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martes, 21 de febrero de 2017

Martes, 21 de febrero

Valle de Esteban

Luego sentía a España como una paloma / desecada en un cuadro y pegada con goma.
Alberto Guillén

lunes, 20 de febrero de 2017

Proteccionismo cerebral


Hughes
Abc

Contra casi todo, en España se maneja un discurso parecido. Ya sea la izquierda de Podemos, la izquierda desesperada de Sánchez, la natural rechifla ante el caso Noos, el nacionalismo, los movimientos contrarios a esta integración europea, las formas que adopta la derecha en el continente, o, finalmente, la titánica proeza de Donald Trump… De casi todo lo que no sea, estrictamente, marianismo institucional (en coalición con la arquitectura progre que el PSOE muriente de González-Guerra dejó y que él hereda, vía sorayismo) se dice lo mismo: es populismo. Todo es populismo.

Y entre los argumentos, sin matiz y sin distinción, que se aportan, es habitual hablar de internet. Se habla de los efectos políticos de la tecnología con auténtico espanto. Como si hubiera una academia socrática o algún circulo de Viena (de la cafetería Viena) arrasado por los bárbaros opinadores. Esto en España es muy marcado entre los opinadores salonards, que detentan las columnas y la opinión desde tiempos inmemoriales (bueno, inmemoriales no, desde el tardofranquismo y desde el postfranquismo giróvago).

Internet y las redes sociales probablemente estén acabando o transformando de un modo definitivo las empresas periodísticas, pero ése es otro tema. Lo que me asombra y no dejo de escucharlo, incluso desde tribunas, así llamadas, liberales, es el argumento contra democratización de la opinión, de la información, etc. Esto no es malo, no puede serlo de ninguna manera. Y si lo fuera, hay que asumirlo porque es expresión de la libertad económica. De Twitter y las redes sociales me llama la atención lo rápido que reproducen en la red lo que tenemos fuera. Creo que el fenómeno de la tertulia tiene su reflejo en la chupipandi cibernética. Es como su espejo. Son redes solidificadas, antilibertarias, duras. Poco plásticas. Pero siendo así, y siendo inequívocamente español el resultado sectario que ha deparado nuestro uso de internet, bendito sea.

Los argumentos elitistas en España suelen ser mantenidos por gente de un nivel inexplicablemente bajo. Con la perpetuación de ese punto de vista anacrónico, España se va a convertir en un búnker postfranquista, y la derecha española en una anomalía europea. No se puede ir contra la democracia anglosajona, ni contra la expansión de la tecnología. Cualquier ser humano que se tenga por liberal o propenso al liberalismo, ha de aceptar esos dos elementos. Estoy enamorado de la fea palabra “disrupción”. Por trumpiana y por schumpeteriana. Recordarán: el proceso de crecimiento económico lo explica la creación del empresario creativo. Toda innovación destruye. Todo negocio emergente acaba con otros.

La disrupción es parte del proceso de la libertad económica y debería serlo de la política. Me hace gracia lo que leemos en España. Contra cualquier propuesta bilateral, o cualquier retoque a la globalización de tipo arancelario que propone Trump, surgen voces llamativamente agudas: ¡Autarquía! ¡Autarquía! Los que aquí en España se escandalizan por una medida proteccionista en el comercio del latón, proponen algo mucho peor: proponen el proteccionismo intelectual, cerebral, la barrera de entrada neuronal, la democracia de los salones, la colusión político-periodística. La ruina democrática (que en España toma la forma oculta y creciente de deuda y de gap educacional) y la crisis del periodismo, condenado al mortecino papel de suplemento del BOE.

Si populismo es democracia americana, democracia inglesa, representación política de las clases bajas, integración, internet a tutiplén, combate de la inteligencia, alternativas morales, free speech, y humildad política, entonces sí, viva el populismo.

El caño y la trinchera


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El espíritu del Bernabéu, y esto lo tenemos visto (y dicho) más de una vez, es el espíritu de Las Ventas del Espíritu Santo, o sea, un espíritu importante, como se dice de las faenas de Julián López, el torero de San Blas a quien el ministro Méndez de Vigo (hay quien le llama Méndez de Lugo) ha distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que un día sirvió para distinguir, por ejemplo, a Rafael de Paula.

    –Arte –decía Rafael de Paula el otro día en la presentación de un libro de su hijo en Sevilla–, en el toreo, es lo de Cagancho, lo de este señor (Curro, que estaba allí) y lo de mi menda lerenda.
   
Mi menda lerenda es Rafael de Paula, que ahora, por una fantasía ministerial, comparte Medalla con López, que es como si Cristiano Ronaldo compartiera Balón de Oro con el Tato Abadía.
   
Pero ¿sabe de arte el público del Bernabéu?

    Lo mismo que el público de Las Ventas.

    En Las Ventas y en el Bernabéu el arte es una pose (un postureo), que se queda en el detalle. Ese detalle en los toros es el pase de trinchera, y en el fútbol, el regate con caño, como el que Cristiano hizo a David López el sábado a la hora de la siesta.

    Cuando en Las Ventas un torero se bloquea y no sabe qué hacer, pega una trincherilla (pase de adorno, sin más) y convierte el runrún de desaprobación de la gente en un “¡Ooohhh!” popular, de pueblo sensible al que le ha sido dado ver un prodigio artístico.

    –¡Elástica con caño, no le digo más! –exclaman los “hestetas” de la “hestética”.
   
Definida por su libelista, el malagueño Juan Luis Romero Peche (¡paisano de Isco!), la “hestética” es un fenómeno de desvarío colectivo con reveladores matices de respeto (mal entendido), incultura (bien aprehendida) y elitismo (que ni se entiende ni aprehende, pero se ejerce con demagógico machamartillo).

    –El “hesteta” considera “artístico” a todo lo que procede de lo que sin rubor se denomina “expresión de sentimientos”.
   
Que, en efecto, El Juli pegara un pase de trinchera (yo no le he visto ninguno) llevaría al espectador de Las Ventas a pensar que ese hombre tiene corazón, y un corazón enamorado, igual que el sábado, con la elástica con caño de Cristiano, todo el Bernabéu estalló (¡del caño al coro!) en una locura de alegría desatada al confirmar que su ídolo no es una máquina de goles o un reloj cartesiano de bicicletas, sino… un artista.

    –¡Ese hombre es un artista!
   
En el museo del madridismo posmoderno, entre la palanca de Zidane y el aguanís de Raúl, figura ya la elástica de Cristiano.

    El aguanís de Raúl era una muletilla, su forma de decir con el balón “bueno” y “¿no?”, que son las dos únicas palabras que se le escapan a Raúl. (Cada vez que dice “bueno”, una bendita ánima es liberada del Purgatorio, pero cada vez que dice “¿no?” esa bendita ánima vuelve a ser encerrada.)
   
En cuanto a la palanca de Zidane (la palanca de Glasgow), su principio es sencillo y fácilmente comprensible: tan sólo depende de las posiciones del fulcro (el punto de apoyo que pedía Arquímedes, al que los enciclopedistas colocaban en el pódium de la excelencia al lado de Homero, para levantar el mundo), la fuerza y la resistencia. Es el principio transmitido por Zidane a Casemiro, que culminó su demostración con su gol al Nápoles.




TENER UN PLAN

    Busquets, el mediocentro del Barcelona (y de España), para explicar el 4-0 de Champions en París a manos del PSG, dijo: “Al menos ellos tenían un plan”. Pero ¿no eran estos los del tabarrón con que un equipo grande no depende de nadie, porque lo que cuenta es su propio estilo y sale a imponerlo? Ahora resulta que toda la fenomenología del espíritu que constituye el tiquitaca se desmorona porque un adversario, siendo más modesto, tiene un plan. El plan de Unay Émery, entrenador del PSG, era ganar al Barcelona por 4-0, y lo llevaron a cabo. Pero Luis Enrique, entrenador del Barcelona, no tenía un plan: tenía unos futbolistas campeones tan mastuerzos que ante un contrario que quería meterles cuatro goles no sabían que ellos debían evitarlo. Puestos a tener planes, el Madrid podría plantearse el plan de ofrecer al Barcelona el Bernabéu para jugar la vuelta de París.

Las puertas del Acabose

Emilio Vega presenta a Bittolo

Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Ni vi el partido ni lo escuché por la radio, pero no crean que mi deserción se debe a uno de esos berrinches que atacan a tipos como Luis Enrique que se descarta de boquilla ante la tentación, como el delincuente en el juzgado. He tenido el fin de semana movidito en mis ocupaciones, pero cuando cándidos aficionados me contaban anoche que el Córdoba había mejorado ante el Levante vislumbré el Acabose en un final de liga con buenas sensaciones, dándolo todo, incluso jugando bien, pero... ¡ay, ese pero compañero!,  apestando a derrota y ruina.
      
Otro 3-1. Esta jornada ante el Levante, el mejor equipo de la categoría y como tengo puesto, incluso de más calidad que más de tres plantillas de Primera. Un detalle significativo es el caso de Deyverson y Camarasa, cedidos al Alavés por los granotas, incómodos ante el riesgo de malgastar tanto talento en Segunda División.
     
En mi equipo, el Córdoba, estoy convencido que no se encarga de fichar el secretario técnico, un tal Emilio Vega que en el mundo del fútbol ejerció de defensa leonés. El amo del Córdoba, para quien su club es el “Madrid de Segunda”, entiende en su omnipotente sabiduría que como Florentino Pérez, con quien se asemeja, es él quien debe contratar a los Zidanes y Pavones y rechaza futbolistas con demostrada solvencia en los equipos que al final encajan, con esa chulería que es propia de los júligans mas despreciables. “ ¿Con quien han empatado Charles y Lanzarote?”
    
Veamos el planteamiento conocido de un servidor, un vulgar aficionado que se atreve a opinar por escrito, porque hace muchos años se enteró de que había futbolistas y hasta entrenadores que comulgaban con sus creencias al llegarles, por mano del diablo, mis pareceres. Antes de acabar la temporada pasada, vi que José Gómez Campaña, un centrocampista capacitado para jugar la Champions, recaló en el Alcorcón. No tengo voz ante el amo del Córdoba, pero aconsejé que para la siguiente temporada, en la que estamos, si el Córdoba “era el Madrid de Segunda”, Campaña debía ser nuestro faro. Ayer nos coló un golazo como los que colaba Pantic. Para tocar así la pelota, no basta con el talento. Campaña tiene muchas mas virtudes.
     
El amo del Córdoba no se ha enterado aún de que nuestra mayor necesidad está en el centro de la defensa y a mí me dio de ojo Diego Costas, con el que Berizzo, por uruguayas circunstancias, no contaba y al que el Celta cedió el invierno pasado a un agónico Mallorca. Tocaba haberse dejado la piel este verano para contratarle, pero, ya ven, en invierno ha ido a Oviedo donde sus subidas al área contraria se cuentan por goles. Mire usted, además de defender, golea.
     
¿Y qué decir del cordobés Alfonso Pedraza, al que el Villarreal en agosto buscaba acomodo y lo cedía a aquel equipo que apostara por jugar airoso para que se hiciera el sensacional carrilero zurdo que ya es? El mozo ha dejado en Navidad 300. 000 euros en las arcas del Lugo, porque al Villarreal, su propietario, el Leeds le ha puesto en la mano un pastizal. Me consta que la familia -de San Sebastián de los Ballesteros- estaba loquita por que el chico viniera a casa, pero también me consta que el gran Llaneza arruga el morro cuando oye hablar del amo del Córdoba.
      
Tenía en mi cabeza más jugadores en verano, no me negarán que asequibles para el “Madrid de Segunda”, pero para imaginar la columna vertebral, Costas, Campaña, Pedraza, no hace falta ser un Monchi. Con ver y no mirar el fútbol, basta. Y oiga, tampoco es necesario ganar Champions para jugar en Segunda División. Lanzarote, un poner, desconocido para el amo del Córdoba que lo buscaba en el internet como antiguo componente de las plantillas del Milán y el Barcelona para empezar a tomarlo en consideración. 
       
El amo del Córdoba se cree un lince y está entusiasmado con el Atromitos, equipo que ni a mí me suena, y del que se ha traído un lateral izquierdo que se llama Bittolo, con B, y que por lo flaco que está parece salido del pupilaje de aquel dómine Cabra, que con tanta hipocresía platicaba y tanta miseria arrastraba. 

Codidito madrileño

Avenida de los Toreros

El tiempo recobrado (Proust y la condesa Greffulhe)



Jean Palette-Cazajus

Gran emoción estos últimos días en los medios culturales. Emoción que comparto por entero: se acaba de identificar, con casi total certeza, al inmenso escritor Marcel Proust en una minúscula cinta  de los hermanos Lumière, rodada el 14 de Noviembre de 1904. 

La condesa Greffulhe, fotografiada por Nadar

La secta de los proustianos, de la que me considero un modesto acólito, no para de visionar y revisionar los 3 o 4 segundos en que aparece, vivo y real como la vida misma (perdón, quería decir real como la propia literatura), el autor de “En busca del tiempo perdido”. El documento dura 68 segundos.

Nos muestra el momento en que, tras la ceremonia religiosa, los aristocráticos invitados a la boda de la joven condesa Elaine Greffulhe con el duque de Guiche, bajan la escalinata de la parisina iglesia de la Magdalena. Entre los segundos 35 y 38 un joven con bigote, vestido con abrigo gris claro y tocado con sombrero hongo, adelanta por la izquierda al solemne séquito.

Marcel Proust tenía entonces 33 años. Faltaban 3 para que se decidiera a cambiar para siempre nuestra relación con el tiempo y la memoria. El primer volumen de aquel reto, “Por el camino de Swann”, sólo se publicaría en 1913. Si Proust aparece en la película es porque era amigo del novio a quien le regaló, aquel mismo día...una pistola, por lo visto presentada en original envoltorio decorado con excelentes gouaches. Parece que el particular regalo quebrantó la economía del  escritor que se duele del tema en una carta a otro amigo. Pero por quien perdía literalmente los papeles aquel joven mundano, era por los múltiples encantos de la suegra de su amigo, Elisabeth de Riquet de Caraman-Chimay, condesa Greffulhe (1860-1952), sin duda el modelo principal de la legendaria Oriana de Guermantes.


Antes de un baile de invierno

Bellísima, elegantísima, desdeñosísima, nobilísima, mediatiquísima “avant la lettre”, la condesa Greffulhe no solía exhibirse más de un cuarto de hora ante sus admiradores para mejor preservar su misterio. La adulación de joven burgués judío con que la rodeaba “le petit Marcel” la aburría un poco y en cuanto a su obra literaria confesó alguna vez que entre tal densidad de estilo “se le trababan los pies”.

El caso es que aquélla que jamás hubiese imaginado, en tal día, que de sus prestigiosos títulos, el único inmortal iba a ser el de su futura ficción literaria, también aparece en nuestro precioso documento. Entre los segundos 25 y 30, esbelta, con cintura de avispa y de blanco vestida, del brazo sin duda del padre del novio, la condesa, entonces de 44 años, baja la escalinata con porte de reina y llevándose la mano al aparatoso sombrero.

Pero la cosa no termina aquí. Los incansables detectives de la vida proustiana, han descubierto una carta que el escritor escribió al novio, al día siguiente, para decirle que, la víspera, había hablado con su suegra al pie de la escalinata y “qu’elle avait ri si joliment”, o sea que “se había reído con mucha gracia”. Con lo cual tenemos mucho derecho a pensar que si Proust parece tener tanta prisa en estos brevísimos segundos filmados es porque iba al encuentro de aquella risa cautivadora. De pronto ya no estamos “En busca del tiempo perdido”, sino en “El tiempo recobrado”.

Con el vestido llamado "de los lirios", creación del modista Worth

Yo por lo menos he caído en la trampa. Inoculada la droga de la literatura, vemos leyenda donde solo hay cotidianeidad. Bien es cierto que “leyenda” se refiere a aquello que necesita ser leído para cobrar vida.

Pd. Por parte de madre, la condesa Greffulhe era Montesquiou-Fezensac, “grandeza” de Francia. Tío suyo era Robert de Montesquiou, dandy decadente y amigo del escritor a quien proporcionó el personaje del Baron de Charlus. Por parte de padre era Riquet de Caraman- Chimay, rancia nobleza franco-belga. Por ese lado, era nieta de la famosa Madame Tallien también conocida como Nuesta Señora de Thermidor, una de las pocas y excepcionales protagonistas femeninas de la tormenta revolucionaria. Volveremos un día sobre aquella gran Teresa Cabarrús, extraordinario producto de “mixidad” francoespañola.

En 1883, luciendo un vestido de su ilustre abuela, Madame Tallien

Lunes, 20 de febrero

Valle de Esteban

¡Y no hubo más remedio que triunfar! Pero ¿cómo?
Alberto Guillén

domingo, 19 de febrero de 2017

Suna a las veinte




"¡A beber! ¡A beber!", son las primeras voces de Gargantúa al salir del vientre de su madre: sed de justicia (nada más justo para un monstruo que pegarle al vino), la de Gargantúa. Pero la sed de Suna -peligrando como Narciso en la fuente- era una sed de santidad: un lametón de gratitud al agua por haberla bañado. Una santidad cósmica: -Del arroyo, del manantial, bebe el pequeño conejo y el gran onagro, y cada uno sacia su sed -dijo una vez san Agustín. Suna, al beber, santificaba el mundo.

Domingo, 19 de febrero

Valle de Esteban

Te contaré. Yo tuve mi cortejo. Devotas / de mi verso: la Equis, la Etcétera, las Jotas. / Una jamona. Alguna romántica. Hasta 5. / ¡Y no las hice un hijo!
Alberto Guillén

"Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?"

DOMINGO, 19 DE FEBRERO

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Mateo 5,38-48

sábado, 18 de febrero de 2017

El apaño

Dido y Eneas


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En noviembre del 35, José Antonio Primo de Rivera, tan invocado hoy, sin saberlo, por los jefes del Consenso, pedía en el Congreso que, a los forasteros, España (cinco mil ingenieros extranjeros, con quinientos ingenieros nacionales en paro) les pusiera en el pasaporte el mismo sello que Inglaterra: “El portador de este pasaporte se compromete a no obtener cargo alguno retribuido ni gratuito y a no establecerse por su cuenta en este país”.

Aún así, en 1968 Enoch Powell alarmaba a Inglaterra citando el caso de Eneas contra la inmigración ilegal. Eneas, en efecto, llegó ilegalmente y para procurarse un hogar; lo hizo con sus dioses locales y, si a estos no les gustaban los rivales autóctonos, pronto, como dice Roger Scruton, se lo harían saber a todo el mundo. Lo demás lo resuelve el multiculturalismo: cada cultura es un bien en sí mismo, y para hacer hueco a las minoritarias la mayoritaria debe marginarse.
Estamos en la socialdemocracia, la del “imperio de la ley” y la “inmigración ilegal” (sí a la entrada colectiva, pero no a la expulsión colectiva).

La socialdemocracia (economía de derechas, cultura de izquierdas y política de centro) cuida de la inmigración ilegal como las hormigas de los pulgones:

Los sacan de mañana, los colocan en las plantas más sabrosas, los dejan hacer allí lo que les da la gana… Luego los recogen y los vuelven a guardar en sus galerías. ¿A cambio de qué? El pulgón exuda un líquido azucarado del que la hormiga es tan golosa que por conseguirlo descuida hasta el cuidado de sus propias larvas y deja extinguir la comunidad.
Con la inmigración ilegal el país de origen se quita pobres y el país de destino gana mano de obra. El sistema es una fiesta: la economía de derechas reduce salarios, la cultura de izquierdas vende buenismo (y discos de Manu Chao) y la política de centro le dice a cada uno lo que quiere oír.

Palma la masa, pero ése es otro apaño.

Sábado, 18 de febrero

Valle de Esteban

¡Tantas! Sus crucecitas sangran mi calendario.
Alberto Guillén

viernes, 17 de febrero de 2017

Lucas


 Estatua de Lucas

 La fuente de Lucas

Alberto, Lucas

Francisco Javier Gómez Izquierdo

     Gamonal, el populoso barrio de Gamonal, como dicen los periodistas de Burgos, se levantó a partir de finales de los 60 con brazos de todos los pueblos de la provincia para dar casa a los obreros de las fábricas del Polo, a los que la patronal llamaba productores en las nóminas, y la clandestinidad sindicalista, proletarios. De la parte de Atapuerca y los Juarros bajó mucho personal a trabajar de peón en las obras y de la Santa Cruz de esta última comarca, una rama de los Pineda, con su progenitor Germán a la cabeza, hizo mezcla, levantó tabiques y abrió regolas en muchos de los edificios que forman Gamonal.

       Germán y la Quica compraron el piso para la familia en lo que se conocía como La Tesorera, al comienzo de la Barriada Militar, por entonces la frontera de Burgos-Burgos, con el pueblo de Gamonal. Agustín y Lucas, dos de los, no estoy seguro de si siete ú ocho hijos de Germán, subían la frontera casi todas las tardes para juntarse con los chicos de su pueblo: el Gaitu, Juan Ángel, Angelito... y con los mozuelos  que rondábamos el Moral y el AINCAR fuimos haciendo cuadrilla. Agustín  y Lucas, obreros de la construcción que merecían haber vivido en tiempos del Renacimiento, eran los únicos, junto a Alberto el frutero y Melquiades, que trabajaba en las piscinas, que ganaban dinero y encima tenían coche, con lo que además de pagarnos más de un clarete nos llevaban gratis a las fiestas de los pueblos. Seguimos siendo amigos porque, a pesar de matrimonios, hijos y distancias, los de aquella cuadrilla de los 70 llevamos casi medio siglo sentándonos juntos todos los años a comer las veces que haga falta y nos vamos contando nuestras alegrías, sobre todo, y ¡mecachis en la mar!, nuestras penas.
      
Agustín Pineda, el Fari, de Farias, la pareja de mus como no volverá a haber otra, de Carlos, se nos fue de repente en una noche de Reyes. Como se fue Carlos, un año después. A los dos los echamos de menos. Uno de los que más es Lucas, con el que no hay vez que nos veamos que no me cuente cosas de su hermano y el mío. La última, hace una semana cuando subimos, porque nos conviene a los dos por nuestros achaques, de nuevo desde la Tesorera hasta la calle Eladio Perlado, ésa que da nombre a aquel gobernador que gobernaba Burgos cuando llegó el Polo, Germán, la Quica y sus hijos.
     
El achaque de Lucas se llama Párkinson y lleva años haciéndole frente como le enseñan los que saben del mal. Lucas, como dice el Gaitu con toda la razón del mundo, es uno de esos artistas que aletargaron su genialidad por ocuparse en buscar la necesaria mantenencia, pero siempre hemos sabido que era un manitas de mucha categoría. Nos hacía carros de madera, labraba piedras, adecentaba las fuentes de Santa Cruz y hasta se presentó con una al lado de la cantina, ante la mera insinuación de un día que el alcalde dijo lo bien “que parecería una fuente en la plaza”. Participó en competiciones de campaneros ideando un sistema para tocar las campanas del pueblo desde  su casa y en el juego de la rana fue un atinadísimo lanzador por los pueblos de la provincia. Quería la presidenta de la Asociación del Párkinson una obra curiosa que recordara la lucha que llevan los asociados. Lucas, sin dar voces al pregonero, proyectó un boceto y se lo enseñó a una de las pocas autoridades que reconoce. Por supuesto, la idea fue aceptada de inmediato, porque era proyecto echo con un corazón limpio y sin el mínimo interés particular. Como casi todas las cosas que hace Lucas.
     El 21 de diciembre pasado el alcalde inauguró la escultura de Lucas para que Burgos recuerde a los valientes en la enfermedad en el camino que va de Gamonal a Villímar. Soltero empedernido, como su hermano Agustín, me consta que se emocionó y sigue emocionándose con el cariño de los suyos “...estuvieron todos mis hermanos y mis sobrinos” “...ése día me tocó la lotería”; con el de los amigos “...mira las fotos con Alberto y Gaitu”; con el del pueblo, que acudió devoto como si fueran a una romería.

      Yo también he ido, Lucas, amigo.

Irán

El Librillo verde


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Entre lo del general Flynn en Washington y lo de las feministas suecas en Teherán, no hay que hacer caso omiso de la hipótesis zoroástrica de los dos Grandes Espíritus, uno malo y otro bueno, que vencerá cuando Persia conquiste el mundo.

Acabar con la Guerra Fría es comenzar la Guerra Caliente con el “establishment”, que lleva medio siglo viviendo del momio. Sin enemigo a la vista, ¿cómo sacarle el dinero a nadie para combatirlo? Washington, pues, parece hoy un pantano infestado de caimanes, y ahí vamos a ver a Trump, si se propone drenarlo.
Lo de Obama no fue un gobierno, sino una peluquería de marujas cotorreando para el “Times” de Slim y el “Post” de Bezos, “sostenes de la democracia”, ante cuyas portadas palidece el “Arriba” de 1940, con su “Rusia culpable”. A su lado, el “Librillo verde” de Jomeini sería la escuela de periodismo de Joseph Pulitzer.
Los “midia” que apoyaron a Ted Kennedy, el senador que en 1984 se marcó un Don Julián con… ¡la Urss!... para impedir la reelección de Ronald Reagan, invocan una ley de 1799 para quitarse de en medio a Flynn, acusado de hablar con Rusia, pero señalado como opositor al acuerdo nuclear con Irán, esa herencia del gran Carter, junto con la ruina del crédito (Community Reinvestment Act del 77).
¿Y la “pañolada” de las feministas del gobierno sueco en Teherán?

Los pueblos deben poner su confianza en las lanzas de sus soldados más que en el c… de sus mujeres –dijo la hermana de Bermudo II, camino de Córdoba para esclava del harén de Almanzor, como recoge Sánchez-Albornoz, que yace en Ávila bajo el epitafio “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.
La “pañolización” de las suecas choca como la presencia de Pedro Domecq con dos sultanes de Persia en el entierro del Camborio. Después de todo, Suecia era el país sin dramatismo, en palabras de Foxá, que una noche, pasado de “aquavit”, dijo a un amigo sueco:
Si no poseemos un alma inmortal, Estocolmo tiene razón y Ávila es absurda.

Bocas

Al Académico Más Joven de la Historia no le gusta la boca de Trump

Viernes, 17 de febrero

Valle de Esteban

Y aquella otra. Y aquélla que rezaba el rosario.
Alberto Guillén

jueves, 16 de febrero de 2017

Émery, por fin en la élite



Francisco Javier Gómez Izquierdo

       En la sala de prensa del Parque de los Príncipes, el periodismo deportivo dictaba sentencia contra Luis Enrique, como si los modales del entrenador fueran los únicos culpables de las carencias de un equipo que lleva dos años con el centro del campo debilitado, otrora donde más poder había, y con una defensa malherida de frente y de costado.

      La goleada de París la avanzó Rivelino en el bar Liverpool de Gamonal a la mañana siguiente del partido de copa ante el Atleti. Se apostó 50 euros a quien los tuviera que el PSG iba a dar un repaso morrocotudo a su Barça. Rivelino, jugador aficionado que en los 70 cardaba cabellera como la del mítico extremo brasileño  y que con 60 años disfruta entrenando benjamines, lleva toda la temporada renegando y ciscándose en lo más barrido por la falta de “centrocampo” en el Barça, carencia  que desde la medianoche del martes escandaliza al periodismo culé y al políticamente correcto de la capital. No tengo ni idea de la responsabilidad de Luis Enrique a la hora de fichar futbolistas, pero a los ojos de un aficionado neutral de los de toda la vida es evidente que no se ha comprado lo que necesita un club como el Barcelona y sorprende hasta la incredulidad la poca importancia que se da al mejoramiento del plantel defensivo, incapaz de tapar los continuos portillos que provoca su aparente solvencia técnica. “Sergi Roberto no es defensa ni lo va a ser nunca”, dice Rivelino, y puede que tenga razón, visto lo visto.

     El Barça estuvo ausente, mediocre y hasta asustado en París, pero no podemos aparcar el extraordinario planteamiento (Sergio Busquets dixit) del gran Unay Émery, al que tanto me complace ponderar. Al bueno de Unay se le falta al respeto nada más aterrizar en los clubes que le contratan, pero a base de conocimiento y trabajo se hace valer y eleva el precio de los futbolistas a su cargo. ¡Que espectáculo el del trío Raviot, Verratti y mi favorito Matuidi, amilanando a Iniesta, Busquets y al indolente André Gomes! Imágenes que tardarán en olvidar, sobre todo, los espectadores franceses.

     Vídeos hay en Valencia, Sevilla y hasta en París en los que el hombre es objeto de sorna y chanzas hasta por sus propios futbolistas... y es que ser persona formal y competente no goza de consideración pública, a no ser que con tus métodos y sin que ni los tuyos lo esperen conquistes la gloria. Así lleva Émery desde el 2004. Desde que siendo aún futbolista cogió al Lorca. Desde el martes, los parisinos no se chotean de los esfuerzos en aprender francés de un profesional hijo y nieto de futbolistas. Quizás el hombre con mayor pedigrí futbolística que exista en el mundo.
       
El Madrid ni bien ni mal del todo. Ante el Nápoles, lo mejor, el resultado, que como es rutina en la trayectoria zidanesca se cerró con uno de esos fenómenos que la Fortuna regala a cuenta gotas y sólo a sus elegidos. Casemiro quiso “acabar la jugada”, ese mandamiento táctico de todo entrenador para poder “armar” al equipo ante el ataque contrario y de su pierna salió un proyectil que pareció inteligente de cómo buscaba el flanco derecho de Reina desprotegido por la improbabilidad casi absoluta de que la pelota pudiera llegar a tan doloroso lugar. Entró, entró. Y entró como una exhalación. Como un fenómeno paranormal. Como un milagro. Y se hizo gol.  El gol que dio tranquilidad al madridismo y seguramente el pase a cuartos.
     
El Bayern como el PSG del Barcelona dio buena cuenta del Arsenal de Wegner, un año más entrenador de los cañoneros y un año más con el equipo aturullado tras las Navidades. La eliminatoria entre el Benfica y el Borussia es la más abierta, pero de los cuatro primeros partidos nos queda que por fin el PSG es firme candidato al título de campeón de Europa. Lo veo más “pitoso” que el Madrid o el Bayern.

Marine

Marine promete a Francia la Ley Acerbo (centro)


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Marine es la nueva Juana de Arco francesa, no la vieja zarzuela de la marinerita huérfana en Lloret de Mar.

¿Por qué no llevan ustedes al cine la zarzuela “Marina”? –dijo el general a una comisión de cineros que acudió a El Pardo a pedir dinero.

Igual que ha pasado desapercibida la decisión mariana de aceptar un inconcebible, y de hecho inexistente (sea para uno o sea para todos), “derecho a decidir”, nadie parece reparar en la promesa más fascistoide del Programa Presidencial de Marine: “Établir une démocratie de proximité”.
Montesquieu no fue profeta en su tierra (en la Revolución lo tenían por un demodé), y Francia carece de separación de poderes. Pero tiene representación, un regalo de De Gaulle, que la copió de América, y esta representación es la que quiere liquidar Marine en la Asamblea nacional, volviendo al antiliberal sistema proporcional.

En la Asamblea nacional la proporcionalidad será integral, con una prima del treinta por ciento de los escaños para la lista más votada.
De la mano de Rousseau, que negó el principio de representación, Marine aspira a marcarse un Renzi (la trapisonda electoral que rechazaron los italianos en referéndum) sobre el legado de De Gaulle, que eso fue un legado, y no lo de Obama, que ha dejado el gobierno de Washington como Felipe González el ministerio del Interior.

Lo de Marine, como lo de Renzi, obedece a “nostalgie de la boue” (del fascismo de la vulgaridad, que dice Steiner, a la vulgaridad del fascismo), un regreso, no a los padres fundadores de América, que hoy, aquí, son pura subversión, sino al “Avanti!” de Mussolini (que también era periodista), cuya ley Acerbo (asignación fija de dos tercios de los escaños para el partido que obtuviese más del veinticinco por ciento de los votos) es el sueño (continental) de esta “ténèbre” Europa, que ya prepara su marcha (“March for Europe”) sobre Roma. 
Y la propaganda, mientras, llorando a moco tendido contra el trampantojo mural de Trump.

Feíto y cabezón

Toqui (Quito, al revés)

Orlando Luis Pardo Lazo

¿Se acuerdan de Toqui, compañeros? 

¿La cosita aquella que era un títere cubano, pero que muchos pensaban que era importado del extranjero, no sé por qué acaso de Ecuador, como tantas veces oí decir en las calles y en las escuelas de los años setenta y ochenta del socialismo insular? 

Toqui, aquella especie de ET rubito de nuestra mediocrisísima TVC, con su pelito más largo que lo que soñábamos poderlo tener entonces, por la chealdad militar en que vivíamos en una sociedad sin afuera, como era la semi-sociedad cubana de cuando los Castros aún no eran cadáveres. 

Toqui, la maravilla misma hecha muñeco y, sobre todo, hecha cachetón. Porque tenía un par de cachetes plásticos y una bembita y mentoncito de goma que lo hacían parecer un icono mitad infantil y mitad pornográfico, quién sabe si incluso gay o trans o pedofialgo, con sus ropitas de rayas y cuadros, evidentemente no compradas en las tiendas miserables de nuestro país-proletariado. 

Toqui nos tocaba de niños como a las seis de la tarde, a la hora de los muñequitos. Nos hablaba de cosas didácticas, por supuesto, de la historia, el futuro y hasta del lenguaje, pero siempre con un candor descomunal, con una sabiduría dulzona que no tenía nada que ver con nuestra realidad rala de pioneros perdidos en una patria despótica, disciplinaria y, por supuesto, a la postre tan despingante para más de una generación. 

Tú te acuerdas de Toqui. Yo me acuerdo de Toqui. Todos nos acordamos de Toqui. Esa memoria común es lo único que conservamos juntos de nuestra infancia ida. Sea, pues, Toqui nuestra última comunión. 

Y es que Toqui, aunque no lo sabíamos entonces, se parecía desde el inicio a la eternidad.

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El enemigo nos ha elegido (pensar con Julien Freund)

 Julien Freund


Jean Palette-Cazajus

ADVERTENCIA: Los tres primeros párrafos del texto que sigue, ya encabezaron hace meses un trabajo de desarrollo muy distinto. Hoy sirven para iniciar una breve reflexión, sin publicar, que constituye el capítulo 14 (antepenúltimo) de la finiquitada serie “Agnus Dei Qui Tollis...”

Julien Freund (1921-1993) nació en un pueblo del Mosela, de cultura históricamente germánica y como tal fue un mediador entre el pensamiento francés y el alemán. Continuador de Carl Schmitt, fue su amigo hasta la muerte de éste, sin por ello sentirse «del mismo bando» como le dijo una vez al  muy grande y tortuoso jurista. Él mismo gustaba de definirse como «un liberal conservador insatisfecho». Profundamente antinazi, participó activamente en la Resistencia francesa. De aquella época data  un episodio que ayuda a situar el personaje. Tras la muerte de un soldado alemán a manos de la Resistencia, los nazis cogieron a 8 rehenes para fusilarlos. Julien Freund se presentó ante la Kommandantur para sustituir a uno de ellos, padre de 8 hijos.


 Galileo ante el Santo Oficio

El 26 de Junio de 1965, Julien Freund leía su tesis en la Sorbona. De tal tesis nacería «La esencia de lo político», su libro más significativo. El tribunal lo presidía Jean Hyppolite, hegeliano salvífico donde los hubiere, es decir, lo habrán comprendido, dominado por la fe en la certeza de la venidera reconciliación de las conciencias. Se dirigió al doctorando, más o menos en estos términos: «Si verdaderamente tiene Usted razón al definir la política como la discriminación entre amigo y enemigo, entonces sólo me queda retirarme del mundo y dedicarme a mis geranios». 

Memorable fue la respuesta de Julien Freund :

«Usted, Sr Hyppolite, como todos los pacifistas, piensa que es usted el que designa al enemigo. Considera que basta con que nos neguemos a tener enemigo para no tenerlo. Pero ocurre lo contrario, es el enemigo el que nos designa. Si él ha decidido que usted era su enemigo, por más que usted se dedique a tratarlo como un amigo, él no dejará de considerarlo como su enemigo y ni siquiera le dejará cuidar apaciblemente de sus macetas».

La respuesta de Freund, por su concisión, por su inquietante y cruda evidencia, porque resucita un concepto que nuestra modernidad posbélica había desterrado de su campo de visión, deslumbra y a la vez provoca un profundo malestar. Llevamos unos cuantos decenios cuidando efectivamente nuestros geranios y ahora parece que los enemigos nos salen a raudales de debajo de las macetas.  Y lo primero que viene a la mente es el recuerdo del viejo, del enrevesado concepto de “guerra justa”, tan caro a los dominicos españoles como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto. Quienes nos han designado como el enemigo lo hacen en nombre de verdades reveladas, de dogmas intocables, del horror a la funesta manía de pensar. Nosotros vivimos avalados por la racionalidad crítica, la libre confrontación de pareceres, las lecciones de la práctica social, el rigor de los protocolos científicos. Aparentemente, “¡no hay color!”, como se dice. Pero las cosas no son así. Por ser quienes somos y ser como somos, sabemos que no pueden ser así. Entre ellos y nosotros el acervo de los conocimientos y de los valores es antinómico. Ellos se han acostumbrado a no cuestionar, a no preguntar, a no dudar. Una teología de la sedación. Nuestra historia ideológica, ella, amaneció intranquilizadora y lleva siglos quitándonos el sueño y los sueños. Pero de nada sirve el contenido de las culturas cuando falla la capacidad de transmitirlas. 

Llegado ese momento capital, nuestra mente retrocede brutalmente  y se parece inesperadamente a la del enemigo. Como él, optamos por la creencia ingenua en lugar de la esperada reflexión. Como él, creemos en en la conversión espontánea del otro, fulminado ante la revelación de nuestras ideas y la evidente verdad que dimana de ellas. Así ocurrió cuando el presidente Bush decidió que convenía urgentemente inocular la democracia en ciertos países. Recurrió a las prácticas misioneras conformes a su fe evangélica: inicial uso de la fuerza para ocupar el terreno y técnicas suasorias de los telepredicadores. Nosotros sabemos que tras dos mil quinientos años de tanteos, de fracasos, de olvidos, y de enseñanzas, la democracia sigue siendo entre nosotros un proyecto frágil, una hipótesis desaforada, un envite siempre atrevido. No obstante aquella gente pensó que poblaciones que en su historia jamás habían tenido el más mínimo contacto con él, iban a “convertirse” espontáneamente al pluralismo democrático, deslumbradas por la zarza ardiente que brotaba del cañón de los tanques Abrams.

 Meditación final: cráneo de Descartes

Nuestros enemigos no saben lo que creen. Nosotros no creemos lo que sabemos. Y lo que nos dice el retruécano es que su posición es infinitamente más cómoda, firme y segura que la nuestra. La fuerza de las creencias, cuanto más ciegas menos cuestionables, es que se muestran machihembradas con el propio cuerpo del creyente, son “endotélicas” dije en su momento. Es decir que conforman y estructuran el rumbo interior de sus vidas, les dan una meta y las protegen contra el oleaje de las dudas. En el fondo la unidad de la fe y de la subjetividad humana aparece siempre como orgánica. No se puede separar de las personas concretas. Curiosamente, podríamos decir que los dogmas trascendentes reproducen en las culturas humanas la invariabilidad de comportamientos que la etología estudia en los animales. Razón por la cual son probablemente los instrumentos mejor adaptados a la perpetuación de la especie.

La modernidad occidental en cambio exteriorizó el conocimiento. Lo expulsó lejos del yo orgánico. El conocimiento dejó de estar al servicio de la especie para privilegiar el auge del individuo. Con Galileo se abre la grieta profunda entre lo que siente el sujeto occidental, por un lado, lo que sabe y cómo lo sabe por otro. Galileo, con su telescopio y su afirmación de que “el libro del universo está escrito en lenguaje matemático” firmó el divorcio entre los saberes del hombre y la fe en la experiencia de los sentidos. Hasta Galileo, ciencia y filosofía se confundían. Después de sus experiencias se separan definitivamente. Pero el verdadero albacea de Galileo fue Descartes. Todos hemos oído hablar de su “Método”. Pocos se dan cuenta de que lo practicamos todos los días, en la expresión cotidiana, en  las evidencias de nuestro día a día intelectual, de que ya nos resulta connatural y rutinario su esfuerzo de clarificación del acto de pensar el sujeto y su realidad circundante.  Desde entonces, para nosotros, pensar y dudar son una sola y misma cosa.

“Todo lo que acontece sobre la Tierra se ha vuelto relativo desde que la relación del hombre con el universo sirve de referencia a todas las medidas”, decía Hannah Arendt. A partir de Galileo -reflexiona- se va cumpliendo el sueño de Arquímedes: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El punto de apoyo para Galileo tenía que situarse en el universo astrofísico. Esta exterioridad será la de toda la ciencia moderna. En cambio, para una filosofía emancipada de la creencia, para la revolución cartesiana en primer lugar, “la solución consistió -añadía la autora de La vida del espíritu- en repatriar dentro del hombre el punto de apoyo, en elegir como referencia suprema el esquema del espíritu humano que se otorga a sí mismo  realidad y certeza ...”

“De omnibus dubitandum est”. Ése fue el punto de apoyo. Desde entonces la filosofía ha sido criticista, pesimista, nihilista, vitalista, relativista, irracionalista, desconstruccionista. “Quaestio mihi factus sum” repite el hombre moderno, siglo tras siglo, día tras día, antes de salir en busca de sí mismo, ajeno a sí mismo, perdido para sí mismo. Lo único que no supo anticipar es que por las estepas de la posmodernidad iba a encontrarse con las estantiguas del mundo premoderno. Encuentro inimaginable. Llevábamos varios siglos pensando que la historia no balbucea, que no vuelve atrás. Varios siglos pensando que quienes vivieron en los márgenes de la historia de la Razón occidental estaban condenados a desaparecer o a parecerse a nosotros. Pienso en El desierto de los tártaros, la sobrecogedora novela de Dino Buzzati. Durante siglos, en la inmensa lejanía del desierto,  en la inalcanzable lontananza de sus lindes solo algunas sombras esporádicas avisaban de la presencia del peligro. Un día, nos hemos despertado de repente, cercados por multitudes hostiles llegadas de los ignotos confines, que baten nuestras murallas. La metáfora, geográfica y axiológica, no sería mala si no fuese porque nunca hemos tenido murallas.

 Hannah Arendt (1906-1975)

Mi descarnada descripción del hombre posmoderno no es despreciativa. No confundo su lucidez desesperanzada con el extravío del hombre de la heteronomía, el siervo cuyo punto de apoyo de Arquímedes está en el dogma petrificado e implacable. Ventrílocuos de un dios amaestrado y aterrador, nuestros enemigos usurpan su voz para sobrellevar su propio apocamiento ante los retos del abismo humano. Para ellos todo está prohibido menos el crimen. Nosotros, seres autónomos y antropocentrados, sabemos, como Nietzsche, que Dios ha muerto, al menos nuestra manera de pensarlo, de modo que, inversamente, “todo nos está permitido” menos el crimen, la ignorancia y la sumisión.  En 1990, Paul Ricoeur (1913-2005) publicó un libro titulado Sí mismo como otro. Semejante título arroja una luz especial sobre la formulación inversa, la de la Escritura, que postula al “otro como sí mismo”. Si el mandamiento resultante  ha resultado siempre tan difícil de cumplir es porque se anticipó a la lógica cronológica del proceso reflexivo: tratar “el otro como a sí mismo” sólo puede inferirse claramente una vez que uno es capaz de saberse a “sí mismo como otro”. La tolerancia, el pluralismo, el contraste de pareceres, de saberes, la propia hipótesis democrática, todo el pensamiento filósofo y político occidental posterior a Descartes presupone e ilustra en el fondo la proposición de Ricoeur.

El enemigo que nos ha designado desprecia olímpicamente cualquiera de las dos fórmulas anteriores. Toda alteridad es para él inconcebible, toda alteridad tiene vocación a ser destruida. No alcanzamos a entender la irrupción en la posmodernidad de semejante identidad amurallada, autista. El drama es que confrontados inesperadamente a aquellos peligrosos ejemplares de una mutación regresiva comprobamos que nuestras propias mutaciones evolutivas nos han despojado de los colmillos y las garras que otrora nos permitieron ofender y defender. Nos despertamos inmersos en la pesadilla de una regresión vertiginosa al primitivismo clánico de las alteridades irreconciliables. Toda nuestra historia, toda nuestra cultura se había construido sobre la superación de estos conceptos. Esta batalla es una batalla por la supervivencia y no la podemos librar como quienes somos sino como “el otro” del enemigo y -terrible paradoja- como “el otro” de nosotros mismos. 

Al final, los tártaros terminan llegando...

Jueves, 16 de febrero

Valle de Esteban

Y Raquel, que pateaba cuando iba por su beso / y se erguía arrogante como un busto de yeso.
Alberto Guillén

miércoles, 15 de febrero de 2017

Lo invivible



Hughes
Abc

Desde hace un tiempo, ante la actualidad, cuando leo una noticia o una columna suelo expresar sin querer y de un modo absolutamente espontáneo la misma palabra: “Impresionante”. Se me ha quedado como una muletilla. Como cuando de adolescente descubres la ironía y te pasas el día diciendo “patético”.

Pero en este caso no es porque la palabra guste y haya que utilizarla. Es que es un acto reflejo. Me ha tranquilizado mucho observar que lo mismo le ocurre a dos amigos. Sorprendo a la gente reaccionando igual ante algunas cosas. “Impresionante”. Pero en mi hay una expresión superior que no dejo de utilizar. Es un paso más allá en el estupor. La palabra es “invivible”. Esto es invivible. Esto lo digo cuando “impresionante” no es suficiente.

¿Qué es lo invivible? Esto es justo lo que me maravilla. No lo sé con seguridad, pero es algo muy poderoso. Es un grado de desconcierto que linda con dos cosas. Por un lado, con lo existencial. Con la angustia existencial. No es existencialismo unamuniano, de corte religioso. Es como más profundamente filosófico. Es algo que deriva de la falta de representación. La falta de representación es tal que hace dudar de la propia existencia. Uno se llega a preguntar si existe, y si realmente está pasando lo que ocurre alrededor. La preocupación por el propio ser, las dudas sobre las estructuras de lo real surgen en este caso, no de la duda religiosa, sino de la política.

Cuando veo a Maillo en un sitio, y a Urbán en el otro. ¿Qué puedo decir sino ¡invivible!? Es un efecto, sí, de la duración marianista, de la maillocracia. Es un efecto del Consensus Absolutus. Del páramo matrix de la inteligencia. De la repetición incesante de la misma papillita incoherente, falaz, absurda.

Lo invivible es un angst ibérico, entre Zubiri y Ozores, entre Unamuno y Jess Fraco, que a mí me trae a la cabeza esa película de La Cabina. El hombre ibérico, representado mejor que nadie por López Vázquez, se encuentra encerrado, se da cuenta y lanza ese grito mudo que lo conecta (por la vía de la carencia y de la negatividad, y muchas décadas después) con Europa.

Lo “invivible” me ha surgido de los labios como una forma espontánea de existencialismo castizo. Como reacción a lo puramente español y por tanto sólo español y por tanto “no libre”. Esta desesperación que nace de la incomprensión, que pasa luego por la duda sobre el propio ser, que siente la realidad como una broma y después como una cárcel, adquiere tras eso el tono del terror. Un terror suave, una forma de ansiedad general. Es el instante de la mínima lucidez, el chispazo de reconocimiento antes de volver a ser devorados por algo.

Tiene de bueno que lo invivible, el angst cañí, nos conecta con las corrientes mundiales de la desazón, huyendo de la placidez de charca (Camba) y de todas las comodidades del qué-bien-se-vive-en-España. El yo soy yo y mi circunstancia, bibelot orteguiano, fue anquilosado en el consenso, es decir, la fusión con mi circunstancia. Eso alejaba el trabajo vitalista del yo en el manejo de su situación.

Esto que vivimos es el agotamiento de un remoto vitalismo de tipo germánico. De esa parálisis a veces despertamos, como José Luis López Vázquez, como en esas pelis españolas de los 70 en las que el zoom arrojaba a veces un imprevisto relámpago de terror. Porque es así. Lo “invivible” ha de ser sentido como un zoom sobre el terrorífico costumbrismo. Costumbrismo y zoom (zoom como penetración instantánea, limitadísima) para lograr esa mínima apertura al propio horror.

“Invivible” es lo último que diremos al amigo antes de la huida, o antes de la soledad absoluta. Como una capitulación que al final tiene aún la salvación de su “catalanización”. Diciendo “invivibla” al final podría retomarse la palabra hacia unos lugares cómicos. Pero de esta última voluta daliniana hablaremos otro día. Yo quisiera ir recogiendo aquí formas actuales, políticas, artísticas, de lo invivible.

La Cultura

Menéndez Pelayo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan y, corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es el único que redime a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece, a cada instante, las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia le hizo grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía.

Peor escritas, estas cosas parecerían sacadas del “Vamos a menos” de Goytisolo, el Zola del Régimen, pero son el discurso de Menéndez Pelayo en el Centenario de Balmes, calle barcelonesa no muy lejana de la de Bocaccio, sede, ay, de la rebeldía antifranquista, de Pitito, marqués de Martell, a Marsé, un “bracero de la redacción de textos”, en “flash” de García Viñó, que consagró su vida a desnudar a nuestros entes alcurnes oficialmente dotados de pluma galana.
Pitito fue una noche al “Royalty Theatre” de Londres, entró tarde (“Oh Calcutta!” había comenzado) con un traje de cascabeles… y se detuvo el espectáculo.
Algo así ha debido de hacer Marsé, por la agitación con que se discute en las barras de los bares su pedrada al Planeta, único premio, según me dicen, que su cuadra no reparte en una industria donde, al decir del propio García Viñó, parece que las novelas las escriben los editores, las críticas las hacen los escritores y de la distribución se ocupan los críticos.

Mejor escrita, la “nefasta experiencia como jurado” narrada por Marsé recordaría a los “Naufragios” de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Como dijo un bendito:

Nosotros, la élite cosmopolita que lee “El país”, o que escribe en él

Miércoles, 15 de febrero

Valle de Esteban

-Y luego Josefina. Dulce, mimosa, tierna. / (Nunca tuve deseos de mirarle la pierna).
Alberto Guillén

martes, 14 de febrero de 2017

Sin tercer grado, por jornalero

El héroe del cartel 

 ¿Jornaleras o funcionarias municipales?

¿Funcionarios cosechando?


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Por trabajo trato con muchos jienenses, de cuya provincia hay quien dice que no es  tierra andaluza. Los jienenses, la mayoría de los que conozco, gastan una sorna muy puñetera y uno, castellano de ley, a veces no sabe si le hablan en serio o en broma. Como quiera que llevo años intentando situar al jornalero andaluz en su justo término, procuro traducir las explicaciones de la gente de la aceituna que en teoría es la que más sabe del asunto. Mis amigos de Jaén me vacilan de continuo con el arte del SOC que ya es SAT para formar cuadrillas en las que no todos los días van las mismas personas; de los destrozos de olivos perpetrados por menores sin responsabilidad penal; de los robos de aceituna por encargo y de otras muchas peripecias más propias de novela picaresca que de realidad contemporánea.

      Soy el más veterano de la mina y ayer y para ver por dónde saltaba, me facilitaron un cartel del paisano, jornalero y preso Bódalo que cumple condena por delinquir con reincidencia. De primeras no supe por dónde cogerlo y ni siquiera interpretarlo, pero a los cinco minutos les solté lo que de verdad pienso porque no me negarán que hay que tener una cara de cemento armado para atreverse a mentir con tanta chulería. El cartel parece el de una película de Costa Gavras o así, redactado por un alumno de la LOGSE: “Las cloacas del estado le deniega su derecho a tercer grado”. “¿Quién deniega, las cloacas o el Estado?”, pregunté al joven portador de la provocación. No sabe el artista que lo que llama en este caso cloacas es un Equipo de Tratamiento que decide si el interno cumple los requisitos para alcanzar el tercer grado. Un requisito sería por ejemplo no tener sanciones. ¿Y qué entendemos por sanciones? Pues por ejemplo negarse a barrer o fregar las zonas comunes, no respetar a los funcionarios o a los compañeros de reclusión, consumir sustancias psicotrópicas, etc... Al interno se le eleva parte, “se negó a fregar la galería...” y se le sanciona conforme al Reglamento, pongamos “quince días de privación de paseos”, que significa quedarse quince días por la tarde “chapao” en la celda. Por lo que cuentan, el tal Bódalo, así como otros orates se creen Napoleones, él se las da de Ché Guevara y se niega a obedecer hasta las más elementales reglas de convivencia. Con sanciones no hay beneficios penitenciarios, lo que ha de traducirse como no poder acceder a permisos o tercer grado. Beneficios penitenciarios, oiga. No derecho. No hay derecho al tercer grado, sino a que se apliquen los beneficios penitenciarios si se reúnen sus requisitos.

      Que el alumno de la LOGSE llame preso político a un vulgar matón es menos grave que una profesora de literatura de Instituto o Instituta lo compare con Miguel Hernández, pero lo que a mí me encabrita es esa generalización revolucionaria del jornalero  al que le espera la cárcel, conforme reza entre resignado e insolente -muy de Jaén- el cartel que me presenta un mozo de Torredelcampo. ¿Desde cuándo se entra a la cárcel por jornalero?

       Puestos en danza jornalera, pregunto a los jienenses cómo creen que debe proceder el Ayuntamiento tripartito de Córdoba (podemitas, comunistas y socialistas)  ante la abundancia  de naranjas amargas en las calles y aceras de la ciudad. Se podría llamar a consultas a Bódalo y sus camaradas para enseñar a los funcionarios la técnica del jornalero, pero mejor parecería, convertir a los jornaleros en funcionarios.