Follow by Email

lunes, 3 de octubre de 2016

James, Jones y el testigo de Jehová

Jones
Referéndum 1966

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Una mañana del 62, cuando Mario Vargas Llosa no era Nobel y vivía en París, tocaron a la puerta de su altillo de la Rue de Tournon: era un hombre que le ofrecía la revista “Reveille-Toi!”. El escritor la compró por cortesía. Y así comenzó su pesadilla.

Más de cien católicos han ganado el premio Nobel y testigos de Jehová ¿cuántos?

Daba igual.

La puerta no dejó de sonar y el inquilino tuvo la terrible impresión de que, para librarse del testigo de Jehová, sólo había dos alternativas: matarlo o convertirse.

Todavía me pregunto si de veras me lo saqué de encima, si el miserable no se quedó a vivir conmigo.

Hoy, Vargas Llosa es Nobel y vive en la corte de amor de Isabelia, pero el testigo de Jehová, que adolece de la misma mirada, la del que sabe y cree, sigue ahí, se llama John Carlin, tiene aspecto de John Bull y acosa política a James, la félida zurda del Real Madrid, ayer gafada en el calentamiento por el Éibar de Pedro León.

A John Carlin podemos llamarlo Don Juanito como nuestros abuelos llamaban Don Jorgito a otro vendedor de biblias, George Borrow, que se pateó la España del XIX.

Perro que trota, huesos encuentra –enseñaban los gitanos a Don Jorgito, que les traducía la Biblia al caló.

Más culto que Don Juanito, que sólo ha leído, y saltándose hojas, el catecismo de Marta Harnecker, Don Jorgito nunca ocultó el truco:

En España, yo soy invariablemente de la misma opinión política de la gente a cuya mesa me siento. Gracias a este sistema me he librado más de una vez de que me sazonen el vino con sublimado.

La biblia de Don Juanito es ese periódico global fundado por Fraga y que, al decir de Savater, el mago de la filosofía ibérica, “no necesita buscar los acontecimientos para dar cuenta de ellos, pues son más bien estos los que le buscan sin tregua para darse cuenta de sí mismos”. (Ya advierto que no estamos ante la cumbre althusserina de ese periódico, donde Marías llegó a cogitar que la Eta había “asesinado a un concejal sevillano con su mujer incluida”.)

La normalidad es menos emocionante que vivir al borde del abismo, pero un país como el nuestro ha aprendido a valorar ese aburrimiento como una bendición –editorializó un día la biblia de Don Juanito.

Lo contrario del aburrimiento no es el placer, sino la excitación, y Don Juanito, que ya anduvo excitándonos con el “Reveille-Toi!” de la Paz de Otegui, el Gordo de Elgóibar (“Elecciones en paz en país vasco y persona más responsable que nadie para que así sea en la cárcel, por violento. Qué país...qué vergüenza...”, tuiteó el orate), nos excita ahora, bajo la amenaza de cantarle el “Cobarde” de Paquita la del Barrio, para que James le compre el “Reveille-Toi!” de la Paz de Tirofijo, una astracanada política escenificada en la corte de los Castro, los Soprano del Caribe.

No vuelvas a mi casa / porque mi corazón, / se ha hecho para un hombre / más digno y con valor

Es propio de los vendebiblias llamar a sus negocios paces. Pero Don Juanito, que intelectualmente no da más de sí, se limita a copiar el marketing franquista del referéndum del 66, publicitado con el lema “Sí a la Paz” por futbolistas de postín, como el grande Miguel Jones, guineano de Santa Isabel y todoterreno del Atlético de Madrid, amigo del alma de Luis Aragonés.

De James a Jones pasando por Jehová, que ahora es Fidel Castro.


Isacio Calleja
Referéndum 1966

LÍMITE 168 HORAS

Hablando de un país donde el defensa Andrés Escobar fue balaceado por un autogol que costó la eliminación de Colombia en el Mundial de Estados Unidos’94, un correveidile castrista desafía públicamente a un futbolista del Real Madrid en los siguientes términos: “Tiene una semana para demostrar si le interesa más el dinero que el bien común colombiano”. Pero “bien común” no es un concepto de Pedro Sánchez, el lúser socialista, que dice que el bien común es el sentido común (?), sino de Santo Tomás, que luego, en Francia, Rousseau convierte, para mal, en “bien general”, y en América, Hamilton, para bien, en “bien público”. Carlin no ha leído a ninguno, y pretende que lo haga el pobre James. Y estos son los intelectuales del fútbol.