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miércoles, 26 de octubre de 2016

Roma


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Maduro, el camionero que preside Venezuela, mandó a su cuerpo de casa a asaltar el Parlamento y se fue a Roma a que Bergoglio, el jesuita argentino, le diera su bendición, que se la dio.

Lo de Bergoglio no es jesuitismo, como el de aquel padre Miguel de Alarcón que en Madrid, en plena guerra, se presentó vestido de obrero en la Dirección de Seguridad a decir que él era jesuita y venía a que lo detuvieran, librándose porque lo tomaron por loco. Lo de Bergoglio es justicialismo, cuyas directrices, explicadas a Pemán por Evita en la Casa Rosada, son “aforismos sociales con aire de epístolas pontificias”, cosa, desde luego, que no se corresponde con lo que pensaba Carl Schmitt al decir que el catolicismo “es algo eminentemente político”.

Justicialismo, para entendernos, es Pisarello en el balcón consistorial de Barcelona, la Monja Jartible en La Sexta de Planeta, Valdano en el púlpito del madridismo culé, Echenique en boca de su Dominga (no sabemos si Perón) o Laclau (Ernesto Laclau, filósofo de la Universidad Católica de Córdoba, que decía haber llegado al justicialismo a través… de Gramsci) en la mollera de Errejón.
Ese camionero en el Vaticano (veo la “bendita” foto en un bar de cura cuya barra se parece a las antiguas puertas de la iglesia de Chinchón) me trajo a la memoria al Indio Fernández en Castelgandolfo: Pío XII quería encargarle una serie de santos.

Perdóneme, Su Santidad, pero yo soy indio mexicano, de esos que no lograron conquistar los españoles. Yo sigo creyendo en Huitzilopochtli, y de santos y milagros no entiendo nada.
Bergoglio no es Pío XII: hace pareja con Obama como Mel Gibson con Danny Glover en un pésimo “remake” de “Lethal Weapon” para la libertad (una palabrota) en Venezuela, Colombia y, por supuesto, Cuba, con esa “Raulpolitik”, que dice Pardo Lazo, que hace a los Castro tan eternos como… Roma.

Hay que ser muy mierdero para ser un turista y venir a refocilarse aquí. Hay que ser muy de izquierdas para caer tan bajo.