Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red/Jerónimo Molina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red/Jerónimo Molina. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de enero de 2025

Don Dalmacio o la posibilidad de no morir idiotas. Vale más su obra que todo el Régimen del 78



Jerónimo Molina


No creo que nadie, ni siquiera los primeros pensionados de la Junta de Ampliación de Estudios que regresan de Alemania, en pequeñas y patrióticas oleadas desde 1907, haya utilizado en España el vocativo “Profesor” con tanta profundidad y elegancia, respeto y afecto como los que pone en el tratamiento de don Dalmacio Negro Pavón su alumno Jorge Sánchez de Castro. El “Profesor”, “nuestro Profesor”, como también le llaman los convidados a su seminario –un banquete del cual, desde hace cuarenta años justos, sin que muchos lo sepan todavía, se nutre la España futura–, se nos murió. Se apagó, al descuido, el día de su cumpleaños, el 23 de diciembre de 2024, su dies natalis ya para las moradas eternas; por sorpresa, como quien participa en un escaqueo de distracción, previo al “golpe de mano” –táctica aprendida por don Dalmacio en la morería de Larache, en la 9ª Bandera (“Franco”) del Tercio Don Juan de Austria y que solía explicarme para enlazar amenamente sus experiencias en la Legión con la definición del coup d’État de Naudé–.


Creímos, el primer ingenuo uno mismo, que su energía, la misma que irradia el Don Quijote de Maeztu, era inextinguible. Aunque en “un día de angustias pued[e] madurar [el hombre] por completo”, confiábamos, tal vez, en que “aún no [estaría] en sazón” su humanidad, como escribe en unas páginas bellísimas, en Desolación (1922), Gabriela Mistral. Llegué a concebir, incluso, una de esas ideas sin fundamento que nos acompañan muchos años y nos reconfortan: que tal vez no fue advertida su presencia en el siglo, que acaso estaría siempre con nosotros, “como la espiga en la que no reparó, pasando, el Segador”. Pero sé que esto no es más que uno de los “universales del sentimiento”, algo que me contaba mi padre, extasiado en la contemplación de esos viejos valetudinarios (estampas de Gabriel Miró) que dan compaña en los pueblos y de los que parecía que, por alguna confusión o cambalache en sus estadillos abscónditos, Dios se había olvidado. Leído en la Mistral, lo del cereal y la siega, tan escatológico, suena distinto, pero no más bello, pues estos universales, “voz viva”, que no “eco inerte” (Antonio Machado), valen lo mismo enunciados por un labrador que por un espíritu del porte de la poeta chilena.


Debemos a Dalmacio (estoy pensando, ahora caigo, en aquel sonado “Debemos a Costa” [1911], también de Maeztu) tantas cosas. Sus libros y su magisterio. El concepto de Estado (“La historia moderna-contemporánea de España resultaría más inteligible si se emplease con exactitud el concepto Estado”). Una historia de las formas del Estado y la estatalidad en sus múltiples facetas (la teología política del Estado; el Estado moral o Estado-iglesia; la historicidad del Estado frente a la persistencia del gobierno). La dilucidación de la tradición política de la libertad. El liberalismo triste, la forma superior del realismo político o, como sugiere Carlo Gambescia, que tenía bien calado al Profesor, del realismo político ad quem. Pero le debemos también una manera de ver el mundo e, inscrito en él, la política, “piel de todo lo demás”, opinión de Ortega y Gasset cuyo sesgo, a favor o en contra, nunca he sabido captar del todo, quizá porque tampoco tuve la certeza de que el filósofo hablara en realidad de la política. Deudos suyos, don Dalmacio nos ha enseñado con su ejemplo que en política no caben ni la desesperación ni la indignación, actitudes incompatibles con la genuina inteligencia de lo político, un sector de la vida humana colectiva del que sabemos poco y del que también olvidamos casi todo periódicamente. La metapolítica es el ávido arqueo cotidiano de un cierto número de banalidades superiores y olvidadas.


Pero lo más importante: a este hombre bueno y feliz, jocundo tantas veces, le debemos la posibilidad de no morir políticamente idiotas. Se lo debemos como hijos, no de la carne, sino del entendimiento, pues son segundos padres los maestros. Lo de la paternidad en segundo grado se lo escuché a Pedro Laín Entralgo en una conferencia o acaso alguien lo dejó caer a mi lado; pero lo mismo pudo escribirlo Aristóteles, el del zoon politikón o un Maquiavelo, mientras despenaba pajarillos en San Casciano y, in der Sicherheit des Schweigens, “en la seguridad del silencio”, escribía Il Principe. También pudo repentizarlo el hijo de un campesino.


La muerte de don Dalmacio no ha revelado la existencia de una escuela (“las escuelas no existen, son clasificaciones abstractas que se hacen para ordenar la historia de las ideas”), pero sí la de una como hermandad de viejos y jóvenes –él era el gran Urvater– que participa del mismo lenguaje, que comparte conceptos políticos y cuidados. También las mismas o parecidas lecturas (Luis Díez del Corral, José Ortega y Gasset, Xavier Zubiri; Carl Schmitt y Bertrand de Jouvenel; Michael Oakeshott y Eric Vögelin; y tantos otros). Precepto mayor de su magisterio, de su extraordinaria vis docente era el Tolle, lege agustiniano con el que solía despedirnos, estudiantes de Políticas, al llegar el verano. El pasado lunes se encontraron muchos de sus alumnos en la despedida del Profesor, insólita reunión que nadie más que don Dalmacio podría suscitar en la España actual, en la que parece que todo el mundo, cuando no va a lo suyo, anda a la greña. Esa tarde-noche se estrecharon los vínculos de solidaridad y se hizo más grande aún la amistad entre todos nosotros.


Responde don Dalmacio al arquetipo profundamente europeo del sabio desinteresado. Su ascética contrautilitaria le ha permitido seguir su propio camino, sin extraviarse, en una década decisiva para la historia reciente de España, la que va de 1985 a 1995. No puede decirse lo mismo de la entontecida derecha intelectual posfranquista, pedisecua, desde entonces, de la última moda extranjerizante: de la corrección política al patriotismo constitucional, del Austrian Economics al neoconservadurismo.


Don Dalmacio llega a la cátedra de su maestro, Díez del Corral, en 1985 y a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas diez años después. Mientras que el Profesor, en su cátedra de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas, metaboliza el liberalismo para nacionalizarlo mejor, cerca de él, aunque sin conocerse todavía, Gonzalo Fernández de la Mora se bate, desde Razón Española, para hispanizarlo más bien y darle contenido, con sus oceánicas lecturas, a un neofranquismo nonato, homólogo, como explicaba Arnaud Imatz no hace mucho, al soberanismo neogaullista. Sucede entonces que la “derecha intelectual” española, heredera de “casi un cuarto de siglo de oro” (el que va de 1935 1969), vende su primogenitura por la calderilla del cotarro. Se vuelve oportunista porque ya no cree en sí misma. La mayoría se “desolidariza”, como ha dado a entender, por antífrasis, el Profesor, de los maestros con los que se había formado intelectualmente. Con la palanca de la Ley Maravall (Ley de Reforma Universitaria de 1983), los socialistas –expresión manifiesta de un residuo (résidu) español indestructible: el bandolerismo– echan mano de la universidad y se la meriendan en menos de una generación, porque todos quieren hacerse catedráticos. Se quedarán con todo, sin apenas resistencia, al adelantar cinco años la jubilación del profesorado universitario, por “franquista”. Ni siquiera en las “oposiciones patrióticas” de la posguerra llegó a la cátedra una colección de ignorantes como la de los años 80 y 90 del siglo pasado. Advertido, por los síntomas, de que estamos ante un nuevo tiempo-eje, don Dalmacio espera y mira pasar. Algunos de esos teratológicos catedráticos parecían venidos directamente de los Programas de Alfabetización de Adultos. La universidad española, convertida, sin embargo, en el tonel de la Danaides, nunca había caído tan bajo. La ANECA, organismo saprófito, se limita hoy (en inglés) a acelerar su descomposición


No lo tuvo, pues, fácil el Profesor en esos ambientes. Ni podían ni querían entenderle quienes tenían la obligación de hacerlo. Por su cuenta, don Dalmacio inicia “un giro (schmittiano)”, eine schmittsche Wendung, hacia el realismo político –desde el liberalismo tout court de La acción humana de Ludwig von Mises y Los fundamentos de la libertad de Friedrich A. von Hayek–. Esto, que hoy nos parece obvio, porque se reconoce que siempre tuvo razón, entonces, ¿hace cuántos años? ¿treinta?, no lo era tanto. Y él pagó la patente en la forma de un ostracismo, siempre relativo porque, sencillamente, imperturbable, no se dejó marginar. Vien dietro a me, e lascia dir le genti. No quiso ser un sabio cortesano ni un profesor orgánico, como otros que se han repartido los gajes con los esclavos morales del socialismo español, de izquierdas y derechas. Todos estos perdieron hace treinta años la posibilidad de no morir idiotas. Así que por ahí los vemos hoy, aplaudiéndose mutuamente y consumiendo, viejos alebrados, lo poco que queda ya de todo, de instituciones, de colecciones, de archivos estatales, de autoridad, hasta de higiene mental.


Decía Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote (1914), que “conviene a todo el que ame honradamente, profundamente la futura España, suma claridad en la misión que atañe al concepto [político]”. A forjarlos, por patriotismo y por amor a la verdad, dedicó sus horas a miles el Profesor. Por eso, vale más su obra que todo el Régimen del 78, desfondado también, como la inteligencia política nacional, entre 1985 y 1995. Desde entonces, el relato antipolítico de la fundación de la monarquía parlamentaria ha estimulado una selección inversa de las oligarquías. El gran problema nacional, como decía don Dalmacio, es la ínfima calidad de nuestra clase dirigente, ayuna, particularmente después del franquismo, de una tradición de servicio público que merezca ese nombre. Políticamente enervado y deslegitimado por sus enemigos –débiles como el régimen que tanto desprecian–, el desmayado Estado de las Autonomías da sus últimas boqueadas.


Releía hace unos días, con la vista puesta en una ocasión festiva, una oposición a cátedras fijada para el día de san Dalmacio por el ciego cómputo de plazos de la Ley de Procedimiento Administrativo Común, algunos pasajes de la Galería de amigos de Ramón Carande. Uno de ellos, que me atrevo a copiar, me alienta a seguir, de otro modo, con un diálogo, para mi tan pródigo, que nunca cesó desde que me determiné, en los mismos términos que, con tanta gracia, cuenta hoy aquí mismo mi amigo Jorge Sánchez de Castro, a “desobedecer la unanimidad del prejuicio”: “Ante la velocidad del olvido devorador de recuerdos y cancelador de mercedes, ante la inquietud de la incertidumbre que nos envuelve y nos aparta del pasado, ante el imperio pasajero de las novedades del día, ante un horizonte nublado, me gustaría tener otra vez cerca de mí al maestro que ayer me enseñó y luego me dejó solo”.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

domingo, 17 de diciembre de 2023

Homenaje y reproche a Alain de Benoist (por sus ochenta años)


 Jerónimo Molina


Alain de Benoist, mucho más como nombre escrito que como amigo frecuentado, junto a otros, forma parte, para utilizar una de sus expresiones favoritas, de mi chemin de pensée. Al mismo tiempo, su obra –la parte de una bibliografía inmensa, oceánica, a la que he tenido un acceso franco, con altibajos, desde hace más de veinte años– ha contribuido a decantar en mí, podría decir, con suma modestia, «une certaine idée de la France» (C. de Gaulle) y su cultura.


Estudiante de bachillerato cuando todavía el francés era en España la «langue étrangère» por excelencia de los planes de estudio y la historia de Francia del siglo XIX era casi toda la historia de Europa que venía en nuestros libros de texto, me he sometido de buen grado –por una casualidad que se hace después vocación y pasión– a ciertas radiaciones, tal vez de signo rival, cuando no antagónico, que me alcanzan desde mediados de los años ochenta y finales de los noventa del siglo pasado: a/ Serge Gainsbourg (Live 1986), Julien Freund (L’essence du politique), Henri de Montherlant (La relève du matin) y Jean Renoir (Toni), en ese orden, y b/, correlativamente también, Daniel Darc (Sous influence divine), Alain de Benoist (Communisme et nazisme), Pierre Drieu la Rochelle (L’homme à cheval) y Marcel Carné (Hôtel du Nord). Lo que decía, mi imagen de Francia.


Puedo explicarme así, por mi cercanía intelectual o estética con la obra que hay detrás de todos esos nombres, la impresión que me causa el ejemplar de Krisis, el número 8 (abril de 1991), que recibo sorpresivamente en casa de mis padres. El destinatario era un joven doctorando que, entonces –de 1992 a 1998–, desayunaba, comía y cenaba con Julien Freund para escribir su tesis. Krisis venía con una nota en la que reza «De la part d’Alain de Benoist» –la he visto ahora de nuevo y reconozco, entonces no, su característica caligrafía, ganchuda y aparentemente desgarbada– y que imaginaba escrita no por él, sino por el menestral de un emporio editorial eurasiático o, por lo menos, transiberiano, siguiendo las instrucciones del ficticio gran Tamerlán de las Ediciones del Laberinto, M. A. de Benoist.


Una cierta frialdad o, tal vez, un retraimiento congénito, natural en los espíritus contemplativos –Alain de Benoist se reconoce absolutamente «hombre reflexivo»–, no están reñidos con una cordialidad y una solicitud que nunca hace acepción de rango (académico o de otra especie). Le pedía yo en aquella ocasión, desde mi pueblo remoto, animado a escribirle por Günter Maschke, una fotocopia del artículo «Politique et morale», del maestro Julien Freund, y me encontré con el inesperado obsequio del volumen que lo contenía –arranque de generosidad con novilleros del oficio que no son tan frecuentes en los pagos «intelectuales» y «universitarios»–.


Lo que para mí revela este sucedido, anecdótico pero absolutamente personal e intransferible, es la calidad humana de una inteligencia silenciada o marginada por el circuito académico, aunque en modo alguno marginal. Hay, a mi juicio y servata distantia, un cierto paralelismo, formal y exclusivamente relativo a su presencia pública y a sus lectores y seguidores, en Francia y en el extranjero, con Charles Maurras. Puedo entender las razones de fondo que De Benoist arguye para oponerse, en cuanto tiene ocasión, por consideraciones tanto estéticas como políticas, a esta opinión, que, evidentemente, no es solo mía. En cualquier caso, como decía, no abundan perfiles como el suyo, podría decirse que nodales y creadores espontáneamente de sinergias, refractarios al autorreferencialismo característico, como tipo estadísticamente promedio, del profesor patentado.


Fue una suerte encontrarme entonces con él, en una etapa de madurez científica de su órbita, de su «mouvance», en la que ya quedan atrás, reabsorbidos, los periodos –él diría seguramente «trayectorias»– de efervescencia ideológica de la Nouvelle Droite, ND (años 1970, hasta Les idées à l’endroit) y de creación de estructuras intelectuales (años 1980, hasta L’empire intérieur). Ajeno, pues, a las vicisitudes de la etiqueta «ND», de sus réplicas europeas, en algunos casos con contribuciones originales al acervo común (Italia), y de los prejuicios y proscripciones que trae implícita, llego a Alain de Benoist sin mediatizar por su cartel de «ideólogo», «polemista» o «jefe de filas», atraído exclusivamente por su realismo político, su facilidad literaria, su método de lector a destajo y su bibliomanía.


En este sentido, Alain de Benoist, «víctima de una falsa imagen», nunca ha sido para mí una referencia para el combate político, que no desprecio, pero que no me interesa –legítimamente sí lo ha sido para algunos de mis amigos, activistas del gramchismo, tan famoso como estéril cuando lo cultiva la derecha, pues fácilmente se transforma en un «conspiracionismo banal»–, sino un revulsivo contra ciertas rutinas escolares de la historia de las ideas políticas y los movimientos sociales. De su «obra» objetivada, tan difícilmente clasificable –¡necesitaríamos para ello al «custodio de las fuentes», Piet Tommissen, la «ardilla de Flandes»!–, me inclino, mayormente, a/ por su crítica sistemática y profunda del liberalismo, como doctrina económica, ideología política, modelo antropológico, axiología y filosofía del progreso –y que no hay razón para aceptar en bloque, íntegramente–, b/ por sus aproximaciones sucesivas, presentes en muchas de sus páginas, a la distinción derecha-izquierda, una dicotomía más bien epidérmica y accidental, y c/ por sus catas sobre los escritores epónimos de la Revolución Conservadora alemana y el No-Conformismo francés de las décadas de 1920 y 1930. Estas tres coordenadas (xyz), a mi modo de ver centrales, no agotan en absoluto otros focos de atención: sobre los clásicos políticos ignorados u olvidados, sobre la teología política y las manifestaciones de lo sagrado, etc. De su «método», por último, prefiero la búsqueda de nuevas síntesis, intensificada estos últimos años.


He releído para la ocasión festiva de su octogésimo cumpleaños (el próximo 11 de diciembre), como siempre con sumo interés y gusto y a ratos también con lupa y un lápiz, tres libros en los que comparece un Alain de Benoist que no se deja captar fácilmente en otros contextos o registros de su obra escrita o hablada: el cronista de sí mismo de Mémoire vive (2012), el diarista de Dernière année (2001) y aforista de L’exil intérieur (2022). Aquí y allá se encuentran, paradójicamente, algunas claves para llegar a la obra desde el hombre «que evita escribir en primera persona».


Alain de Benoist tiene por summum de la concisión biográfica la presentación de Aristóteles por Martin Heidegger, simplificada aún más, pro domo sua, por él mismo: «Aristóteles nació, vivió y murió». La misma (poca) importancia atribuía el comparatista George Dumézil a las experiencias personales, a la vida (Erfahrung, vécu) para abordar las teorías y doctrinas de un investigador. Borrar el rastro, también el de la vida, desmontar el andamiaje al terminar cada libro, es el exigente consejo de Dumézil. Y a empezar de nuevo. De Alain de Benoist, felizmente, ya no podremos decir eso, pues tenemos, además de la leyenda oral de tantos correspondientes suyos de todas las latitudes, esos tres libros que acabo de mencionar. En ellos queda el rastro encarnado y vivo de su obra; de las circunstancias incitadoras de su pensamiento; de ciertas ideas que, de pronto, surgen y que, de no quedar consignadas en un cuaderno, se perderían, como el rastro de una estrella fugaz que centellea levemente en la noche, oscura como boca de lobo. Todas esas notas ilustran la cinegética sutil (subtile Jagd) de este «cazador de ideas que son como mariposas», de un coleccionista de la estirpe de Ernst Jünger. Además de «mariposas» conservan esas páginas las «scories de l’atelier» de Alain de Benoist, lo que el poeta Miguel d’Ors llama «virutas de taller», es decir, lo sobrante y gratuito, pero no por ello menos precioso, de la tarea escritora y lectora cotidiana.


Desde el punto de vista de la preceptiva literaria, la prosa de Alain de Benoist es transparente. Los jeux d’esprit y el ingenio que le dan tono no perturban la claridad de su discurso, sino que vienen a acentuar su clasicismo. En español diríamos que su prosa es ática. Me parece que un francés como el suyo tiene que ser inteligible incluso… para quienes no saben francés. Hay en las páginas que han concentrado mi atención segmentos representativos de la versatilidad de su estilo y de sus querencias literarias, inopinada muestra de los registros literarios más dispares. En L’exil intérieur le vemos escanciar concienzudamente decenas de aforismos. «La Realpolitik: esta palabra debería considerarse un pleonasmo». «Sólo en la historia se reconcilian la intensidad (intensité) y la duración (durée)». Una respuesta, la única admisible, a los lugartenientes del «humanismo», aquí va: «Lloraré vuestros muertos cuando vosotros lloréis los míos». Classieux!, que diría, sin duda, Lucien Ginsburg / Serge Gainsbourg. Y este otro, que trae como un aroma neomalthusiano pasado por Gaston Bouthoul: «Natalismo: alegato de derechas a favor del reino de la cantidad». También hay algunos aforismos engastados en Dernière année e, incluso, en Mémoire vive. Un curioso cuestionario Proust a la canadiense. Poemas de juventud. Y un haïku.


No pretendo someter el juicio sobre la obra al juicio biográfico, pero no se puede obviar lo que revelan esos tres libros, que no dejan de ser las facetas complementarias de un mismo libro único in fieri. Particularmente se ilumina en ellos, en mi opinión, a/ lo que en el pensamiento de su autor pertenece al orden los «conceptos políticos» y al orden de las «posiciones políticas», b/ el problema del tiempo, vivido como una obsesión que parece gobernar su vida, y c/ las vislumbres de España y el régimen político decisivo de su historia contemporánea, su clave de arco –la dictadura constituyente de desarrollo del general Franco en la precisa terminología jurídica política de Rodrigo Fernández-Carvajal–.


En el prefacio de Positionen und Begriffe distinguía Carl Schmitt entre conceptos objetivos (Begriffe) y posiciones subjetivas (Positionen). Buscaba poner a salvo su vida de la cuadrilla de facinerosos con la que se ha codeado, intensamente, desde la Pascua de 1933 al verano de 1934. Todo en ese libro, desde el título elegido a la selección de los textos, está concebido como un salvoconducto personal, ya que cultivar el derecho público es un oficio de riesgo mortal. Por otro lado, sabe Schmitt que «nadie puede dar dos veces el mismo discurso ni escribir el mismo artículo». Cualquier obra pertenece al tiempo que fluye y relativiza todo y la suya en grado sumo. No obstante, una «experiencia dura y amarga» le ha permitido alcanzar ciertas verdades científicas indiscutibles (unbestreitbar). Aunque no siempre se expresan a las claras, con ellas aspira Schmitt también a limpiar su honor «en la senda de la verdad científica».


No hay escritor político de algún valor en quien el «concepto» –«constante histórica perfectamente indiferente a nuestras opiniones subjetivas» (Jules Monnerot)–, no se enrede en sus compromisos personales, viéndose por ellos desdibujado. A veces no resulta nada fácil establecer semejante distinción. Puede que el propio autor sea el menos indicado para trazar una línea divisoria, pues cuando la obra se objetiva en un texto decae el interés por su motivación psicológica. Esa misma objetividad tampoco se ha de ver comprometida por el momento histórico –objeto y situación concreta dice Carl Schmitt– en el que la palabra política es pronunciada, pues todo concepto político tiene un sentido polémico (polemischer Sinn) y presupone un antagonismo y una situación concretos. Todo concepto es circunstancia reabsorbida y realidad objetivada, «unidad objetiva de sentido» (Hans Freyer). Un concepto o una regularidad política –en el sentido de las regolarità de Gianfranco Miglio– no dejan de serlo porque su develador sea un mal padre de familia o un personaje sin escrúpulos. O un santo. Hermann Heller creía en el socialismo nacional, pero no por ello dejaremos de admirar su Teoría del Estado. Carl Schmitt creía en la resurrección de los muertos y Thomas Hobbes que «Jesus ist the Christ»: ¿cambiará nuestra opinión sobre El concepto de lo político y Leviatán?


En la obra de Alain de Benoist hay una tensión permanente entre los conceptos y las posiciones, resultando estas de la proyección de aquellos sobre la acción política. Esto es inevitable cuando la inteligencia se entiende como un sacerdocio y la militancia como una escuela en la que uno se compromete absolutamente. Se dice el autor, por otro lado, «enfermo de objetividad». Su vocación es teorética, llegar a la raíz de las cosas su acicate mayor y no ser indiferente al «don» de la verdad su máxima intelectual. Pues únicamente quien se libera de las pasiones del momento (posiciones) puede «franquear el muro del tiempo». Una de esas pasiones, la más perturbadora de todas, es justamente la política. Esta ha sido, según su propia confesión, la maldición de su vida. Ya que por gratificante que pueda llegar a ser, la acción política «no es, en general, sino tiempo perdido». En este sentido, su labor ha sido esencialmente metapolítica.


La metapolítica, sinónimo inicialmente de trabajo intelectual mancomunado, aspira a desarrollar sólidas nociones teóricas, pues sin ellas no hay acción política eficaz. Clarifican el brumoso panorama metapolítico los dos tomos del reciente Trattato de metapolitica de Carlo Gambescia. Pero lo difícil es «mantenerse al margen de la política» sin perder la perspectiva de las regularidades de lo político. No es extraño por ello que, en un principio, la metapolítica se relacionara con el tipo de consideraciones estratégicas sobre la conquista del poder que desembocan en el gramchismo. Pero el escritor metapolítico no se preocupa por la proyección política de sus ideas. A fin de cuentas, lo que más vale de una teoría política es aquello que no depende ni de su realización ni de las circunstancias históricas. Por otro lado, el escritor metapolítico no es un intelectual orgánico, aspiración obsesiva del publicista gramchiano. Su mirada teórica no tiene como objetivo una política particular, sino captar conceptos y definirlos. Escribe Alain de Benoist: «De lo que se trata es de ir a lo esencial debajo de la costra de los microacontecimientos» y, a continuación, obtener una definición, pues, «siempre he experimentado la pasión inmensa de las definiciones».


La dimensión colectiva de la metapolítica, que explica la insistencia del autor en una «escuela de pensamiento», precisamente una Nouvelle École, le impulsa a señalar un cierto paralelismo con la Escuela de Fráncfort. Su experiencia, sin embargo, le lleva a concluir que haber hablado imaginariamente en nombre de un «nosotros» le ha hecho perder 20 años de trabajo. Y esto pone de manifiesto una vida intelectual contrarreloj en la que no hay tiempo que perder. Un solo problema gobierna su vida: el tiempo y su modo empleo. Así le he visto en Uberlândia, en Murcia o en Mazarrón, en París y en La Haya: trabajando incansablemente en sus bibliografías de las derechas francesas, uno de sus pasatiempos favoritos, en los «cartuchos» de Éléments o en la última edición de alguno de sus libro para Italia, su patria electiva. Alain de Benoist, un motor que funciona a pleno régimen 365 días al año, Sr. Stajanov, como le llamaba Günter Maschke, no tiene un minuto que perder, tampoco respondiendo a las críticas superficiales.


Consideración particular merece el interés de Alain de Benoist por España, condicionado no por sus conceptos metapolíticos, sino, más bien, por sus posiciones políticas. Es natural su simpatía por los grupos falangistas de izquierda y, al mismo tiempo, una cierta prevención hacia el «jacobinismo lírico» de José Antonio Primo de Rivera, sin perjuicio de la admiración que despiertan en él el Valle de los Caídos, «grandioso conjunto arquitectónico» y El Escorial, «la perfección en la sobriedad». Pero ya no se entiende tan bien su visión posnacional de las Españas y las identidades nacionales centrífugas (nacionalismos catalán y vasco). Todo ello ionizado por un sutil antifranquismo, que, en perspectiva metapolítica, no comparto. Como diría Julien Freund, Franco no es sólo un «el único ejemplo de un terror blanco políticamente triunfante», sino también, en cierto modo, por su espíritu de resistencia entre 1934 y 1939, un «genio de la decadencia».


Sin embargo, sabemos que a De Benoist no le gustan nada el general Franco ni su dictadura. Esto, más allá de la accidentalidad de los regímenes políticos –de todo régimen político–, tiene su lógica, a mi modo de ver, en un cierto «antispanischen Affekt» congénitamente francés. Pues el antifranquismo no es más que la penúltima actualización de la Leyenda Negra. «Franco me disgusta…», escribe («Je n’aime pas du tout Franco…»). Sin embargo, Hugo Chávez, antiliberal como el general Franco, le resulta «decididamente simpático».


No me imagino a Alain de Benoist viviendo en Madrid –tampoco en Roma ni Berlín, solo en París–, ni siquiera hoy, en pleno neo-posfranquismo, cuando el signo de Antígona y el furor necrófilo de la izquierda han sucedido en España a la sombra de Caín, pero mucho menos le veo yo en Caracas, paraíso del «Socialismo del siglo XXI»: la Venezuela distópica a lo Ernesto Laclau de la que han huido muertos de hambre centenares de miles de venezolanos. Mon cher Alain, je n’aime pas du tout E. Laclau & Wife. Ernesto Laclau, mero «amplificador de sugestiones dominantes», que diría Jules Monnerot, inmune al virus de sinistrismo, fue profesor universitario en Essex (Reino Unido), pero no en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Como la urraca de las pampas, Laclau pega el grito en un sitio, pero pone los huevos en otro. A su incoherencia existencial de su cháchara politiquera le cuadra a la perfección un dístico delicioso que tomo de La araucana, poema épico del soldado y poeta Alonso de Ercilla: «¡Qué bien damos consejos y razones / lejos de los peligros y ocasiones!».Pero vuelvo a Madrid, pues la España de Franco (dictator pepetuum), según la percibe Carl Schmitt en su viaje de 1951, había recuperado con su dictadura autoritaria la conciencia y el orgullo nacionales, señalando, como el general De Gaulle (dictator ad tempus), el rumbo de los soberanismos futuros.


Por lo demás, resulta muy esclarecedora la lista de odiadores de Franco. Para no salir de España, aquí apunto algunos made in Spain: el populismo antipopular de la izquierda, pillado en «la trampa de la diversidad»; los liberalios –neologismo ya imprescindible para cartografiar el liberalismo contemporáneo–; los profanadores de tumbas –los del partido de la guerra civil, del fraude electoral de 1936 y la corrupción económica y moral de los años 80 en adelante–; el nacionalismo separatista y los antiguos terroristas reconvertidos en demócratas de la tercera edad, asesinos confesos que aspiran a presidir una Comisión de Derechos Humanos… En el peor de los casos, como dice el propio Alain de Benoist, «hay regímenes defendidos por la estupidez [o la vesanía] de quienes los atacan». Podría ser un buen principio para reevaluar in politicis el último siglo de historia de España y, en su caso, rectificar… ¿Quiénes son los enemigos de España? ¿Quiénes se nutren de odiar lo que representa?


Ea, querido Alain, «¡El alcázar no se rinde!». Ad multos annos!


Leer en La Gaceta de la Iberosfera

domingo, 10 de diciembre de 2023

Carl Schmitt y Franco



Jerónimo Molina


No hay un verdadero interés en el estudio riguroso y exhaustivo del influjo («Einfluß» decía G. Maschke) de Carl Schmitt en España. Al menos, eso parece. Desde los años ochenta hay notas dispersas en revistas y libros (G. Gómez Orfanel, J. Mª Beneyto), algún epítome biográfico de mérito (C. Jiménez Segado), correspondencias incompletas (F. J. Conde, J. Fueyo) y epístolas sueltas (M. García Pelayo, F. Pérez Embid), un par de libros muy informados dictados al telegrafista (G. Guillén Kalle), incluso un ambicioso ensayo fallido –el tic reptante antifranquista– (M. Saralegui) y una bibliografía schmittiana panhispánica (J. Díez Nieva y J. Molina), pero ningún trabajo que profundice sistemáticamente, más allá de la etiqueta académica o ideológica, en la presencia viva y eficaz de «Carl Schmitt en España» durante casi un siglo (1926-2023). Nada comparable, desde luego, a los ensayos reconcentrados sobre el krausismo (A. González Posada, incluso E. Díaz) o el hegelianismo (F. Elías de Tejada) en España. Para ganar el Cavia o la cátedra rinde mucho más matraquear en ABC o en El Debate sobre el «nazi Carl Schmitt», «jurista de Hitler» –a quien tan sólo vio una vez en su vida y de lejos (drôle de «Kronjurist»!)–, o sobre sus discípulos neocomunistas, los anacrónicos zombis de Podemos… No necesita mucho más un moderado mainstream, instalado en su columna diaria, para amedrentar a un político liberalio con sangre de horchata. La derecha-inútil española vive, por miedo, bajo una maldición, la de la mala fe. Inasequible a los argumentos, reniega de la razón política, en la que, como explica H. de Montherlant, ni cree ni quiere creer: «Telle est la malédiction sur la mauvaise foi: entré, on n’en peut plus sortir. Comme de l’enfer». Ni de la mala fe ni del infierno se puede salir.


En octubre 1929, después asistir a la lidia de cuatro novillos-toros en el antiguo coso de la calle Goya y visitar El Escorial, «magno capítulo, el primero y último, de toda teoría del Estado» («El Escorial ist das größte, erste und letzte Kapitel jeder Staatslehre»), le escribe a R. Smend una postal en la que despotrica contra la iglesia romana, sin valor ni autoridad para elevar a los altares a quien, a su juicio, lo merece como nadie: el rey Felipe II. El último comentario sobre España en su correspondencia tiene fecha de febrero de 1977. El 21 de enero de ese año publica El País de entonces su breve texto sobre la amnistía («Amnistía es la fuerza de olvidar») y unos días después le escribe a J. Freund que su articulito ha suscitado alguna controversia en España («Il y a quelques jours qu’un petit article de moi sur l’amnistie a suscité quelque trouble à Madrid»). Durante todo ese tiempo, Carl Schmitt no ha dejado de ser uno de los escritores políticos y juristas de Estado más visitados, frecuentados y leído en España. Amigo de Don Quijote, de Estebanillo González y de Velázquez, no tanto de Francisco de Vitoria, y develador, junto a E. Schramm, del secreto de Donoso Cortés; maestro y mentor de la primera generación de juristas socialistas bien formados (el joven F. J. Conde, M. García Pelayo, F. Arias Parga); amigo de E. d’Ors; par de N. Pérez Serrano, alter ego de Hugo Preuß bajo la Segunda República; correspondiente de la inteligencia «franquista» y «antifranquista»; interlocutor o saludado, según J. Kaiser y G. Maschke, de los generales M. Primo de Rivera y F. Franco, algo que parece poco probable.


De particular interés es su opinión sobre Franco, su dictadura y su España, que expone sin ningún recato, como suele ser norma, por cierto, en el conservadurismo alemán de la segunda posguerra. De viaje por España y Portugal en 1943 y 1944, se reúne con la elite jurídica y política nacional, no con Franco, a quien no menciona en la relación de sus jornadas ibéricas, pero sí con Esteban Bilbao, a la sazón segunda autoridad del Estado (presidente de las Cortes) –los informes que Schmitt redacta para las autoridades alemanas están publicados en la revista Empresas Políticas, nº 14-15, 2010–. Ni entonces ni más tarde recibe honores de la dictadura. Hasta ahora no se ha podido acreditar que la Real Academia de la Lengua promoviera su nombramiento como individuo correspondiente. Sólo tenemos al respecto su declaración en el interrogatorio de R. Kempner al que se somete en abril de 1947: «El gobierno alemán impidió […] mi ingreso en la Real Academia de España».


En el manuscrito de su conferencia de junio de 1943 sobre «El cambio de estructura del derecho internacional», después de agradecer a F. Castiella su presentación, expresa «lo que debo al espíritu español». Mucho más directo si cabe se muestra en el prólogo ad hoc de la edición española de sus Escritos políticos (1941), propiciada por Cultura Española y López Ibor, y fechado en Berlín en marzo de 1939. En el gran «torneo espiritual de signo universo» de esos años, «el que quiere permanecer neutral se excluye a sí mismo. Menos que otro pueblo cualquiera podía renunciar a la decisión un pueblo como el español, que en todos los momentos cumbres de la historia universal ha acreditado su arrojo para decidirse en lo que atañe al espíritu. Más bien cumple a otros pueblos medir sus fuerzas mirando esta energía española para la decisión». Esa edición, que comprende La época de la neutralidad, Teología política y El concepto de la política –a partir de la edición alemana de 1933, la más influyente en el mundo hispánico hasta los años noventa–, no tiene para él una significación meramente literaria o científica, sino también, mayormente, espiritual. Ese libro «resultará fructífero en un pueblo cuyo espíritu y cuya ejemplaridad me han dado a mí mucho más de lo que yo pudiera devolverle», pues España, esto es lo que le importa, no es un «aliado táctico», sino un «verdadero amigo». No en vano, después de la Segunda Guerra Mundial, Carl Schmitt hace a F. J. Conde confidente de su íntima convicción: «Tengo por mis enemigos personales a los enemigos seculares de España» («Vergessen Sie nie, daß meine persönlichen Feinde immer auch die Feinde Spaniens sind»). No varía su identificación política y espiritual con España –como él mismo podría decir– en la alocución de su investidura como miembro de honor del Instituto de Estudios Políticos, en marzo de 1962: «Los resultados de mi investigación científica los he echado en plena conciencia en un mundo caótico y en la balanza de la historia. Es una coincidencia significativa que el impulso sincero de investigación me haya conducido siempre a España. Veo en esta coincidencia casi providencial una prueba más de que la guerra de liberación nacional de España es una piedra de toque. En la lucha mundial de hoy, España fue la primera nación que se reafirmó por sus propias fuerzas, de tal forma que, ahora, todas las naciones no comunistas tienen que acreditarse en este aspecto frente a España».


En el plano de la política nacional constituyente resulta bien conocido su enigmático comentario en el Glossarium sobre la salida de la dictadura constituyente institucionalizada por Franco: «A [F. J.] Conde y a Franco [les sugerí]: hagan ustedes una corona (“machen sie eine Krone”)», consejo que parece más bien referido a la edificación de un Estado que a la legitimación de la dictadura –legitimada ya de facto por la victoria del 1º de abril de 1939– por la invocación del Reino y la tradición monárquica nacional (borbónica-alfonsina, carlista, austrina, incluso bonapartista-franquista). Algo menos conocida es la inspiración schmittiana de la Ley Orgánica del Estado de 1967, opinión que impugna uno de sus redactores (G. Fernández de la Mora), aunque, al menos en mi concepto, no se disuelve la duda. Decía J. A. Girón que la custodia de la constitución, encomendada al Jefe del Estado, instancia soberana que decide sobre el recurso «de naturaleza política» denominado «de contrafuero» –muy superior, a su juicio, «al sistema de jurisdicción constitucional con que la república siguió las teorías de Kelsen»–, debía mucho «a la doctrina del gran demócrata y jurista Carl Schmitt». Girón, camisa vieja, no presumía de su ciencia constitucional… pero su cachaza es de nota, pues lo de «gran demócrata» no se la ha ocurrido nunca a nadie, ni siquiera al más disparatado de los profesores de la universidad española. Raramente se encontrará en el zurdo un rasgo de humor de ese calibre.


La presencia del Solitario del Sauerland en España «durante el vilipendiado franquismo» (G. Maschke) no es, pues, exclusivamente académica –hasta hoy, deshistorizada y desrealizada ya su obra, al menos intencionalmente, y rebajado él a un personaje polémico e inofensivo sobre el que parlotea cualquiera–. La lectura de su obra dará pie hasta finales de los años setenta al libre examen personal de una generación irrepetible, la del cuarto de siglo de oro del pensamiento político español (1935-1969). Se registra entonces, recuerda mi maestro Maschkiavelli, «una pluralidad intelectual que hoy, en la democrática España, se echa de menos».


Exasperado por el complejo de inferioridad del español y ansioso por la cercanía de su viaje triunfal a España de 1951 (el primero que hace fuera de Alemania después de la guerra), le escribe un billete a R. Calvo Serer para expresarle en diciembre de 1950 que se siente correspondido en su «admiración mayúscula y el amor sin problema por su España» («meine Grosse Sympathie und meine Liebe sin problema für Ihr Spanien mich unerwidert geblieben sind»). Estamos en diciembre de 1950 y el remitente se hace eco del famoso España sin problema del destinatario de la carta. Hablando ahí mismo de N. Ramiro Rico, Schmitt se muestra convencido de que «el supuesto primordial de España como problema es una Europa aproblemática». Y viceversa, cabría añadir.


En la misma carta dirigida a Calvo Serer se pregunta también Carl Schmitt: «¿Dónde, si no es en España, último asilo del pensamiento europeo, se puede encontrar la justicia, en la época del suicidio europeo?» No es extraño, pues, que en una conferencia dictada por Carl Schmitt en la Academia Moralis de Colonia, tal vez el 9 o el 10 de agosto de 1951, recién llegado de Madrid (con estaciones en Barcelona, Sevilla o Murcia), se ocupe de España y la dictadura de Franco. Hasta donde sé, el texto «Impresiones de un viaje a España» («Eindrücke einer Spanienreise») no se encuentra en el legado del archivo regional de Duisburg. Tal vez no ha aparecido todavía. Sin embargo, existe un lacónico resumen de J. Schelz, poco comentado y publicado en el Süderländer Tageblatt del 11 de agosto de 1951.


El suelto, que tiene su interés para el ojo de un historiador de las ideas políticas sin las odiosas servidumbres politiqueras de la ANECA –la «onorata società» corruptora de lo que quedaba de la universidad española y verdaderamente merecía ese nombre–, incluso para un sociólogo político sometido al imperativo de la Wertfreiheit weberiana o neutralidad axiológica, reza aproximadamente así: «Carl Schmitt ha puesto de relieve tres aspectos [relevantes de la España contemporánea]: la dictadura de Franco, la singularidad del sentimiento nacional español actual y la peculiar posición intermedia de España en el mundo de hoy. Franco es aceptado por la mayoría del pueblo como un poder neutral: neutral frente a los numerosos grupos enfrentados entre sí. Semejante dialéctica se asume sobre la base de que ante el comunismo no hay neutralidad posible. Hasta los monárquicos están divididos en cuatro familias en cuya zona de convergencia (o divergencia) se encuentra Franco. El secreto de la fortaleza de Franco tiene diversas causas: 1/ su victoria en la Guerra Civil contra el comunismo; 2/ su habilidad para representar el nuevo concepto de la conciencia histórica española, la Hispanidad; y 3/ la tercera fortaleza de Franco es su neutralidad en una situación internacional dominada por el dualismo este-oeste. Sin embargo, este país, tal vez el más atlantista de todos los europeos, ha sido excluido grotescamente del Pacto Atlántico. Esto constituye, tanto geográfica como ideológicamente, una paradoja. Explicable por la conjunción de la ideología izquierdista y la leyenda negra en el contexto de la psicosis de 1945, pero sobre todo por los intereses de Francia e Inglaterra. La pregunta que deberían hacerse las potencias ante España es “¿Realpolitik o resentimiento?”».


El general Franco, antiliberal retórico que sin embargo pone en práctica el ordoliberalismo del milagro económico español, «humilde katejón» político sobre el que discuten, alrededor de un jumilla, A. Truyol, E. Tierno Galván y Carl Schmitt, una noche de primeros de junio de 1951 en la plaza murciana del Cardenal Belluga, es para el jurista alemán un nacional-populista de la raza del general De Gaulle, un anticipador, como el francés, de los neosoberanismos del siglo XXI, innombrables, como su política de vertebración nacional –a las claras, el joven G. Fernández de la Mora osa reprocharle a Ortega y Gasset que no quiera hablar de ello a su regreso a España, sino, creo recordar, del teatro o acaso de toros–. Aunque después, ignoro con qué intención –¿desdén intelectualista, tal vez una boutade o una atribución apócrifa?–, Carl Schmitt escribirá «Franco ist die Banalität des Gutes» («Franco es la banalidad del bien»), el dictador, el Franco de Schmitt no es, curiosamente, ni un doctrinario nacional-sindicalista, ni un monárquico, ni un vulgar tirano (en el sentido del caudillismo «latinoamericano»), ni siquiera un espadón católico, sino, tal vez, un genio de la decadencia («génie de la décadence»), en el sentido metapolítico de Julien Freund, el revulsivo de un orgullo nacional pisoteado pero que, apretando los dientes, ha sobrevivido a 1898, a 1917, a 1921 y a 1936. También, seguramente, a todos los noventayochos anteriores mencionados por E. Giménez Caballero en su Genio de España.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera

jueves, 5 de octubre de 2023

El "constitucionalismo", enemigo de la Nación


C. Schmitt

 

Jerónimo Molina

 

Cuando Schmitt escribe en 1922 «que nada goza hoy de mayor actualidad que la lucha contra lo político» (Teología política), alude al constitucionalismo y al parlamentarismo liberal. Instrumento privilegiado de esa «lucha contra lo político» ha sido el «constitucionalismo», una ideología jurídica típica del siglo XIX (como las que postulaban, coetáneamente, la «codificación» y la «socialización» del derecho privado, de efectos tan perturbadores como la Revolución francesa, de la que en realidad son hijas póstumas). Agotadas otras representaciones ideológicas, por su disfuncionalidad (derecha-izquierda) o por su pasadismo (liberalismo-socialismo), la partidocracia española explota desde hace unos años el «duelo lógico» (Gabriel Tarde) constitucionalismo-anticonstitucionalismo. El bipartido único, sin más idea política que obtener y disfrutar el poder, decora y vela su maquiavelismo con la «fórmula política» (Gaetano Mosca) del «constitucionalismo». Como concepto político, el constitucionalismo, un ardid, carece hoy de contenido. Se trata de una pseudomorfosis (Oswald Spengler): la cristalización del complejo antifranquista («España, país sin constitución») en el molde del «patriotismo constitucional», la primera lección del Palau de la reeducación alemana, exportada en los años 90 por el Partido Popular para darle contenido al «centrismo».

La lucha por imponer una constitución escrita a España, desamortizadora en Cádiz de la tradición de las Españas, y las desavenencias en la Casa de Borbón, primero entre el Rey y el Príncipe de Asturias y más tarde entre las líneas reinante y pretendiente, el llamado «pleito dinástico», no sólo tiene como efecto inmediato la separación de los virreinatos americanos, sino también el eclipse de la conciencia del Estado en España a lo largo del siglo XIX. No debe sorprender, por cierto, que la «mediación» de Napoleón entre Carlos IV y Fernando VII tenga en el siglo XX su hecho homólogo en la operada por Franco entre Don Juan y su hijo. La diferencia entre el emperador y el dictador es que el general Franco no se aprovecha la ambición del Infante de Estoril ni de la falta de escrúpulos filiales del Príncipe de España para instituir rey a un pariente (Alfonso de Borbón), cosa que sí hace Napoleón (José Bonaparte).

Pudo influir también en la confusión en torno al Estado constitucional y su utilidad para la nación, la «mitificación de la Monarquía hispánica». Mito acrecido según Dalmacio Negro por las tres guerras carlistas. Ese mito justificará en 1978 el salto en el vacío del Estado de las autonomías, mecanismo «austrohúngaro» instaurado, a su vez, para santificar y dar por buena la descomposición o «diairesis de España». El «mito de la República», constitucionalizado por la disposición transitoria primera de la carta otorgada del 78 sirve los mismos fines aceleradores de la desnacionalización de España. Pues se prima en ella a «los territorios que en el pasado hubiesen plebiscitado afirmativamente proyectos de Estatuto de autonomía».

Sea como fuere, la descomposición del organismo político de la monarquía se agrava entre el pronunciamiento del alcalde de Móstoles (1808) y los sucesivos encuentros entre realistas criollos e insurrectos republicanos que conducen al desastre de Ayacucho (1824). El remedio para esos males se buscará casi obsesivamente en las fuentes del constitucionalismo, la misma ideología que ha sido gasolina para la expulsión de España del hemisferio occidental.

El ocasionalismo romántico liberal tiene en el constitucionalismo hispano uno de sus modelos mejor terminados. La creencia en la virtud regeneradora de una Ley fundamental escrita llega a extenderse como epidemia por España: la constitución por delante de la nación. Por eso a una constitución le sigue siempre otra, generalmente con un designio político adverso al de la norma caducada. Reviven también a veces, con sorprendente facilidad, constituciones muertas, aunque su vigencia es entonces efímera. No le faltan razones a un viajero francés del siglo XIX, Théophile Gautier, que comparaba las constituciones españolas con pelladas de yeso sobre el granito. Tampoco a Johannes Vincke, redactor del artículo «Spanien» de una enciclopedia política alemana de los años 50. Decía Vincke que los españoles del siglo XIX han practicado compulsivamente el deporte de cambiar constituciones («Spanien hat im 19. Jarhrhundert die Verfassungsänderung wie einen Sport betrieben»). La «manía constitutoria» es el certero diagnóstico de Gonzalo Fernández de la Mora para esa «psicosis colectiva que consiste en imaginar que la mayoría de problemas de una sociedad se resuelven reformando la constitución del Estado»: sólo hasta 1936 y sin contar los proyectos y constituciones nonatas «España ha conocido veintiocho situaciones constitucionales». Desde entonces han sobrevenido al menos otras tres: la de las Leyes fundamentales, la de la constitución puente de 1977 (octava de las Leyes fundamentales), y la de la Constitución de 1978 (novena de las Leyes fundamentales según el cómputo de Pablo Lucas Verdú).

Como fenómeno tal vez compensatorio del desequilibrio que introduce el constitucionalismo en España, al que su supedita todo, desde la continuidad del imperio y la concordia nacional a la subsistencia de la nación, se desarrollarán instituciones sucedáneas del nunca bien trabado juego de los resortes políticos. Una de ellas será el «pronunciamiento», al que todavía se ha de recurrir en el siglo XX, y que durante el reinado de Isabel II se convierte en una forma extraordinaria, pero hasta cierto punto normalizada, de formar gobierno. Su raíz, como la del constitucionalismo, está en el romanticismo liberal y en la fe depositada por este doctrinarismo en el gesto exaltado que presuntamente ha de solventar, en unos pocos días, las papeletas de la patria.

De los pronunciamientos se tiene una idea prejuiciosa, sumamente negativa: símbolo para no pocos historiadores del militarismo, mentalidad con la que en realidad no tiene mucho que ver, se sambenita con ellos al ejército derrotado de las guerras hispanoamericanas, reo desde entonces de una fantástica obsesión por injerirse en la política nacional. Una interpretación del mismo sesgo ofrece la historiografía que agrava la responsabilidad de los mandos africanistas en la inestabilidad política de España durante el primer tercio del siglo XX. La realidad es muy distinta. Miguel Alonso Baquer ha mostrado que la treintena larga de los pronunciamientos acontecidos en el ochocientos tiene esencialmente una función moderadora del conflicto, característica privativa del modelo español de pronunciamiento. En todo caso, Fernández de la Mora ha resaltado que «el pronunciamiento militar fue la táctica favorita del liberalismo y del progresismo […] recurso habitual de los que se llamaban demócratas». El «golpismo» es, pues, raro en la historia política de las derechas españolas, salvo que se considere que el Partido Socialista Obrero Español es un partido de derechas.

El caciquismo será el otro remedio político para los desajustes que acompañan la imposición oligárquica de una larga serie de constituciones galiparlas. De alguna forma debe salvar un país la distancia entre la constitución real (die wirkliche Verfassung) y la mera constitución escrita (die geschriebene Verfassung), el trozo de papel (Blatt Papier) al que tan poca importancia le daba Ferdinand Lassalle en su conferencia berlinesa de abril de 1862. Lassalle, rejuvenecido por algunos constitucionalistas socialistas en las vísperas de la revolución legal española de los años 70, no pudo corregir en ellos ciertos tropismos. Lassalle afirma con gran realismo que nunca han existido países sin una constitución («eine wirkliche Verfassung oder Konstitution also hat jedes Land und zu jeder Zeit gehabt»). Sin embargo, entre los juristas politiqueros de los años 50 se generaliza el acuerdo (el primer y más letal de los consensos) sobre la excepcionalidad, también en punto a la constitución, de la España de Franco. Entre las razones de este negacionismo jurídico político, ridiculizado ya por Jovellanos, se ha de contar la subordinación de la «constitución-hoja-de-papel», en España y en otros países, a la estrategia de una «transición al socialismo». Triturar la verdadera constitución del país, su constitución histórica o prescriptiva (the prescriptive constitution de Edmund Burke), tiene que ver con la «constitución como golpe de Estado», evolución natural del golpismo parlamentario, modo 18 brumario. Con expresión gaucha había advertido también del peligro el caudillo argentino Juan Manuel de Rosas, en cuyo concepto las constituciones escritas no pasaban de «cuadernillos».

El caciquismo, perturbador del ethos de la nación con el trasfondo de unas prácticas corruptoras, al menos desde la perspectiva de la necesaria circulación de las elites, opera como una institución, «racional» secundum propositum (Zweckrationalität, dicho a lo Max Weber), articuladora del proceso de selección de las «oligarquías arbitradas» (Fernández de la Mora) que bajo la monarquía alfonsina concurrirán en la formación de gobiernos.

Los burgos podridos del caciquismo, que no puede sanar la reforma electoral de 1907, la debilidad de los partidos políticos y el fulanismo en el liderazgo, singular devotio ibérica, las interferencias políticas de Alfonso XIII en la erección y derribo de sus ministerios –prerrogativa irrestricta que, sin embargo, le atribuía el artículo 54.9 de la constitución de 1876–, laminan los títulos de legitimidad de la monarquía. Se podrá acusar al rey de maniobrerismo político, de excesiva facundia y de falta de prudencia, pero no, con la constitución abierta, de contraventor de su fuero o golpista. El pronunciamiento del general Primo de Rivera, alternativa al caciquismo, será para el rey el último recurso para «moderar» el país.

Después del Gobierno largo de Maura los oportunistas y los agraviados de la vieja política: antiguos adictos al turno de gobierno que se harán llamar, ya entonces, en el ocaso de la monarquía, «constitucionalistas», especímenes republicanos de lo más dispar, nacionalistas, socialistas y anarquistas en general, quieren anticipar la apertura de un «periodo constituyente», pendant en el nuevo siglo de los pronunciamientos ocasionalistas del XIX. 1909, 1913 o tal vez 1917, con la coincidencia de las Juntas de Defensa, la huelga general y la Asamblea de parlamentarios, marcan en muchas conciencias el agotamiento no ya de un ciclo político, sino del poder constituyente con el que trapichean todos en España, desde Antonio Cánovas a Adolfo Suárez.

Suprimidos los partidos por Primo de Rivera, incapaz de hacer grande el suyo, la Unión Patriótica, y por Franco, enemigo de todos los partidos, incluido el Movimiento Nacional, cuyas posibilidades políticas quedan sofocadas, con la connivencia de su Jefe Nacional, él mismo, mediados los años 50, tiene su lógica que la reacción contra las dos dictaduras militares enarbole la bandera de los partidos políticos. Serán estos, sobre todo para sus inmediatos beneficiarios, como la promesa de una regeneración política. Los partidos se dicen garantes de la libertad política, de modo que un régimen que niega los partidos no puede conocer, por definición, las libertades políticas. Con estos argumentos estupefacientes, la partidocracia como reduccionismo democrático llega a cotas insospechadas en el último cuarto del siglo pasado. De entrada, la Constitución del 78 hace de ellos órganos del Estado, «instrumento fundamental para la participación política» (artículo 6). La Transición, por otro lado, no se puede entender sin la prima política concedida por el Rey, el «motor del cambio», a los partidos, incluso a los abiertamente enemigos de la nación. En cierto modo, el pacto o consenso de 1978 entre la corona y los partidos políticos es el hecho homólogo de la ficción del pacto canovista entre la corona y las Cortes.

Una decisión soberana de Franco, cuyo poder constituyente se autolimita paulatinamente y que raramente ha ejercido de jure la potestad legislativa, crea rey a Juan Carlos I. El «sucesor de Franco a título de rey», a pesar de la merma de su poder constituyente, que nunca sería ya el dimanante del hecho político del 18 de julio, sino el del poder constituyente constituido o de reforma regulado por la Ley Orgánica del Estado, acuerda con los partidos el otorgamiento de una constitución que, si bien garantiza la continuidad monárquica en la Jefatura del Estado, entrega a aquellos un poder constituyente de reforma no sometido en la práctica a fiscalización alguna. La interesada confusión entre reforma parcial y total de la constitución facilita precisamente la aprobación de la Ley para la Reforma política. La intangibilidad de la forma monárquica del Estado, nunca discutida seriamente en las pseudoconstituyentes de 1977, y la sanción real de la constitución según un procedimiento no muy diferente al utilizado por Franco para promulgar la Ley Orgánica del Estado, también sometida a referéndum nacional, como la Constitución del 78, denuncia la subsistencia de un poder constituyente residual que se extingue con el reinado de Juan Carlos I.

(...)

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

sábado, 2 de septiembre de 2023

El giro hacia la Revolución Legal

 


Julien Freund 

Jerónimo Molina


La imaginación del desastre y, como señala Carlo Gambescia, «l’immaginazione dell’evento propizio» son las dos caras de la misma medalla política. La cifra última de toda política realista –o pragmática, aunque esto tampoco sea decir mucho– es prever lo peor, para anticiparse a sus efectos y alejar el peligro, pero también «compensar la amargura de la contemplación de lo peor con la promesa de algo mejor». Ello constituye una de las lecciones del extraordinario volumen La esencia de lo político (1965), de Julien Freund, la última de las grandes ontologías de lo político y un tratado completo de metapolítica. Meditar su lectura es una baza para no vivir –como tantos, por desgracia– políticamente idiota.

En las páginas de ese libro se lee que «actuar en política es actuar en función de lo peor posible», aunque la «conversión del espíritu político a la conciencia de lo peor» esté al alcance de muy pocos. En eso consiste la tragedia de la inteligencia política. La lucidez, si llega, es un don del fracaso o de los muchos años. En el último pasaje de El arte de la guerra (ca. 1520) se lamenta Maquiavelo de su Destino, pues este «debería haberle negado el conocimiento [de las máximas políticas] o bien haberle dado los medios de ejecutarlas [antes de llegar a la vejez]». Tarde se alcanza la sabiduría política, cuando lo aprendido ya no puede aprovechar al bien común. Las «conversiones al realismo político» en la juventud son raras, aunque los grandes ingenios políticos están ya «hechos» en la treinta de su biografía.

La dimensión trágica y triste de la conciencia política tiene también mucho que ver con la evaluación de la relación de fuerzas (con respecto al enemigo) y, particularmente, con la ponderación de los riesgos y amenazas que el enemigo supone, tanto a corto y como a largo plazo. Pues, como apuntaré después, aquellos, los peligros cercanos, al cabo de la calle, resultan asequibles a cualquier ingenio, incluso al periodístico, pero estos otros, los peligros abstractos, sin un perfil claro cuando apenas apuntan en el horizonte, escapan a la inteligencia común. La cosa merece alguna reflexión, aplicada primero a la política exterior, después a la interior, objeto inmediato de estos fragmentos.

La guerra de Ucrania pudiera ser un hito de la lucha del mar contra la tierra, tal vez un choque de Oriente y Occidente, incluso la última boqueada del «imperialismo exsoviético». ¿Quién podría afirmarlo categóricamente? Cualquiera de esas interpretaciones o «visiones» me parecen aproximaciones tan útiles como imprecisas. Lo que sí creo más seguro es que, al menos en sus consecuencias atroces, en esa guerra se entrevera una revancha de lo político contra los bellos espíritus, contra el internacionalismo democrático, contra un humanitarismo y un pacifismo cuya agresividad se disimula. La ética de la convicción (Max Weber), despreciando los condicionamientos de toda acción política –particularmente la geografía y la demografía políticas–, y abrazada a un insensato y exclusivo realismo ad quem, confiada en la hipótesis de una pulsión democrática (y suicida) de Europa («Mourir pour Kiev?»), no ha tenido en cuenta, como recuerda Freund, que «si la victoria se presenta como un objetivo más costoso y más desastroso para la nación que un arreglo hecho de concesiones recíprocas, hay que negociar, a condición, evidentemente, de que el enemigo esté dispuesto…». Requisito que en este caso particular se cumplía probablemente. Es una tragedia para Europa y para Rusia, pero sobre todo para Ucrania, la falta de prudencia del presidente Volodimir Zelenski en la ponderación de los riesgos de su política, los cercanos y los remotos. El presidente ucraniano, pensando a corto plazo, se ha hecho responsable de las consecuencias de una guerra por la occidentalización de su país. Pero un hombre de Estado lungimirante, como dicen los italianos, debía haber contemplado el peor de los escenarios: el teatro de una guerra en el frontis sudoccidental del gran espacio ruso, una contienda insoportable para un país dependiente de la ayuda militar exterior.

Aceptemos que tenga razón y sea justa, desde el punto de vista del nacionalismo, la vindicación o la afirmación de la soberanía de Ucrania contra la amenaza del Behemoth ruso. Sin embargo, este juicio, el de la iusta causa belli, perturba extraordinariamente la aplicación de la inteligencia, pues los problemas políticos desbordan toda categoría jurídica y a fortiori toda categoría lógica: la política, referida siempre a un enemigo real o potencial, exterior o interior, consiste en la apreciación realista de la potencia política. De la propia y de la del enemigo designado. Y, después de eso, actuar en consecuencia.

Valdría también, para ejemplificar el aspecto criminal de la ingenuidad de toda una clase dirigente, la nefasta política de España con respecto a la amenaza de Marruecos, creciente en todos los frentes desde el casus belli del 11M. La cuestión de fondo es clara: una potencia demediada no puede designar a sus enemigos (Marruecos en el caso), sino que estos les son dados por sus «aliados» –Estados Unidos por lo que respecta a nuestros intereses nacionales–. En este sentido, el «enemigo» nacional dado sería Rusia. Como en 1941. Una resolución forzada y contraria a los intereses de España, que, por otro lado, nada tiene de estupefaciente, pues esto sucede cuando una nación deja de ser sujeto de la política internacional y se convierte en su objeto, aunque en estoy haya también sus grados. En el infausto atentado de 2004, en el que colusionan dos enemigos, el interior y el exterior, la dirigencia española en bloque opta por la secuencia sentimental del corto plazo –el dolor de las víctimas y sus familias y los homenajes póstumos–, dando la espalda a las consecuencias a largo plazo, la secuencia política y militar. No solo para que el pueblo siga viviendo narcotizado, sino mayormente porque España no puede designar a su enemigo ni, con mayor razón, romper las hostilidades contra él. Fin de la digresión pedagógica sobre política exterior.

El político mediocre, irresponsable, cobarde o, simplemente, lelo –¿cómo referirse a ciertos impostores de la acción política?–, se limita contumazmente al corto plazo; el hombre de Estado mira, en cambio, incluso en contra de sus propios intereses, al largo plazo. Aquél es un espíritu acomodaticio, este, en cambio, cultiva la virtud de la longanimidad, pues padecer va en su temperamento. El cortoplacismo, característico del parlamentarismo demoliberal, mayormente en su fase decadente o pluralista («pluralismo enfermo» en la terminología del ordoliberal Wilhelm Röpke, no de un fascista cualquiera ni de un doctrinario del antiparlamentarismo de los años 20), es seguidista de la opinión, aunque esta marche, extraviada, hacia su perdición. El político que las ve venir de lejos se hace pedagogo de la opinión, despreocupado de todo lo accesorio y orgullosamente consciente de que el fracaso es la lección política definitiva y postrera. También para él. Todas las gobernaciones terminan mal, incluso aquellas que, en manos de un “genio de la decadencia”, según Freund, enderezan a los pueblos y les dan una prórroga en la desbandada general. Con ellos se ceba, aunque suene a paradoja, la damnatio memoriae. Es el caso, en el siglo pasado, de Winston Churchill, Charles De Gaulle y unos cuantos más, según para quién, de menos feliz recordación.

Las elecciones del 23 de julio ponen de manifiesto, en la política interior de España, la dificultad del discernimiento político entre los males a corto y a largo plazo. La tesitura del jefe del Estado, cuyo juramento (artículo 61.1 CE78), sin grandeza, no ha diferido del de un modesto funcionario de Correos, pero es, al cabo, juramento de «guardar y hacer guardar la constitución», viene condicionada por una «decisión» cuya trascendencia es imposible ignorar.

Corresponde al rey «proponer el candidato a Presidente del Gobierno» (62.d CE78), acto refrendado por el presidente del Congreso de los diputados. Su resolución no debe ser ajena a las funciones de arbitraje y moderación (artículo 56.1 CE78), aplicadas las mismas sobre el «funcionamiento regular» de las instituciones. Lo cual supone, de hecho, la reserva a favor de la Corona de una libertad de acción no prevista constitucionalmente, ni necesitada de refrendo cuando el funcionamiento es «irregular». Esa «reserva» (un «león dormido», imagen del constitucionalismo inglés que solía utilizar Rodrigo Fernández-Carvajal) se ha manifestado ya, al menos coram populo, en dos ocasiones, en 1981 y en 2017.

En condiciones normales o de «regularidad constitucional», la propuesta del candidato a la investidura no presenta grandes problemas, pues a nadie inquieta que el partido más votado tenga la oportunidad de sostener a su candidato. Nunca hasta ahora había sido discutida o problematizada esa resolución «ritual» del jefe del Estado, seña de identidad de nuestra «monarquía parlamentaria», pues viene predeterminada por la correlación de fuerzas de la partidocracia surgida de unas elecciones generales.

No obstante, la famosa declinación de Mariano Rajoy a la invitación cursada por el rey en 2016, permitía entrever la mutación de la partidocracia y su repercusión sobre el modelo relativamente estable de nuestro parlamentarismo bipartidista o, más exactamente, de bipartido único. La distribución de escaños después del 23J es distinta con respecto a las tres últimas convocatorias electorales. Ha cambiado el «tercer partido», pero no por ello se alteran los datos esenciales del problema: un partido que gana claramente las elecciones pero que a priori no cuenta con apoyos suficientes para la investidura y otro partido que las pierde, también con claridad, pero que para ser investido contaría a priori con los votos de todos los partidos que, dentro del Congreso, se declaran enemigos de España y de su unidad.

La disyuntiva de la jefatura del Estado, ya resuelta provisionalmente y acaso en falso, ha sido de una simplicidad demoníaca: largo plazo frente a corto plazo. O bien se propone como candidato a la investidura al líder del partido sin apoyos suficientes en la cámara, o bien se invita a protagonizar la sesión de investidura al líder del partido que, gracias al voto del enemigo interior, puede alcanzar la mayoría de la cámara. Optar por esto último, por el corto plazo, habría sido la decisión fácil y, desde un punto de vista formal-constitucional, la «más respetable» para el consenso partidocrático. Al menos en la medida en que rebaja la tensión poselectoral y yugula la protesta, dialécticamente feroz, de los sectores singularmente parasitarios de la partidocracia –derechas e izquierdas separatistas catalana y vasca, marxistas-leninistas usufructuarios de terrorismo de ETA y terroristas tout court, partidos oportunistas de otras regiones españolas–. La decisión a largo plazo ha sido lo más difícil y «disruptivo», pues el riesgo contemplado es lejano y abstracto (la revolución legal). Pero nadie entiende hoy de revoluciones legales, aunque son muchos los aprendices de esta forma, a primera vista no violenta, del golpe de Estado. En cualquier caso, que el encargo de formar gobierno y ganar la votación de investidura haya recaído sobre el líder del Partido Popular ha sido como una prórroga o una tregua, políticamente irrelevante, por desgracia, en esta «situación política».

(...)


Agotada o deteriorada la autoridad de las instituciones (del rey abajo), minada la legitimidad de la constitución (otorgada por un poder constituyente constituido proscrito por las leyes de memoria y que proviene –¿de dónde si no?– de la última de las Leyes Fundamentales en sentido estricto, la Ley para la Reforma Política) y aniquilado el control de la constitucionalidad de las leyes (por un Tribunal Constitucional dependiente del poder ejecutivo), «una nueva configuración [constitucional] se [percibiría] como necesaria». La «manía constitutoria» (Gonzalo Fernández de la Mora) produce ese tipo de alucinaciones en el manso pueblo español, convencido por las elites de que sus males se arreglan con una constitución. Estarían entonces de acuerdo con la reforma integral de la constitución hasta «los más humildes intereses [actuales] a favor del status quo» (Carl Schmitt). También ellas, las exangües «fuerzas conservadoras», se despeñarían con entusiasmo en el salto mortal de un proceso constituyente. Y nada hace pensar que España tenga ese día la fortuna de Chile.

 

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

sábado, 26 de agosto de 2023

La necesaria higiene de los conceptos políticos

 


Bakunin

Jerónimo Molina

 

La izquierda de la derecha cultural española (lo liberalio del liberalismo) determina la estrategia y la táctica de la derecha política desde hace cincuenta años: desde los programas electorales a los cansinos debates de “alto bordo” –entre los que se incluyen el inconsútil “combate cultural” y los plurales “debates de ideas”–; desde los pactos poselectorales a la política de nombramientos discrecionales de los gobiernos de derecha, siempre sous l’oeil de la gauche. Proceder que no es extraño, por cierto, en gente que exhibe como principio único la falta de todo principio. Esta forma de maquiavelismo, más garbancero que atroz, pero que sería infantil despreciar –¿cómo huir (y adónde) de la irracionalidad ética del mundo?–, roza el ridículo cuando su causa es aparentar y figurar, nada más, transformado el político sin fuste en un obseso de la imagen (las “solapitas” que han llamado la atención de Esperanza Ruiz constituyen la prueba de cargo de la falta de sustancia) y del carpe diem a costa de las reses políticas, las que le votan y las que no.

La causa de la que hablo es el disfrute de los gajes del poder con todas las garantías y, novedad histórica más bien reciente, sin riesgo personal o patrimonial, como si la política, es decir, distinguir amigos de enemigos, hubiese dejado de ser ahora una profesión de riesgo. Nota bene: no dan desde luego esa impresión algunas intervenciones públicas de Santiago Abascal, las de hace veinte años y las de ahora, acosado por los jabalíes de la extrema izquierda.

Contra toda evidencia y contra toda razón, las elites cansadas de la Unión Europea creen en una política sin hostilidad (y sin enemigo ni verdad), pues todo acabará bien. Nada puede fallar. Así, se puede quebrar financieramente un país “democrático” (una de esas “democracias asentadas” tan nombradas y prototípicamente demoliberales, como las de Alemania, Italia y España) o pervertir su constitución desactivando el control jurisdiccional y constitucional de la acción del gobierno. Y todo ello con buena conciencia, pues las elecciones en las democracias de Potsdam se parecen mucho al juicio de Pilatos. ¿Qué se hizo, después del 23-J, de la mordaza y cierre anticonstitucionales de las Cortes Generales, de la persecución antijurídica de la opinión discrepante (modus “emmerder les non-vaccinés” de Emmanuel Macron), de las coimas prostibularias de sus señorías y de la profanación de cadáveres como crimen del Estado? El sufragio universal, refractario a toda idea política (Charles Maurras, Jules Monnerot), o casi, lava cualquier responsabilidad política hasta volverla banal. No es una opinión, sino un hecho bruto (factum brutum) o, mejor dicho, un hecho estupefaciente y brutal que se experimenta una vez cada cuatro años. La banalidad del mal tiene múltiples registros, pero en todos opera como salvaguarda la tecla o la cláusula de la legalidad democrática –según la entiendan el gobierno y sus tornavoces de los medios de comunicación masiva–, restauradora del virgo de las vestales de la constitución de 1978. El antigirardiano Barrabás siempre sale indemne, nunca paga, le deja el pufo al contribuyente y, si no encuentra mejor colocación en un narcoestado o de taxi-girl de un ricacho cosmopolita, se marcha al Consejo de Estado.

En este sentido, con toda seriedad lo escribo, porque la política es a seriedade da vida, Mijail Bakunin —no sólo conviene citar a políticos fríos como Antònio Oliveira Salazar, «presidente do Conselho de Ministros», también merecen la pena algunos cálidos retóricos de la Primera Internacional Socialista— ha desvelado cínicamente, adelantándose a Vilfredo Pareto, que la democracia, esta democracia, la real, la masiva y partidocrática diríamos hoy, no la de las cátedras europeas de Ciencia Política en las que, con excepciones, por supuesto, se infantiliza a los estudiantes universitarios, constituye un instrumento óptimo de dominación o una «fórmula política» infalible (ahora habla Gaetano Mosca), en la medida en que «los demócratas pueden [con ella] golpear al pueblo con el bastón del pueblo» (de nuevo Bakunin). El demócrata del anarquista Bakunin es nuestro partido político, el que le dice al pueblo “come democracia” o «cena LGTBI» y, si se queda con hambre, que desayune woke, para que se despabile del todo antes de acudir a la oficina del paro o a los servicios sociales municipales.

En este ambiente deletéreo y aparentemente despolitizado, en el que la política, en sus peores formas, se ejecuta por vías indirectas, nada hay más importante que el «combate», no tanto por la “cultura”, sino por la «idea de la realidad» —zócalo sobre el que se puede y se debe hacer pie—, una lucha por el espíritu y el orden, incluso por la belleza, como ha dicho aquí también Javier Ruiz Portella. La potestas indirecta, al margen de su contenido material concreto o su doctrina (la teología económica: versión 1/ del mercado mundial único y global, versión 2/ de los mercados nacionales protegidos y excluyentes; las religiones políticas del catastrofismo climático, del generismo, del veganismo, del transespecismo y demás confesiones pseudocientíficas, aunque todo está revuelto y no hay lindes pacíficas entre unas sectas y otras; el gnosticismo que envuelve la Inteligencia Artificial; etc.), encuentra siempre un poder vicario y un coro entusiasta de ricos ingenuos y facundos (la Leisure class, constante o regularidad sociológica estudiada por Thorstein Veblen y cuyo interés reverdece últimamente). Los «elegidos» se imponen como misión «despertar» a los desheredados y desviar piadosamente su atención con excentricidades, perturbando el sentido común y su percepción de la realidad. Se trata, aunque no lo parezca, de una ascética del desarraigo que acarrea consecuencias mucho peores que la muerte civil, incluso que la muerte física —al menos para quien viva con la certeza de que la muerte no es el final—.

El programa de todos esos próceres de la humanidad, sus «agendas», la 2030 de los tontos útiles que abarrotan ministerios y universidades u otros breviarios por el estilo, cortados por el mismo patrón, constituyen la perfecta diversión, acción que según el DRAE persigue «distraer o desviar la atención y fuerzas del enemigo». Como diría Sergio Chakotin, se trata, de nuevo —pues lo del ruso queda lejos: en los totalitarismos de 1938—, de organizar la violación de las masas, ahora de los pueblos, por la propaganda política. Pero una violación en manada, encoñada (con la eñe) particularmente con Europa y su espíritu, en la que participan más de dos y más de tres (organizaciones supranacionales y transnacionales, confesiones religiosas e iglesias incluidas —aunque no todas, ya sea por virtud o por necesidad: ex Oriente lux—, y gobiernos colaboracionistas o gobiernos-Quisling y de quintacolumnistas y rastacueros).

El profundo Jesús Fueyo, «profesor ultrateórico» le llamaba Rafael García Serrano, advertía en 1991 contra la «fatiga histórica de nuestra época y la leucemia metafísica del espíritu contemporáneo», cuyo efecto mejor definido es la pérdida del sentido de la realidad. La intimidad con la historia, cada vez más intensa desde finales del siglo XVIII hasta alcanzar su cenit en los años 30 y 40 del siglo pasado, deja paso a la “ahistoricidad” del hombre actual, tema precisamente del texto Eclipse de la historia, discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas del «feroz Fueyo» (deliciosa aliteración que le estampa en una dedicatoria su amigo José María Cordero Torres, jusinternacionalista y colonialista de interés que siempre escribe con la tinta jonsista de su militancia revolucionaria juvenil).

El sentido de la realidad se asienta sobre el acaso insondable «zócalo histórico» que acabo de mencionar. Miguel de Unamuno lo barrunta cuando se inventa el neologismo intrahistoria en su influyente En torno al casticismo de 1902 (en realidad 1895). Allá se encuentran los conceptos decisivos cuya elucidación permite a un pueblo mantenerse en el nivel del tiempo, salvar su circunstancia y con ella salvarse él mismo (Ortega y Gasset). No es retórica populista: un pueblo necesita del pan y la justicia, pero también de los conceptos. Tampoco es una jerga de profesor universitario, sino una preocupación en la que se trasluce una actitud vital de servicio, pues la “inteligencia política” tiene su propia misión, aunque generalmente clame en despoblado. El engagement tiene sus límites y sus riesgos, pero el turrieburnismo de la inteligencia política es autocontradictorio y, por eso mismo, autoaniquilador. ¿Cómo hubiera podido Carl Schmitt llevar una vida de eremita, de clerc laico o de torrero aislado de la política de Weimar una vez publicado, en la fiesta del milenario de Renania, «Renania como objeto de la política internacional» (1925) y no se diga ya El concepto de lo político (1927)? Precisamente, Dalmacio Negro, antípoda del profesor vacuo y carrerista, ha dicho alguna vez, con toda modestia y sin eludir responsabilidades, que él se mueve en los conceptos. Moverse en los conceptos u ocuparse de ellos tiene trazas de obligación deontológica en un historiador de las ideas y de las formas políticas. Luis Legaz Lacambra encarece también el concepto en una de nuestras divisorias nacionales que han quedado para la historia, la de la inmediata posguerra civil: «Todos los pueblos necesitan conceptos: vivir de conceptos y vivir conceptos«. También España, que no es un Tíbet ni resulta tan diferente a «otros países de nuestro entorno». Eso querrían quienes anhelan trastornarla e incluso viven de ello.

Francisco Javier Conde, una de las mejores cabezas políticas de nuestro siglo XX, intelectual metido a consejero de príncipes que termina, como otras inteligencias incómodas de su tiempo, en una embajada asiática remota, solía decir que «la política no es un producto espontáneo, sino fruto de una ascensión hacia lo alto», hacia el concepto. Lo sugiere en unas páginas políticas de extraordinaria lucidez, remedio eficaz, hoy particularmente, contra la lobotomización de los jóvenes universitarios de primero de carrera —he tenido ocasión de comprobar su efecto en una gavilla de estudiantes brillantes; con gusto mencionaría sus nombres, porque darán buen fruto dentro de muy poco, pero mejor para ellos que sigan emboscados en la provincia, disfrutando de sus becas (ellos sí las merecen) y de su ocio creador, pasando discretamente, sin dar explicaciones a nadie y sin pedirlas tampoco (in der Sicherheit des Schweigens, como reza en el título de un conocido libro sobre Carl Schmitt), mimetizados con la legión de vulgares doctorandos que le cuestan un Potosí al contribuyente—. La cita de Conde proviene de su Teoría y sistema de las formas políticas, un libro bellísimo, en el fondo y en la forma, publicado en 1944: expresión de un modo de entender lo político y la política, el gobierno y el Estado, que da cima a un cuarto de siglo de oro del pensamiento político en España, el que transcurre entre 1935 y 1969. Espero tener ocasión del volver pronto sobre este asunto, absolutamente ligado a la higiene de los conceptos políticos que sirve de título a este artículo.

La lucha por la cultura o el combate cultural es el método de una pedagogía nacional. Nada menos, pero tampoco nada más. Las historias de moros, la Reconquista, incluso las ricas relaciones de la Conquista (del Nuevo Mundo) o los sucesos de la guerra de la Independencia quedan más allá de lo que irradia concretamente nuestra época histórica, su legitimidad histórica: la Guerra Civil. Ni la batalla de Guadalete ni la de las Navas de Tolosa. Ni la Noche Triste ni Trafalgar. Los conceptos políticos que se necesitan para dominar la deriva del Estado autonómico siguen condicionados por el acontecimiento terrible y fundacional de la guerra de 1934 a 1939 y la dictadura constituyente de desarrollo posterior...

 

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

miércoles, 24 de mayo de 2023

¿Qué es una dictadura?


Cincinato

 

JERÓNIMO MOLINA

 

En política, se sepa o no, se lucha siempre contra un enemigo, apostado en nuestras fronteras o camuflado ya dentro de la ciudad. Pero hay también otra forma de enemistad mucho más sutil que esa que bulle a ras del suelo, encarnada de unos hombres que tienen una ideología o una cultura, tal vez una religión o una antropología bárbaras, incompatibles con la propia. Se trata de la enemistad derivada de los conceptos políticos, manejados polémicamente y explotados contra el «elemento moral», criterio por el que se mide la verdadera capacidad de resistencia frente a la hostilidad y las ofensas del enemigo.

Lo que quiero decir, ahora por la vía del ejemplo, es que ciertas definiciones asumidas, transformadas en tabúes, enervan la voluntad, trabajada previamente la inteligencia por el «lavado de cerebros», expresión que, sospechosamente, ha dejado de utilizarse en una época en la que la pedagogía política se dedica solo a eso. Pontifican unos sobre las bondades del pluralismo étnico, religioso, cultural —el pluralismo de valores, en suma—, y padecen otros sus consecuencias: pérdida de la identidad cultural, conflictividad social, babelización. Tampoco es raro que los mismos que encarecen el «mestizaje» –vagamente en el ordenamiento jurídico, pero con más determinación en las universidades públicas y en la Sección de Prensa y Propaganda de los medios de comunicación masivos–, sostengan a continuación que las razas (o las culturas) no existen. Se ha vuelto normal también que los exaltados del panmelanismo «defensivo» —el Black Lives Matter no es nuevo, ya se inventó en los años 20 del siglo pasado— promuevan como justo y necesario un racismo antiblanco y nos exijan financiar nuestra propia reeducación.

La guerra, incluso en sus variantes «pacifistas» actuales, se desarrolla en el espacio, es decir, sobre la tierra, pues controlarla y ordenar razonablemente la vida sobre ella es el objeto primordial de lo político. Las querellas por los conceptos, mucho más decisivas y brutales, se dirimen en el tiempo. Prima la lucha por el sentido de las palabras, por el «relato» que obsesiona a todos los modernos consejeros de príncipes –hoy llamados «analistas políticos» o «asesores», gente joven y sin experiencia de la vida, generalmente salida, como solía decir Jules Monnerot, de un sistema educativo que se dedica a «la producción en serie de cretinos artificiales»: por oposición a quienes lo son por una disposición natural, estos que florecen hoy masivamente son «cretinos cultivados, como cierto tipo de perlas»–. Una vez colonizados el logos y el diccionario políticos, es decir el «imaginario político» nacional, queda radicalmente mermada toda capacidad de resistencia. Entonces, solo entonces, la derrota frente al enemigo exterior o interior se pueden presentar como una victoria o una «homologación» política y cultural con los verdugos. Precisamente, se hablaba hace unos días aquí, con sentido de la oportunidad, de los afrancesados, arquetipo español de un imaginario político colonizado.

Se impone, pues, en cierto modo, «descolonizar el imaginario» y devolver a los conceptos políticos su sentido preciso, que no se inventa ni se desarrolla en un Think tank, sino que forma parte, por modesta que sea su alícuota, de la verdad de lo político. Necesaria para saber a qué atenerse. No sé si el «realismo político» tiene una misión concreta: tal vez, dirán algunos, la elaboración de un «decálogo» o programa que pueda ejecutar un partido político, una facción o un movimiento, pero sí sé que su razón de ser se encuentra en la desmitificación del pensamiento político. Uno de los conceptos que necesita de esta higiene mental es la «dictadura», noción asustaniños sobre la que reina la mayor de las confusiones. Un confusionismo interesado que explotan los aspirantes al poder, presentando a sus rivales como vulgares partidarios de los regímenes autoritarios y a sí mismos como «demócratas» —como si ese término tuviera un sentido preciso más allá de los tropismos mentales que adornan a la derecha demoliberal—.

Todo conspira contra el honor de los desmitificadores políticos. Sin embargo, escribir sobre el fenómeno-guerra no presupone una personalidad belicosa: probablemente solo puede escribir una teoría o una sociología de la guerra un hombre manso. Una teoría de la decisión… un indeciso. Y una teoría de la dictadura tal vez solo esté al alcance de alguien incapaz de ejercerla.

No es fácil mirar de frente a la «dictadura», concepto político sumamente inflamable que gravita sobre las situaciones políticas especialmente intensas y que se enreda con la legislación de excepción, los estados de necesidad y los golpes de Estado. El personal cree que una dictadura es lo que enseña la «vulgata antifranquista», pero no le quita el sueño un Gobierno que puede cerrar ilegalmente el Parlamento y privar a toda la nación de la libertad de movimientos. El antiparlamentarismo tiene muchas formas y las de hoy no se parecen en nada a las de hace un siglo. Sería muy interesante redactar una palingénesis de la dictadura, pues esta renace periódicamente y conviene reconocer su singo. Darle la espalda a su realidad es ignorar culpablemente la concentración momentánea del poder, una realidad que acontece ajena nuestros prejuicios morales o ideológicos, independientemente de nuestra voluntad. No saber en qué consiste compromete nuestra posición frente al enemigo que sí sepa lo que es y cómo utilizarla.

La dictadura es una institución fundamental del derecho público romano. Consiste en un levantamiento o suspensión de las barreras jurídicas con el fin de que el dictador, generalmente pro tempore, se enfrente a la situación política excepcional (sedición, guerra civil, invasión extranjera) y devuelva la tranquilidad pública a la ciudad. Una vez restaurado el orden o expirado el término previsto se cancelan los poderes extraordinarios del dictador, cuyo prototipo es Cincinato. Pero hay también en la historia romana ejemplos de desempeño indefinido (Sila) y vitalicio (César), incluso omnímodo o, como diríamos hoy, constituyente (Lex de imperio vespasiani).

El pragmatismo romano ha captado la esencia política de la dictadura: se trata de una concentración o intensificación del poder que se opone al pernicioso efecto de la impotencia del poder establecido, asediado por el enemigo, generalmente interno. Desde un punto de vista conceptual no se trata propiamente de un «régimen político», sino de una «situación política», transitoria por definición. Cualquier manifestación de poder genera siempre la crítica de los partidos o facciones rivales, pero de una manera especialmente intensa la suscita la dictadura, asociada secularmente con el usufructo personal del mando.

Toda dictadura constituye un hecho político imperfectamente sometido a un estatuto jurídico. La noción de soberanía de Jean Bodin es, en este sentido, el intento de normativizar un momento especialmente intenso del mando. Esa es la gloria de Bodin y de los legistas franceses del siglo XVI.

Durante el siglo XIX la dictadura va perdiendo poco a poco toda su respetabilidad antigua...

 

Leer en La Gaceta de la Iberosfera