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jueves, 6 de octubre de 2016

Guerra Fría

Eddie Rickenbacker


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Como Sansón envió trescientas zorras de colas incendiadas a recorrer los feraces labrantíos filisteos, así Putin envía dos aviones de misiles nucleares a sobrevolar el Guggenheim Bilbao. No es el I+D de Erkoreka (“No te equivoques, Erkoreka: la solución es el I+D”, le dijo a Erkoreka un empresario). Es la Guerra Fría.

Euskadi se lleva las bombas, y para Madrid, el arte –rabió Arzallus cuando el “Guernica” fue a parar al Sofidú.

En la visión schmittiana de lo político la Guerra Fría se burla de todas las distinciones clásicas entre guerra, paz y neutralidad, entre política y economía, entre militar y civil, entre combatiente y no combatiente.

Lo único que mantiene es la distinción entre amigo y enemigo, cuya estricta consecuencia constituye su origen y esencia.
Para no perderse en el mundo, que le viene grande, Obama escogió echarse de enemigo a Putin, infinitamente más listo que él (por no irnos a la hiriente comparación Lavrov/Kerry), prorrogando la Guerra Fría como se prorrogaban las eliminatorias del Carranza en las madrugadas de agosto en Cádiz.

Y, sin embargo, ¡qué oportunidad, este pavoneo putinero, para la política y el arte!

Políticamente, es la señal que esperaban los nacionalistas para exigir las transferencias de Defensa. Y artísticamente es la ocasión para quitar a Antoñito López de firmar manifiestos y ponerlo a pintar un “Guggenheim” que complete el “Guernica”. Por no hablar del invicto general Julio Rodríguez, que, ante la cámara de José Luis Cuerda como si fuera la de Leni Riefenstahl, debió marcarse un “dogfight” en el cielo bizcaitarra con los “Tupolev 160 Blackjack” de Putin. Pero está visto que Rodríguez no es Eddie Rickenbacker; sólo otro Alvarito Palmares, para quien la Aviación española era muy izquierdista, y ser izquierdista consistía en acostarse y levantarse tarde, no aplaudir en los toros cuando entraba el rey y pensar que “lo de Rusia es una experiencia interesante”.

No pasa el tiempo.