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lunes, 2 de octubre de 2017

Adolfada rozando el "suficiente" y un inane escalafón que presagia un 2018 más oscuro que el reinado de Witiza




José Ramón Márquez

Siempre salta la sorpresa en Las Ventas, hoy más que nunca pocilga o porqueriza, porque para lo que queda ¿para qué nos vamos a ocupar de limpiar? Ayer una joven pareja se sentó en los primeros números de la fila 1. Venían pertrechados de sendos vasos ocupados por cubalibre y gin & tonic, porque al parecer el disfrute de la tauromaquia no es pleno si no se liba uno un cubata o dos y, como suele ocurrir, que eso ya nos lo esperábamos, uno de los combinados acabó en el suelo para susto de los ocupantes de la delantera de la Andanada. Rápidamente ella se fue al bar a reponer el caído por otro cubata y allí quedó en el suelo toda la porquería pegajosa que 24 horas más tarde se había transformado en una trampa de cucarachas en la que te quedabas literalmente pegado. Como es natural Monsieur Domb bastante tiene con sus enjuagues y con sacarle brillo a la chapa de que nada es importante si no hay toro, para cuando vuelva a Casa Patas, y no va a estar ocupándose por un poco más de mugre en la mugrienta Plaza de la Mugre Monumental. Imaginamos que al inteligente Domb exhausto tras las horas de cavilación que le habrá llevado componer el cartel del próximo domingo de temporada, con dos novilleros sin caballos, no le habrá quedado resuello como para ocuparse de la policía de las andanadas. ¡Pelillos a la mar! Ya vendrán las lluvias de otoño a limpiar por si mismas esas manchas autoadhesivas.


Para el remate final de esta olvidable Feria de Otoño de 2017 se compraron seis toros de Adolfo Martín Escudero, en los que teníamos depositada la fe torista. Seis de Adolfo y un mano a mano Ferrera/Ureña era la propuesta cuando sacamos el abono, luego desapareció el 33% de la misma al caerse Ferrera, que fue sustituido por Juan Bautista, que es un torero al que están empeñados en meternos por los ojos quieras o no. Respecto de lo de Adolfo, que en 2017 no ha tenido su mejor temporada ni mucho menos, mandó a Madrid seis galanes de mucho cuajo, de serias cabezas veletas y de mucha “toreabilidad”, como dicen los que saben. Salvo el sexto, Tomatillo, número 63, que cumplió en varas con buena nota, aquerenciado con el caballo y con ganas de pelea, el comportamiento de la adolfada en lo del penco fue de lo más discreto, con peleas de muy poco fuste.

Lo de “penco” se lo aplicamos a todos los cuadrúpedos que salieron por la puerta de caballos menos al guateado que montó Pedro Iturralde, que hay que ver lo que cambia la cosa cuando encima del semoviente va subido un hombre que sabe montar y que domina la situación: el castaño sobre el que iba Iturralde, en sus manos de buen jinete parecía uno de esos de la escuela de equitación de Viena, andando de costado y hacia atrás y viéndose bien a las claras la diferencia en la suerte de varas cuando es el jinete quien domina la situación. Iturralde provocó la embestida de Horquillero, número 31, y el animal se arrancó por dos veces con más pena que gloria a recibir dos puyazos medidos y de buena colocación que dieron lugar a la más unánime ovación que se oyó en toda la tarde. En cualquier caso la nota para lo de Adolfo sigue estando en un aprobadillo raspado dado con harta generosidad. Adolfo no consigue llegar a la cima que él mismo marcó en 2013; no nos dijo mucho en la de San Isidro, que fue una corrida bastante similar a la de otoño, nos echó un jarro de agua fría en la infausta tarde de Teruel, aniversario de Víctor Barrio, y hoy salva un poco los muebles de lo que de él se espera con la fiereza e inteligencia del sexto, un toro muy complicado y con mucho que torear. El primero y el quinto fueron toros para hacer el toreo, toros con mucha fachada y aspecto muy ofensivo pero sin malas intenciones ni ganas de aguar la fiesta. Es cierto que había que sobreponerse a su aspecto ofensivo, a esas cabezas de tanta leña, pero a la hora de la verdad no se comían a nadie y se les veía deseosos de echar una mano, y no precisamente al cuello.

El mano a mano en sí mismo, tal y como quedó tras la caída del cartel de Ferrera, ya era un contrasentido porque entre Ureña y Juan Bautista no había nada que ventilar. Con Ferrera la cosa habría sido distinta, pues siempre ha dado la impresión de que es torero de pelea, y sin duda habría ido de manera más decidida a buscar gresca, cosa que el francés, más versallesco que el extremeño, ni se planteó. Y la única razón de un mano a mano es la confrontación de dos estilos, de poner frente a frente a dos toreros que oponen sus diversas tauromaquias como dos gallos. Si en un mano a mano no hay un ánimo decidido de darse caña mutuamente entre los dos protagonistas, el planteamiento falla por la base, y eso es lo que pasó en esta tibia tarde de otoño, que cada uno había venido a hablar de su libro y que los ánimos de contender no aparecían por ninguna parte.

La cosa de Juan Bautista, a quien le tocó sin género de dudas el mejor lote, fue tediosa, insulsa y aburrida. El hombre no fue capaz de resolver sus papeletas: en el primero ni se puso en el sitio ni demostró la más mínima intención de que eso le interesase. Le fue dando los consabidos muletazos ventajistas, con el pico de la muleta por bandera, y se  pasó al toro por donde más le convenía. Cuando desde el tendido le censuraron lo mal que estaba quedando, al hombre no se le ocurrió otra cosa que tirar lejos de si el espadín de madera y continuar su labor sin ese aditamento. Ignoramos qué mensaje quería mandar al mundo con esa manera de deshacerse del simulacro de espada, el caso es que se puso muy ufano a tirar naturales a sa façon que a penas a nadie interesaron. Se puso muy espeso con la cosa de matar. En su segundo, Malagueño, número 46,  anduvo más aperreado, que el toro era de condición menos clara que el anterior, y su aspecto corniveleto imponía una barbaridad. Quiso aplicar Juan Bautista de nuevo los resortes del toreo moderno y ese planteamiento no le sirvió para conseguir sacar leche de la alcuza, le dieron un aviso y se volvió a embarullar con el acero. El tercero de los de Juan Bautista, Jardinero, número 2, llegó al tendido y a la postre se volvió contra el francés a medida de que hasta el más neoófito chino se iba dando cuenta de que el pobre trasteo del torero estaba bastante por debajo de las condiciones del toro y de que los dieciocho años de alternativa del arlesiano no le habían provisto de las herramientas necesarias para poder con Jardinero. Viendo el abismo que se abría entre él y el público, el torero decide abruptamente cortar la faena.

Y Paco Ureña, que yo no sé lo que le pasa a Ureña. A lo mejor es que el hombre tiene una personalidad poco acusada, como apuntan por ahí, pero da la impresión de que le han quitado el alma, que éste de los dos días de la Feria de Otoño no es el Ureña que nos ha servido de clavo ardiendo al que asirnos, que es que parece otro. A su primero le recibió con unas verónicas remilgadas, con el cuerpo encogido, como un entomólogo mirando una mariposa, y una media verónica de gran verdad. Y casi se puede decir que esa media verónica es lo que Ureña nos legó, que eso lo hace el niño de Pepe Luis y nos vamos a casa en una nube, pero que de Ureña se espera más: se espera el cite con verdad, la pata echada hacia a delante, el trazo del muletazo hacia adentro y hacia abajo, la ligazón sin perder pasos… lo que le hemos visto y nos ha predispuesto hacia él. En cambio hoy Ureña ha traído una forma heterogénea de andar por la Plaza, a veces despegado, otras despatarrado, un supuesto alarde de valor, un susto como si desease que el animal le empitonase, pero sin mandar netamente el mensaje de toreo con que otras veces ha complacido tanto las expectativas de la cátedra. La impresión de Ureña en estas dos tardes es de un hombre a la deriva, sus faenas discurren sin concepto ni unidad, sus planteamientos van de dejarte la miel en los labios a abominar de lo que estás viendo, y sus innecesarios alardes de quietud pecan de una innecesaria demagogia en alguien que ha mostrado suficientemente unos firmes argumentos basados tan sólo en el toreo.  Mantiene su crédito, que por dos tardes no vamos a echarle al contenedor del reciclaje, pero la impresión que deja no es la óptima. Acaso le convendría más estar cerca de un apoderado del estilo de Luis Álvarez que en la cuadra de Domb, tan cerca del lado oscuro al que sin duda querrán llevarle, pues nada hay hoy día tan subversivo y revolucionario en el toreo como el querer practicarlo con arreglo y sujeción a las normas clásicas.

Cuando los mosus de cuadra, los benhures de la oreja, arrastraron los despojos de Tomatillo se ponía punto final a la primera feria de Otoño de Donsimón, Don Domb, y casi a una temporada cuyo resumen no nos hace ser nada optimistas respecto de la que viene. Aunque el peor diagnóstico es que con un escalafón bloqueado por toreros muy viejos y sin nadie que realmente venga arreando por detrás la cosa no pinta bien. Los mejores momentos del 2017 nos los han vuelto a dar los toros, y por eso es por lo que habría que apostar de manera decidida.

Con España a la espalda

Una morena y una rubia

Les sanglots longs
Des violons
De l'automne
Blessent mon coeur
D'une langueur

Monotone.

domingo, 1 de octubre de 2017

Los benhures de las mulas sacan a Perera por la Puerta Grande

Perera brindando al publico con su vestido alicatado de aire mejicano
  

José Ramón Márquez

Hoy la vuelta de los lisarnasios a Madrid. No fallan. Otro día de la marmota lisarnasia con sus pitoncitos blancos y su actitud perruna, de perro de aguas de una marquesa de Serafín. Es que no hay temporada que no nos echen este descastado ricino salmantino, calderilla ganadera que nos mandan desde el Puerto de la Calderilla de manera inmisericorde y con un empeño digno de mejor causa. Pasan los empresarios por Madrid, Manolo Chopera, los Lozano, los Choperón Father & Son y ahora el prestidigitador Domb y aquí no para de caer la pedrea de los lisarnasios. Por lo menos con Manolo Chopera, que fue su introductor, o salían mansísimos o salían dando bocados, ganadería torista podríamos decir, y hasta se esperaba con expectación la tarde de los del Puerto de San Lorenzo, que nos íbamos al Batán a mirarlos, a ver de los que habían mandado cuáles salían más en Lisiado, cuáles más en Atanasio. Diversiones juveniles. Con el devenir de los años estos del Puerto se han han ido quedando como unos cacho de tontos que no se merecen casi el nombre de toros; hoy era deplorable ver a Perera andando por la Plaza a ponerse para citar y el infeliz del torejo andando tras él como un perro viejo y baqueteado detrás del amo a ver si le echa algo que llevarse a la boca. El año pasado, en otoño, saltó la sorpresa y salió una corrida dura, bronca y exigente al estilo de las de hace cerca de cuarenta años, pero por lo visto hoy las aguas sanlaurentinas ya han vuelto a su cauce y los seis infelices que mandaron a Las Ventas estaban dentro del más previsible patrón lisarnasio con sus dosis de mansedumbre de volver grupas y salir de naja, sus embestidas tontunas y sin intención y sus fuerzas tasadas en una escalera de pesos y medidas que iba desde los 493 kilos de una especie de rata negra llamada Ventanero, número 58, hasta los 633 kilos de un tren de mercancías que atendía por Malvarrosa, número 105. Al pobre de San Lorenzo le asaron los despiadados romanos en una parrilla y estos deleznables toros puestos bajo su advocación parece que demandan como fin útil de su vida no el ridículo que hacen en la Plaza sino las ardientes brasas de leña de encina. La madre de San Lorenzo, natural de Huesca, se llamaba Paciencia y he ahí la clave del mensaje que contiene el nombre de esta ganadería, que tanto tiempo lleva abusando de forma muy poco misericordiosa de la paciencia de los espectadores que llevamos en nuestras espaldas muchísimas más corridas de este deplorable Puerto que las que hubiésemos querido ver.

Hoy anunciaron con los del Puerto a Miguel Ángel Perera, Juan del Álamo y López Simón. Otro cartelazo made in le producteur.
Perera confirmó en Madrid en la Beneficencia de 2005 con un toro de Jandilla, qué merendilla, de manos del gran César Rincón. Con que se hubiese fijado un poco en los modos y maneras de torear de su padrino de confirmación estaríamos sin duda hablando de otro torero, pero por comodidad o adocenamiento puso su mirada en las negras aguas del toreo hacia atrás, el torero en que ni importa  la posición del torero al hacer el cite, ni el viaje que lleva el toro ni nada que no sea la ligazón, el temple. Toreo de continuidad que embelesa a cierto público y que precisa de la ayuda de un toro bobo y colaboracionista. Esas circunstancias se dieron en el primero de la tarde, Caracorta, número 127, que no aparentaba los 592 kilos que le asignaba la lotería de la tablilla y que poseía una actitud absolutamente a favor de ponerse a las órdenes de Perera para secundar sus ventajistas propuestas. Perera se hincó con el toro de pegarle mantazos y como el animal era amable y repetidor la gente se fue emocionando, y lo mismo muchos pensaban que torear esa eso. Toda la labor de Perera estuvo basada en la más firme sujeción a lo antes dicho: falta de colocación, cite alevoso con el pico, descargar la suerte todo lo posible, no quebrantar al toro en modo alguno y, entre medias de todo eso, como esos relojes parados que dan bien la hora dos veces al día, un par de naturales de magnífica factura y un cambio de mano inspirado y elegante, como para decir “si quiero, puedo, lo que pasa es que no me da la gana” El toro, de condición tan bobuna, era de lío grande y a Perera se le fue sin torear en una faena larguísima en la que le tocaron un aviso. Al final el toro cantó la gallina y se desentendió del torero volviendo grupas, acaso viendo que su generosa embestida había servido para tan poco. Luego, tras una estocada atravesada y dos descabellos las gentes comenzaron a pedir la oreja, petición de poco fuste, y la cosa se incrementó algo tras la deleznable actuación de los benhures de la mula que se olían la propinilla y usaron de las consabidas cucamonas ya harto conocidas, hasta que la débil voluntad de don Justo Polo sucumbió, sacando el moquero acaso temeroso de que los portales taurinos le censurasen como suelen. A fin de cuentas, con la que hay liada en el noreste, qué más da sostener la dignidad de un palco de una Plaza de Toros, pensaría. La cosa es que Perera se fue a su rincón con una oreja que, en puridad, les debe a los benhures más que a sus méritos toreadores. Y sobre esto de la petición permítasenos una digresión sobre los pañuelos: ¿Cuánto tiempo hace ya que no se ve la Plaza como un cazo de leche hirviendo en lo que es una petición mayoritaria de verdad? Es harto triste irte a casa con una oreja que te dieron los mulilleros. El segundo de Perera le brindó la ocasión de juguetear con el público y tratar de afirmar este 1+1 que en Madrid abre la Puerta Grande. Comenzó la faena por pases cambiados y por tres veces se fue lejos del toro para darle fiesta y hacerle galopar. El animal, hasta que se hartó, embestía con sinceridad ausente de malicia y cuando se hartó ya no quería más que le dejasen en paz.  Después de un pinchazo y una estocada el bicho se echó y la segunda oreja se fue a su esportón, cosa que le puso la mar de contento. Luego, cuando le sacaban a hombros los capitalistas, alguien le dio una bandera y enarbolándola atravesó la Puerta Grande y ahí es donde recibió los más sinceros y cálidos aplausos.

Juan del Álamo quiere practicar lo mismo que Perera, que no nos vamos a poner pesados explicando el tedioso toreo contemporáneo, lo que le pasa es que no le sale. Los mismos modos, las mismas trazas que con Perera ponen al público cachondo, con Del Álamo no son capaces de que manen los aplausos ni los ¡bieeeennn!, expresión que en estos tiempos ha sustituido al vetusto ¡ole! Ni con su primero, el único toro del encierro que mandó al tendido un cierto aire de peligro, ni con su segundo, que era el tren de mercancías Santa Fe Railroad, Juan del Álamo fue capaz de llevar el agua a su molino.

Y luego López Simón, que tiene ya casi tantas Puertas Grandes de Madrid como César Rincón de las que no se cuerda nadie, ni un muletazo en la memoria, que ya tiene mérito. No sé qué le pasó al hombre que le dio una pájara en San Isidro o cosa así, que no me voy a ir a mirarlo, pero hoy se le vio muy animoso. Ahora le lleva Curro Vázquez, ese Juan Palomo empleado de Monsieur Domb que lo mismo está en el burladero de la empresa que en de los apoderados, que en un agasajo postinero. Bueno pues López Simón, Barajitas, que ahora es Adolfo Suárez, vio como echaron al averno a su primero, que lo mismo que lo echaron lo podían haber dejado, para que saliese un sobrero cinqueño de Santiago Domecq. Ahí se puso López Simón en su registro más facilón, que es el de las cercanías, que esa es la receta que le ha ido sirviendo para sus innumerables y olvidados triunfos, pero bien sea porque el toro no transmitía sensación de peligro, bien porque esos medios pases de uno en uno y sin ligazón no sintonizaban con las gentes, su labor quedó en nada. Cuanto más se empeñaba López en lo cercano más le decía el pupilo de Santi Domecq que nanay, y así se fue pasando el rato. Su segundo llegó al último tercio con una condición huidiza y muy poco fija. López Simón lo sujetó magníficamente a base de unos doblones de gran eficacia y corrigió perfectamente el defecto del toro, luego desgranó una faena basada en lo mismo de todos, que fue calando en el público más festivalero, en la que todo se basó en la ventaja, el truco y la ausencia de verdad. Si no llega a ser por la estocada hilvanada haciendo guardia que metió hasta le habrían pedido la orejilla barata, barata.

Una vez más la torería de la tarde quedó justificada en manos de los peones de brega. Javier Ambel, de la cuadrilla de Perera dio una lección práctica de cómo se brega a un toro ahormándole, capoteando con una perfección extraordinaria de puro toreo, mano de hierro en guante de seda, y luego se gustó cuando se llevó a una mano al toro hasta el burladero del seis sin apreturas y gozando de su suficiencia y su buen hacer. Curro Javier, también de la cuadrilla de Perera, anduvo muy bien con el capote. Se merece un aplauso el extemeño por la cuadrilla que lleva.

 ¡La madre que lo parió!

Rosicler otoñal

sábado, 30 de septiembre de 2017

Dos pares de Miguel Martín en otra tarde de cuvis para el olvido, con gatillazo de Ureña

Compañero de Andanada consultando el Cossío en chino

José Ramón Márquez


¡Pues bueno, hombre!, aquí estamos otra tarde a echarla con los amigos tan ricamente con la excusa de los toros. Por la mañana ya dijeron que no venía Ferrera, que está lesionado y que en su lugar vendría Paco Ureña. La verdad, lo digo con total sinceridad, no derramé una sola lágrima por la ausencia del extremeño, al que deseo una pronta mejoría en su dolencia, sea cual sea, pues anda uno un poco estomagado con esta vitola de maestro que le han echado, que lo mismo si le hubiese visto en Bilbao me había subido a ese carro, pero ocurrió que mientras Ferrera triunfaba sobre la negra arena bilbaína uno andaba sobre la rubia arena de Baia Granelli a casi mil setecientos kilómetros, así que me quedo sin elevar a los altares al pupilo de Tornay y Ellauri y le dejo en el más humilde nicho del torero que no molesta en un cartel. La cosa es que ilusionó que el sitio de Ferrera lo tomase Paco Ureña, a quien el otro día poníamos como ejemplo aquí mismo de torero al que siempre se posterga en sus méritos, utilizando su detrimento para enaltecer a otros de menor compromiso en cuanto al toreo y de mayor influencia en los despachos.

Junto a Ureña se vinieron a Las Ventas Sebastián Castella, al que un crítico de los serios en pleno paroxismo y en un esfuerzo ímprobo de imaginación bautizó como “Le Coq”, y un nuevo Adame, el tercer Adame, que este se llama Luis David, de Aguascalientes como los otros, que venía a confirmar la alternativa que le dio Talavante en Nimes hace ahora un año.
 
Y si ya el cartel de toreros, el original, tiraba poco por sí mismo, ya ni te cuento cómo quedaba de apañadito si decimos la ganadería, que es la que don Joaquín Núñez del Cuvillo tiene en Cádiz, los cuvis de toda la vida, los hermanitos de Idílico, el Señor de las Adelfas muerto en extrañas circunstancias nunca bien aclaradas, el megamix de don Joaquín, que no se atina a saber cómo es un Cuvillo morfológicamente, pues son como esos chuchos callejeros, de cuando los había, fruto de mil mezclas y casualidades genéticas. Digamos, simplemente, que los cuvis son como van saliendo y hoy salió uno negro, tres negros con listón, un burraco y otro negro con listón y bragas. No siendo ni de lejos esta de los cuvi una de las ganaderías favoritas, se permitirá que no se haya hecho mucho caso al ganado en cuanto a sus condiciones de casta o bravura, conceptos perfectamente desterrados en esta vacada. Por ello, durante el rato que duró el pim-pam-pum del tercio de varas, más que a ver el comportamiento de los bicornes se buscó el entretenimiento en ver los refilonazos, los costurones, los  puyazos donde caigan y demás triquiñuelas con que se iba pasando el rato hasta que doña Cristina, don Euxinio, don Ángel y don Antonio expelían el aire por la boquilla de sus clarines y don Lamberto aporreaba sus secos tambores para indicar que el que va sentado sobre el arre ya se podía ir a otra cosa, mariposa. Me pareció ver que le dieron ciertos aplausos a Pedro Iturralde, que ahora está viviendo ese momento de dulce en que cuando citas su nombre en una conversación, el connoiseur con el que departes pone sus ojillos como bolitas de alcanfor. Ignoro por qué causa le aplaudieron, pero estoy convencido de que fue algo merecidísimo, viendo cómo se organizaban los galafates cuvis en la cosa de las varas, que eran cual cucarachas huyendo despavoridas del insecticida. Así, grosso-modo, hubo uno que era una cabeza grande y una barriga gorda, otro justito en todo, otro feble como un catedrático de estética, otro sin cara ni cuerpo… toros de esos que vienen estupendamente para hincharse a darles los pases cambiados por la espalda que no hay huevos a pegarle a los de José Escolar o a los de Juan Luis Fraile. Avechuchos herrados con la U de la Unión de Criadores, materia artística preparada para dar lo mejor de su falta de inteligencia a aquél que los mandará a criar malvas de un espadazo donde caiga.

Y los matadores. Lo de los Adame es como el dinosaurio de Monterroso. Vayas donde vayas ahí hay un Adame o dos: el pasado mes de julio me voy a un sitio de postín a cenar y allí estaban los Adame. En esta feria de otoño ya llevamos dos Adame, ahora con el de hoy ya son tres con alternativa y según me dice un señor que se lo sabe, aún falta por arribar un cuarto Adame, como si fuesen la caricatura de Pepote, Manolo, Ángel Luis y Antonio (Dios los tenga en su Gloria) en plan hidrocálido. Pues el Adame de hoy viernes, Luis David, es como todos los Adame que le han precedido. A estas horas es técnicamente imposible recordar nada de sus trasteos, bueno… que le robó el inicio a Castella en el de la confirmación, que se puso a darle pedresinas al toro y luego el francés ya no se atrevió a empezar de esa manera, cosa que le agradecemos de manera sincera. Adame se ciñó de manera perfectísima a los planteamientos del neotoreo desgranando en sus dos oponentes su tauromaquia con una sujeción canónica a las normas de dicha estética: no cruzarse, citar con el pico, echar al toro por ahí o por ese otro lado, resolver con otro u otros pases por la espalda. Ni que decir tiene que cuando los animalejos se mantuvieron en movimiento hubo parte del público que bramó, pero que cuando el toro dejó de colaborar en el particular circo del torero los entusiasmos se enfriaron palpablemente. En su segundo lo mismo le habrían pedido la oreja, pero se embarulló con el estoque matando de cualquier manera a la tercera.
 
Castella está como para asociarse con Perera y montar ambos un negocio que les permita vivir dignamente y ganarse el pan con el sudor de la frente, porque la sensación que da de torero pasadísimo de vueltas, de torero que ya ha dicho todo lo que tenía que decir llega al tendido de manera bastante neta. Para colmo de males Adame le robó su clásico inicio de pases cambiados por detrás y ya estuvo el francés vagando por la Plaza como el fantasmón aquél que recorría Europa en la época del sablista Marx y su compinche el prusiano. Lo cierto es que Castella no fue capaz de poner en marcha ninguna propuesta que atrayese lo más mínimo, ni siquiera al público más acrítico y su labor quedó realmente inédita.
 
Y hemos dejado para el final a este Ureña de nuestros pecados, que se vino a echarnos un jarro de agua fría en sus dos trasteos proponiendo dos maneras distintas e incomprensibles de estar con el toro. En su primero dio la impresión de que se había aprendido la faena que venía a hacer y que en esa caja había que meter al toro quisiese  o no. Como es natural a animal gana el toro y ni siendo un amable cuvi estaba dispuesto a comportarse como un mueble de Ikea, por lo que la labor de Ureña fue deslavazada y llena de altibajos. Su primero es el típico cuvi que si lo pilla Julián de San Blas lo tunde a mantazos y lo desoreja en plan importancias, toro muy de esa casa ante el que Ureña en vez de aprovechar para desgranar su tauromaquia, tal y como le hemos visto en otras ocasiones, se amontonó. Le sacó tres naturales bien colocado, pura torería, pero el resultado de su labor es pobre. Los especialistas en esta vacada se habrán reído lo suyo viendo naufragar al murciano con uno de esos toros de los que ellos dicen eso de “he disfrutado un montón…” Y en su segundo, muy poca claridad de ideas, rematando por arriba feamente, muchos enganchones y dudas, como quien dice en este toro estaba sin un plan y el trasteo fue tan largo que le tocaron un aviso. Ni mucho menos presentó hoy Ureña su mejor cara, incluso con el estoque, porque además en ambos mató feísimamente, quedándose en la cara del toro, saliendo trompicado y dejando la espada donde buenamente cayó.

En realidad lo más torero de la tarde, lo que justificó el importe de la entrada, fueron los dos pares de banderillas de Miguel Martín, de la cuadrilla de Adame, al sexto de la tarde. Esos pares bien hechos, dejándose ver, cuarteando sin prisas, llegando a la cara del toro y clavando arriba son lo realmente importante de todo lo que pasó en Las Ventas en otra tarde para el olvido.

viernes, 29 de septiembre de 2017

El Jueves de los Fuente Ymbro



Jean Palette-Cazajus

Mi intención era dedicarle un momento de atención al “Jueves de Muret” (12 de septiembre de 1213). Aquel día, cerca de Toulouse, se dio una batalla decisiva que opuso las tropas de Simón IV de Montfort, lugarteniente del rey de Francia, a las tropas coaligadas de Pedro II de Aragón y el conde Raimundo VI de Toulouse en el inicio de la cruzada contra los Cátaros. La derrota de las tropas meridionales significó una reorientación radical de la política de los reyes de la Corona de Aragón, más centrada a partir de entonces hacia una política peninsular que truncó la posibilidad de un reino “occitano-provenzal-catalán” que hubiese cambiado sin duda los destinos de Francia y España. El recuerdo de la batalla de Muret se cierne sobre la amarga actualidad de estos días. Volveremos sobre tan significativas fechas. El caso es que la imposibilidad de cumplir hoy sus compromisos por parte del maestro titular de esta cátedra, me obliga a asumir, brutal e inmediatamente, las ingratas tareas de sobresaliente, recién llegado de Francia y nada “placeado”. Cambio pues el jueves de Muret por el jueves de los Fuente Ymbro. Y héteme aquí aterrizado en la entrañable y terrible andanada del 9. 

Llego tarde, azorado y sudoroso en plena suerte de varas del primero de la tarde. Necesito unos minutos para librarme de una distante sensación de guiri ontológico, mareado por la fundamental extrañeza de la vivencia de los toros. Recupero por fin mis reflejos de añejo morador del cemento de Las Ventas a tiempo para percibir los estertores de la insulsa pelea del poco aparatoso ejemplar de prosapia Domecq frente a la acorazada de montar, como decían mis antepasados de la crítica cutrilla.  Frente a este discreto ejemplar, Morenito de Aranda demostrará una espectacular desconfianza pronto detectada por el animalito, que se crece, se convierte en pegajoso, perseguidor y buscapiés. El desbordado torero se cobra una venganza catalana mediante torpe pinchazo y media estocada tan caída como atravesada. 

El ejemplar segundo aparece como cansino y nada demuestra en varas a imagen de su predecesor. Se emplea más de lo esperado en banderillas permitiendo que Tomás López y Fernando Sánchez pareen correctamente. La revelada bondad del toro le permite a Joselito Adame relamerse en un amanerado y zalamero inicio de faena. Luego las cosas cambian. A la hora de la verdad llegan posturitas y trallazos,  toreo filibustero, descolocado y retorcido, pirateo del toreo auténtico, falsificación sin rematar, copia del toreo de marca para manteros desnutridos. Adame y su muleta de guardia de tráfico solo señalan la línea recta. Al final la generosidad del toro le facilita una secuencia aceitosa, genuflexa y amanerada. De postre un infame y alevoso bajonazo. Así y todo, la petición de oreja es importante y propicia una patética vuelta al ruedo. Detrás de mí una niña de seis años, deliciosa y redicha no para de radiar la corrida: “Hay sangre mamá” exclama, no excesivamente impresionada.

Román recibe al tercero con unas gaoneras laterales ceñidísimas. En cada pasada del bicho el torero mete el estómago frustrándole en cada ocasión al pitón lo que ya pensaba tener rebanado. El inicio de faena tiene empaque y soltura, luego… luego suena la voz del heraldo de la andanada: “¡Tauromaquia juliana! ¡Qué daño ha hecho!”. Menos perentoria pero, eso sí, educada suena estotra súplica: “¡Pero crúcese Usted un poquito”.  El joven temerario sale atropellado. A la hora de matar expone muchísimo para una estocada que sale sincera, trasera y tendida. Tras la cual, sañuda persecución olímpica del toro tras el torero por todo el ancho del redondel. La actuación de Román fue una versión mejorada del anterior ejercicio “adámico”: cayó lógicamente la oreja.  Andrés de Miguel justificaba sus morigerados aplausos durante la vuelta al ruedo: “Me gusta su tipo de valor y la distancia que da a los toros”. Conste aquí su valiosa aportación a la colectiva labor crítica.

El cuarto amanece huidizo y terminará picado en el caballo de puerta. Buen primer par de Andrés Revuelta y mejor todavía el segundo, levantando los brazos con soltura y gallardía. Pronto pierde el toro los cuartos traseros. “¡Casi se ha matado!” exclama despiadada la locutora de seis años. Digno y aseado Morenito a quien le ha tocado esta tarde bailar con la más fea. La niña se muestra perspicaz: “Este chico es el más importante”. Pero nada puede hacer el “chico importante” con semejante lote. Estocada  pulcra y delantera que basta. Al menos suena “Tercio de quites” uno de los pocos pasodobles modernos con alma torera. Tampoco es cuestión de que pueda disfrutar tranquilamente de sus compases. Me cuesta un montón concentrarme en mis labores críticas. A mi izquierda un señor italiano está empeñado tras la muerte de cada toro en que yo le confirme si el torero ha sido “bravo” o no. La primera vez a punto estoy de explicarle que al toro es a quien le toca ser bravo y no al torero. Claro que en la lengua de Dante “bravo” significa “bueno”,  pero mi italiano otrora decente ha degenerado de tal manera que debo renunciar a explicarle al vecino el  peliagudo concepto de bravura en los toros. En francés “un brave homme” es una buena persona y “un homme brave”, un hombre valiente. Misterios de la bravura.

El colorado quinto también sale abanto. Una tanda de malas copias de verónicas adámicas  antecede  una triste suerte de varas en total armonía con la general tónica de la tarde. “Muchos personajes están aquí” censura la niña de seis años indignada por la concentración excesiva de lidiadores. Miguel Martín coloca un buen par. Replicado por Fernando Sánchez con su habitual chulería. Pero el segundo par de Miguel Martín raya a gran altura y levanta al público. El toro entre descompuesto y caramelo a la violeta acepta su deslucido destino a manos de Joselito Adame. ¿A quién me recuerda este torero? me pregunto de repente ¿a quién? ¡Tate! ¡Caigo! A Leopoldo Fregoli o a su actual sucesor, también italiano, Arturo Brachetti, capaz de cambiar de traje o de personaje a una velocidad supersónica. En menos tiempo que necesito para contarlo Adame es capaz de instrumentar un natural, un derechazo, un molinete, uno de pecho, un pase cambiado ¿qué sé yo? Todo iniciado, todo abortado, todo sin rematar, todo casi coincidente y superpuesto. A la hora de matar, se sale escorada y descaradamente de la suerte. El resultado es lógico, el asesinato más ruin de la tarde. 

La lidia del agalgado y cariavacado sexto transcurre anodina y anómica hasta que lleguen dos pares de banderillas. El interés del primero es esencialmente geopolítico puesto que lo obra un banderillero de fucsia y azabache nombrado Hazem al Masri, “El Sirio”. El segundo, de corte más taurino,  resultó muy honrado y comprometido a cargo de un Raúl Martí literalmente encunado. El inicio de faena de Román es excelente, hay temple, soltura y sensualidad  insolente. Luego viene una tanda con la izquierda algo barroca pero rematada atrás, colocada y templada. Con la derecha, en cambio,  extraño y descarado regreso al peor toreo “ajulianado”, entreverado con pases cambiados y pases de pecho de un barroquismo hondo y descarado.  Este hombre debe de militar en la CUP. No se entiende de otra manera esta falta total de respeto por la estructura institucional del toreo y por las necesidades de la construcción de la faena. “C’est du grand n’importe quoi” se suele decir en francés, “un gran cualquier cosa”. En este toreo “rockerizado” sale de todo como en botica, lo peor y a veces un poco de lo mejor. Se vuelca con tal impetuosidad en la cara del toro que el metisaca cae en la riñonera del  bicho. Nueva estocada y descabello.

Los toros segundo y tercero tuvieron su cosilla. Al quinto y al sexto, no desprovistos de interés les pudo la falta de casta. Pero lo mejor de la tarde fue para mí la brillantísima pregunta a su madre de mi jovencísima colega seisañera en cuestiones de filosofía taurina: “¿Y si el toro mata al torero le ponen a él los cuernos aquí?” (señalándose la frente). A un paso está la tierna niñita de entender lo fundamental: la muerte del toro es naturaleza, la muerte del torero es tragedia. No hay reversibilidad ni parangón posibles. La fiesta de los toros establece la jerarquía fundamental que hace posible la dignidad humana.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Novillada de Otoño: “El domingo ya se acabaron los toros y a partir de hoy empiezan los avechuchos”

Empiezan los avechuchos

José Ramón Márquez



“Se busca que hay un caso, y tiene tongo, al teniente Colombo…”
Sevillanas de los cuatro detectives, Pepe Da Rosa

Como me dice Vicente Palmeiro desde la Andanada del 8: “El domingo ya se acabaron los toros y a partir de hoy empiezan los avechuchos” Después de esos tres domingos de espejismo, de golosina para el pobre aficionado que se pone como la niña de “El Exorcista” cada vez que siente mentar el nombre de Domecq, hoy todas las nauseabundas aguas del taurineo vuelven a su cauce y como el pobre del Bill Murray de “El día de la marmota” hoy nos echan con anuncio público y alevosía seis nuevas marmotas de las que Edificaciones Tifón, S.L. cría en Toledo o en Ciudad Real o en los dos sitios. La clásica marmota del toro asqueroso, que han echado uno negro salpicado que se llamaba Tornado, número 5, tarariro, tarariro, que tenía la perfecta aptitud para cabestro por morfología, hechuras, capa y condiciones, que no hacía ni falta castrarle; es que no más había que ponerle el campano y ya se podía ir el animalejo a vivir su vida de tolón, tolón junto a Florito. Siete kilos más tenía el cuitado éste que el toro de Ana Romero del domingo pasado que tanto nos enamoró por hechuras, cuajo y seriedad… a ver cómo se explica esto. Los de las Edificaciones Tifón mandaron a Madrid los volquetes llenos de escombro, de escombro ganadero, y habrá quien quiera salvar al sexto, Mosquito, número 40, por su condición tontiboba y repetidora, que a ese desgraciado en un pueblo le hacen candidato a indulto, o porque en sus hechuras se parecía un poco a lo que los Tifones proclaman como origen en la Unión de Criadores de Toros (sic) de Lidia: don Juan Pedro Domecq Solís. Hubo uno, el quinto, Cazador, número 11, que se pegaba unas volteretas y unos planchazos dignos de un certamen internacional de gimnasia rítmica; hubo otro, el cuarto, Cominero, número 50, al que le picaron como si en vez de toro fuese un globo de helio que se pudiese romper al roce de las aristas de la puya, hubo… hubo una ruina ganadera, otra más de losTifón, otra muesca en el revólver de este Ventorrillo que lleva más de 20 años sin parar de venir a Las Ventas a no se sabe qué. Bueno, o sí, que lo mismo el plan es ir soltando estas babosas descastadas, cada novillo con su peculiar cosita, para mover a mofa o a pena al paganini, que es el ser que aunque le anuncien otra de El Ventorrillo vuelve a pasar por la taquilla a dejar el dinero ganado con el sudor de su frente para sentarse en los asientos que van desde justo detrás de los atestados burladeros del gañote del callejón hasta la última fila de la andanada.

Y si marmota fue la cosa ganadera, marmota gorda la del toreo, que aquí se pasan los días, las semanas, los meses y no se pone un tío a torear como se debe ni aplicando el artículo 155 de la Carta Magna, ni aunque se empeñe la Fiscalía, ni aunque vengan los Civiles y los mosus ésos, aquí no se pone como Dios manda a torear nadie. Y si sale alguno como Ureña, ya se encargan por tierra, mar y aire de taparle, qué digo taparle, de echarle hormigón encima a ver si se queda quieto y no enreda. Aquí vale, sobre todas las cosas, la mendaz verdad de Julián, el Power de San Blas, y todo lo que se salga de lo que él representa estorbo y debe ser barrido. Cualquier planteamiento que implique el parar, el templar, el mandar, el cargar la suerte está llamado a ser ignorado y boicoteado: eso es lo que les enseñan y eso es lo que los muchachos practican, cada cual con sus propios modos. Hoy venían a Las Ventas, a cargar con los sacos de escombro de Construcciones Tifán, Jesús Enrique Colombo, Leo Valadez y Carlos Ochoa, de Madrid, nuevo en esta Plaza.
 
Colombo toma la alternativa en Zaragoza (D.m.) y con toros de Juan Pedro el próximo día 11 de octubre, dentro de catorce días. No se puede decir que sea un muchacho al que se arroja a la vorágine del toreo sin cimientos. Ha toreado mucho y eso se nota en el desparpajo con el que anda por la Plaza, en su frescura de novillero curtido, en sus ganas de entrar en quites y de dar espectáculo. Hoy puso cinco pares de banderillas en los que primó la velocidad, la cosa atlética, el salto y la reunión con la cabeza del toro pasada; a cambio dejó un buen par quebrando por los adentros junto a la barrera del 10 sin peón-centinela apostado en el callejón, dando la impresión de que le funcionó la cabeza e improvisó sobre la marcha. Lo otro de Colombo es que maneja con inteligencia los recursos del espectáculo y conoce al público, tan voluble. En sus segundo, el toro sin picar del que hablábamos antes, que le dio un fuerte trompazo al inicio de su faena de muleta, fue desgranando un pobre trasteo que no llegó en modo alguno al tendido hasta que Colombo dispuesto a no pasar desapercibido se planta a hacer bernardas con las que se lleva la atención y el aplauso de las gentes y luego intenta matar a recibir, que si lo llega a conseguir la hubiesen hasta pedido la oreja. Por el contrario en su primero, otro cacho de feo que atendía por el atinadísimo nombre de Nauseabundo I, número 20, dio muchos pases sin decir nada, en plan toreo 2.0, basando su propuesta en tratar de ligar retrasando la pata y, sobre todo, en no meterse en el sitio donde los toros cogen y donde se crea el toreo bueno. Su capacidad como estoqueador está fuera de toda duda cuando practica el volapié: a su primero le recetó un jarabe de acero ligerísimamente desprendido y de un efecto fulminante. A su segundo lo quiso matar a recibir por la razón que antes se expuso y en esa fundamental suerte no está tan suelto, pero no cabe duda de que es sólo cuestión de tiempo.
 
La otra cara de la moneda es Valadez, que está a trece días (D.m) de que su paisano Joselito Adame le dé la alternativa con toros de Fuente Ymbro, también en Zaragoza. La impresión que ha dejado Valadez hoy en Madrid ha sido harto pobre por lo ventajista de sus trasteos y la constante búsqueda de lejanías entre él y el novillo durante el muletazo. A Colombo se le ve bastante placeado, hecho como torero, pero a Valadez se le ve muy torpe y, podríamos decir, sin condiciones. Con sus dos novillos ha estado mucho tiempo, trasteo largo es casi siempre sinónimo de que las cosas no van rodando bien, y sin dar un solo muletazo digno de ser reseñado. Igual que el escritor manchego García Pavón veía harto complicado el reinado de Witiza en su famosa novela del detective Plinio, los que hoy hemos estado en Las Ventas hemos visto harto complicada la carrera de Leo Valadez a partir del próximo día 10. Si a eso añadimos la infame manera que tiene de matar, el espantoso navajazo barriguero que le ha perpetrado a su segundo, más propio de una de las sagaces investigaciones del Teniente Colombo que de la reseña de un festejo taurino, ya podemos decir que tenemos enfrente un cóctel bastante poco halagüeño. Dios dirá, pero los méritos vistos en este aventajado alumno del Centro Internacional de Tauromaquia y Alto Rendimiento no parecen suficientes como para echar las campanas al vuelo. Ya hemos explicado en alguna ocasión que cerca de Leo Valadez hay un Reverendo Padre, cuyas plegarias e intercesión le van a ser muy necesarias al hidrocálido.

Y luego Carlos Ochoa, a quien veníamos a ver con cierto interés porque nos habían hablado de él personas de nuestra máxima confianza. El gozo se fue directamente al pozo, porque en vez de un novillero con sus indecisiones o sus dudas o sus carencias, propias de quien lleva de novillero un año, que para eso es novillero, pues en vez de eso ahí se nos echó encima otra marmota, otro torero como todos, las ventajas, la alcayata, la pata atrás, este espanto con que engañan a los muchachos robándoles el alma, hurtándoles su personalidad para convertirles en otro más. Nada que reseñar, es el desolador resumen de su paso por la Monumental.

 Aquí no se pone como Dios manda a torear nadie
Adiós Madrid

lunes, 25 de septiembre de 2017

Con los pititos jugando a torear en Sevilla, Escolar echa en Madrid toros de aquí te espero

 Don José Escolar, probablemente el mejor ganadero del momento


José Ramón Márquez

Hoy, primer domingo del otoño, del particular otoño de don Bernard Domb, corrida número 60 de la temporada madrileña, tocaba el tercer y último “desafío ganadero”, de esa iniciativa que al menos nos ha servido para poder ver en Las Ventas dieciocho toros de los que se merecen con suficiencia el nombre de toro. Sinceramente uno hubiese preferido seis corridas de seis toros de cada una de las ganaderías que se han enfrentado en estos desafíos y, de buen grado, podríamos habernos resignado a no ver en 2017 ni a Juan Pedro, ni a Parladé, ni al Cuvi, ni a los lisarnasios febles y bobos (El Puerto de San Lorenzo, La Ventana del Puerto, Valdefresno). Seis corridas que nos podíamos haber ahorrado a cambio de otras tantas de Saltillo, Hoyo de la Gitana, Palha, Juan Luis Fraile, José Escolar y Ana Romero. A ver si el año que viene Monsieur Domb se gasta los cuartos en estas últimas y hace los desafíos con las que se citaron más arriba, que eso sí que sería la remofa. Y quien dice de toros, pues lo mismo de los toreros. Los de la Crítica Seria de Madrid pierden las posaderas por largarse a Sevilla donde torea ese permanente amagar y no dar que se llama Alejandro Talavante y pasan a mil por hora de quedarse a ver al toro corretear por Las Ventas, cuando lo lógico hubiese sido que los de la Crítica Seria animasen a Talavante para que hubiese estado hoy en Madrid a reivindicar su lo que sea frente a animales serios y de respeto… Y quien dice Talavante dice Padilla, Roca Rey, Cayetano, Ginés Marín y Julián del gran poder, por decir los seis que encabezan el escalafón ése que publican en Mundotoro. Ahí están los nombres de los seis matadores que deberían haberse anunciado con los toros en vez de este recuelo de seis hombres cazados a lazo, de carreras harto complicadas que nos han puesto en los carteles, por si acaso suena esa flauta a la que tanto cuesta sonar.

Por lo que sea, que de las cosas empresariales uno lo ignora todo, este tercer desafío tuvo el honor de ser incluido dentro de la Feria de Otoño, con lo cual se consiguió una entrada de más fuste que la de un domingo en el que no exista el trágala de la obligatoria adquisición de la entrada. Bueno, al menos esto ha servido para que mucho feriante vea lo que es el toro, que con que uno o dos se hayan ido a sus casas con la mosca detrás de la oreja sobre lo poco que se parece esto de hoy a lo que usualmente se denomina toro, ya se ha hecho una importante labor. Los toros del desafío eran los de José Escolar y los de Ana Romero, los victorinos de Escolar y los santacolomas de Ana Romero. Para matar a esos seis dijes se trajeron a Iván Vicente, Luis Bolívar y a Alberto Aguilar como podían haber traído a otros tres. Ponga cada cual los que considere oportunos.

Escolar ha echado el toro más rotundo de los vistos en los tres desafíos. Matajacos II, número 26, es el toro más completo de los dieciocho toros de los tres domingos de septiembre. Le faltó una tercera vara a la que no quiso acudir tan de largo como le habían puesto, habiendo acudido a las dos precedentes con buen aire y alegría, y eso es lo que hace que no sea un toro de bandera, pero el conjunto de su lidia, desde su salida sacando astillas de los tres burladeros, su forma de cumplir en varas donde fue muy bien picado por Félix Majada, su prontitud en banderillas con la brega acertadísima de Raúl Adrada y sus condiciones durante el último tercio hacen de él el triunfador indiscutible de los desafíos ganaderos. La lidia y muerte de Matajacos II le correspondió a Luis Bolívar, trece años de matador de toros, que hay que ver cómo se pasa el tiempo. Le dio fiesta al toro citándole desde el tercio y el animal se lanzó a la carrera a por el trapo que Bolívar le ofrecía, el hombre se afligió y no aguantó la hermosa embestida del animal ni en el primero, ni en el segundo, ni en el tercero… los tres movidos y luego por naturales le sacó dos de los buenos, de los óptimos, de los que justifican a un torero, pero desde ahí ya todo fue un amagar y no dar, no continuar por el mejor pitón del toro, cambiarse la mano a la derecha para coger aire y pasarse al toro de lejos, las cucamonas de todos los días que tanto nos hartan. Es verdad que el toro tenía una seriedad que no era de este mundo contemporáneo del toro del siglo XXI, que estar ahí abajo frente al de Escolar no es algo que esté al alcance de muchos, incluidos los seis que se citaron más arriba, pero venirte a Las Ventas con cinco corridas en el año pasado y aún menos en éste, que te salga ese toro y no comértelo vivo no es una noticia halagüeña para Bolívar, que tendría que haber mandado al tendido un mensaje más neto. La plaza rugió con esos efímeros naturales en los que el torero hace el toreo: se queda colocado, da el medio pecho, deja la muleta adelantada para mandar sobre la embestida de Matajacos II, y luego opta por abandonar ese camino, el único que la encastada y exigente embestida del toro hubiese aceptado, y echarse en brazos del neotoreo 2.0 en el que cede la posición y trata de aprovecharse de la embestida, sin que las cosas le rueden acorde a sus intereses, porque el abismo entre lo que el animal demandaba y lo que el matador estaba dispuesto a darle era prácticamente insalvable, tal y como se fue viendo a lo largo del trasteo de Bolívar, el desinterés con que fue siendo atendida su labor y la manera en que el encastado animal se fue apercibiendo del truco que había tras el trapo encarnado. En este toro hubo quien quiso ver una gran estocada, donde hubo sólo una efectiva colocación del estoque que tumbó al toro de manera rápida y una deficiente ejecución, quedándose el torero en la cara del toro y saliendo acosado por el animal al sentirse herido.
 
El otro toro de la tarde fue de Ana Romero. Toro Hornacero, número 3, cárdeno claro. Este toro servía de explicación, para quien no lo sepa, de lo qué es el trapío. Un toro que proclamaba sobre los 494 kilos que mostraba la tablilla, su seriedad, su cuajo, y sus perfectas hechuras acordes a su casta. El animal no daba ni media facilidad, ya desde que Iván Vicente se fue a ver cómo le paraba con el capote, y acudió a las dos convocatorias del penco a distancia cumpliendo pero sin ansia, algo mejor la segunda que la primera. En el segundo tercio su lidia le correspondió a Raúl Mateos y ahí se vio perfectamente la clase de la embestida del toro y su viaje largo y fijo lo mismo hacia el capote de brega que al cite de los banderilleros. Iván Vicente se fue a brindar el toro a Curro Vázquez, a agradecerle que le hubiese puesto en esta corrida, y luego se fue al toro con el firme propósito de no darle fiesta en la distancia y de tratar de ahogarle y agobiarle lo que fuese preciso. El toro era de una gran seriedad, vamos que no era de los de “estar muy a gusto” con él, y eso se notaba de manera palmaria en la actitud harto recelosa del madrileño respecto del de Alcalá de los Gazules. Tras echar el canónico rato haciendo ver lo malo que era el toro y sin plantear otros argumentos que los citados decidió irse a por el estoque y mandar a Hornacero al Valle de Josafat, o al lugar donde vayan a parar las almas de los miles de toros con mala suerte que no encontraron enfrente al hombre que les entendiese.

El resto de la tarde estuvo presidida por el permanente tomar el olivo del peonaje, pero como eso los públicos modernos no lo censuran sino que lo toman como cosa atlética y deportiva, pues le pegaron una ovación a Fernando Sánchez que desahogadamente la recogió desde el callejón donde se había guarecido. El que peor parte se llevó en lo del olivo fue Gustavo Adolfo García, de la cuadrilla de Bolívar, que cuando ya se creía a salvo volando sobre la barrera recibió un fuerte topetazo del toro que le había hecho hilo, y le lanzó contra los atestados burladeros de gañote del callejón, que hoy volvieron a registrar otro llenazo histórico.

En la parte de los aleluyas hay que hablar de lo bien que estuvieron Ismael Alcón y Félix Majada, de la cuadrilla de Bolívar y del porrazo, clásica caída de latiguillo, que se llevó Francisco Javier Sánchez, de la cuadrilla de Alberto Aguilar. El hecho de que tras la caída se percibiese a las claras las pocas ganas que el piquero tenía de que se le arrancase el toro y la constatación de que una vez que lo tuvo a merced en el peto le perforase la espalda con el vigor de quien busca un yacimiento de gas natural, no hace sino corroborar el ánimo vengativo, poco dado al fair-play, del varilarguero.
¡Ah! Y Alberto Aguilar, que anduvo por allí el hombre y que por lo que sea no era hoy su día.


 El dedo que señala el camino


La almadraba de Simón Casas