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lunes, 17 de octubre de 2016

La arquitectura del gol



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En el frontis de la vieja academia de Platón se prohibía el paso a toda persona vacía de geometría, y en el frontis del nuevo Bernabéu se podría prohibir el paso a cualquier persona vacía de arquitectura, empezando por los futbolistas.

Qué bárbaro, el maquetón de ese Guggenheim blanco.

Si Víctor Hugo, el paisano de Zidane (vamos a verlo así), dijo en “Notre Dame” que la imprenta destruyó la arquitectura (¡la memoria –en piedra– de la humanidad hasta entonces!), la arquitectura del nuevo Bernabéu destruye la imprenta, pues deja a los periodistas deportivos sin palabras, aunque todo se andará: acabo de leer en la crónica de un revistoso taurino que la Capilla Sixtina fue cosa... de Leonardo.
En estas condiciones, del actual Real Madrid sólo Toni Kroos estaría titulado para trabajar en el nuevo estadio, después de su exhibición de juego «Bauhaus» en Sevilla, ante el Betis, en el estadio que Lopera dejó a medio acabar, como un homenaje al fantasma de Le Corbusier, un Lopera que proyectó la demolición de París (el sector al norte del Sena) para sustituirlo por torres de cristal que supondrían la liberación de los viejos corsés urbanos, un triunfo, en fin, de la emancipación y, por supuesto, de la igualdad (no confundir con el empate).

Lo curioso es que los arquitectos que predican el cemento y el cristal para crear lo que Roger Scruton llama “la nueva ciudad anti-heroica” se han convertido en los héroes de la modernidad (en el nuevo Bernabéu el nombre famoso será el del nuevo arquitecto, no el del viejo goleador), circunstancia que permite a los tiralíneas campar a sus anchas por nuestras ciudades “con su egomaníaca concepción de la arquitectura”. Así fue como un historiador del arte alemán, Pevsner, y un arquitecto constructivista ruso, Lubetkin, hicieron polvo Londres, y cuando el príncipe Carlos levantó una ceja en señal de desaprobación saltó como Casemiro el cuerpo de arquitectos a tildar de “reaccionario que vive en otro siglo” al elegante heredero de la Corona británica que tuvo el valor de señalar con el dedo a los “carbunclos” que desfiguran Londres.
Viendo a Kroos trazar diagonales ante el Betis me entretenía yo recordando los planes de Gallardón para traer a Madrid la modernidad cuya guinda sería el nuevo Bernabéu bendecido por la abuela Carmena. Madrid constituía una trama de anillos concéntricos (el más famoso es el de la M-30) y Gallardón concibió una “trama keynesiana”, donde el círculo perdía todo su prestigio en aras del rectángulo, del cuadrado (¡los “cuadrados mágicos” de Vanderlei Luxemburgo!) y de la diagonal. “Forzar la diagonal” (la M-45 es la más famosa) era la consigna, y, “diagonaldo, diagonaldo”, surgió, en un campo de boinas, el parque de la Warner, en su día un grito de modernidad tan “ostentóreo” como pueda serlo hoy el nuevo Bernabéu, que visto así, en la maqueta, a mí me parece una caja de goles Rocher que en la puerta del estadio podrán anunciar Isabel Preysler o Paloma Cuevas. Llega la Navidad ¿y qué mejor regalo para la familia que la caja del nuevo Bernabéu con dos goles de Zidane como dos huevos de Pascua, el de Sevilla, con pelo, al Betis, con el Burdeos, y el de Glasgow, sin pelo, al Leverkusen, con el Madrid?

La arquitectura moderna arrancó con cajas de zapatos, pasó por las cajas de bombones y ha llegado a las cajas de goles.



NOBEL DE ORO

La socialdemocracia rampante ha bendecido con el Nobel de Literatura a Bob Dylan, que ha escrito más que El Tostado, aunque en la Academia española no lo saben, y la sorpresa tiene al piperío futbolero preguntándose si no harán lo mismo con el Balón de Oro. Ahora que le dan el Nobel a Dylan, ¿qué pasó cuando le dieron el Balón a Owen? Pero Owen metió bastantes menos goles que versos tiene escritos Dylan (¡incluso en Visor!), y aunque en el periódico global puedan pensar que el Nobel lo merecía más García Montero, uno sigue pensando que el Balón, siquiera por cambiar, corresponde, qué sé yo, a Griezmann, cuyo presidente, por cierto, el tartarinesco Hollande, va diciendo por ahí que los futbolistas no tienen cabeza. Si Hollande opina de cabezas, ¿por qué los académicos suecos no iban a opinar de música?