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domingo, 13 de octubre de 2019

Corrida de la Hispanidad. Toros de saldo, sangre y público (nuevo, bullicioso y juvenil) de Caballero y grande espada de Colombo

[Segunda edición]

Sangre de Caballero

Crónica de José Ramón Márquez
Fotos de Andrew Moore

 Repetición exacta de la cogida de San Isidro


Por el comportamiento típico de nuestros toros y nuestro encaste,
 se necesita toreros con mucho oficio y experiencia.
Nicolás Fraile

José Ramón Márquez


A las cinco de la tarde, la hora que cantó el poeta, partieron el alguacil y la alguacila en procesión de despeje de Plaza en este hermoso Día del Pilar, este Día de la Hispanidad, este Día de la Fiesta Nacional para el que no tuvieron otra ocurrencia que ir a comprar una corrida de Valdefresno, otra nueva taza de ricino lisarnasio que nos meten para el cuerpo quieras que no. Esto sólo puede tener dos explicaciones: o bien que la baratura y las facilidades de pago que ofrezca la razón social Ganadería Valdefresno S.L. sean tan beneficiosas que la empresa Plaza 1 no haya podido negarse al envite o bien que, imbuidos de un ardor patriótico encomiable y de un óptimo sentido de la oportunidad, los programadores hayan querido elegir para este señalado día una ganadería que ostenta en su divisa los hermosos colores de la enseña nacional. Vista la trayectoria de la Empresa uno tiende más a decantarse por la primera de las opciones, por la cosa mercachifle más que por la patriótica.

Como el aficionado, baqueteado en tantas tardes y en tanto maltrato, es un ser generalmente suspicaz, nos maliciábamos unos cuantos que esta última tarde de la temporada madrileña era la elegida para dar al conocimiento público al mítico Cordobán, número 37, que lleva más tiempo viviendo en los corrales que el propio Florito; Cordobán de Valdefresno,  el toro que ya estuvo en la Virgen de agosto, y antes en San Isidro con la de Ibán, y antes… pero se ve que, en un rapto de señorío, decidieron no reseñar a Cordobán dentro de un saldo ganadero en el que habría tenido un perfecto encaje dentro del surtido de todo a un euro que hoy han preparado como colofón a la temporada.

Para no andar perdiendo el tiempo digamos que la enésima lisarnasiada del año 19 ha sido blanda, mansa y con la tradicional ausencia de casta que se les presupone. Por delante salió una especie de trolebús, un bicho grande y destartalado como el Tiburón que interpretaba Richard Kiel en aquella película de 007 en la que le arreaba un mordisco al cable de un teleférico como si fuera un regaliz. El bicho, Cigarro, número 31, era como un carro de combate Leopardo 2E que se hubiese escapado del desfile de por la mañana, y tuvo su inmediato contrapunto con el segundo, Clavelero, número 51, que era la cabra de la Legión sin chapiri. Ahí está la ecuación lisarnasia descarnadamente, por si alguno la quiere aprender: la cabra venía por lo lisar y el trolebús venía de la parte nasio, ambos hermanados como siameses en el descaste y en la blandenguería aquélla que tanto molestaba al Fary. La única de las seis prendas que hoy se vieron en Madrid que tuvo algo que decir, al menos en el último tercio, fue el tercero, que también tiraba a lisar y que puso un buen puñado de embestidas por el lado derecho y una razonable incertidumbre por el izquierdo. Lo demás, bueyes. Carne de matadero.

Para el postrero festejo de la temporada, la Dombiana grey ajustó la presencia de Eugenio de Mora, Gonzalo Caballero y Jesús Enrique Colombo, que se vinieron a Las Ventas con sus vestidos azul pavo y oro, grana y oro con cabos blancos y purísima y oro, respectivamente.

Antes de seguir y para explicar ciertas cosas que vendrán después hay que hablar, si cabe brevemente, del público festivo y animado que hoy ocupaba la mayoría de las localidades, un buen batallón de jóvenes y muy jóvenes dispuestos a pasar una agradable tarde, a aplaudir a su ídolo, Gonzalo Caballero, y a divertirse sanamente con el espectáculo. Evidentemente la historia de Eugenio de Mora, el propio nombre de Eugenio de Mora nada decía a toda esa muchachada, y me temo que nada va a seguir diciéndoles si todo el trato que vayan a tener con el moracho va a ser el  breve conocimiento de esta tarde, porque la verdad es que no ha sido ni por el forro la tarde de Eugenio, ni por disposición ni por resultados. Le tocó matar tres toros por cogida de Caballero y salvo tres verónicas y una media que dio en el sexto, el resto de su actuación puede pasar por completo al mundo del olvido. Su paso por Madrid queda resumido en lo pesado que se puso con su primero, el trolebús, en la sarta de muletazos -ninguno bueno- que le avió a su segundo, abusando de la ventaja, del descoloque y de la triquiñuela y de la reiteración de esas mismas trazas en su labor con su tercero. En ése hizo un guiño a la cátedra con el capote, como antes se dijo, y se atascó con la cosa de la espada. Vino sin apoderado y se fue como había venido.

Gonzalo Caballero reaparecía en Madrid después de la cogida de San Isidro en aquella dura corrida de El Pilar y recibió la tradicional ovación que Madrid suele tributar a los que han pagado el tributo de la sangre. Su primero y único toro de esta tarde fue la sardina lisarnasia, un personaje canijo, anovillado, zancudo, ayuno de fuerzas e impresentable al que prácticamente no se picó. Tras brindar a Padrós, otro clásico, se dispuso a presentar sus argumentos y comenzó toreramente con estatuarios y pases del desprecio, andando al toro desde las rayas hasta el tercio y rematando con un pase de pecho, con los que cosecha sinceros aplausos. Ahí tenemos al Caballero que apuntó en San Isidro, más serio y centrado, menos atropellado que en otras ocasiones. El toro no da nada: en los primeros momentos gazapea y no permite hacer el cite, acaso por la distancia que Caballero le propone, pero al torero se le ve asentado, con sentido escénico de cara al tendido. La condición descastada del lisarnasio pide más mando del que Caballero parece atesorar y, por momentos, da la impresión de estar acompañando la embestida más que dirigiéndola. De igual manera que hizo en San Isidro, mediada la faena decide que ha llegado el momento del desmelene y ahí tira de cercanías, de demagogia con que ganarse a la parte más impresionable del tendido, que era la mayoría, y practica el invertido circular y las bernardas antes de perfilarse frente al 7 en la suerte contraria y repetir exactamente la estocada de San Isidro, la que le valió la cogida. Hoy ha entonado su particular “decíamos ayer” y ha vuelto a quedarse en la cara tras meter el estoque y, de nuevo, ha ofrecido sus muslos al canijo de Clavelero, número 51, para que hiciese con él lo que quisiera: tres buenas cornadas, un fuerte tabaco. Le llevan la oreja a la enfermería.

En el ambiente posterior a la cornada le toca salir a Colombo y él, con gran inteligencia, se da cuenta de que puede vendimiar en la viña de Caballero. Todos los que habían venido por él se han quedado huérfanos y, posiblemente, nunca hayan oído hablar de Colombo, pero él está dispuesto a cambiar las tornas. Lo primero que hace es poner banderillas, unos pares veloces, atléticos y más bien a toro pasado que cosechan sus aplausos. La parte mejor es que es él mismo quien coloca al toro, sin necesidad de usar a un peón de “gorrilla”, y que clava los dos palos, lo cual no es extraño, porque los pone con gran vigor. Después, se cruza el ruedo y se va a la enfermería a brindar al herido y ahí se acaba de ganar al público. Luego plantea la faena haciendo galopar al toro, dándole distancia, al estilo de lo de Perera del otro día, quedándose más bien por las afueras, y después, con dos tandas de redondos en los medios que el toro se traga y aunque la colocación del torero no fuese la óptima, templa mucho. Se cambia la muleta de mano y ahí el toro da más quebraderos de cabeza, quedando el animal por encima. Vuelta a la diestra para torear de manera algo eléctrica, con lo que la faena no acaba de cobrar vuelo y vuelta a no cruzarse y a abusar de la ventaja de retrasar la pierna. Tras unas manoletinas le deja al toro una estocada hasta la gamuza. Oreja, sin haber exprimido al toro. En su segundo, tras dos pares de igual jaez que los de antes, cae en la cara del toro al ir a quebrar en los medios y cobra una buena paliza a base de pisotones y trompazos. Tras unos momentos de recuperación, le quitan la chaquetilla, le riegan el cogote con agua, le dan un vasito de agua y, cojeando, vuelve a salir, quedando eximido de clavar el tercer par. En el rato que las asistencias han estado reanimando a Colombo al toro, Gañanito II, número 61, le ha dado tiempo a cavilar lo suyo y el reencuentro de toro y torero ya queda marcado por la falta de disposición del toro, por lo avisado y desconfiado que está y por las inequívocas ganas del venezolano de decir ¡aquí estoy yo!. Toreo como tal no hay, entre lo arisco y orientado del de negro y lo disminuidas que están las facultades del de oro. Aún así ensaya unas bernardas que encuentran eco en el público y se perfila para pinchar una estocada sin muleta. Después cobra una entera muy efectiva que provoca bastante derrame y las gentes piden con ahínco la oreja que el Presidente, don José Magán Alonso, no concede, con buen criterio. Colombo puede funcionar, da espectáculo y su clave es la espada, porque ahora mismo creo que hay pocos que maten con tanta seguridad como él, pero debería pulirse y atemperar sus ímpetus.

***
Se monta la mundial porque no le dan la segunda oreja a Colombo y ahí tenemos a ese zascandil al que han puesto de Gerente del Centro de Asuntos Taurinos, que en vez de estar en su burladero se dedica a ir de acá para allá, junto a la puerta de la enfermería tildando de “sinvergüenza” al Presidente. Lo mismo estaba bien que alguien pensase en retirar a este chico de un cargo que le va grandísimo.


Colombo, por colombinas

 Que los programadores hayan querido elegir para este señalado día
 una ganadería que ostenta en su divisa los hermosos colores
 de la enseña nacional, única razón para presentar
 semejante saldo lisarnasio

 Eugenio

 El de Mora

Tres verónicas y una media al sexto

 Gonzalo Caballero


Pena de bernardas

 Y pena de estocada


 Hoy ha entonado su particular “decíamos ayer”

 y ha vuelto a quedarse en la cara tras meter el estoque

y, de nuevo, ha ofrecido sus muslos al canijo de Clavelero


 para que hiciese con él lo que quisiera

  tres buenas cornadas, un fuerte tabaco

Le llevan la oreja a la enfermería

 Colombo, con gran inteligencia,
se da cuenta de que puede vendimiar en la viña de Caballero

 plantea la faena haciendo galopar al toro,
 dándole distancia, al estilo de lo de Perera del otro día

 cae en la cara del toro al ir a quebrar en los medios
 y cobra una buena paliza a base de pisotones y trompazos

 le quitan la chaquetilla, le riegan el cogote con agua,
 le dan un vasito de agua y, cojeando, vuelve a salir

  se perfila para pinchar una estocada sin muleta

Colombo puede funcionar, da espectáculo
 y su clave es la espada,
 pero debería pulirse y atemperar sus ímpetus

FIN

lunes, 23 de septiembre de 2019

Gran tarde de toros, y van tres, esta vez con Saltillo y Arauz, más la pura hombría de Sergio Serrano


 «Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω»*


José Ramón Márquez

Hoy tocaba el segundo de los llamados “desafíos ganaderos”, que son como dos medias corridas de toros a la moderna. Antiguamente se llamaba media corrida de toros a la que se celebraba solamente por la tarde, o sea a lo que hoy en día llamamos la corrida de toros, que para nuestros antecesores los aficionados de finales del XIX la corrida no era completa si no tenía lugar por la mañana y por la tarde. Hoy, como aquél que dice, con tres toros de dos ganaderías, con dos medias corridas, una de Saltillo -eterno recuerdo del inmortal Cazarrata- y otra de Araúz de Robles, formaron la corrida de este domingo. Yo sigo preguntándome si es que Araúz no va a tener seis toros para Madrid, que Saltillo ya sabemos que sí que los tiene;  pero bueno, eso son cuentas que debe hacer el empresario don Domb, con la vista puesta en el taquillaje y se conoce que establecer esas infundadas competencias se ve que le reportará sus resultados, los que sean. Un día tenían que hacer un desafío de estos con tres de Juan Pedro y tres de Parladé, pongo por caso, que ese día sí que nos íbamos a reír un rato largo. Podrían titularlo: “Desafío en la granja”, para que nadie se llamase a engaño, un duelo de toros artistas, como quien dice ARCO contra la Bienal de Venecia.

 El Gerente Rociero (de Rocío Díaz Ayuso) en el callejón

Al descorrer la diestra mano del barquillero que se ocupa de los toriles el cerrojo de la puerta de la izquierda, irrumpió en la blancuzca arena de Las Ventas la sólida estampa de Pajarero, número 45, con el hierro de Saltillo. Un tío. Su lidia y muerte correspondía al ya veterano Francisco Javier Sánchez Vara, el diestro alcarreño que se las vio con Cazarrata, que es una de esas cosas que imprimen carácter a una vida. Sánchez Vara bregó con poder y cuajo las primeras embestidas de Pajarero, saliéndose con él hacia el tercio a base de soltura y buen trazo. Éste es uno de los mejores momentos de Sánchez Vara en la tarde de hoy. El otro es lo bien que estuvo con las banderillas en este primero de la tarde, con dos cuarteos de poder a poder y un tercer par de adentro hacia afuera en el 9, hecho a base de verdad. Antes de las banderillas ahí estuvo Francisco Javier Navarrete en la cosa hípica, pegando con dureza al de Saltillo, que tuvo un comportamiento a más, saliendo de naja en la primera vara, recibiendo mucho quebranto en la segunda y empujando con ganas en la tercera.

 Saltillo arena y cal

Luego, en la cosa de la muleta, el sempiterno Sánchez Vara, la absoluta fidelidad a su estilo que se luce más con el toro que pega bocados y no deja estar que con el de tirar líneas. Las buenas gentes de Madrid, esos ogros de los que algunas almas sensibles abominan, se portaron con Sánchez Vara con una mezcla de padrinazgo y generosidad cantándole como óptimo su trasteo de siempre y si llega a matar certeramente lo mismo hasta le habían recompensado con algo… pero la deficiente estocada, pinchazo al fin, echándose hacia afuera y soltando la muleta, y la otra, hecha de la misma manera, tendida, habilidosa y ventajista, no fueron argumentos de peso que sirvieran para poner en valor el conjunto de su labor.

 Arauz arena y cal

Por el mismo portón que el anterior salió el primero de Arauz, Latoso, número 63, negro y listón, remitido a la atención de don Javier Castaño Pérez. Latoso acarreaba noventa quilos menos que el anterior, sin que eso fuese impedimento para presentar netamente sus señas de identidad: seriedad y trapío. Acudió presto el toro al cite, empujando con clase, recibiendo un puyazo algo trasero de Pedro Iturralde, buen jinete y buen picador. A la segunda convocatoria el toro se arranca de bien largo con alegría e Iturralde le vuelve a detener poniendo la puya en el mismo sitio y… nada más, porque cuando todos esperábamos ver al toro en la tercera convocatoria, al bueno de don Trinidad López-Pastor, Presidente del festejo, le dio por cambiar el tercio, que lo mismo ya la tarde se le estaba haciendo pesada. Luego vino lo de las banderillas, que es una baza que Javier Castaño juega con inteligencia, y ahí estuvieron Marco Galán en la cosa de la brega y con los palitroques  Joao Ferreira y Fernando Sánchez.

 Un torero en la Andanada

 El primero de ellos se esforzó en el tercer par, ejecutado muy apuradamente, y el segundo se dedicó a la toma del olivo, que es su manera habitual de rematar sus aclamados pares. En la cosa de la muleta la cosa cambia, porque el toro es como para liarla, sin que eso quiera decir que el animal no fuera exigente, pero Castaño no está en esa disposición y se dedica a maltratar al toro a base de trapazos que no conducen a nada y, después, a las absurdas cercanías y ahogos de la embestida. Pena de toro, que tras recibir un pinchazo en el que su matador se queda en la cara y una puñalada, rinde su vida para ser arrastrado por el tiro de mulas mientras se le rinde el reconocimiento de una fuerte ovación.

 Chirón de Arauz

Con el magro bagaje de un solo festejo en el año pasado se presenta ante la despiadada cátedra el albaceteño Sergio Serrano, a tratar de subir el Tourmalet que le esperaba en los chiqueros. Tercera salida por el de la derecha, segundo de Saltillo, Palmito, número 23, un serio cárdeno claro al que Serrano se fue a recibir de rodillas. El animal enviaba un claro mensaje de miedo, al que Francisco Plazas fue perfectamente sensible, por mucho que anduviera montado en su  Leopard 2A6 guarnecido de faldillas. El paso del toro por lo del jaco no fue como para tranquilizarse, pues su condición mansa y violenta quedó muy de manifiesto, a base de tardear e irse suelto de la suerte por dos veces. Luego, como quien no quiere la cosa, le arreó una cornada a Caco Ramos mientras bregaba y en el desconcierto que se formó recibió otra vara de cualquier manera. En banderillas la cosa se puso fea: una en la primera pasada, otra pasada en falso, otra en la tercera, un capote roto y, por fin, un par de palos: nadie estaba a gusto ahí.

 Palmito de Saltillo

Y ahí está Sergio Serrano, que se va con mucha seguridad con el toro a los medios a dictar su clase basada en la colocación, la firmeza, el valor, esas cosas que mantienen en pie la fiesta de los toros desde la época de Cúchares y de Montes. Imposible apartar los ojos de la lucha entre Serrano y Palmito. Ambos ponen sobre el tapete su inteligencia contra el otro y Serrano le roba literalmente al toro dos derechazos que son dos obeliscos de torería, ganada la posición, arriesgando. Y luego, para que no se diga, lo intenta por el izquierdo y recibe las agrias tarascadas del toro, que ni pasa, y vuelve a la derecha a la porfía denodada, a plantear una de las más sinceras y hermosas faenas que se han visto este año en Madrid, pura hombría. Un pinchazo y una estocada baja ponen fin a la vida de Palmito y una merecida vuelta al ruedo, dada con lentitud gozosa, es el galardón para Sergio Serrano.

 Latoso de Arauz

A Chirón, número 74, de Araúz, le correspondió salir por el portón de la izquierda y dio su toque de atención cuando le tocó entrar en el negociado de Adrián Navarrete, que aguantó con decisión, defendiendo con vigor a su cabalgadura, la fuerte acometida del toro. En la segunda se va el toro, pero vuelve en seguida y ahí está Navarrete para sujetarle, aunque el bicho se acaba yendo y coceando. En la tercera se arrancó de largo y la puya cayó trasera. En la cosa de las banderillas la cosa fue de sainete, o sea que correremos el telón para llegar al trasteo de Sánchez Vara que por momentos, sobre todo al principio, fue jaleado por ciertos espectadores, como si no hubiesen tenido enfrente unos minutos antes la verdad de Serrano como para aceptar la ventajista y tramposilla propuesta de Sánchez Vara. Puedes engañar a todos un rato, pero no a todos todo el tiempo y así las gentes se fueron cayendo del guindo y la labor del alcarreño fue siendo valorada a la baja a medida que pasaba el rato. Con una estocada baja echándose fuera fue suficiente como para que Chirón se fuese en dirección a chiqueros, donde dobló.

 Charquerito de Saltillo

Segundo episodio de Castaño, con Charquerito, número 44, de Saltillo, al que desde el principio se notó que él no era de los bajar la cabeza. Bueno, antes de eso había hecho una salida espectacular recorriendo el ruedo a toda carrera desde la puerta de chiqueros hasta el burladero del 6, que era una gloria verle. En varas recibió una trasera en la que no se empleó, otra en la que se repucha y le pegan poco y, al fin, otra en la que se abalanza sobre el penco que estaba de espaldas y ahí le coge Javier Martín como puede. Vuelve a bregar Marco Galán y le pegan una ovación a Sánchez, vaya usted a saber por qué, que no es ni la sombra del que era. No merece mucho la pena detenerse en Castaño que, a todas luces, es el que en esta tarde no ha dejado nada para el recuerdo. Con la espada, mal: un pinchazo, otro tirando la muleta, otro bajo y media tendida y trasera es el parte de guerra.

 Pajarero de Saltillo

Con expectación se aguardaba la segunda venida de Sergio Serrano, que por segunda vez se va a echarse de rodillas ante la puerta de los toriles por donde va a salir Chirivito, número 79, al que tras el susto inicial, una vez erguido, le lía un popurrí de lances que hacen más mal que bien a las condiciones del toro, pero que le sirven al torero para cosechar media fanega de aplausos. Desde ese momento, viendo el toro todo lo que había visto, su concepción del mundo cambió y puede decirse que ya el resto del tiempo estuvo muy avisado. Acudió con viveza al caballo de Agustín Moreno que practicó el arte del marronazo en su primer encuentro y tardeó en su segunda entrada de la que salió suelto y coceando. El vis a vis con Sergio Serrano fue desabrido en grado sumo. El toro estaba muy orientado, pero el torero no se amilanó. Lo intentó por los dos pitones y, cuando se vio que no había forma, lo macheteó y se dispuso a matarlo, aunque el animal se tomaba sus precauciones obstaculizando lo que podía las intenciones del albaceteño que se tiró para cobrar un pinchazo en los blandos en su primera tentativa,  media habilidosa que el toro escupe, y que es la que lo ha de matar, y otro pinchazo antes de que el toro doble.

Chirivito de Arauz

Gran tarde de toros, y llevamos tres seguidas. Aquí ni arte ni zarandajas: el toro poniendo problemas y los toreros a resolver. Hoy ninguno de los tres toreros puede decir eso de que ha estado “muy a gustito”. A Sergio Serrano hay que volver a ponerle, es de justicia.

Perplejidad saltillesca de Palmito
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*Aquí no entra nadie que no sepa geometría

lunes, 16 de septiembre de 2019

La Concurso (sin figuras). Como decían los viejos: habiendo toro, este espectáculo es imbatible



José Ramón Márquez

Para este domingo de verano otoñal el magín Dombiano imaginó colocar una corrida de concurso de ganaderías, puesta entre medias de los desafíos ganaderos, para aumentar este festival de hierros ganaderos que nos estamos dando a lo largo de septiembre. Personalmente lo que más interesaba de esta corrida era ver el toro de Murteira, como quien dice el reencuentro en Las Ventas con esa ganadería que tantas alegrías nos dio en el pasado. Uno siempre piensa que en estas corridas de concurso, donde los ganaderos presentan ejemplares de nota, deberían ser lidiadas y muertas alguna que otra vez por esas evanescentes figuras de poder contrastado y de mucha experiencia, pero eso nunca pasa, que en estas nunca jamás verás al Julián ni al Ponce, aunque le garantices que le vas a poner en la andanada del 3 al Orfeón Donostiarra al completo a cantarle a pleno pulmón el “Nessun dorma” y el  “Vesti la giubba”. En estas corridas siempre está Robleño y otros dos, depende de las circunstancias. Las circunstancias de esta vez nos depararon la presencia de Rubén Pinar y de Javier Cortés, a los que de antemano se agradece la disposición que no muestran jamás las llamadas “figuras”. Para la cosa del toro, además del Murteira nos propusieron a La Quinta, Baltasar Ibán, Marqués de Albaserrada, Pedraza de Yeltes y Valdellán.


Matorrito, de La Quinta

Abrió plaza Matorrito, número 30, un santacoloma largo y grande cuyas hechuras miraban más hacia Ibarra que hacia Saltillo, toro serio y hondo al que El Legionario picó mal en la primera vara, de la que el animal salió doblando las manos, que no se empleó en la segunda entrada al caballo y que se arrancó de muy largo con prontitud y poca alegría a la tercera cita con el penco afaldillado. En banderillas persigue a los peones, buena nota, y llega al inicio de la faena de muleta algo soso y aplomado. Robleño es el torero que tiene que vérselas con la imponente fisonomía de Matorrito que, como cuestión previa y para ir centrando los conceptos, le pega dos coladas por el derecho como para devolver el habla a un mudo; a la vista de la cosa Robleño se pasa la muleta a la zurda y ahí le roba algunos naturales hasta que el toro de un seco derrote le quita limpiamente la muleta de la mano. Luego Robleño continúa con la zurda sacando los pases de uno en uno tragando bastante. La faena se va desarrollando íntegramente en los medios, para aumentar la dificultad porque el toro no regala nada, todo hay que robárselo y Robleño sigue sacando, emocionantemente, los muletazos de uno en uno. Llegado el momento de la muerte, que no es lo fuerte de Robleño, éste pasa muchas fatiguitas para igualar al toro y finalmente se tira de cualquier manera en la suerte contraria perdiendo la muleta, otras dos igual de chapuceras en la suerte contraria, otra más quedándose en la cara y siendo zarandeado por el toro, otra de cualquier manera en la suerte natural y tres descabellos. Le tocan los tres avisos cuando el toro acaba de doblar y el tío, con un par, después del mitin con la espada, sale al tercio a recibir las palmas de sus fans.

 Rabioso, de Baltasar Ibán

Abre a continuación el barquillero la mazmorra y sale Rabioso, número 83, de Baltasar Ibán, con más leña en la cabeza que el pinar de Valsaín. Acude al primero de los cites de Agustín Moreno dejándose pegar, luego se echa al caballo suelto y escapa al sentir el hierro y después vuelve a irse él solo al caballo; cuando le ponen de manera correcta acude de largo y con prontitud  recibiendo un deleznable puyazo en la paletilla y cuando se le vuelve a poner de bien lejos Rabioso vuelve a correr hacia el arre con alegría a provocar un cómico marronazo que solivianta a los aficionados más serios. En banderillas es pronto y alegre y llega a la muleta de Rubén Pinar cantando sus extraordinarias condiciones para el último tercio cuando se abre con él por bajo hacia el tercio, que es lo único reseñable de la actuación de Pinar con el Ibán, ya que ante la encastada claridad de la embestida del toro, el tobarreño sacó a pasear toda su impedimenta de julianeces, de cuando empezaba en esto del toro y la vida no le había enseñado nada, y en vez de plantarse frente al tal Rabioso a torear hacia adentro y hacia abajo se puso a tirar líneas, a abrir huecos, a caer hacia atrás y a desperdiciar la ocasión que la vida le brindaba de poder dar un serio aldabonazo en Madrid. Vistas las condiciones del toro y vistas las trazas de Pinar las gentes se fueron soliviantando y no le pasaban ni media, y con razón, porque el desatino que el muchacho había perpetrado era de peso. Él quería al toro en el tercio y el animal se empeñaba en tirar hacia los medios: baste esa pincelada para retratar el desacuerdo profundo que se abrió en la sociedad Pinar&Rabioso, que se resolvió con un pinchazo sin soltar en la suerte natural, una estocada trasera y un descabello inútil. Cuando le dejaron en paz, el animal murió de la estocada en el tercio del 9 alejándose de las tablas hacia los medios.

 Golfo, del Marqués de Albaserrada

Golfo, número 16, del Marqués de Albaserrada, era el serio y difícil toro negro que le correspondió a Javier Cortés. Lo primero que hizo el animal, como declaración de intenciones, fue sacar de la plaza al torero cuando fue a recibirle de capa. Luego, llevado al negociado de Carioca y su mascota equina, tomó una fuerte vara, puesto el hierro en los riñones, sin cesar de empujar; en su segundo paso por la iguala del doctor Carioca se arrancó de largo con fuerza y recibió duro castigo del galeno, de nuevo sin cesar de empujar. Para la tercera visita se lo pensó antes de arrancarse, pero una vez que lo hizo volvió a empujar con ganas y a recibir fuerte castigo. El toro se vino arriba en banderillas y se enseñoreó de la Plaza, sacando a los peones de ella a la carrera, persiguiendo a Javier Perea a la salida de sus dos pares y sin incomodar a Prestel a la salida del suyo. Inicia Javier Cortés su trasteo, coloca un derechazo lleno de empaque y de señorío, que es lo mejor de la tarde, y acto seguido se le lleva por delante y le manda al hule directamente. Robleño se hace cargo de, inmediatamente, dar fin del toro. Él sabrá por qué. El finiquito de Golfo se verifica mediante un pinchazo en la suerte natural y media estocada caída en la contraria.

Hasta este momento no habíamos tenido ocasión de comprobar si los toros estaban dotados de lengua.

 Bello G, de Pedraza de Yeltes

Se corre turno, por no agobiar a Robleño, y sale el de Pedraza de Yeltes llamado Bello G, número 23, un colorado muy en tipo de la casa que en seguida canta su condición blandengue. Su paso por las manos del catafracto se resume en que acude a la primera vara dejándose pegar, acude a la segunda en la que hay nuevo marronazo y luego, una vez recompuesta la cosa, se deja pegar, y vuelve a acudir a la tercera para recibir un largo puyazo trasero quedándose en el peto sin pelear. Acude con prontitud a los cuarteos de banderillas y ahí tenemos a Rubén Pinar de nuevo a ver qué le sale del magín para poner en solfa su pericia taurómaca, aunque más pronto que tarde va cuajando la idea de que allí no hay tanto un plan como un pasar el rato, un amontonamiento que no conduce a nada. Cumplido el tiempo fue la hora de dejarle una estocada en la suerte contraria y nueve descabellos y pasar página.

 Violín, de Murteira Grave

La penúltima página fue el de Murteira, Violín, número 84, puro trapío, al que Robleño saludó con firmes verónicas. Tomó la primera vara al relance, la segunda acudiendo de largo con alegría y dejándose pegar y a la tercera acudió también pronto y alegre, quedándonos sin ver una cuarta entrada que compensase la imperfección de la primera entrada. Ni don José Magán, Presidente del festejo, ni don Fernando David Fuente Fuente, su asesor de la cosa veterinaria estimaron que tal cosa debía ser y a tal fin exhibieron la tela blanca que nos dejaba sin ver al toro. En banderillas Jesús Romero se lució en dos pares hechos con verdad y torería y puede decirse que ahí acaba la cosa, porque Violín rápidamente se fue quedando aplomado y sin resuello, a menos, resolviendo las ecuaciones de su vida a cabezazos, como tantos humanos hacen. Robleño, que no es el As de Espadas ni mucho menos, despachó al Murteira con un pinchazo en la suerte natural en el que no cruza y otro pinchazo en la suerte contraria y a continuación, sin haber matado al toro, agarra la cruceta y le descabella a la primera.
 
Cerillero, de Rehuelga

El sexto, de Valdellán, se llamaba Mirasuelos, número 34 y no es que los mirase, es que se echaba en ellos a regodearse en su balndenguería, por lo que fue puesto en ruta de vuelta a la mazmorra acompañado por los bueyes de don Florencio. Le sustituyeron con el sobrero del domingo pasado, Cerillero, número 9, de Rehuelga, fuera de concurso, que lo primero que hace es rajar longitudinalmente el capote de Pinar, que opta por considerar ya el festejo como corrida normal al uso, sin echar ya demasiadas cuentas del asunto de las varas y tal. Volvió Pinar a sacar de nuevo su aire ajulianado y de nuevo volvió a soliviantar a la cátedra, aunque hubo una porción de optimistas que le brindaron ciertos aplausos plenamente inmerecidos durante su trasteo ventajista y falto de compromiso. Las oportunidades de esta tarde estuvieron en su mano y, sea por lo que sea, las dejó pasar. Mató de un pinchazo y de una estocada entera, ambas en la suerte natural.

Julián y Rubén, el original y la copia
  
A la salida el clásico farfullar de los altavoces estaba dando los resultados y premios del concurso, pero no se oía nada. Ya tiene Abellán una tarea: él que ha sido bailarín televisivo que llame a algún técnico de sonido que conozca y le encargue poner una megafonía en Las Ventas que sirva para que se escuchen los mensajes que se dan. El que esté interesado en esos premios que lo mire en los canales habituales de propaganda.

Como decían los viejos: habiendo toro no hay quien se aburra. Estando el toro en la Plaza, este espectáculo es imbatible.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Las Ventas, donde la confusión shakesperiana ha hecho su obra maestra, declara madrileño a Dufau


The Sentinel



José Ramón Márquez


Después de comprobar en las propias carnes las teorías de Einstein respecto de la relatividad del espacio-tiempo, de cómo éste se dilata cuando hay que ir a currar y cómo se acorta cuando se anda de holganza por esos mundos de Dios, retornamos a la Andanada convocados por el banderín de enganche del toro. Es verdad que, como ya se ha señalado, a uno lo que le gustan son las corridas normales, sin inventos y sin hallazgos, como quien dice “seis toros de tal ganadería para fulano, mengano y zutano”, y que las demás cosillas con las que quieren cambiar la fórmula perfecta, ya sea con la cosa goyesca o picassiana, ya sea con esto de los desafíos ganaderos o con las “encerronas” tan de moda últimamente, la verdad es que ofrecen poco o nada que mejore  la fórmula perfecta y tradicional de tres tíos frente a seis tíos. Lo mismo podemos salvar esto de los desafíos ganaderos con la cosa de que hay ganaderías cortas que igual no pueden tener una corrida completa para Madrid y con que de esa manera hoy hemos tenido la oportunidad de ver en Las Ventas los ganados de Pallarés y Rehuelga; pero digo yo que si hoy había cuatro toros de cada una de ellas -los titulares y el sobrero-, lo mismo no era imposible haber encontrado dos más y haber preparado un par de corridas de toros de las de toda la vida en vez del desafío de marras, que al final el desafío se ha convertido en un perfecto lío. El lío ha venido a causa de la cogida del mejicano Arturo Macías en su primero, de Pallarés, al que ha tenido que matar Oliva Soto, entonces se ha corrido turno para que Thomas Dufau matase el segundo, que es el Pallarés que iba en tercer lugar, y Oliva pudiese reposar de las fatigas toricidas. Luego Oliva mató al Rehuelga que iba en segundo lugar, a continuación Dufau despachó al Rehuelga que le correspondía por sorteo, luego Oliva se las vio con el Pallarés que hacía quinto y, al echarlo, con el sobrero de Pallarés y, finalmente, Dufau tuvo que entenderse con el cuarto, que era el segundo que habría correspondido a Macías. Con ese galimatías ya uno no sabía si estabas viendo al Pallarés, al Rehuelga, al Pallahuelga o al Rellarés, que aquello era una confusión monumental en la mente del aficionado, y por ello no es extraño que, sin tener por allí a nadie que les explicase qué pasaba, una media docena de personajes provenientes de la península indostánica abandonasen sus localidades de manera apresurada.

La terna, como se ha dicho más arriba, estaba compuesta por Arturo Macías, Oliva Soto y Thomas Duffau, que gracias al programa de mano oficial de la Plaza, nos hemos enterado de que es natural de Mont de Marsan (Madrid), con lo que la terna quedaba compuesta con un mejicano, un sevillano y un madrileño.

A Macías, a quien le cogen mucho los toros, en el rato que ha estado en la Plaza se le ha visto en un particular descenso a medida de que el toro se iba dando cuenta que el dueño de la situación era él. Cada serie que ha trazado ha carecido de mando y a causa de eso el toro se ha ido apoderando de los terrenos hasta que ha resuelto el problema pegando una rápida y certera cornada al diestro de Aguascalientes, que ha sido evacuado con presteza a la jurisdicción de Padrós. Oliva Soto se ha hecho cargo de despachar al toro y ahí se ha visto al de Camas que estaba harto desconfiado. Nuestro nuevo paisano, Dufau, se las vio con Artillero, número 72, toro encastado con un emocionante viaje desde largo, que cumplió en varas y que puso todo lo que debía en la cosa de la muleta como para que su matador expresase lo que tenía que decir. En este caso lo expresado fue la nada y la cátedra despidió con justas palmas el arrastre de este Artillero.

Ahí tenemos a Oliva, magníficamente vestido de azul pavo y oro viejo, a vérselas con Torrelarga, número 15, de Rehuelga y a pasar las de Caín frente a un toro cuyo trapío impecable debía ser un puerto de primera categoría para Oliva. Lo mató a la última como pudo, echándose fuera y metiendo el brazo.

Segunda comparecencia de Dufau para véselas con el que debía haber hecho sexto. Guanaguato (sic), número 7,  fue otro regalo para el madrileño de Mont de Marsan, toro que cumplió en varas, presentó una franca embestida que pedía la firmeza de una muleta para conducirla, aunque el pobre animal se encontró con que la muleta y la falta de concepto del matador sólo componían un mero acompañamiento, sin lucimiento para el matador y sin posibilidad de resaltar las condiciones del astado. Otro que se llevó una buena y merecida ovación en el arrastre.

Cuando salió el quinto, Iluso, número 4, de Pallarés, Oliva hizo lo mejor de su tarde en forma de unas verónicas algo aceleradas en las que ganó el paso al astado y lo fue sacando a los medios, donde remató con una buena media verónica. Luego echaron al toro después de picarlo y en su lugar salió Dichoso, número 82, con el que por momentos pareció que Oliva igual quería. La verdad es que el toro no se comía a nadie pero Oliva no acabó de confiarse trazando siempre los muletazos muy por las afueras. Sólo hay un fulgor, un leve relámpago en un cite a derechas donde Oliva Soto se transfigura y manda al tendido el aroma de su raza, un brevísimo centelleo de Manolo Cortés que sirve para arreglarnos la tarde, para que se vea que nos conformamos con muy poco.

Y ya, por fin, brindis de Dufau a la cuadrilla de Macías y palmas en el 7 para saludar al toro más feo del encierro, que luego además resultó manso, huidizo y topón. Si con los buenos el pobre de Thomas no había sido capaz de echar a rodar la cosa, no lo iba a hacer con éste, que era reservón y daba la impresión de que se enteraba de lo que pasaba.

Ni que decir tiene que no supimos cómo eran las lenguas de ninguno de los siete toros que saltaron al ruedo. Puede ser que en esas ganaderías les cosan la boca cuando los montan al camión, porque si no uno no se lo explica.

Muy serio Mambru, de la cuadrilla de Dufau, toda la tarde con el capote. La entrada, muy pobre.

 Reparaciones Las Ventas
Soldadura fría

 Florencio Fernández
Boe, 13 de enero de 2004

Madrileño por los cuatro costados