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miércoles, 23 de julio de 2025

Piturrino



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Entre sus encuentros con Franco refiere Pemán el de los músicos con motivo del Trimilenario de Cádiz, en el que se quería estrenar el oratorio coral la “Atlántida”, de Falla. Ernesto Halffter, que se ocupaba de la partitura, explicaba al Jefe del Estado: “No creo que haya obra musical más importante en toda la música española. Me atrevería a decir que es nuestro Parsifal”. A lo que Franco, escurriéndose del grupo que lo rodeaba de pie, dice Pemán, mientras buscaba un calendario, con un susurro de voz, contestó:


¿Nuestro Parsifal? Buena pesadez será.


Nuestro Parsifal actual viene a ser ese “Piturrino fa de músic” con que los muchachos de Alicia Moreno han empapelado las farolas de Madrid, que hasta aquí hemos venido a parar desde la “Atlántida”. Menuda pesadez será el “Piturrino fa de músic”, que, como su propio título indica, pertenece a ese andancio cultural que asfixia a Madrid y que se conoce popularmente como el “tabarrón catalán”.


El “tabarrón catalán” hiere nuestro corazón con monótona languidez, diría Verlaine en su terraza del Gijón, y, sin embargo, dudo mucho que pudiera repetir, oyendo al “Piturrino” de Gallardón el melómano, aquello de “musique avant toute chose”.


“Piturrino” es una mezcla subvencionada de Ferrán Adriá (¡ah, el desconstructivismo catalán: esa manía por ver qué tienen los juguetes dentro!) y Les Luthiers (música para los teatreros y teatro para los músicos) que se despacha al público en el Matadero.


¿Y no será “Piturrino” esa música española perdida y hallada en el templo de la que todo el mundo le habla al pícaro –en el mejor sentido del término– Gerard Mortier?


Si hay buenas cosas de españoles me lo envían y lo estudiamos –dice Mortier a Reverter y Suñén–... Pero es un poco raro pensar en que sea una pena que esas partituras se hayan perdido... Seguro que hay razones para ello... La buena música no se pierde siempre... No hay sinfonías de Beethoven olvidadas...


Y ahí tenemos a “Piturrino”.

domingo, 20 de julio de 2025

Patti Smith



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


España tiene a Pilar Bardem y América tiene a Patti Smith, la abuela –que ya va siendo hora– del “punk”, aunque uno tenga por todavía más “punk” a la Bardem, y quien diga que no, que se vea “María querida”, el homenaje cinematográfico de Pilar Bardem a María Zambrano sin encomendarse a Dios ni al diablo, que era Ullán.


María era una sangrona –le cuenta Juan Soriano a Ullán–. No tenía piedad. A mí me toreaba como para sacarme de quicio. ¡Qué ragañinas! Y, total, para nada. Por una mirada, porque bajabas un escalón antes que ella... En Roma, a veces se volvía un verdadero demonio. No, no sabía lo que era el amor, lo confundía con la posesión.


En “María querida” se marcó un cameo la Hipatia de Cabra, Carmen Calvo, cuyo paisano don Juan Valera, por cierto, y éste es aviso que me pasa Alfredo Valenzuela, escribió a su amigo don Marcelino Menéndez Pelayo desde Doña Mencía (Cabra): “Aquí no hay Hipatias, ni Lydias, ni judías elegantes con quien tratar. No hay más que cristianas católicas, feas por lo común y poco aseadas”.


La Calvo era cuando lo del “cameo” ministra de Cultura, y con eso se consiguió que a ver la vida de María Zambrano en la piel de Pilar Bardem fuera Zapatero, porque España tiene a Zapatero para lo mismo que América tiene a Obama, es decir, para que les voten Pilar Bardem y Patti Smith, que luego dan mucha guerra contra la guerra, y a los dos les viene bien. La Bardem cree que el gran símbolo antibelicista de la Humanidad es el cabezón de Goya, que es un premio que los cineros se dan a sí mismos, pero la Smith prefiere el “Guernica”, que es una corrida de toros con el picador en el suelo y la cuadrilla al quite.


Cuando estaba en en Nueva York iba a verlo a menudo –ha dicho la Smith en ABC–, y ahora me gusta venir a Madrid visitarlo.


Que ésa es la ventaja de tener el “Guernica” en Madrid: recibir la visita de Patti Smith. Ya lo avisó Arzallus cuando la mudanza: “Euskadi se lleva las bombas; y para Madrid, el arte”.

sábado, 19 de julio de 2025

La Cultural


Bernardo Aguirregomezcorta Arrizabalaga


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Cultural, en España, sólo hay una: la Cultural y Deportiva Leonesa, de cuya inminente desaparición nos hemos enterado por la red de redes. 


Yo nací (perdonadme) en la edad de la pérgola y el tenis...


Eso fue Jaime Gil de Biedma, el que llamaba “fox-terrier de pelo duro” a Alfonso Guerra cuando a Alfonso Guerra todo el mundo le llamaba Poeta del Pueblo.


Bueno, pues yo nací (perdonadme) oyendo hablar de un portero de la Cultural que se llamaba Bernardo, verdadera araña negra, y no Yashin, en mis sueños de fútbol sin pérgola. ¿Por qué Zapatero, que viene de la parte de León, razón por la cual salvó a Gamoneda, no ha movido un dedo para salvar a la Cultural?


Zapatero no es persona de rasgo liberal en lo cultural. La primera vez que fue a ver a Obama brujuleó por las galerías de arte madrileñas en busca de un grabadito de Picasso “de unos tres mil euros”. Como le corría prisa, no hubo forma de hallarlo. Y entonces se presentó en la Casa Blanca con un ejemplar de “Barcelona & Catalonia”, pero sin los pensamientos de Pep Guardiola, el filósofo de Sampedor, que todavía no había rematado su sistema. La anécdota carecería de importancia, si no fuera porque la Casa Blanca acostumbra exponer los regalos que recibe su inquilino, y ver en ese mostrador los presentes zapateriles le enciende a uno los carrillos.


Adiós, en fin, a la Cultural. En el ferrocarril de Matallana los hinchas pensarán, como Gamoneda, que la Cultural es también una tierra: “España es también una tierra, / pero una tierra sólo no es un país; / un país es la tierra y sus hombres...” Palabras que en su día estremecieron a Zapatero, que las tiene por las palabras mejor dichas del mundo. Tristes los hinchas de la Cultural y tristes los hinchas de España. Ahí está Manolo el del Bombo, al que la ley le ha quitado, no el bombo, que era lo que molestaba, sino el bar, a donde la gente iba a fumar. Es el fascismo antitabaquista, que tiene incluso a Javier Marías sin fumar.

jueves, 17 de julio de 2025

Foxá



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Vuelve Foxá a las andadas, ahora con una recopilación de cosas suyas perdidas y halladas entre la alfalfa de la cultura oficial, con la que, por fortuna, nada tiene que ver el Foxá que nos importa, que es el que decía Umbral:


Yo aprendí a hacer artículos en usted, don José María (Pemán), si es que he aprendido, y en otros escritores del ABC, desde los monárquicos a los falangistas, que todos escribían muy bien: Foxá, Sánchez Mazas, Montes, Mourlane, D’Ors, Ruano y todo eso.


Vienen casi a afearle a Foxá que lo mejor suyo apenas diera para una novela y mucho periodismo. ¿Y cuál fue el sueño de todos los muchachos del nuevo periodismo americano? “El periodismo –en resumen de Tom Wolfe– era el motel donde pasar la noche camino del destino: la Gran Novela.”


La gran novela de Foxá es la gran novela del Madrid que va de la Monarquía a la guerra pasando por la República: “Madrid de Corte a checa”. La infancia, el tiempo, el amor y la muerte son sus temas. La muerte de Agustín en los brazos de su madre, diría luego Ruano, es como un místico y mítico nacimiento: le envidio su destino final: desnacer en los brazos donde se ha nacido: Dios da premios así.


Y pensar que, después que yo me muera, / aún surgirán mañanas luminosas; / que, bajo un cielo azul, la primavera, / indiferente a mi mansión postrera, / florecerá en la seda de las rosas.


El retrato supremo de Foxá lo hace su amigo Malaparte: “Es falangista del mismo modo que un español es comunista o anarquista, esto es, al modo católico.”


La Falange es una hija adulterina de Carlos Marx e Isabel la Católica –le dice un día Foxá a Juan Ignacio Luca de Tena.


Otro día, comiendo con Luca de Tena y con Sánchez Mazas, cuando se habla de los peligros del comunismo para el mundo libre, Foxá, “con gran enfado de Sánchez Mazas”, confiesa que lo que menos le perdona al comunismo es que le haya impulsado a hacerse falangista.


Y pensar que, después que yo me muera...

miércoles, 16 de julio de 2025

Balón de Oro


Guardiola


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


En las sociedades laicistas no hay Becerro de Oro; hay Balón de Oro, a cuya gala anual acudió esta semana el entrenador español Guardiola, felizmente bautizado por Ibrahimovic como el Gandhi de Sanpedro. Fue vestido de humorista catalán –señor que hace humor blanco (simple) en traje negro– y llevando de la mano, como las madres de las folclóricas, a tres futbolistas chaparretes que han prosperado a base de astucia: Xavi e Iniesta, que a mí me recuerdan a Joselito y a Pablito Calvo, por un lado, y por el otro, Messi, ganador del Balón de Oro por su rol (lo bueno de decir “rol” es que ya nadie hace preguntas) en el Mundial de Suráfrica.


He aquí los pormenores históricos de una anomalía cultural que nos avergüenza ante el mundo –escribe, al borde del hipo, Muñoz Molina, que se ha metido entre pecho y espalda lo último de Mosterín, el Tartarín del CSIC.


Es verdad que Molina habla de los toros bravos, pero su alegato valiente vale para los Balones de Oro.


El toro bravo –nos alecciona Molina– no embiste; el toro bravo... huye.


De lo cual Molina deduce que torear a un toro bravo no es arte, como creía Cocteau, aquel monstruo lombrosiano, sino tortura, como quiere hacernos creer este epígono de la Ilustración que, en el pupilaje del Instituto Cervantes en Nueva York, atribuía al Oso Yogui (Yogui Bear) las citas del beibolista Yogi Berra, y nadie dice que esto “nos avergüenza ante el mundo”, porque para el mundo es irrelevante lo que Molina haga con su inglés.


Otra cosa es lo que hace con nuestro español.


Queremos que cualquiera que pueda encontrar un trabajo sea capaz de encontrar un trabajo –es una cita famosa de Berra.


Y uno querría que Molina entendiera que para torear a un toro bravo hay que saber torear, y, sin embargo, para ser académico no se necesita saber escribir, como prueba la aceptación académica de “murciégalo” (murciélago), “toballa” (toalla) o “almóndiga” (albóndiga).


Pero hablábamos del Balón de Oro...

domingo, 13 de julio de 2025

Sea And Spar Between


Nick Montfort


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


La máquina de picar poesía no es García Montero y tampoco Gamoneda. La máquina de picar poesía se llama “Sea and Spar Between”, un invento de Nick Montfort, profesor de medios digitales, y Stephanie Strickland, poeta digital (nada que ver con el deseo de Wooody Allen de reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty), capaz de producir tantas estrofas líricas como peces hay en el mar (alrededor de 225 billones, se calcula en el “post” de “Literatura Electrónica” que da cuenta del hallazgo), cifra que no alcanza por poco García Montero y tampoco Gamoneda.


Las estrofas que compone el aparato provienen de los poemas de Emily Dickinson y del “Moby Dick” de Herman Melville, pero podrían proceder perfectamente del “Ferrocarril de Matallana”, el poema predilecto de Zapatero, que además, al tratarse de un tren, da una idea de cadena de montaje más aproximada que un ballenero.


Aún no hay luz en los vagones –nos diría un “Sea and Spar Between” cargado de lírica gamonedesca, pero añadiría la portada del periódico del día: “la luz se dispara un 9,8 por ciento para los pobres” (el de Gamoneda es un mundo de pobres)...


¿Esto es poesía? Colinas, que cultiva el verso con el mismo primor que el pelo, diría que no, pero a mí esa máquina me parece, como le pasaba a Bergamín con Góngora, una maravillosa herejía del dogma literario españolísimo de lo feo, que es lo que no perdonan nunca los castizos patos del aguachirle. ¿A qué esperan en el Ministerio de Cultura para adquirir el “Sea and Spar Between” y aligerar de poetas las nóminas?


Jack Lang, aquel cursi que se bañaba en leche de burra en Cannes siendo ministro cultural de Mitterrand, se propuso un día, hace de esto veinte años, dar a conocer a Rimbaud mediante una gran cadena poética iniciada en el consejo de ministros con “Eternidad”.


Me pica Rimbaud –declaraba Lang a quien le quisiera escuchar.


Bueno, pues con el “Sea and Spar Between” podemos picar incluso a Gamoneda.

sábado, 12 de julio de 2025

Gómez Carrillo



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Vuelve Enrique Gómez Carrillo a los escaparates de las librerías, y lo hace con “El Japón heroico y galante”, un libro de sables, suicidios, porcelanas, cerezos y putas.


Usted no comprende nuestro modo de ver a las mujeres. Las que viven en nuestra casa, no tienen más misión que la de perpetuar nuestra raza. Pero el placer, la alegría, la voluptuosidad, no anidan jamás bajo el techo conyugal. Son cosas que deben buscarse fuera, y nosotros buscamos en los barrios que se llaman ciudades sin noche.


Gómez Carrillo, que iba a los duelos a primera sangre hecho una cuba, vivió en amor y en belleza: fue amado por más mujeres que libros escribió, y sólo Rodolfo Valentino conmovió más corazones en su muerte.


En el Madrid heroico y galante, el poeta y sablista Taso de la Rivera, que un día se comió asado un perro de la pintora Bettina Jacometi, dijo a Gómez Carrillo en una barra:


Usted, que ha vivido tanto, no me negará un duro, don Enrique...


Quien mejores cosas tiene contadas de Gómez Carrillo es Ruano, a quien Raquel Meller, ex esposa del D’Artagnan de las Letras, presentaba un Gómez Carrillo inédito, enamorado y no enamorador, desdeñado y preterido mil veces.


Me pareció que la gran pasión, por esos tiempos de Carrillo, de Raquel Meller había sido Joaquinito Sorolla, el hijo del pintor. Así, a distancia y estando fuera de la cuestión, era difícil comprender e imaginarse al arrogante y donjuánico Gómez Carrillo rogando deferencias que le eran más sencillas a Joaquinito Sorolla, que físicamente era un canijo con aire de gato escaldado.


A mí me encanta la historia de Raquel, que era muy aficionada a leer las líneas de la mano y a echar las cartas, con Ruano en su casa francesa de Villafranche, la noche del 18 de julio de 1936, cuando alguien les vino a decir que en España había estallado la guerra civil y que en Madrid, a instancias del director del diario “La Tierra”, los milicianos buscaban a Ruano con la poco elegante idea de quitarlo de en medio.


Nos miramos nosotros sorprendidos, entre incrédulos y emocionados. No sabíamos qué hacer. Era imposible tampoco pensar en otra cosa. Raquel mandó subir de su bodega lo mejor que tenía: champañas ilustres, venerables coñacs... Y nos mareamos de alcohol, de patria, de nostalgia y de incertidumbre.


Por Ruano sabemos que Gómez Carrillo parecía un tigre cansado (vestido de un voluntario descuido muy cuidado) y llamaba al camarero con un beso en el aire.

jueves, 10 de julio de 2025

El mejillón de Barceló


The Big Spanish Dinner


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Por el bloguero J. R. Márquez me entero de que de la paella de Barceló en el “Sofidú”, como castizamente llamaba Umbral al Reina, ha desaparecido un “Mytilus Galloprovincialis”, y, al precio que está el molusco, un mejillón de Barceló no es moco de pavo. Porque hablamos de “The Big Spanish Dinner”, una de las cumbres “matéricas” del Picassín mallorquín, que lo mismo ilustra la “Divina Comedia” sin leerla que cubre de gotelé a los “Sin Techo” de la Onu en Ginebra.


De Barceló, los artistas como Pepe Cerdá envidian su capacidad de interpretar en las filmaciones lo que cree que debe transmitir: concentración, catarsis, ensimismamiento y soledad.


Cuando Barceló se retira a Malí para encontrarse consigo mismo y alejarse de la incómoda civilización, pinta en una canoa mientras navega por el río. Lo curioso es que este íntimo e idílico hecho se puede ver por la televisión. Eso quiere decir que a su alrededor hay grupos electrógenos, unidades móviles, etcétera. Y él, como si nada, a lo suyo.


Pero lo del mejillón es otra cosa, pues, así como se habla del perro de Saura o de la manzana de Cézanne, podría hablarse del mejillón de Barceló, ese mejillón azabache que hizo a Verlaine cantar: “Chaque coquillage incrusté / Dans la grotte où nous nous aimâmes / A sa particularité...” Yo me imagino a Barceló paseando a su mejillón por las galerías como paseaba Nerval a su langosta por los cafés.


¿Aparecerá el mejillón de Barceló?


Los coleccionistas madrileños que sustituyeron en sus salones las cabezas de jabalís por las paellas de Barceló andarán buscándolo por las pescaderías-joyerías de la capital, en cuyas nasas, entre una pinza de bogavante y una cola de rape, puede ocultarse el mejillón de Barceló como el centollo de Vigo se oculta entre las algas al mudar su carapacho, erigiéndose por semejante tontería en símbolo de la prudencia y el consejo.


El mejillón de Barceló puede estar bajo el pelo de Bosé o de Toledo, aunque la lógica indica que su sitio, por el precio, sería el mostrador de las Coruñesas de Juan Montalvo o en la Pescadería de Fernando VI. Vecinos de “El Pescador” de Lista, al oír ruidos extraños, alertaron a las autoridades culturales, que comprobaron que el establecimiento está cerrado por reforma, con lo que queda descartado como cobijo del mejillón de Barceló.


¿Y si, sencillamente, lo hubiera barrido la señora de la limpieza?

miércoles, 9 de julio de 2025

Zerolo



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Al concejal más pijo de los de Madrid, Zerolo el Apóstata, cuya demagogia municipal y rosa lo tiene en las encuestas a dos palmos de la vara de Gallardón, le ha parecido un “ataque al buen gusto”, y por tanto “inaceptable” –tolerancia progresista–, que una chirigota gaditana apuntara en Ceuta al Islam.


¡Ave María Purísima! –se habrá escandalizado Zerolo–. ¡Al Islam!


Como lo que la Naturaleza no da el Ayuntamiento no lo presta, Zerolo no sabrá, porque eso no viene en su Gala, que los carnavales no son sino la forma de encauzar la expansión paganizante de las antiguas saturnales. Tampoco sabrá, porque eso tampoco viene en su Villena, lo que un teólogo alemán que volvía de visitar las comunidades jansenistas de Holanda exclamó al entrar en Colonia y dar con una cabalgata carnavalesca: “Al fin, una ciudad con procesiones y con carnavales... ¡Al fin, una ciudad católica!” En cuanto al buen gusto, entendido como un modo de hablar de las cosas sutiles y elegantes, ¿sabe Zerolo quién lo inventó? Pues la Reina Católica.


Esto lo tenían muy estudiado Cejador, Pemán y Sainz Rodríguez, que invitaba a almorzar en “Jai Alai” sólo para discutir del asunto. Valga el “bon goût” del neoclasicismo raciniano, venían a decir ellos, pero sépase que éste fue muy antecedido por la lírica de Gil Vicente, Juan de la Encina y todos los poetas del “Cancionero”.


Exponía Pemán:


Hay en la literatura española treinta o cuarenta años, durante el traspaso del siglo XV al XVI, en que todo se desarrolla bajo la divisa del “buen gusto”. Pero llegaron luego las Indias, el Imperio, la Contrarreforma, la mística, que enrabiaron el estilo y se aislaron del Renacimiento Europeo con cables de alta tensión verbal.


Seguía Sainz Rodríguez:


Probablemente en la política ha ocurrido lo mismo: los caminos clásicos y progresivos de los Reyes Católicos fueron cortados por barricadas de orgullo y fantasía. Y todavía continúa el juego con fichas trucadas.


Y constataba Cejador:


Azorín, por ejemplo, fue subsecretario de don Juan de la Cierva, y para muchos es un izquierdista. A Gerardo Diego, católico practicante, hombre excelso de rigores y despistes, le cuelgan la etiqueta izquierdista; lo mismo que a Eugenio Montes, cuando éste lo que tiene es una profundísima formación clásica. Los hombres que parecen de dos verdades, son hombres de una sola verdad más una útil falsificación contigua...


Hablábamos del concejal más pijo de Madrid, que se llama Zerolo y que atiende por el Apóstata, pero... ¿qué puede decir uno de este buen hombre?

domingo, 6 de julio de 2025

Wyoming



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Wyoming se nos hace mayor y cualquier día, al quedarse traspuesto, se va a quemar la zapatilla de orillo en la estufa. Como Unamuno. Hace tiempo que la gente de progreso –la que al calor de una copa muestra algún signo de inquietud espiritual– ve en Wyoming al epígono de Unamuno.


Siendo casi un niño, al volver de comulgar, Miguelito (sí, hablamos de Unamuno) se decide a abrir el Evangelio al azar y pone su dedín sobre un versillo. Lee: “Id y predicad el Evangelio por todas las naciones.” Anonadado se queda Miguelito (es decir, Unamuno). ¿Deberá hacerse sacerdote?


Pero ya entonces, como estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaraciones.


Abre otra vez el Evangelio al volver de comulgar y le sale el versillo 27 del capítulo IX de San Juan:


Os lo he dicho ya y no habéis escuchado. ¿Para qué queréis oírlo otra vez?


Unamuno confesó que el recuerdo de aquellas palabras lo siguió durante toda su vida, lo cual explica muchas cosas en la obra de Unamuno... y en la carrera de Wyoming, cortesano como girasol del presidente Rodríguez y líder del concilio de luceros en torno a la mesa de la madrileña parroquia de San Carlos Borromeo, donde el reparto de mendrugos para la comunión ha hecho furor entre los progres, criaturas acostumbradas a comulgar con ruedas de molino. “Mendrugo”, precisamente, ha sido la palabra elegida por López Garrido, gitana de capotes del Partido, para la encuesta de un taller de escritores que tiene establecida su industria en la capital. Si es para comulgar, López Garrido pide un “mendrugo”, pero, si es para merendar, entonces se come al Niño Jesús en lunitas de jamón, como hace en el palco del Bernabéu.


La angustia, el grito y la paradoja son hoy Wyoming como ayer fueron Unamuno. Los pobres se rifan sus ocurrencias, que tanto confortan. Desde Trento, la teología española no había brillado como en Entrevías. Como un látigo resuenan allí, contra las orejas de los poderosos, las misteriosas palabras a los humildes de Moncho Alpuente, que también ha vuelto a misa: “Las prostitutas os predecerán (sic) en el reino de los cielos.” Dicen que Prieto, el Gargantúa del socialismo español, fue llevado una vez por unos amigos que querían “iniciarlo” a una “tenida” masónica: mandiles, penumbras, calaveras y espadas.


¿Qué tal, maestro? –preguntó un apretado prietista.


La verdad... prefiero la Misa.

sábado, 5 de julio de 2025

Villena



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


El chascarrillo laico mostraba al palurdo que, ante el cepillo de la iglesia con la leyenda “Para el culto”, preguntó quién era el culto, y le contestaron: “El cura, que habla latín.” Al poeta Villena lo han invitado en un cuestionario Proust a ponerse una medalla, y el poeta Villena ha cogido la más gorda:


Dicen que soy muy culto.


Ser “culto”, explica Steiner, requiere mucho más que erudición y elocuencia: más que ninguna otra cosa, significa cortesía y respeto. La cultura, como el amor, no posee la capacidad de exigir, y el poeta Villena, que se considera sexualmente epicúreo (?), como Epicuro, y senilmente idealista (?), como Platón –comparaciones, por cierto, que resistiría Sofía Mazagatos–, exige que los católicos acepten el laicismo.


Con un solo justo que Dios hubiera encontrado en sus calles, Sodoma y Gomorra no hubieran perecido bajo el fuego. Bastará, por tanto, con un solo culto –“muy culto”– para que este Siglo de Oro español, rematado con la media verónica del Nadal para María Dolores Torres Manzanera, nos sobreviva.


Dicen que soy muy culto.


Grau, un poeta con lentes y carita de papagayo que creía que con alterar el orden de las palabras hacía poesía –“yo tengo que perfumarme para poder escribir”–, le dijo a Alberto Guillén en “La linterna de Diógenes”:


Como usted sabrá, yo soy un genio. Dicen que yo digo: “Shakespeare, Esquilo y yo.” No; yo no he dicho eso. Lo que yo digo es: “Después de Shakespeare, yo.” Yo espero el fallo de los siglos.


Grau, sin embargo, carecía de la paganía del poeta Villena, quien a lo mejor pertenece a esa abundante clase de caballeros que, según Nicolás Gómez Dávila, se creen enemigos de Dios y sólo alcanzan a serlo del sacristán. Esperemos al fallo de los siglos. De dar crédito a los geólogos, la peonza de la tierra tiene cuerda para sostener 1.800.000.000 de culturas, y sólo han transcurrido unas veinte. Cocteau lloraba por nuestra civilización, porque físicamente le dolían las sinfonías de Mozart, el cristal de Venecia y la liturgia católica. Pero el poeta Villena tiene una china en el zapato: “Lo que más me molesta es la intransigencia de la Iglesia católica.” Ya lo dijo el Séneca de Pemán:


Siempre lo que había molestado en el Evangelio era que no nos dejaran amar a todas las mujeres. Ahora resulta que lo que más molesta es que nos manden amar a todos los hombres.

jueves, 3 de julio de 2025

Villalón



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Andalucía, nos dice Pemán, está al Sur de España como una canal al borde de un tejado: recogiendo las aguas abundantes de todas sus lluvias europeas y universales.


Para Pemán, cualquier forastero que se tire en un paracaídas sobre España sufrirá mil desorientaciones:


Si cae sobre Almería, podrá pensar que ha caído en Tierra Santa. Si cae sobre Sierra Nevada, que ha caído en los Alpes. Si cae en Granada, que ha caído en Damasco o Bagdad. Únicamente, si cae en Sevilla, supongo que tendrá bastante seguridad de haber caído en Sevilla, a no ser que le entre la duda de haber caído en Washington o en Estocolmo, con ocasión de celebrarse una fiesta “tipical” española.


¿Dónde creería estar Al Gore al decir la sansirolada que dijo en Sevilla? ¿En Washington, arramblando con la piñata del Presupuesto, o en Estocolmo, arramblando con la piñata del Nobel?


Andalucía volverá a ser líder mundial en ciencia y tecnología –dijo Al Gore en Sevilla.


También Guerra dijo una vez que Andalucía sería un día la California de Europa, con su Valle de la Silicona en la Isla de la Cartuja o así. Al Gore todavía ha ido más lejos: Andalucía volverá a ser (¿lo fue alguna vez?) líder mundial en ciencia y tecnología. ¿Cuándo? Cuando venga el cambio climático, y eso ocurrirá cuando Chaves pierda unas elecciones. ¿Qué sabe Al Gore de la teoría de Villalón sobre el vino de Jerez y los dioses?


El vino de Jerez no lo hace éste ni aquél fabricante. Lo hacen los dioses.


El jerez, dice Villalón mondando acedías, es una tarea andalucísima de “dejar hacer” a la Naturaleza; tarea negativa, de pereza y descanso. El vino de Jerez se hace solo, a sí mismo, bajo los arcos húmedos y catedralicios de las bodegas. Primero, el mosto; luego, después de “desliado”, la añada; luego, el trasiego a las criaderas; luego, a la solera... ¿Cuál ha sido el esfuerzo del hombre en todo el tiempo? Nada: el gesto mínimo y soñoliento de trasegar con la cuba de una bota a otra. ¿Quiénes hicieron este vino de maravilla? Los dioses, nada más que los dioses.


Y ése del vino de Jerez es el secreto de toda esta Andalucía, que puede vivir con un poco de pan, agua y vinagre. No es que seamos perezosos. Es que nos sobra el tiempo. No tenemos nada que hacer. Aquí todo lo hacen los dioses.


La prueba de que el cambio climático es una farsa está en el vino de Jerez. 

miércoles, 2 de julio de 2025

Vega


Sra. Vega


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Los taoístas del Rastro madrileño sostienen que Vega es una estrella preciosa, pero con la señorita Vega, vicepresidenta del Gobierno, le pasa a uno como a Fernández Flórez, que nunca tenía ensayada la delicadeza con que es preciso pintar el discurso político de una señorita para colocarlo en el campo del análisis. “Es verdad que no conocemos nunca a la mujer –decía–. Pero hay algo que aproxima a esas dos mitades –mujer y hombre– hasta confundir sus caracteres: el mando. En los regímenes de matriarcado, las mujeres incurren en la poliandria y relegan al otro sexo a las mismas labores que ellas realizan bajo el patriarcado. La capacidad de ordenar hace iguales las almas.”


Simone de Beauvoir se sintió mujer, o eso dijo ella, el día en que se encontró un cigarrón en su jardín: lo apretó en su mano y se negó a decir lo que guardaba. ¡Tenía algo para ella sola! El cigarrón de la señorita Vega es el mando: esa capacidad suya para ordenar, por ejemplo, una cena sólo para tías, pero con el dinero de los tíos. “No me gusta ser icono gay”, ha protestado Fabio Cannavaro, un central italiano del porte de Pablo Alfaro, el icono lírico de Bosé. A uno tampoco le gusta pagarle los frutos secos a la señorita Vega, pero da lo mismo.


Este movimiento es de hombres –explicaba el general Primo de Rivera en su glorioso manifiesto–: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón sin perturbar los días buenos que para España pretendemos.


La única diferencia entre el general Primo y la señorita Vega es que, donde el general veía “tiorros”, la señorita Vega ve “tiorras”, que para eso tiene ella un cigarrón entre manos. El cigarrón le da derecho a cerrar el palacio de El Pardo como si fuera el bar “El Avión” y mondar las pipas del muermo con Jara, Sosa y Prada.


En El Pardo, Franco se mondaba de risa con un censor que tenía en Zaragoza que era coronel y que en cuestiones políticas dejaba pasar de todo, pero que siempre borraba los adjetivos “bella”, “esbelta” y “preciosa” que los cronistas de sociedad prodigaban a las mañicas, y era porque el censor tenía tres hijas feísimas y solteras, y con el lápiz rojo trataba de eliminar la competencia.


Usted se pasó la vida haciendo como que perdía los estribos, sencillamente porque no se atrevía a montar a caballo –le dijo un día Ruano a Ramón–. Yo tuve en alguna ocasión veinte mujeres a la vez, porque me daba miedo quedarme con una. Es lo mismo.

domingo, 29 de junio de 2025

Valls


Xavier Valls


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


La muerte, que apenas sabe el nombre de quien se lleva, ha estilizado para siempre todas las líneas de un goloso de la fruta, Xavier Valls, pintor, no de la “naturaleza muerta”, sino de la “vida quieta”. ¡La vida! La vida, tiene dicho Ruano, no es más que un valor entendido, y cuando van fallando aquellos que nos servían para entenderla y compararla, nos entra el miedo enorme de la soledad y de tener un como idioma prebabélico, que no sirve ya para comunicar con los más jóvenes.


Es la víspera larga de la muerte de cada uno lo que vemos en la muerte de “cada otro”.


Valls podía ser el hombre más delicado –peces gordos hubo que por delicadeza perdieron su vida– que uno haya visto nunca. Hombre en su siglo y feliz con su siglo, el siglo que para él comenzó, psicológicamente, tras de la guerra del 14. Estaba fascinado por los “Senderos de gloria” de Kubrick, con su lluvia negra de muerte y supervivencia. Él mismo fue un superviviente, pero de otra guerra: la guerra contra la figuración de la abstracción, aquel mundo, disparatado y estridente, que, con la algazara de los “esnobs” de la tierra y el escándalo de todos los burgueses, constituyó, según Foxá, la primera conspiración contra el orden y la medida de Occidente, el primer saqueo de la Acrópolis, el primer asalto a mano armada del Renacimiento.


No mires lo que hacen los otros, no te pases a la moda, haz lo que sientas –le dijeron a Valls sus amigos Giacometti y Luis Fernández.


Y Valls, que para el público realista él no era realista, perseveró en el estilo –“yo soy muy estilista, desgraciadamente” (!)– figurativo cuando todos los amigos se pasaban a la abstracción porque los figurativos eran tratados como se trata a un “pompier”.


Lo importante –insistía él– es que los cuadros tengan duende.


No se puede madurar una manzana con un soplete. Pero Valls conseguía madurarlas con un ojo. (Cuenta Foxá que Bombita, de verde manzana y oro, no se atrevió una tarde veraniega, en la plaza de San Sebastián, a entrar a matar por segunda vez a su toro, porque vio rodar unas lágrimas en sus ojos enrojecidos por la ira.)


A Valls también le gustaba “robar”. El más grande, decía, es Velázquez, pero a Velázquez, ay, no puede uno robarle nada. Velázquez gustaba de ver sus temas en los espejos. Valls, como Lorca, gustaba de verlos en los ojos de los demás. “Por los ojos de la monja / galopan dos caballistas”. (En el caso de Valls, cambiemos a la monja por Bergamín, al que daba de cenar.) 

sábado, 28 de junio de 2025

Valle-Inclán



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


La peonza de la Tierra tiene cuerda para sostener mil ochocientos millones de culturas, anotó un gran poeta, y hay que tener en cuenta que desde que el hombre se detuvo en su carrera aterrorizada por bosques y praderas, y plantó, valientemente, su primer campamento, hasta nuestros días, sólo han transcurrido veinte culturas.


¡Queremos una comisaría! –gritan los vecinos menos castizos de Lavapiés, el ombligo de Madrid, con ánimo de deporte y romería, que es como se iba a la Acrópolis para oír a Esquilo al amanecer.


Se lo gritan a la ministra Calvo y al alcalde Gallardón, que se han aparecido en el barrio para inaugurar el Teatro Valle-Inclán.


He aquí un ejemplo de lo que hacemos en beneficio del ciudadano –pregona la ministra, la que en Sevilla negara dinero a las ruinas de Itálica por ser cosa de romanos, y los romanos, “unos fascistas”.


¿Es éste el nuevo centro social? –inquieren los vecinos.


Queremos un centro presidido por la cultura –engatusa el alcalde, quien, en esa comunidad ilusoria llamada cultura por los progres, cree disponer de lo que los americanos denominan el “dark gift of the vampyre”, es decir, el don oscuro del vampiro.


Muertas de tanta cultura –protestan unas vecinas–... ¡Y sin centro de salud!


“Del arroyo, del manantial, bebe el pequeño conejo y el gran onagro, y cada uno sacia su sed”, nos dice San Agustín.


¿Teatro, en Madrid?


Dicen que Dionisos se emborrachó un día con el jugo de las viñas que verdeaban al pie del Himeto, y que las ninfas y los sátiros también se emborracharon, y que, juntos todos, en ronda, se extendieron por la ciudad, y que el teatro, ay, nació de esta borrachera.


En Grecia, eso sí, los fondos destinados al teatro eran tan sagrados que se penaba con pena de muerte a quien los distrajera para otros fines. Esto no lo saben los lavapiecezuelos que abuchean a Calvo y Gallardón. Y Calvo, la que sostiene que el dinero público no es de nadie, tampoco.


A Franco no le gustaba el teatro –sólo le tiraba el cine–, pero no se molestaba en ocultarlo. Tres veces se dejó llevar al Español por sus familiares–más, en cualquier caso, de lo que hoy va la afición a ver a Mario Gas–, que insistieron en presentarle a su director, Cayetano Luca de Tena: la primera vez, lo presentaron llamándole Juan Ignacio, y las otras dos, lo hicieron llamándole Joaquín Calvo-Sotelo.


Camino de la inauguración del Valle-Inclán, mientras el pueblo reclama una comisaría, Calvo y Gallardón se canjean impresiones de la importancia del octosílabo en el teatro español, pero esto sólo es otra impresión.

jueves, 26 de junio de 2025

Unamuno



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Anda el país tan justo de ocurrencias que, si el marqués de Cabriñana admitiera el garrote como arma de duelo, diríamos que ahí están otra vez las dos Españas, en duelo a garrotazos por un quítame allá otra pajarita/paradoja de Unamuno –“Venceréis, pero no convenceréis”–, ahora con motivo del desahucio gubernamental en el Archivo de Salamanca, cuyos papeles sólo saldrían de la ciudad por encima del cadáver del ministro Caldera.


Mon cher cadavre –llamaba la Dudevant a su pálido, triste y macilento madrigalista.


A la banda del progreso la sulfura que la derecha lance contra la izquierda una frase hecha lanzada por Unamuno contra Millán, el general que soñaba con parecerse a D’Annunzio. “¡Esa frase es nuestra!”, protestan los progres, que no han leído una sola sílaba de Unamuno. Pero la derecha, que no ha leído una sola sílaba de Barthes, intuye que esa frase es el “pensamiento escurridizo” que necesitaba para hacerse oír en los telediarios, y no la suelta. “Oh, el dilecto / predilecto / de esta España que se agita...”, suspiró un día Machado. Y pensaba en Unamuno, de quien en el extranjero nunca nos pidieron frases, sino siempre tacos.


A Ruano lo fastidiaban íntimamente casi todos los detalles de Unamuno: “Tomaba, por ejemplo, una taza de café. Pues bien, apartaba un terrón de azúcar, revolvía el resto, lo bebía a pequeños sorbos haciendo ruido... Luego, cuando la taza estaba vacía, echaba el terrón reservado y un poco de agua, revolvía aquella porquería y la apuraba de un trago. También resultaba fastidioso su sentido reverencial del dinero o, por otro nombre, roñosería.”


(Unamuno cuenta en una carta cómo siendo casi un niño, al volver de comulgar, abrió el Evangelio al azar y puso el dedo sobre un versículo. Le salió: “Id y predicad el Evangelio por todas las naciones.” ¿Debía hacerse sacerdote? Como tenía novia, decidió pasar de hoja. Y salió el versículo 27, del capítulo IX de San Juan: “Ya os lo he dicho y no habéis atendido. ¿Por qué lo queréis otra vez?” El recuerdo de estas palabras, que explican toda la papiroflexia unamuniana, lo siguió siempre.)


El joven Ruano había ido a Salamanca en un auto alquilado sólo por la atención de no publicar su libro sobre Unamuno sin el visto bueno del viejo Unamuno. El joven no se cansó en todo el día de pagar, y únicamente al final, cuando llamó al camarero para pagar por última vez dos cafés, el viejo pegó grandes voces:


¡No, no, no! ¡De ninguna manera! Paguemos cada uno el nuestro.

miércoles, 25 de junio de 2025

Lámparas


Dante


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


La gran poesía, nos dice Steiner, está animada por ritos de reconocimiento: Dante reconoce el timbre de la voz de Brunetto Latini en el humo fantasmal como nosotros reconocemos la inteligencia de José-Miguel Ullán en la caligrafía de sus “Lámparas” –desde luego, maravillosas–, que es el título del libro editado por el Círculo de Bellas Artes.


La caligrafía del dibujo tiene algo más primitivo y libertino, menos domesticado que aquello que articula la escritura –explica el propio Ullán en su única nota a pie de página–. Sus límites son más ambiguos. Y la ambigüedad, tomada ésta como movimiento de doble percepción y no como un escape o componenda, sigue siendo un buen instrumento de resistencia.


De la filosofía ya tienen dicho los filósofos que no es más que una forma organizada de resistencia contra la reflexión en torno a la monstruosidad del ser.


¡Ahí es nada: la monstruosidad del ser!


En el “Paraíso” –volvemos a Steiner–, Dante habla de una flecha que llega al blanco antes de que la música del arco haya cesado: “El ‘vibrato’ persiste dentro de nosotros después del sonido. Quizá esa duración sea lo máximo que podamos acercarnos a la insinuación especulativa de que hay valores y energías en la persona humana –y ‘per-sonare’ significa un ‘sonar’, un ‘decir a través’– que trascienden la muerte.”


Lo que Steiner quiere decir es que la poesía, el arte y la música nos ponen en contacto muy directo con aquello que no es nuestro en el ser.


Las preguntas “¿qué es la poesía, la música, el arte?”, “¿cómo pueden no ser?” o “¿cómo actúan sobre nosotros y cómo interpretamos su acción?” son, en última instancia, preguntas teológicas.


Mas en las intuiciones especulativas de lo estético, aclara, los movimientos del espíritu no son los de una flecha, sino los de la espiral, ascendente y retrógrada al mismo tiempo, como la escalera de la biblioteca de Montaigne.


De la escalera de la biblioteca de Ullán han salido estas “Lámparas” que se fueron iluminando mientras el poeta trataba de escribir el prólogo a la antología de María Zambrano, “Esencia y hermosura”...


–...a lo largo de más de diez años, al compás que le es propio a un ciclotímico crónico.


(Como restos de tantas batallas de la luz contra la oscuridad, los filamentos de estas “Lámparas” serán expuestos, a modo de anticipo de los incendios de San Juan, en la Fundación César Manrique a partir del 17, en Lanzarote.)

domingo, 22 de junio de 2025

Ullán



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Con las cosas de Ullán (“¡Coño, Iríbar!”, le espetó, no hace tanto, un cronista de sociedad en un museo de Ámsterdam) ocurre como con las ensaladas de corujas, que cuesta dar con ellas. “¡Si es que no llueve!”, se disculpan en Madrid los camareros. Pero a un Ullán periodístico (“Un chinche –diría en esto Elena Soriano–... ¡Un chinche!”) acaban de empapelarlo en un libro unos impresores de Burgos (“Burgos no te dejará frío” es el lema de la tierra) que se llaman Dos Soles. ¡Burgos! “Aquí no se puede hacer otra cosa que lo que hizo el Cid: irse a conquistar Valencia para comer naranjas y bañarse en el Mare Nostrum”, rabiaba Eugenio d’Ors en el vestíbulo del hotel Norte y Londres durante la guerra. Antes de la guerra, la vieja abadesa de las Huelgas vio en Madrid que los tranvías andaban sin caballos y predijo: “Esto acabará mal.” Total, que hay que ir a Burgos para leer a Ullán, cuyo castellano se hace duro de entender, opinan los cursis, tan cursis como aquel almirante inglés que decía: “Yo no entiendo más que las cosas que se pueden dibujar.” Estas cosas de Ullán –“Como lo oyes”, se llaman– son dibujos en el aire que entran, como las almas, por el oído (oído de tísico, el suyo): silbando. Por el oído el narigudo Cyrano vence al bello y bobo Cristián. “Lo único importante en esta puta vida es saber dónde está el hormiguero para meterla”, le dijo a Ullán, en presencia de El Fary, el ciertamente inolvidable Luis Folledo. Hoy, en la Corte, tamaña franqueza sólo es posible encontrarla en el bar de los Calvo –campeones, campeones–, en la calle Pingüino, de Carabanchel, que es el flanco que a uno le descubrió la madrileñísima Valle Camello. En un bar de Carabanchel, precisamente, apareció el jamón paranormal que mostraba en su cóncavo seno un rostro masculino, de abundantes cabellos y mueca compungida. “¡Ay, Jesús, no me digas más!”, exclamó Ullán, que vio en el jamón el objeto perfecto para reconciliarnos con nuestro entendimiento singular del arte. Ahí está, como lo oyes, el lirismo sincero del último punki, el loco zaragozano que arrasó “entre el sector más radical de la juventud vasca”. Su nombre, Manolo Cabeza Bolo; su verso: “Si a los punkis un día ves pasar, / no te enamores, tonta del haba...” Con razón en el mismo libro Abiel el venadeador trae dicho que no hay nada tan hermoso como la luz blanquísima del venado. “Es una lástima –concluye Abiel– que el hombre sea el único animal sin luz propia, ni rojiza ni blanca ni nada.”

jueves, 19 de junio de 2025

Toro

Bonifacio visto por Alberto García-Alix


Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Frente al imposible científico de pasar de buey a toro, ¿han reparado ustedes en lo fácil que es pasar de toro a buey?


¿Recordáis –preguntaba Foxála entrada del Buey Apis, en Menfis, entre sacerdotes de túnica blanca y morenas esclavas de pecho desnudo que le ofrecían, arrodilladas, frutas encendidas y guirnaldas de flores?


Suso de Toro, que fue cazador, pero que todavía no sabe que ningún victorino navegó en el Arca, responde lastimero:


Ah, ese cuerpo inocente drogado, limadas las astas, humillado, asustado, provocado, aguijoneado, traspasado, sacrificado de forma tan cruel...


Ni que decir tiene que Toro, autor de cabecera en prosa del presidente del Gobierno (el autor de cabecera en verso sigue siendo Gamoneda, a pesar de haber dejado, gracias al Cervantes, de ser pobre), se refiere al toro de lidia, un animalejo del que Galicia, suso-dicho está, anda libre. Allá Galicia. Góngora, empitonado por su obispo Pacheco por concurrir en Córdoba a fiestas de toros contra lo terminantemente ordenado a los clérigos por “motu proprio” de Su Santidad, escribió de Galicia unas décimas (“¡Oh posadas de madera, / arcas de Noé, adonde, / si llamo al huésped, responde / un buey, y sale una fiera!”) que vendrían a darle la razón a este Suso de Toro que en la plaza de su pueblo, cada vez que da con un forastero, le espeta eso de “le somos una nación, ¿sabe?”, y que ha escrito la última frase inmortal:


Los escritores no nos jugamos la vida.


Nuestros escritores lo más que se juegan es la nómina, y tampoco es el caso de nuestro autor, cuya compasión schopenhaueriana puede alcanzar al toro de lidia, pero no a la langosta a la americana, que ha de cortarse en vivo, pues tú le das a un escritor español una langosta congelada y te la tira a la cara. Al escritor español le faltan huevos para jugarse la vida o para pagar de su bolsillo la fianza de una langosta de sesenta y cinco años de edad, como hizo en el restaurante “Gladstone Four Fish” de Los Ángeles la chica de la tele Mary Taylor Moore, que la soltó en las costas de Maine. Más cerca de nosotros, en Cuenca, mi amigo Bonifacio, que había sido torero, liberó a otra “emblemática” langosta de restaurante por el procedimiento de tomarle la palabra a Zóbel, que en una noche loca dijo: “Te invito a cenar, Boni. Pide lo que quieras.” Y todavía resuenan, entre las casas colgadas, los gritos que pegó al recibir la cuenta.