimia ni la anorexia. Gastronómicamente, la panzada seguía siendo la ortodoxia en la mesa. La crítica, única arma eficaz contra las ortodoxias, estaba, dentro de lo que cabía, en la prensa -«el Parlamento de papel», decían los ases de la palabra-, donde todas las cuestiones sociales hallaban cobijo en forma de encuesta. Cuestión del día 31 de diciembre de 1975: «¿Cree que las nueve de la noche es buena hora para el Telediario, o le parece más lógica las nueve y media?» Respuestas: «El mejor horario sería a las nueve y media, porque solemos salir de trabajar tarde y el Telediario es una de las cosas buenas para ver.» (María Dolores Liébana, peluquera.) «Me da igual a una hora que a otra. El Telediario me tiene sin cuidado, porque no lo veo nunca. Lo que a mí me interesa son únicamente los deportes.» (Miguel Morón, camarero de hotel.)

Para los españoles como Morón, el año 1975fue bueno. Fuera, los gallos eran Eddy MercksEmerson Fittipaldi y, por supuesto, Johan Cruyff, Balón de Oro con el F. C. Barcelona, aunque la Liga y la Copa fueron para el Real Madrid. La Liga, un paseo. Y la Copa, una final extraordinaria, resuelta por penaltis, entre los dos equipos de la capital. Miguel ÁngelUríaTouriñoCamachoRubiñánDel BosquePirriVitoriaAmancioSantillana y Roberto Martínez jugaron en el Real, y en el Atlético, ReinaEusebioBenegasDíazMarcelinoAdelardoIruretaAlbertoLealGárate y Becerra. Socialmente, el carisma deportivo se lo disputaban el boxeador Perico Fernández y el piloto Ángel NietoMariano HaroManuel OrantesJosé Manuel Fuente, los hermanos Doreste y Santiago Esteve completaban el retablo deportivo de TVE, que abría sus emisiones a las 13,45, con la Carta de ajuste, y las cerraba a las 23,30, con Reflexión, despedida y cierre. El programa estelar, y en color, era el Telediario, concebido como aquel personaje de Galdós que escribió «la historia lógico-cultural de España» no como ella fue realmente, sino como debió haber sido. El Telediario tenía una oportunidad: la de ser puntual. Y una eficacia: la de declarar tabú todas las cuestiones que tocaba.

Tocar lo que el Telediario había tocado suponía hablar siempre a media voz, veladamente, esquivando la claridad. Tráfico clandestino de personas, en su mayoría norteafricanas y portuguesas, por la frontera de Irún hacia Francia. Estallido del caso Sofico. Rebajas de penas en el Proceso 1001. Suárez, nombrado secretario general del Movimiento. Muerte de Onassis. Nacimiento del ECU -Europeart Current Unity-, moneda de la Comunidad Económica Europea. Karpov, campeón del mundo de ajedrez por incomparecencia de Bobby Fisher. Caso Matesa. Torrente Ballester, académico. Estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa. Caída de Saigón. Tumulto en el Ateneo de Madrid por el libro El varón polígamo, de Esther Vilar. Proceso a la Baader-Meinhof. Los emigrantes envían a España ochocientos millones de marcos. Gerald Ford en Madrid. Retirada del pasaporte a los abogados Felipe González y Enrique Múgica. Inauguración de la electrificación de la linea férrea Madrid-Guadalajara, con la que termina la tracción de vapor en los ferrocarriles españoles. Muerte de Dionisio Ridruejo. El periodista Huertas Clavería ingresa en prisión por un reportaje. Crimen de Los Galindos. Secuestro judicial de los semanarios DestinoPosible Cambio 16. Ejecución de dos terroristas de Eta y tres del Frap. La película Furtivos, Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Olof Palme pide dinero con una hucha para la oposición española. Comienza la Marcha Verde. Franco, aquejado de una afección gripal. Prohiben a Víctor Manuel actuar en Asturias. Liberados Camacho y los demás encartados en el Proceso 1001. Asesinato de Pasolini.

El miércoles, 19 de noviembre, la clase media cenó viendo el capítulo Carola, de la serie Este señor de negro, de Mingote y Mercero, antes de arrellanarse en el sofá para ver en familia La hora de..., un programa de Valerio Lazarov entre el ultraísmo pop y el  colorismo acid que aquella noche estaba dedicado a Julio Iglesias. Por un día, la metáfora tradicional del mundo como escenario se había trasladado al hogar. Las diez era la hora de estar en casa, y La hora de..., las diez y media. Sin embargo, se interrumpió la programación, y en la pantalla apareció Pilar Cañada, la locutora de continuidad que impregnaba de glamour cualquier imprevisto, ramoneando los comunicados oficiales como las jirafas las hojas llenas de savia, Y apareció para comunicar la suspensión del programa de Julio Iglesias, que fue sustituido por la película Objetivo Birmania. Y como la sombra del padre de Hamlet cruza por la terraza del castillo de Kromborg, así la sombra de un Régimen -¡el Régimen!- pasó en aquel momento por el salón de la clase media, mientras Erroll Flynn se adentraba en la selva birmana con el presagio de una era desaparecida para siempre. Los más jóvenes hoy ya sólo recuerdan que al día siguiente no hubo colegio.

Ornella Muti