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martes, 25 de octubre de 2016

Pablo García Baena. Entrevista

Hughes
Abc

En pleno festival Cosmopoética, García Baena, Pablo a secas, recibió en su casa de Córdoba a ABC. El poeta de «Cántico», solitario grupo -tercera España poética- entre la oficialidad neoclásica de Garcilaso y la poesía social de «Espadaña», quizás sea el mayor poeta vivo.

«Cántico» fue puente entre el 27 y los 70.

Sí, eso es lo que nosotros pretendimos, que la poesía no fuera la sequedad de los Ridruejo, Vivanco… No queríamos perder ese jugo andaluz que tenía la generación del 27, que en realidad es andaluza, cosa que no se le podía decir a don Jorge Guillén porque se ponía como un gato, muy estirado. Andalucía era una centralidad que no se reconocía. Los poetas del sur éramos una especie aparte. Luego Celaya nos puso como trapos, como si fuéramos del régimen. No sé qué se le infundió...



[Torremolinos en los 60, ¿cómo era?

Lo primero es que mi cariño a Málaga viene de atrás. Era un niño endeble y el médico recomendaba baños de mar y de sol, yo iba con mi madre con 8 años y me encantaba lo que no había en Córdoba: pasaban los tranvías tocando la campanita, y luego, como siempre íbamos en agosto, ese monte de Gibralfaro que domina la plaza, lleno de gente para ver los toros. Nada que ver con Córdoba. Aquí por la hora de la siesta se oía pasar a los Zuritos, el casco del caballo y te asomabas, que eso Córdoba lo ha perdido, todo se ha vulgarizado de tal manera, toda España, pero Córdoba especialmente porque era ciudad de silencios. Y luego las biznagas, el olor a jazmín, esos ramos pinchados en la penca de churumbos que llevaba el vendedor por la calle con un perfume tremendo.. Luego, una amistad con los poetas de Málaga desde los 50. Bernabé Fernández Canivell, Canales, María Victoria Atencia, Rafael León, Pérez Estrada... Me llamaba mucho la atención que todos los matrimonios estaban separados. ¿En Córdoba en los 50 un matrimonio separado? Estaría arañándose en la cosa, pero otra cosa no. Esa libertad de Málaga la veías en la playa. Ibas a Cádiz y tenías que ponerte una toalla atada a la cintura porque era impropio pasear en bañador. Pero en Málaga no, no había guardas por la playa para vigilar quién llevaba la toalla o no. Y luego empieza el «boom» de Torremolinos, yo voy con Vicente alguna noche, empiezan las suecas a venir, que no intervinieron para nada en mi vida, pero también daban un aire a aquello. Y en los 60 podía aparecer por allí Brigitte Bardot o Soraya de Persia. Cuando Pepe de Miguel me propone hacer una tienda de antigüedades, afición mía de toda la vida, vi el cielo abierto. Torremolinos era un poco de agua en un día de sed.]

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