26 million likes
Sep 13
In 1995
Leonard Cohen was like:
I have seen the future,
Brother. It it is murder.
In 2025
Murder gets 26
Million likes. And you’re like—
Where did that come from?
You know that old photo
Of the integrated office,
The modern 90s office,
Watching the OJ verdict—
Where did that come from?
That was the end of the end
Of history. The future laughs.
Oh, normiecons, my poor
Abandoned friends, drift
On Bermuda’s last floe,
This is that on steroids.
You know: Cohen was great
But Kipling was greater.
I burned some incense. He’s
Hard to reach these days.
Eventually he was just like:
The Gods of the Copybook Headings
With terror and slaughter return—
(I had to look up “copybook.”)
My most satisfied friends!
Penguins under palm trees,
Elated at your wacky tour,
Your values will not help you here.
No herring course these reefs.
They are patrolled, as is
That warm inviting sand—
America! Your sweet century
Just a Jenga of debt,
Debt clean to the bone,
The blood, the lymph, the soul.
Your kids read Fanon and Foucault.
You funded football stadiums,
Occasionally shaking your head.
Well, I don’t know about that,
You said. But let’s not go too far—
Where did that come from?
It was everywhere! Always!
Long before you were born!
Wallace got a million votes—
You shut your eyes, and grilled,
Just racking up debt,
Debt deep in the bone,
The blood, the lymph, the soul.
I was an idiot too. I thought
Jeff had lost his Mutt—
The bad cops turned good,
Blowing the whole act.
Race magic went mainstream,
With “Eros and Civilization”—
Punk itself was dull. Remember
The Dead Kennedys? So edge—
Now they all live on the beach.
What could there possibly be
For the young and mad to believe
(But Mom and Dad, never),
In this limp millennium?
In Germany in the 70s
They tried with pedos:
A bridge too far.
What new satanic gas
Could turn that sinister motor?
It was empty and we were free.
The Gods of the Copybook Headings
Replied, as my finger went back
Again, and again, to the fire:
Murder. We will always have murder.
miércoles, 17 de septiembre de 2025
26 million likes. Curtis Yarvin (Gray Mirror)
domingo, 8 de septiembre de 2024
Universalismo: el progresismo de posguerra como secta cristiana
Curtis Yarvin
Al parecer, hubo una vez una especie de proto-blog obsoleto que denominaban «libro».
Un «libro» era como un blog, salvo porque el autor guardaba todos sus posts durante uno o dos años y luego los volcaba todos en una gran impresión. Este producto costaba miles de microcréditos, y tenías que hacer una solicitud al Departamento de Hechos si querías escribir uno. E incluso si Hechos te sellaba el carné del partido, todavía tenías que convencer a Información para que te promocionara, y los que destacaban en esta tarea gloriosamente opaca solían hacer que Talleyrand pareciera Montaigne.
Aunque en realidad esto apestaba tanto como parece, tenía ciertas ventajas. Una de ellas era que tus lectores recibían un argumento nítido y estructurado, en lugar de un gran río de estiércol instantáneo cuyo color y consistencia pueden variar escandalosamente. Esto se debía a que el «libro» podía ser «revisado» y «editado», prácticas que ahora consideramos poco éticas.
Y con razón, por supuesto. No queremos volver al pasado. Nadie quiere eso. Sin embargo, si uno escribe en Internet y quiere hablar con algo de confianza, tiene que poder cambiar de opinión. Idealmente, esto no se hace editando subrepticiamente los archivos, como si uno estuviera escribiendo un «libro».
Como se ha recordado ad nauseam a los lectores de UR, una de mis muchas opiniones excéntricas es que la tradición a la que se ajustan los occidentales más sofisticados de 2007 está mejor caracterizada como una secta del cristianismo. Puesto que esta tradición se ve a sí misma como un producto puro de la ciencia y la razón, ni sectaria ni cristiana, ni siquiera tradicional, mi perspectiva es herética en el sentido estricto de la palabra. Ambos no podemos tener razón.
Mi argumento es que, aunque la tradición está teológicamente atrofiada, sus posiciones morales y políticas, y los modos personales e institucionales en que se transmite, la identifican como la legítima sucesora moderna del protestantismo progresista tradicional. Dado que se trata de la rama más poderosa del cristianismo en la nación más poderosa del planeta, me resulta un poco difícil tragarme sus pretensiones de inocencia.
Esta herejía implica una revisión cualitativa sustancial de la realidad tal y como la conocemos. Por ejemplo, Richard Dawkins se considera seguidor de algo que denomina «religión einsteniana», que no parece diferir en absoluto de la tradición antes mencionada. Desde la perspectiva de Dawkins, está defendiendo la razón contra la superstición. Desde mi punto de vista, está enjuiciando a una secta cristiana en nombre de otra. Ñaspas.
No es realista esperar poder hacer esta revisión, o incluso evaluarla de forma justa, sin ajustar el lenguaje que utilizamos para «enmarcar» la cuestión. Con este fin he probado sobre el terreno algunos neologismos, tales como ultracalvinismo y criptocalvinismo, y también me he convencido de que los nombres existentes, como liberalismo, son tan inútiles y confusos como parecen.
El problema de los neologismos es que prejuzgan el argumento. Es imposible hacerlos no peyorativos. Tal vez esta tradición-a-falta-de-nombre sea un bolo de mentiras antiguas e ignorantes, y tal vez sus seguidores sean zombis engañados u oportunistas sin principios a los que habría que detener. Pero de lo que se trata al nombrarla es de sintetizar una «píldora roja» que podamos dar a los primeros, y ninguna de esas píldoras tiene por qué ser amarga.
Así que he decidido que me gusta el nombre Universalismo, con U mayúscula. La mayoría de los universalistas aceptarían este nombre como un sustantivo impropio, porque al fin y al cabo consideran que sus creencias son universales. Es decir, piensan que todo el mundo debería compartirlas, y a largo plazo todo el mundo lo hará. Así que lo único que tienen que tragarse es la letra mayúscula. Se traga fácilmente con un sorbo de agua, se disuelve rápidamente en cualquier bebida caliente, se puede triturar y mezclar con compota de manzana, etc.
El Universalismo es la fe de nuestra casta gobernante, los brahmanes. La mejor forma de verlo es como el credo de la victoria de la Segunda Guerra Mundial, y es fácil relacionarlo con las diversas instituciones internacionales nacidas de esa victoria, que los universalistas siguen considerando sagradas aunque ocasionalmente manchadas por la fragilidad humana, del mismo modo que un católico inteligente ve la Iglesia Romana. (No es casualidad que «católico» y «universal» sean sinónimos).
En realidad, Universalismo ya es el nombre de una doctrina cristiana, la doctrina de la salvación universal. Esta idea, según la cual todos los perros van al Cielo y no existe el Infierno, se caracteriza mejor como una mutación extremista del calvinismo en la que todos forman parte de los elegidos. La idea moderna de la salvación universal nos llega de pensadores unitarios como Emerson, y forma la segunda mitad del UUismo, cuyos devotos son, huelga decirlo, los perfectos universalistas. (Es un ejercicio interesante comparar los principios del UUismo con los de la «corrección política»).
La síntesis Universalista unió dos tradiciones estadounidenses que en el pasado habían estado a veces enfrentadas. Una era el movimiento protestante ecuménico tradicional, ejemplificado por instituciones como el Consejo Federal de Iglesias, cuyos teólogos más atrevidos se acercaban al humanismo. El otro era lo que podría llamarse (rindiendo homenaje a Edward Bellamy) el movimiento nacionalista, una vasta bandada de pragmáticos seculares, socialistas, anarquistas, comunistas y otros reformistas, que acudían en masa al sistema universitario de inspiración alemana que se desarrolló a finales del siglo XIX, convirtiéndose en una especie de trampa para cucarachas pero para las malas ideas.
(Uno de los filósofos nacionalistas más sensatos, William James, propuso seriamente los trabajos forzados paramilitares como cura para todos los males sociales en 1906. Oh, Billy, ¡si tú supieras! Y la utopía contenida en la enormemente influyente Looking Backward (1888), de Bellamy, es esencialmente la Unión Soviética).
Aunque estos grupos habían cooperado en general durante la Era Progresista, existían algunas tensiones —por ejemplo, en torno a la Prohibición, que a los nacionalistas laicos les resultaba difícil de digerir. Estas tensiones disminuyeron sustancialmente durante el New Deal, en gran parte debido al brillante golpe de estado con el que los progresistas capturaron el Partido Demócrata, su antigua oposición, y lo convirtieron en un movimiento progresista extremista, al tiempo que derogaban la Prohibición. FDR incluso hizo imprimir un libro titulado Looking Forward firmado por él.
(Curiosamente, tanto el protestantismo tradicional como los movimientos nacionalistas seculares tienen profundos vínculos con el malvado Juan Calvino, ayatolá de Ginebra. El protestantismo tradicional desciende del calvinismo a través, por supuesto, de los puritanos. Los nacionalistas también estuvieron fuertemente influidos por esta tradición, en sus formas posteriores unitarista y trascendentalista, pero muchos también estudiaron en el sistema universitario prusiano, donde aprendieron las versiones seculares del Estado divino de Calvino propugnadas por el ginebrino Rousseau, y más tarde por Hegel. La muerte es un maestro alemán).
Después de la Segunda Guerra Mundial, ya no había ninguna disputa visible entre estas facciones. Cualquier punto de vista que contradijera el Universalismo se volvió socialmente inaceptable en la sociedad educada. El cristianismo progresista, a través de teólogos seculares como Harvey Cox, abandonó los últimos jirones de teología bíblica y completó la larga transformación en mero socialismo. El nacionalismo también se convierte en un término inapropiado, ya que con el crecimiento del poder estadounidense se transformó en internacionalismo y, como la mayoría lo llama ahora, transnacionalismo. En lugar de gobiernos regionales sacralizados, los transnacionalistas quieren construir un gobierno planetario sacralizado, basándose en el principio de que, como dijo Albert Jay Nock, «si una cucharada de ácido prúsico te mata, una botella llena es justo lo que necesitas para que te haga mucho bien».
No es difícil encontrar declaraciones sobre el credo del Universalismo. A mí me gustan los Manifiestos Humanistas (versión 1, versión 2, versión 3), que prácticamente lo dicen todo. La Declaración de los Derechos Humanos de la ONU también es buena. Ningún protestante tradicional encontrará nada moralmente objetable en ninguno de estos documentos.
En un intento probablemente vano de resumir toda esta perorata, he definido los cuatro Ideales principales del credo como Justicia Social, Paz, Igualdad y Comunidad. Como ya hemos visto, Justicia Social significa violencia política y Paz significa victoria. En breve hablaremos de Igualdad y Comunidad.
El último capítulo de esta triste y salvaje historia se escribió en la década de 1960, cuando la primera generación de la posguerra alcanzó la mayoría de edad. Estos jóvenes, hombres y mujeres, habían sido educados por el «establishment» universalista que ganó la guerra, y no eran conscientes de que cualquier persona seria e inteligente podría estar en desacuerdo con el consenso universalista. El resultado fue una especie de talibanización progresiva en la que las doctrinas del Universalismo se hicieron cada vez más extremas, un proceso que continúa hasta hoy.
Hoy en día, quizá la definición más sencilla de Universalismo sea que es el sistema de creencias que se enseña en las universidades estadounidenses (al menos, en las financiadas con fondos federales). Pero, de nuevo, es fundamentalmente una secta cristiana, y sus principios morales y políticos encontrarán eco en Massachusetts y el norte del estado de Nueva York en cualquier momento desde la década de 1830. El Romance de Blithedale, de Hawthorne, por ejemplo, es una sátira de los hippies escrita en 1852. Sólo falta el pachulí.
Los universalistas, como descendientes de la escatología postmilenial de Calvino, se dedican a construir el reino de Dios en la Tierra. (Los postmilenialistas originales creían que una vez construido este reino, Cristo regresaría —una ensoñación teológica descartada hace mucho tiempo. La visión de la ciudad en una colina es una tradición continua desde John Winthrop hasta Barack Obama. En Gran Bretaña, el movimiento evangélico, estrechamente relacionado con el anterior, empleaba el término «Nueva Jerusalén», que me temo que nunca llegó a cruzar el charco, pero que expresa la visión quizá mejor que ningún otro. Siempre me he imaginado la Nueva Jerusalén («en la verde y agradable tierra de Inglaterra») como un montón de enormes torres de hormigón, con «Guns of Brixton» de los Clash sonando en algún lugar en la radio de algún gueto, y una abuela cuarentona gritando a su hija yonqui, pero no estoy seguro de que fuera así como la veían en la década de 1890.
Lo realmente impresionante del Universalismo es la forma en que esta fantasía mesiánica adolescente ha atraído, y sigue atrayendo, a tanta gente que no cree en absoluto en el mundo espiritual, que sólo fuma hierba los fines de semana y que se considera a sí misma sensata y con los pies en la tierra. Por supuesto, la creencia de que todos los ideales universalistas pueden justificarse sólo con la razón es una condición necesaria. Pero los apologistas cristianos han estado derivando el cristianismo de la razón pura desde San Agustín. Uno pensaría que estos pensadores supuestamente escépticos serían un poco más escépticos.
Como no universalista, no puedo dejar de admirar el éxito de esta réplica en particular. Está brillantemente diseñada, como el virus de la viruela. El hecho de que nadie la haya diseñado, al igual que nadie diseñó el virus de la viruela, y que sea simplemente el resultado de la selección adaptativa en un entorno altamente competitivo, aumenta mi asombro en lugar de disminuirlo.
Lo mejor del Universalismo es que tiene la oposición perfecta. Si un cristiano que cree que su fe está justificada por la razón universal es un universalista, un cristiano que cree que su fe está justificada por la revelación divina —en otras palabras, un «cristiano» tal y como se utiliza hoy en día esta palabra— podría denominarse revelacionista.
Supongamos que tienes dos creencias. Ambas afirman ser absoluta e indiscutiblemente ciertas. La fe A te dice que es una consecuencia ineluctable de la razón. La fe B te dice que es la palabra literal de Dios. ¿Cuál tiene más probabilidades de ser cierta?
La respuesta es que no tienes ninguna información. Quizá la fe B sea la palabra literal de Dios, pero no tienes forma de distinguirla de algo que alguien se acaba de inventar. Tal vez la fe A pueda derivarse de la razón pura, pero no tienes forma de saber si la derivación es exacta a menos que la trabajes tú mismo. Y en ese caso, ¿para qué necesitas la fe A?
De hecho, de las dos, la fe A es casi con toda seguridad más poderosa y peligrosa. Como sabe cualquiera que se haya especializado en estudios marxistas-leninistas, es muy fácil construir un edificio de pseudo-razón tan vasto y desalentador que estudiarlo concienzudamente sea casi impracticable. Y este edificio es mucho más libre de contradecir el sentido común; de hecho, tiene un incentivo para hacerlo, porque los resultados sin sentido son especialmente sutiles y difíciles de seguir.
En la medida en que la palabra de Dios contradice el sentido común, la idea de que podría no ser realmente la palabra de Dios no es demasiado difícil de concluir. En otras palabras, si la fe A contiene alguna falacia, está camuflada, mientras que los pasos «y Dios dice» en los silogismos de la fe B están claramente marcados y son de colores brillantes, y la fe B paga un precio en escepticismo si la opinión de Dios está obviamente en desacuerdo con la realidad física.
Así que un observador razonable podría suponer que, de hecho, los principios de la fe B tienen más probabilidades de ser ciertos, simplemente porque les resulta más difícil salirse con la suya si son falsos. Pero, en realidad, estas deducciones no nos dicen nada. Probablemente la fe A tenga razón en algunas cosas, y la fe B en otras.
Sin embargo, en la lucha entre el Universalismo y el revelacionismo, el primero siempre gana. Dado que los universalistas controlan el sistema educativo y de información dominante, esto no resulta en absoluto sorprendente. Pero dado que, como hemos visto, no es racional para un observador razonable elegir la justificación por la razón sobre la justificación por la revelación, en un sistema político en el que los universalistas son los Globetrotters y los revelacionistas son los Generals[1], la propagación sistemática de mentiras está prácticamente asegurada.
Ya hemos visto algunas de estas mentiras, y veremos bastantes más. Sin embargo, creo que la dinámica de la lucha se ilustra mejor con cuestiones en las que, por el motivo que sea, los universalistas tienen razón y los revelacionistas se equivocan.
Por ejemplo, como mi código postal es 94114 [de California], aunque soy hetero como una lanza de hierro[2], resulta que no veo nada malo en el «matrimonio gay». De hecho, simpatizo completamente con el punto de vista universalista, en el que el hecho de que las parejas tengan que ser de sexos opuestos es una especie de extraño vestigio de la Edad Media, como la silla de inmersión o la prueba de fuego. No me queda claro por qué la homosexualidad, que obviamente tiene alguna causa biológica extremadamente concreta, es tan común en las poblaciones occidentales modernas, pero es lo que hay.
Sin embargo, como soy heterosexual, etc., y también porque no soy universalista, creo que el tema no es realmente una de las preocupaciones más acuciantes a las que se enfrenta la humanidad. Y por eso se me ocurre preguntarme cómo exactamente el matrimonio homosexual se ha convertido en un «problema», cuando hace veinte años nadie pensaba siquiera en esa posibilidad. Sea cual sea la fuerza que lo ha provocado, me resulta difícil imaginar que alguien pueda describirlo como «democrático» con cara seria.
Si alguien puede aportar un ejemplo de cómo ha cambiado la opinión pública estadounidense en este mismo sentido, pero con el cambio yendo en contra de los universalistas y a favor de los revelacionistas, sin duda me interesaría escucharlo. Creo que hay algunas excepciones —sobre todo en el ámbito de la economía—, pero todas parecen implicar una intrusión extremadamente dramática de la realidad, una fuerza que rara vez tiene un impacto directo en la opinión estadounidense.
[1] Dos equipos de baloncesto de exhibición que se reparten los papeles: los Globetrotters son siempre los buenos y los Generals siempre los malos.
[2] Straight es el término inglés para hetero y también para recto.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera
domingo, 1 de septiembre de 2024
Heroína progresista y cocaína conservadora (y II)
Curtis Yarvin
En su mundo, con su gobierno limitado, no se puede tocar a las universidades privadas, mientras que los legisladores pueden impedir que las universidades estatales enseñen, un decir, el comunismo.
Señor Rufo, con el debido respeto, ¿en serio cree que la Legislatura de Mississippi no lo intentó en los años veinte? ¿Cree que ellos no tenían veinte veces más energía política de su parte que la que tiene usted ahora? Estos «americanos de estados rojos[2]» lincharon de verdad. Lincharon a gente. ¿Y pudieron evitar que las ideas de Harvard se apoderaran de su universidad estatal? ¿Cómo les funcionó aquello? ¿Y qué dirían si pudieran ver Jackson, Misisipi, hoy? «Son sólo preguntas, León».
En realidad, como en la vida real, no hay ninguna diferencia en absoluto, salvo por que las universidades estatales suelen ser de inferior nivel. Por supuesto, no son de nivel tan bajo como la «Extensión de Harvard». (Un siervo acaba de informarme de esta lamentable nueva arruga en el currículum del señor Rufo).
Es realmente increíble que Harvard, como muchas otras universidades prestigiosas, tenga su propia factoría de títulos, con el acuerdo implícito de que si eres tan torpe como para no apreciar la diferencia entre Harvard y la «Extensión de Harvard», la culpa es del todo tuya.
No obstante, es la selección, no la educación, lo que define el prestigio de una universidad estadounidense. Todo el que tiene interés en ello lo entiende y nadie debería hacerse el tonto.
Como dicen los Evangelios, en el principio era el Verbo, y esto es cierto también en política. Los movimientos políticos modernos siempre han empezado con textos: con panfletos, manifiestos y otras publicaciones. La Nueva Derecha ya ha generado un alto grado de innovación a este respecto, repartida a lo largo de una creciente red de publicaciones, podcasts, literatura y artes visuales. No se trata sólo de dar forma al metadiscurso como una cuestión de «cultura general», sino de atacar directamente al discurso político en cuestiones individuales; en otras palabras, de hacer agitprop.
Es una idea terrible. No lo hagan. No participen en ninguna táctica de agitprop al estilo soviético.
¿Por qué la derecha nunca aprende ninguna lección estratégica de la izquierda, sino que sólo aprende lecciones tácticas? Las lecciones estratégicas —como que no hay victoria sin victoria total— son las que funcionan simétricamente. Las lecciones tácticas son las que no.
Para la facción de la verdad, falsificar o incluso tergiversar la verdad es siempre y en todas partes un tiro en el pie. Ellos pueden corromper la verdad, puesto que no es su arma. Pero como la verdad es nuestra única arma, nosotros no podemos corromperla. Sinceramente, no sé cómo podría ser más obvio todo esto.
Para nosotros, la mejor manera de «causar impacto» es simplemente representar el mundo tal y como lo vemos. Para nosotros, como artistas, la forma de «causar impacto» es no pensar en absoluto en nuestro «impacto». Esto no es autismo. Es sólo sentido común.
A partir del lenguaje comienza un proceso de legitimación más largo. Un movimiento adquiere legitimidad ganando terreno en el discurso, mediante la adopción de su discurso por parte de la élite de la sociedad y, finalmente, mediante la elevación de su discurso a ley. Ganar el argumento, ganar la élite y ganar el régimen: ésa es la fórmula que traza el camino desde el panfleto hasta el poder.
La élite nunca adoptará un discurso hostil a sí misma. ¿Por qué habrían de hacerlo?
Fíjese en las doctrinas progresistas: su efecto es siempre hacer más importantes a los progresistas. La definición de una doctrina progresista es aquella que triunfa en el discurso de las élites. Si la verdad fuera una condición necesaria, viviríamos en un universo diferente. La verdad ayuda, claro, la verdad siempre sabe mejor. La aspirina es mejor para usted que la heroína, pero ya sabemos cuál ganará en el mercado.
El propósito de decir la verdad no es ganarse a «la élite», sino captar a una contraélite, que es mucho más pequeña, pero que tiene mucha más confianza en su derecho a gobernar: la facción de la verdad. La verdad acerca de la versión refinada de Rufo del truco de Trump de «el decadente New York Times» es que la confianza en sí mismas de estas instituciones está verdaderamente perturbada. No pueden llegar a ser tan falsas como han llegado a ser sin ser conscientes de ello colectivamente, y esa duda colectiva sobre sí mismas se convertiría en una debilidad en cualquier conflicto serio.
La mejor forma que tiene esta contraélite de enfrentarse a la élite real es ignorarla. La élite, como el público en general, es una mujer. A menudo, la forma de seducir a una mujer es ignorarla.
Las instituciones son el lugar donde la palabra se hace carne. Los hombres que dan forma al discurso deben comprender que por encima de ellos están los estadistas: hombres de asuntos prácticos que gobiernan, legislan y mandan. El activista no debe olvidar que está haciendo política, no literatura, y equilibrar su deseo de pureza intelectual con la realidad institucional. Debe trabajar para legitimar su lenguaje en un entorno que a menudo es hostil a sus deseos y se resiste a cualquier cambio. A veces, debe ocultar su radicalismo con la máscara de la respetabilidad.
No hay nada más respetable que la «Extensión de Harvard». ¿Sabían que es un título de Harvard totalmente legítimo? Puedes unirte a la Asociación de Antiguos Alumnos y todo eso.
¿Podemos dejar de aparentar lo que no somos? No hay estadistas. No ha habido estadistas desde la paloma mensajera. Santo Dios. No obstante, tenemos políticos. Seguramente hayan notado la diferencia entre Thomas Jefferson y Pete Buttigieg. ¿O entre John Adams y Ron DeSantis? En cuanto a ser activista, es un tropo progresista. La palabra no es útil. Al menos, no para nosotros.
El artista, en mi opinión, no debe olvidar que está haciendo literatura, no política. Cualquier política que haga será efímera y, en última instancia, vergonzosa. Incluso un reaccionario acérrimo como yo tiene que admitir que el trabajo de Pound en la radio italiana no fue su mejor obra. Mientras que su Canto 74, con el padre violador de Emmett Till…maravilloso. ¡Lo siento! ¿Era eso respetable?
Al fin y al cabo, la labor de la política es la labor del estadista práctico. Quienes ignoran esta realidad apelando a principios abstractos siempre limitan su eficacia. Cuando Thomas Paine escribió La Crisis Americana, sentía el aliento de los soldados británicos en la nuca. Comprendió que la Revolución tenía que derrotar a los enemigos en el campo de batalla y veía al general Washington como el único hombre capaz de hacerlo.
Supongo que el señor Rufo —que presumiblemente aprendió sobre Thomas Paine a través de, bueno, la Extensión de Harvard— no consideraría escribir 100 veces en la pizarra la frase «Thomas Paine era un izquierdista». ¿Hacen esas cosas en la Extensión de Harvard? Supongo que, ya saben, es complicado en una clase por correspondencia. Y no es exactamente la última moda educativa.
¡Es realmente importante que Thomas Paine fuese un izquierdista! ¡Tiene verdadera relevancia! Porque el izquierdismo es la fuerza de la destrucción, de la entropía, y sólo se le puede oponer su contrario, la fuerza del orden.
¿Quieren ver la verdadera América del siglo XVIII? Dejen su Thomas Paine y lean algo de Thomas Hutchinson. No es sólo que los izquierdistas de hoy sean mentirosos. Los izquierdistas siempre han sido mentirosos. Sí, las instituciones americanas fueron creadas por los izquierdistas, ¿qué se creían? Esta es la maldición en el corazón de nuestra historia, por la que ahora nos toca pagar la factura.
El mensaje central del mito de Tolkien es que nadie puede utilizar las herramientas de la oscuridad contra la propia oscuridad. No es que esté mal utilizar estas herramientas. Simplemente no funcionan; no para nosotros, en todo caso.
Podemos estar de acuerdo con Locke en que los seres humanos entran en sociedad e instituyen el gobierno para garantizar sus derechos naturales a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Pero el siglo XX trastocó este acuerdo: el Estado se embarcó en un proyecto para remodelar la sociedad a su imagen y semejanza. Durante cien años, los conservadores han intentado y fracasado en su intento de reducir el tamaño del gobierno: en porcentaje del PIB, el Estado estadounidense es hoy mayor que el Estado comunista chino, y no hay indicios de que vaya a cambiar de rumbo. El liberalismo del siglo XIX está muerto y no puede restaurarse.
El activista debe partir de la realidad del statu quo: las instituciones que hoy conforman la vida pública y privada existirán en un futuro previsible. La única cuestión es quién las dirigirá y con qué valores. La Nueva Derecha debe reunir la confianza en sí misma para decir: «Lo haremos, y conforme a nuestros valores».
¡Hará falta algo más que confianza en uno mismo para convencer a estas instituciones de que se rindan! Y si en efecto se rindieran ante usted, señor Rufo, lo más sensato que podría hacer con el Anillo en la mano es arrojarlo al volcán. ¿Es que no leyó esos libros?
Ningún imperio es eterno. Ninguna institución es eterna. Toda institución puede disolverse. La verdad no es que estas instituciones deban existir para siempre porque existen ahora, sino que deben ser reemplazadas por nuevas instituciones que desempeñen la misma función.
No es que las instituciones sean necesarias: sólo es necesaria su función. La implementación de nuevas instituciones a gran escala es un asunto relativamente sencillo que Silicon Valley entiende bastante bien. El cierre de instituciones es asimismo bien conocido: apoderarse de las instalaciones, los servidores y los registros, las cuentas bancarias, etc.
Dado que estas instituciones son efectivamente soberanas, reemplazarlas es una tarea soberana. Esto demuestra —por si no hubiera ya pruebas de sobra— la naturaleza fundamentalmente ilimitada de la soberanía. Abrir los ojos a esta realidad abre muchas puertas al futuro.
No es que el ideal lockeano de «gobierno limitado» y «derechos individuales» sea correcto en teoría pero erróneo en la práctica. Es erróneo también en teoría.
A la primera que la teoría no coincide con la práctica, se necesita una nueva teoría. No es necesario mantener la teoría como premisa mientras se le hace excepción tras excepción. Cuando la práctica abandona la teoría, vaga por el desierto sin un mapa. Este, más que cualquier otro, es el motivo por el que los conservadores pierden.
Los conservadores ya no pueden contentarse con hacer de guardianes de las instituciones de sus enemigos, o de moscardones que adoptan la postura de los «heterodoxos» mientras dan muestras a sus homólogos de izquierdas de que no desean perturbar la hegemonía establecida. Más bien, la Nueva Derecha necesita pasar de la política de panfletos al gobierno de las instituciones.
Los conservadores necesitan operar en la realidad, y en la realidad no tienen ningún poder. Esto es puro fanfarroneo de enzarpados. Ve a ganar algo de dinero con tu Substack, en serio, vender buen contenido es mucho más importante que hacer que despidan a un charlatán cualquiera.
Que una zángana sin talento sea Presidente de Harvard, o que un político senil sea el Presidente de EE.UU., es muy útil para la facción de la verdad: ayuda a representar el mundo tal y como es. La verdad es que se trata fundamentalmente de instituciones sin líderes. Incluso si instaláramos a Chris Rufo como Presidente de Harvard, no sería capaz de cambiar la naturaleza de Harvard como templo del progresismo americano desde 1636. Simplemente no tendría el poder para ello. Y además, antes se congelará el infierno.
Que un don nadie ocupe el cargo, pues mucho mejor. Un don nadie grotesco… mejor que mejor. ¿Por qué meterse en eso? ¿Tienen que ser todo goles en propia meta todo el tiempo?
Pero… pero, protesta usted, eso debe ser bueno. Porque nos hace sentir bien. ¡No se puede imaginar un supuesto más progresista! Al fin y al cabo, lo mismo hace la cocaína. El efecto de la cocaína se pasa rápido, igual que los éxitos mediáticos puntuales.
Debemos reclutar, recapturar y reemplazar a los líderes existentes. Debemos producir conocimiento y cultura a escala y nivel suficientes para cambiar el equilibrio del poder ideológico. El pensamiento conservador tiene que salir del gueto y entrar en lo mayoritario. Y debemos ser capaces de resistir, y quizás incluso aceptar de buen grado, un bombardeo constante de cobertura mediática, con cien historias negativas por cada una positiva.
Es estupendo «convertir» a quienes forman parte crucial del sistema. Pero ellos son más útiles para un propósito: contar al mundo cómo funciona realmente el mundo. Son agentes de información, no de influencia.
Ignora a los medios de comunicación y obtendrás una buena cobertura. Esto es el abecé de las relaciones públicas. Nunca trates de conseguir una buena cobertura ni de enemistarte con los periodistas. Están por debajo de ti, o deberían estarlo. Cuando hables con ellos, hazlo de manera muy ocasional y con la mayor discreción selectiva.
La mejor manera de contrarrestar la degradación de la vida institucional estadounidense es recordar al público el propósito fundamental de esas instituciones e informarle de ese propósito. ¿Cuál es la finalidad de la universidad? ¿Cuál es el propósito de una escuela? ¿Qué sistema de gobierno nos guiará hacia la felicidad humana? Estas preguntas provocan dudas y ansiedad en el régimen actual. Y no es de extrañar. La idea de la felicidad, bien entendida, puede ser revolucionaria.
El régimen actual ha invertido billones en programas de bienestar, producción ideológica, recomposición familiar e intervención psicoterapéutica, pero los estadounidenses son más desgraciados que nunca. Volver a exigir la felicidad —la eudaimonia de Aristóteles, la Declaración de Jefferson— ataja todos nuestros dilemas posmodernos. Nuestro régimen ha perdido todo sentido de por qué existe. Los hombres que puedan redescubrir esta Estrella Polar tendrán todo lo que necesitan para motivar a otros a emprender la vida política: una motivación que puede ocultarse pero que no puede ser extinguida. Ellos comenzarán el gran proceso de recuperar el lenguaje, las instituciones y los fines de la vida estadounidense.
¿Pero no había explicado ya Locke todo esto?
Una vez que tengamos libertad personal, derechos individuales y un gobierno limitado, todo sucederá por sí solo, ¿verdad? ¿Verdad?
Chris, imagina que dejas todo este bagaje Lockeano. Das la impresión de pasar todo el tiempo buscando excusas para ello. ¿Es que lo necesitas? Oh, espera, claro que lo necesitas, porque es parte esencial del agitprop. Es decir, básicamente: de la recaudación de fondos.
Además, el problema con la «búsqueda de la felicidad» de Jefferson es que, aunque podría decirse que el propio Jefferson se refería más a la eudaimonia de Aristóteles, en el sibarita siglo XXI la «búsqueda de la felicidad» ha degenerado en el hambre desesperada de placer. Supongo que lo has captado, así que ¿es posible que la próxima vez elijas otro texto inspirador?
Por cada Paine, Washington y Jefferson, hay cien hombres anónimos que derramaron tinta, y sangre, por la lucha. En nuestro tiempo, la Derecha pronto se enfrentará a una elección: someterse al régimen actual, revitalizar la visión de los Fundadores o avanzar hacia un orden desconocido. Mi compromiso es con los viejos medios y los viejos fines, en la medida en que podamos rescatarlos. Esto requerirá espíritu de hermandad, sacrificio, audacia y abnegación. A medida que comience la batalla, aprenderemos y nos adaptaremos. Pero una cosa está clara: la lucha ha llegado.
[da una gran calada a su pipa]
Una cosa está clara: la lucha no ha llegado.
Si la lucha hubiese llegado, tendríamos una oportunidad de ganar la lucha. Chris Rufo tendría la oportunidad de convertirse en Presidente de Harvard. Él podría entonces dewokificarla, como los Aliados en Alemania en 1945. O algo así. Todo esto es fantasía; más fanfarroneo de enzarpados.
¿Quieres ganar? Reemplaza estas instituciones, reemplaza su producto. ¿Quieres reemplazar a Harvard y al NYT? Primero, crea instituciones más fiables que Harvard o el NYT. Supera al antiguo régimen según los estándares del antiguo régimen. Haz posible el cambio de régimen y alguien intentará llevarlo a cabo.
Superar al antiguo régimen según sus propios estándares ¿logrará reemplazar al régimen? ¿Logrará que cruce el Rubicón por sí mismo? Por supuesto que no.
Lo único que hará es permitir que alguien cruce el Rubicón, y esto tampoco será en 2024. Pero quizá… ¿en 2040? Pensemos y actuemos en la realidad, y quizá tengamos una oportunidad. Ahora mismo, nadie puede cruzar el Rubicón porque no tiene ni idea de adónde ir. No hay un mapa del otro lado.
La cocaína es un estimulante, no un alucinógeno. No puede hacerte sentir que has conquistado el mundo. Puede hacerte sentir como si estuvieras a punto de conquistar el mundo. Aunque todo el mundo quiere estar a punto y, debido a ello, la recaudación de fondos es genial, tus seguidores sólo pueden estar a punto durante cierto tiempo. Los estás quemando.
Cuando dices a tus seguidores la verdad, que es que no tienen poder y que no están ganando, es… una puñeta. Es difícil cerrar algo cuando ambos lados de la mesa están desalentados. Los científicos dicen que es un 20% más probable que tu campaña de captación de fondos tenga éxito en un día soleado.
Pero a largo plazo es mejor tener partidarios más escasos, más fuertes y mejores; mejor por ahora, porque ahora mismo estamos muy lejos del poder. Fíjate en Jesús. Sigamos el ejemplo de Jesús. ¿Tenía Jesús 12.000 seguidores? No, tenía 12 discípulos.
Resumen para quien esto sea mucho texto: ni siquiera es malo, en sí mismo, colocarse un poco por una victoria como ésta. Puedes venderlo bien y te dará pasta. No puedes venderlo para siempre, así que usa la pasta sabiamente. El problema es que te enganches al subidón, empieces a perseguirlo y te conviertas en un payaso; un payaso que dirige un ejército a una batalla que no es posible ganar.
[1] En alusión al color tradicional del Partido Demócrata estadounidense.
[2] Se refiere a estados tradicionalmente republicanos, por el color asociado al Partido Republicano.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera
sábado, 31 de agosto de 2024
Heroína progresista y cocaína conservadora (I)
Curtis Yarvin
Las orientaciones políticas en la América actual se entienden mejor como narrativas de recaudación de fondos.
La política democrática propiamente dicha —la pugna por el poder soberano entre organizaciones o individuos con un apoyo masivo, que se decide contando cabezas— está básicamente muerta. En el actual régimen estadounidense, a los políticos, pro-régimen o anti-régimen, sólo se les concede un pequeño goteo de poder discrecional que se restringe más y más cada año, haciendo que la elección sea más y más paródica. Una vez que este poder llegue a cero, y los políticos sean tan simbólicos como los antiguos monarcas hereditarios, la evolución habrá terminado. El Estado se habrá convertido en una oligarquía pura y dura, gobernada por instituciones «independientes». («Independientes», en este contexto, significa «que no rinden cuentas», que están a resguardo de las elecciones).
Pero que la política democrática no sea real —o, astutamente, sea apenas real— no significa que el espectáculo no pueda continuar. Por ejemplo: si fuese real, ¿tendría uno que recaudar dinero para ello? El relato va solo. El relato puede continuar eternamente, como una telenovela. El objetivo de recaudar dinero es fingir que uno es real… idealmente, convertirse en real. En este caso…
Y la recaudación de fondos es un gran arte, uno de los más grandes. Quizá el más grande. Una cosa que he aprendido en mi medio siglo es: nunca minusvalores a un gran recaudador de fondos. El siglo XX es una gran época para la recaudación de fondos —como la Florencia de Miguel Ángel, pero para la recaudación de fondos— y hay excelentes consejos por todas partes. Aquí está el mío.
La recaudación de fondos no es un arte oscuro. Es un arte luminoso. Y conduce a un corazón luminoso. Recaudar fondos es la generación conversacional de un estado de ánimo generoso y optimista. Cuando una recaudación tiene éxito, el recaudador se siente… aliviado. Cuando una recaudación tiene éxito, el donante o inversor se siente… feliz, esperanzado y eufórico.
Leamos los grandes relatos de nuestro tiempo con simpatía y amor, como las asombrosas obras de arte colectivas que son. Estas catedrales de la propaganda, como las catedrales de verdad, nunca podrían haberse construido de golpe. Las narrativas y las líneas de partido han evolucionado a lo largo de décadas e incluso siglos. Y, sin embargo, siguen en pie y funcionando, y cada domingo las masas siguen acudiendo a sus respectivas iglesias políticas.
¿Y por qué, en una época en la que la política no es real? ¿Por qué alguien cree o se preocupa? Empezar con una actitud de respeto, no de desprecio, nos ayuda a descifrar el misterio de la propaganda.
Propaganda y productos farmacéuticos
Por supuesto, esta sensación de ebullición inducida externamente es también característica de las drogas. ¿No es la narrativa una especie de droga? ¿No acelera el corazón y alegra la vista? ¿Quiere usted que la gente le dé dinero? Elija una droga y véndala.
Claro está que, si la política fuese real, si afectara de verdad a la vida de la gente —como en el siglo XX y antes—, aceleraría más el corazón. Sería como ver combates de MMA (Artes Marciales Mixtas) con armas blancas de verdad. Si se pudieran ver combates completos de gladiadores en televisión, ¿quién perdería el tiempo con el «combate» a puño pelado? Pero sigue habiendo límites, y a la gente le siguen gustando las MMA. A la gente le sigue gustando nuestra falsa política. Gracias a Dios no estamos enganchados a algo más fuerte. Si odian la falsa política, no vean si odiarían la política real. (Necesitaremos la política real para salir de esta trampa, pero no porque nos guste. Y acto seguido debe acabar consigo misma).
Pero no hay una sola droga. La diferencia fundamental entre la narrativa conservadora estadounidense de recaudación de fondos y la narrativa progresista [liberal en inglés] estadounidense de recaudación de fondos se describe mejor con este lenguaje farmacéutico: los progresistas venden heroína, los conservadores venden cocaína.
La píldora azul
La píldora azul del progresismo es un opiáceo porque es un anestésico general: te permite ignorar el mundo que se pudre a tu alrededor. La lepra también es indolora, incluso cuando está avanzada. ¿Para qué necesitas un dedo meñique del pie? ¿Para qué? ¿Qué eres, una especie de atleta?
El progresista no sintió dolor cívico por la podredumbre de Gary, Indiana; Detroit, Michigan; o incluso Oakland, California. Estos suburbios —sólo hay una o dos ciudades, quizá tres— no eran sus lugares; esta gente no era su gente. En cierto modo, creía que se merecían su destino; aunque era una lástima, por supuesto.
Otra cosa es que a Harvard se le caiga la nariz, pero…
¡Pero no se cayó! ¡Los conservadores se abalanzaron sobre ella! ¡Se apoderaron de ella! ¡Le arrancaron la nariz a Harvard! Ahora bien, alguien podría decir, ¿debería la nariz haberse desprendido tan fácilmente? ¿Fue el órgano en cuestión arrancado, o sólo pellizcado? ¿Hubo problemas a nivel del cartílago? ¡Son preguntas importantes! ¡Preguntas médicas! Pero no olvidemos…
El problema de la píldora azul[1], como fármaco, es que te quita todos los miedos menos uno: el miedo a los conservadores. O más en general, el miedo a cualquiera que no tome la píldora. La frontera de la ortodoxia siempre está amenazada por los ejércitos de la herejía y el ateísmo.
Así, este opioide es un generador de sensación de poder que estabiliza el régimen oligárquico. Incluso cuando le deja prestando su consentimiento entusiasta a un gobierno manifiestamente incompetente, el progresista teme la inevitable transición de régimen —ya se trate de la restauración de la democracia o de la instauración de la monarquía, haya o no diferencia en este punto— por una razón sobre todo: el nuevo régimen le quitará su parafernalia. Él dejará de ser relevante. O, al menos, dejará de sentir que lo es. Será desempoderado.
Este miedo a la falta de dopaje es la nota de fondo de toda la propaganda sobre el «autoritarismo». El votante, sin sus opiáceos, ve la verdad sobre Washington: no tiene ningún poder sobre Washington, y Washington tiene un poder absoluto sobre él. No es un ciudadano, sino un súbdito —no es un actor, sino un peón— en manos de un gobierno que no rinde cuentas, omnipotente e incompetente, que empeora gradualmente en todos los sentidos posibles. Su caricatura del gobierno autoritario es correcta. Y él vive en ella. Todos los gobiernos son absolutos, sólo que algunos están menos centralizados que otros. Y esto no es necesariamente algo bueno. Y las personas que mejor entienden esto son… las que están más cerca del poder real. Si tienen aunque sea un poco de poder real, saben lo poco que es. Saben que nadie está al mando, ni siquiera ellos. Y es mucho menos probable que piensen que esto es algo bueno.
Si se despertase sudando y con el mono en mitad de la noche y se diera cuenta de todo esto, aunque sólo fuera inconscientemente, ¿no entraría usted en pánico? ¿No sentiría miedo? ¿No haría cualquier cosa para quitárselo de la cabeza? Es importante sentir compasión por el progresista —atrapado en un mundo que le asustaría hasta la médula, que le dolería terriblemente al instante si se le pasara la anestesia— simplemente a causa de su culpa, que es realmente inmensa, al crear ese mundo, que es, como la vida que el adicto crea a su alrededor, una cosificación de su pecado acumulado: en este caso, el ansia de poder.
Las píldoras azules son, por supuesto, el núcleo de la recaudación de fondos en Estados Unidos hoy en día. Enormes ríos de dinero fluyen hacia el sector azul sin ánimo de lucro, que supera a su homólogo naranja por… ¿20 a 1? ¿100 a 1?
Las donaciones pagan sueldos. Compare el número de progresistas profesionales que hay actualmente en Estados Unidos con el número de conservadores profesionales. Hay muchas formas de medirlo: una de ellas es contar el número de empleos que exigen lealtad progresista, frente al número de empleos que exigen lealtad conservadora. (Por supuesto, cualquiera en cualquiera de ambos bandos puede estar en el armario).
En última instancia, una vez que el sector no lucrativo y el sector estatal se alinean ideológicamente —algo que ocurrió hace mucho tiempo en Estados Unidos—, no hay razón para distinguir entre ellos. Incluso partes del sector empresarial están alineadas. Si usted tiene un trabajo que requiere que sea progresista —ya sea en RRHH o en DEI en Snapchat, en el departamento de ciencias políticas en Harvard o en la recaudación de fondos en la Fundación Tides— es usted un progresista profesional. Y la única certeza acerca de cualquier cambio político real es que cambiará por completo su vida profesional.
Darse cuenta de que vivimos en una época histórica completamente saturada de esta sustancia adormecedora es la primera etapa del despertar. Pero no es la última, y es fácil desviarse y pasar directamente de la heroína a la cocaína.
Cocaína conservadora
La diferencia entre el conservadurismo y la cocaína es que de cocaína sí puedes tener una sobredosis. Con el conservadurismo, sencillamente estás cada vez más colocado, a medida que los ríos de dinero empiezan a llegar. Chavales: se trata de una inundación repentina, no de un río. La cocaína se pasa tan bruscamente como pega. Hacer que su efecto sea continuo, mantenerse continuamente colocado, es todo un arte. Pero…
Aunque hay mucho más dinero en la heroína, es mucho más fácil hacer dinero en la cocaína. Sencillamente eres un pez más grande en un estanque más pequeño. Verdaderamente creo que esta realidad es uno de los principales factores por los que los yonkis odian a los adictos al crack.
La tecnología de la cocaína evoluciona. La píldora naranja estadounidense ha evolucionado desde el conservadurismo en polvo de George W. Bush hasta el rock duro de Donald Trump, el muy estable genio que fue el primer estadista en pensar: la coca es genial. Pero, ¿y si la meto en el microondas con un poco de bicarbonato? ¿Podría tal vez… podría… podría pegarte como un puto tren de mercancías? Todavía hay viejos conservadores de Brooks Brothers que nunca dejarán sus cucharas de plata. Pero el resto de América las ha dejado atrás.
No se deje engañar. La píldora naranja sigue siendo naranja. Lo único que puede hacer es colocarle. Puede que a usted le parezca roja. Es una ilusión. Aún no ha llegado a eso. Usted no está cruzando el Rubicón. Sólo está pescando en el Rubicón. ¿Acaso existe una píldora roja de verdad? ¿Que realmente funcione? Además: ¿cómo de colocado le dejaría eso?
Como es más importante burlarse de la gente cuando es feliz y tiene éxito, permítanme que destaque este ensayo del victorioso Chris Rufo, educado en Harvard, entusiasmado por su victoria davidesca contra la plagiadora presidenta de Harvard, la princesa del hormigón haitiana.
Este texto es la clásica cocaína conservadora. Puede contener hasta un 85% de cocaína pura. Contiene un poco de fibra y restos, por lo que no conviene esnifarla directamente sin procesarla un poco; con un enjuague rápido con extracción de agua al vacío bastará.
La derecha se está reorganizando. La mayoría de los conservadores inteligentes, especialmente los más jóvenes, que se unieron a la contienda política en un momento de cambio ideológico radical, ya reconocen que las ortodoxias familiares ya no son viables, y que las ideas son inútiles sin poder. La derecha no necesita un libro blanco. Lo que necesita es un nuevo activismo enérgico con el valor y la determinación de recuperar el lenguaje, reconquistar las instituciones y reorientar el Estado hacia los fines correctos.
A primera vista esto parece bueno. Pero luego te preguntas: ¿qué hace ahí «recuperar el lenguaje»?
¿Cree Rufo, orgulloso licenciado en Harvard, que puede «recuperar las instituciones y reorientar el Estado hacia fines legítimos» recuperando el lenguaje? Esto se acerca peligrosamente a: «lo primero, págame por hablar». Vale… a mí también me pagan por hablar… pero me huelo algo que no me gusta.
Porque creo que la causalidad va en la otra dirección. Esta es la diferencia esencial entre el rojo y el naranja: la derecha radical y la derecha conservadora. Los conservadores creen que estas instituciones (¡incluso Harvard!) funcionan y sólo hace falta arreglarlas. Y, al parecer, se pueden arreglar simplemente dándoles una palmada en el costado, como a un viejo televisor.
Cualquiera que piense que estas instituciones pueden ser recuperadas, en modo alguno, ̶n̶e̶c̶e̶s̶i̶t̶a̶ ̶q̶u̶e̶ ̶l̶e̶ ̶e̶x̶a̶m̶i̶n̶e̶n̶ ̶l̶a̶ ̶c̶a̶b̶e̶z̶a̶ ̶ tiene la carga de la prueba. Y cualquiera que piense que pueden ser recuperadas ganando la batalla de las ideas, o del lenguaje, o de lo que sea… ¿en serio?
¿Cómo han llegado a esa conclusión? ¿Van a persuadir a Harvard de que… el harvardismo es malo? En una etapa posterior de su gran plan, ¿el Papa se convierte al Islam?
Este ensayo presentará los principios básicos de este activismo: dónde empieza, cómo podría funcionar y qué debe hacer para ganar. No es «conservador» en el sentido tradicional. El mundo del liberalismo de los siglos XVIII y XIX ha desaparecido, y los conservadores deben enfrentarse al mundo tal y como es, un statu quo que no requiere conservación, sino reforma e incluso revuelta.
El statu quo no requiere ni una reforma ni (Dios no lo quiera) una revuelta. (¿Fue la caída de la URSS una «revuelta»?) Lo que requiere es un reemplazo.
El «statu quo» es un conjunto de instituciones que no rinden cuentas, entre ellas, aunque no exclusivamente, Harvard y el New York Times, que, aunque técnicamente están fuera del «gobierno», exhiben todos los atributos de la soberanía.
Estas instituciones no sólo deben ser disueltas, sino también reemplazadas. La única forma razonable de hacerlo es reemplazarlas primero y luego disolverlas. Nadie tiene hoy el poder de disolverlas, pero muchos están hoy en condiciones de empezar a construir las sustitutas.
Para que el cambio político sea posible, los incipientes órganos estatales del próximo régimen deberían, en la medida de lo posible, existir ya. Pueden ser embrionarios; puede que tengan que metamorfosearse; pero todo es más fácil si pueden crecer a partir de algún bulbo o semilla ya existente que de alguna manera logre sobrevivir bajo el antiguo régimen.
Y cuando decidimos que las escuelas, los periódicos, las universidades e incluso las iglesias no fuesen órganos del Estado, nos detuvimos ahí. Si queremos salir del agujero, ¿no deberíamos quizá dejar de cavar?
Las viejas instituciones son permanentemente adictas al poder y no pueden reformarse. La adicción es estructural. Si hoy sustituyeras a todos los profesores progresistas por conservadores, volverían a purgarlos en una revolución progresista.
La única forma de arreglar el mundo académico es separarlo del poder, algo que sólo puede hacer un nuevo régimen lo bastante seguro de sí mismo como para pensar por sí mismo y actuar en consecuencia. Sólo una universidad aislada de la heroína del poder puede pensar con claridad y racionalidad.
Cuando se confía a esta institución educativa la tarea de pensar por el Estado —tenga en cuenta que las universidades occidentales tienen un milenio de antigüedad, mientras que la idea de una política pública guiada por eruditos universitarios científicamente infalibles data sólo de la Alemania de finales del siglo XIX—, su mercado de ideas comienza inmediatamente a seleccionar no sólo buenas ideas, sino también ideas empoderadoras. A veces son la misma cosa. Pero a veces no lo son.
La única forma de sanear la situación es desempoderando por completo a las universidades. El Estado tiene que pensar por sí mismo y debe tener siempre la última palabra. Tendrá que construir un cerebro colectivo mucho más eficaz e inteligente que su mente académica actual, un cerebro de la calidad de Silicon Valley. Una forma de ver este cerebro es literalmente como un servicio de inteligencia.
Sin embargo, no tiene sentido desempoderar a ningún enemigo sin destruirlo. La disolución de Harvard no implica necesariamente lastimar a ningún profesor, alumno o antiguo alumno de Harvard. En teoría, los edificios históricos pueden conservarse, pero en la práctica yo no lo recomendaría. El simbolismo también importa. Imaginemos que se reemplaza Harvard por un parque en el que nunca asaltan a nadie, aunque sea a altas horas de la noche.
¡Qué espacio tan mágico! ¿Será posible? Creo en nosotros, creo en América, creo que nosotros podemos.
No tenemos que abandonar los principios del derecho natural, el gobierno limitado y la libertad individual, pero tenemos que hacer que esos principios tengan sentido en el mundo de hoy.
Son exactamente esos principios —históricamente izquierdistas— los que impiden que ganen los conservadores. Esos principios hacen que Harvard y el NYT sean «independientes», es decir, los protegen de cualquier otro poder… efectivamente soberano.
El primer paso es reconocer lo que no ha funcionado. Durante cincuenta años, los conservadores del establishment se han ido alejando de la gran tradición política de Occidente —el autogobierno republicano, las normas morales compartidas y la búsqueda de la eudaimonia, o florecimiento humano— en favor de medias tintas y sucedáneos baratos.
Nota histórica: el «autogobierno republicano» es la tradición de Inglaterra, no de «Occidente».
Cuando esta tradición izquierdista se exportó al resto de Europa, ahogó a un continente próspero con una civilización milenaria primero en la revolución y la guerra, y finalmente en el estancamiento burocrático. Su tercer jinete del apocalipsis es la migración masiva. Ustedes pueden pensar que esta última ya ha sucedido. En realidad, no han visto nada en absoluto.
Siguiendo una línea libertaria, el establishment conservador ha argumentado que el gobierno, las universidades estatales y las escuelas públicas deberían ser «neutrales» en su aproximación a los ideales políticos. Pero ninguna institución puede ser neutral, y cualquier autoridad institucional que sólo aspire a la neutralidad será inmediatamente capturada por una facción más comprometida con la imposición de la ideología. En realidad, las universidades públicas, las escuelas públicas y otras instituciones culturales llevan mucho tiempo dominadas por la izquierda.
Nótese cómo, en la narrativa de Rufo para recaudar fondos, hay una diferencia entre las instituciones «estatales» o «públicas» y las «privadas». En realidad, cuando efectivamente vas a la universidad, no ves ninguna diferencia, más allá de las extrañas ventajas aleatorias para los residentes estatales.
¿Qué te dice esto? Te dice que Rufo está viendo el mundo a través de categorías completamente irreales.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera
domingo, 18 de agosto de 2024
Un manifiesto tecno-pesimista
Curtis Yarvin
10 de agosto de 2024
21 de diciembre de 2023
¿Es usted un tecno-optimista? Se trata de una enfermedad grave, tan común como la prediabetes. Pero no se ría. Puede tratar su prediabetes, y también su tecno-optimismo.
El 30% de los estadounidenses son prediabéticos. Todos los estadounidenses son prediabéticos, en cierto sentido: todos tenemos acceso al jarabe de maíz caliente y frío. Sale del grifo. En 50 años como estadounidense, según las estadísticas, he ingerido literalmente una tonelada de jarabe de maíz: una tonelada larga. ¡Una tonelada imperial! Creo que los principales órganos de mi cuerpo, por ejemplo el páncreas, están, llegados a este punto, compuestos fundamentalmente de jarabe de maíz.
Lo mismo ocurre con el tecno-optimismo. Como estadounidenses —y ahora todos lo somos; la ubicación, incluso la del nacimiento, es un mero detalle—, todos somos tecno-optimistas. La idea americana es la idea de la techne, el orden creado por el hombre, la creación de una «ciudad sobre una colina» en un nuevo continente salvaje. Como dijo John Winthrop, primer gobernador de Massachusetts: «una ciudad sobre una colina no puede ocultarse». San Francisco está sobre una colina, o sobre varias, y no puede ocultarse. Aunque a veces desearíamos que pudiera ser ocultada. (Para ser justos, las colinas son la mejor parte: «el crimen no escala», como suele decirse. Pruebe a empujar un carrito de la compra desde El Castro hasta Haight). El progreso técnico y el moral siempre se han equiparado en la filosofía estadounidense.
¿Y cómo ha ido la cosa? ¿Cómo nos está yendo a nosotros los americanos? Al principio, bastante bien. Pero últimamente, bueno, las opiniones varían.
El protocolo de Johannesburgo
¿Tiene usted una opinión? ¿Duda de su opinión? O es usted pesimista y quiere ver confirmado su instinto, o bien es usted optimista, pero quiere ser un optimista científico: alguien cuya creencia se ve confirmada por la duda.
Si usted quiere dudar del tecno-optimismo, aquí tiene una cura: como influencer, he diseñado una. Pronto estará disponible en mi sitio web, en forma de píldora, a un precio increíble. Pero ahora puede curarse usted mismo en casa ¡sin beneficio alguno para mí! Bueno, no exactamente en casa…
Llamo a mi terapia el «protocolo de Johannesburgo». Cuesta unos cinco mil dólares. El protocolo consiste en volar a Johannesburgo. Pasar una semana paseando por la ciudad. Mantenerse a salvo. Asegurarse de que su hotel tiene un generador. Ver Johannesburgo — capital de la Nación del Arco Iris— y ver el futuro.
Y cuando vuelva, suponiendo que vuelva, tómese un día para pensar en cómo la inteligencia artificial arreglará Sudáfrica; o cómo la realidad virtual arreglará Sudáfrica; o las criptomonedas; o lo que sea…
¡Tormenta de ideas! Invite a sus amigos más brillantes. ¡Microdosifique unas pocas setas! Y cuando sean las 4 de la mañana, no quede Red Bull en la nevera, la pizarra sea un desastre de siete colores y empiece a bajarse el globo, se dará cuenta de que está curado. Hay algo que no estaba en su antigua filosofía, pero que está en su nueva filosofía. Su optimismo ha sido tratado con éxito.
Lo que verá en Johannesburgo son abundantes pruebas físicas de un mundo que era funcional hace 50 años, incluso hace 100, pero que ahora está a medio camino de Mad Max. ¿Llegará hasta el Mad Max completo? Como dice la Bola 8 mágica, la respuesta no está clara, pregúntalo más tarde. Hay, como siempre, destellos de renovación…
Dado que estos «indicios de luz» pueden estimular el tipo de esperanza maligna que la terapia de Johannesburgo pretende tratar, la tasa de curación no es del 100%. Si falla, si se observa algún signo de retorno del optimismo, hay que pasar a una terapia de segunda línea. Es más cara y peligrosa; pero nunca falla.
Primero, avive sus células madre con más hopium[1] de Sand Hill Road de Andreessen:
Creemos que el progreso tecnológico conduce a la abundancia material para todos.
Creemos que la recompensa final de la abundancia tecnológica puede ser una expansión masiva de lo que Julian Simon llamó «el recurso definitivo»: las personas.
Creemos, como Simon, que las personas son el recurso definitivo: con más personas hay más creatividad, más ideas nuevas y más progreso tecnológico.
Creemos que la abundancia material significa, en última instancia, más gente –mucha más gente–, lo que a su vez conduce a más abundancia.
Creemos que nuestro planeta está dramáticamente infrapoblado, en comparación con la población que podríamos tener con abundante inteligencia, energía y bienes materiales.
Creemos que la población mundial puede crecer fácilmente hasta 50.000 millones de personas o más, y mucho más cuando acabemos colonizando otros planetas.
Creemos que de todas estas personas saldrán científicos, tecnólogos, artistas y visionarios más allá de nuestros sueños más salvajes.
Y dentro de ellos habrá… jarabe de maíz. Como dijo John Winthrop, el anónimo de Twitter:
En realidad, «América» no está «llena». Podemos meter otros 46 billones de seres humanos si los trituramos hasta convertirlos en polvo fino y los almacenamos en silos gigantes de grano que ocupe cada centímetro del país.
En este punto, está usted preparado para mi arriesgado pero efectivo tratamiento de segunda línea. Lo llamo «terapia Kinsasa». Abastézcase de antibióticos para peces e hidroxicloroquina de contrabando, respire hondo y compre un billete de ida y vuelta a la ciudad antes conocida como «Léopoldville». Prepárese para gastar más de diez de los grandes. Sigue mereciendo la pena. El optimismo es una enfermedad terrible.
Aunque sólo hay 20 millones de personas en Kinsasa, eso debería bastar para dar de sí un montón de «científicos, tecnólogos, artistas y visionarios». O al menos bastará, una vez que todas sus niñas puedan permitirse un Young Lady’s Illustrated Primer… deje su teléfono en el hotel, y camine sin mapa durante una semana. No, no es seguro. Pero tampoco lo es Oakland…
La idea de que debe existir alguna tecnología de instrucción que pueda convertir demográficamente a la población de Kinsasa, instruida en una etapa suficientemente temprana y a fondo, en la de (digamos) Tokio, es un axioma fundamental no sólo del tecno-optimismo, sino de todas las clases de optimismo moderno. Como ocurre con cualquier axioma, uno cree en él o no. Si usted cree en él, imagine un mundo alternativo B en el que no fuera cierto. Una vez que haya imaginado ese mundo, imagine cómo ese mundo imaginaría un mundo alternativo, C, en el que sí fuera cierto. Ahora, compare estos tres mundos: el nuestro, el B y el C. ¿Cuál se parece más al A? ¿B o C?
Recuerde que usted es un científico: no cree en nada hasta que no ha dudado de ello. Mientras que si tuviera una mente religiosa, partiría del principio de que Dios es bueno, y razonaría por tanto que Él habría creado el mundo bueno, y la humanidad, por supuesto, a Su imagen, también buena. No estará usted pensando de esa manera, ¿verdad? Sólo quería comprobarlo.
Independientemente de que exista o pueda existir algún elixir —técnico, pedagógico o farmacéutico— que pueda convertir a los congoleños en japoneses, al visitante de Kinsasa le llamará la atención hasta qué punto, pese a ser nominalmente la capital de un país independiente, esta sociedad depende de tecnologías y recursos que no puede producir. ¡Es un sistema muy frágil!
Incluso en alimentos. África, el continente, produce alrededor del 10% de sus calorías. El resto es jarabe de maíz de Kansas. Buenos tiempos. Usted podría pensar: ¿por qué enviar el jarabe de maíz a África? ¿Por qué no enviar a los africanos a Kansas? Alguien le lleva ventaja en eso, amigo. ¿No conduciría eso a más abundancia? «Ahora bien, como iba diciendo, los grandes modelos lingüísticos[2]…»
Si realmente tiene usted una idea de cómo los grandes modelos lingüísticos arreglarán el Tercer Mundo, oigámosla. Tenga en cuenta que «Tercer Mundo» era, hasta los años sesenta, un término optimista. Nadie puede discutir la rapidez con que ha avanzado la tecnología entre 1950 y 1970, exactamente la época en que nació el Tercer Mundo tal como lo conocemos.
Johannesburgo y Kinshasa tienen el mismo nivel tecnológico que Palo Alto y Berkeley. Las reglas de la física son las mismas. Su iPhone funciona allí. No se fabricó allí, pero podría haber sido así. Allí existen los mismos libros de texto y artículos que aquí. El trasplante de corazón humano hasta se inventó en Johannesburgo. Algo ha ido hacia atrás, pero no ha sido la tecnología.
La premisa implícita del tecno-optimismo es que la tecnología promueve la civilización. Para solucionar todos y cada uno de los problemas de la sociedad, no hay más que dejar vía libre a la tecnología.
A lo largo de la historia ¿advertimos que esa premisa se cumple? Por lo general, dado que las civilizaciones que permanecen intactas rara vez olvidan cómo hacer cosas útiles, la tecnología avanza de forma consistente en el seno de cualquier civilización. Por desgracia, esto implica que la mayoría de las civilizaciones fracasan en el cénit de su habilidad técnica. Se trata de una ilusión estadística, pero aun así debería hacernos reflexionar.
Parece claro que el Tercer Mundo es, al menos a medio plazo, el futuro de la humanidad. Las barreras que separan el Primer Mundo del Tercero son accidentes geográficos o legados del siglo XX, o incluso del XIX. A simple vista se observa que se están desmoronando en todas partes.
Incluso a medio plazo, el problema de curar al Tercer Mundo es equivalente al problema de preservar al Primer Mundo de lo que enferma al Tercer Mundo. De hecho, no es difícil encontrar manchas reconocibles del Tercer Mundo dentro del Primero. Si esto no le parece el problema histórico más importante de nuestro periodo, tal vez le convenga viajar más o, al menos, leer un libro de Paul Theroux.
Las dos curvas
El estado del Tercer Mundo nos recuerda que no hay una única curva relevante para la experiencia humana. La curva de la tecnología es importante, pero también lo es la curva del orden.
Arquímedes, después de todo, fue asesinado en su pizarra por un soldado romano. En aquella época, los bárbaros eran los romanos, luego los germanos, y así sucesivamente. Parte del problema, para un pesimista, es nuestra falta de bárbaros realmente impresionantes. A Tácito no le gustaban los germanos, no quería rendirse ante ellos, pero los respetaba. Pero, hoy en día, ¿qué es digno de respeto? ¿El ISIS? Tienes que reconocérselo al ISIS, pero…
Hoy en día, incluso en Kinshasa hay núcleos de perfecto orden. Como oligarca minero, o lo que sea, puede usted vivir una vida absolutamente hermosa en Kinshasa. Pero en estos núcleos depende uno de muchas fuerzas, locales y globales, que escapan a su control. El sistema es frágil. La mezcla de orden y desorden asusta, incluso en estos núcleos. Parece inestable, sobre todo cuando parece que es el desorden lo que avanza. El símbolo definitivo del orden es una fábrica de semiconductores, que coloca átomos con perfección nanométrica. Una nueva fábrica cuesta diez mil millones de dólares. Un bidón de gasolina de cinco dólares puede hacer que arda hasta los cimientos.
Andreessen, un pensador no poco sutil, no es un optimista al puro estilo Pollyanna. Él también ve dos curvas. Su curva descendente es la curva del espíritu humano, thymos o thumos, cuya pérdida nos proporciona a los últimos hombres de Nietzsche y a los hombres sin pecho de C.S. Lewis. El último hombre es el ser humano —específicamente, la élite humana— al final de una civilización:
Nuestro enemigo es la desaceleración, el decrecimiento, la despoblación: el deseo nihilista, tan de moda entre nuestras élites, de que haya menos gente, menos energía y más sufrimiento y muerte.
Nuestro enemigo es el Último Hombre de Friedrich Nietzsche:
«La tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella salta el Último Hombre, que lo empequeñece todo. Su especie es inextinguible como la pulga; el Último Hombre es el que más vive…»
La curva de Andreessen predice la mía, porque la función del thymos es mantener el orden. Enorgullecerse de mantener el orden es un elemento crucial de una élite funcional. Cuando la élite pierde este orgullo, o incluso desarrolla su opuesto —el orgullo luciferino de destruir el orden—, se avecinan problemas.
Históricamente, las civilizaciones de los últimos hombres tienden a caer cuando son invadidas por los bárbaros. La tecnología puede prevenir artificialmente este destino, pero, como dijo Hannah Arendt, cada nueva generación es su propia invasión bárbara. Puede que ni siquiera se necesiten bárbaros. Al final, profetizó Walter Benjamin, el último hombre simplemente se suicidará:
La autoalienación de la humanidad ha alcanzado tal grado que puede experimentar su propia destrucción como un placer estético de primer orden.
De hecho, si se mantiene la tendencia actual, es probable que la «extinción humana voluntaria» se convierta en un tema político de actualidad en vida de nuestros hijos. Ríanse.
El equivalente moral de la guerra
Hasta el momento, parece que Andreessen, con su crítica nietzscheana de las élites actuales, es más perspicaz que yo, si aceptamos que el declive secular del orden está causado por el declive secular del thymos. No hace falta mucha especulación para comprender que un declive en la voluntad de crear orden pueda causar un declive en el orden. Así que su segunda curva es más general que la mía.
La innovación del tecno-optimismo es su determinación para restaurar el thymos de la única forma en que el hombre ha restaurado jamás su thymos: la guerra. Es decir: la guerra en nombre de la tecnología contra los enemigos de la tecnología. Guerra metafórica, pero…
Andreessen sabe de lo que habla, porque ha conocido al menos una de estas reservas de energía thymica: Silicon Valley. Se necesitan muchos thymos para hacer un Facebook. No es realmente una guerra, en el sentido de que acabes con la cara arrancada por la artillería. Pero cuando tienes un plazo realmente difícil de cumplir, a veces uno lo siente así.
La idea de un «equivalente moral de la guerra», concretamente como cura para el síndrome del último hombre, no es nueva en la filosofía estadounidense. De hecho, es el título del que quizás sea el ensayo filosófico estadounidense más famoso. Como escribió James en 1910
Debemos hacer que nuevas energías e inclemencias den continuidad a la hombría a la que tan fielmente se aferra el espíritu militar. Las virtudes marciales deben ser el cemento duradero; la intrepidez, el desprecio a la blandura, la renuncia al interés privado, la obediencia al mando, deben seguir siendo la roca sobre la que se construyen los estados, a menos que, de hecho, deseemos [generar] peligrosas reacciones contra unas mancomunidades aptas sólo para el desprecio, y susceptibles de invitar al ataque cada vez que se forme, en cualquier parte de sus vecindarios, un centro de cristalización para el emprendimiento con mentalidad militar.
¡Hombría! William James, por supuesto, fue un famoso rastreador y luchador contra los indios que murió heroicamente en El Álamo. Oh, esperen, ese fue Davy Crockett. William James fue profesor en Harvard. Ni siquiera este problema es nuevo.
Pero James tenía una solución concreta, y bastante notable, para la crisis del thymos:
Si ahora —y ésta es mi idea— en lugar de la conscripción militar se reclutara a toda la población joven para formar parte durante un cierto número de años del ejército alistado contra la naturaleza, la injusticia tendería a igualarse, y de ello se derivarían otros numerosos bienes para la mancomunidad.
Los ideales militares de dureza y disciplina se forjarían en la creciente fibra del pueblo; nadie permanecería ciego, como lo están ahora las clases privilegiadas, a las relaciones reales del hombre con el globo en que vive, y a los permanentemente amargos y duros cimientos de su vida superior.
Para las minas de carbón y de hierro, para los trenes de carga, para las flotas pesqueras en diciembre, el lavado de vajilla, de ropa y de ventanas, la construcción de carreteras y túneles, las fundiciones y los pozos de combustión, y para los armazones de los rascacielos serían reclutados nuestros esplendorosos jóvenes, según su elección, para quitarles el infantilismo y volver a la sociedad con simpatías más sanas e ideas más sobrias.
Habrían pagado su impuesto de sangre, cumplido su parte en la inmemorial guerra humana contra la naturaleza, pisarían la tierra con más orgullo, las mujeres los tendrían en más alta estima, serían mejores padres y maestros de la siguiente generación.
¡Vaya! Eh… ¿Mao? ¿Mao Tse-tung? Mao Tse-tung al teléfono blanco de cortesía… resulta chocante ver propuesta una política esencial de la Revolución Cultural en Harvard en 1910. Sin embargo, ¿es realmente una mala idea? Tal vez la verdadera Revolución Cultural nunca se ha intentado…
No solemos pensar en la vida de 1910, antes de los antibióticos y los iPads y todo eso, como algo degeneradamente lujoso. Y sin embargo, está claro que en 1910 lo veían así, y ¿quién es el experto en 1910? ¿Nosotros o ellos? ¿Y cómo de degenerado consideraría William James al típico zoomer?
Cuando analizamos la crisis del thymos y comparamos la solución de James con la de Andreessen, llama la atención lo diferentes que parecen estos brillantes intelectuales estadounidenses. Andreessen restaurará el thymos de dos maneras: mediante la energía directa resultante de participar en la investigación y el desarrollo; y mediante la energía indirecta resultante de apoyar la tecnología como causa, como el calentamiento global o los palestinos.
Ninguna de las dos es convincente. Aunque ampliar las fronteras del poder humano sobre la naturaleza resulta sin duda estimulante, esta experiencia está por naturaleza limitada a unos pocos, a menos que se invente ese elixir mágico que nos convierta a todos en Einsteins.
Y como causa democrática, como movimiento de la multitud, el aceleracionismo tecnológico es un producto terrible. El problema es que es una causa buena, una causa prosocial y de orden. No tiene víctimas ni chivos expiatorios. No perjudica ni daña intrínsecamente a nadie. En pocas palabras, es como la defensa contra los asteroides, no como el cambio climático. Nunca jamás verán a manifestantes pegándose al asfalto para conseguir que los gobiernos gasten más en la defensa contra los asteroides. Y no lo verán porque defender el planeta de los asteroides no es un pretexto para causar ningún tipo de daño o perjuicio. Como nadie paga el pato, cualquier victoria carece de sabor. Una causa inofensiva y prosocial es el peor tipo de causa para estimular el thymos aristocrático.
Por su parte, lo de William James es algo así como búscate un trabajo en un barco salmonero en el mar de Bering. Todavía puede usted —a duras penas— conseguir trabajo en un barco salmonero en el mar de Bering. Pero esta cura thymótica no sólo no tiene nada que ver con la tecnología, sino que es lo contrario de la tecnología. Ejem.
A E.M. Forster le gustaría decir unas palabras
La ineficacia de la aceleración tecnológica como cura para la falta de pecho[3] del hombre moderno no es ni mucho menos el mayor problema de la solución tecno-optimista. En realidad, el problema es mucho peor.
No se trata sólo de que la aceleración técnica no sea la cura para el síndrome del último hombre. Es que la tecnología es la causa evidente del síndrome del último hombre. Andreessen está curando el cáncer con tabaco.
Fíjese en la lista de trabajos sucios de James. ¡Lavar los platos, la ropa y las ventanas! La mitad de estos trabajos han desaparecido en las fauces de la máquina. Y ya está claro que, en las próximas décadas, el actual asalto de la IA a los «trabajos de mierda» de cuello blanco pronto se verá igualado por un asalto robótico al trabajo manual, precisamente la herramienta más útil para convertir a niños perezosos y voluntariosos en adultos maduros y eficaces.
William James jamás podría haber soñado con un mundo en el que la mayoría de los humanos fuesen inútiles. A medida que los grandes modelos lingüísticos se convierten en herramientas útiles incluso en las especialidades de investigación más avanzadas, la thymótica punta de lanza de la tecnología, tan emocionante, no hará más que empequeñecerse. No hay trabajo para los chimpancés. Dentro de cincuenta años, puede que no haya trabajo para los humanos con un coeficiente intelectual por debajo de 85. Desgraciadamente, este es aproximadamente el CI medio mundial actual. El aumento del «producto marginal cero» humano es una consecuencia inevitable del avance de la inteligencia artificial.
El efecto nocivo de la tecnología sobre la calidad humana se observa a lo largo de toda la curva de campana. La tecnología es perjudicial para las élites porque elimina la dificultad y el peligro de los «equivalentes morales de la guerra» que son esenciales para la psicología madura del varón humano normal. La tecnología es perjudicial para los que no pertenecen a las élites porque elimina todas las formas en que pueden ser útiles para sí mismos o para los demás, y los convierte en bocas inútiles.
Para cualquier persona formada en economía utilitarista, la idea de que cualquier tipo de aumento de la productividad pueda ser perjudicial es profundamente contraintuitiva. De hecho, existe un precedente del impacto negativo de los avances tecnológicos en las sociedades: el impacto negativo de los descubrimientos de recursos. La «maldición de los recursos» es bien conocida, aunque no bien comprendida.
La consecuencia de un descubrimiento de petróleo es que seis personas pueden meter una tubería en la tierra y producir todo el PIB de la nación. El resultado es que los demás no tienen nada que hacer. Todos los demás tienen que comer, es cierto, pero su forma más fácil de comer es conseguir una parte de los ingresos del petróleo.
Por lo tanto, pasan de los medios económicos de subsistencia, de producir cosas que otras personas necesitan, a los medios políticos, a tomar cosas que otras personas tienen. Los seres humanos aburridos, incapaces de realizar un trabajo productivo y que sólo saben comer tomando lo de otros son la fuerza más peligrosa del universo, especialmente en ausencia de élites thymóticas orgullosas del orden que mantienen. Así es como una fábrica de diez mil millones de dólares acaba incendiada por una lata de gasolina de cinco dólares; y así es como acaban las civilizaciones.
Por eso resulta increíblemente irónico que Andreessen presente la aceleración de la tecnología como la cura para la athymia, la acedia y la anomia del siglo XXI, que en realidad es el resultado de la aceleración técnica. Es lo mismo que curar el sida inyectándose el VIH.
E.M. Forster, en su texto de 1909, tenía una visión mejor del futuro técnicamente acelerado. En su cuento La máquina se detiene, la humanidad es una población de socialités decadentes y sin espíritu que viven bajo tierra en el vientre de una única máquina planetaria gigante, que lo hace todo por ellos. Entonces, la máquina se rompe. Y la gente sencillamente muere.
Hemos aprendido mucho sobre la construcción de sistemas fiables. Pero las personas son frágiles. Los últimos hombres somos especialmente frágiles. Tenemos muchas maneras de morir.
Una vez más, la historia rima
¿De dónde procede esta ideología? Aunque la conexión es obviamente una coincidencia, el tecno-optimismo es una curiosa coincidencia histórica con otra ideología profundamente estadounidense del siglo XX: el trotskismo.
En Literatura y revolución (1924), Trotsky escribió:
A través de la máquina, el hombre de la sociedad socialista dominará la naturaleza en su totalidad, con sus urogallos y sus esturiones. Cambiará el curso de los ríos y establecerá reglas para los océanos. Esto no significa que todo el globo terráqueo se distribuya en cajas o que los bosques se conviertan en parques y jardines. Los matorrales y los bosques, los urogallos y los tigres permanecerán, pero sólo donde el hombre lo ordene. Y el hombre lo hará tan bien que el tigre ni siquiera notará la máquina, ni sentirá el cambio, sino que vivirá como vivía en los tiempos primitivos. La máquina no se opone a la tierra. La máquina es el instrumento del hombre moderno en todas las áreas de la vida…
El hombre, que aprenderá a mover ríos y montañas, a construir palacios populares en las cumbres del Mont Blanc y en el fondo del Atlántico, no sólo podrá añadir a su propia vida riqueza, brillo e intensidad, sino también una cualidad dinámica del más alto grado. El caparazón de la vida apenas tendrá tiempo de formarse antes de volver a estallar bajo la presión de los nuevos inventos y logros técnicos y culturales. ¡La vida del futuro no será monótona!
Narrador: y no lo fue.
Más aún. El hombre empezará por fin a armonizarse en serio. Se esforzará por alcanzar la belleza dando al movimiento de sus propios miembros la máxima precisión, determinación y economía en su trabajo, en su paseo y en su juego. Tratará de dominar primero los procesos semiconscientes y luego los subconscientes de su propio organismo, tales como la respiración, la circulación de la sangre, la digestión, la reproducción y, dentro de los límites necesarios, tratará de subordinarlos al control de la razón y la voluntad. Incluso la vida puramente fisiológica será objeto de experimentos colectivos. La especie humana, el Homo sapiens cuajado, entrará de nuevo en un estado de transformación radical y, en sus propias manos, se convertirá en objeto de los más complicados métodos de selección artificial y de entrenamiento psicofísico.
Puede uno imaginarse fácilmente a Trotsky en el Burning Man:
Es difícil predecir el grado de autogobierno que puede alcanzar el hombre del futuro o las alturas a las que puede llevar su técnica. La construcción social y la autoeducación psicofísica se convertirán en dos aspectos de un mismo proceso. Todas las artes —literatura, teatro, pintura, música y arquitectura— proveerán a este proceso de una forma hermosa. El hombre se hará inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se armonizará, sus movimientos serán más rítmicos, su voz más musical. Las formas de vida se volverán dinámicamente dramáticas. El tipo humano medio se elevará a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y por encima de esta cresta se elevarán nuevas cumbres.
De nuevo aquí los «científicos, tecnólogos, artistas y visionarios más allá de nuestros sueños más salvajes». ¿Fue Trotsky el primer «aceleracionista efectivo»? La vida te lleva a lugares curiosos.
[1] Juego de palabras entre esperanza (hope) y opio (opium).
[2] La tecnología detrás de ChatGPT y otros programas de inteligencia artificial similares.
[3] Se refiere a la expresión de C. S. Lewis citada al principio del artículo, hombres sin pecho (men without chests) que alude a una característica asimilable a la pusilanimidad.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera








