jueves, 3 de septiembre de 2026

Una elegía griega



Vicente Llorca


La había encontrado en unas páginas del formidable Roumeli, el libro de viajes por las montañas del norte de Grecia de Patrick Leigh Fermor, el errabundo escritor inglés que había viajado a pie antes de la Segunda Guerra desde Amsterdam hasta Estambul. Y que, asentado durante unos años en Rumanía y el Egeo, había protagonizado luego una paciente resistencia griega a los nazis y la novelesca captura del general alemán Kreipe en las alturas de una Creta ocupada.


Terminada la guerra, y su trabajo como agente británico, se había asentado en el Peloponeso, en una aldea de nombre homérico: Kardamyli. Desde donde emprende al menos un par de regresos melancólicos por la Europa de los Balcanes que él había conocido antes. El más triste, desde luego, un retorno a Valaquia para reencontrarse con su antigua amante, la princesa Balasa Cantacuzene con la que había vivido algún verano tórrido entre una isla griega, el palacio de los Bibiesco y la aristocrática mansión de los Cantacuzene en Baleni, en la antigua Moldavia. (“La laberíntica mansión aún permanecía y era un lejano refugio, muchas millas distante de cualquier lugar: de belleza, inteligencia, originalidad y amabilidad”, había anotado en sus recuerdos. Ella a su vez le había escrito antes para comentarle de la desaparición de la mansión. Y de todos sus habitantes). Nada de aquello resta a su regreso, en una devastadora posguerra socialista. Y su antigua y exquisita amante rumana pervive ahora –junto con su hermana, la encantadora Helene Donici- en un triste ático de la ciudad de Duviosa, un suburbio de corte soviético, dando algunas clases de inglés y francés.


Algo menos melancólico era el recuento de una Grecia, que él conocía bien, que efectúa en este libro, Roumeli. Era una descripción de los agrestes parajes de los montes de Kravara y de sus arriscados habitantes, los pastores sarakatsáni que contemplaban el llano, abajo, -y las campañas bélicas que culminaron con el derrocamiento del rey Jorge- con un cierto escepticismo, desde su precaria habitación entre las peñas. Que sólo cabras, lobos o águilas grises frecuentan. O los escasos monjes que perviven entre las cumbres -y las ruinas- de los monasterios de Meteora.


Pero en algún momento Leig Fermor había regresado a Atenas. Y en la ciudad, que le había entusiasmado en tiempos, había percibido los signos de su desvanecimiento, detrás de una modernidad que igualaba todos los escenarios. Apenas ninguna de las antiguas tabernas, o los tabancos de comida del barrio de Plahka, pervivían. Y en su lugar se habían alzado unos establecimientos modernos, amplios y ordenados, que las filas de turistas asediaban, en pos de una comida supuestamente griega. “Cada vez que regreso -apuntaba en otra página- es para encontrarme con la desaparición de otro ramillete de cafés, tabernas, restaurantes y librerías; lugares que hasta el momento parecían tan firmes como pirámides”. Pero, bajando a continuación hacia la costa del Peloponeso, advertirá que en los pueblos -de los que ha realizado una idílica descripción con anterioridad, generalmente en torno a la reunión que en la caótica taberna sobre el puerto tenía lugar a las tardes- se están transformando también. Y en lugar de la ruidosa taberna surgen ahora unos locales luminosos, ocupados por los viajeros del continente y redecorados con los restos de unas barcas que ya no salen del muelle. Los antiguos y apergaminados bebedores de ouzo han sido arrinconados, comenta. Y, aunque esta transformación es aún incipiente, la lucidez del escritor alcanza a dibujar un escenario que los años venideros no harán sino confirmar. Los horrores de la guerra y la ocupación alemana aún se recuerdan en los Balcanes. Pero, apunta: “Sería triste que Grecia siguiera el camino de Italia y el sur de Francia”. Para añadir: “Dejemos que sus dirigentes vean lo que los últimos cinco años han hecho de la costa sur de España. Y que tiemblen”.


En otro lugar, más adelante, seguirán las formidables páginas sobre las montañas del norte, sus altivos habitantes, el recuerdo de la larga ocupación turca. O una velada inolvidable en una aldea camino de Albania, donde el hijo del pastor entona una lenta canción que al inglés le parece que nombra, sin aquél saberlo, toda una larga historia. La historia heroica, triste, terca y ruinosa de la formidable Grecia, cuya melancolía ya había advertido en las páginas anteriores. 




Patrick Leigh Fermor