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domingo, 2 de octubre de 2016

Lisarnasios desconocidos y un Curro Díaz en estado de valor (y gracia)

 Curro Díaz sin Puerta Grande, ni falta que le hace

José Ramón Márquez
 
Hoy tocaba la tradicional corrida de los Lisarnasios, los de El Puerto de San Lorenzo, a los que tan baqueteados tenemos a costa de su bobería, su blandengue deambular por los ruedos, su descaste manifiesto y su falta de psicomotricidad, y de pronto nos sale un encierro como el de esta tarde, que a saber de dónde lo han sacado, en el que los Puerto de San Lorenzo nos han recordado a aquellos que hace treinta y tantos años empezó a traer a Las Ventas el gran Manuel Martínez Flamarique, cuando la divisa encarnada y amarilla se situaba entre las de corte torista. O sea que si pensábamos pegarnos aquí medio folio hablando del descaste, de las lenguas, de los tropezones y las caídas, del insulso paso por la vida de los pupilos de don Lorenzo Fraile, pues hay que decir que de eso nada, que los Fraile hoy soltaron en la Feria de Otoño una interesante corrida que ha puesto a cavilar a todo el mundo, un encierro serio y con cuajo que ha dicho ¡aquí estoy yo! y que ha consentido de tonterías, las justas. Sobre la base de un notable fondo de mansedumbre atemperado por la incertidumbre de la casta, los Puerto de San Lorenzo han lavado el honor de sus hermanos de tantos años acosando a los peones a la salida de los pares, quitando las herramientas de trabajo de las manos de matadores y subalternos o persiguiendo a toda carrera a sus matadores hasta hacerlos meterse en el burladero e incluso atropellarlos.

No hay nada que objetar, siempre lo diremos, al toro de carácter manso mientras compense esa característica con la de la casta que crea problemas y que hace que no se pueda apartar la vista del desarrollo de la corrida, con los ojos fijos en el toro, como decían los antiguos. Una de las claves de la estupenda tarde de toros que hemos tenido es indudablemente obra de los toros del Puerto de San Lorenzo y del respeto que han impuesto, entre el peonaje principalmente. Sobre esto diremos que, en líneas generales, el peonaje ha trabajado de una manera deleznable. Un ejemplo: el segundo de la tarde se va al caballo que hace puerta, allí está José María Amores, que, cuando el toro se va hacia el penco, trata de quitarlo con el cuerpo ahorrando unos capotazos, el toro comienza a hacer por él y a aumentar su velocidad acometiendo al peón, allí no hay un solo capote que acuda en su auxilio y el pobre hombre se tiene que poner a salvo soltando el capote y lanzándose de cabeza al callejón. Y lo mismo con los matadores, que cuando el toro acosa haciendo hilo con José Garrido, ante la inacción y descolocación del peonaje de pronto aparece un espontáneo a toda carrera a hacer el quite que resulta ser Sebastián Riter; y luego en otro lance similar es Luismi Santos, el mozoespás de Garrido, con traje azul y zapatos sin calcetines quien asoma por el ruedo a sus cosas. Triste es ver Las Ventas tan plaza de aldea, tan poco sujeta a las ritualidades y al respeto. Prohibieron a los areneros encargarse de los toreros heridos por la cosa de los riesgos laborales  y ahora lo que han conseguido es que a la primera de cambio la Plaza se llene de señores que no deberían estar ahí ni hollar el ruedo vestidos de paisano.

Para la corrida de hoy sábado, número 59 de las de la temporada madrileña, la Empresa programó un mano a mano entre Curro Díaz y José Garrido. Al parecer la intención primera de los empresarios no era la del mano a mano, sino que se pretendió poner además un nombre de campanillas -se habla de Ponce- sin que finalmente la cosa llegase a cuajar.

Garrido, de quien tanto se habla por ahí, no ha sido capaz de poner en esta tarde argumentos de peso y de enjundia. En su primero no daba crédito de cómo era el toro: a él le habían contado otra cosa de los del Puerto y el hombre, entre que se quiso enterar de las verdaderas condiciones del bicho y acoplar su tauromaquia a las condiciones del mismo, no dio pie con bola. La faena a su segundo comenzó frente al 10 donde fue atropellado por el animal y cuando, de manera harto inconsciente, se levantó en la misma cara del toro lanzado a la carrera nos temimos una cornada en el pecho que por fortuna no se produjo. A partir de ahí Garrido peregrinó junto al toro por todos los tendidos de la plaza haciendo un trocito de faena en cada uno de ellos y retornando al 10 para ver de matar al Montesino I, número 74, cosa que se le puso harto complicada, especialmente cuando el toro se lanzaba a la carrera tras del extremeño cuando sentía el pinchazo en la espalda. Finalmente cazó al torero junto al burladero del 6 y lo llevaron a la enfermería de donde luego salió para torear al sexto, Langostero, número 137, que a la postre fue el toro más en el estilo actual del Puerto de san Lorenzo, con poca casta y menos ideas, aunque a esas horas ya Garrido no debía tener la cabeza ni el cuerpo como para estar centrado.

Y Curro Díaz. ¿Pero qué le ha pasado a Curro Díaz en este año? Éste no es Curro Díaz, que lo han cambiado por un Curro Díaz valiente, echado para adelante, firme y convencido como jamás se le había visto. Recibe de capote a su primero y el animal se revuelve y le busca, pero él no se aflige -como esperábamos- y se dispone a torearlo. Inicia su labor con un principio de los suyos, todo plasticidad y elegancia, trincherillas andando y sello inconfundible del de Linares. Luego no ve la distancia del toro y pretende torearlo ahogando su embestida, protestándole el toro en cada pase. Ni el toro ni el torero estuvieron a gusto en esa faena, que fue subrayada por el público con una ovación algo exagerada. En su segundo fue volteado por dos veces por el toro, y sin mirarse volvió a su cara a seguir su labor basada en la naturalidad y el gusto. Comenzó su labor más bien cerrado y en seguida se llevó al toro al tercio donde pesaba menos. Algunos redondos de trazo elegante y de una torería que no es de este siglo fueron jaleados con unción por la cátedra y los adornos finales por bajo antes de tomar la espada de verdad trajeron un aire de clasicismo totalmente desusado en estos tiempos. Su tercero, Macetero, número 40, salió más parado que un gato de escayola, pero ahí nadie del peonaje quería ir, porque todo el mundo se olía el arreón y miraban para otro lado por si las gentes se exasperaban y forzaban a ir al matador a recibir al toro, finalmente salió Montoliú, que le echó el capote abajo y le aguantó de manera torerísima los gañafones, sacando el capote por debajo de las palas, sin un enganchón; primeramente el toro le acosó y le fue cerrando hacia tablas y desde ahí Montoliú, con conocimiento, arrojo y torería se lo sacó hacia el tercio donde lo dejó perfectamente a disposición de su matador, recibiendo una cerradísima y merecida ovación. La faena de este toro la inició Curro Díaz sentado en el estribo bajo el 7 y desde ahí se sacó al toro más allá del tercio para hacer otro regalo a la afición en forma de muletazos hondos, lentísimos y ejecutados con una lentitud que sólo está al alcance de los elegidos, pura inspiración y pura voluntad de quedarse en el sitio ligando las series cortas, con el remate del de pecho, como deben ser cuando se torea, que fueron subrayadas por un pase de trinchera personalísimo en el que no baja del todo la muleta y un cambio de mano que era todo naturalidad. Curro Díaz ha firmado en el año 16 una temporada totalmente atípica en su carrera, que se inició con una exagerada Puerta Grande de Madrid, que acaso sea la que le haya hecho ponerse las pilas, y deseamos fervientemente que en el año 17 siga en ese registro, pues bien es sabido que sólo puede cambiar la moneda aquél que la tiene.

Entre lo de ayer de Eugenio de Mora y lo de hoy de Curro Díaz ahí hay dos magníficos espejos en los que pueden mirarse los que quieran ser toreros, y que vayan olvidándose de esos esperpentos a los que pretenden imitar.

Más arriba se habló de Montoliú, pero sería injusto no citar la torería, la sobriedad  y la facilidad con que puso las banderillas Antonio Chacón.

El lisarnasio está en la plaza