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sábado, 1 de octubre de 2016

Gayumbada de Fuente Ymbro, y de punto y aparte, Eugenio de Mora

El Sirio banderilleando

José Ramón Márquez

Ya estamos en la feliz cuenta atrás de los actuales empresarios de Las Ventas, que con buen viento vayan, y si no me fallan las cuentas ya sólo faltan cuatro festejos para dar el carpetazo a esta época que tan ínfima huella va a dejar. Para manifestar su inequívoca condición de erre que erre, la Empresa programó como primera corrida de toros de la que será su última Feria de Otoño una gayumbada de Fuente Ymbro, que como salió tan óptima la que soltaron en San Isidro se conoce que pensaron que ese Santo no podía quedar sin octava y que había que repetirlos, por si alguien no había reparado bien en la delicada unión de blandura y mansedumbre que representan los productos de don Ricardo Gallardo. Lo mismo que ayer trajeron los Tajirreinas de Pepe Veragua después de su cero absoluto en mayo, hoy trajeron los de don Gallardo para recompensar su nulidad en la Feria, lo mismo que mañana nos amenazan, si la ciencia veterinaria no lo remedia, con los del Puerto de San Lorenzo, otra taza de ricino Lisarnasio, y mira que llevamos litros de ese licor nada süave, de esa cazalla de tan mala digestión.

Hoy se compraron los Fuente Ymbro, imagino que al precio que valen, para sanear la cuenta de resultados de la razón social Taurodelta en este final triste y solitario, abandonados de todos y recibiendo palos de los que nada osaron decirles mientras detentaron el mando en Plaza. Los Fuente Ymbro, que vienen de la raíz de Jandilla, qué merendilla, tantas veces aquí glosados, van poniéndose poco a poco en lo suyo, en la embestidera, en las caídas sin motivo aparente, en la perruna pelea ante los de la vara, en el ir y venir echando el rato sin pena ni gloria desde el momento en que Florito les clava la divisa, verde como el pañuelo que los manda de vuelta al averno, y el que reciben un espadazo que los despena. De los seis Fuente Ymbro hubo cuatro que se movieron en el registro más anodino y poco interesante, comparándoles con lo que le pedimos al toro de lidia, y luego estuvieron los dos de Román, que empezaron como los demás y que después del recital de antitoreo que recibieron, desarrollaron ciertas malas artes que las gentes poco avisadas interpretaron, a buen seguro, como furia encastada o vaya usted a saber qué. La cosa es que los dos leviatanes se pusieron bastante a malas después de que el buen Román les adiestrase en todo lo que no se debe hacer, pues hasta llegar a los banderazos de su muleta ninguno de los dos había demostrado ninguna característica que hiciera pensar en el giro radical que iba a presentar su carácter.

A la hora de ver los toros, como nos hemos propuesto resaltar cosas en positivo, no podemos negar el lustre que lucían sus pelos, signo de haber comido bien, lo cual es mérito que nadie puede negar al celo de su criador. En el otro lado habría que poner los trastabilleos continuados, y especialmente el planchazo lateral que se ha metido el castañito, el tercero, que parecía sacado de un programa de esos de vídeos domésticos llenos de divertidos porrazos. Si sólo ese toro hubiese desarrollado mala leche se lo podríamos achacar más al resentimiento tras el porrazo que a la mano de Román, pero como al sexto le ha pasado lo mismo, pero sin porrazo, ahí ya sí que queda claro que la causa eficiente del enrevesamiento de los toros hay que buscarlo sin duda alguna en el que estaba frente a ellos pretendiendo torearlos.

Para la lidia y muerte de los Fuente Ymbro vinieron a Madrid Eugenio de Mora, Juan del Álamo y, como se dijo más arriba, Román (Collado).

Juan del Álamo tiene la baraka de sacarle a Madrid una orejilla por actuación. No es el caso de hoy, pero el mirobrigense casi cuenta sus actuaciones por orejas. Para Juan del Álamo la cosa es sencilla: se atrinchera en los postulados del neotoreo, hace que el toro vaya y venga sin estorbarle y así va metiendo en su cesto al público más acrítico y menos exigente, que en esas idas y venidas creen atisbar el toreo, como el que admira la laboriosidad de una fila de hormigas en sus tareas de acarreo. Lo de Juan del Álamo es lo de todos los días y lo que a buen seguro no servirá para hacerle ni rico ni figura, el vaivén. Al minuto y medio de haberle visto todo se olvida. Sin embargo él tiene sus orejas, creo que son siete, una a una, todas ellas olvidables, y su sistema. Y es importante lo del sistema porque aunque no comulguemos con ella, Juan del Álamo plantea una tauromaquia, digámoslo así, es decir que en su faena se reconoce una armazón, orientada hacia el destoreo, pero armazón a fin de cuentas. Y ésa es la abismal diferencia que se plantea con Román, que se pone ahí delante del animal a ver si la cosa sale con barba (San José) o sin ella (la Purísima), pero que su capacidad de intermediación en el resultado barbudo es totalmente circunstancial, dado que no plantea en su toreo una mínima armazón, un sentido o una dirección definida. Román es un torero bullidor y valentón, que recuerda en muchas cosas a su paisano Julián García, y que necesita de los gañafones y derrotes para dotar a su trasteo de la emoción que él por sí mismo no puede darle. De eso tuvo en sus dos toros, que desarrollaron muy malas artes a medida que iban descubriendo todo lo que el torero les iba enseñando, y su inexistente labor recibió sentidos aplausos de los que pensaron que el muchacho se la había jugado, y le dieron más aplausos a éste por estar con las monas que él mismo había ayudado a estropear que los que se llevó en su día Sánchez Vara tras vérselas con el añorado Cazarrata.

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Aquí he puesto una raya para no mezclar lo que viene, que es Eugenio de Mora, con lo anterior. Sólo ver al toledano ponerse frente al toro, elegir la distancia, colocarse primero un poco por afuera y luego más hacia adentro, agarrar la muleta por el centro del palillo, ponerla planchada, citar con ganas de que el toro se venga, embarcar la embestida mandando en ella y templando el muletazo, rematar atrás y quedarse colocado, volver a citar y ligar, sólo eso nos lleva al cielo del toreo que nos gusta, del que no vemos apenas, del que nos hace volver a la Plaza como esos mosquitos que se dan de cabezazos contra una bombilla. Eugenio de Mora ha dictado dos series espléndidas de redondos en el inicio de su faena, todo mando, todo conocimiento asolerado, todo toreo sin alharacas, y luego ha compuesto una hermosa faena de gran temple en la que no ha renunciado a irse hacia adelante y a interpretar el toreo de manera sobria, recia y torera. Se atascó un poco con los naturales y, pese a no ser ese el pitón mejor del toro, volvió a insistir donde otros habrían desistido hasta conseguir hacer ir al toro por donde él quería y como él quería. La faena la inició de rodillas, en la línea de cuando empezaba su carrera de matador, y la finalizó con unas trincheras de recio sabor. De Mora dejó en Las Ventas una faena de gran intensidad, que parece más  pensada para él mismo que para el público. Se perfila mal y mata mal de pinchazo y estocada baja y tendida. En su segundo dictó un curso de toreo, puro temple, pura inteligencia, en un toro que no llegaba al tendido. Eugenio de nuevo volvió a torear para él.

Desde el palco el señor Cano Seijo nos obsequió con una de sus grotescas presidencias, como acostumbra.

Román en triunfo