Mostrando entradas con la etiqueta Temporada 2023. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Temporada 2023. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de octubre de 2023

Corrida de la Hispanidad. Redada taurina para Cid, decepcionante; Talavante, esperpéntico; y Fonseca, que parece tocar techo. Mentiras e ignorancia. Pepe Campos

 




PEPE CAMPOS



Plaza de toros de Las Ventas. Jueves, 12 de octubre de 2023. Día de la Hispanidad. Lleno. Tarde espléndida. Volvía a Las Ventas Manuel Jesús «El Cid», que fue recibido con una gran ovación que recogió saludando desde el tercio.

Dos toros de Garcigrande (encaste Juan Pedro Domecq), lidiados como primero y segundo. Un toro de Cortés (procedencia Victoriano del Río) como tercero. Tres toros de Victoriano del Río (encaste Juan Pedro Domecq, con otros encastes Domecq)). Todos nobles y flojos. En especial, primero y segundo, inválidos. El primero, acochinado, el segundo, zambombo y aborricado. Tercero, ordinario. Cuarto feo y basto. Quinto, cornalón y tosco. Sexto, grandón. Todos, en cierto modo, en mayor o en menor grado, en sus viajes, fueron y vinieron, se dejaron. En conjunto una corrida mal presentada y de juego bobalicón como se estila en la ganadería brava española de procedencia Domecq.

Terna: Manuel Jesús «El Cid», de azul pavo y oro, con cabos blancos; palmas y silencio tras un aviso. Alejandro Talavante, de tabaco y oro, con cabos blancos; silencio y división de opiniones tras insuficiente petición de oreja, tras escuchar un aviso. Isaac Fonseca, de marfil y oro; silencio tras un aviso y ovación tras aviso.



Paseíllo de la Hispanidad


Estamos instalados en la mentira y la ignorancia. Los toros y la sociedad viven tiempos de falsificación y de desconocimiento. La corrida de ayer en Las Ventas fue un ejemplo perfecto del desastre que se cierne sobre el mundo de los toros en los últimos años. Es difícil realizar un análisis clarificador. Los males se manifiestan en todos los sectores que forman parte de la fiesta de los toros.

Para comenzar a enumerarlos y examinarlos, podríamos decir que ya no es una fiesta popular, sino una gala con exhibición de personas que acuden a la misma con la intención de pasarlo bien, bebiendo como cosacos, no obstante, sin saber qué están viendo, y sin poseer ningún agarradero teórico para discernir lo que sucede en el ruedo. Aquello de la tradición oral en lo taurino ha pasado a mejor vida.

 Parece evidente que nadie enseña nada a los que se suman al espectáculo, y si se les explica algo es para equivocarles y hablarles de «este torero es una auténtica figura del toreo», o bien «hoy se torea mejor que nunca» o «el toro que sale en la actualidad es el animal más bravo de la historia». Si se acude a los cosos taurinos con estos parámetros en el magín —tópicos, pobres y superficiales— poco se podrá entender sobre un ritual complejo y rico como la corrida de toros. Aparte, es reconocible que el «nuevo público» no muestra interés por formarse, ni por instruirse, ni en querer introducirse con cierta garantía en los pormenores de lo que es una lidia de un toro y el toreo. Desde aquí recomendamos a los noveles aficionados que lean, ahí están a mano, sin tener que irse a la prehistoria, los libros de Federico M. Alcázar, Gregorio Corrochano, Antonio Díaz-Cañabate, Guillermo Sureda, Alfonso Navalón, Vicente Zabala (padre, no el hijo, ¡por favor!), Joaquín Vidal, Ramón Barga Bensusán, e incluso, por qué no, José Bergamín, Domingo Ortega, Rafael Ortega, etc. Hay que tener un poco de vergüenza intelectual y estar a la altura de la historia de la tauromaquia y adquirir cierto lustre cultural, para que no se piense que la universidad no sirve para nada (que es lo que nos tememos).

La mentira y la ignorancia, asimismo, la encontramos en el toro del lidia. Mentira porque, cada vez más, es un animal fabricado para beneficio de los toreros que alcanzan instalarse en los puestos altos del escalafón, de los «profesionales que torean» y que parecen tener muy poca afición, ya que lo que desean es enfrentarse a «borregos» colaboradores para que se produzcan triunfos hueros. La ignorancia es no tener noticia de esta verdad. El toro de lidia actual, salvo raras excepciones (el de las ganaderías duras y las encastadas: podemos imaginarnos cuáles son: aquellas que no torean las denominadas «figuras del toreo») es una animal previsible, con muy poquita fuerza, que nada más sentir una primera puya en su lomo, se tambalea y comienza a abrir la boca, que deambula por el ruedo pidiendo el sonido de la campana para llegar a la muleta moribundo, si bien muy obediente, y comenzar a seguir «el gran trapo» que le presentan los toreros, y seguirlo y escoltarlo y hacer como que lo busca, mientras da la impresión de que se va a derrumbar en la arena, en cualquier instante, todo lo largo que la naturaleza le ha obsequiado como cuadrúpedo. Sin embargo, no se cae, no se muere del todo durante la faena de muleta, a pesar de todas las apariencias, pues su sino es servir a la tauromaquia y perseguir esos muletones hasta el final, un trance que le llegará tras los avisos a sus toreadores. Un toro claudicante para una tauromaquia adocenada.

La mentira y la ignorancia se halla en el toreo. La mentira de los toreros que presentan los engaños (pensemos en la muleta, el uso del capote casi ha desaparecido) sin echarlos hacia adelante para llamar al toro, sin que esté planchada la muleta, ni cuadrada, de toreros que se sitúan de perfil en el cite —y en el núcleo del toreo— que llevan al toro en los pases con el pico de la muleta, lo más lejos posible de sus personas, con notorio hueco entre ellos y el toro, evitando todo peligro al esconder la pierna de salida en los pases, por retrasarla y rehuir el verdadero embroque. Eso sí, ligando los pases, alcayatado el cuerpo, aflamencado, postureada la figura. Y así, llevar una vez y otra al astado por el camino de las afueras. Sin mando, porque esos toros puede que no necesiten ningún mando. Sí, cierto es, con temple, o fabricando esa distancia convencional que se produce entre el trapo rojo y la cuerna de los toros, sin sólido imán, si no simulada obediencia. Porque la embestida del toro no es con fiera acometividad, sino con sumisa persecución de lo que se le muestre. De modo que surgen un sinfín de pases porque el toro va y viene, pasa y vuelve, y si regala al torero algunas embestidas curvas a la misma velocidad, sirve en bandeja el triunfo a ese paciente toreador que no ceja en su labor de sumar pases, cuantos más mejor. Porque sabe que llegará ese momento y con poco: llevar al toro con cierta suavidad, el triunfo está en la mano. Pues la estocada no importa, da igual por dónde se le introduzca el acero al astado. Pero si es por lugares bajos, mejor, pues se asegura la muerte del toro y el corte de orejas. Toda esta mentira está permitida por la ignorancia del público (no del aficionado). Una ignorancia de la que no se permite salir.

Sería interminable la exposición de tanta mentira aposentada en la fiesta de toros de hoy. Ayer en Las Ventas fuimos testigos de mucha mentira y demasiada ignorancia. Repasemos lo sucedido. Enorme decepción la sufrida viendo tan convencional y tan ventajista a El Cid. Un gran torero que fue y que ha vuelto para no decir nada nuevo. Una pena verle superficial y sin compromiso. De esta manera poco recorrido tiene su retorno al circuito de las corridas de toros. Le vimos presentando la muleta en arco, en uve, no plana y frontal. Él, de perfil, toreando hacia las afueras y hacia atrás, retrasando el engaño, escondiendo la pierna. Mucho temple, mas un temple falso, falaz, de rutina. Sus dos enemigos fueron nobles y se dejaron. No les cogió ni siquiera ese aire de hacer como que se hace. Recetó dos estocadas bajas. Una a cada uno de sus toros. Una reaparición inoperante. Y nos duele decirlo porque es un torero al que admiramos.

Lo de Alejandro Talavante ayer fue puro simulacro de lo que debe ser el toreo. A su primer toro lo mató de un infame bajonazo, al quinto de la tarde de estocada baja y dando a entender al respetable que había matado como Pedro Romero. Aspavientos para lograr el corte de la oreja del toro. La faena fue ridícula, plagada de toreo insulso de perfil, con el pico, hacia las afueras, con enganchones y flamenquerías de escuela de baile, le faltó poco para bailarse una sevillana delante del quinto. En el segundo de la tarde se puso cursi, sin aburrirse, ante un toro inválido que no podía con su esqueleto. Dio la impresión que Talavante pensaba que estaba inventando el toreo, cuando estuvo en realidad esperpéntico. Esto da que pensar. Muchos toreros igual viven en una cápsula y no son capaces de levantar la cabeza y ver si hay una verdad.

Isaac Fonseca, estuvo animoso y desacertado. Toreó con excesivas ventajas, pasándose a los toros muy lejos. Lo más positivo, que dio distancia a sus dos toros. Lo negativo es que transmitió la sensación de haber tocado techo en su evolución como matador de toros. También, una pena pues habíamos pensado que era un torero que podía abrirse camino. Mató de bajonazo, y de estocada caída.

Los Palha de Zaragoza, para Sánchez Vara, Chacón y Jiménez, con un ojo puesto en lo del Cid en Madrid. José Ramón Márquez


A Zaragoza o al charco

José Ramón Márquez


Mucho tiempo antes de saber que Morante no iba a ir a Madrid ya habíamos tomado la decisión de irnos a Zaragoza a ver la de Palha. El año había empezado de manera espléndida con lo de los 3 Puyazos en Guadalix y no era cuestión de acabarlo con una cuvillejada deleznable, que eso te pega media lagartijera que ya te dura todo el invierno. 

En Zaragoza, como en Madrid, como en los sitios donde queda un reducto de afición, los aficionados despliegan, antes de comenzar la corrida, una pancarta en el tendido 4 clamando contra la empresa que va arrinconando y ninguneando la importancia de esta Plaza de pirmera.




Junto al interés de los toros portugueses ponemos a Sánchez Vara (siempre Cazarrata en la memoria); a Octavio Chacón, con la que lió en Madrid con el de Sobral; y a Borja Jiménez, que ése sí que la lió el otro día con los de Victorino, queda una corrida de lo más atractiva. Luego la cosa se nos torció un poco, porque en Madrid le dieron a Manuel Jesús “El Cid” la sustitución del Gallito de La Puebla, regalo tan envenenado como el que le hicieron a Damián Castaño, y ahí estábamos toda la calurosa tarde zaragozana mirando a ver qué podía hacer el Manuel con la redada que habían preparado los de Plaza1 cuando los profesores veterinarios eliminaron lo de Cuvillo, tal y como tantos pensábamos que ocurriría, y echaron seis chuchos que habría por allí,

A las cinco y media de la tarde y ataviados como los integrantes del conjunto musical Parchís, hicieron el paseíllo los actuantes tras las grupas de los caballos de los alguacilillos. Lo que más llamaba la atención era Sánchez Vara de rosa, que estaba como para hacer un muñeco igual a ése de El Fary que se pone en el salpicadero de los autos. Algún industrial o chino que lo haga puede forrarse, eso está garantizado.

El primero, Salero, número 394, era un tío con un cuajo y una presencia pavorosa. Totalmente negro como los toros aquellos que, según cuenta la Ilíada, sacrificaban los pilios sobre la ribera del mar, “en honor del de la azuloscura cabellera”, fue remiso a entrar al caballo, como le pasó a toda la corrida, pero cuando lo hizo, lo hizo con todo y a punto estuvo de hacer besar el suelo a Navarrete (Francisco José) en la primera entrada, cuando le agarró de cualquier manera. En la segunda entrada tampoco es que dictase una “Cartilla de torear a caballo”, aunque ciertas gentes le aplaudieran cuando se retiró de la escena de sus crímenes. Al toro lo había recibido Sánchez Vara a porta gayola, parándole después, con mando y suficiencia, muy dominador, Tras el trámite banderillero del que se ocupó el propio matador y del que dejamos anotado el segundo de los pares, se empleó con Salero en una faena muy en su estilo mandón y valeroso. La cosa no acabó de cobrar vuelo y el alcarreño dio por acabada su actuación con una estocada baja y atravesada que fue suficiente.

Más en el tipo de Ibán el segundo, Barberito, número 411, un castaño bien puesto con el que la tomó “El Bala” como si el animal le debiera dinero. Le pegó con saña en las dos varas que tomó el de Palha y si le ponen otras dos, lo vende directamente como carne picada. El quite por chicuelinas ceñidas de Borja Jiménez nos hizo olvidar las malas trazas del piquero. Con la muleta Chacón estuvo bien por momentos. Más enganchones de los necesarios hicieron que las gentes no entrasen en la faena, por más que él buscó la buena colocación y el cite ortodoxo. Hubo algunos muletazos de empaque, pero el conjunto no se consiguió elevar. Una estocada baja, un aviso y un descabello acabaron de enfriar a los espectadores.

Otro negro, Fusilito, número 368, fue el primero que sorteó Borja Jiménez, al que la Plaza recibió con una cerrada ovación en recuerdo de la cornada que cobró en este mismo coso en su última actuación. El toro bajaba en presencia respecto de los dos anteriores, que hasta un señor de Ateca que estaba cerquita lo denominó “raspa”, aunque luego el bicho dio sus complicaciones, que en los lances por la derecha de Jiménez protestaba lo suyo mientras que por el otro se los tragaba con más afán. Cumple en varas Fusilito, sufriendo los lanzazos traseros de Tito Sandoval, que últimamente no parece el mismo que era. En la primera empuja con fijeza y clase. El que estuvo como la chata fue Rafael Rosa con los palos, que el hombre le cogió un gato al de Palha que no veía el momento de clavar un par como Dios manda. Borja Jiménez se dispuso a vérselas con Fusilito, del que ya nadie se acordaba de lo de la “raspa” porque el animal mandaba netas señales de peligro a quien las quisiera apreciar. Jiménez, muy serio, busca el sitio y maneja con poderío la muleta desde posiciones de riesgo y verdad, mensaje que llega al tendido. El toro no da nada y todo lo que le saca el de Espartinas es a base de oficio y decisión. Mata de estocada tendida y baja soltando la muleta y da una vuelta al ruedo pedida con fuerza.

El segundo de Sánchez Vara es Peletero, otro castaño, herrado con el número 425. Su primera entrada al caballo fue un regate, porque el bicho iba derecho a los de los capotes y de pronto vio al del castoreño y, sobre la marcha, cambió de rumbo. A este lo picó Navarrete (Adrián) con la técnica del practicante que saca sangre para un análisis de leucocitos y, pese a eso o quizás por ello, recibió los aplausos de ciertas personas que no gustan de la sangre. Vuelve Sánchez Vara a poner banderillas y luego desarrolla su trasteo como el que quiere sacar agua de un pozo seco, porque el animal se va apagando, no regala nada, es peligroso y además se cae. Peletero es el garbanzo negro de la tarde, y Sánchez Vara pone fin a su actuación -de momento- con una estocada en la suerte contraria muy trasera, en lo que conocemos como “el rincón de Julián”.

Bojador, número 428, es el segundo de Octavio Chacón, y es el toro más feo de los lidiados hoy, porque la verdad es que era bastante poco agraciado. No es que no tuviera cuajo, que lo tenía, es que el pobre, que en paz descanse, era un rato feo. Le pica Santiago Chamorro, que también iba de lila lo mismo que “El Bala”, porque hoy los dos piqueros de Chacón iban de lila, y agarra dos buenos puyazos, especialmente el segundo en el que el toro entra con mucha violencia y Chamorro le agarra perfectamente. Entra Borja Jiménez a quitar con dos delantales y una revolera. Tras un segundo tercio sin pena ni gloria, Chacón se dispone a iniciar su trasteo basado en la mano derecha y en seguida el toro le arrebata de las manos la muleta y la ayuda. Por el izquierdo el toro no quiere ni oír hablar del asunto. Chacón va rematando los muletazos hacia arriba, porque el toro le protesta y estos no salen al gusto del respetable, que se impacienta, aunque hay que calibrar las condiciones y el peligro del toro para tratar de hacer justicia al torero. Tras un pinchazo sin soltar en la suerte natural, se queda en la cara del animal en la segunda intentona de la que sale trompicado y herido. Se retira de la Plaza por su propio pie y el toro lo despacha Sánchez Vara, sin fiarse nada de él, de una estocada baja y tendida echándose fuera.

Cesgunillo, número 359 es la segunda cita de Borja Jiménez, un negro de 612 kilos que es recibido con aplausos por su lámina preciosa y al que Jiménez saluda con una larga de rodillas, unas verónicas veloces y una media muy emocionante, mirando al tendido. Alberto Sandoval agarra un buen puyazo y Cergunillo le busca las vueltas hasta que da con el penco y con Sandoval en el suelo. Se queda muy encelado con el caballo caído y no se aparta de su presa hasta que a base de capote y coleo le consiguen sacar. Como suele ocurrir hubo una ovación de gala al penco cuando recobró la cuadripedestación, que el animal agradecería en su fuero interno y, recuperada la normalidad del tercio, Alberto Sandoval provocó la embestida del toro, algo tardo, y agarró otro buen puyazo, recibiendo merecidas palmas. En banderillas se va poniendo más intratable Cesgunillo y cada par es más complicado que el anterior, haciendo hilo sin atender a los capotes. Borja Jiménez se dispone a desarrollar su faena aunque el animal cada vez se va quedando más quieto, ante lo cual Jiménez pone de nuevo a funcionar su valor y su colocación, especialmente al principio del trasteo que el toro se movía algo más. Abusa, quizás, de unos modos algo bastos, pero eso se eclipsa por la verdad que propone en su colocación y en la resolución de los pases. Al final el toro casi no se mueve y Borja opta por el arrimón antes de liarle a Cesgunillo una degollina en la suerte contraria que, por decir algo bueno de ella, no está tendida.



Palha, Jiménez y apoderado

jueves, 12 de octubre de 2023

Novillada sin picadores. Final del Certamen Camino hacia Las Ventas. Es lo que hay y es lo que tiene. Pepe Campos



Pepe Campos


Plaza de toros de Las Ventas. Novillada sin picadores. Miércoles 11 de octubre de 2023. Tres cuartos largos de entrada. Muchísimo público muy joven en los tendidos. La andanada del seis, de abonos anuales gratuitos, casi vacía. Tarde maravillosa. Final del Certamen Camino hacia Las Ventas.


Seis novillos (erales) de Lorenzo Rodríguez Espioja (procedencia Lisardo Sánchez y Jandilla, por el comportamiento parecieron de ascendencia Domecq) que dieron juego. Todos nobles. Bien presentados. El primero, suelto, con algo de guasa. Segundo, cuarto y quinto nobilísimos. El tercero, pronto. El sexto, excelente, una máquina de embestir. Novillada idílica para el toreo. 


Terna: Álvaro Serrano, de Navas del Rey (Madrid), de veinte años, de azul marino y oro; cogido en su primer toro al iniciar un lance de capote en el tercio, a la altura del siete: cornada de dos trayectorias en el muslo derecho, de 15 y 10 centímetros, pronóstico grave. No pudo continuar la lidia. Mariscal Ruiz, de Sevilla, de diecinueve años, de blanco y oro; ovación tras un aviso, oreja y palmas después de un aviso. Sergio Rollón, de Madrid, dieciséis años, de berenjena y oro; silencio, ovación y silencio tras escuchar un aviso.

Fue declarado vencedor del certamen, Mariscal Ruiz.



Los legionarios, en el tendido

Después de la actuación rotunda, del pasado domingo, de Borja Jiménez con los toros de Victorino Martín, acudimos con fe renovada a Las Ventas. El toreo canónico de Borja Jiménez en ese festejo había producido una catarsis profunda en la afición madrileña, que pensaba haber recibido, con ello, suficiente aliento vivificador hasta la llegada de la próxima temporada. Parecía como que un impulso vital nos trasladaría con excelente ánimo hasta el mes de marzo, cuando debe reabrirse, para dar toros, el edificio donde se ubica la denominada cátedra del toreo. Pero los elementos erosivos, que habitan en el mundo de los toros, se ve que aparecen a la vuelta de la esquina, sin respetar el regusto esperanzador que nos dejó el renovado toreo antiguo exhibido por el citado torero de Espartinas (Sevilla), que se convierte, por eso, en protagonista invernal de la actual fiesta de los toros. Los componentes corrosivos que arrastra la tauromaquia desde hace un cuarto de siglo volvieron ayer a hacerse presentes en la arena de la plaza de Madrid. ¿Y cuáles son esos agentes que desgastan y roen y resurgen desde que se inició el siglo XXI en las novilladas y en las corridas de toros? La respuesta sin duda es evidente, conocida y clara: «el destoreo». Es decir, una especie de toreo al revés que está instalado en la mente de los diestros, ya sean novilleros o matadores de toros, y que es dificilísimo erradicar y despachar para siempre de los ruedos taurinos. No debemos ver tanto la culpa de la fiesta en los animales que se lidian (que también). Pero ayer excelentes, por nobles y obedientes. Sino que, tenemos que pensar que, esa presencia de una «ejecución de las suertes en las lidias sin consumar debidamente sus tiempos» reside, principalmente, en la enseñanza que se transmite a los jóvenes aspirantes a matadores de toros por parte de sus profesores (viejos matadores, banderilleros retirados o aficionados conocedores), y que se convierte en una losa que sepulta a toda nueva personalidad y a todo atisbo de creatividad. Y que se extiende y queda anclada, per se, en general, en el escalafón superior.

Lo vimos en la novillada de ayer tarde, lo experimentamos, vívidamente. Los novilleros destorearon por doquier, reproduciendo en el ruedo los aprendizajes recibidos. Un toreo con el pico de la muleta, la descolocación ante el novillo, echar al astado hacia las afueras, esconder la pierna de salida en los pases, sin rematarlos, hacer todo muy despegado; ir perdiendo terreno frente a los novillos dentro de las tandas, es decir, torear hacia atrás y no hacia adelante. Y un sinfín de manejos que alejan de toda emoción a la interpretación del toreo para que no llegue al paladar del aficionado. Para que todo se convierta en anodino, previsible y rutinario. Sin chispa, sin alma, sin vida. No es culpa de los jóvenes toreros —aunque deberían por sí mismos estar avisados de los engaños que se les transmiten, si sienten la afición—, es inobservancia de sus maestros que enseñan para equivocar o que padecen desconocimiento (nos moveríamos entonces en la catadura goyesca). O que, tal vez, les preparan para que sean figuras del toreo (es decir, una manera de progresar destoreando y mantenerse en el medio sin respeto a las reglas clásicas de la tauromaquia) porque interesa más un éxito conseguido a destajo que la grandeza de hacerlo siguiendo las normas de lo bien hecho, que no son otras en esto del torear que tener disposición, mostrar conocimiento, dar el medio pecho en los lances (pases), cruzarse ante los astados, buscar el embroque ceñido sobre la pierna adelantada dentro del lance (pase) para rematarlo atrás, detrás de la cadera y dejar al animal a la distancia que permita la ligazón con nuevos pases, tras leve giro de los talones, «sin solución de continuidad». Este toreo categórico se lo vimos hacer a Borja Jiménez el domingo pasado, 8 de octubre de 2023. Fue muy emocionante. Si bien nos tememos que una cohorte de intereses e interesados puede cercar a su persona y a su tauromaquia, para que desista de todo empeño libre y libertador y vuelva al redil de la convención y de lo mortecino. Su ser, su ente, debe estar sobre aviso, alerta. Lo deseamos.

Si entramos en el análisis de lo sucedido en la arena en la novillada de ayer, podríamos decir que lo más interesante fueron las verónicas, de buen corte, de Álvaro Serrano al iniciar su labor con el capote, poco antes de ser cogido por el novillo más despierto del encierro. Una lástima. A continuación, el asunto quedó en un mano a mano entre Mariscal Ruiz y Sergio Rollón. Los dos novilleros torearon según hemos explicado más arriba, con todos esos defectos, aunque con la virtud del temple, pero con demasiadas prevenciones o ventajas que invalidan valoraciones ante novillos de carril, ideales y de ensueño. Mataron, además, con alivios. Todo puede ser reparado, pues están a tiempo, sus edades se lo permiten si se aperciben de ello, y ponen el empeño en reconducir su modo de enfrentarse a los astados ante cualquier tipo de público y en cualesquiera ocasión. El camino de la tauromaquia no es un camino de rosas de papel, ni de plástico. Digamos.



Los novilleros destorearon por doquier, reproduciendo en el ruedo los aprendizajes recibidos. Un toreo con el pico de la muleta, la descolocación ante el novillo, echar al astado hacia las afueras, esconder la pierna de salida en los pases, sin rematarlos, hacer todo muy despegado; ir perdiendo terreno frente a los novillos dentro de las tandas, es decir, torear hacia atrás y no hacia adelante 

lunes, 25 de septiembre de 2023

Corrida Concurso a más a más. Toreros como siempre (bien Marín), picadores tirando a deleznables y del peonaje mejor no hablar. Márquez&Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

Con una espléndida tarde otoñal y con mejor entrada que en las precedentes nos subimos a la Andanada a ver qué nos trae esta Corrida Concurso de Ganaderías previa al inicio de la Feria de Otoño, la Feria de Julián ad portas. El primer sinsabor es el de comprobar que la ganadería de La Palmosilla, que es la que venció el concurso el año pasado, no comparece porque la inveterada sapiencia de los eminentes profesores veterinarios, liderados en esta ocasión por don Francisco Javier Horcajada García, han estimado que el animal presentado a concurso no era apto para hollar el suelo de arena de miga de Las Ventas por ignotas causas que, a buen seguro, se concretarán en esa jaculatoria de la “falta de conformación zootécnica”, que es como cuando vas a una gestión a la Seguridad Social y te dicen eso de “a ver cómo anda hoy el sistema, que lleva toda la mañanita dando muchos problemas”, o cuando quedas con uno y te llama que no puede ir porque ”chico, es que estoy con el Covid”.


Entonces echamos al Palmosilla y, mirando por ahí a ver qué hay, en seguida aparece un chucho de Victoriano del Río que sirve para completar la media docena y para que a cada espada le toquen dos, como es preceptivo. Lo mismo podían haber echado otro de los Hermanos Collado Ruiz, como el castaño aquel del domingo pasado, o uno más de Fuente Ymbro, si es que acaso le quedan toros en el campo después de la hecatombe de esa ganadería que llevamos en Las Ventas.


En estas corridas concurso suele pasar que los ganaderos, o quienes elijan los toros, escojan al ganado por su aspecto más que por otras condiciones de evaluación algo más complicada y que nos gusta poner para que no se olvide que la elección basada en la nota, la reata, el tipo, la nota del padre y de la madre, la comparación con los resultados obtenidos por otros hermanos y, por supuesto, la fachada está mejor orientada que la que tan solo se dirige a esta última condición, sin hacer caso de las demás.


En primer lugar salió Cabañito, número 33, con el hierro de Pablo Romero, ahora Partido de Resina. Toro cárdeno precioso de lámina, como corresponde a su estirpe, puro trapío, que tras su primera y vigorosa entrada al caballo quedó desfondado y en condiciones blandurrias que soliviantaron a parte de los espectadores y echaron un jarro de agua fría a los que somos partidarios de esta vacada desde que nos salieron los dientes. El toro, entre su aire blandengue y su ausencia de malas intenciones, no metía ningún miedo por lo que todo el lío del peonaje se desarrolló en el tipo versallesco y amable. En los primeros lances de capa Serafín Marín dejó unas preciosas verónicas templadas, torerísimas y a cámara lenta, sin darse importancia y una media de oro puro. Y en la faena de muleta también sacó algún pase de gusto y cadencia, de torero cuajado, por ambas manos. A la postre, lo mejor de la tarde. Deja cartel y ganas de que le repitan.


El segundo, Triana, número 55 tenía muchísimas probabilidades de ser elegido el toro más feo de la ganadería, o sea que a este no le eligieron por belleza. Después de la armonía del Partido de Resina ver salir a ese bicho, con el Pinar de Valsaín por pitones, ensillado, largo y sin gracia ni finura era como si un toro de las calles se hubiera colado donde no debía. El bicho tampoco era un Hércules, pero se llevó menos censuras que su predecesor. En la cosa de los pencos tampoco quería líos, o sea que tras un breve paso por la cosa de las banderillas ahí estaba el Samuel con Pinar, que dio una impresión bastante pobretona desde que se fue al toro cavilando a ver qué hacía él con esa tómbola de cuernos. Y lo que hizo el veterano Pinar fue pajarear por aquí y por allá hasta que llegó el momento de pegarle al toro una estocada y un descabello que pusieron al animal en manos de los destazadores, e imaginamos que la cornamenta en manos de un ebanista para que fabrique con ella un bargueño bien grande.


Gómez del Pilar es torero al que se mira con atención, pues es de los que no rehúyen la lucha y ahí está su palmarés con toros de los que importan. Por compensación divina o lo que sea le tocó el de Victoriano del Río, Manisero, número 63, que ni nota, ni reata, ni tipo ni ná, vamos que cogieron a uno que andaba por allí y que habrían quitado de en medio esos connoisseurs que van a donde Victoriano a espigar los toros con los que triunfarán los príncipes del escalafón. Éste no estaba destinado a ningún príncipe, pues era desabrido, metía unos cabezazos de padre y señor mío e iba cómo y cuándo quería. Le vino bien a Gómez del Pilar para vender sus formas, de las que resalta el inicio por abajo algo enganchado y, sobre todo, comprobar el cariño y la bondad con que se le trata. Le vitorearon la faena, que no hubo tal faena en sentido estricto, y si no llega a embarullarse con el estoque lo mismo hasta le hubieran pedido la oreja.


El ensabanado Mexicano, número 47, levantó aplausos al salir de los chiqueros por su lámina y sus hechuras. Un toro que podría haber pintado Perea en las láminas de La Lidia. Lo recibió Marín con la suavidad de un par de verónicas exquisitas, de nuevo sin darse importancia. Acudió con ligereza a la primera vara y resultó tardo y meditabundo en las otras dos, arrancándose con poco ímpetu. Las gentes, no obstante, tomaron partido por el toro, con la losa que eso suele ser para su matador. En banderillas el toro se fue parando y esperando, para que se luciesen Marcos Prieto y Diego Valladar, pese a lo cual Serafín Marín se fue a brindar el público y cuando se puso frente al toro este se había convertido en una estatua blanca de purísimo mármol de Carrara a la que fue literalmente imposible hacer pasar de muleta, ni por la derecha ni por la izquierda. Tras varios intentos infructuosos de torear a esa especie de Toro Blanco de Guisando, Marín se fue a por el estoque para cobrar una estocada entera.


Como dicen que no hay quinto malo, ahí tenemos a Castellano II, número 58, de José Escolar, que fue recibido con ciertos silbidos por algún exquisito al que le parecía, desde el confort de la piedra del tendido, que el toro no tenía presencia. Cumplió en varas, que bastante bien lo hizo para las varas que le atizaron, y llegó a banderillas desafiante y pidiendo el carnet de profesional a los dos que, como un guiño al que las hace, le fueron poniendo los palos de uno en uno cuando conseguían clavar, que el toro al que aquellos protestaron de salida tenía una seriedad imponente. Y ahí que se va Pinar, tras el mitin de los peones a dar el suyo. El toro es muy exigente y demanda una colocación que el tobarreño no está dispuesto a dar. Más bien se dedica a citar muy por afuera, pero el toro eso no lo admite y no atiende al cite. Cuando se coloca el torero en una posición algo más ortodoxa, el toro acude y lo hace sin cabecear y sin derrotar y ahí consigue Pinar ligar un par de pases, pero su afán por echar fuera de él al toro malogra sus intentos. El toro es el típico toro de encumbrar en Madrid a un tío con ganas de jugársela, pero Rubén Pinar tras quince años de alternativa no parece querer jugársela como hizo aquella memorable tarde de lluvia, última de Guardiola en Madrid.


Y ya sale el de Pedraza de Yeltes, Sombrero, número 25, colorado como muchos de esa vacada, que ha sido el toro de la corrida y el que se ha llevado el premio que otorgaba un ignoto jurado. El toro fue bravo en varas, acudiendo con presteza y de largo  al cite y metiendo los riñones. El Presidente cambió el tercio tras el segundo puyazo, porque le dio la gana, cuando el toro estaba en el platillo de la Plaza aguardando el cite de Sangüesa y ahí nos dejó dando palmas de tango y coreando “fuera del palco” con esa vara que nos puso a los aficionados el Presidente don José Luis González González con su trapajo blanco. Gómez del Pilar comenzó de rodillas con mucho ímpetu y siendo muy jaleado. Cuando se puso de pie la cosa cambió y el hombre estuvo muy por debajo de las condiciones tan boyantes de Sombrero. Fue armando Gómez del Pilar su trasteo a menos sin aprovechar las largas embestidas del toro y la franqueza de su embestida, quedando muy por debajo de las posibilidades que se le abrían. Su toreo de pelea no ha encontrado forma de acoplarse a un toro que, sin ser el típico bobo de vaivén, demandaba bastante mejor trato que el que se le ha dado.


La corrida, como se ve en estas líneas, ha ido a más. La actuación de los varilargueros, por mucha raya que pinten, tirando a deleznable. Le han dado el premio a Antonio Peralta, por su trabajo con el Peñajara, pero en mi opinión deberían haber dejado el premio desierto. Del peonaje mejor ni hablar.

 

ANDREW MOORE

 

Los Toros







 Los Toreros





FIN

lunes, 18 de septiembre de 2023

Desafío Pablo Romero / Sobral en Las Ventas, con capotes rotos, muletas al viento y pasadas en falso. Márquez & Moore


 

JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

Para que nadie se llame a engaño diremos que la preferencia que uno siente por la ganadería de Pablo Romero (ahora Partido de Resina) arranca de la más tierna infancia, de cuando a uno le llevaban al Batán a ver los toros y una mañana descubrió al toro más bonito, más armónico y más guapo del mundo. Amor a primera vista. Luego, a los pocos días, esos toros en Las Ventas, andanada del 3, y ya para siempre de Pablo Romero, pase lo que pase. Y mientras el indocumentado profesor Buñuel intentaba explicar la Teoría de Conjuntos, de la que todo lo ignoraba, uno, que no tenía apego a aquellas incomprensibles uniones e intersecciones, se dedicaba con ansia a dibujar en el cuaderno escolar la boca del horno que es el hierro de Pablo Romero, divisa celeste y blanca, antigüedad 8 de abril de 1888.

 
Queda dicho lo anterior para que se entienda la rabieta por el pañuelo verde que le ha sacado don Ignacio Sanjuán Rodríguez en uso de sus atribuciones a Capotero, número 8, que es al que habíamos venido a ver, para cambiarlo por un tren de mercancías de los Hermanos Collado Ruiz, antigüedad sin antigüedad, que se caía lo mismo o más que el que habían echado al averno. Las cosas de Las Ventas. La cosa es que con el remiendo de Collado, el “Desafío Ganadero” se ha quedado en un tresillo con dos de Partido de Resina, uno que pasaba por allí y tres de Sobral. Tampoco la ceguera que produce el amor nos va a llevar a poner por las nubes a los de la boca del horno, que si el primero, Tronador II, número 13, cárdeno hocico de rata,  era una pintura en sus 512 kilos de hermosura ganadera, los otros dos eran menos guapos y de hechuras menos clásicas, digámoslo así, y que los tres han adolecido de falta de fuerzas tras su paso por la tropa del castoreño, si bien han acudido con presteza y vigor a la primera vara y con algo menos de convicción a la segunda mostrando una preocupante falta de fortaleza a partir de ese momento.

 
Ignoramos cuál es la razón por la que se han dado uno de Partido de Resina y uno de Sobral y después dos de Partido de Resina y dos de Sobral: otro de esos Expediente X de Las Ventas que nadie explica. Con el primero, Tronador II, confirmó la alternativa que posee Juan de Castilla desde enero de 2017. Se espatarró mucho y gritó más de lo conveniente al toro. No le echó cuentas la cátedra al colombiano, dadas las blanduras sicomotrices del burel y el hombre se esforzó en que se fijasen en él, que con esos gritos que metía  era imposible no enterarse de que estaba en el ruedo. Se aturulló con el estoque y le dieron dos avisos, tras agarrar el descabello sin haber cobrado una estocada medio decente. Finalmente cazó al toro para alivio de todos.


Salió en segundo lugar Recluido, número 14, un toro que, por su capa, podría haber firmado don Vicente José Vázquez. Era un sardo de 501 kilos excelentemente presentado, que fue recibido con aplausos. Lo paró Octavio Chacón con una eficaz brega y el animal acudió al caballo con alegría cumpliendo en la primera más que su picador y acudiendo a la segunda con ganas y empuje. A partir de ahí el animal empieza a cambiar y cuando llega a la muleta se ha transformado en una complicación andante. El bicho se orienta una barbaridad y en el remate de cada pase ya está buscando al que maneja las telas que tratan de burlarle. Embestidas a lo bruto, de una en una, ante las que se planta la asolerada torería de Chacón que no está dispuesto a dejarse ganar la partida por la violencia del toro y que, en un ejercicio de valor sereno y de conocimiento, ha ido labrando como ha podido al toro, aguantando impávidamente un parón de esos que hielan la sangre, hasta culminar su labor con unos naturales recios y secos extraordinarios. Una pena fue que se le diera tan mal el uso del estoque y del verduguillo, especialmente porque el toro no estaba dispuesto a dejarse descabellar y metía unos arreones de espanto, que privaron a Chacón del premio que merecía su labor. Recibió una ovación tras los dos avisos que escuchó, pero la faena era de muchísimo cuajo y merecía haber sido rubricada con la espada.


El tren de mercancías de los Hermanos Collado Ruiz que hizo tercero bis le tocó a Ángel Sánchez, que es torero de buen corte y de maneras clásicas y que no huyó de plantar cara a las condiciones tan poco halagüeñas de Dispuesto, número 15. En este toro dejó Ángel Sánchez su mejor labor de la tarde, por firmeza, claridad de ideas y torería ante un enemigo harto complicado al que costaba pasar y que se defendía como podía. Remata su labor con dos naturales enjundiosos y un soberbio ayudado para, a continuación, pinchar y dejar una estocada entera.


El segundo de Octavio Chacón, Nervioso, número 1, era más de Partido de Resina que de Pablo Romero en sus hechuras. Fino y algo acanijado, pese a los 539 kilos que le atribuía la báscula venteña, fue recibido con hostilidad por el respetable. Acudió al caballo de El Bala, que no quiso dejar en mal lugar a su compañero Chamorro y picó también de aquella manera, y se dejó pegar sin demostrar más celo que el que va al banco a pagar una multa. En el último tercio no dijo nada y Chacón no pudo darnos otros momentos de tanta intensidad como los que nos brindó con su primero. Estocada tendida y descabello marcaron el fin de la vida pública de Nervioso, al que le va bien eso de «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».


Segunda comparecencia de Juan de Castilla, esta vez con Preso, número 62, de Sobral, de capa salpicada muy veragüeña, al que se encargó de bregar, sacándoselo a los medios en su primer encuentro. El toro se portó frente al penco de Iván García, dejando buena nota. Tras brindar al público, Juan de Castilla se fue a los medios y desde allí citó al toro y comenzó su labor algo atropellada, muy voluntariosa y, por fortuna, con menos griterío. Pese a las enormes ganas del colombiano la faena no cobra vuelo porque su labor se centra más en acompañar la embestida que en torear. Apenas manda sobre el animal, que queda por encima de él en cada encuentro. El torero no se arredra y pone ahí su valor y su decisión, pero el resultado que sale es dar pases y realmente la emoción la pone el serio comportamiento de Preso, que consigue que no se le echen cuantas a Juan de Castilla de su colocación. Mata de estocada arriba y el Presidente, con buen criterio, no le da la oreja que le pedían algunos, y eso que los benhures de la mula han puesto a las acémilas a paso de caracol, como suelen hacer si se huelen una propineja.


Y por último el jarro de agua fría de Ángel Sánchez, al que tras su actuación en el primero se le esperaba con ganas. Jabato, número 57, de Sobral no quiso saber nada de los caballos, huyendo al sentir el hierro. Sánchez brindó al público y comenzó su faena sacándose muy toreramente al toro hacia el tercio, pases limpios con la derecha y andando y… ahí se acabó todo. No vio el madrileño la distancia que el toro le pedía y, desde el principio Jabato se le vino al cite antes de haber acabado el cite. El toro pedía metros y Ángel Sánchez, o los que le asesoraban desde el burladero, querían proximidad. No hubo acuerdo entre el de cuatro patas y el de dos y el que pareció ser el toro más claro de los seis de la tarde, sin que eso signifique que no tenía sus complicaciones, no recibió el trato que demandaba. Le pinchó un par de veces y lo tumbó de una estocada fulminante que echó al toro al suelo sin puntilla.


Debe ser reseñada la labor de Octavio Chacón a lo largo de toda la tarde como director de lidia en esta entretenida tarde de toros de capotes rotos, muletas al viento y pasadas en falso o clavando una banderilla, para demostrar, otra vez más, que habiendo toro en el ruedo nadie se aburre.

 


 

 

ANDREW MOORE 

 



 


Chacón



Sánchez




Juan de Castilla



FIN

lunes, 11 de septiembre de 2023

Desafío ganadero en Madrid. La tarde de Damián Castaño con "Mochuelo", de Valdellán. Márquez & Moore


 Hotel Wellington

El descanso del guerrero

 

JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

No es por hacerle un quite a Andrew Moore, que con la tardecita de monzón que hemos tenido en Las Ventas se ha pasado el festejo entrando y saliendo de su localidad y fotografiando lo que ha podido, pero podemos decir que la tarde, para el que vaya con prisas y no se quiera enrollar, ha sido de Damián Castaño y de Mochuelo, número 31, cárdeno oscuro y cuatreño de la ganadería de Valdellán.


La evolución a torero bueno y serio de Castaño es innegable: ahí están sus faenas a los Dolores Aguirre de 2022 y 2023 en Bilbao, su seria actuación en Guadalix de la Sierra en lo de 3 Puyazos antes de San Isidro, o su paso por Cenicientos 2022, de cosas que se vienen a la mente a vuelapluma. Lo que le faltaba era dar un toque de atención en Madrid, que es lo que hoy ha conseguido con el primer toro de su lote, para que la Cátedra se fijase en él ya definitivamente.

 

 Mochuelo, número 31, segundo de la tarde, era una pintura de toro de lidia, lo que se dice una preciosidad en sus 515 kilos de presencia, seriedad, cuajo y trapío. Nada más salir del chiquero se va derecho al burladero del 10 y remata en la madera y de ahí, directamente, al del 6 a sacar astillas. Gran presagio. Castaño recibe al toro sin buscar el lucimiento, esa vanidad de aburridas verónicas de tantos toreros todos los días, y, lo mismo que hizo en Bilbao con el chorreado en morcillo, brega con firmeza y suavidad la embestida del toro, sacando el capote por debajo de la pala del pitón, sin un enganchón, sin que el toro sufra ninguna información sobre qué es esa tela que se mueve ante sus ojos y de esa manera le va ganando terreno y sacándose a Mochuelo hacia los medios donde remata toreramente su obra con una media eficaz que deja al toro parado en el platillo.

 

 Primeros aplausos para el salmantino. El toro acude con presteza y con alegre tranco al cite de Rafael Agudo, que agarra un puyazo arriba y sostiene con su brazo el ímpetu de Mochuelo, que empuja con fuerza y con codicia, metiendo los riñones y romaneando, el rabo enhiesto. Palmas para la emocionante vara que se ha vivido. El toro está aquerenciado con el caballo y no sale de debajo del peto, sin atender a los llamados de Marco Galán y es al fin el propio Castaño quien consigue llevarse al toro con su capote. Segunda vara, de nuevo el cite y, tardeando un poco más, la acometida vibrante de Mochuelo por segunda vez al caballo. Nueva vara en su sitio y buena labor de Agudo, que recibe merecidas palmas. A la tercera no va la vencida porque Mochuelo se lo piensa bastante antes de acudir al caballo y Marco Galán acaba echándoselo encima al penco sin pena ni gloria, que además el toro se escapa suelto de la suerte. En banderillas recibe los palos de Luis Miguel Amado y Manuel de los Reyes acudiendo con un galope hermoso y recibiendo la siempre eficaz lidia de Marco Galán, que deja algún capotazo de antología. El toro, picado y banderilleado, llena la Plaza y allí que se va Damián Castaño a iniciar su trasteo por la mano derecha en una primera serie concisa y mandona, una segunda de acaso un poco menor intensidad a la que da importancia la embestida tan vibrante del toro y a continuación se cambia la muleta a la izquierda, la de los “biyetes” de nuestros abuelos. Propone el cite Castaño y el toro se lo piensa por lo que el torero opta por dar un ayudado al que el toro acude con vigor y, a continuación, se centra en el toreo al natural, mandando muchísimo en la embestida del toro, en un “tour de force” con Mochuelo en el que ninguno de los dos da nada por perdido. Gran torería y claridad de ideas la de Castaño, muy clásico y dominador y, por momentos, exquisito en adornos. Las condiciones del toro eran las de triunfar en Madrid: nada de esa cabra semidoméstica de cada día, con la que se ponen pintureros los que arrasan en las taquillas, sino un toro de lidia con grandes dosis de bravura en su interior que no estaba dispuesto a regalar nada, porque todo había que conseguirlo a base de esfuerzo. Muy limpio Castaño, con gran claridad de ideas, tragando lo que había que tragar y aliviándose lo justo para que la cosa no chirriase. Faena breve, como son las buenas faenas, en la que Castaño exprime al toro y convence a todo el mundo. Fallo a espadas y el triunfo grande se queda en una vuelta al ruedo. Aplausos para el toro en el arrastre.


El resto de la tarde se queda en el ánimo de Paco Ramos con el primero de Valdellán, un toro que recibió silbidos y censuras por presencia y debilidad, donde dejó trazos de su estilo y acusó su falta de contratos, poniendo decisión y ganas. En su segundo, Caña, número 41, de Juan Luis Fraile, apenas se le pudo echar cuentas entre el aguacero que descargaba que hizo huir al público hacia las gradas y las andanadas. Lo picaron de aquella manera, lo banderillearon de pena y Ramos lo mató a la última.


Respecto de Luis Gerpe sorteó a Mirasuelos, número 45, de Valdellán, que al lado de la hermosura del Mochuelo que acababan de arrastrar resultaba más feo y más basto de lo que en realidad era. Ahí estuvo Gerpe porfiando con el toro sin llevarse al público de calle en un registro más cercano a lo de todos los días que a lo que acabábamos de ver en las manos de Castaño. El toro era serio y tenía cuajo y estar ahí no es lo mismo que estar con el perro faldero. Resultó trompicado cuando andaba haciendo la peste esa de las manoletinas, que a quién se le ocurre.


A la muerte de Mirasuelos se abrió el cielo y comenzó a llover a chorros, lo cual estropeó sensiblemente las posibilidades de lucimiento de Paco Ramos, como se dijo antes. Al arrastre de Caña salió Damián Castaño a comprobar el estado del ruedo (después de cómo toreó en Bilbao el día de la naumaquia, el piso era el Desierto del Gobi) y dijo que por él valía. Por Gerpe también valía o sea que se abrió la puerta del chiquero para que saliera el pavoroso Espartillo, número 62, cinqueño pasado, que con sus 510 kilos metía más miedo que toda la camada de Núñez del Cuvillo junta. Castaño estaba dispuesto a repetir el envite del segundo, pero las condiciones de Espartillo no eran las mismas, manso encastado, incierto, no acababa de rematar los pases que se le daban porque en seguida echaba la cara arriba, buscando, y el matador tenía que estar pensando en salir de la suerte antes que en rematarla. Lo intentó con torería, montera puesta, y sin afligirse frente a las poco amigables condiciones del discípulo de Carolina Fraile. El toro le propinó un trompicón a la hora de matar, sin consecuencias.


Y para acabar el festejo Luis Gerpe sorteó a Garbancero, número 49, también con el viejo hierro de don Fernando Pérez Tabernero, que volvió a dar su nota de encastada mansedumbre, o sea de no regalar nada. Más centrado anduvo Gerpe con este segundo, buscando la posición ortodoxa y tratando de sacar algo del encuentro a base de esfuerzo, hasta que comenzó de nuevo a llover y, en la desbandada final de los que habían vuelto al tendido, optó por dar por acabada su obra y poner punto final al festejo.


Victoria de los Valdellán en este “desafío ganadero”, en el que la lidia y muerte de los de Fraile estuvo marcada por la presencia intermitente de diversos aguaceros, y victoria de Ramos, Castaño y Gerpe por enfrentarse a toros serios y en puntas, de los que meten miedo, de los que no sirven para extasiarse con el “arte” ni para andar parando relojes. Por eso es que hoy en Las Ventas nadie puede decir que se haya aburrido.
 



Mochuelo

 



Damián Castaño



ANDREW MOORE

 



 




LO DE DAMIÁN CASTAÑO








LO DE RAMOS

 



LO DE GERPE

 



 

FIN

martes, 29 de agosto de 2023

La naumaquia de los Dolores Aguirre en Bilbao. Crónica de Márquez

Fotos: Hermann Tertsch

 

José Ramón Márquez

 

Es que te tienes que poner a escribir, después de ver lo que anota un célebre mamarracho de la prensa escrita a sueldo del famoso crítico del pelo teñido, respecto del corridón de ayer en Bilbao. Última corrida de las Corridas Generales 2023, toros de Dolores Aguirre para Antonio Ferrera, Domingo López Chaves y Damián Castaño.


Con el antecedente de la lluvia caída y la firme promesa de la que iba a caer, cuando Matías sacó el moquero blanco asomaron por la Puerta de Cuadrillas dos señorines, el del chistu y el de blanco, con la misión de hacerle el aurrescu de homenaje a López Chaves en su despedida como torero de la Plaza de Vista Alegre. Eso mismo le hicieron a Julián el otro día, con la diferencia de que a Julián volveremos a verle en esta Plaza (y en las demás) a poco que pase un año o dos de su “retirada” y al salmantino no. La buena noticia es que durante los tres tiempos del aurrescu no llovió.


Cuando sale Cantinillo, número 49, muchos se asustan, al ver salir de chiqueros a un toro. No una mona, no un escarabajo, no una cucaracha ni una cabra, ni un caracol. Nada de materia artística para esculpir sueños de toreo monflorita, sino un señor toro con cuajo, presencia, arrobas, trapío y en sus 582 kilos de seriedad de Guardia Civil de tricornio de charol. El toro fue saludado por la afición a base de aplausos, no podía ser de otra forma, y se dio una vuelta por el redondel arrimándose a los burladeros, sin rematar. Los primeros pitones íntegros de la Feria acababan de salir a Vista Alegre y era una belleza ver esas puntas afiladas e íntegras. Ferrera sacó el capote de seda ése que lleva de color verde, capote de cortina como de casa de abogado decimonónico y recibió al toro con oficio, rematando los lances por arriba, a la antigua, eficazmente. Cuando salió Lorente encaramado al penco ya se imaginaba la afición que las espaldas de Cantinillo iban a convertirse en una mina de wolframio a cielo abierto. Apañó la cosa con un lanzazo bajo y otro más bien trasero en los que se dejó el bíceps. Se lució Otero en banderillas, tan eficaz y valiente como siempre, y Ferreira bregó las oleadas del toro. El ruedo lleno de agua, charcos y barro es el escenario sobre el que Ferrera viene a hacer su obra, que consiste en ser toreado por el de Dolores Aguirre en las tres veces que lo intentó. El toro era el amo y los recursos de dominio que había que poner no asomaron. Más bien quedó patente la urgencia de Antonio Ferrera por enviar la apostura del toro al Valle de Josafat más pronto que tarde, cosa que hizo entre las protestas del respetable. Aplausos para el toro en el arrastre.


Sale Botero, número 15, largo, hondo, cuajado, con 619 kilos de toro encima, un atleta, y recibe los aplausos del sanedrín por su impecable presentación. López Chaves lleva peor cuadrilla que sus compañeros y en trances como éste de hoy eso marca bastante la diferencia, que con las monas da igual. Botero recibe muchos capotazos sin sentido y sin un plan eficaz y el animal va desarrollando su personalidad, que tiende a la mansedumbre encastada, con esos arreones que mete al caballo de Rafael Agudo y con ese desparramar la vista e irse de la suerte. Brinda López Chaves desde el tercio de la piscina de barro y se dispone a fajarse con el toro en una faena por la derecha en la que le va robando los muletazos a base de arrojo y, cuando agarra la zurda, en seguida le dice el toro que por ahí ni uno. Valiente y decidido, con el ruedo imposible y frente a semejante adversario, le falta dar el paso adelante, pero ahí ya hablaríamos de un superhombre. Termina con estocada y descabello y recibe los aplausos de la afición. El toro, también.


Después de la actuación de Castaño el año pasado en Bilbao también con los Dolores Aguirre, apetecía repetir. Su primer oponente, un chorreado en morcillo que parecía vestido de camuflage con el barro del ruedo que atiende por Clavijero, su número el 23. Un rato se tiran los peones que si voy, que si tú, que si mejor tú y al final se va a él, Damián Castaño a pararlo con impecable oficio, bregando con eficacia y perfección, sin recibir un solo enganchón, sacando al toro al centro del pantanal y rematando toreramente con una recia media verónica. El toro lo pica con vigor de minero de Villablino  Juan Francisco Peña y lo brega con su acreditado conocimiento Marco Galán, para quien es un tormento manejar el capote mojado y embarrado. El toro canta su condición mansa, una delicia para los que amamos los toros mansos, e impone el rigor de su seriedad y de su gravedad ante la que Castaño pone su firmeza, su valor y su oficio. Cuando consigue ligar tres derechazos hondos, todo colocación, la Plaza se le entrega y luego él se dedica a adornarse con trincheras y pases del desprecio muy jaleados. La faena está hecha y el torero no se decide: ¿suerte natural, suerte contraria? Parece que la condición mansa del toro demanda lo segundo y cuando se echa a matarle, pincha. Luego, otro pinchazo, otro, otro… Se va a por el decabello y en cuanto puede el toro le echa mano propinándole un fuerte golpe que le deja sin sentido. Se llevan al torero a la enfermería y remata la cosa Ferrrera con el verduguillo. Cada vez que Juan Cantora se aproxima a decabellar al toro, se persigna, sirva esto para que se calibre el peligro que se percibía. Aplausos para el toro en el arrastre.


No quiere Ferrera dejar su cartel maltrecho y sale a parar al cuarto, Yeguazo, número 10. Cuando arrecia el monzón, asoman los 678 kilos de toro de lidia entre aplausos a su cuajo y a su presencia. Se abalanza el toro al jamelgo de Jesús Vicente con toda su potencia y ahí tenemos una emocionante vara de poder a poder con el toro empujando a base de riñones, que echa al caballo contra las tablas y, mientras Vicente defiende vigorosamente su cabalgadura, el toro le toma por los pechos y va ganando la pugna sin que el picador dé la posición por perdida, peleando bravamente, hasta que Yeguazo acaba echando al suelo al caballo y al jinete. Emocionante belleza del tercio de varas con un toro bravo y un picador con arrestos. En la segunda vara el toro se va suelto. Antes de que arrecie aún más la lluvia, Otero brega eficazmente y Joao Ferreira deja dos soberbios pares por los que se le aplaude con justicia. Cuando Ferrera se dispone a comenzar su faena la cortina de agua es descomunal. El veterano diestro se dispone a torear, caiga lo que caiga, y verdaderamente es una locura estar ante ese toro con esa muleta embarrada y empapada. Una cosa de esas para contar a los nietos. Aplausos para Ferrera y para el  toro.


Como cosa estética sale el sol y un par de arco iris, antes de que asome Comadroso, número 42, de capa melocotón. En su última tarde bilbaína López Chaves se empeña en conseguir muletazos en el barrizal, entre los charcos. Cambia de muleta por el peso que debe tomar la tela empapada y embarrada y trata de torear a la media altura sobre los charcos. Cobra una estocada bastante baja. Aplausos para el toro en el arrastre.


Sale Damián Castaño de la enfermería dispuesto a vérselas con Cigarrero (¿homenaje al toro que jamás verá Morante enfrente?), su número, el 38. Otro melocotón que es recibido con aplausos y ante el que Castaño, con la montera calada, ha cuajado una sólida faena, concisa y poderosa, en la que ha buscado siempre la posición ortodoxa, ha conseguido enhebrar los muletazos en series cortas de gran intensidad y de enorme verdad. Castaño prosigue su senda ascendente con los toros de respeto y hoy, en Bilbao, le ha faltado un estoconazo arriba para abrir la puerta grande con todo merecimiento. Nadie supo si los toros de doña Isabel tenían lengua. No se dignaron mostrarla al público, cosa que agradecemos, así como la limpieza de esos pitones, la esmerada presentación del ganado y su impredecible personalidad. Cuando hay toro nadie se aburre.







FIN