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domingo, 2 de junio de 2024

La Gran Toma (Por qué "No tendrás nada y serás feliz")



Carlos Moliner


Reflexionando sobre el papel de los empresarios en la sociedad, Henry Ford les recomendaba entender un poco de finanzas, pero no mucho, porque si se hacían demasiado expertos empezarían a pensar que pueden pedir prestado dinero en lugar de ganarlo, y luego pedirían prestado más dinero para pagar lo que habían pedido prestado, y en lugar de hombres de negocios se convertirían en malabaristas del crédito.


Ojalá le hubieran hecho caso. Pero la destreza en esa clase de malabarismos es hoy uno de los requisitos para convertirse en un líder político o empresario de éxito. Además, los organismos o instituciones encargados de asegurar el correcto manejo de las cuentas, desde los Bancos Centrales a los Ministerios de Hacienda, de Tribunales de Cuentas a observatorios de gasto de Fondos Next Generation, forman también parte del engranaje general del crédito y la deuda. Todos los estamentos favorecen la creación de más y más deuda, hasta el punto de que cualquier justificación es buena para seguir creando dinero desde la nada y aumentar en paralelo el nivel de endeudamiento de países y empresas. Una pandemia, la transición ecológica, la guerra con Eurasia… cualquier excusa es buena para seguir destruyendo tejido productivo y acumular deuda.


No hay problema que no pueda solucionarse enterrándolo en dinero, ni proyecto descabellado que no cuente con generoso respaldo financiero. Con una sola y excepción: la inversión productiva. Por absurda que sea la idea que se le ocurra, si implica una destrucción neta de capital, con la correspondiente deuda asociada, no tardará en encontrar a alguien que se la financie. Si por el contrario intenta dar solución a un problema real, introducir medidas de ahorro o prudencia en el gasto, o sentar las bases de una producción futura, no cuente con fondos para llevarla a cabo, y ármese de valor para las dificultades que encontrará en su camino, proporcionales a los beneficios esperados de la solución a aplicar. Por ceñirme al caso de España, comparen los recursos dedicados a la lucha contra el cambio climático con los empleados en lograr un abastecimiento de agua y energía asequibles para todos los españoles.


Este esquema perverso, mantenido en el tiempo hasta extremos que parecen violar las leyes de la realidad, esta tendencia antinatural que vemos reproducida en muchos otros órdenes, exige una explicación.


Cui prodest


David Rogers Webb, en su libro La Gran Toma (The Great Taking), aporta una: la existencia de un plan para empobrecer a la población y mermar así su resistencia ante los cambios políticos que se avecinan.


Webb es un antiguo gestor de fondos de alto riesgo que se ganó los galones trabajando en firmas de primer nivel durante los momentos previos al estallido de la conocida como burbuja punto com. La clave de su éxito se debió a que a partir de un punto comprendió que los bancos centrales estaban manipulando los mercados financieros, algo que no puede sorprender a estas alturas de expansión monetaria, pero que en aquellos primeros años de transición entre los siglos XX y XXI caía dentro de la teoría de la conspiración. Webb observó que era posible adelantarse dos o tres días a los movimientos del mercado conforme a un patrón muy sencillo: si se aceleraba la creación de dinero, se podía esperar un mercado alcista en los días siguientes, y lo contrario para el caso de una desaceleración en la «impresión» de billetes. Que su fondo lograse sortear la crisis y obtener rendimientos extraordinarios que le valieran para montar su propia firma de inversión dan fe de la fiabilidad de su método.


Al estudiar con más atención la relación entre la Reserva Federal y los mercados de capitales, Webb se remontó a la época en la que se decidió la creación de la Fed, y descubrió un inquietante patrón: cada una de las crisis sucedidas desde principios del siglo XX hasta el presente han ido seguidas por la adopción de una serie de medidas que invariablemente han beneficiado a los bancos propietarios de esa institución. ¿Sería aventurarse demasiado concluir que ellos mismo provocan las crisis que les acaban beneficiando? Webb, con excelentes argumentos, cree que no.


En pocas palabras: no tendrás nada y serás feliz


El libro de Webb comienza explicando la situación previa a la creación de la Reserva Federal en Estados Unidos, una economía floreciente caracterizada por el nacimiento de multitud de empresas que, gracias a sus rendimientos extraordinarios, lograban financiarse por sí mismas o a través del crédito proporcionado por una desordenada red de prestamistas, pequeños bancos e inversionistas particulares.


Luego llegó el pánico bancario de 1907, una operación que tiene ecos recientes en el caso de GameStop, y la intervención de JP Morgan para salvar la situación devino en la creación de un grupo de banqueros privados capitaneado por él mismo para salvar posibles situaciones futuras similares. Así nació la Reserva Federal, la «criatura de la Isla de Jekyll» en palabras de Edward Griffin, que aludía al lugar en el que se celebró la reunión de políticos y banqueros que dio lugar a su creación.



Para Webb, esta fue la primera de una serie de crisis manufacturadas conforme a un plan concebido para eliminar la competencia, aumentar sus beneficios, y en último término manejar la economía mundial. Este proceso, que requiere una gigantesca concentración bancaria, se aceleró en el período entre las dos guerras mundiales, y desde entonces ha ido dando pasos hacia una economía dirigida desde arriba en la que el control sobre la actividad quedaría garantizado mediante el recorte de los derechos de propiedad. El punto de llegada sería una economía de usuarios, no de propietarios, en la que el disfrute de los bienes estaría sometido a condiciones fijadas por los auténticos propietarios, los mismos que constituyen la Reserva Federal.



El inconveniente es que la gente tiende a aferrarse a lo que es suyo, de modo que hay que buscar formas ingeniosas para arrebatárselo sin que se den cuenta.


De la misma forma que Webb fue capaz de prever lo que sucedería en los mercados detectando el patrón que guiaba los movimientos de la Reserva Federal, ahora observa movimientos legales y financieros que anticipan una requisa generalizada de los valores bursátiles, bonos y propiedades hipotecadas en manos de los particulares. Esta es la gran toma que da nombre a su libro.


El dinero en el banco


El método elegido para desposeer a los derechos de propiedad de sus legítimos dueños incluye la modificación de varios fundamentos legales y financieros que van más allá de la intención de este artículo.


Pero sí describiremos cómo funciona y algunos de los indicios que dan pie a pensar que lo que Webb denuncia es un riesgo real. Y para ello nos valdremos de un paralelismo conocido por todos: el dinero en el banco.


El dinero solía representar un derecho de propiedad sobre una cantidad determinada de oro, y de ahí extraía su valor. Así, un billete de cien dólares era como un cheque al portador por el valor estimado de la cantidad equivalente en oro, y como tal podía presentarse al cobro en cualquier momento allí donde hubiera sido emitido, en lugar de usarse para comprar cualquier otra cosa.


Hoy esos billetes mantienen su aspecto y funcionamiento habituales, pero ya no su contrapartida en oro. El patrón oro fue abandonado y ahora se puede crear dinero desde la nada sin necesidad de contar con las reservas en oro que lo respalden. Para los usuarios de ese dinero, el público en general, esto supone un evidente riesgo, y ninguna ventaja evidente. Entonces ¿por qué se ha aceptado el cambio de un sistema al otro sin ninguna contrapartida? La respuesta es sencilla: porque no hubo alternativa, dado que el nuevo sistema se impuso de manera unilateral y coordinada sin consultarlo con los usuarios.


Por otra parte, cuando se hizo público, la mayor parte de la gente no entendió las consecuencias del cambio. Se presentó como una solución para evitar el crecimiento de la inflación y solucionar el déficit de la balanza comercial de Estados Unidos, y los medios generalistas, que podrían haber contribuido a explicar sus otras implicaciones, hicieron exactamente lo contrario.


Décadas antes de dar la puntilla al patrón oro en 1971, una medida que por cierto se anunció como temporal, y que continuaba la senda iniciada por la Emergency Banking Act de 1933, se habían ocupado de modificar la naturaleza del contrato que convierte al banco en custodio de nuestro dinero al abrir una cuenta corriente (un depósito bancario). La diferencia es fundamental, porque un depositario tiene la obligación de conservar el bien en depósito, mientras que si lo que contrae el banco con nosotros al abrir una cuenta es una deuda, nada le impide operar con nuestro dinero a su antojo en la medida en que luego nos lo pueda devolver cuando lo solicitemos.


En palabras de la sentencia del caso Foley v. Hill and Others en la Cámara de los Lores en 1848, que fijó la jurisprudencia que luego pasaría también a Estados Unidos:


El dinero puesto en custodia de un banquero es, a todos los efectos, el dinero del banquero, para que haga lo que quiera con él: no es culpable de ninguna quiebra de confianza al emplearlo, no responde por el principal si lo pone en peligro, si se decide a especulaciones arriesgadas, no está obligado a guardarlo o a tratarlo como propiedad del principal, pero, por supuesto, sí es responsable por la cantidad, porque así se ha contratado.


En suma, el banquero puede hacer con nuestro dinero depositado en su banco lo que quiera, en la medida en que lo devuelva cuando se le pida.


Ahora vayamos un paso más allá: si nuestro derecho de propiedad sobre ese dinero ya es solamente un derecho a reclamar una deuda al banquero que lo custodia, ¿qué pasaría si hubiese algún otro acreedor preferente con derecho a reclamar esa misma deuda?


Sabemos que el banquero puede prestar nuestro dinero otra vez, pero también puede endeudarse usando ese dinero como garantía, y, en ese caso, se lo debería a un tercero. ¿Qué pasaría si ese tercero tuviera un derecho de cobro preferente frente al nuestro, en caso de insolvencia del banco? Que perderíamos nuestro dinero y no tendríamos forma legal de reclamar nada.


La Gran Toma


Este es el riesgo del que advierte David Webb, pero no solamente respecto al dinero depositado en el banco, sino también sobre cualquier acción, activo subyacente (propiedades, terrenos, viviendas, naves, equipamiento, propiedad intelectual, etc.), bono, fondo de pensiones y bien comprado a crédito que posee el público en general, de forma directa o a través de su participación en una empresa, o como súbdito de un estado «soberano».


Lo que Webb denuncia es que desde hace décadas se han dado los pasos legales necesarios para mutilar el derecho de propiedad de particulares, empresas y estados en todo el mundo, siguiendo un plan coordinado que implica inflar la deuda de todos ellos hasta niveles insostenibles, para en un paso posterior acaparar todos sus bienes mediante mecanismos legales que reconocen a ciertos acreedores la condición de preferentes, y por lo tanto prioritarios en caso de insolvencia.


Esta es la forma que adquiriría el Gran Reinicio sobre el que llevamos tiempo oyendo hablar. Algunos autores han querido ver en él una cancelación general de las deudas, pero Webb añade mayor definición: la cancelación de las cuentas pendientes implicaría en realidad saldarlas y requisar todos los bienes que en último término funcionen como garantía del pago. Para entendernos: no se trata del perdón generalizado de la deuda mundial, sino de un embargo extensivo de todos los bienes para responder por esas deudas.


Esto exigiría modificaciones legales que Webb describe en detalle, y que es capaz de rastrear en todos los países a lo largo de las últimas décadas.


Así por ejemplo la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución Española que pactaron Zapatero y Rajoy en 2011, y que tiene su reflejo en todos los demás países europeos, aunque en cada uno de ellos se justificó por una causa distinta. Apenas tuvo discusión en prensa, y cuando la tuvo se enfatizó la parte de la estabilidad presupuestaria, en lugar de esta otra:


Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la Ley de emisión.


En otras palabras: el reconocimiento constitucional de unos acreedores preferentes, los tenedores de deuda pública española.


Como vio sin dificultad Henry Ford, cuando una persona, una empresa o una economía deja de ser productiva, sólo tiene dos alternativas para seguir adelante: el endeudamiento o la guerra. A punto o de agotar las opciones de la primera opción, sólo queda recurrir a la última. Observen la evolución de la productividad de los países de la órbita occidental en las décadas que nos separan de la Segunda Guerra Mundial, especialmente las últimas, y llegarán a una conclusión sombría sobre nuestro futuro a corto plazo.



Webb advierte que, aunque no es exactamente un riesgo inminente porque se trata de un proceso, hay indicios de que estamos llegando a las etapas finales del mismo. Dos de las principales son la aprobación de regulaciones que concentran todos los valores en grandes «fondos» que no segregan la propiedad, es decir, que sólo atribuyen el derecho a un porcentaje de ese fondo, mientras se concede a ciertos acreedores la condición de prioritarios en caso de insolvencia, y la última es la reciente aprobación de las monedas digitales de banco central (CBDCs), algunas de cuyas implicaciones ya mencionamos aquí.


Ante esta situación, ¿qué puede hacer un ciudadano de a pie para protegerse? En opinión de Webb, que comparto, evitar a toda cosat endeudarse, cancelar en la medida de lo posible las deudas con bancos, tomar conciencia de este proceso para poder monitorizar su evolución, y exigir a nuestros representantes políticos que reviertan los avances legales que funcionan como marco para su aplicación futura.


Permítanme recomendarles el documental que Webb ha preparado resumiendo su libro, que de todas formas pueden descargar de forma gratuita aquí. Para los más versados en economía financiera que quieran profundizar en la cuestión, Nicolás Martínez Lage ha preparado una serie de videos en español en los que hace un buen recorrido a partir de aquí.


En palabras de Webb, que abre así su libro sobre la Gran Toma:


Si lo prefieren, considérenlo una obra de ficción o los desvaríos de un loco.


Puede que esté loco.


Sé que no escucharán lo que me esfuerzo por decirles… todavía no.


Pero tal vez, a medida que se desarrollen las cosas, este escrito les ofrecerá alguna explicación de lo que está pasando.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

jueves, 14 de marzo de 2024

11M y Teoría de la Conspiración



Carlos Moliner


«Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar».

Ludwig Wittgenstein


A punto de cumplirse veinte años del atentado terrorista más grave de la historia de España por número de víctimas, y en paralelo a la cuenta atrás para la prescripción de los crímenes cometidos, no esperamos grandes avances en el conocimiento de las causas. La mayor parte del ejercicio periodístico irá dedicado a señalar a los teóricos de la conspiración, aquellos que insisten en no dar el caso por cerrado o que siguen especulando sobre esas causas y sus consecuencias. Salvo honrosas excepciones, el recuerdo del 11M es el trámite para pasar cuanto antes a su olvido.


Uno de los investigadores del asesinato de Kennedy se quejaba amargamente de lo mucho que se habían centrado los periodistas en el qué, y lo desatendido que había quedado el porqué. Algo parecido podríamos afirmar sobre el 11M, y también sobre otros dos sucesos que han dado forma a la historia reciente de España: el atentado que acabó con la vida de Carrero Blanco y el 23F. Conocemos muchísimos hechos, tantos que incluso nos abruman, pero muy pocos motivos, cuando desde un punto de vista nacional son lo relevante. Sin negar la importancia del lado humano de la tragedia, o del político en clave nacional, son los aspectos geopolíticos los que hacen inteligibles la mayor parte de los acontecimientos históricos, y el 11M no es la excepción.


Sin embargo, preguntarse sobre ellos es una de las actividades más ingratas que pueden imaginarse hoy. Hace falta vencer la reticencia inicial del público, que está ya harto de repasar los mismos datos una y otra vez , y al que la sola mención del 11M, o del 23F, ya produce una cierta saturación, entendible por cuanto es escasa la información adicional que se ha añadido en estos veinte años. Además, cualquier iniciativa que se aparte de las explicaciones oficiales es tachada de teoría de la conspiración, lo que redobla las reticencias a la hora de acercarse a esta clase de informaciones. Por si fuera poco, el número de personas dedicadas a restringir la amplitud de lo pensable en la España pospandémica alcanza proporciones de industria, la única que a estas alturas de convergencia con Europa podemos considerar competitiva. Esta misma semana hemos tenido nuevas muestras de ello.


A esta aventura en territorio hostil y plagada de riesgos sólo se apuntan un puñado de personas que no cuentan con el respaldo de grandes medios a su servicio, ni con generosos presupuestos o posibilidades de difusión. Es gracias a los resquicios que todavía permite la comunicación por Internet que accedemos a su trabajo, que en muchas ocasiones es el fruto de horas hurtadas al tiempo libre o a la actividad profesional y dedicadas a indagar sobre cuestiones que les interpelan por motivos personales, o que despiertan en ellos la responsabilidad de hacer el trabajo de quienes han decidido no hacerlo. En la mayoría de los casos les guía un impulso moral, un compromiso con las víctimas o con la verdad, algo imprescindible para atravesar el rosario de dificultades con las que topan enseguida. Un paso mal dado en ese camino puede pagarse tan caro como un acierto, y la pequeña cuota de prestigio a ganar entre un reducido grupo de afines es una recompensa escasa ante el riesgo de ser condenado al ostracismo, con las graves consecuencias que puede ocasionar para un particular a la intemperie.


Por todo ello, desde aquí vaya mi reconocimiento y mi admiración por todos esos deplorables teóricos de la conspiración que siguen intentando arrojar luz sobre los atentados del 11M. Ellos rinden, en mi opinión, el mejor homenaje posible a las víctimas.


El origen de la teoría de la conspiración


Gracias a Mike Benz, el que fuera designado por Mike Pompeo para un puesto en el Departamento de Estado durante la Administración Trump y actual director de la Fundación para la Libertad Online, sabemos que existe una coalición que reúne a políticos de ambos partidos, empresas tecnológicas, grupos de comunicación, ejército y agencias de inteligencia, lo que Benz denomina The Blob, que se coordina para fijar las políticas y los relatos adecuados a sus intereses conjuntos, dentro y fuera de Estados Unidos.


La información real que contradice las versiones patrocinadas por este colectivo es objeto de censura, pero hoy la conocemos, gracias a ellos, con el nombre de desinformación, lo que les permite suprimirla sin incurrir, al menos nominalmente, en una práctica propia de los regímenes totalitarios. De forma paralela, las políticas que buscan el interés público y amenazan por tanto los intereses de The Blob son lo que hoy conocemos como populismo, etiqueta creada para justificar la persecución legal y mediática de los disidentes, prácticas en teoría incompatibles con la democracia. Bajo los parámetros de esta neolengua, populista sería aquel que se aprovecha de la desinformación o emite las distorsiones de la realidad que conocemos como posverdades, diseñadas para influir emocionalmente en la opinión pública y así acceder al poder.


Dentro de la desinformación, existe una categoría que, en lugar de enfatizar las intenciones dudosas del emisor, resalta su desequilibrio mental: son las conocidas como teorías de la conspiración. El profesor Lance DeHaven-Smith explica que la expresión «teoría de la conspiración» se popularizó precisamente tras el asesinato de Kennedy para calificar las versiones distintas de la oficial, como un temprano ejercicio de manipulación psicológica y control del relato por parte de los servicios secretos. Fueron una serie de artículos en el New York Times los encargados de popularizar el término, atendiendo así un informe interno de la CIA que alertaba del escaso éxito de la Comisión Warren para fijar la verdad oficial. En esta coordinación entre agencias de inteligencia, prensa prestigiosa y poder político bipartidista vemos a The Blob en acción.


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miércoles, 14 de febrero de 2024

Trump y la democracia al límite



Carlos Moliner



“La locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”


La primera pregunta que debería responder Trump en esta nueva campaña electoral es ¿cuál es el plan para evitar un nuevo fraude electoral como el que no se ha cansado de denunciar desde 2020? Urge hacerlo antes de intentar recabar más apoyos en una pugna que, atendiendo a sus propios argumentos, estaría destinada al fracaso.


De lo contrario, incurriría en eso que Curtis Yarvin denomina disipar la energía, un error estratégico que se paga con más años de predominio del rival, en este caso encarnado por la mezcla imprecisa de tiranía y nihilismo que empezó a perfeccionarse desde el 11-S; el nuevo consenso mundial.


Yarvin advierte que nuestra época está caracterizada por el cinismo y la distancia irónica, una apatía general debida a la falta de agencia del hombre de a pie ante poderes cada más fabulosos. Ello provoca que la energía política necesaria para producir un cambio sea un bien escaso. Cada iniciativa que no vaya destinada a aumentar o conservar esa energía está condenada al fracaso, y cada nueva derrota abunda en la mencionada apatía. Es un círculo vicioso, tanto más por cuanto provoca frustración y desengaño en el grupo social que representa la única esperanza de cambio futuro. Por eso cualquier acción que no favorezca o facilite una victoria futura malgasta la escasa energía presente y fortalece en la misma medida al régimen actual; alarga su vida útil.


La victoria electoral de Trump en 2016 dilapidó el capital político que atesoraba en medidas de escaso impacto en la estructura verdadera de poder, y la mejor muestra de que fortaleció a sus enemigos son las ventas de periódicos durante su mandato o las expulsiones de sus partidarios de la escena pública en foros como Twitter. Sin embargo, la prueba definitiva es que perdió el Gobierno en circunstancias muy cuestionables, que muchos de sus seguidores han sido perseguidos social y judicialmente, incluidos colaboradores muy cercanos de su administración, ¡incluido él mismo!, y no ha sido capaz de hacer nada al respecto. Su legado no le ha sobrevivido más allá de unos meses, y los «deplorables» viven hoy peor y están más señalados y perseguidos que en 2020.


Ésa es una de las debilidades de la campaña de Trump. Su figura sigue provocando entusiasmo entre sus filas (y paralela aversión en los votantes demócratas), pero parte de su electorado está desengañado por el escaso rédito de cambios reales que supuso su presidencia. El rechazo al candidato demócrata no bastará para devolverle al Despacho Oval, y el camino de regreso a la Casa Blanca pasa por sobreponerse a una formidable red de obstáculos que se irán desenvolviendo a medida que sean necesarios. Veamos algunos de ellos con cierto detalle.


Por un lado están los 91 cargos distintos que se le imputan, y que van desde la conspiración para privar del voto hasta el fraude o el delito electoral, pasando por la retención intencional de información relativa a la seguridad nacional. Un rosario de acusaciones con un denominador común: no existirían si el acusado no fuese Donald Trump. Este campo de minas habrá de recorrerlo durante la campaña y con los grandes donantes o, lo que es lo mismo, con su propio partido en contra, aunque varias de sus cabezas visibles no se atrevan a exteriorizarlo por miedo a acabar igual de mal que Liz Cheney. La ex miembro de la Cámara de Representantes por Wyoming, tras votar a favor del impeachment al entonces presidente Trump, no sólo ha perdido su silla en el Congreso, sino que en las encuestas aparece concitando mayor rechazo que los candidatos demócratas entre los votantes de su propio partido.


Por otro lado, NBC News alertaba hace poco sobre el peligro de que Trump pudiera usar el ejército de manera «dictatorial» si regresa a la Casa Blanca, una forma poco sutil para justificar la formación de una coalición de legisladores o «grupos de interés público» para «contrarrestar» esas amenazas.


No es una estrategia nueva. Ya estaba en marcha con anterioridad a las elecciones de 2020, un plan B organizado en torno al Proyecto de Integridad de la Transición (TIP), iniciativa de planificación legal y estratégica para contrarrestar posibles resultados electorales adversos. ¿Adversos para quién? Para la democracia, obviamente.


El TIP involucraba a exfuncionarios de alto rango la Casa Blanca, periodistas o los inevitables miembros de think tanks, y estaba liderado por figuras como John Podesta, exjefe de campaña de Hilary Clinton que trabaja ahora para Biden, pero también a figuras mediáticas republicanas como Bill Kristol o David Frum, las suficientes como para poder declararse bipartidista. Allí se dedicaban, entre otras cosas, a simular escenarios de caos y violencia si Trump perdía las elecciones en 2020 y se negaba a conceder la victoria a la candidata demócrata.


El informe del TIP expresaba también su preocupación sobre la capacidad de Trump para iniciar investigaciones contra opositores, utilizar agencias de inteligencia para sembrar dudas sobre los resultados electorales, restringir las comunicaciones en internet o aprovechar la interferencia extranjera como pretexto para cuestionar la legitimidad electoral. Esto es: temía que Trump pudiera sentir la tentación de hacer lo que han estado haciendo ellos mismos desde 2016 en adelante.


Revolución de color americana


Matt Taibi, que es quien lo ha contado con más detalle, habla de una posible «revolución de color» en marcha en Estados Unidos, haciéndose eco de un artículo de M. B. Dougherty en National Review en el que se menciona un simulacro llevado a cabo por Podesta y otros asesores demócratas para determinar la estrategia en caso de una nueva victoria electoral de Trump en 2020.


Así, Podesta, que hacía de Joe Biden en el simulacro afirmó que su partido no le permitiría aceptar los resultados. “Alegando privación del derecho al voto”, escribe Smith, “él [Podesta haciendo de Biden] persuadió a los gobernadores de Wisconsin y Michigan para que enviaran electores pro-Biden al Colegio Electoral. En ese escenario, California, Oregón y Washington amenazaron con separarse de Estados Unidos si Trump asumía el cargo según lo planeado”.


Como vemos en las últimas semanas, este escenario previsto en el simulacro de 2020 también tiene su espejo en la actual rebelión legal de Texas ante la decisión del Tribunal Supremo que da por buena la autoridad del gobierno federal para retirar las concertinas que había colocado el estado para frenar la escalada migratoria, algo que en la práctica permite al presidente Biden dejar desprotegida su frontera con México.


El Proyecto de Integridad de la Transición es sólo uno de muchos grupos creados para evitar una supuesta deriva totalitaria de Trump, pero el hundimiento sin remedio de Joe Biden en las encuestas ha llevado a sus asesores a reforzar estas iniciativas. Su estrategia es tan simple como efectiva: en lugar de intentar vender como baza electoral una complicadísima defensa de su gestión, plantearán su campaña en términos de la salvación de la democracia. De ahí la necesidad de presentar al público a un Trump golpista en busca de revancha.


Para ello existen grupos como Democray Forward, dirigido por un exabogado de campaña de Hilary Clinton, o la organización que sirvió de incubadora al TIP, Protect Democracy, creada por dos exmiembros del gabinete legal de Obama, que cuenta con ingresos anuales por encima de los 13 millones de dólares y asesores como Anne Applebaum, Timothy Snyder o Steven Levitsky, coautor del libro How Democracies Die (Cómo Mueren las Democracias), autores imprescindibles en la estantería de las personas ilustradas y habituales del negociado de la salvación democrática. Uno de los principales donantes de esta organización es el magnate de LinkedIn Reid Hoffman, al que ya nos hemos referido aquí como impulsor de la carrera presidencial de Nikki Haley.


La lista de los clientes y asociados de Protect Democracy permite ver el paralelismo con la estrategia de otra organización, en este caso la Open Society de George Soros, para asesorar, proveer de fondos y coordinar a diversos grupos locales y estatales para impulsar reformas políticas de todo tipo, desde la abolición del colegio electoral o una política penitenciaria más laxa. Todos parecen seguir el mismo manual, lo que no es mucho aventurar si tenemos en cuenta que Norman Eisen, el responsable de su redacción, forma parte del mencionado TIP. El dueño de Facebook, Mark Zuckerberg, lo siguió también al pie de la letra para invertir 350 millones de dólares en los estados en liza para, en palabras de la prensa independiente, salvar las elecciones de 2020.


Contra toda evidencia, ellos insisten en que ni siguen un manual ni están coordinados entre ellos, como ha confirmado a Matt Taibi una de las fundadoras del TIP, Rosa Brooks, que ni siquiera está segura de que exista un grupo como tal. Son «sólo varias personas y organizaciones que ocasionalmente se coordinan o que como mínimo tienen cosas en común, aunque a menudo ni siquiera eso». En suma, un grupo de muchachos con la mochila llena de sueños.


Que los miembros de estos grupos a menudo coincidan, que en su mayoría formen parte del entorno, cuando no directamente de la administración, de expresidentes o candidatos a la presidencia demócratas, que sus evaluaciones expertas sean omnipresentes en prensa en los medios afines y también en los supuestamente opuestos con un mensaje uniforme, o que cuenten con generosas financiaciones que pueden reconducirse a terminales del Partido Demócrata son meros indicios de una colusión que en este caso no puede afirmarse a la ligera.


Sea como fuere, y por economía de espacio, en adelante nos referiremos a este grupo de cuya existencia no tenemos constancia con el término Estado Profundo.


Este Estado Profundo es el que está detrás de la estrategia de persecución legal (el célebre lawfare) de Trump. También tiene en la diana a los llamados insurrectos del Capitolio, sin atender a las nuevas evidencias que desmontan el relato oficial sobre lo sucedido aquel fatídico 6 de enero, y también a todas aquellas personas o instituciones que puedan ayudar al neoyorquino a instalarse de nuevo en la Casa Blanca.


Si Hunter Biden desoye una citación del Congreso, impide que se haga a puerta cerrada o se presenta por sorpresa y se marcha en mitad del alegato de una interviniente, se deja correr; si Peter Navarro o Steve Bannon no comparecen tras una citación similar, se pide cárcel para ambos. Si uno de los asistentes a la manifestación del Capitolio pone los pies en la mesa de Nancy Pelosi, le sentencian a cuatro años y medio en la cárcel. Si un asistente se graba manteniendo relaciones sexuales en la sala de audiencias del Senado, se deja correr. Los ejemplos son numerosos.


Incluso han jugado con la posibilidad de impedir que Trump se presente a las elecciones en estados concretos, como Colorado o Maine, iniciativas con poco recorrido legal pero que contribuyen a apuntalar el relato de que la manifestación del Capitolio fue un acto de insurrección, un primer asalto fallido a la democracia que estaría por consumarse en una segunda administración de Trump.


Así, Marc Elias, exabogado de campaña de Hilary Clinton que dirige Democracy Forward, insinuaba en un tuit ahora borrado y recuperado por Taibi la posibilidad de impedir la elección al Congreso de algunos representantes republicanos, en concreto los señalados como colaboradores de la insurrección del 6 de enero en el Capitolio.



Hasta se ha llegado a publicar que Putin interfirió en las elecciones de 2020 para asegurar la reelección de Trump, esta vez sin éxito, posiblemente gracias a esta red de iniciativas destinadas a salvar la democracia.


Por asombroso que resulte, para 2024 los paladines de las elecciones libres han diseñado un escenario en el que la única prueba válida y definitiva de que existe la democracia en América radica en que Trump no gane las elecciones. Cualquier escenario que incluya su victoria supondría un golpe para esa democracia que dicen defender.


Todas estas narrativas en curso son en mi opinión planes accesorios para el caso de que fallase el principal, que no creo que pase por impedir directamente que Donald Trump se presente a las elecciones, sino por una desgaste progresivo que logre distraer su atención mientras se aseguran de controlar los poco más de 100.000 votos que finalmente decidirán quién ocupa la Casa Blanca a partir de 2025.


Como en una de esas películas en que se ha puesto precio a la cabeza del protagonista, y a su alrededor empiezan a concentrarse la flor y nata de los mercenarios a sueldo, la carrera presidencial cuenta con tantas iniciativas destinadas a impedir la victoria de Trump que sería imposible resumirlas todas en un artículo.


Esta misma semana, sin ir más lejos, hemos conocido por el representante de Ohio en el Congreso Jim Jordan que se coaccionó a Amazon para retirar o reducir la visibilidad de libros contrarios a las vacunas porque el contenido «disgustaba a la Casa Blanca de Biden» y generaba críticas por parte de medios conservadores.


Sin embargo, merece la pena que resaltemos una más, pues tiene un precedente significativo.


El tercer hombre


En 1992, el presidente Bush buscaba la reelección frente al joven gobernador de Arkansas, el carismático Bill Clinton. Importantes figuras del Partido Republicano con aspiraciones presidenciales, como el gobernador de Nueva York Mario Cuomo (el padre de Andrew y Chris), no se atrevieron a dar el paso y desafiar a un presidente que venía de ganar la Guerra del Golfo con unos índices de aprobación medios del 61% durante todo su mandato y picos de hasta el 89%.


Sólo un candidato crítico con su partido y sin muchas posibilidades reales de ganar, a pesar de su honroso segundo puesto en las primarias de New Hampshire, Pat Buchanan (con una campaña titulada por cierto Make America First Again) estuvo dispuesto a desafiarle.


A pesar de unos resultados menos que discretos, pues no logró apuntarse ninguna victoria en las primarias, se mantuvo hasta el final. La suya era una oposición por motivos ideológicos que le llevarían a dejar el partido años después, pero, a los efectos que nos interesan, fue un candidato que mantuvo el pulso hasta la nominación con una campaña dedicada a resaltar, entre otras, las debilidades de Bush en términos económicos. El presidente había incumplido su promesa de no subir los impuestos, lo que en un entorno de crecimiento económico ralentizado y desempleo creciente dio la oportunidad a Bill Clinton para centrar su campaña en la economía. De esta época viene la expresión «Es la economía, estúpido», que acuñó su estratega de campaña, James Carville.


Por otra parte, el exitoso empresario Ross Perot decidió, tras algunos titubeos, presentarse como independiente a las elecciones y obtuvo el apoyo de casi veinte millones de americanos, un asombroso 19 % de los votos.


A lo largo de la campaña, la economía fue adquiriendo una relevancia cada vez mayor, lo que se reflejaba en los índices de aprobación del presidente, que se hundían en las encuestas.


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miércoles, 31 de enero de 2024

Las dos advertencias de Nikki Haley



Carlos Moliner


«La carrera presidencial es ahora cosa de dos». Así lo anunció Nikki Haley, la única candidata republicana que queda en pie frente a Donald Trump en las primarias republicanas, tras quedar tercera hace dos semanas en los caucus de Iowa por detrás del propio Trump y de Ron DeSantis.


En ese momento parecía un atrevimiento, y algunos comentaristas dijeron incluso que era probable que se tratase de un eslogan escrito con anterioridad a los resultados, cuando todavía las encuestas le aseguraban el segundo puesto. Sin embargo, la renuncia de Ron DeSantis al día siguiente hizo que su afirmación se cumpliera con escrupulosa exactitud.


La exembajadora ante Naciones Unidas nombrada por Trump sabía que su derrota estaba descontada y no perjudicaba en gran medida a sus expectativas, que salían incluso reforzadas por la exigua ventaja, apenas dos puntos, que DeSantis había logrado sacarle. Comparativamente, el margen de 30 puntos del expresidente sobre DeSantis suponían el golpe definitivo para sus aspiraciones presidenciales, como así ha acabado siendo.


Tanto Vivek Ramaswamy como Ron DeSantis encarnaban o deseaban encarnar un Trump mejorado que mantuviera sus virtudes y cambiara algunos de sus defectos por juventud, dinamismo y el tipo de desparpajo habitual en las startups tecnológicas en un caso, o por la seriedad en la gestión y la rendición de cuentas en el otro. Esa apuesta pasaba por que el votante republicano los prefiriese al auténtico expresidente, y decidiera quedarse por tanto con las nueces de su gestión y ahorrarse los zarandeos del árbol mediático. Ambos candidatos han comprendido, al primer contacto con su electorado real, en lugar de con datos demoscópicos, que la tarea se antojaba imposible: hay una mayoría de republicanos que lo que espera es precisamente zarandeos del árbol mediático.


Vivek renunció a la carrera presidencial después de hacerse con un 8% del apoyo de los votantes en Iowa, un resultado meritorio para un candidato desconocido por el público hace sólo unos meses, pero insuficiente para seguir apostando por una campaña financiada casi exclusivamente con fondos propios.


Su campaña ha sido la más refrescante, con momentos de gran intensidad en los debates como la apertura del tercero en la NBC, en que se dirigió a los moderadores para que confirmasen si la colusión rusa de Trump que habían estado vendiendo al público era un bulo o no. Orador brillante sobre el que ya se llamó la atención en estas páginas, especialmente afiladas han sido sus críticas a Nikki Haley, mientras que ha evitado críticas directas a Trump. El mismo día de su renuncia llamó a la unidad en torno a la campaña de Trump, y un día después apareció junto al expresidente en un mitin en New Hampshire, que celebró sus primarias el pasado martes. Aunque un pequeño sector del trumpismo, especialmente el más joven, apuesta por el empresario de origen indio como vicepresidente, no es probable que Trump escoja a un perfil con demasiada personalidad propia para completar el ticket electoral. Lo que no impide que sigamos teniendo noticias de Vivek durante los próximos meses y años.


La campaña de Ron DeSantis, al candidato que a priori parecía mejor posicionado para disputarle el liderazgo del partido a Trump, llevaba en caída libre desde comienzos del año pasado. El gobernador de Florida, con el respaldo de una hoja de servicios brillante en su estado, no había logrado anotarse ningún tanto que hiciera despegar su campaña. A pesar de haber sido el auténtico adalid de la defensa de las libertades durante la pandemia, y con victorias frente a grupos de presión multimillonarios en su haber, hasta el último momento las encuestas le otorgaban la tercera posición en Iowa...


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miércoles, 28 de junio de 2023

La próxima pandemia


 

Carlos Moliner

 

Sólo el mercado de los antidepresivos suponía un volumen de negocio de más de 16.000 millones de dólares en 2022, y se espera que crezca



Hace unos días, Alejandro Sanz sorprendió a sus seguidores publicando un tuit en el que reconocía que no pasaba por un buen momento anímico.

El cantante ya había hablado en el pasado sobre su salud mental, sobre todo a raíz de un episodio durante un concierto en México en 2007 en el que estuvo a punto de desmayarse.

No es un caso excepcional. Poco después de publicar su tuit, James Rhodes, pianista célebre en España por la publicación del libro en el que denunció los abusos que sufrió de niño y los problemas mentales que padeció a causa de ello, le respondió con un emotivo mensaje.

En los últimos años, varios artistas y figuras públicas, como Dani Martín de El Canto del Loco o Pedro Pascal de The Mandalorian han hecho públicos sus problemas de salud mental para contribuir a visibilizarlos y romper así el tabú que acompaña a esta clase de padecimientos.

¿Qué le ha dado a todo el mundo con la salud mental?

A estas alturas de siglo, observar todo el ruido en medios sobre la salud mental como siguiente pandemia, y también el desfile de famosos haciendo públicos sus problemas en este ámbito, como fenómenos espontáneos, implica haberse pasado los últimos años sin prestar demasiada atención.

Y no es porque no haya ha habido motivos recientes para manifestar preocupación más que justificada por la salud mental de los millones de personas sometidos a medidas de excepción que han afectado gravemente a sus vidas personales, sus derechos y sus economías, con las lógicas consecuencias sobre su estado anímico.

Sin embargo, durante todo ese tiempo, no hemos leído anécdotas sobre un hermano al que el cierre de su restaurante hubiese mandado a la ruina o sobre la mujer soltera que tuvo que confinarse junto a sus dos hijos y perder así su empleo sumergido. Los famosos que asomaban era para aplaudir en el balcón o cantar el Imagine a coro:
Si la vergüenza ajena sanara, el ser humano a estas alturas ya sería inmortal.

Después de haber observado cómo se introducían en la agenda pública asuntos como la así llamada cultura de la violación o el calentamiento global (ahora cambio climático), merece la pena intentar aclarar de dónde viene y hacia dónde va esta nueva corriente.

Para ello me propongo analizar los presupuestos teóricos de los que parte, por un lado, y por otro especular sobre los objetivos que previsiblemente persigue.

La base teórica


En paralelo a la desaparición de los manicomios —en EE. UU.  en 1963 con una ley de Kennedy, en Italia en 1978, en España en 1986— y el desarrollo de nuevos fármacos para tratar las enfermedades mentales que permitieran hacer vida relativamente normal fuera de una institución psiquiátrica, se publicaron una serie de estudios que especulaban con la posibilidad de que detrás de algunos problemas psicológicos estuvieran ciertos desequilibrios químicos en el cerebro.

Así, por ejemplo, niveles bajos de serotonina serían la causa de la depresión común. La novedad de este enfoque es que permitía objetivar las pruebas diagnósticas de la enfermedad mental. Otra de sus ventajas consistía en acabar con la discrecionalidad de la psicoterapia y la divergencia de diagnósticos a que ésta daba lugar, que había sido objeto de multitud de críticas como las surgidas a raíz del experimento de Rosenhan.

El objetivo era que la comprensión de la química del cerebro acabase habilitando a los psiquiatras a tratar la enfermedad mental como cualquier otra enfermedad crónica o deficiencia fisiológica; como la falta de insulina para un diabético, o de vitamina C para un aquejado de escorbuto.

Esta nueva aproximación a la enfermedad mental resultaba lógicamente más rentable para la industria farmacéutica que la predominante desde el final de la Segunda Guerra Mundial, centrada en la psicoterapia.

La Década del Cerebro

 
El florecimiento de las llamadas neurociencias (en cuyo origen, por cierto, encontramos a un español, Santiago Ramón y Cajal), dedicadas al estudio del sistema nervioso, y muy en concreto al funcionamiento del cerebro, se vio asimismo impulsado por la necesidad de comprender mejor la función de los neurotransmisores en la fisiología y las patología del cerebro.

Cuando en 1988 se presentó el Proyecto Genoma Humano, que muy pronto empezó a dar resultados en la forma de mapas físicos y genéticos del genoma humano, se abrió todo un nuevo campo de aplicaciones médicas y biológicas.

Otro de los campos del conocimiento que se vio favorecido por esta revolución fue una rama especialmente prometedora de la psicología, la psicología evolucionista, inspirada por la revolución cognitiva de los años 50 y 60, que consistió en el descubrimiento de que la mente es un sistema computacional, lo que permitía caracterizar la mente no como una entidad única, sino como una serie de funciones (o módulos) especializadas para resolver determinados problemas adaptativos. Para la psicología evolucionista, el objeto de la psicología es el funcionamiento del cerebro (un órgano), y no ya la mente (una entidad).

Si el consenso era que la enfermedad mental era una enfermedad del cerebro, algo que siguiendo los postulados de todas estas escuelas es una pura tautología, centrarse en el tratamiento del cerebro para curarla resultaba lo más natural.

El desarrollo conjunto de estas áreas de conocimiento a partir sobre todo de los años 90 permitió una verdadera explosión en el campo del tratamiento farmacológico de los trastornos mentales.

Tanto es así que, entusiasmado por las posibilidades que todos estos avances abrían para la ciencia, el entonces presidente de EE.UU. George H. W. Bush se refirió a los años 90 como la Década del Cerebro.

Las consecuencias prácticas

 
La lucha por los derechos de los internados en los psiquiátricos condujo en algunos casos a una mejor socialización, pero en su gran mayoría provocó su paso a la mendicidad o la indigencia, cuando no a su internamiento pero en instituciones penitenciarias. Para el caso de la depresión, los novedosos enfoques para su tratamiento han logrado que se convierta en la primera causa de discapacidad en el mundo según la OMS, con 350 millones de personas aquejadas por alguna forma de depresión, y que represente el 7% de la mortalidad prematura en Europa.

En 1987, la Asociación Médica Estadounidense (AMA) incluyó a la adicción como una enfermedad, pero no fue hasta 2011 cuando la Sociedad Estadounidense de Medicina de la Adicción (ASAM, por sus siglas en inglés) definió la adicción como un trastorno cerebral crónico, no como un problema de comportamiento o el resultado de haber tomado malas decisiones.

Las aproximadamente dos décadas que van de un momento a otro reflejan el recorrido de la psiquiatría durante esos años, en los que muchos trastornos del comportamiento pasaron a ser considerados enfermedades del cerebro.

La búsqueda de la objetividad y la estandarización en los diagnósticos mentales fue también el motivo que llevó al psiquiatra Robert Spitzer a reorganizar el DSM-III (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) hasta convertirlo en el exitoso vademécum de la enfermedad mental que es hoy. La idea era que en el futuro pudieran incluirse una serie de biomarcadores como criterios diagnósticos, pero ya vamos por el DSM-5, y por el momento no hay rastro de ellos.

Como ironiza el médico e historiador de la psiquiatría Marco Ramos, «la psiquiatría sigue esperando a su Godot biológico».

En palabras de Allen Frances, psiquiatra responsable de la redacción del DSM-IV:

A la vez que estamos sobretratando a personas que no lo necesitan, estamos ignorando terriblemente a los que están gravemente enfermos, que desesperadamente necesitan mayor acceso al cuidado y una vivienda digna.

El psiquiatra Anthony Daniels (más conocido por su pseudónimo Theodor Dalrymple) señala un detalle importante:

Para que el médico reciba el reembolso de la compañía de seguros, debe encajar al paciente en una categoría, y el DSM sigue añadiendo más. La nueva edición (DSM-5) incluye el trastorno por acaparamiento, el trastorno por penetración, el trastorno por control de impulsos y el trastorno por ludopatía.

Se podría decir que yo tengo un «trastorno de compra de libros» porque no puedo pasar por una librería sin comprar uno.

Que el 69% de los encargados de la redacción de este manual reconozca vínculos con la industria farmacéutica no ayuda a despejar las sospechas sobre esta hiperinflación diagnóstica.

 



Por su parte, Thomas Insel, el antiguo director del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) norteamericano y enfático defensor de las aproximaciones genética y biológica a la salud mental, explicaba, con la distancia necesaria para evaluar los logros de esa peculiar década prodigiosa:

Pasé 13 años en el NIMH impulsando la neurociencia y la genética de los trastornos mentales, y cuando miro hacia atrás me doy cuenta de que, aunque creo que conseguí que científicos geniales publicaran un montón de artículos muy interesantes a un coste bastante elevado —creo que 20.000 millones de dólares—, no creo que hayamos avanzado en la reducción del suicidio, la reducción de las hospitalizaciones o la mejora de la recuperación de las decenas de millones de personas que padecen enfermedades mentales.

Resumiendo, podríamos decir que con un presupuesto anual de 1.300 millones de dólares, el NIMH ha tenido capacidad de maniobra para ayudar a muchas personas, pero lamentablemente ninguna de ellas era un paciente aquejado de una enfermedad mental.

Así lo confirma Allen Frances:

El resultado final de estos últimos 30 años es una aventura intelectual apasionante, una de las piezas científicas más fascinantes de nuestra vida, pero no ha ayudado ni a un solo paciente.

Cui prodest?

Cabe preguntarse a quién han estado ayudando entonces durante todos estos años.

Tras dejar el NIMH, a Thomas Insel, por ejemplo, lo fichó Alphabet (empresa matriz de Google) para Verily, su división dedicada a las ciencias biológicas, que se dedica, entre otras cosas, al fenotipado digital, una nueva forma de clasificación que ya no usa marcadores biológicos, sino digitales, a través del uso que los usuarios hacen de sus teléfonos móviles y los llamados wearables, para el diagnóstico psiquiátrico, entre otros. Al salir de Verily montó su propia start-up, Mindstrong, con sede en Palo Alto y dedicada a lo mismo.

La trayectoria de Insel ilustra la estrecha relación entre científicos de la academia, medios de comunicación que los convierten en superestrellas, empresas tecnológicas que les dotan de fondos y medios casi ilimitados para llevar a cabo investigaciones que derivan en innovaciones tecnológicas, y por último los poderes públicos, que aplican algunas de esas enseñanzas y funcionan también como proveedores de fondos.

En 2019 el gobernador de California lo nombró «zar de salud mental y del comportamiento» para ayudarle a reorganizar el sistema de salud mental y del comportamiento del estado, con resultados discretos.

A la industria farmacéutica, por su parte, no le ha ido mal. Sólo el mercado de los antidepresivos suponía un volumen de negocio de más de 16.000 millones de dólares en 2022, y se espera que crezca hasta superar los 21.000 millones de dólares en 2026. El volumen del mercado de los psicofármacos ha aumentado cada año, incluso a pesar de que la investigación de base está prácticamente estancada desde los años noventa y apenas recibe nuevos fondos. La mayoría de los nuevos medicamentos son compuestos que buscan replicar el efecto de otros ya conocidos, muchas veces debido a que se trata de medicamentos genéricos o con patentes de próximo vencimiento. Aunque el consumo de psicofármacos no para de crecer, las farmacéuticas llevan años desplazando recursos hacia la investigación genética, con mayor potencial a futuro.

Pero como en muchos otros casos, para cuando los promotores de una tendencia han tomado ya otros derroteros, la inercia de su empuje inicial sigue produciendo efectos durante algunos años en quienes siguen sus antiguas indicaciones.

España, en concreto, es el primer consumidor del mundo de benzodiacepinas, psicotrópicos de efecto sedante. El derivado al que más se recurre es el diazepam (marca comercial Valium), y solamente de 2020 a 2021 su consumo creció un 110%. El consumo de antidepresivos, por su parte, creció un 10% en el mismo período hasta los 4.2 millones de tratamiento mensuales, un 7% para los antipsicóticos (1.37 millones de tratamiento mensuales) y un 6% para los tranquilizantes (5.1 millones de tratamiento mensuales).

El 12,74% de los españoles mayores de 15 años presentan sintomatología depresiva de distinta gravedad, y la frecuencia es prácticamente el doble en mujeres (16,32%) que en hombres (8,94%) en todos sus grados de severidad.

España es, además, el cuarto consumidor de fentanilo del mundo, por detrás de EEUU, Alemania y Reino Unido. Este es el opioide responsable de la reciente epidemia de muertes por sobredosis en Estados Unidos. Su consumo en España se ha multiplicado por 4 en el período 2020-2022.

Después de la ola de entusiasmo inicial con los desequilibrios químicos en el cerebro y los marcadores genéticos y biológicos para resolver la etiología de las enfermedades mentales, esta explicación teórica apenas ha presentado resultados dignos de tal nombre, como reconocen hasta sus más convencidos defensores.

Un estudio reciente, que ha revisado estudios en que participaron más de 100,000 personas para evaluar el rol de la serotonina en la depresión desde muchos ángulos distintos, concluye que no hay diferencias en los niveles de serotonina en la sangre ni en los fluidos cerebrales entre las personas sanas y las deprimidas; ni siquiera cuando hay diferencias genéticas en la forma en que las personas procesan la serotonina.

Hay algo todavía más sorprendente en relación con este estudio, y es que la literatura científica al respecto del tema sigue dando por hecha la relación entre depresión y niveles bajos de serotonina, y los protocolos médicos actúan en consecuencia. Un estudio en 2005 ya alertaba sobre la desconexión entre la información contenida en la publicidad de ciertos psicofármacos con la literatura científica disponible sobre el particular.

Lo que sigue es un anuncio en televisión de Zoloft, un antidepresivo comercializado por Pfizer que ha generado unos 30.000 millones de dólares desde su lanzamiento en 1991:

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River Ouse, Lewes

¿Quién empujó a Virginia Woolf? 

martes, 2 de mayo de 2023

Por qué a las empresas les trae sin cuidado su indignación


Dylan Mulvaney

 

Carlos Moliner

 

Hasta finales del siglo XIX, los periódicos se financiaban a través de la suscripción de sus lectores, que pagaban un tanto fijo por recibir el periódico a diario. Eso permitía a los dueños de los medios calcular las tiradas de ejemplares y los ingresos y gastos necesarios para hacer viables sus redacciones.

Con el aumento de la población y de las áreas informativas a cubrir, justo antes de comenzar el siglo XX este modelo empezó a resultar insuficiente para financiar los gastos necesarios al ritmo de las nuevas necesidades informativas. En ese momento, la publicidad ocupó el lugar de los antiguos suscriptores como nueva fuente de financiación.

Joseph Pulitzer fue de los primeros en comprender que la fuerza de un periódico residía a partir de entonces en su capacidad de impacto, y no en el número de suscriptores de pago. Para que el periódico resultase atractivo a las empresas que podrían anunciarse a través de él, era necesario que llegase a la mayor cantidad de lectores posible.

El empresario húngaro se arriesgó a rebajar el precio de su periódico a la mitad y a aumentar la tirada, apostando a que la disminución de ingresos directos se vería compensada con mayores ingresos publicitarios debidos al crecimiento de la audiencia.

«Para que un periódico sea de verdadera utilidad al público debe tener una gran tirada, en primer lugar porque sus noticias y sus comentarios deben llegar al mayor número de gente posible y, en segundo, porque una gran tirada significa publicidad, y publicidad significa dinero, y dinero significa independencia».

Sobre esto último habría mucho que decir, pero lo cierto es que fue determinante para que Pulitzer se convirtiera en uno de los hombres más ricos e influyentes de Norteamérica.

Como hoy sabemos, la publicidad, que hasta entonces significaba un pequeño porcentaje de los ingresos de los periódicos, creció hasta desplazar por completo a los suscriptores como fuente de financiación.

El lector dejó así de ser el cliente para pasar a ser el objeto de una transacción comercial en la que lo fundamental era su opinión. Los medios buscaban tener ascendente sobre él, atraerlo e influir en su conducta, pero no necesariamente su aprobación o su estima, como hemos podido comprobar con el paso del tiempo.

Por eso el tono amable y respetuoso con el que se dirigían a él los medios fue tornándose década a década más provocativo o mordaz, moralizante o incluso directamente insultante, con secciones enteras dedicadas a explicarle lo que hace mal.

[...]

Es decir, a una economía moral sin bienes en propiedad; una no-economía, al menos para el hombre de a pie.

Si tuviéramos que resumirlo en pocas palabras, diríamos que el cliente siempre tiene la razón, pero ahora el cliente ya no es usted.

 

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lunes, 10 de abril de 2023

Un aviso a navegantes: el caso de Douglass Mackey


 

Carlos Moliner


El pasado 21 de marzo comenzó en Nueva York el juicio contra el tuitero Ricky Vaughn, cuyo nombre real es Douglass Mackey, economista de 33 años nacido en Waterbury, un pequeño pueblo de Vermont, al que el Huffington Post bautizó en su momento como «el troll nacionalista blanco más influyente de Donald Trump en Twitter», y también como «una figura central en el movimiento supremacista blanco «alt-right» (derecha alternativa)».

Se le acusa de conspirar para difundir información errónea destinada a privar a otros de su derecho de voto, un delito federal por el que se enfrenta a una pena de hasta 10 años de cárcel. «El acusado, Douglass Mackey, intentó robar a la gente su derecho al voto», dijo el fiscal en su alegato inicial.

Los hechos


En los prolegómenos de las elecciones presidenciales de 2016 que enfrentaron a Donald Trump y Hillary Clinton, las redes sociales tuvieron por primera vez un papel protagonista. Alrededor del candidato republicano se creó muy pronto una plataforma de apoyo en redes sociales entre afines a su mensaje, una herramienta de campaña que acabaría contribuyendo de manera significativa a amplificar su mensaje y su figura.

Dentro de los seguidores del futuro presidente, el tuitero Ricky Vaughn, la identidad online de Douglass Mackey, era uno de los más conocidos y celebrados.

En el escrito de la agente del FBI que solicitó la orden de detención en 2021 se le acusa de haber difundido, entre septiembre y noviembre de 2016, una serie de memes (imágenes normalmente acompañadas de texto con intención habitualmente satírica) que daban a entender en falso a los simpatizantes de Hillary Clinton que podían votar por ella a través de un mensaje de texto o publicando una etiqueta en Twitter o Facebook, simulando para ello la apariencia de los auténticos mensajes de campaña de Hillary Clinton.

 

[...]

La influencia electoral de Ricky Vaughn, el seudónimo tuitero de Mackey, que llegaría a acumular hasta 58.000 seguidores, era superior a la de la NBC, la CBS, la sección de Política del NYT, o a la de Stephen Colbert, Jimmy Fallon, Michael Moore o Bill Maher, por citar algunos, según un estudio publicado en febrero de 2016 por el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) sobre las cuentas de Twitter más influyentes de cara a las cercanas elecciones presidenciales. En ese listado, la primera posición la ocupaba Donald Trump.

 

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jueves, 23 de marzo de 2023

Todo lo que usted quería saber sobre la crisis del Silicon Valley Bank, pero no se atrevía a preguntar



CRISIS DEL SILICON VALLEY BANK: ES LA GUERRA


Carlos Moliner

Gracias a Dalmacio Negro, que explica que cuando la Cortesía es incapaz de neutralizar los conflictos aparece el Derecho, sabemos por qué la nuestra es su época dorada, pues de la Cortesía hace tiempo que no tenemos noticias.

Lo político, siguiendo con el profesor Negro, sería lo que interviene cuando la intensidad de los conflictos es tal que ni siquiera el Derecho puede neutralizarlos. Por eso, concluye, la política no tiene objeto material concreto, sino que es su intensidad lo que convierte a un fenómeno cualquiera en objeto de la política.

¿Qué ha pasado?

 
El pasado 10 de marzo la política se vio forzada a intervenir en Estados Unidos para intentar neutralizar uno de los mayores pánicos bancarios que se recuerdan desde la quiebra de Lehman Brothers hace ya 15 años.

Silicon Valley Bank (SVB), un banco dentro de los veinte mayores dentro de Estados Unidos con activos por valor de 212.000 millones de dólares, quebró tras cuatro décadas de actividad...

 

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