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jueves, 24 de abril de 2025

De Hamilton a Trump (Todo lo que los liberalios ignoran de los aranceles y no se atreven a preguntar)



Javier Bilbao


Uno nunca deja de sorprenderse con la manera en que la esfera pública española, el ágora mediática que nos desinforma puntualmente, la opinión publicada que orienta la voluntad popular (es un decir) se asoma a aquello que ocurre fuera de nuestras fronteras. Tal vez se deba a que hemos interiorizado que tenemos bien poca soberanía, de manera que se puede soltar cualquier disparate sin miedo a las consecuencias, como quien le grita airado a la tele durante un partido sabiendo que en realidad nadie arrancará tal o cual parte del cuerpo a aquel jugador. Columnistas, tertulianos y tuiteros se lanzan a declarar la guerra a cualquier país bien sea una superpotencia nuclear o algún otro que apenas logran ubicar en un mapa, establecen paralelismos indolentes entre problemas internos españoles y conflictos étnicos a miles de kilómetros y sentencian que no queda otra que derrocar ese gobierno y aquel régimen con una ligereza que hubiera pasmado a Kissinger. Las relaciones internacionales deben regirse en función de una variable fundamental: hay países que nos gustan y otros que no. El escenario mundial como una Eurovisión que incluya a todos los continentes, aparta Mearsheimer y que vuelva Uribarri, que él si estaba al tanto de la cosa diplomática.


Así que recientemente hemos descubierto que Ho Chi Minh no era otra cosa que el Franco vietnamita, pues nada hay en este planeta que no pueda españolizarse —quizá vestigio de nuestro ímpetu conquistador—, aunque por su vehemencia detengámonos a continuación en las reacciones locales a la política arancelaria de la nueva administración estadounidense. La explicación más extendida entre nuestras eminencias es que Trump ha armado tal zapatiesta porque 1) es tonto y 2) es el Sánchez de la Casa Blanca, y a ella se ha respondido exigiéndonos a todos su «condena», como si el deber de aquel fuera mirar por los intereses españoles y le bastara oír nuestras críticas para rectificar apresurado. Se me ocurre entonces, como alternativa, que podríamos tratar de rastrear los precedentes históricos de esa decisión en EE.UU. y ver qué podríamos aprender, para hacer nosotros lo mismo en lugar de quejarnos porque los demás no miran por lo que nos conviene. Una tarea en la que nos ayudará Marcelo Gullo, autor que lleva unos años reivindicando con pasión a España y a la Hispanidad, pero del que también son dignas de tener en cuenta otras dos obras que tomaremos ahora como referencia: La insubordinación fundante, breve historia de la construcción del poder de las naciones e Insubordinación y desarrollo, las claves del éxito y el fracaso de las naciones.  


Nos cuenta Gullo que la razón de la prosperidad y la primacía mundial de Estados Unidos se haya en sus mismos orígenes pues fue «el primer Estado en insubordinarse ideológicamente contra la doctrina económica hegemónica que Inglaterra presentaba como una ‘teoría científica’» refiriéndose con esto al libre comercio defendido por Adam Smith, que en realidad solo beneficiaría a quien ya tiene una competitiva industria asentada y perjudica al que aspira a salir del subdesarrollo. Por ello los aranceles a las importaciones y los subsidios a la producción propia, según el contexto del que se trate, podrían ser beneficiosos para quien los aplique. Para entenderlo debemos remontarnos a comienzos del siglo XVIII, cuando Gran Bretaña protegía dos industrias que consideraba de un gran valor estratégico como la textil y la siderúrgica, prohibiendo que en las colonias norteamericanas se establecieran fundiciones, así como que exportaran productos textiles a otras colonias o a la propia metrópoli.


Según escribía a Londres Lord Cornbury, gobernador de Nueva York entre 1702 y 1708 y pionero del travestismo: «Poseo informes fidedignos de que en Long Island y en Connecticut están estableciendo una fábrica de lana, y yo mismo he visto personalmente estameña fabricada en Long Island que cualquier hombre podría usar. Si empiezan a hacer estameña, con el tiempo harán también tela común y luego fina; tenemos en esta provincia tierra de batán y tierra pipa tan buenas como las mejores; que juicios más autorizados que el mío resuelvan hasta qué punto estará todo esto al servicio de Inglaterra, pero expreso mi opinión de que todas estas colonias deberían ser mantenidas en absoluta sujeción y subordinación a Inglaterra; y eso nunca podrá ser si se les permite que puedan establecer aquí las mismas manufacturas que la gente de Inglaterra; pues las consecuencias serán que cuanto vean que sin el auxilio de Inglaterra pueden vestirse no sólo con ropas cómodas, sino también elegantes, aquellos que ni siquiera ahora están muy inclinados a someterse al Gobierno pensarían inmediatamente en poner en ejecución proyectos que hace largo tiempo cobijan en su pecho».


A medida que fue incrementándose el peso demográfico de las trece colonias las restricciones económicas fueron haciéndose cada vez más asfixiantes, pues ya para 1763 su población equivalía a un cuarto de la inglesa, lo que avivó los deseos revolucionarios. El propio estallido de la Guerra de la Independencia, al interrumpir el flujo de mercancías con la metrópoli y facilitar que se promoviera por los gobiernos locales la producción de armamento, ya supuso un salto en el desarrollo industrial estadounidense. Impulso que fue más pronunciado cuando George Washington nombró en 1789 como secretario del Tesoro a Alexander Hamilton, un intrépido revolucionario de 32 años que, como no escuchaba a locutores de radio liberalios, era consciente de que la incipiente producción manufacturera nacional necesitaba subsidios para despegar y un mercado autóctono protegido ante la competencia extranjera.


Así que desde ese mismo año se instauraron aranceles desde el ron hasta a los zapatos y se favoreció a la industria naval, concediendo descuentos a los derechos de importación de aquellas mercancías transportadas en barcos de fabricación y propiedad estadounidense, que en consecuencia pasaron a ser desde el 17,5% hasta el 93% de todo lo que entraba en el país en 1810. Las importaciones se interrumpieron de nuevo en 1812 con la segunda guerra contra Gran Bretaña, lo que disparó el proceso de industrialización. Esto permitió ir definiendo dos polos antagonistas dentro de EE.UU.: los Estados manufactureros del norte, nacionalistas y proteccionistas, frente a los Estados del sur, librecambistas y anglófilos, centrados en la producción agrícola que deseaban comerciar con la antigua metrópoli, vendiéndoles su algodón e importando sus productos industriales más baratos y de mayor calidad que los del norte.


Sucesivos tira y afloja entre ambas facciones culminaron en 1857 con una reducción drástica de los aranceles que pusieron al norte contra las cuerdas: su respuesta pasó entonces por abolir la esclavitud. Segaban así la hierba bajo los pies sudistas, acabando con su sistema económico. Antes que tolerarlo, los Estados del sur optaron por la secesión y la guerra, haciendo oídos sordos a aquella sabia advertencia del personaje de Clark Gable.


Esta exposición de la situación nos deja clara que la derrota era inevitable, pese a que recibieron de forma indirecta el apoyo británico (no quiso implicarse abiertamente por miedo a perder Canadá). Una vez se produjo, la política arancelaria se incrementó considerablemente, manteniéndose y ampliándose década tras década. Es significativo que Ulysses Grant, uno de los generales yanquis que logró la victoria, explicara ya en 1897 que: «durante siglos Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos y le ha dado resultados satisfactorios. No hay duda alguna de que a ese sistema debe su actual poderío. Después de esos dos siglos, Inglaterra ha creído conveniente adoptar el libre cambio por considerar que ya la protección no le puede dar nada. Pues bien, señores, el conocimiento de mi patria me hace creer que, dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector lo que este puede darle, adoptará, libremente, el libre cambio».


Augurio que no tardó tanto tiempo en cumplirse, pues si bien en las primeras décadas del siglo XX los aranceles estadounidenses continuaron incrementándose, el final de la 2ª Guerra Mundial trajo consigo un nuevo orden económico internacional, donde Estados Unidos ahora sí estaba en una posición dominante en la que el libre cambio le convenía. De esa manera, concluye Marcelo Gullo: «Estados Unidos pudo convertirse en un país industrial mediante un arduo trabajo de insubordinación ideológico-cultural y la República estadounidense ganó su verdadera independencia económica en los campos de batalla de Gettysburg. El proceso de insubordinación ideológico-cultural se manifestó en el enfrentamiento entre el liberalismo ortodoxo y el liberalismo nacional».


Sólo queda señalar que así ha venido siendo hasta hace unos años, cuando el proceso de deslocalización de factorías hacia países con mano de obra más barata ha ido convirtiendo poblaciones y regiones antaño prósperas en páramos de óxido y fentanilo, donde el sector servicios ha absorbido solo parcialmente esa mano de obra —y en condiciones más precarias— mientras que, de forma simultánea, ha servido a China para ascender creando su propia industria cada vez más autosuficiente, sofisticada y competitiva. Es en este punto cuando Trump ha recurrido de nuevo a la política arancelaria, pese a soliviantar con ello a numerosos analistos españoles, que lo han tildado de inmediato de patán ignorante y atrevido… por replicar aquello que a su país le ha funcionado tan bien desde sus mismos orígenes.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

domingo, 20 de abril de 2025

La democracia y sus celosos amantes liberalios



«¡Gobernador Stevenson, todas las personas razonables estamos con usted!», a lo que él replicó: «No es suficiente. Necesito tener mayoría»


Javier Bilbao


«Resultados como los del ‘Brexit’ o la llegada de Trump a la Casa Blanca han demostrado que la democracia no funciona y que ha llegado el momento de experimentar y descubrir alternativas al sistema». Esta formulación, tan tediosamente repetida a estas alturas, es lo que leemos en el prefacio de la edición de 2017 de Contra la democracia, de Jason Brennan; en este año del Señor de 2025 podemos constatar que desde entonces se ha pasado a la acción y no es gaseosa precisamente con lo que se viene experimentando. Resulta curioso observar cómo las críticas a la democracia que estaban realizándose desde hace poco más de un par de décadas en el ámbito libertario norteamericano han encontrado un notable eco entre los liberalios europeístas —recreando su retórica sobre «élites informadas» y masas ignorantes que devienen populistas—, aunque estos, más modosos, no aspiran a derrocar la democracia sino a «salvarla», aceptando que continúen celebrándose competiciones siempre y cuando se sepa con antelación el ganador. Así que unos quieren matarla porque la detestan y otros porque la consideran suya y sólo suya, pero la pobre Desdémona acaba espichándola en todos los escenarios.


Las críticas a dicho sistema vienen de lejos y han girado prácticamente siempre en torno a la misma idea: la gente es boba y vota mal. A comienzos de los años cincuenta una mujer le gritó a un candidato a la presidencia estadounidense «¡Gobernador Stevenson, todas las personas razonables estamos con usted!», a lo que él replicó: «No es suficiente. Necesito tener mayoría». Y si nos remontamos más atrás encontraremos a Platón denostándola en el octavo libro de La República, no sin reconocerle cierto encanto: «Puede ser que éste sea el más bello de todos los regímenes. Tal como un manto multicolor con todas las flores bordadas, también este régimen con todos los caracteres bordados podría parecer el más bello. Y probablemente, tal como los niños y las mujeres que contemplan objetos policromos, muchos lo juzgarían el más bello». Pero, señala a continuación, su igualitarismo impide la excelencia y arrastra a la degeneración política y moral, impidiendo que sean los sabios quienes gobiernen, un selecto grupo en el que aquellos que realizan estas críticas acostumbran a incluirse a sí mismos.


Un planteamiento que luego recogerían a comienzos del siglo XX Ortega y Gasset en sus diatribas sobre el «hombre-masa» (que, resumiendo mucho, es tontísimo) y escritores como H. L. Mencken —«la democracia es la patética creencia en la sabiduría colectiva a partir de la ignorancia individual»— mientras que ya en 2001 llevó a Hans-Hermann Hoppe, un alemán afincado en Estados Unidos, a escribir Monarquía, democracia y orden natural (su título original es más contundente: Democracy: The God That Failed). Allí nos cuenta que el fundamento igualitario de la democracia elimina las jerarquías de excelencia, que en ella los votantes demandan subsidios y regulaciones que expanden el poder del Estado, así como politiza la vida privada arrinconando la libertad del individuo y, por si no fuera bastante, la gestión es de corto alcance para someterse a la periodicidad electoral, donde la ciudadanía (que recordemos era boba y votaba mal) sacrifica los intereses nacionales largo plazo, por lo que la democracia sería un retroceso respecto a la monarquía, cuyo mandato al ser vitalicio es más estratégico. Lo cual es rigurosamente cierto en el caso español si pensamos en los Reyes Católicos ¡1492, annus mirabilis!— e igualmente si nos referimos a los Austrias, el problema es que luego llegaron los Borbones… Mientras que, por otro lado, el reciente auge de formaciones y candidatos que prometen cambios estructurales más allá de ilusorias alternancias bipartidistas que estiran un chicle ya sin sabor nos indica que, tal vez, una parte importante de esos perniciosos votantes de las democracias no sea tan cortoplacista. En cualquier caso, es una crítica a tener en cuenta, como la que apunta sobre el recrudecimiento bélico que trae consigo, pues «frente a la guerra limitada del Ancien régime, la modalidad que ésta ha adoptado en la nueva era republicano-democrática es la de la guerra total».


En 2007 llegó otro libro en la misma línea, aunque notablemente peor, El mito del votante racional, del economista Bryan Caplan. Su tesis era que un individuo es racional como consumidor porque tiene incentivos para escoger la mejor opción en calidad y precio al sufrir él mismo las consecuencias de una mala decisión, no obstante, como votante su decisión se diluye en el conjunto del resultado electoral, así que su voto sería irreflexivo e ignorante. Ahora bien, ¿qué es para Caplan votar mal? Ahí empieza el problema, dado que no demuestra conocimiento alguno de historia, geopolítica, filosofía o del funcionamiento de la democracia en ningún país que no sea Estados Unidos. Su análisis comienza y termina en una unidimensional perspectiva económica libertaria, sustentada en una serie de axiomas en torno a la perfecta racionalidad del mercado, en un consenso de los economistas que existe en su imaginación y en «experimentos mentales» que reducen a fábulas una realidad poliédrica. Aderezado todo ello con gráficas y fórmulas innecesarias, aunque lo hagan parecer muy científico-matemático. Por lo tanto, ser un votante irracional supondría, según él, defender la imposición de aranceles para proteger puestos de trabajo autóctonos, oponerse a la inmigración masiva, rechazar los recortes de plantillas en las empresas y tener algún tipo de nostalgia por el pasado o pesimismo respecto al porvenir (¡no se debe cuestionar el Progreso!). También es capaz de sostener con toda seriedad que «los políticos raramente se arriesgarán a dar la cara por medidas impopulares sólo porque un lobby se lo pida» y que «los medios muestran a los espectadores lo que estos quieren ver y les cuentan lo que quieren oír». Ya vemos que la perspectiva libertaria y la liberalia ya son prácticamente indistinguibles, pues Cayetana Álvarez de Toledo firmaría todos esos apriorismos de Caplan sin dudarlo. Una vez establecido que esa clase de voto es «irracional», contrario a la ciencia y al dictamen de los expertos, propone un modelo de sufragio censitario donde sólo acudan a las urnas los libertarios/liberalios (él los llama «Público Ilustrado») o su voto cuente varias veces. No muy alejado de lo que en cierta manera en EE. UU. estuvieron cerca de conseguir y en la UE ya se ha empezado a aplicar, no tanto por la vía de proscribir votantes defectuosos sino candidatos, previamente tildados de populistas/extremistas/prorrusos.   


Por último, cabe regresar al autor con el que abríamos este artículo, Jason Brennan, y su obra Contra la democracia. Plantea que respecto a la democracia existirían tres perfiles psicológicos fundamentales. Por un lado, los hobbits, que se desentienden de las disputas políticas, no tienen opiniones vehementes acerca de casi ningún asunto que dicte la actualidad y, en definitiva, no votan ni participan de forma alguna en el ágora. Luego tendríamos a los hinchas, versados en la cosa pública, pero mediante una aproximación profundamente sesgada, fanáticamente inmersos en su cámara de eco y tribales respecto al adversario. Finalmente, estarían los vulcanianos, que sí tienen amplios conocimientos en política y participan en ella de una forma desapasionada, guiados por la pura racionalidad, capaces de agradecer al adversario que les señale un error para a continuación rectificar su posición inicial. Aparentemente perfectos si no fuera por una pequeña salvedad: no existen. Las personas no somos así, dice Brennan. Es una explicación simpática, pero no deja de ser una simplificación pues en realidad todos tendríamos parte de las tres especies según sea el asunto que discutir: podemos ser Frodos respecto a la ocupación de pisos, Ronceros sobre el aborto y Spocks respecto al salario mínimo. O incluso variar nuestra especie según contexto e interlocutor, bien un cuñado en una comida familiar donde corre el vino o la chica que nos gusta durante la primera cita.


En todo caso esta distinción que realiza Brennan le permite llegar a la solución que nos plantea, un sistema al que llama «epistocracia» donde el derecho al voto no se obtiene con la mayoría de edad, sino que debe ser ganado demostrando determinados conocimientos a manera en que se debe obtener el carné de conducir antes de ponerse al volante. Pero eso ya existe y se llama educación general obligatoria. Una idea que se sustenta en una premisa de escasa validez, puesto que vivimos en democracias representativas, no directas. No se trata de que los ciudadanos sepan mucho de economía, política exterior, etc. Aunque esto también sería deseable, claro. Lo importante es que puedan sustituir sin necesidad de revueltas y guerras civiles a los gobernantes según su gestión. A la manera en que juzgamos la habilidad de un mecánico, aunque no sepamos cómo funciona el vehículo, porque podemos ver cómo ahora arranca y antes no.  


Cada uno de nosotros sabemos cómo nos va en la vida: si nos es fácil acceder a un trabajo, vivienda, si hay inflación en nuestra cesta de la compra, inseguridad en nuestro barrio…etc. De ahí que el sufragio universal es una manera relativamente eficaz de que el gobierno se preocupe por todos. Algo parecido le planteó una estudiante a Brennan: «si los miembros de ciertos grupos desfavorecidos votan, ¿no responderá entonces apropiadamente el gobierno a sus intereses? Si no votan, ¿acaso el gobierno no ignorará sus intereses?». A lo que este autor dio una respuesta tan condescendiente como errónea, según el tiempo ha demostrado: «cuando los miembros de un grupo votan, si están mal informados, puede que no estén ayudándose a sí mismos, sino pegándose un tiro en su pie colectivo. De hecho, la estudiante en cuestión (y otros) hasta estuvieron de acuerdo en que Donald Trump no es particularmente beneficioso para los estadounidenses blancos rurales, su principal grupo demográfico de apoyo». Sin sufragio universal, sin el apoyo activo de ese sector de la población, nadie habría atendido sus preocupaciones. ¿Qué incentivo tendría un gobernante para favorecer los intereses de sus gobernados si su cargo no depende de estos? Habrá que preguntárselo a Ursula von der Leyen


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jueves, 6 de marzo de 2025

Guerra para Amador




Javier Bilbao


Decía un locutor radiofónico eternamente airado que cierto político le recordaba a él mismo «cuando era gilipollas». Y la pregunta inevitable que cabe hacerle entonces no puede ser otra que: ¿está seguro de que dejó de serlo? El reproche a los demás encierra ahí el que hace a su propio yo del pasado, cuyo rostro ve en todos los que le rodean a la manera en que al Hombre de Lunares del Escuadrón Suicida se le hacía omnipresente el de su madre. ¡No soporto en ti mis propios defectos, lo que yo he sido! Va por ahí afeándole en proyección freudiana a aquel con quien se cruce, como si todos fuésemos personajes de una obra interpretados por el mismo actor o él, acaso, encarnase una versión a escala de todos los demás, quintaesencia de nuestra común humanidad destilada en un pequeño frasco. Rememorando su juventud se recuerda como un obtuso vehemente al servicio de una causa equivocada, mientras que ahora sí tiene toda la razón, ahora sí debemos escucharle todos con atención y hacerle caso, ahora sí… Al menos hasta que su yo del mañana diga otra cosa. Que la dirá, porque no calla. Se podrá aducir que rectificar es de sabios, que pensar es cambiar de idea, que las personas evolucionan, maduran y tienen derecho a cambiar, así como son diferentes las circunstancias en cada momento que nos obligan a posicionarnos en una u otra dirección. Bien, seguramente, pero si uno está tan seguro de haber estado tan rotundamente equivocado en el pasado… ¿No debería ello animarle a ser más cauteloso en el presente? ¿Es realmente una fuente de autoridad el haber estado décadas instalado en el error? ¿Tenemos que prestar atención a quien dijo sandeces las nueve ocasiones anteriores porque a la décima, ya por descarte, cree que dará en el clavo si sostiene lo contrario?    


Vienen estas cavilaciones a cuento de un reciente artículo de Savater, ardientemente belicista, donde me encuentro varias afirmaciones cuestionables hasta llegar a esto: «Pero el retorno de Trump a la Casa Blanca pone en duda el combativo Destino Manifiesto que convirtió a los USA en flagelo de las expectativas totalitarias. Hemos cambiado de sheriff en la película histórica que hoy interpretamos, ya no está el excelente Ronald Reagan —que tanto indignaba a los imbéciles— ni el enérgico Wojtyla en el Vaticano, ni el comprensivo Gorbachov: ahora se ha estropeado el panorama y no sabemos bajo qué alas refugiarnos». Un momento… ¿Los que se indignaban con Reagan eran imbéciles? Buena ocasión para bucear en la hemeroteca del filósofo donostiarra, que además de una admirable oposición al terrorismo etarra tiene en su haber un notable talento literario. A ver qué nos contaba del presidente norteamericano en los ochenta, cuando gobernaba y cuando realmente importaba apoyar sus políticas y no tanto cuarenta años después. Ya se sabe que tras la guerra todos son generales…


Vaya por delante que no hablamos, evidentemente, de algún tuit escrito desde un bar, o de declaraciones improvisadas en entrevistas, donde uno a veces no da con la palabra adecuada, sino de textos meditados y publicados a lo largo de los años en periódicos de reverencia como El País. Así que aquí, por ejemplo, nos contaba que «cuando Reagan cabalga por Centroamérica o la CIA interviene en sabotajes antisandinistas podrán invocar a gritos las libertades democráticas, pero sus fechorías tienen tan escasamente que ver con ellas como el señor Andropov con la solidaridad de la clase obrera». Por este otro lado no se andaba con medias tintas en su denuncia «del ajado vaquero Reagan, dispuesto a transformar el tópico papel americano de ‘gendarme del mundo’ por el de matón, retrógrado en política social, agresivamente fosilizado en ideas y costumbres, despiadado en la aplicación feroz de la lógica plutocrática». En este artículo , tras considerar a la OTAN una «organización caduca y desarbolada» que «sirve para cada vez menos» y «hoy ya no es de recibo» (recordemos que en 1984 sí existía el Pacto de Varsovia y la URSS) entonces remata: «porque lo evidente es que en la OTAN ya no cree a estas alturas casi nadie, y por eso Reagan tiene que chasquear de cuando en cuando el látigo para conservar la disciplina e impedir la desbandada».  


Podemos suponer que entonces no consideraba excelente al 40ª presidente y que ahora la creencia atlantista ha ganado una nueva alma. Y es que con Savater uno tiene la impresión de que a lo largo de su trayectoria ha procurado decir sobre cada asunto una cosa y su contraria: «¡así en algún momento acertaré!», intuimos escuchar a su voz interior. No recordaremos, por benevolencia, lo que escribió allá por 1980 de Herri Batasuna, pues es indudable el coraje que más tarde demostró enfrentándola, pero sí resulta curioso señalar cómo en este artículo nos cuenta que «Gibraltar es el único problema que indudablemente España no tiene» y unos años después es tajante: «El único problema territorial de España es Gibraltar». El peñón bipolar. Igualmente, sobre la corrupción del PSOE se ha manifestado en diversas ocasiones, pero eso no le impidió posteriormente firmar una petición de indulto en 2022 para el socialista José Antonio Griñán por los 700 millones saqueados con los ERE.


Dicho todo lo anterior, no pasan de ser cuestiones menores en comparación con el asunto que titula este artículo que están leyendo y que abordaba el primero de Savater que citábamos. No hará falta explicar a estas alturas la trascendencia de la guerra de Ucrania, sobre la que el cofundador de UPyD se posiciona aquí clamando por su continuidad pues «Trump nos ha salido rana, que como todos los bravucones que hemos conocido está deseando postrarse ente un bruto mayor» y entonces elogia con arrobamiento la política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial en adelante, faro de libertad y azote de totalitarismos: «fueron los norteamericanos los que detuvieron la expansión comunista en Asia, en Hispanoamérica y desde luego en Europa. Sus métodos no fueron siempre dulces o aceptables para las almas socialdemócratas, por eso en países como el nuestro les granjearon más antipatías que agradecimiento».


Un momento… ¿Quiénes fueron esos ingratos en países como el nuestro? Porque en este artículo leíamos: «el imperialismo yanqui —es decir, una desatada avidez económica cada vez menos realista, adobada con anticomunismo paranoico— fue ayer y es hoy una permanente amenaza para la regeneración social y política de los países latinoamericanos. Norteamérica ha apoyado a los peores sátrapas del continente (Somoza, Batista), ha intervenido con sus marines directamente en Nicaragua o Santo Domingo, ha intrigado para derrocar Gobiernos legítimamente democráticos». ¿Realmente la misma persona escribió ambos textos? Uno empieza a pensar que Savater es en realidad el nombre de algún proyecto literario colectivo, que hay ahí más negros currando que en una plantación de Virginia.


Ahora bien, si aceptamos que el autor de libros como Las razones del antimilitarismo y otras razones, Contra las patrias o El mito nacionalista es una sola entidad biológica, aunque con múltiples voces internas según podemos ver, entonces cae ya en una insalvable contradicción al reclamar espíritu belicoso a unos europeos que percibe comodones y poco dados al sacrificio, que solo quieren «seguir bailando, no empezar a luchar» (incluso cita a Kagan, paladín neocon y marido de Victoria Nuland). ¿Luchar y morir en nombre de qué?


En este artículo desdeñaba de raíz las apelaciones que tradicionalmente han avivado el ardor bélico: «Hoy, lo nacional —revestimiento legitimatorio teocrático del Estado en cuanto se resiste a la transparencia crítica— y su correlativo detestable, el pueblo, se apoyan todavía descaradamente en la vertebración militar. Ser patriota (es decir, en esta jerga ser el buen ciudadano, el ciudadano acrítico y partidista, el menos ciudadano realmente de todos) es estar dispuesto a luchar por la patria, a morir y matar por ella. Todavía se habla de ‘servir a la patria’ para designar ‘ir al Ejército’, como si arando un campo o asistiendo a un partido de fútbol se la sirviera menos». Partidario de «hacerle la guerra a la guerra», nuestro autor siempre ha repudiado toda estructura militar, como aquí: «El desarrollo del militarismo, el predominio de la lógica militar en los presupuestos de los países y en los corazoncitos ideológicos de los súbditos, el equilibrio del terror, etcétera, son los principales obstáculos a la realización del proyecto democrático auténtico. La carrera de armamentos y la lógica militar son tan totalitarias como la más feroz invasión rusa imaginable y amenazan mucho más que esta última hipótesis a las democracias occidentales (…) No puede haber ni táctica ni estrategia que nos impida a los antimilitaristas dejar bien claro que nos son tan repugnantes los cohetes nucleares soviéticos como la bomba de neutrones yanqui, y no puede aceptarse sin más ir codo a codo con quien no lo reconozca programáticamente así. En efecto, hay dos bloques: por un lado, están en un mismo bloque EE.UU. y la URSS, prepotentes dueños imperialistas y militaristas del mundo». Y para qué seguir citando… Ahora, sin embargo, aquel que difiera de su posición en la guerra de Ucrania es un «bobo mayor», nos explica. No importa cuántas volteretas dé, los que no le den la razón en cada momento siempre serán tontos. ¡Faltaría más!


Pero 47 años escribiendo en El País —hasta que descubrió que su línea editorial era afín al PSOE— avalan que sería injusto catalogar su trayectoria como meramente errática: lo que a Savater siempre le ha gustado en último término es el individualismo liberal disgregador de todo lazo comunitario y trascendental, desdeñando la naturaleza social del ser humano, pues toda forma de colectivismo y sacralidad ha sido sospechosa a sus ojos: «La defensa de la patria frente al enemigo externo o interno, la protección de la sagrada integridad nacional, cuando no la militarización de la civilización occidental, los derechos humanos o la solidaridad revolucionaria, continúan funcionando como motivos superiores y más nobles de compromiso bélico frente a cualquier otra motivación desmovilizadora de orden burgués o individualista. Y así vamos». Pero cuarenta años después, cuando España y otros países europeos tienen esos valores angloliberales e ilustrados que él tanto reivindicó, entonces ahora también vamos mal. ¡Tontos fuisteis por hacerme caso! Parece que nos reconviniera ahora; aquello de que alistarse en el ejército es un servicio a la patria semejante a ver un partido de fútbol era solo una broma… ¿Cómo, que la gente ya no quiere morir por la Nación porque todo eso de las banderas y el patriotismo es un camelo? pues que mueran por la ciudadanía democrática, el patriotismo constitucional, Von der Leyen y la legislación climática de la UE, nos dirá, sucedáneos desangelados sin alcohol, cafeína y azúcar que, sencillamente, nunca movilizarán a nadie hasta esos niveles de entrega de la propia existencia que ahora Savater reclama a los jóvenes europeos. De esa manera quizá vivan lo suficiente para leer otro artículo suyo donde Trump pase de ser un «brabucón» a ser «excelente» y, los que hoy se indignan con él, unos «imbéciles».


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jueves, 16 de enero de 2025

La pueril nostalgia de los 90



Javier Bilbao


No es raro ver banderas de la 2ª República en manifestaciones y eventos por diversas causas, así que al reparar en ellas uno inevitablemente siente la tentación de preguntar a quien las enarbola «oiga… ¿pero sabe usted en qué desembocó aquello, no?». Añorar aquellos tiempos no deja de ser algo semejante a volver a subirse a un tobogán con la esperanza de que esta vez te lleve a un lugar distinto. Al menos para quien es consciente de que la historia no tiene un capítulo final al que llegar —salvo que desaparezcamos, pero entonces nadie habrá para escribirlo ni leerlo— ni cabe concebirla por tanto como una imagen estática en la que podamos permanecer plácida y eternamente como un feto en un útero cósmico, sino que es más bien un continuo evolucionar y fluir como aquel río de Heráclito, donde los males de un momento concreto fueron semillas plantadas en los años previos y lo que lució vigoroso inevitablemente termina pudriéndose. Por eso los que hemos leído, por ejemplo, el muy recomendable libro de Stanley Payne El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933–1936), sabemos que Franco no aterrizó en un ovni aquel 18 de julio del 36.


En algo de esto andaba divagando hace unos días tras ver un tuit bastante viral de alguien que apelaba a la nostalgia de «una España que ya no existe» refiriéndose al año dorado de… ¡1995! Mire, pues no. Que no. Si queremos entonar con ánimo regeneracionista un Hagamos Grande a España de Nuevo, el momento de grandeza a recuperar definitivamente no puede ser ése. Entiendo que quien no vivió aquella desdichada república pueda idealizarla a su capricho (y nuestro cine ha contribuido gustosamente a ello), pero servidor sí andaba por el mundo este año del Señor de 1995 y lo recuerda sin mucha niebla en la memoria.  


De manera que respondí a aquel mensaje señalando algo para mí evidente, como era que los años 90 fueron una década nefasta de terrorismo, paro y horror estético, donde los males del presente ya estaban plenamente incardinados —aunque muchos entonces aún no lo percibieran— y, para añadir sal a la herida, los fumadores gozaban de la libertad de cultivar el cáncer de laringe propio y ajeno en cualquier recinto cerrado (luego llegó la tiranía). Las reacciones a lo dicho, que en algunos casos lanzaron conjeturas equivocadas sobre la profesión de mi madre, hicieron maliciarme que hay bastantes que no han vivido aquellos nada maravillosos años —quizá por eso los añoran, la melancolía de lo imaginario— o simplemente lo que echan en falta es su propia infancia o adolescencia. Esto último lo entiendo. De la misma manera que al decir «mi tierra» uno no alude a una mera ubicación geográfica, sino a una en la que ha vivido y en la que por tanto cada calle y paisaje lleva adherido un recuerdo que le otorga resonancias legendarias («en aquel garito me pasó que…», «en aquella salida de metro quedé con…») respecto a la ubicación temporal ocurre algo semejante, llevándonos a entrelazar nuestra peripecia particular con los acontecimientos colectivos, a la manera en que los protagonistas de Casablanca decían aquello de que el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.  


Vale, hasta ahí bien. Pero más allá de la mera subjetividad de cada uno sí sería acertado convenir que no todos los lugares son marcos incomparables ni todas las décadas prodigiosas. Y la de los 90, analizada con un mínimo de apego a la realidad, nos salió para echarla a los gorrinos.


Desmantelamiento


En primer lugar, durante sus 6 años centrales el paro se situó por encima del 20% y máximos del 24%. Fue un periodo marcado por la crisis económica que, de nuevo, no provino del espacio, sino que respondía a un problema estructural previo. Tras la muerte de Franco y como parte de la «apertura al mundo» y «modernización» que nos trajo drásticos cambios económicos y culturales, el ingreso en la por entonces llamada Comunidad Económica Europea exigió un proceso de privatización y desmantelamiento de la industria pública franquista durante finales de los 70 y comienzos de los 80. De manera que para los 90 nos quedamos con el mango y cuatro varillas del paraguas en mitad de la tormenta. Ya se encargarían en otros países de fabricar cosas, que a nosotros nos tocaba el turismo y, ya en los años siguientes, la burbuja inmobiliaria que terminó estallando con los resultados ya conocidos…


Junto a ese desmantelamiento económico, por aquellos años estaba ya encarrilado y a toda máquina otro, el nacional. Según la narrativa oficial la España franquista había sido una piñata que ahora debía eclosionar para liberar a las identidades regionales oprimidas en su seno, en un proceso de descentralización autonómica que era visto por todo el espectro político de los años 90 como un «avance». Ahora sabemos ya hacia qué precipicio. Tras ganar las elecciones en 1996 a lomos de escándalos de corrupción socialista, pero sin mayoría absoluta, Aznar blindó el Cupo Vasco y concedió nuevas competencias para lograr el apoyo del PNV, lo que llevó a proclamar a un henchido Arzalluz: «He conseguido más en 14 días con Aznar que en 13 años con Felipe González». En paralelo se alcanzó otro acuerdo con Jordi Pujol, momento en el que el presidente popular anunció al mundo que hablaba catalán en la intimidad, así como se deshizo en elogios hacia la política lingüística y el «sentido de Estado» del dirigente catalán (lo que llegaríamos a saber luego de él, Dios Santo…), comprándole de paso todo su discurso: «He considerado siempre a Cataluña como uno de los países, de las comunidades más ricas de nuestro Estado, que aporta más de lo que recibe en términos de inversión». Así que Cataluña es un país, España es «el Estado» y había un agravio fiscal del segundo al primero. Para rematar la faena de paso le añadió el habermasiano «patriotismo constitucional» que citó con profusión en sus discursos, por el que nuestra identidad y pertenencia no se debían a una nación con siglos de historia, sino a la Carta Magna. El equivalente en el terreno patriótico-sentimental a sustituir el consumo de carne por el de insectos.


Estas cuestiones de los nacionalismos periféricos nos aproximan al que tal vez fue el elemento más determinante de la vida pública española en los años 90: el terrorismo de ETA. Recordemos el sobresalto con el que los informativos abrían con cada nuevo atentado; la cadencia inexorable con la que se cometían sin que nada pareciera capaz de detenerlos, semana tras semana, año tras año; la percepción de que por momentos era un exterminio cuando pasaron a centrarse en concejales del PP y del PSOE (se dieron casos en los que el sustituto de uno ya asesinado también pasó a serlo, tras ser sistemáticamente acosado de todas las maneras imaginables); estaban también aquella clase de atentados que por su naturaleza causaban una mayor conmoción colectiva, bien por ser figuras conocidas como Gregorio Ordóñez o por las circunstancias especiales en que se produjeron, como Miguel Ángel Blanco; todo ello, en suma, hizo de aquellos años un periodo angustioso, sombrío, donde se sucedían las noticias terribles sin que hubiera esperanza en el futuro que las hiciera soportables.


Al fin y al cabo, el ritual público con el que se respondía a cada muerte no dejaba de ser una repetitiva sucesión de declaraciones y lemas huecos sobre la democracia, la convivencia y la paz. Parecía que importase más atemperar la reacción popular, manteniéndola en un estado de indefensión continuada, de mansedumbre dentro de los estrechos límites de la consigna… Esto es algo que se hizo palpable particularmente en el caso del mencionado concejal de Ermua. Cuatro días exactos duraron los asedios a las herriko tabernas y lo sé porque estuve allí. Atisbamos fugazmente una posibilidad real de cambiar las cosas allá por 1997 y casi de inmediato todo volvió a la desangelada monotonía de los años previos. Ésa que ahora se recuerda con añoranza.


De Sarajevo a los muebles de salón


En lo que respecta al contexto internacional, la caída del Muro de Berlín y la descomposición de la URSS con la que comenzó la década de nuestro análisis dieron pie a una euforia por el triunfo de la democracia capitalista y un alivio ante el final de la Guerra Fría sorprendentemente breves. Quizá por el vacío ante la ausencia de propósito o porque de inmediato se sucedieron diversos conflictos en el mundo a cada cual más atroz, entre los que destacar las interminables guerras yugoslavas. Como corresponsal en ellas se apareció en nuestras vidas Pérez Reverte y desde entonces ya no se iría jamás (si éste no es el argumento definitivo en favor de mi tesis, yo ya no sé…). En aquel contexto fue muy significativo, también, el bombardeo estadounidense de Belgrado sin autorización de la ONU, que luego daría lugar a la instalación en Kosovo de su mayor base militar desde Vietnam y supuso uno de los ejemplos paradigmáticos del nuevo orden unipolar fundado en aquella década. Una vez más, los 90 son nuestro presente, allí empezaron a germinar los problemas actuales.


Eso es algo que también ocurre en otro asunto frecuentemente citado para reivindicar aquella década como una arcadia frente a la decadencia que nos rodea: la cuestión de la inmigración. Cerrada la industria, los sectores productivos que quedaban, como la agricultura en unas zonas, el turismo en otras y el naciente boom de la construcción en todas, por su bajo valor añadido requerían mano de obra barata. No fueron progres de pelo azul los que abrieron las fronteras —aunque hicieran su papel de tontos útiles—, pues la primera legislatura de Aznar más que duplicó el número de inmigrantes. En el 2000 (estrictamente, aún el siglo XX) tuvo lugar la mayor tasa de regularización de inmigrantes que se haya dado nunca en España, aprobándose el 97% de las solicitudes. Si le añadimos la nueva Ley de Extranjería aprobada aquel año y la aplicación del Espacio Schengen desde 1995, que abolió los controles fronterizos entre varios países europeos, todo ello terminó de configurar el paisanaje que ahora es habitual en nuestras calles.   


Por entonces ya pudieron utilizar el argumento que ya nos es tan familiar de que es necesario traer gente de fuera porque aquí no se tienen niños. En 1996 se alcanzó un valle de nacimientos que suponía en torno a la mitad de 1976 y que no se igualaría hasta el año 2018. Influyó sin duda la mencionada crisis, pero los valores y la cultura dominante en aquellos años ya eran los actuales. Cualquier esquema mental que pretenda atribuir a los 90, tal como me han llegado a decir, algo así como la sana tradición frente a la posmodernidad degenerada posterior, es puramente ilusorio ¡Eran los años de Pastis & Buenri! Recordemos que el grupo Prisa tenía un poder hegemónico en el ámbito cultural y mediático, las Spice Girls reivindicaban el «girl power» y películas como Thelma & Louise ya nos arengaban sobre la urgencia de emanciparnos del patriarcado, mientras que programas como Crónicas Marcianas se especializaron en mostrar una colección de personajes con toda clase de anomalías físicas y mentales para que la audiencia se riera de ellos. Para colmo de males esa televisión que veíamos acostumbraba a estar situada en el mueble aspiracional de todas las Charos y sus maridos Pacos que en el mundo han sido: el mueble de salón. Armatoste cuya misión era causar buena impresión en las visitas, mostrando vajilla «de lujo» que nunca se utilizaba, un ecléctico conjunto de adornos y recuerdos de vacaciones, así como enciclopedias y colecciones de libros que jamás fueron abiertos.


Pero no todo fue malo…


En conclusión, no sé cómo España pudo atravesar semejante cuello de botella, francamente. Rememorar aquella década va pareciéndose a aquella escena de los Monty Python: «En esa caja de zapatos vivíamos… ¡y qué felices éramos!». Es de justicia, sin embargo, señalar la excepción: el cine de Hollywood. Dios aprieta, pero no ahoga. Tenía una característica que lo distingue del actual y es que estaba conformado por distintos géneros: comedia, terror, cine policíaco, histórico… No eran todo superhéroes y sus hazañas. El CGI aún no había arruinado los efectos especiales, de forma que lo que veíamos en pantalla parecía real, y las historias que se contaban además de interesantes y audaces eran originales, no secuelas, precuelas, reboots y spinoffs. Son películas que siguen permaneciendo frescas y viéndose tres décadas después con más atención que casi todo lo posterior: Pulp Fiction, Seven, Cadena perpetua, Matrix, Forrest Gump…  Aun así, no me atrevería a decir que esto compensa todo lo expuesto en las líneas anteriores.


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domingo, 22 de diciembre de 2024

Hiperliberalismo. La última obra de John Gray y el regreso a una feliz era de tinieblas


John Gray


Javier Bilbao


«Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los negros mares de la infinitud, y no hemos sido concebidos para viajar muy lejos. Las ciencias, cada una de las cuales avanza en su propia dirección, apenas nos han afectado hasta el momento, pero algún día la conjunción de esos conocimientos disociados abrirá unos panoramas tan aterradores de la realidad, y de nuestra espantosa posición en su seno, que bien la revelación nos hará enloquecer, bien huiremos de esa luz letal para refugiarnos en la paz y la seguridad de una nueva era de tinieblas».    


La llamada de Cthulhu, magistral hasta la última página, tiene un comienzo capaz de hacer arder por combustión espontánea a cualquier —disculpen la redundancia— ilustrado pinkeriano, masonazo de Zenda y progresista prisaico: la luz es letal (deadly), una nueva era de tinieblas ofrecería un refugio de paz y seguridad, mientras que la ciencia abre ante nosotros un futuro aterrador. Vale, Lovecraft, has logrado captar nuestra atención, esto se sale del menú habitual. Hay una serie de construcciones lingüísticas en el ámbito público repetidas con tanto ahínco que al final van creando campos semánticos intercomunicados: el periodista o político de turno pronuncia una palabra acusatoria a modo de conjuro y de ella cuelga toda una ristra de significados donde uno acabará enredado sin posibilidad de escape. Ahí tenemos a un cargo del PP que hace unos días para descalificar una propuesta sobre vivienda la tildaba de «franquista», ante lo que alguien con la mirada limpia se preguntaría «¿Entonces es buena o mala?». Pero como ya nos conocemos todos entonces de «franquismo» cuelga irremediablemente «pasado/tinieblas/superstición/rosarios/blanco y negro/Los santos inocentes/tricornio y bigote/desolación/barbarie/sopa de ajo».


Cuesta romper esa cadena de significantes porque pueden estar más en la cabeza del receptor que del emisor. Algo parecido ocurre con lo que narra la Biblia sobre la tribu de Efraín, cuando huían cruzando el río Jordán y sus enemigos en los puestos de control, para identificarlos, les pedían pronunciar la palabra espiga (shibboleth) para comprobar su acento y decidir entonces si merecían vivir.Los shibboleths —o chiboletes, tradujo Unamuno— son desde entonces palabras o expresiones que revelan el grupo de pertenencia de quien las profiere, sea éste consciente de ello o no. Si dice «ni que sea» estamos ante un catalán, por mucho que trate de disimular el acento; si escribe «demigrante» estamos ante un forocochero y si pronuncia enfáticamente «libertad», convertida en fetiche y paradigma, estamos ante un occidental en el ocaso de su civilización. Al menos eso es lo que nos cuenta el veterano filósofo británico John Gray, alguien que ya en 1989 desmintió a Fukuyama («la historia no dibuja ninguna trayectoria definible, ni a la larga ni a la corta») antes de que los propios acontecimientos lo hicieran y que ahora acaba de publicar Los nuevos leviatanes: reflexiones para después del liberalismo. Como el título insinúa es una relectura de Hobbes («un liberal, tal vez el único al que todavía valga la pena leer», nos dice) a la luz de la agitada geopolítica contemporánea y de la inexorable deriva de los Estados liberales hacia otra cosa distinta: unos leviatanes que han mutado tanto que ya no es taxonómicamente apropiado incluirlos en la misma especie. Convertidos en ingenieros de almas, no aspiran ya a tener el monopolio de la violencia, sino el de la verdad.


Es una obra por tanto centrada en las definiciones, de ahí que preste singular atención a su teoría del lenguaje, «con la que nos enseña que los seres humanos se dejan poseer por las palabras. Este otro Hobbes puede ayudarnos a comprender por qué la civilización liberal ha pasado a mejor vida». Una lengua es una herramienta formidable que trae consigo la maldición de llevarnos a habitar un mundo imaginario donde «las palabras se van volviendo más reales que las cosas», por ello «Hobbes creía que la humanidad podía escapar del hechizo del lenguaje construyendo definiciones claras de las palabras». Quizá ni por esas, pero habrá que intentarlo…  


Una de esas palabras a la que presta particular atención es aquella por la que tantos crímenes se han cometido en su nombre, como observó Madame Roland antes de morir guillotinada por un régimen que deificó tres de ellas. Hablamos de libertad y, en consecuencia, de liberalismo. Nos explica Gray, «el Occidente liberal está poseído por la idea de libertad. Cualquier freno a la voluntad humana es condenado como un modo de represión. Si unos seres humanos infligen daño a otros, es porque la sociedad los ha perjudicado a ellos primero. Cuando se corrijan esas injusticias, todos podrán vivir como gusten tras haber creado el mundo en el que desean vivir. Pero, paradójicamente, para que esa libertad pueda ser efectiva, es preciso vigilar y controlar todos los aspectos de la vida. El lenguaje debe depurarse de todo rastro de crimen de pensamiento. La mente debe dejar de ser un terreno privado y someterse a un escrutinio que detecte los sesgos y errores que en ella se ocultan. Como ya vaticinara Dostoyevski en Los demonios, la lógica de la libertad ilimitada es el despotismo ilimitado».


Al arrancar esa flor para apropiarnos de su belleza termina marchitándose en nuestros dedos, puesto que «en los Estados occidentales cautivados hoy por una versión hiperbólica del liberalismo hay también otro experimento en marcha. El proyecto hiperliberal consiste en emancipar a los seres humanos de las identidades heredadas. La idea es que las personas deben ser libres para hacerse a sí mismas como deseen.(…) la autodeterminación individual sin límites es una fantasía. Los seres humanos no pueden crear sus vidas de la nada, pero sí pueden destruir la vida que tienen y quedarse sin nada».


La creencia de que cada uno de nosotros somos hijos de Dios, portadores de un aliento divino, trascedentes a cualquier poder terrenal, habría vertebrado el liberalismo en su primacía del individuo e igualdad intrínseca, así como su universalismo. Mientras que la creencia en la constante perfectibilidad de las instituciones humanas es un correlato de la historia humana vista como un pecado original seguido de redención. Pero de igual manera, nos dice, la agenda progresista, lo woke, lejos de ser una variante del marxismo, no es sino liberalismo hipertrofiado. Uno que es heredero del cristianismo, pero que al quitarse el corsé de sus dogmas se ha quedado en masa gelatinosa al que ha bautizado como hiperliberalismo: «El mundo pagano admiraba el poder y la gloria; los débiles contaban muy poco o nada. El cristianismo dio la vuelta a los valores del paganismo. Un ser humano derrotado en una cruz se convirtió en símbolo del amor de Dios por los desvalidos y en garantía de la salvación de estos. El mundo sería redimido por el sacrificio de Dios. Este mensaje cristiano enardeció tanto a los movimientos milenaristas de la época medieval como a los revolucionarios laicos del siglo XX. Formó también la base del liberalismo clásico y es el que inspira a los hiperliberales de hoy en día. En los movimientos woke, la condición de víctima confiere autoridad moral, al igual que en el cristianismo (…) Como en su día hiciera la Ilustración cuando proyectó levantar su particular ciudad de Dios sobre la Tierra, el hiperliberalismo vehicula hoy las esperanzas cristianas en un mundo nuevo. La religión y la filosofía paganas no ofrecían tales esperanzas. La sabiduría residía en la aceptación del mundo».


¿Qué es lo que tenemos entonces? Una herejía que no parece consciente de serlo y que, abandonada cualquier otra referencia, entroniza al individuo, su libertad, ego y deseo, sin comprender algo fundamental que se ha perdido por el camino: «Hobbes creía que los seres humanos necesitaban de limitación tanto como de libertad. Ése era el mensaje del cristianismo: la humanidad pecadora debe vivir con arreglo a la guía divina. Esa necesidad de restricción se reconocía ya en la mitología griega, antes de la era cristiana. El encadenamiento de Prometeo es la respuesta justa a su arrogancia. Ésa es también la moraleja del relato de Job, en el que la rebelión contra Dios termina en sometimiento a la autoridad divina». Así que no es cuestión de tirar al niño junto con el agua sucia, no se trata de negar el liberalismo de raíz sino de tantear sus límites (¿no es acaso una doctrina entusiasta de los equilibrios y contrapesos? ¿por qué es comedida y centrista en todo salvo en sí misma, considerándose absoluta?). Pues bien, eso es lo que hace John Gray en esta obra, donde también repasa una serie de pensadores «extrañados», que diría Freire, principalmente rusos, ignorados o perseguidos a lo largo del siglo XIX y XX.


Veamos entonces, para concluir, en qué puede traducirse todo lo anterior en nuestro contexto más inmediato… ¿No es la catastrófica caída de la natalidad fruto, al menos en parte, del cambio cultural liberal? ¿Del moderno temor a los lazos familiares, a las cargas y responsabilidades que trae consigo la paternidad, del miedo del sujeto, en definitiva, a perder la libertad? Todo aquello que entra en el campo semántico de la familia (tradición, linaje, estabilidad, comunidad, arraigo, compromiso, dependencia…) resulta escasamente compatible con los valores contemporáneos ensalzados en la publicidad, la cultura pop y los medios acerca del paradigma ético al que al parecer debemos aspirar como consumidores, trabajadores y, en definitiva, como ciudadanos (individualismo, hedonismo, flexibilidad, promiscuidad, reinvención de uno mismo, desarraigo…). Tampoco la libertad como principio supremo y exclusivo parece bien avenida con la continuidad de la Nación que requiere un nosotros frente al yo, unidad frente a la autodeterminación disgregadora, fronteras frente a la libre circulación de bienes y personas, y un legado del pasado frente al anhelo emancipador y autofundante. Por tanto, solo cabe concluir con aquel grito castizo de «¡vivan las cadenas!» y que se cierna sobre nosotros la nueva era de tinieblas augurada por Lovecraft.


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sábado, 19 de octubre de 2024

La nación según De Gaulle



Javier Bilbao


Imaginemos acudir a un partido de fútbol en el que se nos permitiera abuchear al rival y señalar airadamente cada una de sus faltas, reales o imaginarias, pero en cuanto tomase el balón nuestro equipo sólo cupiera mantener el estricto silencio de quien observa una partida de ajedrez, ah, y nada de agitar banderolas o lucir camisetas con sus colores, no fueran a tomarnos por hinchas energúmenos. Pues bien, ya podrán hacerlo bien los jugadores sobre el terreno, porque tal partido difícilmente se ganará en esas gradas de semejantes pechofríos… Algo así podría decirse que ha sido el debate público en España durante las últimas décadas en torno al separatismo. Los proyectos secesionistas acaparaban el término «nacionalismo» y sobre él se echaban sapos y culebras asociándolo a los fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX (en realidad ha habido nacionalismo desde hace siglos y en todo el planeta), mientras lo que se podía oponer a ellos era la UE, la ciudadanía, la Constitución, el cosmopolitismo… y por supuesto una abundante provisión de citas célebres, siendo una de las más recurridas por políticos y periodistas aquella de Charles de Gaulle: «Patriotismo es amar a tu país, nacionalismo es odiar a los otros». Hay que reconocer que al menos rescata aquí el patriotismo, aunque sería engañoso situarlo en un campo semántico diferente al del nacionalismo. En realidad, el propio De Gaulle fue un notorio y perseverante nacionalista; lo fue toda su vida y en diferentes contextos. Si acercamos el foco a su biografía y su acción política tal vez podamos sacar algo más provechoso que aquella frase. Vamos a ello.


Nació en 1891 en una ciudad del norte de Francia tan próxima a la frontera con Bélgica que su familia, hondamente católica, lo envió allí en el contexto fuertemente anticlerical de las primeras décadas de la Tercera República para que pudiera estudiar en un colegio católico. Esa formación influyó notablemente en su carácter y valores, que mantendría el resto de su vida, como al hablar de su querida hija con síndrome de Down («una gracia de Dios en mi vida. Me ayuda a permanecer en la modestia de los límites y las impotencias humanas. Me guarda en la seguridad de la obediencia a la soberana voluntad de Dios. Me ayuda a creer en el sentido y en la finalidad de nuestras vidas, en esa casa del Padre donde mi hija Anne encontrará finalmente toda su estatura y toda su felicidad») y haría posible que como presidente pudiera reconciliar a la Iglesia con el Estado francés, sin renunciar a la laicidad de éste. Probablemente también influyó en la trascendental amistad que mantuvo con su correligionario Adenauer.


De su familia también adquirió un gran interés por la historia, que le llevaría más adelante a entender la actividad política con una perspectiva que abarcaba siglos, más allá de las disputas efímeras y la gestión cotidiana. Posteriormente volveremos a esto. Vinculado a la historia, concretamente a la guerra de 1870, surgió también su interés por desarrollar una carrera militar. Ingresó en la Escuela Militar de Saint-Cyr y allí, según cuenta el historiador Pablo Pérez López se articula su idea de lo que es una nación: un «mito» que hay que entender como «un acto de solidaridad viva con raíces históricas», basándose en autores franceses como Renan, pero también en otros como Goethe. De manera que la concepción alemana del nacionalismo dejaría huella en él. Fue allá también donde pudo desarrollar su patriotismo, concepto este que más allá de lo que diga nuestro protagonista podemos entender genéricamente como la lealtad del individuo a su tribu. Sentido del deber y hasta del sacrificio que pudo aplicar por primera vez en la Primera Guerra Mundial como combatiente y luego como prisionero, pues intentó fugarse en cinco ocasiones. Le faltó acierto, pero de voluntad iba sobrado.  


Posteriormente, De Gaulle fue enviado a Polonia a combatir logrando grandes reconocimientos y a su regreso se convierte en profesor de historia militar, aunando así sus dos pasiones. Durante los años de entreguerras trabó amistad con Petáin aunque luego se distanciaron, en parte porque se convirtió en un abanderado de la guerra mecanizada que desdeñaba la Línea Maginot como algo anticuado. Tras la fulminante derrota francesa se exilió a Londres el 17 de junio de 1940 y al día siguiente ya estaba arengando a sus compatriotas desde la BBC. Sus discursos fueron sucediéndose (como éste, ya con imagen) de tal manera que fue labrándose un prestigio como líder, aunque a menudo menospreciado por los gobiernos inglés y norteamericano —no así Stalin, a quien acudió en busca de apoyo—, lo cual tendría consecuencias en su futuro posicionamiento durante la Guerra Fría. En esos años, señala Ian Kershaw en Personalidad y poder, fue cuando con muy pocos recursos fue capaz de construir su propio mito y el de la «Francia libre» al que estaba indisolublemente vinculado. Francia no había sido derrotada ni ocupada —quiso hacer creer a quien le oyera— sino que aún permanecía luchando siquiera de manera simbólica y llegaría a liberarse a sí misma: una fantasía que termina materializándose (al menos en parte) a base de ser repetida y asimilada por muchos. Ésa es la magia del poder. El ejercicio de prestidigitación fue tan prodigioso que Francia logró una zona de ocupación en la derrotada Alemania y un asiento en el recién creado Consejo de Seguridad de la ONU.


Una vez de vuelta en Francia, De Gaulle fue proclamado presidente del Gobierno provisional, sin embargo él estaba para hacer historia y no para bregarse en las disputas partidistas de un sistema demasiado sujeto al parlamentarismo y sus frágiles mayorías. Así que presentó su dimisión en 1946, a la espera de tiempos más propicios que permitieran su vuelta al poder en un régimen más estable que privilegiase, como él quería, el liderazgo del presidente. Su olfato de nuevo estuvo afinado porque en esa IV República recién estrenada que duró hasta 1958 hubo nada menos que 22 gobiernos, algunos no duraron ni una semana. Eso, unido a la guerra de independencia de Argelia (que ya tratamos aquí ) lograron traerlo de vuelta con un apoyo masivo que le permitió proclamar la V República, con un presidente escogido por elección directa (garantizando así la separación entre el legislativo y el ejecutivo, a diferencia del caso español) y con el territorio argelino ya escindido.


Porque De Gaulle, como buen nacionalista, no era imperialista. Sabía que la realidad cultural, demográfica, histórica de la metrópoli europea no era la misma que la del norte de África, aunque el universalismo abstracto republicano fingiese (sin mucho esfuerzo, hay que añadir) que todos eran ciudadanos en igualdad. Por eso favoreció el proceso de descolonización tanto francés como de otras potencias. Cuando se reunió con Kennedy, por ejemplo, la primera frase que le dirigió fue «¿Y ustedes por qué no se van de Vietnam?». Tal vez le hubiera hecho caso, según ciertos indicios, pero su asesinato posterior trajo consigo la total implicación estadounidense en aquella guerra.


Para De Gaulle existían las naciones como protagonistas de la historia. Por ello, aunque fue artífice de los primeros pasos de la construcción europea, siempre reclamó una Europa de las patrias sin un poder supraestatal que las sojuzgase. También, por la misma razón, solía referirse a la URSS llamándola Rusia, pues consideraba el comunismo una doctrina pasajera que aquel país «se bebería como el borracho la tinta», de ahí que no dudara primero en acudir a Stalin pidiendo ayuda en la II Guerra Mundial como antes hemos señalado, así como a buscar ahora una tercera vía durante la Guerra Fría con la vista puesta en una alianza a largo plazo entre Rusia y el continente europeo (es decir, lo opuesto a la tradicional geopolítica angloamericana de Mackinder y Brzezinski). Como dijo en cierta ocasión, «no es el vodka el que está conquistando el mundo, sino el whisky». No olvidaba los agravios. Aquella búsqueda le llevó a dotar a Francia de armamento nuclear para garantizar su independencia, a retirarse del mando militar de la OTAN, a reconocer a la China comunista antes que cualquier otro país occidental y a realizar una gira por Hispanoamérica. Es significativo que al recalar en Argentina el peronismo —con su líder ya exiliado— lo acogiera al grito de «De Gaulle y Perón, tercera posición”, y es que el marido de Evita los había emplazado desde España así: «Recíbanlo como si fuera yo».


En conclusión: a la política de bloques y poderes supranacionales antepuso siempre la independencia y el interés nacional de Francia. En eso consiste, entre otras cosas, ser nacionalista y no en aquello de «odiar a los otros», mal que le pese.




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jueves, 18 de julio de 2024

La estrategia húngara o cómo la batalla afila la espada (Se publica en España el libro de Balázs Orbán)


Achmed Sukarno


Javier Bilbao


Se cuenta que Sukarno, presidente de Indonesia en una época y lugar de particular tensión dentro de la Guerra Fría, era un objetivo de considerable interés tanto para la CIA como para la KGB. Ambas agencias anhelaban someterlo de una u otra forma a sus directrices, así que los últimos, conocedores de la fama de mujeriego que arrastraba, tuvieron la feliz idea —para él, al menos— de infiltrar a una espía como azafata para acostarse con él y grabar el encuentro. Una vez consumado el acto, se reunieron con Sukarno para mostrarle las imágenes que pretendían hacer públicas si no accedía a su chantaje, pero él, lejos de sentirse avergonzado, les pidió una copia para su disfrute personal. No habían tenido en cuenta que practicaba la poligamia (era musulmán) y que en su entorno social tales revelaciones no habrían erosionado en absoluto su prestigio, pues muy al contrario él solía jactarse abiertamente de sus conquistas. Misión fallida.


Esta anécdota resulta ilustrativa acerca de los malentendidos culturales y de la dificultad de exportar de un país a otro una ideología o sistema de valores y es, también, la que usa Balázs Orbán como ejemplo que explica el núcleo de su obra La estrategia húngara, recién traducida al español. Se trata nada menos que del director político del primer ministro Viktor Orbán y viceministro de Estado, alguien plenamente cualificado por tanto para describir las guías fundamentales y objetivos a largo plazo del Gobierno de un país que ha conocido durante demasiados años la subordinación a potencias e imperios, la imposición de doctrinas ajenas a su propia tradición cultural y que, por todo ello, es ahora particularmente celoso de su independencia y soberanía.


La receta que nos muestra, por paradójico que resulte, es que no la hay. No existe un conjunto de reglas común para todos los países para alcanzar el buen gobierno, de tal manera que cada uno lo mejor que puede hacer es indagar en su propia historia y adaptar lo que venga de fuera a su propia idiosincrasia; como expresó un académico de aquellos lares, «emplea cada piedra útil del viejo edificio cuando vayas a construir el nuevo».  Así que eso es lo que hace Balázs, recorrer los mil años de historia de un país fundado por Esteban I que precisamente dejó escrito: «¿Qué griegos gobernaron romanos por métodos griegos? ¿Qué romanos gobernaron griegos por métodos latinos? Ninguno. Por tanto, sigue mis hábitos y podrás ser el primero entre tus pares, y así ganar el aplauso entre los extranjeros».


Un sucesor suyo, Andrés II, sancionó en 1222 la Bula de Oro, un texto constitucional que limitaba el poder real, otorgando ciertos derechos a la nobleza y asentando la idea de que un Estado fuerte no tiene por qué ser autoritario. Ese bagaje legal iría tomando forma en lo que se conoce como Szent Korona-tan o Precepto de la Santa Corona (también llamada Corona de San Esteban, en honor al citado fundador), cuyo principio esencial es que el poder no está encarnado en el rey, sino en la corona. Lo que establece una sutil pero importante diferencia, nos explica Orbán: «el rey meramente ejerce ese poder y no lo hace solo, en su lugar él rige de acuerdo con la nación, como una parte equiparable. De hecho, ningún rey tenía la autoridad para alterar las leyes de la Santa Corona ni para quebrarlas. Ese fue el imperio de la ley en la Hungría medieval». 


Como puente entre la Edad Media y el Renacimiento llegaría después el rey Matías Corvino, una figura fundamental en la sedimentación de la conciencia colectiva húngara: si Esteban I fue su Isabel la Católica, él sería su Felipe II. Modernizó el Estado, patrocinó las artes convirtiendo su corte en un centro renacentista fuera de Italia y, sobre todo, convirtió a Hungría en el mayor poder centroeuropeo con sus conquistas militares, en cuyo despliegue, dice el autor, «quedó atrapado en uno de los motivos recurrentes de la historia húngara: temió al Este pero terminó combatiendo al Oeste». Tras él, en 1526, llegaría la debacle con una derrota ante los turcos, que terminarían ocupando Buda (la ciudad que luego unificándose a otras dos mutó en la actual capital, Budapest) y se convirtieron en la primera potencia extranjera en ocupar la cuenca cárpata… Algo que se volvería fastidiosamente recurrente. El siglo XX resultó particularmente calamitoso para el país, con una efímera República Soviética Húngara en 1919 que apenas duró cuatro meses, posteriormente cayó en la órbita del Tercer Reich y, saliendo del fuego para caer en las brasas, este fue sucedido por la ocupación soviética.


Bajo ella tuvo lugar un episodio de insubordinación nacional de considerable impacto mundial para un país de apenas diez millones de habitantes, la Revolución de 1956, sobre cuyos antecedentes y contexto servidor escribió hace unos años este texto que modestamente les recomiendo. Como un volcán con las laderas cubiertas de nieve, el anhelo húngaro de soberanía siempre está presto a hacerse notar aún en las circunstancias más adversas. Ahí tenemos todo un ejemplo a seguir. Aunque no llegaron a liberarse del yugo soviético sí se pudo dar paso a un socialismo a la húngara conocido como kádárismo por János Kádár, cuyo régimen fue más flexible a las demandas populares. Incluso se permitieron viajes a países occidentales, detalle este que décadas después se volvería trascendental en los días que precedieron a la caída del Muro de Berlín. Hungría terminó saliéndose con la suya al darle la puntilla a la URSS.


No obstante, los años 90 trajeron consigo lo que Orbán denomina «transitólogos» (la española devoción a la Transición puede encontrar aquí cierto paralelismo), teóricos liberales que padecían en común con el marxismo su querencia por aplicar una receta sin importar el bagaje cultural e historia del país receptor, ambos inmersos en la creencia de un Progreso ineluctable que culminará en un régimen que supondrá el fin de la historia. Los países del Este debían imitar en todos los aspectos a los occidentales y no había nada más que hablar, la hoja de ruta estaba marcada. Pero el siglo XXI comenzó con unos atentados, nos dice nuestro autor, que mostraron cómo no todo el planeta anhelaba los valores liberales hegemónicos; fueron seguidos de una crisis económica que cuestionó los fundamentos mismos del sistema y, como remate, en 2016, con el Brexit y Trump, la población del epicentro de eso que se denomina Occidente se rebeló queriendo desandar lo que consideraban un camino equivocado.


En este contexto de un mundo que evoluciona del liberalismo al posliberalismo, del unipolarismo al multipolarismo, de la globalización/globalismo a la soberanía recuperada de los Estados nación llega al poder Victor Orbán, en 2010, hasta hoy, decidido a no sustituir la órbita de un imperio por la de otro, sino a oscilar e intermediar entre los poderes mundiales priorizando sus intereses nacionales. Y con él los países del Este, particularmente Hungría, han pasado de seguir la moda a protagonizarla, de ser sujetos sufrientes de la historia a tomar las riendas, pues concluye Balázs Orbán, retomando aquella enseñanza de Esteban I, «el completo trasplante que no se esfuerza en adaptar el nuevo sistema a las peculiaridades del país está condenado a fracasar».


Lo cual significa en el caso húngaro constatar las raíces cristianas como fundamento del país, así como las instituciones legales y administrativas que lo caracterizan desde hace un milenio y preservan la libertad a sus ciudadanos, reivindicar las fronteras, el nacionalismo y el Estado-nación que este conforma como «la formulación política más exitosa de la historia de la humanidad» y, finalmente, reconocer a la familia, según el prefacio de una ley que cita aprobada en su país, como «la unidad básica de la sociedad, garantía de la supervivencia de la nación, medio natural de desarrollo de la personalidad humana que debe ser respetada por el Estado. El terreno sólido para el establecimiento de la familia es el matrimonio (…) no hay desarrollo sostenible ni crecimiento económico sin el nacimiento de niños y la extensión de las familias». Esa es, a grandes rasgos, la estrategia húngara. No parece que les esté yendo mal.


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viernes, 12 de julio de 2024

Criaturas extintas: del dodo a los críticos de cine

Lo que ha hecho internet es destruir la crítica cinematográfica. Yo nunca habría adivinado que la profesión de crítico cinematográfico seguiría el camino del pájaro dodo



Javier Bilbao


En la adaptación de la obra de Balzac Las ilusiones perdidas, estrenada en 2021, vemos a un joven poeta de provincias que se traslada a París cargado de ambiciones y una vez allí, para salir adelante, comienza a escribir reseñas teatrales en un periódico. Su candidez de primerizo queda reducida a añicos a medida que va iniciándose con creciente cinismo en las (malas) artes de su oficio: nada importa la calidad de la obra teatral, ni el talento de los intérpretes, no hay mérito que juzgar pues todo se valorará en función de que los productores sobornen al medio comprándole espacios publicitarios en sus páginas —de qué nos sonará esto— o directamente al crítico teatral, bien para que valore positivamente la propia obra o se ensañe con las rivales. Imbuido de ese mezquino poder y del lucro que genera, el protagonista termina bautizándose con champán en una celebración junto a sus compañeros de profesión (o deberíamos decir, a estas alturas, compinches), que ya lo adoptan como uno más: «en el nombre de la mala fe, los falsos rumores y la publicidad… ¡Yo te nombro periodista!».  


La película es una excelente recreación de la época —eso se le da muy bien al cine francés—, aunque tampoco disimula su empeño en trazar paralelismos con nuestro tiempo. ¿Siguen entonces las cosas así hoy día? Sobre las corruptelas periodísticas no hará falta explayarme porque el lector ya tendrá sobrados ejemplos y una visión general ya configurada, así que dejemos las preguntas retóricas y centrémonos mejor en el ámbito del crítico cultural, más concretamente el cinematográfico ¿Continúan siendo así de turbios? Servidor escribió durante unos años en un medio cultural y asistió a algunos preestrenos y presentaciones: no vi sobornos explícitos (a lo mejor fui el único pardillo), sí abundan las invitaciones y agasajos variados que no exigen formalmente nada a cambio, pero la gratitud íntima puede ser traicionera… Por suerte tuve la libertad de resolver la papeleta reseñando únicamente aquellas películas que me gustaron, aunque pude percibir en general la dificultad de mantenerse a flote si uno dice realmente lo que piensa: puede que prescindan de sus colaboraciones en este o aquel medio, que dejen de invitarlo a los eventos, de quedarse, en suma, fuera de juego…


Así que no es de extrañar que ante un sistema que golpea al clavo que sobresale se acabe conformando una mente-colmena de críticos que terminan sabiendo qué charcos no pisar y qué aplaudir, aunque no lo merezca. Lo realmente decisivo es que, desde hace unos años, buena parte del público también se ha dado cuenta de esto. En particular porque ahora tiene a su alcance otras voces en internet con las que compararlos. La consecuencia es el imparable descrédito en el que han caído los críticos adscritos a los medios, situación resumida por Tarantino: «lo que ha hecho internet es destruir la crítica cinematográfica. Yo nunca habría adivinado que la profesión de crítico cinematográfico seguiría el camino del pájaro dodo». Quizá por ello su último proyecto anunciado antes de retirarse, The Movie Critic, haya sido finalmente cancelado, ni como reliquias de otra era parecen interesar ya… ¿Entonces qué opiniones nos resultan ahora relevantes a la hora de escoger qué producción merece nuestro tiempo? Dado que el fenómeno del astroturfing ha ganado relevancia en los últimos años, se diría que las que leemos en redes sociales… Aunque puedan manipularse por estudios y distribuidoras, práctica a la que ese término alude, fingiendo un clamor popular que no es tal.  Pero más allá de esto, lo que estamos viendo en los últimos años es un curioso intercambio de papeles entre gremios opuestos.


Por un lado, las estrellas de cine están dejando de serlo. Han perdido su aura, quizá porque ahora con los móviles que los fotografían en cualquier contexto y las redes sociales nos resultan demasiado cercanos —Walter Benjamin tendría para otro ensayo—, también porque han devenido en criaturas intercambiables, estandarizadas, de tal manera que apenas sirven como reclamo para atraer al público. Sí, Tom Cruise lo es, todo un fenómeno convirtiendo en oro cada cinta en la que aparece, pero recordemos que tiene 62 años. Brad Pitt es otro astro fulgurante… de 60 años. El problema es que no hay recambio generacional ¿Quién estaría dispuesto a ir al cine a ver una película simplemente porque Adam Driver salga en ella? El reclamo, que también empieza a ser cuestionable, está en las franquicias, en aquellas películas que se convirtieron en clásicos en décadas previas, pongamos Mad Max, y ahora se intenta seguir explotando con precuelas, secuelas y reboots, cada vez con menor respuesta.


Por el otro, con la crítica de los medios ya vuelta irrelevante y los actores, como decimos, jibarizados, emergen los youtubers dedicados al análisis y crítica de la cultura-entretenimiento, bien sea en forma de series, películas o videojuegos, generalmente todo a la vez. No suelen estar adscritos a un medio, formalmente son plenamente libres e independientes, convirtiendo así su nombre en una marca ante audiencia gigantescas. Es digno de mención en ese aspecto cómo la hispanidad maneja unas cifras que no desmerecen ante las figuras más prominentes de la anglosfera, entre las que merece la pena detenerse, en lo que al cine respecta, en The Critical Drinker y Nerdrotic, con más de dos millones de seguidores el primero y más de uno el segundo. Raro es el medio que hace décadas lograse semejante seguimiento, no digamos la sección de cine dentro de ellos. Resulta llamativo que ambos, además, vendan mercadería con sus logos y rostros en forma de tazas, camisetas, libros, etc ¡Son estrellas-franquicia a la vez!


¿Qué consecuencias trae consigo este cambio en el ecosistema de la información y el entretenimiento, fundidos ya en infotainment? Dado que se deben a su público y no a su medio y, además, por la magnitud que han alcanzado frente a la diáspora previa de pequeños críticos, pueden permitirse un criterio independiente cuestionando lo que aquellos no se atreven. En cierto sentido, al financiarse de su audiencia, recuperan la independencia que la prensa con su venta de ejemplares antes de internet mal que bien logró en algunos casos. Ya se sabe que quien paga manda, y la prensa digital es gratuita para el lector, así que… No es casualidad, por tanto, que ambos sean los mayores azotes de la agenda progresista o woke omnipresente en Hollywood. Hasta tal punto que Disney pretende ahora cancelarlos usando para ello todo su arsenal mediático (poseen canales como ABC, Fox y otros) al ser supuestamente culpables del fracaso de audiencia de la serie The Acolyte.


El cambio va más allá, al ser ellos mismos no meramente críticos que escriben reseñas, sino algo más amplio como «creadores de contenido» —que se dice ahora—, elaborando producciones audiovisuales que guionizan y montan ellos mismos, estrechando hasta tal punto su labor con la de los cineastas, que en el caso del escocés The Critical Drinker próximamente va a estrenar él mismo una película de acción: Rogue Elements: A Ryan Drake Story. Por su parte, Nerdrotic de momento se limita a la próxima publicación de un libro sobre su propia vida, bastante alejada del cliché que se atribuye a los aficionados a los cómics y películas de superhéroes (pasó cuatro años en la cárcel por robo, en su época de drogadicto y alcohólico). Por si alguien quiere conocerlos más a fondo, aquí una entrevista a ambos.


En resumen, se ha abierto una espita de creatividad y libertad de pensamiento que satisface, mediante la crítica, el humor y la contestación al discurso dominante, la demanda de un público que ya no encuentra lo que desea en las salas… Aunque no podemos ser ingenuos ante la perspectiva de que en este nuevo ámbito también hay y habrá abundante mala fe, falsos rumores y publicidad. Dicho de otra forma, periodismo bajo formas actualizadas. Antes de concluir, tampoco sería justo desdeñar en su totalidad a los críticos cinematográficos del pasado: algunos, muy escasos, sí lograron preservar contra viento y marea su independencia y en cierta manera fueron precursores del fenómeno esbozado del crítico-estrella. En nuestro negro corazoncito siempre habrá un entrañable recuerdo para Antonio Gasset.


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