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jueves, 20 de octubre de 2016

Un trozo de magdalena proustiana en el té de la Historia

 Souvenir de Haute-Sierck

Jean Palette-Cazajus 

En el cajón de un trastero de mi senil caserón, encuentro casualmente unas pequeñas cuernas de cérvido, sin duda un corzo, con su correspondiente fragmento de cráneo. Sobre la lámina ósea, unas palabras escritas a mano, “Souvenir de Haute Sierck, 6-10-39. Pierre.” La letra es buena; buenos eran los maestros y eficaz la escuela pública en la infancia de mi padre. Es parte de su vida y de la tragedia de Francia y Europa la que me salta a la cara inesperadamente en esta tarde otoñal. Acudo a Wikipedia. Me entero de que Haute Sierck es una pedanía de Kerling-lès-Sierck, un pueblo de 550 habitantes, prácticamente a caballo sobre las fronteras francesa, alemana y luxemburguesa. A diez kilómetros de un pueblo del Gran Ducado llamado Schengen.

 Ober Sierck 1905

Estamos en el norte germanófono, lo dicen los topónimos, del departamento del Mosela. Éste fue el fragmento de Lorena anexionado al Reich guillermino entre 1871 y 1918 y que pronto lo sería nuevamente durante cinco años. La foto actual, comparada con una vieja postal alemana de 1906, muestra a las claras que por el pueblo pasaron los dos huracanes bélicos. El 6 de Octubre de 1939, hacía poco más de un mes que Francia e Inglaterra habían declarado la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia por Hitler. Era el principio de lo que en Francia se conoce  como “La Drôle de Guerre”, o sea la guerra extraña, la guerra de mentira, durante la cual ambos ejércitos iban a pasarse ocho meses sin pegar un tiro, mirándose con cara de póker. Por fin, el 10 de Mayo de 1940,  ya repatriadas de la Polonia desarbolada sus mejores unidades, Hitler decidió pasar a la ofensiva.

Haute Sierck hoy

Mi padre fue movilizado en 1939 como oficial en el Segundo Regimiento de Húsares. Los históricos húsares de Chamborant. El hombre era duro y lleno de certezas, “los niños se doman como los caballos”. Algún domingo, muy de tarde en tarde, sacaba debajo de la escalera una dorada botella de Jurançon “moelleux” para el postre. Podía ocurrir que olvidase un instante la adustez labradora y bearnesa para echarle a la cara de mi petulancia adolescente el lema del viejo regimiento: “Noblesse oblige, Chamborant autant”. Pero, en 1939, lejos quedaba el legendario dolmán marrón de alamares blancos, la pelliza ribeteada de piel negra, colgando chulamente del hombro, el  azul pantalón de montar con pasamanerías blancas y el airoso penacho rojo. Desde 1918, el propio sable de caballería ligera modelo 1822, modificado en1882, con su hoja curva a la “Montmorency”,  sólo era un adorno para alardes y desfiles. Su eficacia contra las ametralladoras alemanas no había convencido. De modo que, de triste caqui vestido, tocado con el prosaico casco Adrian y a la espalda el mosquetón de caballería, eso sí, montado todavía en noble y anacrónico équido, aburriéndose estuvo mi padre durante ocho meses de inútiles patrullas en la frontera. Con algún corzo de añadidura, los domingos, para mejorar el rancho...

 Húsar de Chamborant, El sueño de 1810

En las semanas posteriores al 10 de Mayo de 1940 lo apresaron con todo su escuadrón. Sabía que habían quedado copados por una unidad de Panzers en el claro de un bosque moselano, tras la ofensiva de las Ardenas. Tal vez cerca de esa aldea de Haute Sierck cuya existencia acabo de descubrir. Los alemanes, encantados de humillar a aquella tropa de hidalguillos trasnochados, los obligaron a permanecer montados durante horas en una noche gélida. Mi padre tuvo que ser hospitalizado con los pies helados. Esto lo libró del cautiverio en Alemania. Su comandante, a quien le unía una amistad hípica, consiguió del mando alemán que lo dejaran regresar a su pueblo, alegando que su único hermano también había quedado prisionero. Resulta que aquel comandante se llamaba De Castries y 14 años más tarde, ya general, iba a convertirse en el protagonista de la tragedia de Dien Bien Phu. De un error estratégico a otro, esta vez doblado de error político. No bien se terminaba la ocupación alemana de Francia, los descerebrados pretendían prorrogar la de Indochina. Prisionero de Hitler y luego de Ho Chi Minh, De Castries siempre mantuvo el tipo. A estas alturas era lo único que ya sabía hacer un oficial de caballería, ¡Chamborant oblige!

 La realidad de 1939

En 2003, los americanos y algunos españoles, que también naufragaron en la aterradora estolidez de la mirada de Bush, trataron de castigar el disenso francés  exhumiendo la supuesta bajada de pantalones de 1940. Veamos: la breve Batalla de Francia duró entre el 10 de Mayo y el 22 de Junio de 1940. Durante aquellas seis semanas murieron 59 000 soldados franceses y 123 000 quedaron heridos, proporción superior, por un mismo período, a las bajas de la Primera Guerra Mundial. Los muertos alemanes en el mismo período fueron 64 000, los ingleses...3500.

En cuanto a mi tío, se lo llevaron a “tomar las aguas” a Karlsbad, uno de los más históricos y románticos balnearios de la Mitteleuropa. Llegaba después de gente como Pedro el Grande, Bach, Goethe, Chopin, Marx, Wagner, Freud, por citar unos poquitos. Karlsbad, en el actual noroeste de la República Checa, pertenecía al llamado territorio de los Sudetos que contaba con importante población alemana. Su anexión por Hitler, consentida por británicos y franceses, fue la causa de los vergonzantes Acuerdos de Munich, el 29 de septiembre de 1938. En 1945 los Sudetos fueron reintegrados a Checoslovaquia mientras sus tres millones de moradores alemanes eran expulsados hacia la República Federal. Karlsbad pasaría a llamarse, en checo, Karlovy Vary.

Sables de caballería ligera, modelo 1822

Aparte de las aguas, pocas cosas podía tomar mi tío, internado en un “stalag” próximo al glamuroso balneario y que pasaría cinco años con las siglas KG, KriegsGefangener, prisionero de guerra, cosidas en la espalda. Al final de la terapia termal pesaba 37 kilos. Obligado al trabajo forzado, fue esclavo durante unos meses en una fábrica de la todavía prestigiosa porcelana del lugar. Le heredé un cenicero de estilo Rococó con paradójica evocación:  “Recuerdo del cautiverio”, “Septiembre de 1943”.

Un día de Abril de 1945, mi tío y sus compañeros de infortunio se despertaron con el silencio. Por primera vez en cinco años no ladraban ni los perros ni los “kapos” alemanes. A las pocas horas se presentó un oficial americano: “Estáis libres. Pero no os mováis de aquí. Esta zona corresponde a los soviéticos y los rusos se harán cargo en breve de vosotros.” Mi tío, profesor de instituto, era un militante socialista, visceralmente anticomunista y de los pocos que dieron crédito, en aquellos años,  a las numerosas informaciones sobre la realidad soviética. “No me fío un pelo de los rusos, yo me voy donde los americanos ¿Te vienes conmigo?” le dijo a un amigo. Ambos salieron del stalag, encontraron en las proximidades varios vehículos alemanes abandonados, alguno en estado de marcha, y se fueron hacia las líneas americanas.


Karlovy Vary hoy

Perdido en el caos de aquellos días cruciales mi tío tardó semana y media en regresar a Paris, viajando de día y de noche. Desembarcó por fin en la Estación del Este, por aquellas fechas un hormiguero de militares de todos los cuerpos y naciones, de heridos, prisioneros y deportados repatriados, o de enfermeras, gendarmes y familias en busca de sus deudos. Quiso la casualidad que se encontrara en el andén con uno de sus antiguos colegas. “¡Menos mal que pude librarme de los soviéticos!” vino a decirle o algo parecido. A lo que el amigo puso cara muy alarmada: “No hables tan alto, que aquí se están haciendo los dueños”. Conjurar el peligro comunista sin apenas enfrentamientos, no fue el menor mérito de De Gaulle en aquellos meses.

Por cierto, los compañeros de cautiverio de mi tío tardaron muchos meses en regresar a Francia, retenidos entre la paranoia estalinista y su explotación como moneda de cambio...

Souvenir de captivité. Septembre 1943