Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red / Martín-Miguel Rubio Esteban. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red / Martín-Miguel Rubio Esteban. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2026

Hacia doscientos cuarenta años de Constitución americana




Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

El Imparcial


Hace unos doscientos cuarenta años, algunos americanos, recién salidos del Imperio Británico y, por ello, con toda la legitimidad para llamarse ellos mismos americanos, por ser la primera nación libre de América, que pensaban en términos nacionales, a pesar de no existir aún ninguna institución nacional, sostenían que los problemas que aquejaban a la jovencísima Confederación exigían una revolución en el gobierno. Reactivaron el proceso político que, entre 1765 y 1776, había dado origen al movimiento revolucionario. Ya en 1785, en la Conferencia de Mount Vernon, los delegados de Virginia y Maryland habían resuelto sus disputas fronterizas y sus derechos de navegación. Virginia propuso entonces la celebración de una convención en Annapolis, Maryland, en septiembre de 1786, con el fin de resolver los problemas comerciales de un país “indefinido”, que no pasaba de ser una amalgama de estados que se habían separado a través de una sangrienta guerra solidaria del Imperio Británico y cuyas reglas éticas y carácter nacional derivaban de distintas ramas del protestantismo que habían levantado las primeras comunidades coloniales, algunas, aunque casi independientes del Imperio, tenía un concepto teocrático de la vida en comunidad. Sólo hay que recordar a la colonia de Plymouth, y a los diferentes líderes político-religiosos que se diseminaron por todo el territorio colonial, como Mr. Maverick, John Winthrop, John Cotton, Roger Williams, John Daven Port, William Penn, y muchos más.


Aunque sólo acudieron a Annapolis delegados de Virginia, Nueva York, Delaware, Pensilvania y Nueva Jersey, estos aprovecharon la oportunidad para redefinir la agenda política americana. Propusieron la celebración de una nueva convención en Filadelfia en 1787, «para adaptar la constitución del gobierno a las exigencias de la Unión».


El 21 de febrero de 1787, el Congreso de la Confederación aprobó esta propuesta, pero su resolución, más limitada y centrada en la revisión de los Artículos, entraba en conflicto con el mandato de Annapolis. De los 74 delegados de 12 estados (Rhode Island se negó a participar), solo 55 asistieron a la Convención en algún momento. Algunos de los más grandes políticos americanos no estaban allí. El gruñón John Adams era ministro de América en Gran Bretaña y el muy revolucionario Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, era, asimismo, el ministro americano en Francia. La Revolución había desterrado el término “embajador” del léxico político por tener un abyecto tufo monárquico. Luego, cuando los americanos han ido perdiendo el frenesí revolucionario, han vuelto a incorporar el odiado término monárquico. Lo mismo les ha pasado a los rusos años después de su Revolución.


El genial John Jay, coautor de The Federalist Papers y el negociador del tratado de París (1783), tampoco pudo participar en la confección de la Constitución porque era el secretario de Asuntos Exteriores de la Confederación en la ciudad de Nueva York. Patrick Henry, uno de los más influyentes y valientes defensores de la Revolución, se quedó en Virginia porque no le interesaba la política nacional, aunque más tarde afirmó: «Me olía a gato encerrado». Cuatro espíritus egregios que, sin duda, hubieran matizado mucho los propósitos de Alexander Hamilton, la principal cabeza en el establecimiento del texto constitucional. Siendo ya buena aquella proeza política, pudo haber sido incluso mejor. Aquel comité constitucional careció de cuatro grandes revolucionarios, y se nota. Es seguro que Jefferson hubiera introducido la Constitución con una Declaración de Derechos Humanos, pero la posibilidad de introducir Enmiendas en la misma es a la larga un sistema mucho mejor que permite la actualización continua de esta Carta Magna.


A la Convención asistieron cinco tipos de delegados. En primer lugar, los «héroes nacionales» George Washington, de Virginia, y Benjamin Franklin, de Pensilvania, aportaron prestigio, lo que garantizaba que los americanos escucharían con imparcialidad las propuestas de la Convención. Franklin ya pasaba de los ochenta años, era muy amigo del whisky, y el alcohol le hacía parlanchín. Pero Washington, presidente de la Convención, la quiso envolver en un aparato de silencio y misterio. Todas las sesiones tenían lugar a puerta cerrada, y los miembros de la Asamblea habían jurado por su honor que no revelarían lo más mínimo de los debates, y desconfiando Washington de la lengua del viejo Franklin, había encomendado a dos delegados que le acompañaran todas las noches a casa, los cuales de paso empujaban su silla de ruedas, que ya en aquella época precisaba para desplazarse.


En segundo lugar, «los teóricos del gobierno», como James Madison de Virginia, James Wilson de Pensilvania y Alexander Hamilton de Nueva York, aportaron ideas que la Convención utilizaría para elaborar sus propuestas. En tercer lugar, los «estadistas veteranos», como John Dickinson, de Delaware, y Roger Sherman, de Connecticut, aportaron su experiencia (uno de los dos toques de realidad de la Convención). En cuarto lugar, los «defensores de los intereses locales», como William Paterson, de Nueva Jersey, y Luther Martin, de Maryland, expresaron las preocupaciones de los estados (el otro toque de realidad que necesitaba el idealismo revolucionario). Finalmente, la mayoría de los delegados —hombres discretos como John Blair, de Virginia, y Jakob Broome, de Delaware— se convirtieron en la base para alcanzar el consenso y el compromiso.


Entre el 25 y el 28 de mayo, los delegados eligieron a su presidente, George Washington, y a su secretario, William Jackson, de Georgia, y aprobaron el reglamento. Desde el 29 de mayo, cuando Edmund Randolph, de Virginia, presentó las resoluciones conocidas como el «Plan de Virginia», hasta el 14 de junio, los delegados de los estados grandes se impusieron en casi todas las cuestiones. El Plan de Virginia esbozaba un gobierno nacional con poderes legislativo, ejecutivo y judicial supremos, separados, tal como lo requería el pensamiento de Montesquieu: la América revolucionaria estuvo más influenciada por Montesquieu que por Locke, que sí había tenido éste mucha importancia en la época colonial, siendo el filósofo de moda. El 15 de junio, los delegados de los estados pequeños contraatacaron, respaldando el Plan de Nueva Jersey de William Peterson, que no era más que una reformulación de los Artículos de la Confederación que otorgaba más poder al Congreso. El 19 de junio, la Convención reafirmó el Plan de Virginia, pero los delegados de los estados grandes y los de los estados pequeños se enfrentaron durante semanas por la representación en el Congreso. Los delegados de los estados pequeños luchaban por la igualdad de los estados en el Congreso; los delegados de los estados grandes exigían una representación basada en la población. Este conflicto se prolongó hasta el 16 de julio, cuando la Convención adoptó el Gran Compromiso o Compromiso de Connecticut. Este Compromiso combinaba el Plan de Virginia (criterio de población) y el Plan de Nueva Jersey (criterio de igualdad), creándose así un Congreso bicameral: una Cámara de Representantes por población y un Senado con igualdad por estado. Si una nación se constituye por ciudadanos y territorios se impone que en sus máximas instituciones de poder estén representados tanto los ciudadanos como los territorios.


Del 19 al 26 de julio, los delegados examinaron minuciosamente el plan, retocándolo y ajustándolo, y luego suspendieron la sesión durante una semana. Durante el receso, Randolph preparó el primer borrador de la Constitución, basándose en los consejos de Wilson. Los delegados se reunieron de nuevo el 6 de agosto. Durante las siguientes cinco semanas, abordaron los problemas que habían pospuesto, como la elaboración de un método para elegir al presidente y al vicepresidente. También adoptaron compromisos para apaciguar a los estados esclavistas. Del 10 al 12 de septiembre, el Comité de Estilo y Estructura redactó el borrador final de la Constitución (asignando esta tarea a Gouverneur Morris, de Pensilvania, el gran amigo de Alexander Hamilton, a quien éste escribió una carta en la que por vez primera aparece la expresión “representative Democracy”, diferenciando la Democracia Americana de la Democracia Clásica). Entre el 12 y el 17 de septiembre, los delegados llevaron a cabo la última fase de revisión. El 17 de septiembre de 1787, 37 de los 40 delegados presentes votaron a favor de aprobar y firmar la Constitución, y de remitirla al Congreso de la Confederación. Aquellos americanos habían llevado a cabo la mayor hazaña política desde la Democracia Ateniense. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

Embriagados del horror


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica



El placer por la matanza humana en la Revolución Francesa llegó a tanto que después de asesinar la chusma en los primeros días de septiembre de 1792 a los hombres, a las mujeres y a los niños que estaban en cárceles improvisadas, tras los asaltos a los domicilios en París la noche del 28 de agosto, comenzó a asesinar a los locos de los manicomios, a los niños y niñas de los correccionales, y a los más pequeños y pequeñas de los hospicios ( las matanzas y violaciones en los centros de Salpêtrière y Bicêtre ). Incluso se violaron a las niñas antes de degollarlas, y las que se salvaron del degüello se las llevaron como presa para seguir abusando de ellas. Pero las calles tampoco eran seguras. Salir una mujer a la calle con la piel blanca, tersa, bien hidratada y suave podía suponer un peligro de violación y muerte por parte de una chusma voraz e iracunda, aún no sustituida por la dictadura de Robespierre. Lo mismo ocurría con el calzado; te podían matar sólo por despojarte de unos zapatos bonitos. Parece un hecho constatable que la atracción al abismo del horror es un fenómeno casi irresistible en los rebaños humanos, cuando la soberanía ha sido usurpada por quinientos matarifes de machos y hembras, y cuando se han saltado todos los controles, normas y escrúpulos que configuran un grado mínimo de civilización. El hombre, fuera de la civilización, autoexcluido de la civilización por su atracción al horror, es la peor y más cruel fiera. Es curioso que los nazis, que asesinaron a muchísimas más personas que la chusma asesina de París – los historiadores franceses, en un intento de limitar los compatriotas adictos al horror, han calculado que en París no hubo más de 600 verdugos asesinos, entre machos, hembras y cachorros voluntarios, y muy pocos de ellos soldados, durante la Revolución – se distanciaron, sin embargo, de las víctimas, ni se contagiaron por las espitas de sangre caliente de las heridas atroces, gracias a la industrialización de la muerte. No es lo mismo cortar los pechos y extraer el útero de madame Lambelle con una navaja, y cortar su cabecita con una pequeña hacha para llevársela al peluquero para que la peinen y retoquen un poco, que fusilar a quince metros de distancia, o destazar con un cuchillo carnicero el cuerpo de un cura que asesinar a las víctimas metiéndolas en un recinto casi neumático y asfixiarlas con gas. No es lo mismo, se mire como se mire. El objetivo político es el mismo, el grado de inhumanidad distinto. La Revolución Rusa y el nazismo produjeron muerte sin mancharse de sangre “placentera”: no tuvieron la compulsión caníbal de la Francia Revolucionaria. La diferencia estriba en que cuando se mata enemigos desde unos principios criminales, esto es, desde el mundo de las ideas, la carnicería en sí, el frenesí del carnicero, no es el fin, sino el medio con el que alcanzar un fin político. Eso no ocurrió en el septiembre parisino de 1792; una vez que el placer del degüello invadió a la chusma parisina, ésta tenía que seguir degollando, sajando, amputando y cortando, aunque ya no fuera por razones políticas o, al menos, estrictamente políticas; por eso empezaron a matar a los orates de los manicomios, a los mendigos de las casas de misericordia, a los niños y a las niñas de los hospicios y correccionales, a los frailes y a las monjas de los conventos, a los transeúntes bien vestidos y acicalados. Era la muerte en sí, la devoción al asesinato sangriento y al descuartizamiento, lo que se constituyó en el fin de la infrahumana chusma parisina. Embriagada de sangre, excitada por la sangre, embrutecida por las bodegas de magnífico vino robadas a los nobles, y con la autoridad municipal impotente, aquellos parisinos consiguieron el triunfo de la más alta abominación e infamia humana.


Algunas de aquellas bestias de los bajos fondos parisinos que fueron recibidos en el ejército para alejarlos de París, como Charlat, entre otros vampiros, fueron acuchillados por sus camaradas antes de entrar en combate. Hay escenas de masacre descritas por distintos historiadores en que la masacre masiva comienza con la vista de la primera sangre. Un jardinero, por ejemplo, le rompe en la cabeza un jarro de barro a su antiguo amo, y a partir del chorro de sangre de la cabeza comienza en ese mismo momento una masacre de más de cincuenta muertos bien muertos, porque se mataba y luego se remataba con compulsión. Es la sangre por sí sola la que mueve a los asesinos borrachos de sangre. París se encontraba en un estado más hondo y siniestro que el del estado salvaje. Y si las autoridades aún no del todo ebrias de sangre pararon la cosa, no fue por salvar vidas inocentes, sino para impedir el robo, que pondría en peligro el orden burgués. Efectivamente el temor al pillaje descontrolado rompió la tiranía anárquica del horror. Una cosa eran los muertos y otra sus preciosos despojos marcados con las huellas de la muerte más horrorosa: anillos aboyados por el sable que había cortado los dedos, pendientes arrancados con trozos de orejas, etc.


Por otro lado, aquellas matanzas callejeras indiscriminadas se habían traducidos inmediatamente en elecciones favorables a la Comuna. Pues en aquellos días de loca anarquía asesina las asambleas electorales eran muy poco concurridas, y sólo los matasiete salían de casa tan campantes, con lo que los violentos más locos salían victoriosos electoralmente. El 5 de septiembre eligieron a Robespierre, el 8 a Marat, el 11 a Panis y a Sergent. Sólo el girondino Vergniaud, verdadero héroe de la dignidad y el buen nombre de Francia, arriesgó su vida valientemente enfrentándose a esta locura que había convertido a París en el infierno, la aberración y la infamia de Europa. “Prefiero morir a que se pierda Francia”. Todo un acto de devotio que recordaba a los grandes héroes militares de Roma. Aunque en realidad fue la propia guerra de Francia contra Europa la que aminoró el terror interno. 


[El Imparcial]

sábado, 16 de agosto de 2025

Belisario



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica



La leyenda épica, Diêgêsis toû Belisaríou, más que la historia, expresada en solemnes decapentasílabos o verso político, que llamaban los bizantinos, narra la biografía heroica del gran Belisario, estratega genial en tantas batallas cuya victoria parecía imposible, como la de Dara contra el mismísimo mirrane persa, o hijo de Mitra, situándolo, al final de su vida, por la envidia/phthónos de los nobles, como un ciego mendicante. La epopeya nos contará siempre cosas distintas al género literario de la Historia, como en este caso la diêgêsis toû Belisaríou cuenta cosas distintas a las que narra Procopio en sus informes históricos. Las mentiras de la poesía (figurae) a menudo dicen más verdad que las verdades de la historia. El hombre que mandaba cuerpos de ejército con decenas de miles de soldados bizantinos, el comandante que quemó la flota, como hará mil años después Hernán Cortés, buen estudiante ilustrado en Salamanca, para dejar claro a sus soldados que su salvación residía sólo en la victoria –César en la Galia retiraba los caballos por la misma razón; hacer imposible la huída, el mejor general de la corte de aquel Justiniano que, apoyado en la factio veneta o equipo de los azules, intentó restaurar la antigua gloria del Imperio Romano reconquistando gran parte de Italia, la costa africana, partes de Spania, toda la Siria y zonas de Georgia y la Persarmenia, acabó sus días infamado, condenado a la ceguera y mendigando mendrugos de pan en las bien trazada calles de Constantinopla, la Segunda Roma, Acrópolis del Universo que él mismo había levantado en su mayor parte.


“Dad a Belisario un óbolo en su escudilla,

A mí, a quien la envidia de los romanos redujo a tal estado;

Dad a Belisario un óbolo en su escudilla,

A quien el tiempo encumbró y abatió la envidia.”


La Biblia ya nos advierte, y los griegos, claro, que mientras hay vida hasta el más poderoso está condenado a vivir en la incertidumbre y en manos de lo que quiera Dios, su Creador y Autor del sentido de la vida de cada uno. Porque la vida no depende finalmente de nosotros. La leyenda de Belisario ejemplifica la realidad contundente de la vanitas vanitatum que fundamenta la locura humana esencial. También los pajarillos del cielo dependen por entero de su Creador, que los sostiene en su vuelo, pero ellos nunca tienen la ambición de planificar con soberbia su destino, y menos creerse amos del mismo. Vivimos una época bárbara que ha perdido la conciencia de la fragilidad del ser, y los grandes autokratores que pilotan el mundo viven en la hybris de creerse dioses inmortales. Luego, el más pequeño de los mosquitos les inocula su veneno y vuelven al cieno primordial. En realidad, ese Belisario del poema anónimo, evocado en la época de los últimos emperadores Paleólogos, simboliza el mismo Imperio Romano agonizante, que habiendo sido una inflamada soberbia exitosa de la época, un edema de civilización ciclópea, el mayor éxito político de Occidente, caerá ante el Turco, como un pequeño y medio arroñado villorrio ante una tormenta de verano. Vanitas vanitatum.


“¿Dónde están el honor y la riqueza, la gloria y el poder,

El deslumbrante esplendor de Belisario?”


En los últimos siglos del Imperio triunfa el espíritu hesicasta, o de tranquilidad interior ante la ruina, preparándose así para la cercana muerte de aquel gran ciclo histórico que duró más de dos milenios. También son los años en que la gente más gasta en ropa, arruinándose por ir vestido con la moda más cara, con las mejores “marcas”, diríamos ahora. “Ho kósmos hepontídseto kaì hê emê gynê estolídseto”, se queja un marido. Algo así como “mientras el mundo se va al garete mi mujer no para de comprarse vestidos”. Todo aquel final de Occidente se parece mucho, demasiado, a esta época de la histérica y gritona Úrsula von der Leyen. Y cuando los paños calientes son la mejor manera de mantener a salvo lo que tenemos, truenan de nuevo los decapentasílabos más suicidas,


“Si alguno se amedrenta, da la espalda y vuelve atrás,

Aunque fuese el hijo del emperador, será empalado.”


Del mismo modo que como héroe de un Libro de Caballería Belisario conquistó la fantasmal Inglaterra/Englitera, Occidente sueña hoy con la caballeril conquista de Rusia. Occidente sólo se ha corregido con el desastre. Su codicia sólo se corrige con la escudilla mendicante de Belisario. Nunca hemos tenido el sentido del límite, y eso se parece mucho a la pulsión suicida.


“Porque muchas injusticias (pollà panádika) cometieron los Romanos,

Las hicieron, las hacen y las vuelven a hacer.”


A fin de hacer daño a Rusia y para ello aumentar las fuerzas militares e instrumentos de guerra, los nuevos Juan de Capadocia y secuaces Tribonianos/Montoros se dedican con codicia y philochrêmatía a depredar los patrimonios de las clases medias europeas, que fundamentan precisamente nuestra civilización occidental, los derechos sociales y las libertades individuales o privadas. Pero las grandes empresas mortales no deben solucionarse con medidas precipitadas, sino con “prudente reflexión”. Y esa deseable “euboulía” falta hoy en esta alterada Europa con una profunda enfermedad del alma, psychês nósêma.


Belisario fue también un perfecto ejemplo de víctima de la ingratitud de los reyes, y es que los reyes son el paradigma máximo de la ingratitud o “acháriston”; por ejemplo, la dinastía borbónica, por no ir más lejos. Por ejemplo, el devoto rey Luis XVI, al que cierto monarquismo pide su santificación, abandonó el 10 de agosto de 1792 a la muerte a todos sus defensores y mejores partidarios, la Guardia Suiza, los caballeros de San Luis, y otros, en el mismo momento en que salió de Las Tullerías. Y luego, cuando el capitán Turler fue a la Asamblea, en donde se refugiaba el rey, a preguntarle si era preciso rendir las armas, la orden afirmativa del rey no sólo les privó de una posibilidad de victoria, sino que supuso la masacre de miles de sus partidarios más acérrimos.


Belisario podía ser cruel con los altos funcionarios del Estado que humillaban y robaban al pueblo, como el codicioso Constantino. Era buen compañero de sus soldados, protegía a los campesinos y se portaba con tremendo pudor con todas las mujeres. Nunca se desesperaba, era humilde y sencillo, y jamás se le vio borracho. Finalmente, su inteligencia como estratega, según el mismo Procopio, fue la propia de un superdotado.


[El Imparcial

sábado, 21 de junio de 2025

O es el régimen o es la raza




Martín-Miguel Rubio Esteban
Doctor en Filología Clásica
El Imparcial

En cerca de ocho ocasiones desde 1977 este régimen político del consenso, entre los descendientes de los vencedores y los derrotados de la Guerra Civil, tocó fondo moral por la corrupción rampante y ubicua de los integrantes de dicho consenso devenido de espaldas al pueblo. Y algunos de los que hoy atacan con fariseas invectivas y alardes éticos al presidente Sánchez, fueron en su día gloriosos protagonistas de señaladas corrupciones pretéritas (Guerra, Rajoy, Luis Bárcenas, Aída Álvarez, Guillermo Galeote, Rodrigo Rato, Manuel Chaves, Antonio Griñán, Jordi Pujol, Iñaki Urdangarín, Francisco Correa, Eduardo Tamayo, María Teresa Sáez, Guillermo Ortega, Baltar, Cristina Cifuentes, Fabra, Lasarte, Manuel García Moreno, Naseiro, Pallerols, Francisco Granados, Marcos Martínez Barazón, Antonio Sánchez Fernández, Alfredo Ovejero, Alfredo Prada, Ignacio González, Alberto López Viejo, Arturo González Panero, Benjamín Martín Vasco, Beltrán Gutiérrez, Salvador Victoria, Isabel Gallego, Lucía Figar, Eduardo Zaplana, Carlos Fabra, Juan Carlos I, y no seguimos porque esta lista de corruptos sería más larga y tediosa que la del Catálogo de las naves de Homero, y a la que habría que añadir, además, a la Prensa y a los jueces corruptos, que nuestros políticos tienen el privilegio de ser juzgados por quien ellos quieren, ya que “aquí” la justicia pasa de mano en mano como cualquier mercancía).

 

 En realidad, Sánchez sólo es el presidente corrupto anterior del presidente corrupto que inevitablemente vendrá después. Todo consenso entre oligarcas, y hay práctica unanimidad entre todos los filósofos y politólogos de que nuestro régimen es una oligarquía de partidos, garantizada por la ley electoral, tiene como argamasa que le dé firmeza la corrupción y el crimen. Los llamados Treinta Tiranos de la Atenas clásica tenían como agente unificador el robo y el asesinato, y anteriormente, los Cuatrocientos, el robo y la prevaricación, igual que ahora. Bajo este régimen seguirá habiendo corrupción, porque la corrupción es la gasolina que alimenta el motor del consenso. Sin corrupción no hay consenso político de ningún tipo.


El noveno gran desvelamiento de los oscuros sótanos y grutas del alma pública, en donde se nutren y crecen las retorcidas raíces de la partidocracia reinante, y de sus clónicos voceros corrompidos y corruptores, de nuevo llega a asustar, a escandalizar e incluso a aterrar moralmente a los ciudadanos más espontáneamente morales. La pasión que tienen todos nuestros políticos de robar, bien a las claras, bien con la norma, proviene de la “civilización de los negocios”, que desde Suárez ha llevado a la política las reglas amorales de los negocios, y como todos los copistas nuestros políticos han llegado más allá que sus maestros. Cada gobierno que sucede al gobierno anterior podrido de corrupción somete al pueblo a la pasión del olvido, y como decía el maestro Antonio García-Trevijano, “y lo que parecía privilegio de la legión extranjera, la impunidad del pasado, ha sido convertido por el genio transitivo de los españoles en principio general de su convivencia pacífica”.

Los españoles que han nacido bajo este régimen cleptocrático –de la Corona al último concejal
, todos los menores de sesenta años, son escépticos de sentimiento y vulgares de entendimiento. Lo que produce verdadero espanto no es el crimen de los criminales políticos y sus jueces y periodistas adláteres, pues esa corrupción la evitaría la separación de los poderes estatales, que donde no hay separación de poderes se administra una justicia de tinieblas. Lo deprimente está en el apoyo mediático de las oligarquías editoriales al cinismo de todos nuestros gobiernos, generadores de arbitrariedad y corrupción en el mundo financiero, y la lealtad o fidelidad de los votantes a los partidos del crimen o a los partidos de su perdón, que vienen siempre a ser siameses. Nuestros partidos son órganos representativos del Estado, y no de la sociedad, por eso pueden robar; siempre que el robo no sea tan desaforado y desaprensivo que ponga en peligro la posibilidad del trinque futuro.



Contra la tesis que apunta que es el sistema político el que genera políticos corruptos, en la que, por cierto, creía el propio Aristóteles, “sólo en un régimen bueno los hombres ordinarios se hacen ciudadanos buenos, y los hombres buenos ciudadanos óptimos”, está la tesis que apunta a la naturaleza caída de los españoles. Esta tesis diría que España ha sido siempre un país de pícaros; lo fue con el emperador Carlos si leemos a su biógrafo Pedro Mejía y también al Lazarillo; luego bajo Antonio Pérez si leemos sus Relaciones; luego bajo el Duque de Lerma, quien se vistió de morado para no ser ahorcado; luego bajo el Marqués de la Ensenada y su caza de gitanos, todo un nazi de la raza ibera y corrupto; luego bajo el pichabrava de Godoy; y en los tiempos modernos, ya el despipote, bajo González, Rajoy y Sánchez. De acuerdo a esta tesis dolorosa no sería culpable el sistema, sino nuestra pobre naturaleza caída. Y la verdad es que, teniendo en cuenta la naturaleza ratera a la que apunta esta tesis alternativa, y los 150.000 políticos que padece España como razias mahometanas, todos de pata negra española, ibéricos puros, como los jamones de Huelva, la corrupción que vemos yo la estimo insignificante.



La filosofía antigua ya intentó terminar con la corrupción en un sistema democrático de diversas maneras. Así, Aristóteles, propuso acabar con la corrupción política (diaphthorá politikê) reduciendo el número de ciudadanos que configuran la pólis. Porque una cosa es la sociedad (koinônía), que la componen todos los habitantes de la ciudad/asty; y otra la pólis, que se debe componer sólo de determinados tipos de ciudadano. Según Aristóteles, la vida buena no está al alcance de todos los hombres, porque el bien no es simplemente un orden encarnado en una sociedad en su conjunto, sino una forma de vivir, de contribuir a un orden en lugar de constituir simplemente un fragmento de él. Todos los hombres que se dedican a actividades serviles, tanto trabajadores libres y tenderos como esclavos, están excluidos de la ciudadanía del estado ideal y del verdadero bienestar: viven en sociedad por el mero hecho de vivir, pero no participan de la buena vida alcanzable en la comunidad política. El análisis de Aristóteles se basa en una distinción implícita entre sociedad y pólis: la supervivencia y la satisfacción de las necesidades humanas, que sirven en las teorías de Protágoras, Tucídides, Demócrito y Platón, de diferentes maneras, como fundamento de los argumentos sobre el bien y el orden político, son para Aristóteles los fines de la sociedad, no de la pólis. Todos los hombres necesitan la sociedad: desean vivir juntos, dice Aristóteles, y los unen sus intereses comunes (Política, 1278b). La pólis encarna un bien distinto y superior.
 

martes, 18 de febrero de 2025

EEUU/Europa



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Si no pasa ningún cataclismo histórico, los EEUU seguirán siendo lo que siempre han sido, la prolongación más exitosa de Europa, tanto desde el punto de vista cultural como desde las dimensiones étnicas, religiosas, lingüísticas y raciales. Sin la obra de Locke, Jefferson no podía haber escrito la hermosa Declaración de Independencia, y sin la obra de Montesquieu la magnífica Constitución de los EEUU y su Democracia no hubieran podido haber sobrevivido durante más de dos siglos y los que le quede. Por eso no se entiende que Trump, puro sabor americano, sin duda, pueda convertirse en un trasunto de Jorge III para con la UE. El maltrato que las Trece Colonias recibieron del rey inglés no deberían sufrirlo ahora las veintisiete naciones que configuran la Unión Europea. Sería casi como quebrar el alma de América, como la muerte del padre. Ojalá el superdotado Elon Musk haga hoy el papel humanista que el gran sabio Benjamin Franklin hizo bajo el pilotaje de Washington. Ahora bien, el genio indiscutible de Musk, capaz de construir casas familiares “tecnologizadas” por 60.000 dólares para la clase trabajadora, no debería tener el significado para el capitalismo voraz de una normalización de la pobreza, de claudicar ante la lucha contra la pobreza, de sostener que con esas “casitas” es suficiente para el obrero americano, en este caso, sino, por el contrario, de seguir luchando contra la pobreza y a favor del bienestar del pueblo, a fin de que las nuevas tecnologías no se conformen nunca y consigan así moradas más grandes y mejores para todos los habitantes de la tierra.


Además del cariño entrañable y secular a Inglaterra, Trump también debería recordar que tras la victoria de Gates sobre el general Burgoyne, España y Francia reconocieron la independencia de los EEUU, estando aún la suerte muy indecisa, pues que la guerra duraría aún cuatro años más. Jay fue nombrado ministro en Madrid. Al principio los revolucionarios americanos, por odio a la monarquía, no utilizaban el término “embajador”, lo mismo que harían después los bolcheviques tras la toma del poder hasta la época de Gromiko. Este prejuicio y escrúpulo lingüístico terminaría cuando acabó muriendo la generación que llevó a cabo ambas revoluciones. Todo acaba aburguesándose. España incluso se resistió a que EEUU firmase la paz con Inglaterra hasta que Gibraltar le fuera devuelta. El presidente Sánchez representa apenas una quinta parte de los españoles, y muy pronto será un fragmento histórico que el pueblo español felizmente olvidará. Donald Trump no debería con su genuino desparpajo –la franqueza brutal siempre ha sido un rasgo muy republicano calificar a España en función de este infumable y sin duda efímero gobierno. Esta política de “square deal” en el interior y de “big stick” en el exterior, hace de Trump una figura muy parecida a la de Teddy Roosevelt, el resuelto presidente que subvencionó una sublevación independentista en Panamá para hacerse con el Canal sin los incómodos incordios que le planteaba todos los días el patriotismo colombiano. Hoy Trump parece respecto al Canal repetir la política agresiva de Roosevelt, hombre cuyo carácter impulsivo se nos antoja muy parecido al de Trump, pero bajo cuyos dos mandatos el mundo se mantuvo en paz. No obstante, el Canal quedaría por fin abierto con Woodrow Wilson, que presentaba una calidad espiritual parangonable incluso con la de Lincoln, y quedaría “abierto a todas las naciones”. Y también bajo Wilson apareció el problema mejicano, que vuelve a emerger hoy, pero no con aquella gravedad que a punto estuvo de producir una guerra abierta entre Méjico y los EEUU. Méjico nunca ha sido un vecino cómodo; durante la Iª Guerra Mundial estuvo a punto de aliarse con Alemania como forma de recuperar Tejas y Nuevo Méjico. En realidad, tras la desaparición de la Unión Soviética, los viejos problemas que los EEUU tenía planteados con la América española no sólo no han desaparecido, sino que resucitan de nuevo sin resolverse. En ese sentido, una vez terminado el “peligro comunista”, la política internacional americana “goza de" un retroceso, la vuelta a los problemas –vitales, pero no letales– anteriores a la Guerra Fría.


Aunque muchas veces en política los acontecimientos modifican los principios, no debiera ser así, y Trump, que aún tiene nuestra simpatía, nunca debió anunciar que quiere convertir la franja de Gaza, territorio de un pueblo palestino medio masacrado, en un paraíso de placer, lujo, y diversiones para opulentos, repleto de resorts de alto y exclusivo standing. ¿Levantar una nueva Babilonia de Baltasar cimentada en la sangre y los huesos de 60.000 gazatíes, miles de ellos niños? ¿Un mundo de deleites sobre un cementerio étnico? Que nadie olvide la Historia Universal y las batallas transcendentales que se produjeron en Gaza. ¿Y qué pensaría hoy Adams, el segundo presidente de los EEUU, de Trump si sigue con tan delirante plan? Si decía de los franceses que no eran un pueblo moral por su Revolución sangrienta, ¿qué diría ahora de sus conciudadanos? El sentido de la humanidad y de la justicia forjó en su día el carácter americano.


Sin embargo, respecto a la guerra ruso-ucraniana, Trump muestra mayor sentido común. Europa excitó a los EEUU su codicia y bajas pasiones por la expansión económica y política de las grandes multinacionales por la Europa del Este, pero no hay imperios mercantilistas si no se apoyan en el poderío militar de algún hegemón, y ello hizo que la Administración Demócrata, woke y liberal, entrara como un torete al capote, woke y liberal, con el que le citaban los grandes nababes europeos. Trump afirmó, no obstante, recién comenzada la guerra, que el ataque de Rusia a Ucrania no había sido más que un ataque defensivo legítimo, al que le habían llevado con su coacción y presión intolerables las viejas potencias de siempre, Reino Unido, Francia y Alemania. De los que ya sólo somos comparsa mejor no hablar; ya estamos acostumbrados a la indignidad. Es por ello que tenemos esperanzas fundadas de que esta letífera guerra, que se ha llevado por delante la flor y nata de la juventud ucraniana, se zanje en pocos meses con una negociación Putin/Trump. Rusia sólo quiere hablar con el hegemón occidental, y hace bien. EEUU tiene prioridades hoy que le imposibilitan volver a tener cuatro millones de soldados en Europa. Esta conferencia entre los dos demiurgos de la Paz engendrará un nuevo Tratado y Covenant que construirá el porvenir de Europa y de la mayor parte del mundo en los próximos veinte años, siempre, claro, sobre arenas movedizas.

[El Imparcial

miércoles, 9 de octubre de 2024

¡Viva Méjico!



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


No ha habido cosa más contraproducente y absurda para la diplomacia que entrar en la disquisición histórica por los malos modales del gobierno mejicano, no invitando al Rey de España a la toma de posesión al cargo de la nueva presidenta del país, Claudia Sheinbaum, como si Felipe VI fuese el mismo emperador Carlos. Porque los rencores absurdos a la conquista de España de Méjico son ridículos y absurdos descontextualizándolos del no pequeño hecho de que ocurrieron hace quinientos años, recién salida España de la Edad Media, y defenderse de las majaderías anacrónicas de López Obrador defendiendo nosotros cerradamente a Cortés es abrir una batalla sin solución ética ninguna. Es verdad que España hizo menos daño que los demás imperios europeos en su conjunto, pero tampoco podemos negar que abusamos de los conquistados y destruimos civilizaciones, aunque bien es verdad que no con la pasión que destruyeron tanto a los indígenas como a las culturas precolombinas los propios criollos, ya independientes. Seamos moderados en nuestra respuesta ante las delirantes e infumables declaraciones del gobierno mejicano, que gracias a Dios tampoco es el todo Méjico enamorante y maravilloso, y aún poseedor de un genio misterioso y sublime. El Rey de España, cuando visite Méjico por cualquier otro asunto, debe llevar un gran ramo de flores para ponerlo en la tumba del buen cura Hidalgo, padre de la independencia, quien no hizo otra cosa que defender a los indios con la doctrina política de los españoles del siglo XVI, egresada de la excelsa Universidad de Salamanca. Es verdad que Hernán Cortés, que sabía escribir en un latín perfecto, se encontró en la gran ciudad real de Tenochtitlán, prácticas masivas de canibalismo y sacrificios humanos, sacando los sacerdotes corazones palpitantes de cautivos en honor de los dioses invisibles del cielo, con cuchillos de obsidiana verde, tan finos como una hoja de papel, pero también había por la misma época sacrificios en masa en la vieja España, como los había en la Plaza Mayor de ciudades como Madrid y Valladolid, delante de los obispos y del rey, cuando la Inquisición quemaba a los luteranos vivos, con mucho lujo de leña y de procesión, y veían aplaudiendo las grandes señoras madrileñas y vallisoletanas desde sus balconadas. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos, también en España, en todos los sitios del mundo, y de los indios ya hemos dicho más de los justo los españoles durante cinco siglos. Torpe es exagerar los vicios y aberraciones de un pueblo vencido, so pretexto para explotarlo mejor y más cruelmente, como ya afirmaba el sacerdote Bartolomé de Las Casas, hombre feo, narigudo, confuso y precipitado, pero de ojos limpios y alma sublime. Cuando los aztecas aplastaron el gobierno de los pacíficos chichimecas gobernaron tiránicamente como comerciantes, juntando riquezas y oprimiendo el país; y cuando llegó Cortés con sus españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos oprimidos. El pueblo oprimido vio en los soldados españoles la ayuda del dios Quetzalcoatl que les enviaba para librarse de la tiranía azteca. ¡Qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas, cuando llegó a Méjico el valiente bachiller de Salamanca! La ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, como Venecia, y de tierra otras; había muchas plazas espaciosas sombreadas con arboledas. Por los canales andaban las canoas y había tantas que se podía andar sobre ellas, como sobre la tierra firme. Por una esquina salía un grupo de niños traviesos camino de la escuela, disparando con sus cerbatanas semillas de fruta, o soplando a compás en sus pitos de barro. En la escuela aprendían oficios de mano, baile y canto, a trabajar la tierra, y también a luchar con lanza y disparar las flechas, que todo hombre debe saber defender su honor y luchar por su país. Una bella dama veía con orgullo en una peluquería su rostro reflejado en el espejo de piedra bruñida, donde veía sonriente su piel de melocotón con más suavidad que en el cristal. Un grupo de curiosos estaban parados en la calle viendo pasar a dos recién casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte. Un criado llevaba en un jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Pero Tenochtitlán ya no existe. De toda aquella grandeza apenas quedan en el Museo Arqueológico unos cuantos vasos de oro, unas piedras de obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado. De ese lado de Méjico, en donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y familia que fueron conquistando el poder por todo el centro de la costa del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la conquista una ciudad entera, ni un templo entero. Pero las mismas ruinas de Cholula, de Centla, de Palenque, de Sayil, de Uxmal, o de Chichén-Itzá, están gritando a nuestros oídos el nivel de civilización que tenían aquellas gentes que las levantaron. ¿Quién trabajó las estatuas de Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido el pueblo fuerte y gracioso que ideó la casa redonda del Caracol, la casita tallada del Enano, la culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¿Dónde están los descendientes de los arquitectos superdotados de Palenque? ¿Dónde quedó, en fin, el genio mejicano precolombino para que ahora lo gobiernen estos mequetrefes, descendientes de nuestros conquistadores? No todos los conquistadores sabían latín ni habían estudiado en Salamanca. Muchos soldados de la conquista americana, antiguos ganapanes, provenían de los pueblos más hondos de España, en donde la Edad Media aún persistía con su servidumbre social en todo su esplendor, y su dicotomía de siervos y nobleza. Mucha de la soldadesca conquistadora provenía de los destripaterrones, que convertidos en América en señores de indios reproducirían los peores usos sociales del hidalgo rencoroso. Pobres indios los que cayeran bajo la férula de un castellano paupérrimo, descendiente de siervos, y lejos de la justicia del Rey. 


[El Imparcial]

domingo, 6 de octubre de 2024

La mercancía del alma



Agustín García Calvo


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Los versículos 36 y 37 del Capítulo Octavo del Evangelio de San Marcos formaron parte de la perícope evangélica del último domingo, y dicen: “Quid enim proderit homini, si lucretur/kerdênai mundum totum et detrimentum animae suae faciat/dsêmiôthênai tên psychên autoû? Aut quid dabit homo commutationis/antállagma pro anima sua/tês psychês autoû?”. Traducidas literalmente estas dos preguntas de Cristo, tenemos lo siguiente: “En efecto, ¿qué beneficia al hombre ganar el mundo entero y hacer daño a su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?” Desde hace ya muchos años la modernidad traduce el “anima/psychê” como vida; lo cual no es una traducción sino una interpretación. Pero jamás a San Marcos se le hubiera ocurrido usar la palabra “psychê” con el sentido de vida y, por otra parte, esa traducción rompe por completo el sentido de las preguntas retóricas de Cristo, cuando claramente nos está diciendo que el alma es aún más importante que la vida, y él mismo nos ha hablado en frases anteriores de la necesidad de su propia muerte. Es evidente que Cristo nos habla del alma, de la importancia del alma, y del alma como mercancía (quid commutationis/ti antállagma). ¿Qué valor tiene la mercancía del alma? O más en concreto, ¿cuál es el valor de cambio que tiene la mercancía del alma? Aquí Cristo plantea el alma como una mercancía. Las palabras que usa (commutatio/antállagma) son claras e insoslayables. Sólo se pueden referir a un mundo en donde se intercambian o venden mercancías. Marx nos enseñó ya en sus Grundrisse, que uno los memorizó a los quince años, que la mercancía tiene una doble naturaleza, por una parte, la naturaleza de lo que es, que cubre una necesidad impuesta por la sociedad (Rousseau) y la propia producción (valor de uso) y, por la otra, la naturaleza social que la relaciona con las demás mercancías (valor de cambio). Todas la cualidades que son enumeradas como cualidades particulares del dinero son cualidades de la mercancía como valor de cambio. Apenas una mercancía se convierte en valor de cambio (“antállagma/commutatio”), no sólo es transformada en una determinada relación cuantitativa, en una proporción –vale decir, en un número que expresa qué cantidad de otras mercancías le es igual (x número de cajas de cerillas por una casa), es su equivalente, o en qué relación ella es el equivalente de otras mercancías, sino que debe al mismo tiempo ser transformada cualitativamente, convertida en otro elemento, a fin de que ambas mercancías se conviertan en magnitudes concretas, id est, tengan la misma unidad de medida, y se vuelvan por tanto conmensurables. Toda mercancía –parece que también el alma– tiene una doble existencia: una existencia natural y una existencia social. El valor de cambio escindido de las mercancías mismas y existente él mismo como una mercancía junto a ellas, es el dinero. Todas las mercancías son dinero efímero; el dinero es la mercancía imperecedera. Y aunque las mercancías que fabrica el obrero Dios son inmortales, Cristo pregunta por cuánto se puede adquirir un alma. Ahora bien, el primer problema estriba en que el alma no cumple la principal característica de las mercancías: su radical singularidad –está hecha sólo para un usuario– la hace prácticamente incanjeable, puesto que no puede tener otro usufructuario, a no ser que fuera el mismo diablo. Y ello nos aboca a las leyendas de la venta del alma. La venta del alma fue un pequeño libro de mi maestro Agustín García Calvo en el que se probaba, entre otras cosas, lo irreal de lo verdaderamente real, siendo el alma tan real –del latín “res”, patrimonio como cualquier otra mercancía. Pero Cristo nos pone todas las demás mercancías existentes y posibles frente a la mercancía del alma, y no es sólo que el alma no puede comprarse ni canjearse con todas las mercancías del mundo, sino que sin el alma del hombre todas las demás mercancías del mundo carecen de valor, como si de repente se desactivase su valor de uso. Sin la mercancía del alma posesión y usufructo son términos internecandos. Sin alma la propiedad mata al usufructo, del mismo modo que sin alma el usufructo deshace o deslía la propiedad. El único negocio verdadero en esta vida es la salvación del alma. Y si esta mercancía no es intercambiable con nada ni nadie, su singularidad radical reduce a 0 su valor de cambio. Algún marxista diría que es una mercancía del paraíso terrenal, esencialmente precapitalista y anticapitalista, reliquia del edén. Mercancía poseedora de sí misma y poseída por sí misma. La mercancía deja de estar vulnerada por la bipolaridad de la modernidad. Tampoco el alma puede alcanzar nunca ninguna otra mercancía “en realidad”, en cuanto que no puede reducirla a sí misma. Y es por eso que Agustín García Calvo construyó su propio padrenuestro, en que, entre otras peticiones, decía:


“Líbrame del Futuro y del Dinero, para que podamos volver a saber el pan de cada día.


Líbrame tú de mí mismo, que yo te libro de tu nombre, Dios, y aquí te doy la libertad”.


Mercancía sin mercado, fuera del mercado, el alma no es una mercancía. Ya lo dejaba bien claro, por otra parte, el jesuita Próspero Baudot en Las Evangélicas. Pero aunque ya casi es imposible decir cosas nuevas en teología, pensar una y otra vez en las palabra de Cristo suscita matices siempre distintos y particulares. La teología moderna, ya lo hemos dicho, traduce en este caso, en las perícopes paralelas de Marcos y Lucas el vocablo “anima” como “vida”. Pero esto no es una traducción, sino una interpretación. De este modo, el sentido sería más fácil de entender a costa de traicionar la traducción literal. “El que quiera salvar su vida, la perderá” (Lucas, 9, 24). Esta paradoja entraña el uso de la vida de un discípulo de Cristo. No es usando de la vida para nosotros como podemos encontrar la vida, sino dándola, gratuitamente, sin canje ni venta. Éste fue el sentido último de la cruz: no tomar para sí, sino dar la vida. San Josemaría Escrivá de Balaguer, en Surco, 490, tomaba la posibilidad de que fuera santo un comerciante –traficante de mercancías– como una cima casi inasible de la gracia de Dios. Claro, que si la palabra “imposible” no es francesa para Napoleón, imagínate para Dios. Tenía razón. Más valdría no haber vivido que vivir sin servir a los demás. Que no acaben siendo nuestras almas nunca el registro que dejemos en nuestro móvil.

[El Imparcial]



Agutín García Calvo


domingo, 1 de septiembre de 2024

María Blanchard



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Un buen amigo y familiar político, empresario en Almería y de origen zamorano, José Luis Carrión Dacosta, antiguo militar de carrera, trabajador indesmayable y prototipo de self made man, que en España siempre ha sido más difícil que en la tierra de Henry Ford, tras haberse acercado al mundo del cine, me ha informado hace unos días que se está preparando una película sobre la gran pintora santanderina María Blanchard, en la que él mismo está enredado, y que será pilotada por el portentoso Víctor Erice, el gran director de obras como “El espíritu de la colmena”, “Cerrar los ojos”, “El sol del membrillo”, o de la legendaria obra maestra “El Sur”, sobre el texto novelesco de la inolvidable Adelaida García Morales, su primera mujer, y que uno tuvo la suerte de coincidir dos momentos con ella en la época en que reinaba en nuestras vidas de rebeldes intelectuales el maestro Agustín García Calvo. Nunca se sabía si la bella Adelaida –nombre de la primera reina de Francia, ojo– vivía en este mundo desterrada como un ángel precioso o era habitante de los intermundia, como le ocurría a aquel personaje de la famosa novela de Paco Nieva, El Primo Mentiroso.


A María Blanchard la descubrí cuando investigaba la vida y la obra de otra gran santanderina, quizás la mejor escritora española del siglo XX, Concha Espina, pues que la pintora era prima carnal del marido de la egregia escritora, Ramón de la Serna y Cueto. El nombre completo de María era María Gutiérrez Cueto y Blanchard. Enrique Gutiérrez Cueto, padre de la genial pintora, se había casado con una dama polaco-francesa, Concha Blanchard. Una tarde Concha Blanchard sale de paseo en una calesa tirada por caballos vivos y de genio nervioso; de repente hacen estos un movimiento de impaciencia; lo justo para que Concha Blanchard, en estado de buena esperanza, no alcance al estribo y caiga. Cuando María Blanchard nació ya estará señalada para siempre con la enorme desventura de su deformidad… La polaca, la madre, se refugió entonces en una acendrada religiosidad. Recitaba de memoria en magnífico francés trozos de los sermones de Bossuet. Su padre, al verla desde que nació deforme sin remedio, la guió por el camino del arte. Don Enrique –mal que bien– pintaba. Y él fue mostrándole a su hija los álbumes más hermosos de Europa. Puso en sus manos de niña el pincel, el tiento y la paleta; después la acarició el pelo liso, dorado, suavísimo.


Debes ser pintora. Serás, si quieres, una gran pintora. Dios te auxiliará.


Muy pronto se metió en el cubismo. Valiente, callada, exponía sus cuadros de locura en un saloncito en Madrid de la Calle el Carmen. Eran los días del alto y guapo Caballero Audaz, José María Carretero, un grandísimo periodista que protegería sus inicios con generosa crítica. Días antes de una gran inauguración mandó a Concha Espina un cuadro enorme, Ninfas encadenando a Sileno, pintado al modo clásico, y con la técnica de Anglada: un cuadro espléndido, premiado en la última Exposición Nacional. Al poco rato llegaría María Blanchard: hablaba con fatiga, con una voz delgada, siempre un poco angustiosa, pero muy dulce:


Conchita, te he mandado ese mamotreto para que lo guardes en el sótano, si por casualidad tienes la llave. Y si no, que se lo lleve el trapero.


María, tengo la llave sin casualidad. Pero el cuadro es hermoso y no irá al sótano; ni digas locuras de dárselo al trapero, y siéntate ahora a tomar el té – replicó Doña Concha Espina, de la que Ramiro Maeztu diría que sus obras constituían toda una “epopeya católica”.


Las Ninfas encadenando a Sileno acabarían siendo la gala del salón en el último hogar de Concha Espina en Madrid.


Años después María Gutiérrez Cueto y Blanchard tendría un precioso estudio en París, visitado por reyes y multimillonarios; la cual la tuvo siempre sin cuidado, pues los trataba con la misma humanidad, cariño y respeto que a los mendigos que también la visitaban.


Ser pobre no supone jamás ser deshonesto – solía decir.


Tenemos un precioso testimonio de Josefina de La Maza, hija de Concha Espina, en una carta que sobre María Blanchard le escribió Federico García Lorca, y ésta para Josefina representaba una joya, dado que es una prosa inédita y autógrafa de Federico García Lorca, dedicada a la propia Josefina. En este precioso texto de historia viva podemos encontrar el siguiente párrafo de bellísima prosa poética: “…Es la época en que María Blanchard vive en Madrid y cobija en su casa a todo el mundo, a un ruso, a un chino, a quien llame a la puerta, presa ya de ese delicado delirio místico que ha coronado con camelias frías de Zurbarán su tránsito en París…Aguantaba la risa que causaban sus primeras exposiciones…Aguantaba a sus amigos con capacidad de enfermera, al ruso que hablaba de coches de oro, o contaba esmeraldas sobre la nieve, o al gigantón Diego Rivera…Aguantaba a los demás y permanecía sola, sin comunicación humana, tan sola que tuvo que buscar su patria invisible, donde corrieran sus heridas mezcladas con todo el mundo estilizado del dolor. La Vida y Pasión de Cristo fue tomando luz en su vida y, como el gran Falla, buscó en ella norma, dogma y consuelo”. Era lógico que María Blanchard y Concha Espina fuesen tan amigas. Estaban conectadas con el más allá. La libertad del artista es una energía sagrada y un movimiento metafísico que se inclina siempre necesariamente por el bien y por el bien que se siente y presiente mayor. Todo un personaje y una historia del cine de Víctor Erice. El cine español debe salir de la charca de los Torrente, de la secatura del quedar bien ante el poder, de los poderes vicarios y clientelas indeseables. Claro que la propia basura del cine español ya entraña una esperanza, pues como decía Shaftesbury, que de vivir hoy sería apresado por el actual gobierno británico, “incluso la putrefacción no es más que el camino a algo mejor”. 

domingo, 25 de agosto de 2024

El conservadurismo cristiano como alternativa al socialismo


Irazoqui, el Cristo, y Pasolini, el director,

 en un descanso del rodaje de El evangelio según San Mateo



Martín-Miguel Rubio Esteban


    El conservadurismo cristiano, no liberal, será siempre la mejor alternativa a los males sociales que con razón Marx denunciaba, pero que ni el socialismo ni el comunismo no sólo han sido incapaces de arreglar, sino que los han empeorado mucho más. Un poder enemigo de la libertad no puede jamás liberar al pueblo.


     Escribía Séneca a su joven amigo Lucilio: “Debes ir con la turba para apartarte de ti mismo, pues yendo sólo contigo andas demasiado cerca de un malvado” ( Carta XXV ). Y el dulce Jesús de Nazaret no fue otra cosa toda su vida que la voz divina de la turba, la sagrada voz de todos los “idiôtai” del mundo, del “ókhlos” más “óklos”, del “vulgus” más “vulgus”, del “popellus” más “popellus”, de la “plebecula” más “plebecula”, del “hiuma” más “hiuma”, del “plêthos” más “plêthos”, de los “dâsa” más “dâsa”, de los penéstâs” más “penéstâs”, de los “doûloi” más “doûloi”, de los “servi” más “servi”, de los “oikétas” más “oikétas”, de los, en resumen, “arkhómenoi”. Quizás fuese hasta la voz, VERBUM o LOGOS, del PUEBLO, que casi siempre se manifiesta en el individuo que está desesperado, porque en él hay contradicciones irresolubles, monstruosas oposiciones que no encajan ni pueden encajar.


     Democracia. ¿Poder del Pueblo? Sí; pero poder. Y de cualquier modo que se lo llame, el poder es, como diría el bueno de Anselm Bellegarrique allá por el París de 1850, época inmortalizada por la pluma de Marx, siempre el poder; es decir, el signo irrefutable de la abdicación de la soberanía del Pueblo y la consagración de un Dominio supremo y “absoluto”, esto es, “suelto” o “separado” de los mandados (“separatus ut imperet”, que decía Anaxágoras, traducido al latín, del “noûs” o Intelecto divino). Digámoslo sin rodeos: ninguna entidad humana tiene, en virtud de su propia naturaleza, el derecho de gobernar a los hombres. Y sería simple necedad concebir al Pueblo gobernándose “separadamente” de sí mismo y por encima de sí mismo. De este modo, la Democracia, resultaría ser precisamente, como dijo Jeremías Bentham en su A Fragment on Goverment, aquella clase de gobierno que uno se imagina cuando no hay gobierno en absoluto. Y si consideramos a la Democracia como el gobierno de todos, habría que suponer que éste es un gobierno sin súbditos. El buen Jesús de Nazaret vio en la “metánoia”, conversión o cambio de rumbo interior de cada hombre, el decisivo fulcro para saltar a una “metánoia” de ámbito social e histórico donde pudiera germinar el Reino de Dios, “Basileía toû Theoû”, y, por tanto, donde no existiera ni el poder ni los súbditos, que son los términos correlativos que constituyen cualquier sistema político. Quiso Jesús, quizás, lo mismo que los zelotes, pero con táctica y estrategia bien distintas. Jesús quería que la “metánoia” tuviese como campo de batalla primordial el propio corazón del hombre particular, del “idiôtês”, que haría “más tarde” saltar por los aires las estructuras opresoras. Por el contrario, los zelotes pensaban que cambiando de entrada por la violencia el rizoma social y sus terribles estructuras opresoras, “más tarde” habría de cambiar el corazón del hombre. De hecho, cuando el año 66 a. C. los zelotes conquistan Jerusalén, lo primero que hacen es incendiar el archivo de la ciudad para (según Josefo) aniquilar las escrituras de los acreedores y hacer imposible el cobro de las deudas. ¿Cambiaron con esto el corazón duro, avaricioso y voraz del hombre, y lo convirtieron en un corazón de amor y de generosidad? Parece que no; y pronto los romanos robustecerían y repararían los desconchados de las paredes de los viejos corazones. La estrategia y táctica de los zelotes siempre han fracasado. Fracasaron en la URSS, en Cuba, fracasan en Venezuela, fracasarán en Colombia y Brasil, y en todos los sitios en donde se ha querido resolver el gran problema del hombre dinamitando las estructuras, sin entablar la batalla en el propio corazón y la conciencia del hombre, que no es tan sólo un producto social, según afirmaba el maestro Marx. Además, no se puede cambiar el poder con el poder, porque el poder esencialmente corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, tal como dijera Lord Acton. Y es que no pasaría de ser un álibi, una coartada, atribuir todo el mal a unas impersonales estructuras que serían el chivo expiatorio de todos nuestros errores personales. Sólo hombres transformados transformarán el Mundo. Por eso, el “convertíos” de Jesús no termina en mí, pero en mí comienza o no comenzará nunca.   


     Jesús, es decir, Dios Vivo, señala abiertamente que los que mandan “oprimen con su poder” a las naciones ( Mc. 10, 42 ) y hasta acepta paladinamente la relación de todo el que tiene poder político con el diablo, cuando el propio diablo afirma que él mismo da el poder a quien quiere ( Lc. 4. 6: “et ait illi: tibi dabo potestatem/exousían hanc universam et gloriam/dóxan illorum, quia mihi tradita sunt/emoì paradédotai, et cui volo/dídômi do illa/dídômi autên” ). Es decir, el Poder es el Mal, el Reino del Diablo. Y como todo poder es diabólico, no existe ningún régimen político que no acabe en coprocracia. Más aún, Jesús coloca entre los pecadores a quienes colaboran con el poder político ( Mt. 9. 10: “ecce publicani et peccatores/telônai kaì hamartôloì discumbebant cum Iesu”). Quizás porque en la idea de poder esté la raíz misma del pecado. Y al liberarnos del pecado Jesús atacó la raíz misma del poder.


     Es curioso observar que cuando en un sistema democrático (también ocurre lo mismo en otros regímenes políticos) algún político —el arrendatario de la autoridad ajena (El Pueblo)— comete alguna sonada fechoría, inmediatamente desde alguna imprecisa instancia del Poder se arguye que el mal está en la propia naturaleza humana; que no es el sacrosanto sistema político quien genera el mal, sino “sólo” las bajas pasiones que caracterizan y definen la naturaleza humana. No cabe duda que tal sofisma —ordinario, pobre y de baja estofa— es de una rentabilidad sobrecogedora, pues lo venimos escuchando desde los griegos del siglo V a. C. Parece decirnos este indigente inventucho de una lógica mezquina que el Mal está en el Hombre, y no en las divinas estructuras políticas que el propio hombre fabrica. Ahora bien, hace veinticuatro siglos Demóstenes, en un precioso discurso, llegó a decirnos: “Dado que a ningún hombre se le obliga a meterse en política, la responsabilidad de sus acciones ha de ser máxima y total”. Y son los hombres, y sólo los hombres, la representación tangible y visible de cualquier estructura política.


     Una vez violada y hollada la personalidad particular por los programas sociales y estatales (todo lo que el hombre hace y padece está programado por la sociedad a la cual pertenece), esto del voto individual, de la decisión política individual puntual, al estar “previsto”, no es más que un horrible sarcasmo. Hace ya mucho tiempo Enrico Fromm, en su libro ¿Tener o ser?, preguntaba retóricamente: “¿Cómo quebrantar la voluntad de la persona sin que ella lo advierta?”. Y contestaba: “Mediante un complicado proceso de adoctrinamiento, recompensas, castigos y una ideología adecuada generalmente se realiza esta tarea, tan bien que la mayoría cree que obedece a su propia voluntad, y no advierte que su voluntad ha sido condicionada y manipulada”. Nuestros más íntimos deseos se nos expropian, y en su lugar se nos meten los deseos de todos y, por esa misma razón, los deseos de nadie. Era lógico que Aristóteles en su Política señalara que la ciudad, la pólis (la forma suprema de asociación natural), es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte, con lo cual intentaba persuadirnos de que existe un solo modelo de ciudadano coherente con la pólis, ya que se dice en la Ética y se reitera en la Política que el individuo y la pólis tienen fines semejantes. Si la pólis fue lo primero, la igualdad de deseos y objetivos por parte de los “polítai” es algo que se impone, y deberá arrasarse toda diferencia e interés particular en aras de un único modelo cuasidivino. De aquí debió nacer la idea de una “justicia universal” (catholikê, con la llegada de la Iglesia Apostólica Romana) y una ley común a todos los hombres, que fue Cicerón quien la puso en boga, apoyándose en filósofos del “período medio” de la Stoa, y particularmente en Panecio.


     Pues bien, respecto a la Justicia, Jesús de Nazaret se contentaba con repetir aquella máxima conocida, “haced vosotros con los demás hombres, todo lo que deseáis que hagan ellos con vosotros” (vid. Mt. VII, 12: “Omnia ergo quaecumque vultis ut faciant vobis, et vos facite illis”; Lc VI, 31: “Et prout/kathôs vultis ut faciant vobis homines, et vos facite illis similiter/homoíôs”). Se encuentra ya este axíoma en el Libro de Tobías IV, 16. Hillel usaba de él repetidas veces —Talm. De Babil. “Schabbath”, 31a— y como Jesús, decía que tal axíoma era el compendio de la Ley. Pero esta máxima, todavía bastante egoísta, no le bastaba, y pronto debía llegar el exceso: “Si alguno te hiere en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Y al que quiera armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale también la capa” (Mt. V, 39: “si quis te percusserit in dexteram maxillam tuam, praebe illi et alteram; et ei qui vult tecum iudicio contendere et tunicam/chitôna tuam tollere, dimitte ei et pallium/himátion”). Confer Jeremías, Lament. III, 36. Et confer etiam con la máxima socrática-platónica: “vale más sufrir una injusticia que cometerla”. 


     “Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecar, sácale y arrójale fuera de ti” (Mt. V, 29-30: “Quod si oculus tuus dexter scandalizat te, erue/éxele eum et proice abs te”; XVIII, 9; Mc. IX, 46).  “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian” (Mt V, 44: “diligite/agapate inimicos vestros, benefacite/proseúchesthe his qui oderunt vos, et orate pro persequentibus etcalumniantibus vos»); Lc. VI, 27; Comp. Talm. Babil. “Schabath”, 88b; “Ioma”, 23a. ). “No juzguéis a los demás, si queréis no ser juzgados” (vid. Mt VII, 1 “Nolite iudicare, ut non iudicemini/krithête”; Lc. VI, 37). “Perdonad y seréis perdonados” (vid. Lc. VI, 37: “Dimitte, et dimittemini/apolythêsesthe”; Prov. XX, 22, Ecles. XXVIII, I y sig.). “Sed, pues, misericordiosos, así como también nuestro Padre es misericordioso” (vid. Lc. VI, 36: “Estote ergo misericordes/oiktírmones, sicut et Pater vester misericors”). “Mucha mayor dicha es el dar que el recibir” (vid. Hech. XX, 35: “Beatius/makárion est magis dare, quam accipere”). “Quien se ensalzare, será humillado, y quien se humillare, será ensalzado” (vid. Mt. XXIII, 12: “Qui autem se exaltaverit humiliabitur, et qui se humiliaverit/tapeinôsei exaltabitur/ypsôthêsetai”; Luc. XIV, 11; XVIII, 14). Las sentencias referidas por San Jerónimo con arreglo al “Evangelio según los hebreos”, respiran la misma moral. El buen Jesús también condenaba la pena del talión (vid. Mt. V, 38 y sig.), y vituperaba la usura (vid. Mt. V, 42), aunque la llegase a elogiar el impertinente amigo de Tocqueville, Joseph Arthur de Gobineau, primer padre fundador del nazismo. La idea de un culto fundado en la pureza del corazón y en la fraternidad humana —desarrollo de la democrática y patriótica “isogonía” griega—, idea que Jesús trajo al mundo, era tan absolutamente nueva y de tal modo elevada, que la Iglesia cristiana debía sobre este punto desconocer por completo sus intenciones; aún en nuestros días, sólo algunas almas son capaces de adherirse a ella.


     En el mundo, tal como es, el mal impera. Satanás es “el rey de este mundo” (Juan, XII, 31: “prínceps/archôn huius mundi”; XIV, 11; Cor. IV; Eph. II, 2), y todo le obedece. Los reyes matan a los profetas. Los sacerdotes y los doctores no ejecutan siempre lo que mandan hacer a otros. Los justos son perseguidos, y el único patrimonio de los buenos es llorar. “El mundo” es así el enemigo de Dios y de sus santos (vid. Juan I, 10; VII, 17, 22, 27; XV, 18 y sig. XVII, 9, 14, 16, 25). La significación de la palabra “mundo” (kósmos) está particularmente caracterizada en los escritos de Pablo y Juan ); pero Dios despertará y vengará a los suyos. El día se acerca, porque la abominación llega a su término. Al reino del bien le tocará su vez.


    Los primeros serán los últimos (vid. Mt. XIX, 30: “Multi autem erunt primi/prôtoi novissimi/éschatoi; et novissimi primi”; XX, 16; Marc. X, 31; Lc. XIII, 30). Un nuevo orden regirá la humanidad. Al presente, el bien y el mal están mezclados como la mies y la cizaña en un campo. Su dueño los deja crecer a la vez; pero la hora de la separación violenta llegará (vid. Mt XIII, 24 y sig: “Colligite primum zizania et alligate ea in fasciculos ad comburendum/katakaûsai, triticum autem congregate in horreum meum/apothêkên mou”). El reino de Dios será como una gran redada que juntos trae el pescado bueno y malo; el bueno se deposita en los cestos desembarazándose del resto (vid. Mt. XIII, 47 y sig: “et secus sedentes, elegerunt/synélexan bonos in vasa, malos autem foras miserunt”).


     Si Jesús, en lugar de fundar su reino celeste, hubiera ido a Roma a conspirar contra Tiberio, o a echar de menos a Germánico, ¿en qué hubiera venido a parar el mundo? Republicano austero, patriota celoso, no hubiera detenido el gran curso de los negocios de su siglo, mientras que, declarando insignificante la política, reveló al mundo esta verdad: que la patria no es el todo y que el hombre es anterior y superior al ciudadano.


     Jesús quiere confundir la riqueza y el poder, pero no apoderarse de ellos. Y el dinero, como ya nos dijese Marx, es el representante universal de la riqueza. Predice a sus discípulos persecuciones y suplicios; pero ni una vez siquiera deja entrever el pensamiento de una resistencia violenta. La idea de ser todopoderoso por el sufrimiento, y de que se triunfa de la fuerza por la pureza del corazón, es ciertamente una idea propia de Jesús. Lo que para los hombres es elevado, es abominable a los ojos de Dios. Los fundadores del reino de Dios serán los cándidos. No los ricos, ni los doctores, ni los sacerdotes; sí las mujeres, los hombres del pueblo, los humildes, los niños. La gran señal del Mesías es “la buena nueva” anunciada a los pobres. Su ensueño consistía en una revolución social, conseguida con la “metánoia” de cada uno, en que los rangos fueran invertidos, quedando humillado cuanto en este mundo es oficial y grande. El mundo no le creerá; el mundo le condenará a muerte. Pero sus discípulos no pertenecerán al mundo, ellos formarán un pequeño rebaño de humildes y sencillos, rebaño que por su mansedumbre llegará a conseguir el triunfo.


     Para ser discípulo de Jesús, la primera condición era vender los bienes y repartir su producto entre los pobres. Los que retrocedían ante la idea de tal sacrificio, no ingresaban en la comunidad. Jesús repetía frecuentemente que aquel que ha encontrado el reino de Dios debe adquirirlo con el precio de todo su caudal y que aún así hace una adquisición ventajosa. “Es semejante el reino de los Cielos —decía el divino Maestro— a un tesoro escondido en el campo, que si le halla un hombre, vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. Es asimismo semejante a un mercader que trata en perlas finas, y viendo una de gran valor, va y vende cuanto tiene y la compra”.


     El reino de Dios se ha hecho: 1º para los niños y para aquellos que se les asemejen; 2º para los desechados del mundo, víctimas del rigor social que rechaza al hombre bueno cuando es humilde; 3º para los heréticos y cismáticos, publicanos, samaritanos y paganos de Tiro y Sidón. El nombre de los pobres (“ebion”) había llegado a ser sinónimo de “santo” y de “amigo de Dios”. Ese era el nombre que los discípulos galileos de Jesús se daban con preferencia. 

sábado, 17 de agosto de 2024

El Lenin de Vladímir Mayakovski



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Hace unos meses, con motivo del primer centenario de la muerte de Lenin, a las 6:50 del 21 de enero de 1924 ( “las agujas de la Spásskaya se detuvieron” ), escribimos un artículo en estas mismas páginas sobre su controvertida figura y su tremebunda repercusión en el mundo entero (“ A cien años de la muerte de Lenin”, 26 de enero de 2024). Y hoy vamos a celebrar también el primer centenario del largo poema con que el poeta comunista Vladímir Mayakovski honró la memoria de Lenin aquel mismo año de 1924. En la obra del gran Mayakovski, como el sol en la gota de agua, se refleja el alma del pueblo ruso y la faz de aquella época convulsa de que fue heraldo por designio de la historia de una doctrina “liberadora” que acabó esclavizando y haciendo regresar a la servidumbre, anterior al zar Alejandro II, al grande y entrañable pueblo ruso. Que la cosa acabase en tragedia no es óbice para percibir el alma juvenil, honesta y hambrienta de bien y de justicia del gran poeta, y su poema al camarada Lenin se convierte en una hermosa oda –de la que, por cierto, tomará muchas cosas la Oda “facilona” de Pablo Neruda, también dedicada a Lenin, que nos recuerda mucho los elogios de Lucrecio a Epicuro, en su De rerum natura (“Pero Marx las leyes de la historia descubrió, puso al proletariado en el timón. Los libros de Marx no son pruebas de imprenta, no son columnas de cifras secas, Marx puso en pie al obrero y lo condujo en columnas más rectas” (…) “Moliendo con la piedra del cerebro sus últimos pensamientos, y trazando con su mano de cera la palabra postrera, yo sé que Marx ya columbraba en sueños el Kremlin y la bandera de la Comuna sobre el rojo Moscú desplegada” ), y que se levanta sobre una rígida y disciplinada estructura métrica, siguiendo el sistema silabotónico del gran ilustrado Lomonósov, del siglo de Catalina la Grande, quien ya en sus odas se plantean grandes problemas de Estado, y están escritas en un majestuoso estilo oratorio. Llama la atención el fracaso histórico de este poema cuando de todos los revolucionarios comunistas que nombra, compañeros de Ilich, como Zinoviev, Trotsky, Murálov, Stalin, etc., sólo Stalin sale con vida de sus propias purgas. Todos aquellos compañeros de Lenin que Mayakovski exalta con devoción fueron eliminados por el estalinismo. Otra vez la Revolución devorando a sus hijos, sin duda a sus hijos más decentes, para mimar como perversa madrastra a los más sanguinarios y depravados. Si mediante el apóstrofe nuestro Espronceda detenía el Sol, Mayakovski con otro apóstrofe detendrá la Tierra: “¡Detente, Tierra, y quédate quieta!”. El dolor se extiende por toda la Unión Soviética: “Los niños se pusieron serios como ancianos, y como niños los ancianos lloraron. El viento aullaba en vela por toda la tierra, que no acababa de comprender, en su estupefacción, que en Moscú, en una diminuta y fría habitación yacía en su ataúd el hijo y padre de la Revolución (…) La calle es como una cruel herida, gimiente toda, toda dolorida (…) Aquí a Lenin conoce cada obrero, ponedle las ramas de abeto de los corazones vuestros (…) Aquí cada campesino el nombre de Lenin lo inscribió en su corazón, como en el Santoral, con amor aún mayor”. Llama la atención que un poeta que se suicidó, con un tiro en su corazón, ante las horribles críticas de individualismo pequeñoburgués que le hacía su Partido se mató quizás para no ser matado, como otros, elogie al Partido como colectivo que siempre será más sabio que el individuo. “El Partido es una mano de un millón de dedos, apretada, con vigor, en recio puño demoledor. Uno solo es absurdo, uno es como ninguno, uno, por muy importante que sea, no levantará ni una simple viga de madera, y menos, un edificio de cinco pisos.” Sin embargo, el poeta se contradice con el partido-colectivo, cuando la organización puede ser representada plenamente por uno solo. “El Partido y Lenin son hermanos gemelos; para la madre-historia, ¿quién es más entrañable de ellos? Cuando decimos: Lenin, es como si dijéramos: el Partido. Cuando decimos: el Partido, es como si dijéramos: Lenin”.


El jovencísimo Mayakovski fue útil a la Revolución como creador de expresiones cortas, de tres o cuatro palabras, a veces de una, de una rentabilidad muy contundente, y políticamente muy efectivas. Eso le hizo, tras la revolución, crear, junto al plurimorfo genio Rodchenko, una agencia de publicidad, en el que el gran Rodchenko creaba las imágenes y Mayakovski ponía la letra, el lema. Precisamente uno de los carteles, de cultura revolucionaria, más famosos de Alexander Rodchenko tiene como imagen el rostro hermosísimo, carcajeante, de la bella Lilia Brik, la musa y amante de Mayakovski, y musa, en general, de toda la vanguardia cultural de la Revolución. De la boca muy abierta de la bella revolucionaria, artista multifacética, sale el vocablo “knigi”, esto es, “libros”. Lilia Brik nunca creyó en el suicidio de su amado Mayakovski, según se desprende de una entrevista que concedió al legendario “Viejo Topo”, aunque el poeta obsesivamente hablase del suicidio como método infalible para resolver los problemas. “Y luego, pasada la tempestad brava, te sientas al sol y te limpias de las verdes barbas de las algas y de las medusas, viscosas, rosáceas (…) ¿Quién lloraría ahora mi muerte pequeña cuando todo está de luto por esta muerte inmensa?”. ¿Pueden salvarse moralmente los grandes artistas que, como Mayakovski, colaboraron con la Revolución de Octubre y lo hicieron sin miedo y por propia iniciativa? La verdad es que tras la represión salvaje de 1905 y la humillación de Rusia ante Japón, el zar había perdido por completo el cariño de su pueblo – que en su día lo tuvo intensamente -, y la mayor parte de los intelectuales y creadores le habían dado la espalda, apoyando un porvenir nuevo. El aire ya estaba cargado del presentimiento de la tragedia que se avecinaba: la primera guerra mundial y la Revolución de Octubre. La eliminación de la injusticia y del dolor se convirtió en una obligación acuciante. “Estoy en dondequiera que hay dolor; / en cada lágrima vertida, / me crucifico yo.” Ahora bien, los intelectuales y artistas que apoyaron todavía el régimen comunista después de 1930 –año del suicidio de Mayakovski, cuando todo conato de libertad y democracia era estrangulado ipso facto, no tendrán jamás perdón de Dios.

[El Imparcial]



Lilia Brik