Follow by Email

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Miércoles, 19 de Diciembre

Valle de Esteban

Esas nubes que pasan

martes, 18 de diciembre de 2018

La manta

Tarancón


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha dicho en “Le Point” que el movimiento francés de los chalecos amarillos “expresa de manera clamorosa la gran crisis de la representación en que estamos inmersos”.

La representación no puede estar en crisis por la sencilla razón de que en Europa nunca ha existido, aunque cómo estará la cosa para que un socialdemócrata como Sloterdijk apunte a la ruina europea del principio representativo.
Por decir eso, aquí los flabelíferos del consenso todavía te llaman fascista. Europa, como sabemos por Zapatero, es el consenso, ese concepto (negador, por definición, de la representación, que es decir de la democracia) que Fernández de la Mora pusiera en circulación en los 60.
Si el “fair play” era la cándida ilusión inglesa que creía haber descubierto una manera caballeresca de pescar truchas y cazar zorras, el consenso es la cándida ilusión española que cree haber descubierto una manera caballeresca de tirar de la manta (¡en Andalucía!), sin percatarse de que el Estado de Partidos, si tira de la manta, es para repartírsela.
En los 70 hubo un pleito ruidoso entre el abogado García Trevijano, apoderado del diario “Madrid”, y el director de “Pueblo”, Emilio Romero, que le atacó con un “Tirando de la manta” en su periódico; el abogado respondió que si el periodista tiraba de la manta, sería para llevársela; y el periodista se querelló por injurias. El abogado reveló luego que Tarancón, cardenal, pero enredador, le llamó entonces para contarle que de su época de párroco en Burriana recordaba un caso judicial por desaparición de unas mantas en un sanatorio dirigido por Romero en los 40. El abogado negó que injuriara al periodista con el argumento del debate Lincoln-Douglas: Douglas llamó indeciso a Lincoln comparándolo con el asno de Buridán; Lincoln respondió que, en tal tesitura, Douglas se comería los dos haces de heno a la vez.
¡Y con eso Lincoln no está llamando comedor de paja a Douglas!
Nadie en Andalucía va a tirar de la manta.

La rebelión de la France "moche" (Parte 1 de 2)

 La France "moche"


Jean Juan Palette-Cazajus

Feo se dice en francés “laid”. Si bien todo el mundo dice “moche”, más familiar pero más rotundo y definitivo. La rebelión de los “chalecos amarillos” se manifestó desde un principio y de forma muy reveladora a través de la ocupación de los llamados en Francia “ronds-points”, en España, rotondas. Rotondas las hay en muchos países pero creo que en ningún país europeo proliferaron tanto y con tanto protagonismo, viario, estético y sociológico, como en Francia donde se cuentan por muchas decenas de miles. Las razones hay que buscarlas tanto en la geografía como en la peculiar configuración demográfica. En Francia hay  36 000 municipios por poco más de 11000 en Alemania, más poblada, y solamente 8000 y pico en España como en Italia. En Francia abundan los pueblecitos y las ciudades de pequeño tamaño entre 5000 y 20 000 habitantes. Desde los años 50 del pasado siglo, la civilización del automóvil traducida en el éxodo rural y el crecimiento económico, necesitó la construcción de una tupida red de infraestructuras viarias que fueron la causa de una periurbanización progresiva del país. El abismo socioeconómico que separaba la fuerte identidad de una cultura todavía rural, tradicional, pero económicamente rezagada, de la Francia urbana se fue difuminando paulatinamente.

 Rotonda bucólica

Esta tendencia inexorable a la periurbanización conoció además una fase aguda de aceleración en los últimos 20/30 años. Por un lado, muchos hijos y nietos de aquellos que habían huido del campo ingrato sin volver la vista atrás, en busca del bienestar urbano, fueron presa del deseo irresistible de volver  a una soñada campiña y a unas aldeas de nuevo fantaseadas como bucólicas y apacibles. Por otro, el precio cada vez más prohibitivo de la vivienda urbana fue también la causa que empuja y sigue empujando inexorablemente los numerosos candidatos a alejarse de los centros urbanos en busca de un precio de la vivienda más asequible. Eso sí, todos tienen en común la obsesión francesa por la casa individual que cualquier visitante que se asome a sus contornos comprueba de modo inmediato. Así que los intersticios de territorio aprovechable, que sobrevivían entre los tentáculos de una red viaria que va mutilando y segmentando los paisajes, se fueron rellenando de “lotissements” (productos del “loteo” de terrenos), o sea urbanizaciones de casas individuales, a cual más uniformes y monótonas. También de hipermercados y zonas comerciales varias, salpicadas de inmensos y desoladores aparcamientos, probablemente los únicos espacios comunes que todavía comparten urbanos y “neorrurales”. Pero este proceso imparable de densificación  periurbana viene siempre acompañado de la progresiva amenaza de atasco en la fluidez y la velocidad de la circulación sanguínea indispensable para la supervivencia del organismo laboral y económico. Por lo cual la densificación urbana ha de venir acompañada por la correspondiente densificación y multiplicación de los vasos circulatorios y todas a una, como en Fuenteovejuna, acaban de transformar el sueño bucólico en pesadilla de asfalto y hormigón

En cuanto las multitudes urbanas o periurbanas empezaron a migrar hacia el campo se inició la reacción orgánica que en pocos años transformaría sotos agrestes y pajaritos cantores  en las versiones más torvas y desangeladas del urbanismo periférico. Hablar, como suele hacerse, de población “neorrural”, aparte de un timo léxico y semántico, suena cada vez más a broma de mal gusto.  La neorruralidad es la negación de la ruralidad. También se califica a esta población de “rurbana”,  adjetivo que tiene al menos  el mérito de reflejar correctamente la proporción real de los ingredientes de este tipo de vida, en que la “ruralidad” cabe en la “R” inicial, y es lastrada a continuación por las seis letras de la condición “urbana”. Esta Francia periurbana de las urbanizaciones, de los centros comerciales, de los paneles publicitarios, de los aparcamientos interminables, de los intercambiadores, la del hormigón y del asfalto, es la que muchos llaman ya, creo que con sobrada propiedad: “la France moche”, la Francia fea.

 Rotonda geográfica

La mayoría de su población la constituyen, aparte de los jubilados, gente que diariamente  va a trabajar a 20, 30, 40 km... ¡hasta 200 en algunos casos! Regresan por la tarde o la noche a barrios silenciosos -su única ventaja- sin vida ni animación alguna, ven la tele, se acuestan y vuelta a empezar. Una encuesta reciente cuyo resultado mediano oculta la disparidad de los casos individuales, dice que gastan una media del 13,5% de sus ingresos en el capítulo transporte por el 12,5% en alimentación. Estas cifras equivalen realmente a ordeñar una pulga con guantes de boxeo, pero dan una leve idea de las prioridades. No todos los “chalecos amarillos” son periurbanos -hay buena parte de urbanos entre ellos- ni mucho menos todos los periurbanos se han movilizado con los “chalecos amarillos”. Además la procedencia social es seguramente la más variada que haya conocido jamás en Francia ningún movimiento de protesta. Las facultades de sociología y economía se han apresurado a mandar a sus becarios y encuestadores para que tostasen a preguntas los “chalecos amarillos” en sus feudos de las rotondas. La mayoría de ellos estaban encantados de contar sus cuitas al darse cuenta de que, por primera vez en su vida, existían para los medios y los intelectuales.

Una buena tercera parte de los “chalecos”, la minoría más importante, son empleados en el sector de servicios, luego hay jubilados, obreros, artesanos, comerciantes, parados, pequeños empresarios. ¡Ah! Y entre ellos muchas mujeres, del orden del 45%. Los hay que lo pasan mal o muy mal, los hay que no lo pasan tan mal, los hay que viven correctamente y algunos incluso muy correctamente. Muchos sienten el temor a verse desclasados. Todos manifiestan sentirse despreciados, por las élites y por los políticos. Los más vulnerables no ocultan sus sentimientos de odio y humillación. Para muchos el sueño de la casita periurbana con sus rosales, tulipanes o madreselvas, su pedacito de césped o de huertecito, se les ha ido poniendo cuesta arriba, endeudados, asomados al precipicio económico cuando no sumergidos en él. Detrás de una forma de vida digna, a veces para fardar ante los vecinos, se oculta a menudo mucha zozobra e incertidumbre. Han querido cumplir con el modelo de clase media que les han proporcionado, el que les muestran las series de la tele. Ellos consideran (razonablemente) que también tienen derecho a él. Clase media “baja” -¡qué despiadada es la cuchilla de la guillotina adjetivadora!- en vías de proletarización como bien explicó el geógrafo Christophe Guilluy al que ya aludimos el fin de semana pasado.


 Rotonda ufológica

Si han leído la lúcida entrevista con Peter Sloterdijk que traduje hace dos días, algunos se acordarán de que el filósofo germano mostraba su buen conocimiento de la realidad que acabo de bosquejar: “Ellos expresan la casi precariedad de sus modos de vida entre falsa urbanidad y falsa ruralidad”.

Los famosos “ronds-points”, las famosas rotondas son de todo tipo. Las hay bucólicas, ajardinadas y casi acogedoras. Las hay imaginativas, artísticas, temáticas o que hacen la promoción turística local. Las hay pretenciosas y horteras y las hay gloriosamente kitsch. En los ejes más transitados o en las zonas industriales y comerciales están las más extensas inhóspitas y despejadas y son las que han elegido preferentemente los “chalecos amarillos” para montar sus chiringuitos reivindicativos, a veces verdaderos campamentos,  sustentados con ingentes cantidades de provisiones de boca como para enfrentar la perspectiva del Sitio de Zaragoza. Ello por cierto en abierta contradicción con el leitmotiv de muchos “chalecos amarillos” cuando ven acercarse una cámara: “Vengan a mi casa y les enseñaré el frigorífico vacío”.

De las incontables entrevistas en los medios hablados o escritos se desprende una constante: el entusiasmo con que muchos de los participantes relatan el descubrimiento de una nueva dinámica relacional, de una sociabilidad intensa y cálida que no creían posible. En la “revuelta de los “ronds-points” se establecen, por lo visto, vínculos de todo tipo, incluso amorosos. Han aprendido a convivir, a escucharse y a respetarse gente de opiniones contrastadas cuando no radicalmente opuestas. Los okupas de las rotondas son generalmente moderados y pacíficos, por más que se muestren a menudo muy vehementes. El panorama cambia cuando nos asomamos al elenco de los cabecillas salidos de la nada como ocurre en todos los procesos de efervescencia popular. Surgen por doquier, como moscas a la miel, atraídos por los micros y las cámaras del mundo mundial. Los hay interesantes, juiciosos y avispados, son los menos, y los hay insufribles, descerebrados e inquietantes, los más. Pero la angustia surge cuando nos sumergimos en el abismo de las redes sociales, fundamental en el nacimiento, el auge y la continuidad del movimiento.

 Rotonda política

Pierre Bourdieu (1930-2002), el gran gurú de la sociología entre los años 1980-2000 -por cierto, ex alumno del mismo liceo que yo- creó la importante noción de “capital cultural”, casi más importante que el económico para la reproducción del orden social. Por “capital cultural” se entiende la fundamental diferencia entre la herencia recibida por un niño que nace en una familia con estudios universitarios, con tradición cultural, con suscitada afición a la lectura o biblioteca familiar y la herencia del que nace en una familia donde son ausentes todos estos criterios. En el caso de los “chalecos  amarillos” cabe considerar que su carencia de capital cultural es superior a la de capital económico. La mayoría no saben expresarse, les cuesta enhebrar frases, carecen de vocabulario, tienden a repetir lo que les oyen en los medios a sus compañeros más mediatizados. Desde su origen, el movimiento aparece como la absoluta emanación de los grupos de Facebook, algunos con cientos de miles de seguidores.

Leí hace poco un texto de Brice Couturier, politólogo al que aprecio mucho, sobre la relación entre populismo y redes sociales. Apoyaba su opinión en los artículos recientes de dos especialistas y analistas del mundo de la información, el británico Jamie Bartlett y el español Enrique Dans. De todo ello cabía inferir que el populismo se caracteriza por proponer respuestas inmediatas y simples a problemas complicados y por designar, generalmente, chivos expiatorios. También pretende hablar en nombre de “la gente sencilla y oprimida” contra una “élite distante y corrompida”. De allí que las redes sociales proporcionen la plataforma ideal para estos dos ángulos de ataque. A través de Internet o de las redes sociales todo aparece ultra sencillo, personalizado, asequible, inmediato. ¡Cuán frustrante se muestra, en comparación, el mundo de la política! Necesita conocimientos, expertos, largos debates, compromisos. Esto choca con nuestros hábitos de consumo mediático: lo queremos todo y lo queremos ahora mismo. En las redes sociales -dice Enrique Dans  «estamos rodeados de "amigos" cuyas opiniones compartimos, que nos hacen sentir bien con nosotros mismos, identificados, comprendidos y protegidos. Ellos reafirman  nuestras creencias y se convierten en una cámara de eco, una burbuja que filtra lo que leemos, moldea nuestra visión del mundo y simplifica una realidad que encontramos increíblemente compleja. Dame mensajes que quepan en un tweet. Mejor soluciones sencillas, mensajes claros y concisos que las áreas grises de la incertidumbre frente a problemas complejos que no quiero molestarme en comprender».

 Rurbanos

Y así los “chalecos amarillos” desconfían de toda fuente de información que no sean sus grupos de Facebook. Entre ellos hay honrosas excepciones. Pero ahí tiende a reinar la diarrea imprecatoria, el complotismo, las “fake news” más delirantes. Fue muy compartido y enriquecido cada vez con más detalles el bulo según el cual Macron había organizado el atentado de Estrasburgo para desviar la opinión pública del problema de los “chalecos”.

Solo a través del autismo paranoico generado por los grupos de Facebook se entiende el odio que tantos “chalecos amarillos” profesan hacia Emmanuel Macron. Confieso que me sentí “catastrofado” como se dice en Francia, o sea todavía más que consternado, al comprobarlo. Confieso que, de inmediato, no pensé en la teoría del chivo expiatorio sugerida lo mismo por Sloterdijk que por nuestros especialistas en redes. ¡Y eso que siempre sentí fascinación por las tesis y la obra de René Girard! Confieso que olvidé hasta qué punto la designación de una cabeza de turco nos da el sentimiento de tener masivamente razón,  nos regocija y desahoga hasta extremos difícilmente imaginables.

Confieso que a mí también me ha irritado a veces la forma en que Macron “se pasaba” de pijo y de primero de la clase. Siempre pensé que lo hacía para mostrar hasta qué punto él era otra cosa, iba “con la verdad por delante”, sin la demagogia ni la caspa de sus predecesores. Y aquí se me olvidó la vigencia y la utilidad de la tesis del “capital cultural”. Odian a Macron precisamente por ser el primero de la clase, por ser demasiado brillante, por mostrarles que él era algo con cuya perspectiva ellos no podrían haber soñado jamás. Le odian por tener razón despreciándolos. Al menos así lo creen ellos, o quieren creerlo.

La siguiente pregunta es saber a dónde irá a parar todo esto. Advierto de antemano que no tengo ni idea y solo sé que nos obliga a ir ampliando horizontes…

Seguirá.

Corral periurbano

Martes, 18 de Diciembre

Valle de Esteban

Mástil de soledad, prodigio isleño, 
flecha de fe...

lunes, 17 de diciembre de 2018

El Bernabéu en familia

Cabut, creador del cuñadismo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El primero en dar el queo fue Cristiano Ronaldo en Turín:
En Madrid son humildes, pero aquí siento que lo son más. Es muy diferente de Madrid, esto es una familia.
Si en la Juve son una familia, entonces en el Real Madrid no lo eran. O no lo son, aunque lo más triste del sábado en el Bernabéu fue constatar que los madridistas volvían a estar… en familia.
En familia en la grada (faltaba la mitad del estadio) y en familia en el campo, pues Lucas Vázquez aporta a este Madrid el cuñadismo, y Valdano, luego de una hora de hablar sin tener nada que contar, se puso a glosar la función de Lucas Vázquez, tameme del solarismo, que es correr con todo el Madrid a cuestas. Lo que hacía Cristiano Ronaldo lo hace ahora Lucas Vázquez, o sea, el cuñado, y vale la pena de ir al Bernabéu (resumía, sin cinismo, el filósofo de Roures) sólo por ver correr a Lucas Vázquez.

“¿Quién es ése?”, preguntó Cánovas un día que hablaba Maura en la tribuna del Congreso. “Maura, el cuñado de Gamazo”, le dijo un compañero de banco. “Pronto –replicó Cánovas– será Gamazo el cuñado de Maura”.

Pronto será Cristiano Ronaldo el cuñado de Lucas Vázquez –podrá decir Florentino Pérez en el palco cuando le pregunten los invitados por las carreras de Lucas Vázquez en la banda natural de Amancio, Juan Gómez y Cristiano Ronaldo.
Mas Lucas Vázquez no es el Mon Beauf (cuñado de cuñados) que Jean Cabut, o Cabu, puso de moda en Francia para regocijo de los señoritos que detestan la democracia (populismo, dicen las “elites”) en París como en Madrid con melancolía de Embassy, elevando su desprecio a rango de virtud. Lo que tiene de malo Lucas Vázquez es que nos transporta a aquellos días en que Juanito “chupaba”, levantaba la cabeza, veía a Pineda y a Isidro, y seguía “chupando”, sólo que en el Madrid de Solari no hay ningún Juanito. Podría serlo, salvando las distancias, Isco, pero Isco ni está ni se le espera en esta familia que no es una familia, al decir de Cristiano Ronaldo, que no ha leído a Céline y no sabe que está hecha para todo, menos para ser contemplada, la familia.
Ante todo, la fuerza del padre, su felicidad, consiste en besar a su familia sin mirarla nunca, su poesía.
Contaba don Eugenio d’Ors cómo una vez, al bajar del tren en Zaragoza, le esperaba al pie del vagón el amigo castizo y maño:

Vendrá a mi casa... Le convido a un cocido de familia...
Y murmuraba el grande glosador de esta Casa:
Las dos cosas que más molestan: la familia y el cocido.
Hughes, cronista de fineza d’orsiana (en lucha “contra esta cosa vulgar, campechana, de los españoles”), lleva cuatro meses ligueros aplicando al fútbol madridista la regla d’orsiana (la observación, que quiere captar los fenómenos; la razón, que quiere captar las esencias; y la inteligencia, que quiere captar las figuras), llegando a la conclusión de que la singularidad del campeón de Europa, que esta semana recibió de unos hackers rusos su peor resultado europeo en casa, se reduce a “la verticalidad monda y lironda de Lucas”.
Se ve lo que es el Madrid yendo a la tienda a comprar una camiseta para los sobrinos en Navidad. ¿De quién se le compra? ¿Lucas?
¡Anda que en Navidad no da juego, la familia!
Cuenta Pemán que, al estrenar su “Edipo” en el Español, invitó al palco en la segunda o tercera representación al terrible ministro de la gobernación don Camilo Alonso Vega, el Grande Marlasca del franquismo. Como el autor le había dado a la obra “cierto ritmo policial que no se aclaraba hasta las últimas escenas”, don Camilo (“Don Camulo”, llamaban en la oposición a aquel “hombre enérgico con una pronunciación dulcísima”) entró de lleno en el suspense que de todo ello resultaba. Escuchaba absorto. Y cuando ya se iniciaron esos últimos cinco minutos de la tragedia donde se aclaraba todo a trallazos verbales, el general tomó la mano, casi tembloroso, del autor, y dijo:

Pero Pemán, ¡este hombre está casado con su madre!
Sí, don Camilo: desde hace veinticuatro siglos.
Al Madrid sólo le queda la Nochebuena para intentar arreglar todos sus problemas de familia.


Alonso Vega

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Mourinho se negó en Valencia a responder una pregunta que no le gustaba y el periodismo le atizó con el canto de un código ético que los periodistas tienen para estos casos. Mourinho, como buen portugués, piensa en España como si estuviera en Inglaterra, donde Whitehead, apoyándose en la repisa de la chimenea, dijo una vez: “Hay preguntas que pueden contestarse, pero carecen de importancia; otras son importantes, pero no pueden contestarse”. En Madrid, mientras, el periodismo preguntó a Solari por Isco y Asensio, y Solari contestó: “No leen la prensa, si leyeran la prensa ya sabrían que a esa pregunta ya la respondí. Léanse entre ustedes”. ¡Leerse entre periodistas! Eso, tal como están las cosas, casi es tan duro como pedirles que se sienten a ver jugar a su Madrid.

Alfred North Whitehead

El retrato de Camba al ministro Ábalos


Pues pasó que los españoles estábamos
 de vacaciones y habíamos dejado la casa
 en poder de los criados. Esto fue lo que pasó.
 Habíamos dejado la casa en poder de los criados,
 y los criados quisieron hacerse los amos.
 ¿Le parece a usted poco?


Lo que pasó



Julio Camba
Sevilla, 22 de Febrero (1938)

    Hay un extranjero amigo mío que no se explica todavía lo ocurrido en España.

    –¿Qué pasó –me pregunta– para que llegasen ustedes a la situación actual?
    
Pues pasó –le contesto– que los españoles estábamos de vacaciones y habíamos dejado la casa en poder de los criados. Esto fue lo que pasó. Habíamos dejado la casa en poder de los criados, y los criados quisieron hacerse los amos. ¿Le parece a usted poco?
    
Porque aquella casa era la nuestra –sigo contestando–. Muy vieja y bastante destartalada, con muchas grietas y muchos desconchados, pero era la casa que habíamos heredado de nuestros padres y que debíamos transmitir a nuestros hijos. Entre sus paredes venerables se encerraba toda la historia de la familia, generación por generación, y nosotros no íbamos a permitir que nadie se hiciese allí el amo sin más ni más, de la noche a la mañana.

    No sé si mi amigo el extranjero conoce esta expresión tan española de “hacerse el amo”. Hacerse el amo es todo lo contrario de serlo. El amo de una cosa la cuida o la descuida, allá él, pero no hay temor alguno de que, para demostrar sus derechos de propiedad o dominio, coja la cosa en cuestión y la destruya, que es, precisamente, como procede aquel que quiere hacerse el amo.

    –Yo soy el amo de este baile dice un día un matón, apagando la luz del local donde se baila y lanzando al aire un par de tiros.
    
Y, no bien ha acabado de hacerle su presentación al público, cuando ya el baile dejó de existir como tal baile para convertirse, a lo sumo, en una pista de boxeo o de catch as catch can.

    –Aquí no hay más amo que yo –grita otro día un borracho, entrando a saco en una cacharrería donde no deja títere con cabeza.

    Y, aunque rompa sin previo anuncio los títeres o los cacharros, la consecuencia será la misma. Al comentar su hazaña, el público no dejará de exclamar con cierto dejo de admiración:

    –¡Se ha hecho el amo!...
    
Nuestros criados –aquellos criados perfectamente desconocidos de la familia y de la vecindad, que habíamos encontrado a última hora, sin exigirles certificado alguno de referencia– quisieron hacerse los amos de nuestra casa por el mismo procedimiento que utiliza el borracho para hacerse amo de la cacharrería, o el matón para hacerse amo del baile. No les bastó con beberse nuestro vino, sino que desfondaron los toneles y rompieron las botellas que lo contenían. No se limitaron, en fin, a la contemplación de nuestros cuadros o nuestros tapices, cosa que estaba muy lejos de satisfacer sus deseos de posesión, sino que fueron y los hicieron añicos...

    Cuando empezamos a barruntar lo que ocurría, la casa estaba ardiendo ya por los cuatro costados, y, naturalmente, tuvimos que acudir de prisa y corriendo con cubos y baldes de agua.Ya sé lo que dicen ahora los criados. Dicen que, primero, nosotros echamos el agua y que ellos sólo recurrieron al fuego en último extremo y para contener la inundación... Esto dicen los criados, y mi amigo el extranjero puede escoger entre ambas versiones. Para mayor facilidad yo le presento la una junto a la otra.
HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006


Hacerse el amo es todo lo contrario de serlo.
El amo de una cosa la cuida o la descuida,
 allá él, pero no hay temor alguno de que,
 para demostrar sus derechos de propiedad
 o dominio, coja la cosa en cuestión
 y la destruya, que es, precisamente,
 como procede aquel que quiere
 hacerse el amo

Lunes, 17 de Diciembre

Valle de Esteban

La brisa es ondulada

domingo, 16 de diciembre de 2018

Los chalecos amarillos y Peter Sloterdijk

 Peter Sloterdijk


Jean Juan Palette-Cazajus

Me disponía a procurar satisfacer la curiosidad de algunos amigos desarrollando un poco lo apuntado hace unos días sobre el movimiento de los “chalecos amarillos”, cuando di con la larga entrevista que el semanario francés “Le Point” le hacía esta semana a Peter Sloterdijk, el filósofo alemán menos aburrido de los últimos 20 años. Comparto prácticamente todas sus consideraciones. Me tomé la molestia de traducirla (¡de nada!). Luego comentaremos y puntualizaremos.

LE POINT: ¿Qué le inspiran, desde su retiro de Karlsruhe, el movimiento de los “chalecos amarillos” y las imágenes de las revueltas en las calles de París?

PETER SLOTERDIJK: Me recuerdan la pregunta de un Hitler encolerizado al general Von Choltitz a finales del mes de agosto de 1944: ¿Arde París? Me pregunto si tal pregunta no sigue siendo válida y no permite entender la totalidad de la posguerra francesa. Esto es lo que dicen las imágenes que hemos visto: era evidente que París iba a arder una vez más.

 La erotización de llamarse pueblo

LP. ¿Por qué dice estas cosas, usted tan entusiasmado con la elección de Macron porque hacía entrar a Francia -eran sus palabras- “en la edad de razón” y que, también, siempre según usted, había sido elegido por los franceses “para renovarse ellos mismos”?

PS. Ciertamente. Pero el silencio colectivo que siguió rápidamente a su instalación en el Elíseo me resultó sospechoso. Me pareció un mal presagio porque traducía un malestar profundo. Aquello que llamamos “populismo” es la manifestación contemporánea y politizada del “malestar en la civilización”  de que hablaba Freud en 1930. Efectivamente, yo estaba casi seguro de que las llamas prenderían antes de fin de año. Esto se podía inferir después del errático conflicto en la SNCF (1), aquella huelga extraña que interpretó la conocida melodía de las luchas sociales en Francia: la voluntad de defender encarnizadamente unos privilegios. En el caso de los ferroviarios, eran unos privilegios extraordinarios, lo nunca visto  a escala mundial desde la época de las aristocracias.

LP. ¿Y esto es lo que hacen hoy los “chalecos amarillos”, cuando dicen que hay demasiadas tasas y negándose a pagar impuestos: defender privilegios?

PS. No, ciertamente. Ellos expresan la casi precariedad de sus modos de vida entre falsa urbanidad y falsa ruralidad. Para ellos, el aumento del precio de los carburantes bajo un pretexto ecológico les pareció una recaída en la época de los pechos y de los diezmos. La Francia profunda nunca deja de desconfiar de lo que se decide en la capital.

LP. ¿De modo que, para usted, se trataría, como en el siglo XVIII, de la rebelión de los suburbios o de la gente humilde contra la Corte y contra aquellos de quienes se piensa que tienen la vida fácil?

PS. Hay que prestar atención a la tonalidad específica del populismo francés. En vuestro país existe la costumbre de erotizarse autodenominándose “el pueblo”. Cualquier asociación local puede reivindicar el derecho a autoproclamarse “el pueblo”. Cualquier grupúsculo teorizante pretende ser un comité de salvación pública. Y como Francia, además, pretende ser el pueblo entre los pueblos, el riesgo de una crisis histérica colectiva siempre es bastante elevado. Ustedes son los superdotados de la rebeldía. Observo el orgullo con que aquellos que marchaban sobre París reivindicaban sus provincias, exhibiendo banderas bretonas u otras. La cuestión era proclamar que no se es de París. La contribución parisina, por otra parte, sólo ha consistido en la presencia de los vándalos y de algunos nihilistas profesionales.


 François Rabelais
1493-1553

LP. ¿Y la contribución de un observador francófilo de la orilla derecha del Rín, en qué podría consistir?

PS. Para un intelectual confrontado a este tipo de situaciones, quedan dos opciones. O baja a la calle con la multitud para convertirse en observador directo o en informador subido a las barricadas, o se retira en su biblioteca y vuelve a abrir los libros que le parecen mantener una relación con lo que está ocurriendo.

LP. ¿Y qué libros a vuelto a abrir usted?

PS. El primero fue el célebre estudio de Mijail Bajtin La Cultura Popular en La Edad Media y en El Renacimiento. El Contexto de Francois Rabelais, en la cual describe la función del carnaval en una sociedad estratificada como lo son la mayoría de ellas: es decir una función catártica que permite, puntualmente,  un vuelco de los valores, particularmente una negación del poder establecido. Cuando unos manifestantes dicen “Macron, vamos a por tí”, estamos dentro de este esquema. Ya no se respeta el poder. Es un momento “rabelaisiano”, acompañado de alusiones sexuales hacia el jefe y su esposa, situadas por debajo de la cintura, de esas que tanto le gustaban a Rabelais. Durante el carnaval la gente lleva trajes, a veces muy modestos (como lo es el chaleco amarillo) y que colocan a todos los ciudadanos en un pie de igualdad. La propia Revolución Francesa tuvo también un aspecto carnavalesco, por más que a ella la encantaban las referencias a la Antigüedad, los fasces romanos o el gorro frigio, que se inspiraba en el que solían llevar en el Imperio romano los esclavos libertos...En nuestro caso la gente lleva la prenda de quien acaba de tener un problema en la carretera o de aquél que recoge la basura urbana, pero el mensaje es el mismo: el que lleva el chaleco le manda una señal al poder: “¡Ojo, hay un accidente!”. El chaleco amarillo es el traje del accidente generalizado. 


 El Mal Francés

LP.  ¿De modo que se trata ante todo de lanzar una señal?

PS. No solamente. El otro aspecto “rabelaisiano” del asunto es que estamos padeciendo un  aluvión muy pintoresco de payasos y de intérpretes de la revuelta que hacen como si entendiesen lo que ocurre. Como esta extraña clase de intelectual llamada Eric Zemmour, que pretende ver en ese movimiento popular una nueva “jacquerie” (2) cuando, a estas alturas, todavía no se ha visto a un solo campesino en la calle. Lo que demuestra que este “Diciembre” francés es también el momento de los payasos, impulsados por las redes sociales que aceleran toda vía más la “carnavalización” del asunto. La espléndida y trágica promesa de Internet es que ya no volvería a haber ni jefes, ni jerarquías ni autores, ni tampoco ningún representante de lo que fuese. El resultado es desolador: no hay nadie con quien el Elíseo o Matignon (3) puedan negociar. El movimiento de los chalecos amarillos  expresa de manera clamorosa la gran crisis de la representación en que estamos inmersos. Cuando todo el mundo piensa ser jefe o escritor, en realidad nadie es ya ni lo uno ni lo otro. Sólo durante el carnaval puede todo el mundo llegar a ser rey,  por un día o durante cinco minutos en un canal informativo. Aquello embriaga, crea una satisfacción ficticia. La carnavalización de la sociedad por el sistema mediático no cejará. ¿Cuál es el único resultado de una fiesta? El haber estado festejando: “lo importante es participar”.

LP. ¿Y después de Rabelais?

PS. Cogería en las estanterías el libro de Alain Peyrefitte “El mal francés”. Ya en 1976 el autor describía la estructura de la sociedad francesa con suma perspicacia. Su diagnóstico primario se volvió proverbial:  “el inmovilismo convulsionario”. Es lo que define la mentalidad francesa desde el fracaso del asalto a la Bastilla. Según Peyrefitte los males de vuestro país vienen del hecho de que Francia no ha conseguido librarse jamás de su herencia absolutista que se remonta a Colbert y a los grandes cardenales como Richelieu y Mazarino. Un centralismo gargantuesco que hace que todo vaya en el sentido de un cesarismo tecnocrático. Frente a este Estado omnipresente se construye una sociedad “de irresponsabilidad ilimitada” parodiando la denominación del modelo de empresa más común en Francia, el conocido como SARL,  “Société A Responsabilité Limitée”…


 Enrique IV en 1602
Por F. Quesnel

LP. ¿No es acaso Emmanuel Macron la perfecta emanación de este cesarismo tecnocrático?

PS. Completamente. Ésta es la insondable ironía de su posición. Él es el perfecto producto del cesarismo francés. No obstante, había prometido durante su campaña librar la nación del azote de una política que se confundiera con la gestión administrativa. Fue aquella promesa la que motivó su victoria. Acuérdense, quería volver a moralizar la política, volver a politizar el espacio público, volver a hacer del país la tierra de emprendedores que fuisteis antes de la expulsión de los protestantes a consecuencia de la revocación del Edicto de Nantes. Hasta ahora nadie ha entendido la envergadura de la política nacional y europea de E. Macron. Sólo puede resultar paradójica y dialécticamente contradictoria ya que se dirige a un electorado que estuviera dispuesto a acompañar una maniobra complicada y a largo plazo. Vean por ejemplo la supresión del ISF, el “Impuesto Sobre la Fortuna” (4). No fue en absoluto una decisión tomada desde una soledad arrogante y “jupiteriana” ni un subrepticio golpe de estado a favor de los ricos. Era el resultado de una reflexión democrática y fundada sobre un cálculo sólido. Aquel impuesto había demostrado ser estéril y expresaba ante todo una voluntad de castración simbólica de los “ricos”. Era pues un impuesto destructor que había perjudicado en alto grado la hacienda francesa al suscitar la evasión de capitales.

LP. Suprimió el ISF  pero decretó una tasa sobre el gasóleo. ¿Esto también es simbólico?

PS. ¡Aquello habría podido y debido ser un simbolismo progresivo! Si este proceso no han sabido entenderlo tantos habitantes de la Francia profunda, la culpa es del Sr Hulot, el dimitido ministro de Ecología. Él es quien habría tenido que explicar a los franceses el sentido de estas medidas. Hulot ha preferido escuchar la llamada de su vanidad y de su infantilismo voluntarista. Seamos serios, el giro ecológico del sistema económico mundial tardará un siglo entero. No se dimite después de unos pocos meses porque las cosas no vayan tan rápidamente como se esperaba.

LP. ¿Quiere usted decir que hay demasiados desertores y  egómanos en el equipo del Presidente?

PS. Me bastará constatar que la traición es un tema inagotable en la historia política de Francia. Pero no se puede decir que el “pueblo” de los chalecos amarillos traicione a su Presidente. No hace falta que lo traicione. Basta con que lo vuelva loco con mensajes contradictorios: “¡Danos por fin las reformas indispensables!” por un lado; “¡Ay de aquél que se atreva a reformarnos!”, por otro.

LP. Pues efectivamente, en las manifestaciones se han visto pancartas que decían “Macron = Luis XVI”. ¿Acaso uno de los presidentes anteriores no decía que para los franceses elegir un presidente era elegir un rey al que se le puede cortar la cabeza todos los días?”

PS. No. es un reflejo estúpido comparar a Macron con Luis XVI. Sólo me he encontrado dos veces con Macron y su mujer. La primera vez fue en Aquisgrán, en mayo, en la entrega del premio Carlomagno. La segunda fue en París, este otoño, en el taller de un artista. De modo que puedo decir que vuestro Presidente no se parece en nada a Luis XVI. Si hubiese que buscarle una referencia histórica, esta sería más bien Enrique IV: un rey con un carisma perceptible hasta por sus adversarios más irreductibles, inteligente, flexible, erudito, dotado de una visión global del porvenir, entregado a una actividad monstruosa que agotaba a sus colaboradores pero hacía que floreciera el país. Lo único en que no coinciden es en la disponibilidad erótica. En este campo Mitterand era más próximo al “Verde galante” (5) que Macron.[…] Enrique IV sobrevivió a 17 atentados y murió con el de Ravaillac, en 1610, el que hacía 18. Macron ha sobrevivido a bastantes “atentados/dimisiones” por parte de sus falsos amigos.


 Funerales por Victor Hugo
1 de junio de 1885

LP. Veo que usted vive realmente dentro de una biblioteca.

PS.  Abro un tercer libro el de René Girard “El chivo expiatorio”. Su teoría es que una sociedad en crisis siempre decide aislar a un presunto culpable y practica una matanza sacrificial para recuperar la paz interna a sabiendas -inconscientemente- de que la víctima es inocente. Todo el mundo sabe que no es Macron el que ha inventado las desigualdades. Todo el mundo ha escuchado su promesa de laborar por el bien de todos sus  compatriotas y el de todos los europeos. Sin embargo se le acusa de ser el “presidente de los ricos” ¿Por qué? ¿Porque ha pasado algunos años estudiando los sistemas bancarios? […] ¿Porque es culpable de conocer los mecanismos de la creación de la riqueza?

LP. Lo que se le reprocha es que esta riqueza esté mal redistribuida. ¿Macron como chivo expiatorio? ¿Por qué no? Pero el caso es que él es quien ha elegido la política que lleva a cabo, él es quien habla de la necesidad de presidir de un manera “jupiteriana”.

PS. Confieso que entiendo mal esta metáfora. Me gustaría volver a oír la versión original. De momento me digo que Júpiter, en el siglo XXI está rodeado por dioses desertores. El Olimpo ya no es lo que era.

LP. Volviendo a esta imagen del carnaval ¿quien será al final el rey de este carnaval?

PS. La cuestión no es tanto de saber quién será el rey sino de oponerse a que algunos usurpadores accedan al trono. En Francia demasiado bien se conoce el nombre de los pretendientes. Son ellos los que alimentan la tendencia hacia el caos, por no hablar de la intervención de los troles rusos. 

LP. ¿Qué se puede hacer?

PS. Yo propondría que abriésemos un cuarto libro, la obra maestra de Elías Canetti, Masa y poder, publicada en 1960. Ahí describe el funcionamiento de la muchedumbre, el hecho de que la única voluntad de la masa es su propio crecimiento. La masa es masa mientras crezca. Es preciso pues esperar el momento en que se vaya estancando. Según las leyes de la psicología de las masas, llegará un momento en que todo se venga desinflando. Diciembre es mala temporada para las revueltas, incluso en Francia donde la dinámica mimética heredada de la Gran Revolución tardará todavía tiempo en interrumpirse. En invierno, la contrarrevolución es la meteorología. El frío mueve a la reflexión. Quisiera recordar una confrontación imaginaria entre Karl Marx y Víctor Hugo. Acuérdese, vuestro escritor faro no oponía la “burguesía” al “proletariado” sino la clase “contenta” a los “miserables”. Nunca se ha entendido que el marxismo a la francesa era en realidad el “hugoísmo”. Las verdaderas luchas de clase conciernen las condiciones de la satisfacción, de la resignación y de la rebeldía. No es la economía política la que decide sino la psicopolítica. Hoy, en ese país al que adoro más que el mío propio, fuente de inspiración para el mundo moderno, patria de los literatos, del cine y de la canción comprometida, mucha gente ha aprendido a asumir una actitud de “miserables”, incluso cuando, a escala mundial, gracias a los esfuerzos extremados del Estado francés,  incluida la tasa de algunos céntimos sobre el carburante, forman parte de los desfavorecidos más favorecidos de la Tierra.

LP. ¿De modo que usted rechaza las reivindicaciones de los contestatarios?

PS. En absoluto, yo las apruebo en sus aspectos razonables. Pero hace falta admitir que vuestro presidente no puede -como hacía Jesús- andar sobre el agua. 

N del T:

1. La RENFE francesa.
2. Los “Jacques”, o sea los “Jaimes”, eran los labradores pobres. Llamábanse “jacqueries” las puntuales y anárquicas revueltas que protagonizaron durante siglos.
3. Matignon es la residencia del Primer Ministro.
4. Los chalecos amarillos están obsesionados con su restablecimiento.
5. “Verde Galante” es el apodo con que pasó a la historia Enrique IV (1553-1610), primer Borbón y  tatarabuelo del actual monarca español, por su, llamémosla, hiperactividad amorosa.

Navidades, termómetro y contrarrevolución

Resucitado



Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Los jugadores del Reus habían optado por la solución más lógica y creo que más digna a su desventura. Desecharon el pan para hoy y hambre para mañana de la Liga de Fútbol Profesional que les aseguraba los sueldos de la temporada, pero que les condenaba a navegar por el deshonor hasta seguro descenso y a vaya usted a saber las componendas y ofertas  de cada jornada, teniendo en cuenta que ganar no les era necesario. Atendieron las propuestas de equipos en teoría solventes que siempre llegan por Navidad y con ellas echaban sus cuentas hasta que un milagro inesperado y puede que hasta poco recomendable para los intereses de la mayoría de la plantilla les devolvió a una realidad que quiere normalizarse pero que creo estigmatizada. Sobre el mediodía, seis horas antes del partido ante el Córdoba, empezaron a llegar dineros a las cuentas y la noticia de que todo estaba solucionado: el Reus acabaría la temporada sin mayores problemas. Yo, que soy un simple, no pude reprimir un “coño, los sábados abren los bancos en Cataluña”.  Uno de esos Oliver que en el fútbol son, empresario que estuvo en la directiva del Barça de Laporta y que  compadrea con Jorge Mendes, dicen, supuestamente ha vendido el Reus y el Reus ha resucitado.  Hoy, ya domingo, así parece.
       
Personalmente creo que en el Reus hay buenos futbolistas de sobrada capacidad para ejercer sin mayores problemas una carrera en segunda división. Desde el portero Badía del que estoy convencido ya tendría nuevo patrón, hasta el bronquista Linares, inquieto veterano de 36 años al que confieso haber insultado, sobre todo cuando jugaba en el Elche, por unos malos modos copiados de aquellos uruguayos setenteros más tramposos que despreciables. En la plantilla hay futbolistas cedidos como el bajito portugués Gustavo Ledes del Celta, con técnica y clase suficiente para tenerle más que respeto; Moore, portento físico que creo pertenece aún al Levante; el venezolano Mikel Villanueva aún propiedad del Málaga; Juan Domínguez, fino centrocampista que no desentonó en Primera varios años con el Dépor; Mario Ortiz, el melenudo cántabro al que habría que darle la medalla al mérito del trabajo, o Rodrigo Vaz, otro portugués también bajito y talentoso que podría ser uno de los nexos con el todopoderoso Mendes. El capitán Olmo, Fran Carbia o Querol serían el componente cuasicanterano, no por iniciarse en el club sino por fidelidad, que hace fuerte a estos clubes que desde lugares poco corrientes se van asentando en Segunda División.  
      
Con premisas tan efervescentes y una afición que acababa de manifestarse por las calles del pueblo gerundense animando a su equipo y cantando “Oliver, vete ya” empezó un partido emotivo, que no emocionante. No hubo nada en los 90 minutos excepto dos errores defensivos garrafales. Uno en cada área. En la del Reus el  error fue de marcaje y lo aprovechó Aythami, nuestro central, incomprensiblemente sin nadie alrededor, que remató con el pie y a media altura un córner por la derecha. El del Córdoba fue más pillería de Linares, que atemperado ya su carácter sacó a nuestros centrales del área y en el único balón metido a las espaldas de los defensas les apostó una carrera con la ventaja que da la indisimulada lentitud y desesperante descolocación de los oponentes. Fue gol. El empate a uno. No  sirve ni al Córdoba ni al Reus, pero les hace solidarios en la tribulación.
      “Ánimo Reus”, decía la pancarta de Sangre Blanquiverde, la peña cordobesista en Cataluña, convencida cuando la pintaron de que asistían al último partido de un club con más de 100 años de historia y  que a mí me llamó  la atención por primera vez por vestir como el Milán. Luego, al mediodía, nos juntamos a comer los de mi peña. Creo que de fútbol no vamos a hablar.  

¿Qué es el Madrid de Solari?

Se ve lo que es el Madrid yendo a la tienda a comprar una camiseta para los sobrinos en Navidad. ¿De quién se le compra? ¿Lucas? ¿Ramos? ¿Mariano? ¿Benzema? ¿Qué nos diría el amigo o el hermano a cuyo vástago le llevásemos una camiseta de Benzema? ¿Qué nos diría nuestro propio hijo? Sería sorprendente que dijera: «Gracias, siempre admiré su fútbol de culto».

Agustín García Calvo, entre la cátedra y la bohemia



ENTREVISTA CON AGUSTÍN GARCÍA CALVO

Los Domingos de Abc, 8 de Febrero de 1981

Ignacio Ruiz Quintano

Todo un apeiron, este griego de Zamora, catedrático de Filología Latina en la Complutense -confinado, multado, expulsado, exiliado, rehabilitado-, bohemio en el Barrio Latino, feo, poeta por falta de amor, escéptico, filósofo para matar la curiosidad que nace de cualquier niño, dramaturgo porque es el juego que más le gusta, traductor de clásicos, su misma clase, bueno, es un teatro...


Seguir leyendo: Click

"Todo español por el hecho de ser español es un hombre disminuido"


CONVERSACIÓN CON RAMÓN PÉREZ DE AYALA
(Oviedo, 1880- Madrid, 1962)

Por Alberto Guillén


Quiero acordarme de la dedicatoria de mi libro. Yo le llevé un libro a don Ramón, aunque hay quien dice que no lee los libros americanos que le envían. ¿Qué decía la dedicatoria? Ni más ni menos, así: "A don Ramón Pérez de Ayala, que es el único español en cuyo talento creo". ¿Así? ¿Tanto? ¿Y por qué? Justifiquémonos. Opinión tan decisiva ha menester razones contundentes. Pero ¿no es Ayala el que ha dicho ser un "hombre semifrustrado sólo por el hecho de haber nacido español"? ¿Es un hombre semifrustrado en el único en quien creo? No, señor. Es que "todo español por el hecho de ser español –es Ayala el que habla– es un hombre disminuido, es tres cuartos de hombre, medio hombre, un ochavo de hombre". ¿Entonces? Nada. La consecuencia es clara: Ayala tiene un admirable talento, porque...

¿Pero no es España?... " No; España no es todavía nación civilizada", dice don Ramón. ¡Todavía! Esto es, a pesar de los mil novecientos veintiún años que... (Perdonen los puntos suspensivos los lectores, que en este caso me ahorran tiempo y bilis.) ¿Cómo no estar, pues, de acuerdo, absolutamente de acuerdo con don Ramón? Menos mal que yo nací en cualquier parte y a él, es decir, a don Ramón, le "cupo la desdicha de nacer en España, a deshora". Esto es, cuando aún no es nación civilizada. Antes en sus dominios no se ponía el sol. ¿Y ahora? Esto se ha reducido a una grillera. Pues bien, paseando en la grillera, dándome de codazos con mendigos y con grillos... Nada. Que a mí me pasa lo que a Ayala: "A cada paso que doy –dice don Ramón– experimento una manera de congoja, de asfixia, que no es sino la ausencia de ideas en el ambiente".

Bueno. Ahora es Ayala el que habla. Paseamos por el Prado y ya los almendros están en flor; también los golfillos enseñan impunemente las desnudeces en el aire tibio.

Haría mucho bien –dice Ayala– que cada cierto tiempo viniera un muchacho de talento como usted, con ese valor que tiene usted, o observar el ambiente literario. España es una pecera demasiado chica y unos peces molestan a los otros con la cola.

Serán como los asnos de mi aldea, don Ramón. Cuando no se revuelcan, dan con los cascos en el predio vecino.

Sí, aquí es igual, somos como comadres que vivimos de la vida ajena a falta de la propia. Murmurando de todo. Ensayando el palillo de dientes en el nombre del amigo. Dando mordisquitos de ratón en...

Es verdad, don Ramón. Tiene usted razón. Ya lo había pensado. Si yo no tuviese un título tan bueno como La linterna de Diógenes para un libro humorista que estoy haciendo sobre la vida literaria de aquí, lo llamaría Las alegres comadres. Yo no he hecho más que escribirlo: ellos lo han pensado. Los visité a todos sin otra intención que conocer hombres, pero como más que hombres eran literatos, hablamos de literatura. Yo creo que la literatura le interesará siempre a un literato más que el arte culinario, ¿no le parece? ¡Eso fue todo y no fue nada! Y así nació mi libro.

Muy bien. Será ése un libro moral. Hará bien. Saneará el ambiente. Enseñará a amordazar esos pequeños odios, esos pequeños rencores que se tienen unos a otros, y a no tener siempre sino una opinión. Aquí son distintos el literato en sus libros y el hombre en su casa. Parece que siguen la máxima de Dumas: "Yo tengo –decía Dumas– dos opiniones de la Virgen: una para los periódicos y otra para los amigos". Esto es lo que pasa aquí. Se elogian en letras de molde y se muerden por la espalda. Yo abomino esta duplicidad. Soy uno en la vida como en mis libros. Opino igual delante de un amigo que en los diarios. Es necesario que cada cual cargue con lo que dice, ¿no es verdad?

–¡Claro! O que no lo diga.

–Esto es, que no lo diga si no tiene el valor de sostenerlo. Por ejemplo, yo tengo para mí que Benavente puede tener todos los defectos orgánicos que le dé la gana, pero eso no le quitaría el derecho de poder ser un buen dramaturgo. Cien veces he ido a un estreno suyo con el deseo de que aquello fuese una maravilla. Si luego ha resultado un desastre, yo no he tenido la culpa.

–Claro está, don Ramón. Pero ¿no es verdad que usted le dijo al escritor Hidalgo que Benavente era un...?

–No, hombre. No le dije eso. Ese joven ignora los matices. Pude haberlo dicho, pero no en esa forma. Lo que le dije es que Benavente tenía esa malevolencia morbosa y aguda que caracteriza a las mujeres. Nada más. Yo no digo nunca palabras que deben decir sólo los jayanes. La fisiología no tiene que ver nada en mis apreciaciones sobre Benavente. Hay hombres con sicología femenina, como hay mujeres que al escribir parecen machos. Un caso es la Pardo Bazán: muy mujer, ha tenido hijos y todo y, sin embargo, sus libros son hombrunos. Cosas sicológicas.

Jacinto Benavente

–¿De modo que usted siempre dice la verdad?

–Siempre.

–Pero eso crea enemigos.

–Sí, muchos. Yo los tengo sin contar. Me llaman el malévolo por eso. ¿Malévolo? No, señor: un individuo puede ser mi amigo, pero si tiene un verso bien medido que le hemos de hacer, yo se lo digo.

–¿O viceversa?

–¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?

–¿Que si su amigo es un idiota?...

–Sí, señor; o viceversa.

Don Ramón en la calle usa unos lentes enormes y un gabán de color indeciso. Es nervioso. A veces pega unas carreritas de chiquillo. Se entusiasma hablando. En su casa no es ni calvo ni fatigado, ni "poseur" como un Ortega y Gasset, por ejemplo, ni inocente como los Quintero, ni desharrapado y tonto como Baroja, o gélido como Azorín. Es más bien sencillo, más bien afable, agudo y cordial, muy agudo y muy cordial. En Ayala no hay nada decorativo. Nada, ni su desdén por los demás. ¿Habla bien? ¿Habla mal? No sé, está en un plano superior. Nada más. Otros elogian por lo contrario. Eso es todo. ¡Cómo he gozado yo viéndole quitar los oropeles a tantos hombres consagrados con la misma alegría y la misma naturalidad que un niño las alas a una mariposa!... ¿Por qué? Dice lo que siente. Nada más.

–¡Baroja es!... (Suprimo la palabra por decoro.)

–Ya lo sabía. Siga usted.

–Él mismo ha confesado su debilidad en Juventud, egolatría, diciendo que no ha tenido nunca el valor de acercarse a una mujer.

–¡Eso es bastante económico!

–¡Es verdad, don Pío es muy económico! Más aún, es avaro. Los Baroja juntan el dinero por el placer de juntarlo. Son sucios. De panaderos han llegado...

–¿Cómo? ¿Don Pío fue panadero?

–Sí, don Pío fue panadero muchos años. Hoy es escritor, aunque no sabe escribir. No hay más que ver sus obras para comprender su caso. Tienen esa desconexión, esa falta de fijeza, de atención, de energía sostenida del hombre normal. Don Pío es un hombre que se sienta a la vera del camino y ve pasar un hombre. Lo describe con dos pinceladas y ya no se vuelve a acordar más del hombre. Luego una mujer... Luego don Pío se va de la vera del camino y se acuesta en el primer fondín. En el detalle, en la pincelada, es en lo único que está bien...

–¿Entonces es algo así como Gómez de la Serna?

–Sí, algo semejante. Sólo que Gómez de la Serna no es más que eso: un detallista, un observador del microcosmos; un hombre que tiene, en vez de ojos, lunas de aumento. Nada más. La Serna trata de hacer una catedral sobre la cabeza de un alfiler, cuando lo lógico sería construir una grillera. Cuando La Serna se contenta con la grillera, está bien; pero muy bien.

–Es verdad –digo, mirando el aire azul por la ventana.

–¿Y qué impresión le da a usted Picón?

–No tiene importancia –dice don Ramón, cruzando una pierna sobre la otra–. A mí me da la impresión de un animalito que se conserva en alcohol.

–¿Y Palacio Valdés, señor Ayala? A mí me ha hecho un gran teatro. Me ha dicho que él y Cervantes son los representativos de la novela en España.

Hay que perdonarle. Está viejo, el pobre. Y ha estado muchos años solitario. Cuando le visitan se desahoga. Es el suyo un caso de epilepsia senil. Ya no tiene control. No hay que ser crueles con los ancianos. Mire usted, cuando yo le visité la última vez, me dijo señalándome su estante: "Goethe, para sobrevivir, no ha necesitado sino eso: diez o doce obras". Debajo de las obras de Goethe, don Armando había puesto las diez o doce suyas.



Pío Baroja


Estuve a visitar a Jiménez, señor Ayala. Le encontré metido en un cuarto sordo. Quiere aislarse como una marmota.

–Sí, Jiménez es muy amigo mío, y yo le conozco mucho. Se aísla. Quiere sacarlo todo de sí mismo, como las arañas el hilo de su vientre. Por eso sus versos son inconsistentes y finos, como telas de araña, así de finos y de inconsistentes.

–Pero tiene trescientos libros.

–¡Hombre! Han aumentado en progresión geométrica; hace dos años que no eran más que ochenta.

–Y Linares Rivas, ¿qué le parece, señor Ayala?

–Hombre. Ése sí, usted perdone, ése sí es un animal. Yo pedí que le concedieran un sillón punitivo en la Academia para que no volviese a escribir. Pero parece que no se ha contentado sólo con el sillón y sigue escribiendo cosas para el Teatro.

–El que sí evoluciona es Martínez Sierra; me he encontrado con un furioso bolchevique.

–Sí, Martínez Sierra evoluciona como los cangrejos, para atrás. Muda de alma como de calcetines. Cuando el alma vieja está un poco hedionda...

–Sí, la arroja al basurero; ¿pero es que usted no le concede ningún valor a la obra de Martínez Sierra?

–No, eso no. Literatos como Martínez Sierra son siempre necesarios para divertir a las muchachas y proporcionar buena lectura a las mamás honestas. Sus obras se venden por cientos, especialmente Tú eres la paz. No sólo gusta a las aldeanas. En Nueva York el año pasado se reunieron las señoritas neoyorquinas para discutir muy seriamente si Martínez Sierra era el primer dramaturgo del mundo.

–Tiene gracia. Y ¿es verdad lo que dicen los Quintero, que es usted un discípulo de Clarín?

–Materialmente, sí; lo fui de chiquillo, cuando iba a la escuela. Clarín era maestro de escuela. ¿Pero espiritualmente? Aunque, como los Quintero ven que Clarín escribió unos cuantos panfletos y yo también, han deducido... Bueno. Los Quintero son muy buenos, pero muy inocentes, casi tontos. Han hecho ese teatrito pequeño con personajes vulgares; también pequeñitos, con mujercitas del pueblo, con niñitas muy apasionadas.

–¿Un teatro para niños?

–O para burgueses. A los Quintero se les ve perfectamente después de las comidas y no interrumpen las digestiones. Al contrario...

–¿Es verdad que a Benavente le acusaron de plagiario en La comida de las fieras?

–No, en ese caso concreto no. Más bien en Sacrificios. Los diarios le publicaron Sacrificios a doble columna con Aglavena y Seliseta, de Maeterlinck. Todo el mundo lo sabe.

Me decía don Armando Palacio Valdés –digo yo, tomando un sorbo de naranjada– que la Pardo Bazán se daba cuenta de todo.

A mí me parece todo lo contrario –dice don Ramón, moviendo el azúcar de la suya, con la cucharilla–, todo lo contrario. No se da cuenta de nada. Es como una portera que no sabe dónde tiene las narices. ¿No ha conversado usted con ella?

–No, señor. No estuvo en disposición de recibirme.

–Pues si alguna vez está dispuesta, verá usted que habla como una tonta, sin darse cuenta de lo que la preguntan ni de lo que contesta. Parece que está en babia.

–Será la edad. Hay que perdonarla. ¿Y Maeztu?

–Maeztu no se olvida ni me perdona el Mazorral de mi novela Troteras y danzaderas, un personaje que era él. Tiene una pedantería insoportable. Me envió sus libros y me olvidé de leerlos y de agradecérselo.

–¿Y Unamuno? ¿No cree usted que esté en el mismo plano con Ortega y Gasset y Alomar?

–Hombre, no hay que confundir: Ortega y Gasset es un hacedor de frases. Un catedrático vacío, retórico y petulante. A mí me hace el efecto de un maestro de escuela. Unamuno es otra cosa. Es un pensador. Anda siempre tras de la verdad profunda del yo, la verdad trascendental de la conciencia. Así, está muy bien. Pero cuando se da un codazo con el prójimo es intolerable. Hace tres años que no escribe más que contra el Rey porque no le quiso recibir.

–¿Usted estima a Cejador?

–Intelectualmente, no. Pero personalmente sí. Nos une una vieja amistad. A mí me ha disgustado que el joven Hidalgo dijera que lo creía un borrico. No, él es testarudo y trabajador como una mula nada más.

–¿Y Concha Espina?

–No la he leído ni pienso leerla. Creo que tiene algunos éxitos de librería con sus novelas. Tiene un hijo. No sé más.

–¿Y Grau? ¿Cómo es que hay personas que creen en el talento de Grau?

–Hombre, no sé. Grau es un ignorante que ni siquiera lee. Destroza el castellano. Cree que con alterar el orden de las palabras hace poesía.

–Pues a mí me ha dicho que un húngaro le besó en la mejilla en el estreno de El hijo pródigo.

–El tal húngaro es Andrés Revetz, que escribe en El Sol. Él me escribió diciéndome que estudiara la obra de Grau y la diera a conocer. La carta estaba hecha en colaboración con Grau. Otra igual fue dirigida a la Guerrero. Yo me he divertido mucho con las cosas de Grau. Aquí venía a decirme que yo era el primer crítico del mundo. Yo no le hacía caso. Luego no ha vuelto más...

Ayala es un poco estrábico. Pequeño y delgado. Sin bigotes, sin barbas y sin pedantería. Eso sí, tiene un gran talento y una vasta cultura. También tiene de los demás una visión aguda como un triángulo o como un puñal. Habla de música, de pintura, y habla mal o bien (más mal que bien) de los demás con un admirable conocimiento. Es un crítico, el único que tiene España, sin salvar a Andresito González Blanco, que es muy estimado en los cafés. Y es un novelista. Ha hecho, además, hermosos libros de versos, muy frescos, muy bellos y muy hondos. A mí me gustan mucho los versos de don Ramón. En España no me gustan otros, salvando los del gran Juan Ramón Jiménez. Luego ha hecho ensayos críticos muy valientes, muy minuciosos, muy completos. Demasiado completos.
(...)
Tiene, además, varios retratos: uno admirable, pintado por López Mezquita; varios, por Vázquez Díaz y otro por un pintor de cuyo nombre no puedo acordarme. A mí me ha regalado uno por Vázquez Díaz, dedicado. Es todo Ayala: los ojos pensativos, la boca despectiva y la frente grávida. ¡Ah! Me olvidaba de las orejas: son de lobo.

(De La linterna de Diógenes, 1921. Ave del Paraíso Ediciones, 2001)


Ramón Gómez de la Serna

Domingo, 16 de Diciembre

Valle de Esteban


Los muertos odian el número dos

"En su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga"

DOMINGO, 16 DE DICIEMBRE

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «¿Entonces, qué debemos hacer?» Él contestaba:
«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacemos nosotros?» Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros?» Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

Lucas 3,10-18

sábado, 15 de diciembre de 2018