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lunes, 6 de octubre de 2014

Urdiales con los adolfos. Seis muletazos y una estocada. El toreo eterno


 ¡Venga gente!

 ¡Venga gente!
 
José Ramón Márquez

Lo primero, Urdiales, y dejémonos de tonterías.  Hoy el riojano ha firmado en Las Ventas el mejor toreo que uno haya visto en esta temporada -confieso que no ví a Eugenio de Mora en verano y no le puedo comparar-. Hoy Diego Urdiales ha planteado de una manera descarnada la mejor ecuación del toreo de siempre: dos series extraordinarias de naturales puros, encajados, auténticos y una soberbia estocada. Y punto. Con esos argumentos tan perfectos, tan sólidos, se cortan orejas en Madrid, para que luego digan. Seis muletazos -dos de ellos de una hondura y una verdad impresionantes, y una estocada ejecutada a cámara lenta, tomando al toro en corto, marcando tiempos, de la que el toro sale muerto, es lo suficiente para que palidezcan todas las faenillas del olvidado San Isidro, feria del Isidro, todas esas deprimentes puertas grandes de todo a cien, toda la mentira que día a día se enseñorea de la tauromaquia cantada tan falsamente por quienes deberían empeñar su voz y su pluma en desenmascarar el engaño y resaltar la virtud. Todo eso se derrumba como un castillo de naipes ante la rotundidad de dos series de naturales y una estocada, para que luego digan. Y acaso haya más matices que resaltar, tales como la torería y la manera de andar por la Plaza de un torero que no es como todos. Y también se deben señalar sus dudas, su lucha interior en el inicio de la faena, en las primeras series de redondos, la lucha de un hombre que no mata cien corridas al año y tiene enfrente el misterio de la casta y la prevención ante el toro que asusta, y eso acaso exaspere a algunos en el tendido, acostumbrados como estábamos antes a toreros intuitivos que en seguida descubrían las características del toro, porque quieren que se ponga a torear rápidamente y las maneras que tiene el torero de explorar las condiciones del toro -repito: del toro, no de la mona- las interpretan como una cesión prematura, una rendición a lo moderno. Pero una vez que el torero se ha orientado y conoce al toro, cuando el torero se planta frente a la bestia, como decía Felipe Sassone, con la muleta en la izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio, cuando cita ya convencido del cite y guía la embestida hasta atrás y, girando, queda colocado para un segundo natural de más hondura y luego para un tercero que es un monumento al toreo, y ya no queda otra salida que el remate de la serie, entonces se ha producido el milagro del toreo, repetido sin solución de continuidad luego en otra serie imponente, reiterando los mismos argumentos, para hacer saltar en añicos toda la sarta de embustes interesados que día a día hay que soportar sobre que si la pata, el cargamento de la suerte, o el remate del muletazo, embustes orientados a confundir al que no sabe y a enaltecer a los malvados. Y después,  la perfección de la estocada al volapié en la suerte contraria, que te hace saltar del asiento y partirte las palmas a aplaudir a uno que es de verdad lo que anuncia el cartel: matador de toros.

Ahora convendría que se pusiesen a cavilar los que creen que hacen algo por alargar innecesariamente las faenas, los que aburren a las ovejas con faenas kilométricas, los de los cien mil avisos de San Isidro para que se den cuenta de que en el toreo, como en la vida, es preferible lo conciso a lo prolijo y que, cuando se torea con verdad y hondura el quebranto que recibe el toro lo deja ahormado para recibir el estoque, preparado para morir, pues ése -y no el de dar pases sin razón- es el fin de la lidia toda del toro.
Para la última corrida de la Feria de Otoño se anunció una corrida de Adolfo Martín Escudero, con divisa verde y encarnada, para Uceda Leal, Diego Urdiales y Serafín Marín que no se dio completa al lastimarse el quinto de salida. Independientemente de los gustos personales en cuanto a las cabezas, la corrida adoleció de cierta falta de remate, siendo una corrida un poco chica en líneas generales, sin que eso supusiese un significativo  menoscabo en la seriedad del ganado. De los cinco el que se ha llevado la palma de violencia ha sido el cuarto, Madroño, número 47, que se ha enseñoreado del ruedo, ha atacado con rabia al penco de Francisco de Borja, que hacía puerta en el 10, ha hecho pasar las de Caín a Luis Miguel Campano durante la brega y ha acabado enviando a la enfermería a Antoñares, feamente cogido al banderillear. Este toro le brindó a Uceda la posibilidad de que un torero de muchos años de alternativa demostrase patentemente a la cátedra lo que es una faena de aliño, de dominio y de poder, faena de romper al toro y quebrantar sus ímpetus y tumbarle de una de las que él receta, pero se ve que hoy no era el día y optó por salvar el pellejo sin arriesgar ni medio alamar. Peor para él.

El sexto, Baratillo, número 30,  regaló la sinceridad de su franca embestida por el pitón derecho a Serafín Marín. Y de los demás, el único que no dijo nada fue el negrito, el Carpintero, número 95, o sea que la cosecha de Adolfo fue de lo más variada, que es justamente lo que se demanda de una corrida de toros, pues lo que menos se quiere es la aburrida monotonía de todos esos torillos de taurifactory, tan bobos, tan memos, tan colaboracionistas, tan contemporáneos.

***
Y luego, el estrambote. Cuando el Trinidad de turno, que hoy se llamaba Justo, saca el pañuelico verde al Aviadorino, número 11, se nos cae del guindo sin comerlo ni beberlo... the last lisarnasio! Ayer al salir de la Plaza maldiciendo la birria del Puerto de San Lorenzo y a toda la estirpe lisarnera, vía frailuna, al menos nos consolábamos pensando que ya no volveríamos a ver uno de sus detritus ganaderos hasta, por lo menos, el año quince. Y hoy, como una maldición que nos persigue con saña ahí teníamos, en la de Adolfo y por la puerta falsa, al gordinflón que atendía por Curiosón, número 78, bola lisarnasia de sebo y mansedumbre, toro de consenso diríamos, que si don Mariano Rajoy Brey fuese toro a buen seguro que sería como el Curiosón, y que si el Curiosón hubiese tenido a mano algún alto tribunal del que echar mano, de buen seguro que habría recurrido a él, porque lo que el bicho no quería era embestir al trapo ni al bulto y cuando se creía que el torero estaba despistado, salía de naja como quien se va a la China a ver qué pasa por allí. El sainete de Urdiales, tras el fulgor del toreo caro, en pos de la huída del infeliz Curiosón, tan blando en sus modales, tan Ferdinando añorando las florecillas de La Calderilla, nos llevó a pensar que con toda certeza nadie nos libra el año que viene de otras tres o cuatro de este hierro o de sus diversas franquicias. ¡Faltaría más!

Vuelven los Palha

domingo, 5 de octubre de 2014

La corrida de Abellán: una tanda a Cubilón (Peor lo van a tener en Zaragoza con Luque)



José Ramón Márquez

Esto de tener que llegar a Las Ventas a las cinco es un suplicio. No hay manera de que la cosa vaya bien. No sé por qué, pero el caso es que lo de las cinco de la tarde, hora la mar de lorquiana, que debía ser un horario óptimo para aquellos tiempos en que se comía a la una, es algo sumamente inconveniente para estos tiempos nuestros, tan movidos.

Total, que entre la carrera, el agobio y lo alta que está la andanada, cuando llega uno a la localidad echando el bofe parece que viene de correr el maratón de Nueva York y además ya están sonando los clarines para que salga el primero, por lo que nos perdemos el paseíllo y esa tradicional muestra de afecto que consiste en dar una cerrada ovación al espada que se ha anunciado para matar en solitario seis toros, eso que ahora modernamente llaman “encerrona”, aunque a uno lo de encerrona, tal y como lo define la RAE (“Situación, preparada de antemano, en que se coloca a alguien para obligarle a que haga algo contra su voluntad”), le cuadre muchísimo mejor aplicado a lo de ayer con los cuvis que a lo de hoy.

Lo de hoy era el retorno del lisarnasio a su feudo, a estas Ventas del Espíritu Lisarnasio, en las que no paran de echar corridas frailunas del Puerto de San Lorenzo, de La Ventana del Puerto,  de Valdefresno, de todas esas franquicias medio lisardo medio atanasio, de esa calderilla ganadera que, cual mosca pelmaza hipnotizada por la luz de una bombilla, no cesa de venir a Madrid desde los predios del Puerto de la Calderilla. Y todo por no decidirse, si la cosa va de los Fraile, a hablar con Carolina a que mande seis de sus gracilianos como aquellos que hace cuatro años, que también por octubre, les tocaron a El Conde, Luis Vilches y Eduardo Gallo y de los que aún nos acordamos con añoranza, para que no se diga que injustamente echamos a todos los Fraile al mismo saco. El hecho es que entre la grey lisarnasia hoy hubo ciertos matices que se salieron, si cabe brevemente, de la tónica habitual de estos Puerto, como cuando el sexto, Huracán, número 162, apretó violentamente hacia adentro cerrando peligrosamente al torero hacia tablas en el recibimiento con el capote, brindándole al matador uno de los pocos momentos de verdadero lucimiento de la tarde cuando se salió hacia afuera capoteando con mando y firmeza, sin agobiarse por vérselas en tan comprometida situación, o la embestida fuerte e incierta del quinto, Bailador (¡manda huevos!), número 95 en los compases iniciales de la faena de muleta. Poca cosa, dirán algunos, pero que deben quedar reseñadas para que no parezca que el megamix lisarnasio de esta tarde se movió en los mismos deprimentes términos que suele; aunque para cumplir con lo canónico, lo esperado, también echaron al tercero, Burganero, número 118, en la variedad tonto del bote, tan cara para los toreros de la época actual, como para sus palmeros, publicistas y revistosos del puchero en general.

Del torero hay que decir antes de nada que se nos presentó en Madrid vestido de blanco, es decir que Abellán vino vestido de Abellán. Luego hay que decir una vez más que tenemos la firmísima convicción de que hoy en día no hay un solo torero en todo el escalafón que tenga argumentos suficientes como para anunciarse de manera solvente con seis toros, y cuando decimos argumentos suficientes nos referimos a una buena capacidad capotera y al dominio de diferentes lances, a la posesión de una tauromaquia larga y variada y a ser un gran estoqueador. Volemos como el abuelo Cebolleta hasta la inolvidable Beneficencia de Paco Camino de 1970, con toros de diversas ganaderías (Miura incluido), o al imborrable recuerdo de Antonio Bienvenida, que es el torero que a uno siempre se le viene a la cabeza (por su conocimiento, su maestría, su torería y su clase) cuando se habla de seis toros para un solo matador, para comprender lo lejos que estamos con Abellán de lo que se espera en una ocasión como ésta. En cualquier caso, reseñemos que el de Usera, en el segundo, en la primera tanda de redondos que le instrumentó, se aproximó si cabe brevísimamente a lo que buscamos en los toreros y, por un momento, hizo concebir esperanzas en que lo mismo ése sería el derrotero de la tarde. Fue esa primera tanda a Cubilón, número 65, el único fulgor de toreo de verdad que se vio en la tarde entera. Luego el matador optó por echarse a lo moderno y como el toro iba y venía, el tío optó por no cortarse en tundirle a mantazos a la juliana manera, aunque menos encorvado que el de San Blas, y la gente tan feliz se puso a bramar como si hubiese resucitado Lagartijo el Grande. O sea que, cuanto peor lo hacía el torero, más le aplaudían. Los mismos argumentos de toreo light y falto de compromiso aplicó Abellán en su relación con el tercero, la breva boba antes reseñada, y ahí estuvo casi a punto de enderezar la tarde en la cosa orejera -pues parece ser que eso es lo importante-, hasta que un deficiente uso del acero le privó de la pañolada blanca que le tenían preparada. Si en el segundo dio una serie medio enfrontilado al toro y rematando atrás, como se dijo, en el tercero optó por ni intentarlo, pues se ve que el hombre se había dado cuenta de que todas esas tonterías del cruce, el remate y la ligazón no le importaban a casi nadie.

Apenas queda nada más reseñable de la tarde de Abellán con seis toros en Madrid,  y como el que no se consuela es porque no quiere, pensamos que la cosa podría haber sido peor, acordándonos de los amigos de Zaragoza que tienen en los carteles a Luque con otros seis. ¡Que Dios les coja confesaos!

sábado, 4 de octubre de 2014

Finito en Madrid. ¡La que lió don Fernando!

Albero de estreno

José Ramón Márquez

Primera corrida de toros en la Feria de Otoño. Los esmerados empresarios que atesoran la taquilla de Madrid, esos Choperón Father & Son, imagino que con la aquiescencia de ese divertido layetano llamado Abella, que no debe ser confundido con Abejas, y a quien todos sus seguidores conocemos como Abeya, idearon como plato de gusto un cartel con dos de los triunfadores de San Isidro y un casi triunfador de The Maestros para dar cuenta de un encierro de la que fue ganadería fetiche hasta no hace tanto del Fool on the Hill de Galapagar, quien llegó incluso a indultar la vida de un toro de esa vacada, el recordado Idílico, padre genésico, señor de las adelfas, visir de El Grullo hasta su extraña muerte, nunca bien aclarada.

La apuesta de la tarde era de lo más segura. Bien es verdad que el aficionado de número, que siempre anda con la mosca tras de la oreja, comentaba en corrillos y correos que a ver qué toros era capaz de traer Cuvillo a Madrid, de si le pasarían la corrida en caso de traer lo característico de la casa y que a ver si a los toreros de las fáciles orejas de mayo, baratas puertas grandes, no se les iban a tornar las cañas en lanzas.

La cosa, por la parte ganadera, se disipó nada más que salió el primero, un grandón que atendía por Polvorillo, número 41, de 11/08, o sea que tenía un puñado de años. A Polvorillo lo protestaron con saña hasta los más pastueños espectadores capitaneados por nuestro Don Fernando, y no le protestaban porque se cayese deslomado o derrumbado, sino porque se veía que el animal estaba aquejado de obesidad mórbida y para él era un sufrimiento darse una simple carrerita. Las gentes, sin atender a los sentimientos de Polvorillo, le denostaron y clamaron al Trinidad del palco -hoy se llamaba Julio, al parecer- por que echase al toro al negociado de don Ángel Zaragoza, eficiente puntillero al que los peones no dejan cumplir su misión en la Plaza. El Trinidad mantuvo al bicho y a cambio el bicho se mantuvo en sus trece del deslome y el trote cochinero. Todos contentos, pues. El resto de lo que vino después siguió un guión en el que había un poco de intriga, pues como cada toro salía de su padre y de su madre en conformación física, capa, peso y cabeza parece que se miraba con atención a la puerta que custodia el heredero del Buñolero, don Manuel Pérez Moreno, para ver qué prodigio o invención ganadera asomaba la jeta al abrirse el portón, y así salieron toros de diversas topografías, unos más grandes, otros más gordos, otro anovillado que se tapaba por la cara, y de diversos guarismos, el 8 ya explicado antes, y también el 9 y el 0, para que no se diga. Saldo ganadero que demuestra a las claras lo difícil que debe haber sido para Cuvillo juntar esta redada de seis para Madrid.

La verdad es que los toros no han dado mucho de qué hablar en cuanto a méritos propios. Los cuvis, aquejados de blandura que lo mismo era tendinitis, lo único que han conseguido es que los picadores se hayan llevado el sueldo a casa currando más bien poco. En cualquier caso digamos que la corrida no se dio ni mucho menos entera con los cuvis anunciados, ya que varios de  ellos, el segundo, el quinto y el sexto, fueron sacados de la Plaza por los bueyes. Deleznable corrida de Núñez del Cuvillo, pues, representada perfectamente por el cuarto, un castaño listón con el número 146 a quien bautizaron premonitoriamente con el nombre de Espantoso, como espantosamente tediosa fue la presencia en el ruedo de los hijos de Idílico.

La terna se componía de Juan Serrano, Iván Fandiño y Manuel Luque: Sabadell, Orduña y Gerena.

De Juan Serrano recuerdo que, a principios de la temporada, dijo Vicente Llorca que este año había que seguir al Fino. Yo no le hice caso, pero me acordé de su profecía esta tarde cuando Finito dio en el recibo de capote a su segundo la más plástica y pura interpretación de toreo a la verónica que se ha visto en toda la temporada en Madrid. Ha sido una sola verónica por el lado izquierdo, un cartel de toros -de cuando los carteles los hacían pintores aficionados a los toros-, una fugacísima visión del toreo más caro, más exquisito y más inspirado que verse pueda, con la suerte cargada, embebiendo la embestida del cuvillejo y con toda la gracia toreadora, que es un don que Dios da a quien le da la gana en su infinita sabiduría. La verdad es que la cosecha así vista es algo magra, pero vale más una buena de verdad que los cien mil trapazos de todas las tardes. Al Fino, se ve que por no desentonar, los del programa le hacían acreedor de una oreja en su única actuación madrileña del año 2013. Digamos que es una mentira piadosa puesta ahí por vaya usted a saber  qué razón.

Iván Fandiño ha toreado mucho este año por todas partes y no sé si eso es lo mejor para su carrera -carrera, no cartera-, pues da la sensación de estar sin ideas y muy espeso. Si su primero fue un auténtico juampedritis que sustituyó al cuvi, más tonto que Pichote como corresponde a su deleznable cuna, y que encima se paró en la fase muleteril, su segundo, un sobrero bis de El Torero que a su vez sustituía a un impresentable mulo de Fermín Bohórquez que ha conseguido poner de acuerdo a toda la Plaza, espoleada por la firneza de Don Fernando, en que ese bicho debía irse de vuelta a los corrales, ha sido el toro de la corrida y el que ha dado la medida perfectamente del momento de Iván Fandiño. El toro, Lince, número 47, era un toro muy del gusto de Madrid, demandando el cite de largo y con ganas de galopar. Cantó sus bondades casi desde que salió al ruedo, acudiendo dos veces con alegría al caballo. Fue muy bien lidiado por Pedro Lara y muy bien banderilleado por Miguel Martín a cuyo cite acudió codicioso, y ahí ya se atisbaron las que serían las grandes cualidades del toro: su tranco alegre, su bonita embestida y el ceñirse un poco en el viaje. Sin echar cuentas de las condiciones del toro y sin plantearse generosamente que podía lucirle y lucirse armó su faena en una sucesión de pases muy insulsos buscando la cercanía, que no es precisamente lo que el toro demandaba. Se le fue el toro, sin paliativos.

Luque, cuyo padre en cierta ocasión me invitó generosamente a un café, lleva como capote el velamen del Eagle, buque escuela de los guardacostas norteamericanos, y yo creo que esa cantidad de percal, que viene fenomenal para hacer una tienda de campaña, no es buena para que nazca el toreo bueno de capa. Por ahí anduvo Luque con su capotón haciendo sus cosas, como corresponde a un triunfador de San Isidro y luego pilló el muletón, que también es un rato grande y, acaso recordando lo bien que le trataron los de la solanera, se fue allí a ver si enjaretaba una faenilla con la que rebañar otra olvidable orejilla. Esta vez no pudo ser. Del sexto no puedo decir nada porque me largué de la Plaza al morir el quinto, que teníamos que ir a Fuenlabrada a ver a Rubén Nieto pelear por el título de Europa del super ligero, por lo que pido las debidas disculpas a la parroquia. Y al llegar a Fuenlabrada...

Fuenlabrada

 Don Fernando liderando las protestas de la tarde

 Si el aficionado tuviera una escoba...

 Los donuts

 El nido de Abella

 Aires del Sur

 Toro arreglado

 Los Notas del palco

 El toro que arruinó a Fandiño

 Luque Jr., Simón Casas y Luque Sr.

 Puerta de salida de Las Ventas en el momento en que Luque,
 triunfador de San Isidro, iniciaba la lidia del sexto

 Pies, para qué os quiero

 El barbecho venteño

La primavera en Manuel Becerra

viernes, 3 de octubre de 2014

La novillada de Fuente Ymbro. Jarra (de Juan Pedro) y pedal (de Más de lo Mismo)


José Ramón Márquez

Lo normal en esto de los toros, lo que vemos día a día en los medios de comunicación, es echar la culpa a los toros del mal resultado de una tarde. La verdad es que no sé cómo se aguantan los ganaderos (¿ganaduros?) con tanto insulto e imputación, pero lo cierto es que día sí, día también, la culpa de las cosas cuando éstas no han andado bien para el coleta se va directamente al de negro, que ni puede defenderse por hallarse a esas horas sus canales colgando de un gancho en una fría cámara, ni encuentra amparo alguno en los que le criaron, le echaron los piensos, le pusieron las funditas, y le hicieron los saneamientos y otra porción de cosas, algunas ciertamente inconfesables.
 
Decir que la corrida salió mal porque los toros no “colaboraron”, o “fueron a contraestilo”, o “reponían” o “no reponían” (pido disculpas porque en esto de la reponeduría aún no he llegado a saber qué es lo óptimo para nuestros dilectos revistosos), es lo de todas las tardes en todas las ferias; decir que frente a las condiciones que demuestra el toro, sean las que sean,  se encuentra un tío que no hace otra cosa que entrenarse y que debería aplicar su inteligencia, sus conocimientos y su experiencia en resolver los problemas relativos al colaboracionismo, el estilo o la reposición es algo absolutamente inusual, porque para la moderna crítica el problema siempre lo tiene el toro. Es mucho más fácil y, además, te evitas el que un deudo del torero te meta un susto una noche en un solitario callejón de Sevilla.

Sentado queda, pues, que la culpa ha sido del ganado. Y ahora expliquemos que dicho ganado era de la vacada de Fuente Ymbro, que es ganadería que gozó del favor de la afición como ganadería “torista” y como prueba de que puede haber Domecq -Jandilla en este caso- que sean capaces de sacar los pies del tiesto. Yo, en general, ahora estoy más en pensar que la fiereza de los Ymbro sólo demostraba la torpeza ganadera de su criador, pues creo que nadie que ame la casta, la fiereza, la bravura -la que nos enseñaron, no ésta que dicen ahora, que eso ni es bravura ni es ná-, sea capaz de ir a comprarse unas vacas y unos sementales de Jandilla, qué merendilla, y que si los FY salían de aquella manera es porque su amo no sabía qué hacer para que saliesen en plan “artista”, que es el summun del domequismo. Mientras aquello medio duró, el ganadero, el hombre, se dejó querer, pero ahora ya van cayendo del guindo más de uno y más de dos al ver que esto de FY es una birria de tomo y lomo, ganaderamente hablando. Hoy, en esta primera corrida de la Feria de Otoño ( o de hasta el moño) han traído a Madrid cinco negros y un castaño, como quien dice una escalera, unos de su padre y otros de su madre, pero que no se comían a nadie. Torillos de ir y venir, de un sustito sin venir a cuento  y de un tío enfrente con las ideas claras y con las ganas de reventar la tarde, que es lo que habría arreglado la tarde, pero eso no ocurrió.

Algo tendrán los Choperón Father & Son con estos Fuente Ymbro, porque si no recuerdo mal es la tercera vez que se anuncian en Las Ventas este año. Una corrida de toros que no pasó entera y una deplorable novillada han sido argumento suficiente como para repetir en otoño la misma ganadería, que a mí me da lo mismo, pues hay que pagar el peaje de domequitis y eso es así, pero que a ver si por esta tontería se van a enfadar los Fraile, viendo que les sale uno por ahí al que los Choperón le quieren más que a ellos, o que recibe mejor, vaya usted a saber.

De los toreros, muy poco que decir. Que Gonzalo Caballero se vistió de purísima y oro, que planteó un inicio de faena en distancia y con personalidad y que mató bien a su segundo. Eso por la parte de lo bueno, y por la otra, su toreo despegadísimo, su falta de compromiso y la percepción de que tampoco él va a ser ese torero que Madrid necesita como el respirar no es ni mucho menos la buena nueva para los que hemos creído atisbar en Gonzalo Caballero ciertos modos y formas que evocan al toreo que más nos gusta. O le están quitando el alma o él mismo se ha dado cuenta de que además del de la ortodoxia hay otro camino. El año próximo tomará la alternativa y el torero que  hoy hemos visto es, simplemente, uno más.

Borja Jiménez, nuevo en la Plaza, es de Espartinas, con lo que eso significa. Y dado que en Espartinas vio la luz uno de los toreros que con más ahínco han sembrado la mies que ahora se está recogiendo en todas las Plazas, todas las tardes, sería una extremada falta de tacto que el buenazo de Borja se pusiese a torear como uno del barrio de San Bernardo o de Camas, por lo que Jiménez se ha aplicado en demostrar a los que estábamos en el tendido que es absolutamente como todos, que no tiene nada nuevo ni viejo que decir y que lo mismo que estuvo hoy en la Plaza, podía haber estado su hermano o su primo. Bienvenido sea, pues, otro más.
 
Francisco José Espada fue el tercero en liza esta tarde. El fuenlabreño ni progresa ni adecuadamente. A ver si sus mentores le explican cómo va esto de los toros, que cada uno de ellos puede darle una distinta visión de la dureza de este oficio de torero y revelarle el secreto de que en el toro sin una personalidad definida sólo eres uno más.

Curro Robles por el simple hecho de correr el toro a una mano, escuchó los más sinceros aplausos de la tarde.