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sábado, 21 de septiembre de 2024

La Nueve, el mito más tonto de los republicanos españoles



David Román


Las manipulaciones históricas sobre la Liberación de París por los aliados el 25 de agosto de 1944 retornan anualmente como las golondrinas, y no hay ninguna que sea más tonta que el mito de La Nueve, la unidad compuesta por republicanos españoles que fue presuntamente decisiva en la toma de la ciudad.


En estos casos, es mejor ir al grano: la contribución de los exiliados republicanos españoles a la derrota del nazismo fue entre minúscula e infinitesimal, y el hecho de que una compañía de republicanos españoles marchara en lugar prominente por la Avenida de los Campos Elíseos durante el primer desfile de la Liberación es una pura casualidad.


Entendamos que “La Nueve”, la famosa compañía, era la novena compañía del Tercer Regimiento de Chad de la Segunda División acorazada del ejército francés. Es decir, un grupo de tanquetas al mando de oficiales franceses, manejadas por republicanos españoles que se unieron al ejército francés después de que la División luchara contra los alemanes en la dura y difícil campaña de Normandía, a tiempo para avanzar sin mayores problemas hacia París mientras el ejército nazi se replegaba hacia la Línea Sigfrido de defensa más allá de la capital.


Hitler había ordenado la defensa de París hasta el último hombre, incluyendo la destrucción de puentes para dificultar la entrada de tropas enemigas. Pero ni los escasos defensores alemanes que quedaban en París estaban muy entusiastas, ni una ciudad hostil y plana con un enorme perímetro defensivo, llena de monumentos por todos apreciados, era un lugar muy prometedor para establecer una posición fortificada.


Algunas unidades de la Segunda División francesa (con La Nueve) fueron las primeras de todas las aliadas en entrar en la ciudad, pero todo esto fue mayormente un montaje propagandístico. El alto mando aliado había ordenado que todas sus fuerzas esperaran, pero era fundamental para Charles De Gaulle –el líder de la Francia Libre– que fueran franceses los que aparecieran liberando su capital, con lo que se colaron antes que nadie, dispararon unos cuantos tiros y quedaron envueltos en gloria ficticia para eternidad.


Los intereses propagandísticos siguieron primando en el momento del primer desfile de Liberación, el 26 de agosto. Como corresponde a un regimiento de Chad, casi todas las unidades del tercero eran sub-saharianos y ni el alto mando francés ni los estadounidenses querían que aparecieran los primeros en las fotos de la Liberación. Así que, por puro racismo y conveniencia, pusieron a los menos de 200 soldados de La Nueve en sus tanquetas por delante, para eterno éxtasis del republicanismo español.


Todo esto es bien sabido y lo ha sido desde siempre; los detalles sobre el tira y afloja para sacar a los subsaharianos de la foto son explicados en este ensayo de 2016 en el New York Review of Books. Yo entiendo que la propaganda a favor del republicanismo español tiene que agarrarse a cualquier clavo ardiendo, dado que, cuando hablamos de las dos repúblicas, hablamos de dos de los regímenes más incompetentes y patéticos no ya de la historia española, sino de la europea. Pero no olvidemos que en La Nueve había unos 140 españoles. Y en la División Azul lucharon 45.000 a favor de Hitler.


Dado que afrontamos el 80 aniversario de la Liberación este año, y el ruido mediático será incluso algo mayor y más irritante de lo habitual, les dejo con un detalle más sobre la mitología en torno al evento.


Después de la guerra, el comandante alemán Dietrich Von Choltitz fue apodado el «Salvador de París» tras la publicación de sus memorias de 1951 De Sebastopol a París: un soldado entre los soldados, en las que afirmaba haber hecho el llamado, desobedeciendo las órdenes de Hitler. Órdenes que pedían el incendio y la destrucción de la ciudad.


La afirmación de Choltitz, al mando de las tropas en París, se volvió popular e indiscutible, a pesar de ser un montón de mentiras: la realidad es que colocó explosivos en algunos edificios y puentes estratégicos como se le había dicho que hiciera, pero el rápido avance aliado probablemente dejó poco tiempo para activar cualquier tipo de plan de destrucción coordinado.


No está realmente claro que Hitler jamás ordenara destruir la ciudad. Sin embargo, una escena de la película de 1966 Is Paris Burning?, en parte basada en sus memorias, muestra a soldados nazis llevando cajas de explosivos a la Torre Eiffel.


La historia se embelleció aún más con los años, y en la película de 2004 Diplomacy, se le atribuye al cónsul general sueco Raoul Nordling haber persuadido a Choltitz para que perdonara a París, una afirmación sin base histórica: como explicó el propio director de la película, Volker Schlöndorff, “todo, o casi todo, es ficción» en Diplomacy. Algo parecido puede decirse sobre la mitología de los republicanos españoles.


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jueves, 8 de agosto de 2024

Nixon y la estafa Watergate (Hoy se cumplen 50 años de su dimisión)




David Román


El edificio Watergate es un mazacote medio feo en el centro de Washington, no muy lejos de la Casa Blanca, que se convirtió en mítico cuando un grupo de espías y medio-espías contratado por gente afín a Richard Nixon fueron pillados tratando de poner micrófonos para espiar a los enemigos políticos del entonces presidente.


El absurdo del tema está bien reflejado en una serie reciente en la que el líder del grupo, E. Howard Hunt, está tomando unas copas en aquella época, y se vanagloria de trabajar en la Casa Blanca. Un tipo de rango mayor le corrige:


“No trabajas en la Casa Blanca, Howard, trabajas en el EOB,” dice el tipo, irritado.


El Executive Office Building (EOB) es un edificio hermoso justo a la derecha (oeste) de la Casa Blanca, atractivo para los turistas, que le hacen fotos sin saber que aloja a todo el personal que sirve el complejo presidencial pero no tiene suficiente nivel para que les dejen estar siquiera cerca del presidente: es decir, en la propia Casa Blanca, de la que está separado por una valla e infinitas medidas de seguridad.


Que Nixon —de cuya famosa dimisión se cumplen 50 años el 8 de agosto— acabara siendo el único presidente estadounidense de la historia en efecto destituido, y lo fuera por la ridiculez de lo que se llamó el Caso Watergate y los panas del EOB merece una explicación concisa.


Espiar a los rivales políticos con las herramientas del Estado es más viejo que el mear. El CNI de la época de Felipe González sólo dejó de espiar a Alianza Popular cuando se convirtió en Partido Popular, y a partir de ahí espió al PP. John F. Kennedy y Lyndon Johnson, predecesores de Nixon, espiaban a sus rivales republicanos con regularidad, y el FBI a todo el mundo.


¿Recuerdan el escándalo de hace unos años, cuando unos ex compañeros míos en el Wall Street Journal montaron el llamado Dossier Steele, que alegaba que a Donald Trump le meaban encima prostitutas rusas? Todo eso fue solo una excusa para que la administración Obama pudiera ordenarle al FBI que espiara abiertamente a Trump y sus ayudantes, en lugar de tener que hacerlo en secreto.


Fue, de hecho, Nixon quien retiró el sistema de grabación que había instalado su predecesor en el Despacho Oval de la Casa Blanca, indignado por la obvia ilegalidad del sistema; aunque luego lo repuso cuando decidió que podía usarlo para tomar notas que luego usaría en sus memorias (pésima idea: el sistema fue después usado contra él en la investigación del Watergate).


El Caso Watergate fue un entremés cervantino con moralina. Desde el primer momento, la idea de los periodistas de izquierdas que aborrecían a Nixon y que se lanzaron a investigar el tema fue crear una imagen de gobierno autoritario fuera de control enfrentado a dos periodistas jóvenes y decididos y un periódico valiente. Esto está muy bien para Hollywood, pero no fue lo que ocurrió.



Lo que ocurrió es que gente del FBI decidió utilizar al Washington Post para filtrar información con el fin de destruir al presidente, y el Post, en la milenaria tradición periodística, se presentó voluntario para hacer la tarea y vender muchos más ejemplares. Ahora sabemos que el misterioso “Garganta Profunda” de la película “Todos los hombres del presidente” fue Mark Felt, ejecutivo del FBI mosqueado con Nixon porque no le hizo jefe de la institución.



Mark Felt


La auténtica historia del Watergate debería ser una reconsideración del papel de la prensa en capitales como Washington, cuando es utilizada como conducto para las filtraciones de información secreta mientras se protege a los filtradores y, por lo tanto, los motivos de los filtradores, en lugar de ser honesta con los lectores. La relación simbiótica entre periodistas y facciones políticas es la historia del Watergate, pero esa historia no interesa.


Fíjense que el Post sabía que el FBI había espiado al presidente (los periodistas y sus editores sabían que la fuente era Felt). ¿No era esa historia, una historia en la que el “hombre más poderoso del mundo” es espiado por su propia organización de inteligencia nacional, mucho más interesante?


En su libro de 2012 Leak: Why Mark Felt Became Deep Throat (University Press of Kansas), el veterano periodista Max Holland, experto en Watergate, presenta a Felt como una fuente mentirosa, manipuladora y oportunista, que en ocasiones desinformó deliberada y repetidamente a los periodistas del Post.


Al mismo tiempo, Holland desmonta otro mito del Watergate: el periódico estuvo siempre por detrás de la investigación oficial del FBI sobre las escuchas en el edificio. Esta investigación, independientemente de la cobertura periodística, probablemente habría servido para tumbar a un Nixon con muchos enemigos en Washington que solo buscaban una excusa para quitárselo de encima.


Hay que tener en cuenta que uno de los problemas que tuvieron los fiscales cuando les llegó la causa fue descubrir un delito subyacente, ya que nadie parecía tener pruebas de que Nixon hubiera ordenado poner las escuchas (aunque lo hizo). Eventualmente, fue la socorrida acusación de obstruir a la justicia, que no tuvo nada que ver con los reportes del Post, la que tumbó al presidente en 1974.


Todo el Caso Watergate apesta a apaño en todas direcciones. Una de sus curiosidades es que el gran héroe que surgió de las audiencias públicas sobre el caso fue Sam Ervin, presidente del Comité Judicial del Senado. Toda la prensa de izquierdas le adoraba.



Ervin se convirtió en la figura perfecta para un documental sobre Watergate: un senador mayor, de aspecto respetable, que hablaba con contundencia sobre la violación de los principios fundamentales de la democracia, y cómo hasta aquí habíamos llegado y cómo no estaría dispuesto a que se siguiera pervirtiendo la legalidad.


Ervin era mayor, como Biden es mayor: nacido a finales del Siglo XIX, tenía 80 años cuando Nixon dimitió. Pero, como Biden, había sido joven un día: en 1954, antes de cumplir los 60 años, redactó el Manifiesto del Sur, un texto que instaba a los cargos electos de los estados sureños a rechazar la famosa decisión del Supremo estadounidense en el caso Brown contra la Junta de Educación, y que fue firmado por la gran mayoría de congresistas sureños de la época.


Esa decisión de 1954 fue la primera que instaba a abolir la segregación racial en las escuelas estadounidenses. Así que, ahí lo tienen: el gran héroe de las audiencias televisadas del Watergate era un segregacionista racial acérrimo que trató de organizar un golpe contra el poder judicial.


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miércoles, 10 de abril de 2024

Los orígenes del movimiento Woke


Richard Nixon


David Román


Varios libros de calidad han sido publicados en fechas recientes explicando la curiosa evolución del movimiento woke que salió de EEUU a finales de los 2010s y ha infectado a todo occidente desde entonces. El mejor de los que he leído es The Origins of Woke, de Richard Hanania.


En este libro, Hanania se centra más en los mecanismos políticos y legales, como explicación para el surgimiento de lo woke, que en los fundamentos filosóficos del movimiento, sus ideales y proclamas. Esto es clave porque el ideario woke —la base de la teoría de género, el movimiento trans y el nuevo racismo basado en medir el tono de piel para distinguir entre explotadores y explotados— se ha convertido en la excusa intelectual de la clase transcontinental de Davos para imponer su Agenda 2030, y probablemente será la base del programa electoral del PP para las próximas elecciones, al paso que vamos.


Hanania, comentarista y analista político, ha ganado prominencia en años recientes con una visión sobre el conservadurismo moderno que podría definirse como “de vaso medio lleno”, que contrasta con el pesimismo de muchos otros en la derecha y el centro-derecha estadounidense.


Cuando hablamos sobre su libro, hace unos días, hizo mucho hincapié en su optimismo subyacente, a pesar de todos los recientes pesares. Es fácil pensar que EEUU es una sociedad histérica dividida racialmente, sostiene Hanania, pero la realidad es que es un país donde la dialéctica racial básicamente enfrenta a una minoría difícil de asimilar y obsesionada por agravios ancestrales, los afroamericanos (tradicionales votantes de la izquierda demócrata), y el resto.


«Creo que para la mayoría de los estadounidenses la raza no es un factor importante» explicó. “Éste es el caso para la mayoría de los estadounidenses de todos los orígenes. Quiero decir, puedes ir por ahí, si prestas atención a la política estadounidense, mirar a la gente de derecha, mirar a la gente de izquierda. Y verás todo tipo de personas de todos los colores y orígenes étnicos defendiendo la posición de derecha o la posición de izquierda”.


Este optimismo se basa en datos objetivos (en los últimos años ha habido, aunque sea de forma marginal, un cierto freno a la tendencia anterior que llevaba al Partido Republicano a ser el Partido de los Blancos, con los Demócratas como Partido del Resto) y en una visión muy incisiva y bien informada sobre los orígenes del movimiento woke.


Hay un punto clave en el libro de Richard, que no estoy seguro de que haya sido suficientemente apreciado por los muchos comentaristas que han escrito sobre él. Existe una crítica muy poderosa y común procedente de la derecha estadounidense al sistema democrático actual: que el sistema es fundamentalmente injusto e incluso falaz si la burocracia actúa en contra de las intenciones explícitas de los políticos electos que son sus jefes, en lugar de implementar las plataformas por las que fueron elegidos.


Esto, obviamente, es lo que ocurrió durante la presidencia de Donald Trump, con el aumento de una “resistencia” dentro de la burocracia que frustró los intentos (seamos realistas, a menudo bastante torpes) de implementar medidas derechistas por parte del gabinete de Trump y del propio presidente.


Esta resistencia publicó un editorial anónimo en el New York Times confesando que existía, así que el problema es real. La objeción de Hanania es que es mucho menos grave de lo que parece: uno de los argumentos centrales del libro es que, históricamente hablando, la resistencia o deriva burocrática no ha sido un factor significativo en el triunfo de las visiones progresistas en la administración.


 The Origins of the Woke explica con todo lujo de detalles cuántas medidas basadas en género y raza se implementaron desde los 1960 en contra del deseo de amplias mayorías del electorado, sí, pero con un amplio apoyo bipartidista, o al menos con un grado significativo de aceptación republicana para tales medidas.


La pieza clave de derechos civiles, sobre la que se construido toda la legislación woke como un cáncer monstruoso, es la Ley de Derechos Civiles de 1964, que nunca definió los términos que utilizaba para referirse a grupos protegidos y discriminados. Eso se hizo más tarde, principalmente a través de órdenes ejecutivas, la burocracia y los tribunales —pero siempre con apoyo, o al menos connivencia, bipartidista.


A los pocos años de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, el gobierno estadounidense ya estaba exigiendo que los empleadores dividieran a las personas por raza y sexo, dando preferencia a grupos supuestamente desfavorecidos e incluso trazando distritos electorales de manera que legitimaran el tribalismo.


Estos políticos, burócratas y jueces decidieron que la discriminación no tenía que ser explícita, ni siquiera consciente, y que es un pecado cometido no contra individuos sino contra «clases» de personas con derecho a interponer acciones colectivas: como se ha visto con las leyes de género y de “odio” en España, estas normas crean responsabilidad legal independientemente de la intención, circunstancias e incluso actos del presunto criminal. Sirve con haber vulnerado el tabú que se invoca.


Para Hanania, la ideología no surgió de las universidades, como vienen a sugerir Helen Pluckrose y James Lindsay en un libro similar: fue el gobierno quien obligó a universidades prestigiosas como Columbia y Berkeley a adoptar la contratación de profesores basada en cuotas raciales a principios de la década de 1970. Escribe Hanania: “Primero vinieron los mandatos del gobierno y después la ideología”.


Una posible excepción a esta tendencia, sostiene Richard, es la administración de Richard Nixon, durante su mandato entre 1969 y 1974. Nixon habría sido el único presidente que, aún siendo hostil al ascenso woke, no vio el monstruo que su propia administración estaba creando:


“Nixon nunca se llegó a enterar de lo que estaban haciendo. Es en la década de 1980, el momento en que Reagan llega al poder, cuando los conservadores realmente están haciéndose fuertes y reforzando el ala derecha del Partido Republicano. Y Reagan nombra a personas que son conservadoras en materia de discriminación racial y otras cuestiones de derechos civiles. Quiere hacer cosas, pero el Partido Republicano aún no está con él”.


Ésta es la idea central de Hanania, realmente: “No fueron los mandarines de la burocracia, sino los representantes electos, los que frenaron la agenda de Reagan. Y así la elite republicana quedó dividida y hubo verdaderas batallas”.


Sin embargo, eso era la década de 1980 y las cosas han cambiado, añade Hanania. El Partido Republicano se ha desplazado hacia la derecha incluso desde antes de Trump; un candidato centrista como Mitt Romney sólo pudo ganar la nominación republicana (en 2012) sonando mucho más radical de lo que era.


Hoy en día, en EEUU hay una perspectiva republicana sobre estas cosas que es unificada y no sólo sobre la ley de derechos civiles, sino sobre todo tipo de cosas, explica Hanania.


Ésta es, de hecho, una de las razones por las que The Origins of Woke es un libro fundamentalmente optimista. Hanania cree que las elecciones importan, que votar no es una pérdida de tiempo en un juego amañado y que un congreso republicano con un presidente republicano puede empezar el proceso de deshacer todo lo malo que se ha hecho durante años. Esperemos que lleve razón.


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jueves, 8 de junio de 2023

Treinta años de Waco


David Koresh

 

David Román

 

El 19 de abril de 1993, el FBI y la policía estadounidense asaltaron un complejo residencial donde se había escondido un grupo de forajidos cristianos armados hasta los dientes. Como resultado del asalto, la mayor parte de éstos resultaron muertos y todo el mundo en la región de Waco, Texas, durmió más tranquilo en años venideros.

Ésa, al menos, es la historia que les han estado contando durante tres décadas. Es una historia simple, sin mayores complicaciones, que solo tiene el inconveniente de ser mentira, y además ocultar cómo aquel incidente empezó a resquebrajar el consenso político en el que se había basado la república estadounidense desde la Guerra de Secesión.

Para percibir las implicaciones del asalto de Waco, hay que entender el panorama político-legal en EEUU en la década de los 1980. Una combinación desastrosa de medidas progresistas para vaciar prisiones y manicomios, y convertir a la minoría afroamericana en un bloque agradecido de votantes “pan y circo” del Partido Demócrata, había llevado a un aumento masivo de la delincuencia que elevó a la presidencia al republicano Ronald Reagan, con promesas de mano dura contra el crimen.

En lugares como Texas e incluso bastiones progresistas como California y Nueva York, similares políticos con similares propuestas llegaron al poder e incrementaron los presupuestos y atribuciones de la policía y FBI, que se llenaron de veteranos de la guerra de Vietnam y material excedente de la guerra.

(...)

Los davidianos estaban siendo investigados por la ATF, una agencia federal que compite con el FBI por fondos y poder. La investigación era del todo absurda y centrada en la compra de granadas militares vacías (sin carga explosiva) por parte de los davidianos y la conversión de rifles semiautomáticos en rifles automáticos sin pagar el (pequeño) impuesto correspondiente.

(...)

Mientras, el FBI estaba investigando por separado a un buscavidas que había logrado embaucar a los davidianos y convertirse en líder del grupo, llamado David Koresh: un charlatán pedófilo que había embarazado a varias menores en el complejo. En lugar de detener a Koresh en un supermercado o en un banco del pueblo, donde acudía con frecuencia, la ATF informó al FBI de que prefería apuntarse un tanto y lanzar un asalto al complejo davidiano, ante las sospechas (que alguien se había inventado) de que el grupo tenía un laboratorio oculto para fabricar drogas ilegales.

El primer asalto de la ATF, con poca experiencia en operaciones complejas, resultó en un caótico tiroteo que resultó en la muerte de varios agentes y davidianos, y dejó el complejo rodeado por la policía. Durante las semanas siguientes, el asedio de Waco se convirtió en la principal noticia en EEUU y en el mundo, al ser televisado casi en directo y contener múltiples momentos tragicómicos.

Koresh, quien apenas había acabado la secundaria, se erigió en figura mesiánica. En televisión, le resultó fácil presentarse como líder de la resistencia cristiana contra un estado opresor que había rodeado a un grupo de gente pacífica con no menos de 16 tanques, incluyendo dos Abrams de combate como los que recientemente habían liberado Kuwait de una invasión iraquí.

Para sorpresa de los davidianos, el FBI se aburrió de negociar a finales de abril y lanzó un asalto armado por sorpresa, con armas de fuego y gas tóxico, que acabó con la muerte de 82 davidianos, incluyendo 28 menores de edad y el propio Koresh

(,,,)

Por otro lado, las repercusiones entre las agencias estatales de seguridad que manipularon la investigación del caso, mintieron, engañaron y finalmente asesinaron a decenas de cristianos inocentes fueron completamente inexistentes. Hasta ahora.

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