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lunes, 3 de octubre de 2016

Ni El Cid es El Cid ni Adolfo es Adolfo ni Las Ven tas son Las Ventas

 Adiós a la Feria

José Ramón Márquez

Por la mañana un novillero del que ignoro su nombre hizo el paseíllo de rodillas. Dicen que fue por una promesa, que no nos importa, pero un tío tuvo la ocurrencia de hacer el paseíllo de hinojos, como los peregrinos que ves en Méjico llegando a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, como los que ves en Lourdes, y nadie hubo que le indicase que en Las Ventas los paseíllos se hacen estando erguido y que las promesas se hacen en Jesús de Medinaceli. Anteayer un señor vestido con un traje azul se arrojó al ruedo a cuerpo limpio a hacer un quite a Curro Díaz, habiendo en la Plaza nueve peones de brega y dos matadores de alternativa, y cuando se anuncia que se le va a sancionar al del traje por lo antirreglamentario de su acción salta un coro de plañideras con que si eso es injusto y desproporcionado, en vez de clamar contra los once de luces que nada hicieron. En Las Ventas también. El otro día un novillero que quiso brindar su toro al doctor que le intervino de urgencia tras una fortísima cornada, en vez de irse hacia la puerta de la enfermería se fue al burladero del 5 e hizo salir al ruedo, sin ton ni son, al galeno vestido con su americana azul, sus pantalones beige y sus zapatos negros. En Las Ventas. Tres cosas tomadas al azar en estos últimos días de la Feria de Otoño en las que apenas reconocemos nuestra Plaza, estas Ventas que cada vez van siendo menos Ventas olvidadas del rito, de la liturgia, de los usos y de las costumbres y travestida de manera ostensible en bulliciosa Plaza aldeana con las gentes comiendo pipas a dos carrillos y atronándose a cubatas. Las Ventas no son Las Ventas.

Fernández, el de la Cifu
Cada Mochuelo en su olivo

Para cerrar la Feria anunciaron una de Adolfo Martín. En esta temporada que ahora termina Adolfo habrá lidiado unas siete u ocho corridas de toros, lo que es un número significativo, de las cuales dos en Madrid, la de San Isidro, que no dijo nada, y ésta de hoy, que lo mismo. Si las señas de identidad de los cárdenos albaserradas han sido la fiereza, la casta, el peligro o la inteligencia y la emoción que esas cosas traen a la Plaza, bien podemos decir que desde aquel Baratero del San Isidro de 2015 no vemos en la Monumental un toro de Adolfo que se mueva en el registro de lo que más nos gusta de esta vacada. Adolfo ha traído a Madrid este año doce toros de los que no se queda recuerdo alguno. 

Las dos corridas de Adolfo Martín en Madrid han estado compuestas por toros a los que nadie hubiese hecho caso de no venir avalados por la divisa verde y encarnada y por el hierro de la uve en un panal. El primero era una máquina de embestir sin intención ninguna: un toro para hacer el toreo bonito; el segundo en seguida dobla las manos y adolece de una palmaria falta de fuerzas; el tercero blando y descompuesto; el cuarto es el que más está en la onda que se espera de la casa, se para, mira y se cuela llegando a veces al tendido la sensación de peligro; el quinto, un cinqueño pasado, más que terciado en la cosa anatómica, bastante tontorrón; el sexto embiste sin casta con la cara a media altura. Magra cosecha la de Adolfo y morrocotuda decepción de la cátedra, que se queda con las cambiantes condiciones de los del Puerto del día anterior antes que con la sosería de estos Adolfos light.  Adolfo no es Adolfo.

Cuando Manuel Jesús El Cid comienza su trasteo a Sombrerillo, número 8, parece que a lo mejor la cosa va a funcionar en el registro mejor del de Salteras, pero cuando empieza a tirar de oficio para armar una faena a base de líneas, sin arriesgar un alamar, cuando proclama la seguridad de su técnica sin dotarla del alma que nace de la adecuada colocación, cuando la sucesión de los muletazos templados no es capaz de levantar a las gentes de sus asientos es evidente que su toreo no encandila y cuando echa mano del recurso de las cercanías, él, que es torero de distancias, va quedando patente poco a poco la falta de pasión con que el torero ha planteado la totalidad de su faena al Adolfo. Y luego, en su segundo, Murcianito, número 38, pone la miel en los labios con un inicio de faena en que hace galopar al toro para en seguida caer en la misma reiteración de argumentos que en el anterior, queriendo armar su labor sobre la base del oficio, de la innegable solvencia que le dan sus dieciséis años de alternativa y de su capacidad para templar, sin comprender que eso no sirve para tapar el carácter mecánico, frío y falto de alma de su  trasteo en el que deliberadamente se ausenta del sitio donde el toreo se hace grande, sitio que él conoce perfectamente. El Cid no es el Cid.


El resto de la corrida fue Rafaelillo y Morenito de Aranda. De Rafaelillo hay que decir que se encontró con un toro totalmente a contraestilo que fue el primero. El tal Carpintero, número 16, era, como antes se dijo, la máquina de embestir, la Adolfo's Charge Machine, un domingohernández cárdeno para entendernos, sin una mala mirada ni un gesto desagradable, y como se podía esperar, eso es lo más inconveniente que podía ocurrirle a Rafaelillo, que se desenvuelve infinitamente mucho mejor en los toros complicados, que se revuelven y buscan que en los que acuden al cite, humillan y meten la cara. Anduvo el hombre como pudo medio tratando de justificar su falta de arte con el que hacerle a Carpintero un mueble a medida de sus condiciones, y cuando el murciano se deshizo del toro tras una estocada y un golpe de descabello las gentes subrayaron el arrastre del toro con una ovación. En su segundo la cosa rodó de manera más acorde a los intereses y a las capacidades de Rafael Rubio pues el toro, que fue el más adolfo de los seis, provocó el susto de alguna colada, tuvo su peligro y siempre dio la impresión de saber por dónde se andaba el torero, que tiró del valor que tiene hartamente demostrado para acabar metido entre los pitones y dejar una efectiva estocada hasta la gamuza de efecto inmediato, tras haber pinchado antes.

Y luego Morenito de Aranda. Podemos hacer como suele hacer la crítica seria y echar las culpas de todos los males a los toros, que si el peor lote, que si el toro tercero tenía la embestida descompuesta, que si el sexto era áspero y se rajó, pero el caso es que a lo largo de la vida de aficionados hemos visto todo tipo de faenas a toros rajados, a toros parados, a mansos de carreta o a galafates como para no saber bien que cuando no embiste el toro, entonces le toca embestir al torero, y Morenito no parece estar precisamente en trance de comerse el mundo. Pasó por Madrid como un espectro y nada hay de reseñable en sus dos actuaciones.

Volveremos sobre el primero de la tarde, Carpintero, que acudió por tres veces al penco en el que iba subido Juan José Esquivel. En el segundo encuentro el toro desequilibra al picador que se desestriba y comienza literalmente a escurrirse, como un reloj de Dalí, por el lado derecho del caballo hacia donde está el toro entretenido con los faldones. De pronto el capote de José Mora atrae la atención del Adolfo y libra del peligro al piquero sacando al toro de debajo del caballo y llevándolo suave y limpiamente hasta el tercio, donde lo deja a disposición de su matador.


Geometría venteña

domingo, 2 de octubre de 2016

Lisarnasios desconocidos y un Curro Díaz en estado de valor (y gracia)

 Curro Díaz sin Puerta Grande, ni falta que le hace

José Ramón Márquez
 
Hoy tocaba la tradicional corrida de los Lisarnasios, los de El Puerto de San Lorenzo, a los que tan baqueteados tenemos a costa de su bobería, su blandengue deambular por los ruedos, su descaste manifiesto y su falta de psicomotricidad, y de pronto nos sale un encierro como el de esta tarde, que a saber de dónde lo han sacado, en el que los Puerto de San Lorenzo nos han recordado a aquellos que hace treinta y tantos años empezó a traer a Las Ventas el gran Manuel Martínez Flamarique, cuando la divisa encarnada y amarilla se situaba entre las de corte torista. O sea que si pensábamos pegarnos aquí medio folio hablando del descaste, de las lenguas, de los tropezones y las caídas, del insulso paso por la vida de los pupilos de don Lorenzo Fraile, pues hay que decir que de eso nada, que los Fraile hoy soltaron en la Feria de Otoño una interesante corrida que ha puesto a cavilar a todo el mundo, un encierro serio y con cuajo que ha dicho ¡aquí estoy yo! y que ha consentido de tonterías, las justas. Sobre la base de un notable fondo de mansedumbre atemperado por la incertidumbre de la casta, los Puerto de San Lorenzo han lavado el honor de sus hermanos de tantos años acosando a los peones a la salida de los pares, quitando las herramientas de trabajo de las manos de matadores y subalternos o persiguiendo a toda carrera a sus matadores hasta hacerlos meterse en el burladero e incluso atropellarlos.

No hay nada que objetar, siempre lo diremos, al toro de carácter manso mientras compense esa característica con la de la casta que crea problemas y que hace que no se pueda apartar la vista del desarrollo de la corrida, con los ojos fijos en el toro, como decían los antiguos. Una de las claves de la estupenda tarde de toros que hemos tenido es indudablemente obra de los toros del Puerto de San Lorenzo y del respeto que han impuesto, entre el peonaje principalmente. Sobre esto diremos que, en líneas generales, el peonaje ha trabajado de una manera deleznable. Un ejemplo: el segundo de la tarde se va al caballo que hace puerta, allí está José María Amores, que, cuando el toro se va hacia el penco, trata de quitarlo con el cuerpo ahorrando unos capotazos, el toro comienza a hacer por él y a aumentar su velocidad acometiendo al peón, allí no hay un solo capote que acuda en su auxilio y el pobre hombre se tiene que poner a salvo soltando el capote y lanzándose de cabeza al callejón. Y lo mismo con los matadores, que cuando el toro acosa haciendo hilo con José Garrido, ante la inacción y descolocación del peonaje de pronto aparece un espontáneo a toda carrera a hacer el quite que resulta ser Sebastián Riter; y luego en otro lance similar es Luismi Santos, el mozoespás de Garrido, con traje azul y zapatos sin calcetines quien asoma por el ruedo a sus cosas. Triste es ver Las Ventas tan plaza de aldea, tan poco sujeta a las ritualidades y al respeto. Prohibieron a los areneros encargarse de los toreros heridos por la cosa de los riesgos laborales  y ahora lo que han conseguido es que a la primera de cambio la Plaza se llene de señores que no deberían estar ahí ni hollar el ruedo vestidos de paisano.

Para la corrida de hoy sábado, número 59 de las de la temporada madrileña, la Empresa programó un mano a mano entre Curro Díaz y José Garrido. Al parecer la intención primera de los empresarios no era la del mano a mano, sino que se pretendió poner además un nombre de campanillas -se habla de Ponce- sin que finalmente la cosa llegase a cuajar.

Garrido, de quien tanto se habla por ahí, no ha sido capaz de poner en esta tarde argumentos de peso y de enjundia. En su primero no daba crédito de cómo era el toro: a él le habían contado otra cosa de los del Puerto y el hombre, entre que se quiso enterar de las verdaderas condiciones del bicho y acoplar su tauromaquia a las condiciones del mismo, no dio pie con bola. La faena a su segundo comenzó frente al 10 donde fue atropellado por el animal y cuando, de manera harto inconsciente, se levantó en la misma cara del toro lanzado a la carrera nos temimos una cornada en el pecho que por fortuna no se produjo. A partir de ahí Garrido peregrinó junto al toro por todos los tendidos de la plaza haciendo un trocito de faena en cada uno de ellos y retornando al 10 para ver de matar al Montesino I, número 74, cosa que se le puso harto complicada, especialmente cuando el toro se lanzaba a la carrera tras del extremeño cuando sentía el pinchazo en la espalda. Finalmente cazó al torero junto al burladero del 6 y lo llevaron a la enfermería de donde luego salió para torear al sexto, Langostero, número 137, que a la postre fue el toro más en el estilo actual del Puerto de san Lorenzo, con poca casta y menos ideas, aunque a esas horas ya Garrido no debía tener la cabeza ni el cuerpo como para estar centrado.

Y Curro Díaz. ¿Pero qué le ha pasado a Curro Díaz en este año? Éste no es Curro Díaz, que lo han cambiado por un Curro Díaz valiente, echado para adelante, firme y convencido como jamás se le había visto. Recibe de capote a su primero y el animal se revuelve y le busca, pero él no se aflige -como esperábamos- y se dispone a torearlo. Inicia su labor con un principio de los suyos, todo plasticidad y elegancia, trincherillas andando y sello inconfundible del de Linares. Luego no ve la distancia del toro y pretende torearlo ahogando su embestida, protestándole el toro en cada pase. Ni el toro ni el torero estuvieron a gusto en esa faena, que fue subrayada por el público con una ovación algo exagerada. En su segundo fue volteado por dos veces por el toro, y sin mirarse volvió a su cara a seguir su labor basada en la naturalidad y el gusto. Comenzó su labor más bien cerrado y en seguida se llevó al toro al tercio donde pesaba menos. Algunos redondos de trazo elegante y de una torería que no es de este siglo fueron jaleados con unción por la cátedra y los adornos finales por bajo antes de tomar la espada de verdad trajeron un aire de clasicismo totalmente desusado en estos tiempos. Su tercero, Macetero, número 40, salió más parado que un gato de escayola, pero ahí nadie del peonaje quería ir, porque todo el mundo se olía el arreón y miraban para otro lado por si las gentes se exasperaban y forzaban a ir al matador a recibir al toro, finalmente salió Montoliú, que le echó el capote abajo y le aguantó de manera torerísima los gañafones, sacando el capote por debajo de las palas, sin un enganchón; primeramente el toro le acosó y le fue cerrando hacia tablas y desde ahí Montoliú, con conocimiento, arrojo y torería se lo sacó hacia el tercio donde lo dejó perfectamente a disposición de su matador, recibiendo una cerradísima y merecida ovación. La faena de este toro la inició Curro Díaz sentado en el estribo bajo el 7 y desde ahí se sacó al toro más allá del tercio para hacer otro regalo a la afición en forma de muletazos hondos, lentísimos y ejecutados con una lentitud que sólo está al alcance de los elegidos, pura inspiración y pura voluntad de quedarse en el sitio ligando las series cortas, con el remate del de pecho, como deben ser cuando se torea, que fueron subrayadas por un pase de trinchera personalísimo en el que no baja del todo la muleta y un cambio de mano que era todo naturalidad. Curro Díaz ha firmado en el año 16 una temporada totalmente atípica en su carrera, que se inició con una exagerada Puerta Grande de Madrid, que acaso sea la que le haya hecho ponerse las pilas, y deseamos fervientemente que en el año 17 siga en ese registro, pues bien es sabido que sólo puede cambiar la moneda aquél que la tiene.

Entre lo de ayer de Eugenio de Mora y lo de hoy de Curro Díaz ahí hay dos magníficos espejos en los que pueden mirarse los que quieran ser toreros, y que vayan olvidándose de esos esperpentos a los que pretenden imitar.

Más arriba se habló de Montoliú, pero sería injusto no citar la torería, la sobriedad  y la facilidad con que puso las banderillas Antonio Chacón.

El lisarnasio está en la plaza

sábado, 1 de octubre de 2016

Gayumbada de Fuente Ymbro, y de punto y aparte, Eugenio de Mora

El Sirio banderilleando

José Ramón Márquez

Ya estamos en la feliz cuenta atrás de los actuales empresarios de Las Ventas, que con buen viento vayan, y si no me fallan las cuentas ya sólo faltan cuatro festejos para dar el carpetazo a esta época que tan ínfima huella va a dejar. Para manifestar su inequívoca condición de erre que erre, la Empresa programó como primera corrida de toros de la que será su última Feria de Otoño una gayumbada de Fuente Ymbro, que como salió tan óptima la que soltaron en San Isidro se conoce que pensaron que ese Santo no podía quedar sin octava y que había que repetirlos, por si alguien no había reparado bien en la delicada unión de blandura y mansedumbre que representan los productos de don Ricardo Gallardo. Lo mismo que ayer trajeron los Tajirreinas de Pepe Veragua después de su cero absoluto en mayo, hoy trajeron los de don Gallardo para recompensar su nulidad en la Feria, lo mismo que mañana nos amenazan, si la ciencia veterinaria no lo remedia, con los del Puerto de San Lorenzo, otra taza de ricino Lisarnasio, y mira que llevamos litros de ese licor nada süave, de esa cazalla de tan mala digestión.

Hoy se compraron los Fuente Ymbro, imagino que al precio que valen, para sanear la cuenta de resultados de la razón social Taurodelta en este final triste y solitario, abandonados de todos y recibiendo palos de los que nada osaron decirles mientras detentaron el mando en Plaza. Los Fuente Ymbro, que vienen de la raíz de Jandilla, qué merendilla, tantas veces aquí glosados, van poniéndose poco a poco en lo suyo, en la embestidera, en las caídas sin motivo aparente, en la perruna pelea ante los de la vara, en el ir y venir echando el rato sin pena ni gloria desde el momento en que Florito les clava la divisa, verde como el pañuelo que los manda de vuelta al averno, y el que reciben un espadazo que los despena. De los seis Fuente Ymbro hubo cuatro que se movieron en el registro más anodino y poco interesante, comparándoles con lo que le pedimos al toro de lidia, y luego estuvieron los dos de Román, que empezaron como los demás y que después del recital de antitoreo que recibieron, desarrollaron ciertas malas artes que las gentes poco avisadas interpretaron, a buen seguro, como furia encastada o vaya usted a saber qué. La cosa es que los dos leviatanes se pusieron bastante a malas después de que el buen Román les adiestrase en todo lo que no se debe hacer, pues hasta llegar a los banderazos de su muleta ninguno de los dos había demostrado ninguna característica que hiciera pensar en el giro radical que iba a presentar su carácter.

A la hora de ver los toros, como nos hemos propuesto resaltar cosas en positivo, no podemos negar el lustre que lucían sus pelos, signo de haber comido bien, lo cual es mérito que nadie puede negar al celo de su criador. En el otro lado habría que poner los trastabilleos continuados, y especialmente el planchazo lateral que se ha metido el castañito, el tercero, que parecía sacado de un programa de esos de vídeos domésticos llenos de divertidos porrazos. Si sólo ese toro hubiese desarrollado mala leche se lo podríamos achacar más al resentimiento tras el porrazo que a la mano de Román, pero como al sexto le ha pasado lo mismo, pero sin porrazo, ahí ya sí que queda claro que la causa eficiente del enrevesamiento de los toros hay que buscarlo sin duda alguna en el que estaba frente a ellos pretendiendo torearlos.

Para la lidia y muerte de los Fuente Ymbro vinieron a Madrid Eugenio de Mora, Juan del Álamo y, como se dijo más arriba, Román (Collado).

Juan del Álamo tiene la baraka de sacarle a Madrid una orejilla por actuación. No es el caso de hoy, pero el mirobrigense casi cuenta sus actuaciones por orejas. Para Juan del Álamo la cosa es sencilla: se atrinchera en los postulados del neotoreo, hace que el toro vaya y venga sin estorbarle y así va metiendo en su cesto al público más acrítico y menos exigente, que en esas idas y venidas creen atisbar el toreo, como el que admira la laboriosidad de una fila de hormigas en sus tareas de acarreo. Lo de Juan del Álamo es lo de todos los días y lo que a buen seguro no servirá para hacerle ni rico ni figura, el vaivén. Al minuto y medio de haberle visto todo se olvida. Sin embargo él tiene sus orejas, creo que son siete, una a una, todas ellas olvidables, y su sistema. Y es importante lo del sistema porque aunque no comulguemos con ella, Juan del Álamo plantea una tauromaquia, digámoslo así, es decir que en su faena se reconoce una armazón, orientada hacia el destoreo, pero armazón a fin de cuentas. Y ésa es la abismal diferencia que se plantea con Román, que se pone ahí delante del animal a ver si la cosa sale con barba (San José) o sin ella (la Purísima), pero que su capacidad de intermediación en el resultado barbudo es totalmente circunstancial, dado que no plantea en su toreo una mínima armazón, un sentido o una dirección definida. Román es un torero bullidor y valentón, que recuerda en muchas cosas a su paisano Julián García, y que necesita de los gañafones y derrotes para dotar a su trasteo de la emoción que él por sí mismo no puede darle. De eso tuvo en sus dos toros, que desarrollaron muy malas artes a medida que iban descubriendo todo lo que el torero les iba enseñando, y su inexistente labor recibió sentidos aplausos de los que pensaron que el muchacho se la había jugado, y le dieron más aplausos a éste por estar con las monas que él mismo había ayudado a estropear que los que se llevó en su día Sánchez Vara tras vérselas con el añorado Cazarrata.

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Aquí he puesto una raya para no mezclar lo que viene, que es Eugenio de Mora, con lo anterior. Sólo ver al toledano ponerse frente al toro, elegir la distancia, colocarse primero un poco por afuera y luego más hacia adentro, agarrar la muleta por el centro del palillo, ponerla planchada, citar con ganas de que el toro se venga, embarcar la embestida mandando en ella y templando el muletazo, rematar atrás y quedarse colocado, volver a citar y ligar, sólo eso nos lleva al cielo del toreo que nos gusta, del que no vemos apenas, del que nos hace volver a la Plaza como esos mosquitos que se dan de cabezazos contra una bombilla. Eugenio de Mora ha dictado dos series espléndidas de redondos en el inicio de su faena, todo mando, todo conocimiento asolerado, todo toreo sin alharacas, y luego ha compuesto una hermosa faena de gran temple en la que no ha renunciado a irse hacia adelante y a interpretar el toreo de manera sobria, recia y torera. Se atascó un poco con los naturales y, pese a no ser ese el pitón mejor del toro, volvió a insistir donde otros habrían desistido hasta conseguir hacer ir al toro por donde él quería y como él quería. La faena la inició de rodillas, en la línea de cuando empezaba su carrera de matador, y la finalizó con unas trincheras de recio sabor. De Mora dejó en Las Ventas una faena de gran intensidad, que parece más  pensada para él mismo que para el público. Se perfila mal y mata mal de pinchazo y estocada baja y tendida. En su segundo dictó un curso de toreo, puro temple, pura inteligencia, en un toro que no llegaba al tendido. Eugenio de nuevo volvió a torear para él.

Desde el palco el señor Cano Seijo nos obsequió con una de sus grotescas presidencias, como acostumbra.

Román en triunfo

jueves, 29 de septiembre de 2016

En Otoño caen las hojas, y en Las Ventas, los Tajirreinas de Pepito Veragua



José Ramón Márquez

Innumerables veces se ha dicho que aquél que quiera conocer España le bastaría con ir a los toros, donde encontrará una perfecta radiografía de la sociedad y de las cuitas nacionales, mucho mejor que los estudios de campo de los sociólogos, de los de las encuestas y de toda esa caterva que explora el alma nacional desde sus zahúrdas. Viene esto a cuento porque hoy, primer festejo de la Feria de Otoño, corrida número 58 de la temporada madrileña, la Plaza de Las Ventas era como el PSOE: un cisco de cosas que poco tienen que ver con la deseable normalidad del día a día, los benhures de la mula actuando de partido bisagra en la obtención de orejas a cambio de la propinilla; el que se va a brindar a Padrós y le hace salir al ruedo, como quien saca a paseo a Felipe González; el que se quita la chaquetilla y se pone a torear en mangas de camisa, para ver a quién convence con el rollo descamisado; el del penco que se pasa de la raya una, dos veces porque le sale de la Ejecutiva; el mono que se aferra al rabo del novillo como Sánchez a la poltrona; el amo del penco que se encara feamente con el tendido, como si dijéramos con la militancia, y ésta de manera harto primaria le lanza almohadillas y se lo afea al otro mono, que nada tenía que ver con el cisco; el que se tira la faena entera a chillidos con el toro, como un tertuliano carrilero, y el toro, ese animal desfallecido como un partido sometido a una sangría de votos en cada elección. Poco más o menos todas esas circunstancias se dieron hoy en la Plaza, y luego habrá quien diga que los toros son un espectáculo aburrido, que el que se aburre es porque quiere.

 Para inaugurar la última Feria de Otoño de los Choperon's Father & Son no se les ocurrió mejor idea que traerse desde Talavera de la Reina una novillada de don José Miguel Arroyo Delgado, conocido cariñosamente como Pepito Veragua, que es una en dos, diríamos: la mitad de esa Ejecutiva está compuesta por  El Tajo, cuyo hierro es un 8, y la otra mitad de la misma es La Reina, cuyo hierro es un 4, la cara de tu retrato. Se conoce que los empresarios se quedaron tan contentos de lo que echó el ganadero en la del 2 de mayo -la de la desencajonada aquélla que no tenía nada que ver con lo que salió por chiqueros- que pensaron en reconocerlo públicamente trayendo en otoño, en este definitivo otoño del Patriarca Choperita, seis juguetones novillos, cuatro del 8 y dos del 4, para que enseñasen a la afición madrileña las diversas maneras en que un bóvido puede demostrar su debilidad, su ausencia de fuerzas, su congénita tontería y las demás señas propias del  neotoro creado para ir y venir y para no dar problemas, que bastantes sinsabores nos da la vida como para aumentarlos con los del toro. La cosa es que, lo repetiremos una vez más, desde el señor Curro Cúchares hasta aquí, no ha habido matadores de toros que hayan tenido brillo como ganaderos (aquí alguno dirá: "¡Falso! ¡Ahí tienes a Manolo González!") y no parece que Pepe Veragua vaya a romper la racha con sus Tajirreina del 8 x 4. Lo que nadie puede negarles a los novilletes era su cromatismo, que eso también es cosa digna de reseñarse, que hubo dos castaños, uno de ellos bragado meano y bocidorado,  dos jaboneros, un negro listón y un colorado ojo de perdiz. El negrito se fue por donde vino tras el pañolazo verde de don Justo Polo y lo sustituyó otro negro de Ave María, que llevaba el hierro de la Mercedes, que fue propiedad del escrupuloso ganadero don Javier Molina (qDg), que a la postre fue el que más pareció un toro de lidia de todo el hatajo de semovientes que salieron por chiqueros.

Para el finiquito de los Tajirreina contrataron a Manolo Vanegas, Pablo Aguado y Rafael Serna, que volvía a Madrid tras el cornadón que le dio en junio uno de Guadaira.

Siempre andamos con la monserga de que no es lo mismo torear que dar pases y es que es verdad, es que no es lo mismo echar la muletilla -o la manta de Béjar- hacia adelante, embarcar la embestida del toro, mandar sobre él, llevarle toreado rompiendo el viaje, rematando atrás y volver a enganchar la embestida, y otra cosa es poner ahí la muleta a ver si el animal se quiere arrancar, sin mirar colocación ni terrenos, y cuando el bicho se viene porque le da la gana, ponerle el trapo delante hasta donde llegue el brazo, que el toro va y viene suelto por donde le parece y casi se va dando los pases él mismo, si es lo suficientemente bobalicón y falto de intención. 

Pues para abreviar podemos decir que ése ha sido el registro en el que se han  movido los tres aspirantes a matador que hoy hicieron el paseíllo a las seis menos veintitrés minutos de la tarde. Vanegas en su primero ha puesto un saco de vulgaridad y de tedio en un trasteo largo y sin objetivos, y en su segundo, inicio rabioso de novillero, más de lo mismo. Pablo Aguado en el bobalicón segundo se ha hinchado a poner la muleta para que el toro hiciese con ella lo que quisiera, pases y más pases sin tasa y sin nada que explicar, y en su segundo, el sobrero de Ave María, que tenía que torear, ha demostrado que no está en condiciones de vérselas de manera solvente con un toro que no sea una mona. El hecho de que en sus dos faenas cada cite haya sido puntuado con un bramido ¡Eh!, ¡Oh!, ¡Tor,,,! ¡Ven! ¡Eh! incomodaba tanto a la afición como, imaginamos, a los propios novillos. Y Rafael Serna se atascó con sus dos novillos, si bien es verdad que acaso el más parado de la tarde haya sido su segundo.

Ángel Gómez puso las banderillas con guapeza y torería al segundo y José Ney Zambrano picó al cuarto con gracia de buen piquero y buen jinete.