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sábado, 12 de junio de 2010

Rabo, raboso, rabadilla, rabear

LA HORA DE LA TALANQUERA

¡¡¡LLEGÓ EL DÍA!!!

Toribio,
el de los rabos


RABO.- La cola larga del animal, como la de la zorra. Díxose de repo, is, que significa yr arrastrando. Proverbio: Ir rabo entre piernas, ir vencido y corrido; metáfora tomada de los animales. "De rabo de puerco, nunca buen virote". "A rozín muerto, cevada al rabo." "Aún está el rabo por desollar", quando en l negocio queda alguna dificultad grande que averiguar. "Rabo a viento, y pico a viento", término de caçadores de halcón y cetrería.

RABÓN.- El animal que le han cortado la cola, como mula rabona. Raboso, el que tiene muchos rabos. Rabicorto, el que anda con faldas cortas que no le baxan del talón. Rabos, las salpicaduras del lodo en las ropas largas. Rabadilla, la punta de espinaço en ls aves. Rabear, menear la cola.
TESORO DE LA LENGUA CASTELLANA O ESPAÑOLA / SEBASTIÁN DE COVARRUBIAS

viernes, 11 de junio de 2010

The queue

ARDE LA TALANQUERA


¡¡¡FALTA UN DÍA!!!


El amo del rabo

LA COLA

Julio Camba

Los Tribunales han condenado la cola del Palladium. Yo no sé si tienen ustedes idea de lo que son estas colas que se forman en Londres a la puerta de los teatros. Un señor dice hoy muy serio en el Dayly News que the queue -la cola- representa la civilización inglesa. Representa desde luego el orden y la disciplina. El principio de la cola de un teatro -me refiero al principio moral- es éste: First comed, first served, en oposición al de every man for himself. En la cola de un teatro inglés no vale ser fuerte, inteligente ni "vivo". Lo único que vale es llegar temprano. Un tullido que tome puesto en la cola primero que un huérfano, entra en el teatro antes que él. La cola inglesa no tiene comparación posible en España más que en los puestos por escalafón, donde no se recompensa al más bruto, como opinan algunos, sino al más antiguo. Para el buen orden de la cola inglesa se sacrifican todos los méritos individuales. Realmente, aquí no se reconoce más que un mérito individual, que es el de tener dinero. Se supone que el que tiene dinero compra una localidad cara, y todos los que no tienen dinero para tomar una localidad cara, pues todos son iguales en la cola.

Por estas razones, dice el comunicante del Daily News que la cola es la civilización inglesa. Si no es la civilización precisamente, es la cola de la civilización inglesa. Las gentes verdaderamente civilizadas tienen sus asientos reservados en los teatros y entran cuando quieren.

Por lo que respecta a la cola de Palladium, las autoridades no han hecho más que condenarla en beneficio del tránsito y atendiendo a quejas del comercio; pero sin que esta condena ataña en lo más mínimo a la filosofía de la cola en sí. Han condenado la cola del Palladium por circunstancias especiales; pero la cola de los teatros en general, la cola como representanción de los principios morales ingleses, ésa permanece sagrada. Porque la cola tiene un sentido filosófico y un aspecto pintoresco. Artistas callejeros, que no pueden trabajar para el público en los teatros, se ponen a trabajar para la cola. El público de la cola está más horas formando cola que viendo la función; así es que no le basta el espectáculo teatral, sino que necesita también un espectáculo como cola. Para subvenir a esta necesidad vienen los artistas ambulantes: un tío que toca el acordeón, una vieja que canta romanzas, un acróbata, un escocés con una gaita, un negro de hollín, medio desteñido por la lluvia, que baila el cakewalk; una adivinadora, un tenor italiano... Durante dos o tres horas se arma en la calle una algarabía terrible. Los comercios no pueden vender. Los artistas, de cuando en cuando, hacen una colecta más o menos fructuosa. La cola goza lo indecible, hasta el punto de que yo creo que muchos no hacen cola para entrar en el teatro, sino simplemente por el placer de hacer cola, que es un placer muy dentro del gusto inglés.

Y aunque yo no esté conforme con la filosofía de la cola, yo adoro su aspecto pintoresco. Por eso siento la desaparcición de la cola del Palladium, que era, tal vez, la más típica de todas.

jueves, 10 de junio de 2010

El rabo de Madrid

LA TALANQUERA DE LAS VENTAS, EN ASCUAS

¡¡¡FALTAN DOS DÍAS!!!


Pero... ¿de quién es este rabo?
El certificado de Toribio

Casa Toribio

Toribio

Cola, s
. Parte del espinazo de un animal que ha trascendido sus limitaciones naturales para llevar una existencia independiente en un mundo propio. Salvo en el estado fetal, el hombre carece de cola, privación cuya conciencia hereditaria se manifiesta en los faldones de la levita masculina y la "cola" del vestido femenino, así como en una tendencia a adornar esa parte de su vestimenta donde debería estar -indudablemente estuvo alguna vez- la cola. Esta tendencia es más observable en la hembra de la especie, en quien ese sentimiento ancestral es fuerte y persistente. Los hombres coludos que describe Lord Monboddo son, según se cree ahora, el producto de una imaginación extraordinariamente susceptible a influencias generadas en la edad dorada de nuestro pasado piteco.
DICCIONARIO DEL DIABLO / AMBROSE BIERCE

miércoles, 14 de abril de 2010

A PROPÓSITO DE LA PROPIEDAD

El rabo que se cocina en Madrid...

Si es verdad, como aseguran, que la propiedad es un robo, el día que todo sea de todos, todos seremos ladrones.


RUSIÑOL Y SU TIEMPO / JOSÉ PLA


...es de Toribio...

...como certifica este documento

martes, 13 de abril de 2010

DOS HOMBRES Y UN DESTINO

J. R. M. / 2010

Jorge Berlanga


¿Hasta el rabo todo es toro? Teniendo en cuenta que entre el ganado que muchas veces sale en Las Ventas desde los pitones nada es toro, habría que discutir el nombre de la receta a la hora de guisarle los apéndices. Mientras no se certifique el milagro de los panes y los rabos, a uno no le salen las cuentas dividiendo los espantamoscas que les cortan en el desolladero cada tarde de feria a los 6 supuestos morlacos y el inevitable par de sobreros, por la cantidad de raciones que se despachan cada noche en Casa Toribio. A mí a veces me han puesto la excusa de la ley de las vacas locas, y otras razones veterinarias que permiten al bicho ser apto para la lidia, pero no para el consumo, así que cuando uno piensa hincarle el diente a ternilla de Miura, acaba tragando con morucha de Galapagar. Así está el folclore taurino, en el ruedo nos dan gato por liebre, y en el fogón cola por rabo. Todo es cuestión de aderezo.

***
Propiedad, s. Cualquier cosa material, sin valor particular, que pueda ser defendida por A contra la avidez de B. Todo lo que satisface la fiebre de posesión en unos y la defrauda en los demás. Objeto de la breve rapacidad del hombre, y de su larga indiferencia.

DICCIONARIO DEL DIABLO /
AMBROSE BIERCE


J. Berlanga

lunes, 12 de abril de 2010

LOS RABOS DE LAS VENTAS TIENEN AMO


José Ramón Márquez

Yo pido, por Dios, la asistencia letrada de Joaquín Moeckel para que nos ilustre en un asunto jurídico tan enrevesado como es el del próximo rabo de Las Ventas, que tantas sombras legales está arrojando.

Examinemos someramente las diversas cuestiones suscitadas, sobre las que se pide auxilio y luz a tan conspicuo letrado:

-Los rabos son de Toribio. Él es el sujeto titular del dominio sobre ese bien, lo cual queda acreditado por el certificado de la empresa alcarreña adquirente de las carnes del ganado lidiado en Las Ventas. ¿Tendría entonces la Autoridad atribución como para disponer del rabo? ¿No hay acaso aquí un conflicto sobre el animus, al tener la Autoridad la intención de sentirse dueña del rabo, independientemente de tener título de propiedad sobre el mismo?

-¿Acaso la libre disposición por parte del Presidente del rabo en cuestión no origina en el receptor del mismo una posesión ilegítima, pues éste no tiene ni título justo ni buena fe? ¿Podríamos hablar en este caso de robo?

-Si el Presidente de la corrida, sabiendo que el rabo en cuestión tiene un propietario legítimo, y pese a eso decide cedérselo a un tercero mediante la exhibición de un pañuelo, ¿podríamos calificar esta acción como constituyente de un delito de prevaricación?

-¿Hasta dónde puede un Presidente esgrimir como excusa la salvaguarda del Orden Público para conceder un rabo a sabiendas de que no le pertenece?

-¿Serían de aplicación en este caso las limitaciones al derecho de propiedad establecidas en orden al bien común? Si así fuese, ¿sería posible ir a un procedimiento expropiatorio del rabo y a señalar la correspondiente indemnización como manera de soslayar la cuestión de la propiedad?

-¿El rabo otorgado de forma ilegal computaría a efectos estadísticos?

-¿Sería aceptable tener dispuesta una prótesis u otro rabo de cualquier bóvido para sustituir simbólicamente al del Cuvillo y que el torero pueda dar la vuelta al ruedo con algo largo y peludo en la mano?

-Si al lanzar el rabo al tendido, éste ocasionase una mancha en el vestido de una señora, ¿podría hablarse de una responsabilidad civil subsidiaria de Toribio hacia ese daño, como legítimo propietario del objeto causante?

-¿Sería aceptable una cesión de soberanía del Presidente por la que se dotase también a Toribio de un pañuelo y que fuese él quien manifestase aquiescencia a la decisión presidencial y su consentimiento a entregar el rabo de su propiedad al torero, de forma que el propietario no viese lesionado su ius abutendi?

-¿Se podría llegar a un acuerdo para que el torero tan sólo pasease el rabo por el anillo y que al finalizar la vuelta y recibidas las ovaciones de rigor le reintegrase su propiedad a Toribio? ¿Estaría esto conforme con la vigente legislación sobre carnes destinadas al consumo humano? ¿Sería preciso, en ese caso, que con antelación el torero obtuviese el certificado de manipulador de alimentos?

-¿Se podría llegar a un acuerdo por el que Salvador Boix adquiriese los rabos, mediante pacto privado ante notario, que podría elevarse a escritura pública por requerimiento de alguna de las partes?



Toribio

viernes, 9 de abril de 2010

¿DE QUIÉN ES ESTE RABO?

¿De Tomás (faltan 55 días)...


...o de Toribio?


Ver controversia de los cerdos gadarenos entre T. H. Huxley y W. Gladstone: ¿qué sucede con el dueño de los cerdos? ¿Destruiría Jesús arbitrariamente la propiedad de un granjero inocente? Gladstone respondió que el granjero era judío y no debería criar cerdos.

miércoles, 24 de febrero de 2010

EL TORO, LA SUERTE Y EL AGUA

Idílico, tanteando su reencarnación
en una adelfa



Lord, here comes the flood

Peter Gabriel


José Ramón Márquez

La maldición bíblica se cierne sobre Cádiz. La inundación. El agua vuelve a adueñarse de los campos, dándoles el mismo aspecto de marisma que seguramente tuvieron en la época de Estrabón. El Gerión contemporáneo, el que tiene los ganados que demanda el dios mesetario para su culto, también ve anegadas sus fincas. Idílico, que nació con una señal, fue ungido por la mano del dios y salvada su vida en el oriente, se retrepa a un otero y ve, con lágrimas en los ojos, a sus congéneres entre las aguas. Piensa el Padre Idílico que esas aguas causarán sin duda la blandura en las patas que en breve se verá, pues si el agua ablanda los garbanzos, ¿cómo no va a ablandar las pezuñas de sus hermanos los toros? Entretanto el columnista De Prada firma una sensible opinión en ABC en la que, con un noble carácter ecuménico, hace votos porque el simpático Dalai Lama, Tenzing, emanación del Buda Avalokiteśvara, se reencarne en un manso, es decir en un animal de condición benigna y suave, del Cuvillo, y que ese afortunado semoviente le caiga en suerte al dios ibérico José Tomás en Barcelona, para que pueda indultarlo y así detener la rueda eterna de las reencarnaciones. También opina que ‘mucho más letales para la fiesta nacional que la carta del Dalai Lama se nos antojan las memeces que a cada poco se publican en la prensa’. Yo creo que ésta si que es una grandísima inundación, de la que no nos salva ni Noé.

PRADA SE APEA Y LA SECTA SE MOSQUEA

Idílico, terror entre las adelfas



DESPEDIDA DE UN TAURINO


Juan Manuel de Prada

abc.es

El Dalai Lama ha mandado una carta a los diputados catalanes solicitándoles la prohibición de las corridas de toros en Cataluña; en lo que mira por su bien, pues siendo el Dalai Lama un hombre de natural manso y creyendo como buen budista en la reencarnación, lo más probable es que termine reencarnándose en uno de esos mansos de Núñez del Cuvillo que echan en la plaza de Barcelona. Pero un budista como el Dalai Dama no puede entender los toros, pues el budismo es una religión (o una disciplina psicológica) que, para espantar el miedo de la muerte, hace yoga. Para entender los toros hace falta mirar a la muerte de cara, tomándola muy en serio, como hacen los católicos el Viernes Santo, y muy en broma, como hacen el Domingo de Resurrección. El budista ve en la vida una suerte de ritmo fatídico, de rotación cósmica, de rueda del destino; y se conforma con ampliar su experiencia de la vida repitiéndola una otra y otra vez, mediante la anodina reencarnación. El católico, por el contrario, ve en la vida una oportunidad para descoyuntar el universo, para buscar chispazos de un bien más alto que el que pueda ofrecerle la experiencia; y, así, no trata de ampliarla indefinidamente, sino de reventarle las costuras o descerrajarla, mediante la jubilosa resurrección. Por eso el símbolo del budismo es un círculo, que representa la repetición (una serpiente que se muerde la cola); mientras el símbolo católico es la cruz, que señala audazmente direcciones opuestas, estirándose hasta la eternidad.

Conque un torero puesto ante un toro es un católico que quiere descerrajar la vida, reventarle las costuras, para palpar un bien más alto que el que pueda ofrecer la experiencia; a esto lo llamaba Agustín de Foxá pasearse entre el más acá y el Más Allá, que a mi juicio es la forma más exacta y sintética de definir el toreo y, en general, el arte genuinamente español. Arte que el Dalai Lama no puede entender, porque mientras el torero se pasea entre el más acá al Más Allá en cada muletazo (como una cruz viviente sobre la arena), el budista está dale que te pego haciendo girar la rueda del más acá, como un conejillo de Indias en la jaula; y, por mucho que a este girar la rueda lo llamen los budistas beatitud, para nosotros es algo que no se distingue demasiado de la desesperación. Una religión (o disciplina psicológica) que entiende la beatitud como un éxtasis de indiferencia jamás podrá disfrutar de los toros, gracias a Dios. Y los taurinos, para castigar la osadía del Dalai Lama, no tienen más que esperar que se reencarne en un manso de Núñez del Cuvillo; sólo que alguien debería encargarse de que ese Núñez del Cuvillo caiga en manos de José Tomás, para que pueda indultarlo.

Mucho más letales para la fiesta nacional que la carta del Dalai Lama se nos antojan las memeces que a cada poco se publican en la prensa, proferidas por gentes que, proclamándose aficionados o presentando credenciales de matador, deberían preocuparse de defender con argumentos menos mostrencos y claudicantes su afición y su vocación. Sirvan como ejemplo estos dos botones de muestra, rescatados de los titulares de este periódico en fechas recientes: «Prohibir la fiesta va contra la Democracia» (Cayetano); y «Nadie puede negarle a nadie su espacio de libertad» (Serrat). Si una fiesta ancestral, constitutiva del genio hispánico, tiene que justificarse como una conquista de la democracia o como un espacio de libertad, por mí que la vayan enterrando; y, desde luego, viendo que son estas majaderías las que se estilan, desde hoy mismo me apeo de su defensa, que dejo a los vindicadores de la democracia y a los apóstoles de la libertad. Toda esa morrallona progresista es el caballo de Troya que acabará desnaturalizando la fiesta nacional. Antes que contemplar sus efectos, prefiero seguir las prédicas del Dalai Lama.