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jueves, 21 de julio de 2016

Las cosas del Moreno, que reniega de "Cazarrata"

  
Cazarrata, el Toro de Lidia


José Ramón Márquez

Lo primero que sale es el exabrupto: «¡Este tío es tonto!« A continuación viene la decepción. Lo digo por José Joaquín Moreno de Silva, que no me da la gana ponerle el «don», y su innecesario rebuzno en las páginas de Aplausos, la revista taurina, que voceaba Simón por esas Plazas de Dios.
 
Dice Moreno que la culpa de todo es de la «indición». Estaba él en sus predios disfrutando del airecillo cuando su dealer le trajo la indición para los toros. Había que meterles la hipodérmica para que no se pegasen o para la tos ferina, y el jaco que le traía el camello era de primera calidad. Raudo, Moreno se apresuró a consumar el rito: la cucharilla con el polvillo marrón, el mechero por debajo, la goma en la mano derecha del toro y el bombeo de la sangre, ahora salgo, ahora entro. Y así los seis, que se quedaron stoned, y así pasó lo que pasó: que se quedaron lo que el mismo Moreno llama «toros de manicomio».

Hay mucho mito con esto de las indiciones. Hubo un veterinario en Las Ventas que aseguraba desde su alta magistratura que poseía un bálsamo de fierabrás que inyectado a los toros les daba vigor y empuje y prevenía las caídas durante la lidia. El hombre cobraba el chute a precio de oro molido y así fue la cosa hasta que un mayoral se hizo con la hipodérmica y llevó a analizar los restos del contenido para averiguar que lo que había en su interior era un vaso de agua clara: H2O del canal bajo del Lozoya. Al menos aquel inocuo placebo del pícaro veterinario no tenía otro efecto secundario que el de despertar la envidia del mayoral, que veía cómo se enriquecía otro que no era él.
 
Lo del Moreno es peor, porque nos chafa la ilusión a los que vimos la corrida en la Plaza y salimos de allí entusiasmados por tamaña demostración de salvajismo en sus toros. Entiendo que los del plúmbeo tendido de la TV se aburrieran de lo lindo, especialmente con el extorero/gasolinero diciendo lo de que los toros estaban toreados:

-Sí, hombre… de todas las ganaderías del campo se tuvieron que ir precisamente a torear los morenosilva, que no había unas churras juampedreras por allí cerca con las que imitar a Belmonte en bolas
 
Y se creó un estado de opinión en el que aquellas furias demoníacas, recuerdo de El Salamanquino cuando decía que algunos toros son las furias del infierno encerradas en un pellejo, caracterizadas de manera especialísima por la impresionante personalidad del toro Cazarrata, número 40, eran bichos toreados, escuálidos, aquejados de males inventados o reales… Imaginemos que eso fuese cierto: si la que liaron fue estando raquíticos y enfermos, si llegan a estar en plenitud derriban Las Ventas desde los cimientos.

Y ese deprimente estado de opinión de esta triste deriva que lleva al toro a ser el mármol de Carrara con el que se cincela el arte (¿pero qué arte?, digo yo) termina en la boca del Moreno echando por tierra a su ganado, insultando a los animales que salieron de su casa con su divisa azul celeste y blanca, con su señal hoja de higuera y rabisaco en ambas, con su hierro, una O con dos rayas paralelas dentro. Moreno, el que le decía a mi amigo Andrés que él cree en el toro encastado porque hace posible que haya más interés y variedad, subido a la carroza del orgullo de la cobardía salta ahora con que les puso la indición para que los toros no se pegasen, que en Jerez, Plaza conocida por las temerosas e impresionantes corridas que ahí se lidian, lo habían probado y que a él, ni corto ni perezoso, le faltó el tiempo para chutar a sus toros la metanfetamina jerezana que, mire usted por dónde, «hizo que los toros se abueyaran».

Las cosas del Moreno, que más que un ganadero de reses de lidia parece el del Monchito y el Rockefeller.

miércoles, 8 de junio de 2016

Birlibirloques de San Isidro 2016



24 tipos sin piedad

José Ramón Márquez

A vueltas con los premios de San Isidro, que se los dan a uno que no estuvo en San Isidro, es que uno no da crédito. Fueron los Lozano los que idearon la cosa de meter la Beneficencia entre medias de la Feria, para ver si subía la venta de entradas para esa corrida, antaño la más importante del año, devenida en birlibirloque de entradas regaladas, fiascos ganaderos y demás. La verdad es que Beneficencia llevaba una deriva hacia la media entrada larga que contrastaba muchísimo en esa época con los llenos de aquellos sanisidros, y con ese invento se consiguió que hubiese buenas entradas.

Hicimos nuestra buena obra de la década el año que Rafael de Julia estuvo en Beneficencia, junto a Encabo y Alberto Ramírez (Pío, Pío, Pío) , con toros de Victorino, que le compramos los boletos al Pepito a la puerta de Toribio, y al entrar al bajo del 10 y ver los tendidos, las gradas y las andanadas semivacíos nos emocionamos pensando en que habíamos dado a un hombre los medios para llevar a su casa un mendrugo de pan precisamente el día en que los fajos de entradas estaban en las taquillas durmiendo el sueño de los justos y esperando su marcha a la trituradora de papel. Decían que Pío García Escudero hizo aquel cartel, que vaya usted a saber por qué en este mundo del toro es todo opaco y todo son habladurías, cartel de poco fuste y poco ingreso, beneficencia para el Pepito.

Ahora, puestos en el día de hoy, podríamos echar a volar la imaginación sobre esta  Beneficencia de 2016, metida como una astilla de la feria, para aumentar la confusión. Pongámonos en que a alguien se le ocurre llamar para esa corrida a David Mora y que el torero anda tan ilusionado con la idea de poder anunciarse en una corrida amable en la que suelen fallar muchos abonados y poblada de público de aluvión. Imaginemos que ya todo está cerrado pero que, de pronto, a alguien se le ocurre que quitando a David Mora, y dado que Manzanares no viene a la Feria, se puede intentar mejorar el caché del alicantino, pues ya va necesitando de algún triunfo sonoro para seguir funcionando y que los números salgan bien.  Manzanares cumple su parte componiendo su faena a Floripondio, o como se llamase el semoviente aquél, y a partir de ahí lo demás ya va rodado.

El hecho de que el jurado que da los premios de San Isidro ignore también de manera atroz a David Mora, que es el único que en San Isidro ha cortado las dos orejas en un mismo toro, lejos de las del 1+1 de Calderón y los minutos extra de los Ben-Hur de las mulillas, y que el premio se vaya en favor del hijo y nieto de Manzanares, que ni siquiera ha estado en San Isidro, abundaría en la idea de que alguna mano meció la cuna de la Beneficencia, primeramente para tratar de obtener un éxito low-cost, y después para dar a ese éxito una dimensión y una oportuna publicidad que redunde favorablemente en los ajustes de aquí a final de la temporada, que aquí, para entendernos, lo que han hecho es como si en el Festival de cine de San Sebastián le dan la Concha de Oro a una película de Cerezo que echaban en un cine de al lado, que ni estaba en el certamen. 

martes, 26 de abril de 2016

El tonto no descansa: ahora, por Goya

Pedro Romero


José Ramón Márquez

Ahora el revuelo es con Goya. El tonto antitaurino (antibostaurus sempervirens) siempre está a la gresca con su denodada lucha y una de las cosas que más puede fastidiarle en el plano artístico es la indubitable afición del genio de Fuendetodos a la tauromaquia. Es que aquí no hablamos de un artistucho de cuarta categoría que pintó cuadros para iglesias a tanto alzado, sino de una de las más fascinantes personalidades artísticas de los últimos dos siglos, explorador de caminos, iniciador de estilos, de un pintor genial en el sentido antiguo y respetable del término, cuando éste se aplicaba a los genios de verdad y no a un tío que tira las cañas de maravilla, tal y como ocurre en nuestros días.

Al antitaurino, que profesa por lo que él denomina “cultura” la misma veneración laica que por ella sentían los nazis aquellos que se solazaban escuchando la impresionante 9ª Sinfonía de Brückner a escasos metros del lugar donde se estaba gaseando a los hebreos, le estorba enormemente en su dibujo infantiloide/interesado la presencia de un auténtico genio de talla universal colocado del lado de la, para él, nefanda tauromaquia. Imaginan a un Goya devorando tofu y alimentos orgánicos que le asemeje a su ridícula concepción de un mundo basado en el principio de «viva la gente / la hay donde quiera que vas».

El animalismo va por su lado, pero tampoco podemos dejar de lado la perenne búsqueda de la novedad de los nuevos profesores, tesinandos, gentes de la Universidad. Debemos aceptar que su camino es altamente arduo, si su vocación les lleva al estudio de grandes genios. La capacidad de innovar en caminos que han sido trillados por mentes de gran altura intelectual, y citemos a Lafuente Ferrari en Goya como incontrovertible autoridad, lleva en muchas ocasiones a los investigadores a hacer el ridículo sólo por su afán en buscar novedosos enfoques, ángulos nunca vislumbrados, perspectivas novísimas. Los pobres también tienen que ganarse las habichuelas, y es justo que traten de vender sus burras a quien las quiera comprar: en este caso al estamento antitaurino tan bien engrasado con dineros de ignota procedencia internacional. En este caso lo que más puede llegar a chocar es que instituciones a las que supone cierta seriedad tales como el Museo del Prado, que es quien abrió la veda, o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, avalen memeces de tipo coyuntural tan alejadas de la realidad, piruetas teóricas que no sólo no vienen avaladas en modo alguno por evidencias científicas, sino que son desmontadas por la pura evidencia de ver los retratos cuidadosos con los que Goya pinta a sus ídolos, al torero Pedro Romero, al ganadero  Duque de Osuna, al encierro de los toros en (acaso) La Muñoza, junto a los lances de las corridas, el desparpajo de las banderillas, la luminosidad del arrastre del toro con la plaza llena de público sin recrearse en los cadáveres de los pencos corneados que quedan en el redondel. Goya exprime la vida y exprime la tauromaquia en su obra como expresión del jolgorio en el que lo elitista y lo popular se unen en un espectáculo festivo y luminoso.

Y si alguien quiere buscar, hurgando en la serie de La Tauromaquia y juzgando con honestidad a Francisco de Goya, lo que hallará es un aficionado ya mayor y desencantado. No con la tauromaquia en sí misma, sino con la fantasmagoría de la época que le tocó vivir. Les pasa -nos pasa- a todos los aficionados. ¿Cómo comparar a Pedro Romero con la actual decadencia?, diría el aragonés. ¿Cómo comparar nosotros a Antonio Bienvenida con lo que hoy se ve en cualquier plaza de toros?, diríamos hoy. Goya es un aficionado que reniega de las formas que toma el toreo cuando él es ya viejo, como hacemos casi todos, y  reniega, como renegamos, de la deriva del arte de torear en épocas que no nos pertenecen. Diríamos hoy: ¿qué comparación es posible en los modos de torear entre uno del montón de los años setenta con el mejor de hoy día?

 Goya no está interesado en el toreo que se produce en sus días al final de su vida, como les pasa a tantísimos aficionados -mismamente mi abuelo o a Edgar Neville se me vienen a la cabeza-, porque eso ya no es su fiesta, su gente, su estilo, su época. Por eso es que se pone a retratar lo extraordinario: la cogida del alcalde de Torrejón o la de Hillo, Juanito Apiñániz, el diestrísimo estudiante de  Falces, la plaza partida… Los toros en sí, su fascinación juvenil  y enamorada por ellos ya está plasmada en otros sitios: en esa escena de capea del toro del aguardiente en Carabanchel Alto. Viejo y desencantado, sólo le quedan los recuerdos más fuertes que son los que plasma de manera magistral en su tauromaquia. Y esa visión descarnada y ruda, brutal y llena de fuerza es la que completa de manera perfecta su círculo como aficionado, por más que se empeñen los ignorantes en no entender su peripecia.

Cogida del alcalde de Torrejón

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Toros en Las Ventas. El parto de Manolo, el de la Cifu


Caballo diseñado por una Comisión


José Ramón Márquez

Fue hace dos meses cuando esa maldición que cayó sobre Las Ventas, esos  Choperón Father and Son, el padre se llama Manuel y el hijo ya te lo he dicho, amos de la razón social Taurodelta S.A., convocaron al sanedrín del trágala, treinta elementos llenos de opiniones y ni un solo criterio, para concebir bajo la augusta presidencia de Manolo, el enchufado de La Cifu, las medidas para “mejorar y agilizar el transcurso de los espectáculos taurinos” en Las Ventas. Si Leónidas necesitó a trescientos hoplitas espartanos cachas y bien musculados para parar a Jerjes,  a los Chop. les bastó con treinta (XXX), entre los que hay covachuelistas macilentos,  ratones de redacción e indocumentados, para poner a rodar urbi et orbe su particular huida hacia adelante, ayuna de vigor y de interés.

Después de dos meses, pasado el veranito, han decidido volver a juntarse para ver que su obra era buena y confraternizar otro poco, imagino que  alrededor de algunas rodajillas de chorizo y algún vino de alta acidez y peor digestión. En julio, la cuadrilla de Choperón y sus XXX agilizadores fue capaz de proponer nada menos que nueve medidas, entre las que no se encontraban ni por asomo las de limpiar y pintar la Plaza, o mejorar la simpatía y la orientación al cliente de los acomodadores especialmente en su trato con el personal foráneo, o el tratar de promocionar las corridas para que no sean un espectáculo semiclandestino en Madrid, o simplemente estudiar por qué la temporada veraniega en Las Ventas la programan a pachas dos ex-banderilleros. Ahora se han juntado, como se dijo arriba, para ver los efectos de sus medidas, y lo que han hecho ha sido analizar cuatro de ellas, olvidarse de cinco e incorporar otra, como quien no quiere la cosa.

De las medidas analizadas, a Choperón y los XXX opinadores  les ha parecido de perlas lo de que los pencos salgan por la Puerta de Madrid. Los matadores quieren salir por ella en “olor” (sic) de multitudes y los Choperón y sus XXX zascandiles les ponen ahí mismo, en su triunfo, el olor a bosta y a zotal, tan caros a los que nos gustan las cuadras bien limpias. Tengamos en cuenta que muchos de los XXX tienen sus abonos en el purísimo gañote, en los amables burladeros del callejón o bien lejos del punto por el que ahora han habilitado como puerta de caballos, por lo que la medida les da lo mismo. Mejor que a los XXX comensales es que hubiesen preguntado a los abonados de las primeras doce filas en el 7 y en el 8, a ver qué opinan. La medida les parece de perlas a los pastoreados, pues.

La otra cosa que parieron las XXX mentes fue lo de vestir de Florito a los chulos de toriles y de banderillas. Ahora han puesto una tríada floritesca, que nadie duda lo bien que va Florito, porque en Madrid nunca hubo un vestido específico para el cabestrero, que me acuerdo de Fermín Mondaraiz Mosulén vestido con vaqueros y camisa blanca. O sea que Florito lo hizo genial, poniendo un traje más digno a su empleo, pero los chulos llevaban vestidos de torero desde hace casi dos siglos, pues desde que se guarda memoria ese fue siempre el vestido de esos ayudas. Dicen los XXX que su parida “respeta el hecho de que sólo quienes participen en la lidia puedan vestirse de luces”, crean esa norma ellos mismos arbitrariamente, porque se les pone en el forro de los cataplines, obviando el derecho consuetudinario que es el que emana del uso y de la costumbre. Ahora tenemos a dos organilleros, con la parpusa y todo, y eso es lo que hemos ganado. No creo que este vestido de chulapo aflamencado llegue a durar los casi dos siglos que duró el otro. La tradición les importa un bledo. Menudos son ellos.

La tercera cosa sobre la que han opinado es sobre la limitación del uso de puntilla y descabello, cosa sobre la que no han llegado a otro acuerdo ejecutivo de momento que el de ofrecer de manera gratuita a los matadores la pericia de don Ángel Zaragoza Gálvez, el certero y eficaz puntillero de la Plaza. Sobre lo de quitar la elevación del ruedo con la que triunfaron desde Marcial Lalanda hasta César Rincón pasando por Domingo Ortega y Manolete, parece ser que van a llamar a un agrimensor para que tome medidas antes de plegarse al capricho del Mofletes poblano, porque no cabe duda de que la elevación del ruedo es algo que van a eliminar echando mano de lo de los cataplines que decíamos antes. 

Lo mejor del comunicado de los XXX es el punto 3, en el que “todos los asistentes plantean la necesidad de aplicar medidas que ayuden a paliar o evitar el efecto negativo que produce el viento en el transcurso de la lidia” Ahí hemos llegado de nuevo a la cubierta de la Plaza, empeño constante de los Chop. y tributo de Manolo a su Cifu, tan motera, tan moderna, por si hay que programar el desafío motorista de Red Bull en noviembre, que la Presidenta no pase frío. Nadie ha explicado aún los motivos, ni mucho menos se han depurado las diversas responsabilidades, que llevaron al desplome de la cubierta que perpetraron sobre la Plaza la víspera de su inauguración. De momento ya empiezan a calentar el ambiente introduciendo esta medida por boca de los XXX bocas, a modo de lluvia fina. Lo mismo que lo de los organilleros de banderillas y toriles, seguro que acaban poniéndole la boina a Las Ventas.

De las otras medidas que propugnaban los XXX chauchaus ya ni se acuerdan, porque las que importan son las que importan. El domingo pasado volvimos a asistir a la tragicomedia de los mulilleros simulando que sus pobres mulas son indómitos purasangre ansiosos de liberarse del yugo, llenos de nervio, y todo para favorecer unas orejillas de las que ya no se acuerda nadie cuando llegas a la explanada. De esto no dicen ni mu. De lo del tamaño de las orejas que se cortan tampoco se han pronunciado, dada la rechifla que produjo la constatación de que los XXX se ocupaban de cosas tan baladís, así como de lo de que para abrir la Puerta de Madrid, custodiada ahora por las bostas de los pencos, sean necesarias tres orejas; tampoco se ha avanzado en lo del cómputo de pañuelos, que es como lo de los asistentes a las manifestaciones según los organizadores o según la Policía Municipal.
El domingo pasado, sin ir más lejos, donde el observador imparcial veía veinticinco pañuelos, el Presidente don Justo Polo vio un cazo de leche hirviendo. Tampoco se ha dicho nada de lo de dejar los pañuelos colgando del Palco, que hay Presidentes que se lían.

Como se ve, la orientación para la que los Choperón y Manolo el ex munícipe convocaron a los XXX fue para lo de las mulas y lo del vestido de los organilleros, y ahora salen con lo de la boina, que se ve que no tuvieron bastante con el ridículo (con imprudencia temeraria) que hicieron y quieren repetir la experiencia.

El grupo de los XXX son los Ángel Siseñor, puestos para avalar las invenciones de los Chop. y de Manolo el munícipe, y en vez de darse cuenta del papel que les toca en esta vida, hay alguno que hasta se mosquea cuando ve escrito el ridículo que hacen a cambio de ná. 


viernes, 17 de julio de 2015

Las 9 propuestas de los arbitristas taurinos de Madrid


José Ramón Márquez

Esa notoria inutilidad taurina llamada Choperón Father and Son, el padre se llama Manuel y el hijo ya te lo he dicho, amos de la razón social Taurodelta S.A., dan a luz el parto de los montes en forma de medidas para “mejorar y agilizar el transcurso de los espectáculos taurinos” en Las Ventas. En vez de sentarse a ver por qué la Plaza de Toros es una sucursal del vertedero de Valdemingómez, llena de porquería, de suciedad, de incuria, de orín y de goteras; en vez de sentarse a pensar por qué las gentes han desistido de ir a Las Ventas fuera del trágala de San Isidro; en vez de meditar cuál es su responsabilidad en la penuria de carteles de toreros y ganaderías, de cómo Madrid le ha arrebatado a Vista Alegre el título de “la Plaza de la oportunidad”, se dedican a convocar a treinta cantamañanas, capitaneados por el sansero, nuevo gerente del inútil Centro de Asuntos Taurinos, a ver lo de la “mejora” y lo de la “agilización”, para tener algo que hacer de aquí a las vacaciones e imagino que, de paso, para ir roneando al sansero e ir metiéndole en el cesto, si es que ya no está metido de antemano.

Las medidas de agilidad y mejora son propias del Profesor Franz de Copenhague, invenciones que lo mismo las podía haber firmado el de Podemos Anchuelo. La primera es “la limitación en el uso del descabello (sic) y la puntilla” Todo el mundo sabe, hasta el más lerdo, que la puntilla en manos del tercero de cada cuadrilla obedece a que es éste quien tiene que abonar el precio del apuntillamiento al puntillero de la Plaza, y que la racanería de los matadores y los apoderados hacen el resto, pues no les importa que su peón les levante el toro si con ello se ahorra los euros que debería pagar al puntillero oficial, don Ángel Zaragoza, que es un excelente y certero profesional y que hace su trabajo a las mil maravillas… cuando le dejan. Sobre lo del descabello, no se puede decir una memez más redonda: el matador es el encargado de dar fin de la vida del toro que le corresponde, y punto.

La segunda agilidad consiste en volver a sacar el caballo de turno en la suerte de varas por la puerta de Madrid, la del 7. Esto es una idea en la que se empeñó Vicente Zabala (q.D.g.) y que realmente no aporta nada al espectáculo. Más bien resta. El momento de la salida de los picadores es un interesante momento para el aficionado: aparecen dos actores, uno de los cuales tiene que recorrerse media Plaza hasta llegar a su posición. Es ése un momento en el que se pueden dar lances interesantes, en el que hay que sujetar al toro y en el que puede surgir la sorpresa. Si el director de lidia se dedicase a acompañar al penco en su recorrido, la cosa estaría más controlada, pero eso es ya historia. Eliminar la posibilidad de que surja la sorpresa, de que el toro se eche a por el picador en su camino, es restar otro poco de interés a la lidia, en aras de la pelmaza cosa de la “faena” de muleta. Como ejemplo, baste recordar en el pasado San Isidro la incertidumbre de los Partido de Resina atacando a los caballos en donde les venía en gana, sin que la impericia de los coletudos pudiese hacerse con ellos. Eso es espectáculo, y quitar la posibilidad de que ocurra es cercenar dicho espectáculo.

La tercera invención de “los treintaytantos” es una tontería sobre los pañuelos, para que no pase como en el pasado San Isidro cuando se concedió un rabo en una corrida de rejones por sacar tres veces el pañuelo blanco el Presidente. Por si se lían en contar: uno, dos…, que esta medida ya es poner de tontos para arriba a los Presidentes.

La cuarta memez es un brindis al sol sobre el cómputo de pañuelos orejeros por parte de los Presidentes. Éste es un tema que compete a los propios Presidentes en el que la Empresa adjudicataria de la explotación del coso no debe pronunciarse ni influir. Acaso sean los Presidentes los que deban refrenar los ímpetus orejeros de Calderón y Briceño en determinadas circunstancias y tomar una postura común entre todos ellos. Aunque esto parece mucho pedir.

La quinta se refiere al criterio para abrir la Puerta Grande. ¿Dos orejas? ¿Tres orejas? Me importa un bledo, por mí podían quitar eso de las orejas que tanto emponzoña el ambiente.

La sexta es de agrimensura, pues atañe a la disminución de la altura del ruedo. Una vez me dijo el maestro César Rincón que la “lenteja” del redondel es algo que beneficia al torero, no sólo al matador sino también a los de plata, pues hacia el platillo el toro va cuesta arriba, refrenando algo su ímpetu, y hacia tablas va hacia abajo, lo que le obliga a frenarse en la embestida. Hasta que un torero gordinflón, mofletes, ahíto de palmeras bañadas en chocolate, destapó lo de la altura del ruedo, nadie había pensado en esa estupidez: ni Manolete, ni Domingo Ortega, ni Manolo Vázquez, ni El Viti, ni Antoñete, ni Rincón, ni Paco Camino, ni Luis Miguel
 
La séptima es quitar al torilero y al chulo de banderillas el vestido de torero. Si estos idiotas  homéricos supiesen algo, si ellos supieran quiénes eran el Maca, el Antoñanzas, el Buñolero, chulos de banderillas y de toriles de Madrid de hace cerca de dos siglos, si les importase algo la historia de la Plaza, sabrían que desde los inicios en la Plaza de la Fuente del Berro, los chulos de toriles y de banderillas en Madrid van vestidos de toreros. En Málaga, por ejemplo, no, pero en Madrid, desde tiempos inmemoriales los chulos van de torero y estos animales no tienen derecho alguno a quebrantar la tradición.

La octava va en relación al tamaño de las orejas que se cortan. Ya hay que tener poco que hacer para preocuparse de semejante imbecilidad.

Y la novena medida de agilidad y mejora, se ve que el magín no les ha dado para completar la decena, es la única razonable, que es instar a los mulilleros a que acudan siempre al toro a la misma velocidad y que no ralenticen el paso cuando hay posibilidad de propinilla. Ésta es la única que parece razonable. Podían haber quedado a tomar unas cañas con esta sola cuestión, magro orden del día.

La inutilidad del Centro de Asuntos Taurinos hará muy mal en consentir que se quite el tradicional vestido de los chulos de toriles y de banderillas. Como cuando el alcalde Gallardón quitó el uniforme cuatro veces centenario de los maceros del Ayuntamiento “por franquistas”, ahora estos indocumentados quieren vestir, porque les da la gana, al torilero de peregrino del Rocío. Déjense de agilizaciones y si de veras quieren mejorar contraten ganaderías fuertes, de romana, de poder, traigan corridas que reivindiquen al toro y déjense de llenar las tardes de los domingos de “nuevo en esta plaza” y de ganaderías sin antigüedad cuyo único mérito es proceder de la peste juampedrera.

viernes, 10 de julio de 2015

Despido/despedida de Abella



José Ramón Márquez

Hoy Abella, ese gentleman con alma de botiguer a quien todos sus devotos conocemos como Abeya, en su más memorable pirueta evoca a Guerrita:

-Yo no me voy. A mi me echan.

Ahora, en la hora sombría de la despedida, llevado por este wind of change de la Presidenta rockera y motera, se agolpan ante la mente los instantes vividos con el entendimiento puesto en Abeya, el recuerdo de la bandera de España rota, sucia y desguazada sobre la Puerta Grande de Madrid, los desconchones de la Plaza, el orín en los balaustres, la falta de aseo y de decoro de la Monumental, los agujeros inexplicables, la gotera monstruosa y eterna junto a la puerta del tendido alto del 9, el redondel lleno de arena prensada, los pliegos de prescripciones... y también el intranquilo pensamiento recordando a los beneficiarios de su munificencia en la invitación de todas las tardes, ese corralito de jubilados o prejubilados que esperaban el maná de las entradas junto a la puerta del desolladero, esas jóvenes de melena rubia que entraban en el penthouse del burladero 27, sancta sanctorum próximo al redondel, ese besamanos de todas las tardes ante él...

Ahora retiran a un catalán para poner a un sansero, un tal Fernández, que busca en el burladero del callejón el amparo que no le dieron los votos en su pueblo. Esto ya lo cantaba Héctor Lavoe con la Fania All Stars: “quítate tú pá ponerme yo”,  que no es cosa nueva ni que pueda causar sorpresa, porque todo español sabe bien que no hay peor cuña que la de la misma madera, madera pepera en este caso particular.

Ahora a Abeya le resta la vuelta a la normalidad, al dulce anonimato en que nos desenvolvemos todos aquellos a los que no se nos puede sacar nada. Ahora le resta la decepción de comprobar cuántos ya no le quieren tanto como antes desde el día de hoy, ley de vida. Por lo que a nosotros nos toca sólo podemos poner sobre el folio un purísimo agradecimiento, pues es de justicia reconocer la cantidad de buenos momentos, de chistes y de chirigotas que nos ha regalado Abeya con su sola presencia. Por lo demás, en el día de su cese, le retiramos la y griega -corralito venteño, Abella de nuevo- y pasa a ser otro anónimo espectador, cuando vaya a los toros, si es que le da por ir, cosa que se duda.

La cinta que pende del techo de la andanada era premonitoria. La cinta, como de una corona de difunto, a la que sólo faltaba aquel famoso rótulo: “Adiós compañero. Los de la charpa no te olvidaremos nunca”.

martes, 7 de abril de 2015

Rothko, Chillida y Freud en Las Ventas

 El desconchón y el churrete

José Ramón Márquez

Con tanto lío de Fandiño, de Eugenio de Mora, de que si se llena la Plaza o se queda a medias, de que si los toros tienen que embestir o meter miedo, hay que ir a Sevilla para acordarse de lo principal que, como se nos enseñaba en la Enciclopedia Dalmau Carles, es el aseo. En Sevilla, con los Maestrantes encima, la Plaza está como un joyero de limpia y de pintada, de aseada, de guapa. Parece que la hubiesen acabado de hacer anteayer. Unos señores armados de unas brochas y unos cubos de pintura van repasando las paredes, las barandillas, las barreras, los burladeros; otros peinan la arcilla, la tierra de albero que hay en el ruedo, y la dejan como si nunca antes hubiese sido hollada por un pie, un casco, una pezuña. Miras arriba y ves la bandera de los maestrantes, tan blanca, tan aseada, miras abajo y no ves un papel… como si un arte mágico la mantuviese impoluta, impecable, virgen.

En comparación a eso, y acaso para establecer una diferencia de las que se notan, en Madrid tenemos a ese delicioso Abeya, paladín de la cultura que, por no copiar a los sevillanos y buscar su propio camino, ha optado por echarse en brazos del “Arte povera”. Abeya no desea la cosa facilona de que las gentes lleguen a la Plaza y despachen el asunto con un frío e impersonal: “¡qué bonita y limpia está!”, él demanda de manera plenamente consciente la intervención del público, la toma de partido, la toma de posición entre el objeto y su forma, y por eso propone un modelo de extremismo basado en valores marginales y pobres; y donde los sevillanos ponen una simple capa de pintura, él sugiere múltiples capas sucesivas en las que juega con gamas de tonalidades; y donde los sevillanos ponen un poco de argamasa, Abeya propone el desconchón y el chorretón, como queriendo que el espectador penetre hacia el interior de la propia esencia de la Plaza, que no se quede deslumbrado por el brillo de lo aparente y profundice hacia las interioridades de la materia de la que la obra está hecha. Abeya, un esteta a fin de cuentas, no consiente el brochazo uniforme y pastueño, le encanta la confrontación de los colores en la misma gama y tiende un emocionante homenaje al White over Red de Mark Rothko junto a la puerta de acceso al tendido alto del 9 en una brillantísima composición lineal, Red over Red, como de sarampión subido; y luego, en un inteligente guiño, se enfrenta al  óxido en el hierro de las barandillas y donde algunos sólo son capaces de ver la acción del oxígeno sobre el metal, Abeya traza, sublime, el recuerdo emocionado a Chillida en aquella rocambolesca historia con su Topos IV (hierro y óxido), que fue sustraída de una galería y vendida como chatarra a 0.22€ cada uno de sus 150 kilogramos de peso.

Y luego, las puertas. Otra de las obsesiones abeyanas. Según Freud la puerta representa a la mujer y sus órganos genitales y Jung ve en ellas algunas aperturas del cuerpo, pero también les atribuye un simbolismo espiritual en el que la puerta represen­ta las oportunidades y los proyectos. En Abeya la puerta permanece cerrada, la de bajar a la calle, y mantiene un cancerbero en el acceso que avisa de que está averiada… ¿averiada tras seis meses de inactividad en la Plaza?... y además ¿una mujer custodiando la bajada para impedir llegar a dicha puerta? El planteamiento de la sutil propuesta de Abeya es, simplemente, escalofriante y nos sumerge en los más intrincados vericuetos de la siqué. El hecho de que la puerta, además,  no reciba un solo cuidado, de que se deje su materia expuesta de manera casual a las inclemencias ambientales y al orín de las mascotas eleva de manera neta el carácter simbólico del arcano que construye Abeya sobre la pulsión del deseo y de su ocultación, lucha de luz y sombra entre el inside y el outside, el metisaca como aquél que dice. Y un poco más allá, como fabulando los sueños, la puerta chiquita que Abeya horada junto al patio de caballos. Puerta enana de Imaginarium, acceso recóndito al guadarnés, puerta trasera de escape o de secreto ingreso horadada en el magnífico muro de mampostería, minimalismo del aparejo de ladrillo vulnerado por la mano abeyesca en su más magna obra, la que legará a las venideras generaciones, demolición y cargadero planteados para perpetuar la memoria de aquél que amó tanto a la Plaza de Las Ventas que no hizo nada por conservarla y que en sus postreros momentos practica un orificio a un muro, casi una capilla diríamos, en un purísimo afán de trascendencia.

Y por último, la bandera. Abeya, hombre internacionalista y mundano, ha conseguido reducir el simbolismo de la bandera, rebajando su significación a la de trapo negruzco y deshilachado. Para el inicio de la temporada se nos obsequió con un jirón en la banda roja inferior de difícil explicación simbólica, como no sea la de la oculta pulsión de que esa banda roja inferior desaparezca para ser sustituida por otra banda y otro color. 

Es difícil intentar abrirse paso por la mente de un personaje tan complejo y tan sutil, empeñado constantemente en proponer tantos emblemas, tan elaborados juegos de significación, de pura cultura, de pura civilización. Imaginamos constantemente a Abeya en momentos fecundos para el hombre, poniendo su inteligencia al servicio de las más diversas causas: en la Florencia del siglo XV, entre los Médici y los condotieri, impulsor del arte y de la diplomacia,  entre los Padres Fundadores de la nación Americana, apostillando con sabiduría la Constitución de las colonias; en el Concilio de Trento, poniendo sus palabras junto a las de Diego Laínez; junto al Conde Duque de Olivares como vicealcaide del Alcázar de Sevilla… qué se yo… y por eso es que muy a menudo nos preguntamos:

 -¿Por qué, Dios mío, nos le has tenido que poner en esta época nuestra y no en cualquier otra de las de la Historia, contando desde la cueva de Altamira?
 Red over red
Homenaje a Rothko

 Recuerdos de Chillida

 La puerta cerrada

 Intemperie y orín

 La puerta chiquita

El muro vulnerado

viernes, 27 de marzo de 2015

La hora de la vida y la muerte

Cumplido, de Escolar, el quinto del Domingo de Ramos
Pintamonas, fuera


José Ramón Márquez

El domingo que viene empieza le temporada en Madrid y empieza, por una vez, y sin que sirva de precedente, con la ilusión de un cartel muy atractivo en el que un torero se ha marcado el reto de vérselas con seis toros de los que menos gustan a sus compañeros coletas. Sólo por eso ya hay que dar, sin reserva alguna, un diez a Iván Fandiño: por haber puesto en marcha un planteamiento tan ejemplar e ilusionante como para llenar de gente, o casi llenar, la Plaza de Las Ventas. 
Hartos como estamos de la perenne búsqueda por parte de todo el escalafón de la facilidad, de la comodidad, de la inanidad del toro artista, impresiona ver el cartel de toros -por una vez de toros- con los hierros tan queridos y tan respetados a cuya vera Fandiño ha puesto su nombre en los carteles.

Luego la cosa saldrá como sea, esperamos que bien, pero la principal misión ya se ha cumplido, y ésa es la de crear la ilusión. Porque lo esencial de los toros, de la Fiesta, es la ilusión. Todo el mundo conoce ese famoso dicho: “¿A dónde vas? ¡A los toros! (cara exultante); ¿De dónde vienes? De los toros (Cara compungida)”, que tan bien explica la magia que contiene el cartel de toros que es, como antes se dijo, la de crear ilusión.

Por lo tanto, la ilusión ya es inalienablemente nuestra: esa no hay ya quién nos la quite. Y luego, como en un «Bienvenido Mr. Fandiño» cada cual soñará, estamos ya soñando, con lo suyo: con las pujantes y bravas embestidas, con el toro altivo y fuerte, con los tercios de varas hechos a modo, con el peonaje trabajando a favor de la obra, con la rotundidad del matador y de su labor, con las estocadas hasta la gamuza, con el triunfo, en fin, de un hombre solo frente a la bestia en una tarde concebida completamente a contraestilo de lo que nos quieren imponer como lo óptimo, no siéndolo. 

No es esta la hora del arte ni de los artistas: es la hora del hombre y el toro, como fue desde los principios, la hora de la vida y de la muerte.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El futuro de la Fiesta en dos tardes

...“la más importante tarde de toros de lo que llevamos de siglo”...

José Ramón Márquez

Toros año 0. Así podríamos denominar esta temporada que de forma tan poco halagüeña se presenta. Dicen que los gitanos no gustan de los buenos comienzos, y en ese sentido podemos estar satisfechos, porque peores no pueden ser.

Por dar un vuelo en cuatro trancos y por mantener la cosa cronológica, lo primero es Sevilla.

PRIMER TRANCO

De todas las hipótesis que se han manejado sobre el cerco de los mejicanos a la Plaza de Toros de Sevilla, la que jamás ha aparecido es la de que Canorea estuviese ansioso por hacer caja, llevarse los mexidólares, soltar la plaza y largarse con sus tatuajes a disfrutar de su bien merecido -eso pensará él- descanso. No vemos en Canorea y Valencia qué sé yo… a dos Vercingétorix, a dos General Moscardó defendiendo la posición, y eso se demuestra a las claras en la oferta que proponen y que se encuentra impresa en la cartelería que han generado. Han hecho los mismos carteles que habrían hecho si nuestras Marías (nombre de esas simpáticas muñecas mejicanas vestidas de mazahuas) hubiesen consentido en arrastrar sus pies por el albero de la plaza de El Arenal, sin aprovechar la ocasión para dar un zapatazo, bajar los precios dado que no vienen los que se comen la taquilla y proponer otro abril. No lo hace porque el suyo es un proyecto agotado, sobado y harto y -lo mismo que Balañá en Barcelona no movió un dedo por la fiesta, pensando en la montaña de leuros que se podía llevar por la Plaza- no es descabellado pensar que los empresarios sevillanos hayan fantaseado con la posibilidad de nadar en billetes de los de In God we trust, e incluso de darse un rule por el Guadalquivir en el yate de Bailleres hasta la barra de Sanlúcar en plan Bienvenido Mr. Marshall, con Morante y su famosa sopa náutica.

Lo segundo, Valencia y Castellón:

SEGUNDO TRANCO

Cuando las dos ferias levantinas de inicio de la temporada, de común acuerdo, optan por desterrar el toro de la programación de sus mal llamadas “corridas de toros”, es que algo está yendo la mar de mal. En el caso de Valencia, que de las dos es la Plaza más significativa, el  empresario Casas ha formulado una ecuación harto fallera quitando la mascletá y quedándose con el humo de la misma, que es bien vistoso, como todo el mundo sabe. Basar una feria en los cansinos nombres que se repiten año tras año sin solución de continuidad alguna, esperando que de las lorzas de Morante mane su conocido ramillete de pingüis, que la santa piedad y bonhomía del público saque su lado más sensiblero ante la nulidad de Soro o que Ponce haga su enésima demostración de su sabiduría ante la nada taurómaca de un juampedro claudicado, son la palmaria demostración de que el empresario Casas se congratula en la parte más baja, menos comprometida, de las que componen el espectáculo de la Tauromaquia pensando que le vendrá bien a su taquilla alentar de manera suave las más elementales demandas de su público más fiestero. Su lema heráldico podría ser: pan para hoy y hambre para mañana y el que venga atrás que arree.

Lo tercero, Madrid.

TERCER TRANCO

A estas alturas ni me he molestado aún en mirar los carteles de Madrid. Compraré mi abono como tantos años preparado psicológicamente para otra inmersión de hoz y coz en un tsunami de juampedritis y un vómito de nuñitis con unos toreros que ni conozco ni recuerdo ni me importan.  La parte buena es que hay un puñado de tardes para echar el rato con los buenos amigos. Entiendo que Perera vendrá en olor (en olor, no en loor) de multitudes… es decir que los que el año pasado celebraron por tierra mar y aire su triunfo no recordarán nada de lo que les entusiasmó del extremeño y, acaso teniéndole ya por persona pudiente, tornen las cañas en lanzas y no le pasen ni media. Perera es, a mi modo de ver, una especie de Tomás Campuzano al que las circunstancias han ido poniendo en diversos candeleros; la capacidad de olvidar perfectamente lo que ha hecho en el ruedo me lleva a considerar seriamente la posibilidad de estar padeciendo ya alguna forma inicial de alzheimer. Por lo demás, el día de la marmota de Juliancín de San Blas, enaltecido como reyezuelo en bolas desde su irrupción en los cosos de Iberia, en su enésima Beneficencia, a ver si ésta… y a ver si ratoneramente se va pillando unas puertas grandes que incrementen su deprimente leyenda. Morante, pingüis y sopa, como se dijo más arriba. Manza… yo que sé…  ¿Vendrán Rubén Pinar y Tendero?
Y al final del túnel, la luz. Alfa y omega de la temporada en dos corridas.

CUARTO TRANCO

El Domingo de Ramos Iván Fandiño se encierra en Madrid con seis toros de seis ganaderías cuyo nombre pone a temblar por igual al Importancias de San Blas que el Mofletes poblano. El hierro de esas seis vacadas en el cartel es una pura invitación a soñar. Ante las venerables, temidas marcas ganaderas que se anuncian frente al torero, nace un torrente de respeto y de admiración hacia quien es capaz de proponer, en el mismo inicio de su temporada, una apuesta de tanto riesgo.

El día 5 de junio Manuel Jesús El Cid se las verá frente a seis toros de Victorino Martín. No hace tanto, azul y oro,  hizo esa hombrada en Bilbao, dando lugar a la que el excelente aficionado Rafael Cabrera denomina “la más importante tarde de toros de lo que llevamos de siglo”. No cabe duda de que cuando todos, hasta los que ni son ni serán nadie, las pían por esas ganaderías cómodas que tanta “satisfacción” les producen al torearlas, la decidida apuesta de El Cid por vérselas frente al toro en la Plaza de más trascendencia y exigencia es el mejor regalo que un torero puede hacer a la Plaza que le encumbró.

Si estas dos apuestas basadas en la verdad de la Tauromaquia, que es el toro, salen bien podemos decir que el torpedo que estos dos toreros han mandado a la línea de flotación del tingladillo intrascendente en que quieren convertir la Fiesta ha acertado de pleno. Fandiño y Cid a hombros tras rotundas faenas frente a enemigos fuertes y encastados es hoy por hoy lo más revolucionario que se puede concebir en la “aldea de tauro” .

En esas dos tardes nos jugamos el futuro.

jueves, 26 de febrero de 2015

Ideas para Canorea



José Ramón Márquez

Como todo el mundo da su opinión, cosa perfectamente comprensible en el País del Tertuliano, y para no ser menos voy a poner “negro sobre blanco”, en expresión carísima al Tertuliano carrilero, una “hoja de ruta” -expresión también muy querida por nuestros enciclopédicos habladores-, que le ofrezco gratis a Canorea, por si le pudiese interesar.

Lo primero es formar el abono sobre la base de ganaderías sevillanas. Miura, Dolores Aguirre, Conde de la Maza, Partido de Resina, Herederos de D. José María Escobar, Isaías y Tulio Vázquez, Javier Molina... en ese plan, para hacer un guiño a los sevillanos y que puedan disfrutar ampliamente en su Plaza de los toros de su tierra.

A continuación, enviar una carta pública a los cuatro mazapanes que por segundo año se niegan a hollar el albero de la Plaza de Sevilla explicando con toda educación y claridad que no volverán sus zapatillas a posarse sobre la arcilla de Alcalá de Guadaira mientras él sea empresario, salvo que se pidan matar como mínimo la de Miura y otra rabiosa a elegir de las que mejor le vaya al estilo de cada cual.

Abrir la agenda y llamar a todos los que pueden estar y triunfar en Sevilla, desde Curro Díaz hasta Luis Vilches pasando por Pepe Moral o por el que al avezado lector le venga a la cabeza, a condición de que vengan dispuestos a irse al hule.

Con las pelas que se va a ahorrar de pagar la morterada que se le llevan los mazapanes y sus bóvidos-mascotas, se baja el precio de las entradas. Lo que no ingresa por entradas, lo compensa vendiendo cocacolas y almohadillas para la piedra.

Como homenaje al Tertuliano añado, además, un “corolario”, palabra que también he aprendido de ellos:

Mandar a paseo a tanto correveidile como hay por ahí, y saber que todo aquel que le proponga llegar a un acuerdo, como avisa Don Corleone en El Padrino, es el traidor.

En Saló, a veintiséis de febrero.

viernes, 20 de febrero de 2015

Miura

Pitón de miura en Valencia


José Ramón Márquez

Como si un feliz hado mostrase el camino, el mismo día en que se consuma de forma certera el ataque a la Plaza de Sevilla por parte de unos desalmados insolentes, en Madrid, en la Casa de ABC se le entrega el premio taurino ABC a Miura, pura Sevilla.

Frente al vilipendio contra la Fiesta perpetrado por  cuatro prescindibles personajes, en defensa de oscuros intereses, en la Casa de ABC se pone de manifiesto, de manera inconfundible, la adhesión neta al inquebrantable principio sobre el que descansa el edificio total de la tauromaquia: el toro.  

Oportunísimamente, como si la ocasión hubiese sido preparada ex-profeso, un notable grupo de personas, cada uno de su padre y de su madre, del Rey hacia abajo, se reúnen para homenajear la trayectoria fecunda de una familia ganadera volcada durante más de un siglo y medio de forma indiscutible en la preservación de una estirpe única y especial.

Decir Miura es decir la leyenda, es decir el Cortijo del Cuarto, el de Los Gallos, el de Zahariche. Decir Miura es evocar esa imponente portada en la carretera A-456 en Lora del Río, esos tres palos que forman una puerta en cuyo  dintel está escrita la palabra ‘Miura’, flanqueada por dos calaveras, como si de una evocación de Ribera se tratase. Decir Miura es retrotraerse a la historia entera de la tauromaquia,  a la fidelidad a un estilo, a una estirpe a una manera de hacer y de no hacer, a un señorío antiguo y nobiliario manifestado de mil maneras, como por ejemplo en la cabal presencia en la Plaza de Toros de Sevilla durante siete décadas de manera ininterrumpida. Decir Miura es ir de la gracia de Pepe Luis al volapié de Domingo Valderrama, es decir sardo y salinero, es decir la emoción de un chiquillo en El Batán contemplando los toros mitológicos de la mano de su abuelo, evocación de las cornadas a los pencos y las heridas a los hombres, de la vida y la muerte en los limpios pitones del ganado que lleva grabada a fuego en su cuero la A con asas, aleph primordial que espanta a tantos toreros, seña para la afición, ecuación despejada de fidelidad y amor a lo propio.

En esta noche de celebración del toro, junto a algunos de los ganaderos que uno más respeta, resplandece por un momento, frente a tanta cobardía, tanto cálculo y tanta iniquidad la gozosa verdad eterna e incuestionable de la Fiesta representada por los hermanos Miura, caballistas, ganaderos de reses bravas, divisa verde y grana en provincias, verde y negra en Madrid, antigüedad de 30 de abril de 1849.

martes, 17 de febrero de 2015

Fin de fiesta... pero con ¡muchísimo arte!




José Ramón Márquez

Pelmazo déjà vu de la temporada que comienza. Pelmaza reiteración de lo mismo, mosca cojonera, día de la marmota, eternidad del tedio, año tras año. El cartel de Sevilla es una birria, como los de los años, los lustros anteriores, como la cucaracha/toro pinchada con un mondadientes, como el de los trocitos, como el otro y el de Maroto y el de la moto. Nada nuevo.  Pelmazos carteles de Valencia, con las pelmazas figuras que no llenan ni en su casa aunque inviten a almorzar, con tal de tener la ocasión de no echar un rato con ellos; figuras rancias de lustros y lustros sin que nadie venga atrás arreando, sin que nadie asome a escobazos a echarles a su casa o les obligue a superarse para defender la posición. Pelmazo Sevilla con cinco o cincuenta o cincuentamil tardes de Morante, el Arbuckle del toreo, a ver si a base de ponerle se consigue que abra la Puerta del Príncipe para que los mismos latosos de siempre se pongan en trance a enaltecer las cosas que es capaz de hacer un hombre fondón con una cabra. Dignísimo empeño. Déjà vu taurino y decadente sin toros, el Pétreo vuelve, ante la general desgana, como personaje de The Walking Dead a Aguascalientes, do la sangre clama por la sangre, ante los sahumerios del último pelotillero, mohicano del incienso a condición de que el toro sea proscrito. Y luego, con ganaderos enaltecidos por la afición que venden sus ganados para que los recortadores hagan monerías, como si eso tuviese algo que ver con la grandeza del toreo, ganaderos ganaderos,  y el que venga atrás que arree. Pelmazo día de la marmota taurina con las plazas de Iberia dominadas por un mexicano poco exigente, el tío del yate, que mete sus yogures caducados, los toros con los que le timaron, como si fuesen oro molido, los veragüibiris de Zalduendo, por mis pistolas o por mis dólares. Y ante tamaño aburrimiento, lo que no falla, lo auténtico, que hoy por hoy es lo de Brihuega y Olivenza, donde se da lo que se espera y con quien se espera, festorrín de las cabritillas que a nadie engaña.

Entre tanto, lo que importa está desaparecido, missing in action: a los Cuadri los echan a patadas de Valencia, no vaya a ser que alguien compare y se dé cuenta de lo birriosos y deplorables que son los premiadísimos Parladé, de, de, té; a El Cid nadie le recoge el guante de su desafío para verse con seis de Victorino en Madrid, no vaya a ser que triunfe y deje al ridículo Talavante, inanidad taurómaca, con las bolas al aire. La cosa la explica de perlas Padilla cuando dice que le encanta no tener que vérselas ya con toros de aquellos que mataba antes de ser tuerto, así está la cosa. Ná de ná.

Un año más la temporada está ante nosotros, y ya no es que a la fiesta le falte un mechón, como siempre dice Jorge Laverón; la cosa es que, fatalmente, todos los toreos que me gustan y me interesan están retirados o muertos.

Y si el Señor buscaba un hombre justo para salvar a Sodoma, salvemos aquí a Cid y a Urdiales, cada uno a su manera, últimos versos sueltos de algo que desdichadamente se acaba. Por más ímpetu que le echemos, esto va de capa caída. Y eso sí… ¡muchísimo arte!

lunes, 19 de enero de 2015

“Je suis Chato”



José Ramón Márquez

Esa Francia fecunda que, al decir de los Tertulianos, es capaz de alumbrar la Enciclopedie y Charlie Hebdo, esa enemiga constante y secular de esta España nuestra, que lava sus culpas enviándonos desde hace centurias una legión de hispanistas y de sinceros enamorados de la piel de toro, nos servirá para ilustrar en dos trancos un par de asuntos de la actualidad.

En primer lugar tenemos al citoyen Simón Casas que, envalentonado por haber logrado cuadrar sus cuentas, pone en marcha su ofensiva en defensa de la Fiesta tomando las armas contra... el público. Dentro de la más perfecta lógica del mundillo taurino, al bueno de Simón no le da por arremeter contra el fraude generalizado (afeitado, fundas, brunete guateada...), ni contra la anodina ausencia de personalidad en los toreros (Pérez, Gómez, Sánchez...), ni contra el incontestable descaste de la cabaña de lidia (juampedro, juampedro, juampedro...), ni contra los trusts empresariales de los que él mismo participa. Simón derrota contra el público, el que pasa por la taquilla, el que sostiene todo el tinglado, acaso porque ésa es la única parte del espectáculo que escapa a sus manejos. Ignora Simón, o acaso no, que demonizando al público se alinea con Blasco Ibáñez y con Eugenio Noel, acaso tan antitaurinos como el propio Simón, que no duda en ponerse un rato junto a los antis declarados con tal de llevar el agua a su molino, tratando de buscar que en los ruedos impere la Pax Simona que consiste en sólo manifestar la aprobación y el contento. Para ilustrar a Simón citaremos las palabras de Gonzalo Torrente Ballester, publicadas en un viejo número del diario Arriba, a propósito de los públicos: “...la ventaja del público español es que lleva en la sangre el profundo sentido de la justicia del espectador de toros...” y más: “...el público de toros dimite del partidismo ante una gran faena y aplaude al torero detestado o silba al favorito si lo ha hecho mal. ¡Qué gran institución educativa de las masas son las corridas de toros!

Y luego, la violencia. Lo mismo los moros con sus AK-47 convirtiendo una calle de París en el OK Corral que los antis dejando maltrecho a Andrés en la Universidad San Pablo-CEU, cada uno a su manera y según sus fuerzas, el recurso a la violencia siempre parece ser el más querido por el humano, acaso lo que nos hace humanos, como nos enseñan la Biblia en Gen, 4.8.  y Kubrik en “2001 una odisea del espacio”. En París, cuando los toreros Pierre Cacenabe “Felix Robert” y Ramón Laborda “Chato de Zaragoza” se dirigían a la Plaza de Toros de las Arenas de Enghieu a participar en una corrida organizada con motivo de la Exposición Mundial de 1900, fueron tiroteados por un “anarquista” (aún no se había inventado lo de “terrorista”) sueco llamado Iván Aguelli, que de esa manera quería hacer patente su desacuerdo con... lo que fuese. Robert se libró de la balasera, al Chato la cosa le costó un balazo en un brazo y en el costado izquierdo y al sueco una multa de 200 francos y la privación de libertad por tres meses. Nadie se manifestó con un cartel: “Je suis Chato” y la pena impuesta al agresor pareció ajustada, respecto del crimen perpetrado, para la prensa de la época, prensa que es, al parecer, la garante de la democracia según se ha dicho en los días pasados.

A fin de cuentas los tiroteados eran toreros.

jueves, 16 de octubre de 2014

Los políticos vuelven a las andadas con la plaza de Las Ventas



Huevo frito con sartén / Pepe Molleda

La cúpula vaticana de Taurodelta
Proyecto

La cúpula vaticana de Taurodelta
Resultado

José Ramón Márquez

Nos enteramos por purezayemoción.com de que lo mismo que aquellas pelmazas golondrinas de Bécquer -cuyo antepasado fue uno de los ganaderos de los que se quedaron con parte de la testamentaría de Cabrera-, vuela hacia nosotros una segunda cubierta para Las Ventas, una reedición de la que se hundió como un soufflé mal cocinado ante la rechifla general dos días antes de su inauguración.

Una vez más tenemos a esos incansables padre e hijo, a esos father and son, choperón, ron, ron, saca los juampedros al sol, amparados por la beatífica mirada del más simpatico Pultafagónides de la capital, el exquisito gentleman de Barcelona a quien todos los que sentimos hacia él la más sana envidia conocemos como Abeya, empeñados todos en poner como sea otra boina en la Monumental, del mismo jaez que la precedente, dejando fuera las gradas y las andanadas y, quizás, algo mejor calculada.

Parece mentira que aún nadie sepa a estas alturas qué pasó con la carpa precedente, con ese primer y fallido intento que al menos por unos días consiguió tener al empresario «feliz con [aquel] logro bajo su gestión» (ABC, 26/01/2013). Parece también mentira que nadie asumiese entonces ninguna responsabilidad por el colapso de aquella birria de la ingeniería inspirada en «las cúpulas de San Pedro del Vaticano» (sic) y que todo el mundo quedase mirando para otro lado, estatuas de sal gorda, como si allí no hubiese pasado nada. Como si fuese un motivo de estudio de Iker Jiménez, que ya estoy viendo el titular en Cuarto Milenio: «Los OVNIS de Ganímedes, los mismos que hicieron las pirámides de Egipto, son los culpables del derrumbamiento de la cubierta de Abeya».

Parece increíble que Ch. González, cuando visitó las obras en noviembre de 2012, no detectase con su fino ojo avizor problema alguno en el diseño o, al menos, que no impulsase con mano firme la depuración de las responsabilidades que dieron lugar al esperpento del hundimiento, sacando al menos una miserable nota de prensa o echando a alguien a patadas por no haber hecho bien su trabajo. Lo único que hubo, como siempre, fue una ampulosa declaración de un correveidile, en este caso de un tal Salvador Victoria, que dijo en los sacrosantos pasillos de la Asamblea de Madrid (organismo harto innecesario) lo siguiente: “Quedan totalmente descartados otros proyectos para cubrir el coso madrileño” (madridiario.es 30/01/2013). Claro es que las declaraciones de uno de estos tienen el mismo valor temporal que el de un billete del metro, pues nuestros próceres han superado el nanosegundo como unidad de medida de duración media en cuanto a cumplir lo que declaran cuando los plumillas les achuchan por algo.

Ahora vuelven por sus fueros (¿desafueros?) y ya tendrán por ahí preparados otros 160.000 kilogramos de aluminio y acero con los que izar el nuevo mamarracho. Acaso esta vez el «referente» sea Brunelleschi, sin salir de Italia, acaso esta vez no se les vaya abajo, acaso esta vez consigan alzarla para mancillar la arquitectura como mancillan a diario a la ganadería, al toreo y a la afición. 

Mientras tanto, cocidito madrileño (o escudella y carn d’olla) en Lhardy, y mucho, muchísimo agasajo postinero. No cabe duda de que los regüeldos de los garbanzos y la modorra del vinillo se pasan muchísimo mejor con cubierta y calefacción central que a la intemperie, y por eso no extraña el celo impetuoso que tienen en montar eso. Los toros les importan un bledo, quieren una cubierta que les permita profanar el bendito ruedo con lo que sea y, si pudiesen, de buen seguro que arrancarían una noche esos azulejos que hay sobre la Puerta grande en los que pone esa inmunda leyenda que reza «Plaza de Toros».

viernes, 26 de septiembre de 2014

The Tauromaquia sin The Toros de The Maestros y sus The Orejas

Fandi desenmascarando a un zalduendo
 como los que aguardan en Carabanchel a The Maestros

José Ramón Márquez

El sábado se perpetra en Carabanchel la primera corrida del Nuevo Orden Taurino. En ella se da de una manera perfecta todo lo que más se puede odiar referido a la tauromaquia y sus alcances. Lo resumo en media docena de trancos: lo primero la Plaza, ese espanto de Plaza cubierta con esas deprimentes escaleras mecánicas, con esa luz lánguida y mortecina, luz de tanatorio, y con esos ecos, cimentada sobre un Centro Comercial; lo segundo, la presencia del no-toro, el animalejo de los pitones romos y la lengua fuera, el claudicante colaboracionista perpetrado por los que odian el toro, muñeco animado y bien mandado con cuyas carreritas mortecinas se crea el “arte”; lo tercero, la presencia innecesaria del picador, trámite abolible cuando el “toro” ya viene bien precocinado; lo cuarto, el torero que no asume riesgo, porque se la juega a la carta del “arte”, despreciando la ética, pues en el nuevo paradigma sólo importa la estética; lo quinto, la feliz concurrencia del público entregado al dictado de la moda, dispuesto a degustar la genialidad de los que la mercadotecnia ha etiquetado como “The Maestros”: los trucos de un torero gordo y mofletudo, el poderío de un torero bajito y la nada de un torero con el que acabó una cornada en Málaga siendo novillero; y, en fin, lo sexto, la presencia de una latosa música en el lugar en que Rafael de Paula dictó la faena de “la música callada del toreo”.

Si a uno le gustasen los acontecimientos irrepetibles se iría a Vista Alegre a ser testigo del acto fundacional de la Nueva Era Taurina, pero como uno ya ha visto tantos y tantos momentos únicos e históricos, casi es mejor quedarse en casa echando una siestecilla que irse a ese vilipendio de todo lo que uno ama. Que disfruten los que vayan y que los toreadores (creo que hay que empezar a usar ya este término) no se hagan daño, que en esto lo importante es no hacerse daño. Y que manen las orejas, sobre todo muchas orejas.

martes, 9 de septiembre de 2014

"The Maestros". Lo de Ronda en Carabanchel


 José Ramón Márquez

¿Qué tendrá Ronda, que tanto enhechiza? Lo mismo que Rilke se buscó el refugio del Hotel Reina Victoria y Orson Welles el de la casa de Ordóñez, donde se llenaba la andorga, las personalidades sensibles encuentran en la ciudad del tajo un aire que excita las plumas y echa a volar los adjetivos.

El otro día se celebró allí la tradicional “Corrida Goyesca”, que como todo el mundo sabe es una corrida normal y corriente, en la que no hay absolutamente nada de lo que Goya vio en una Plaza de Toros, y que se distingue de la corrida no goyesca en que los actuantes van disfrazados de pastorcillos del Portal de Belén -y aquí permítasenos la digresión de recordar una vez más al impagable Niño de Santa Rita, que es el torero al que con más gracia hemos visto vestido de “goyesco”.
Todo el mundo sabe que Goya fue testigo de cómo el toro Barbudo, de Peñaranda de Bracamonte, metió el cuerno por el bandullo al pobre Joseph Delgado poniendo punto final a su vida y, con ello, a su largueza, marchosería y galantería, acreditadas virtudes del finado Hillo en su vida terrenal. En Ronda, en la época de Goya,  también murió un torero, Curro Guillén, al que dieron sepultura en la misma plaza, justo en el sitio donde el toro le cogió. Lo de la cogida sí que tiene aire bastante goyesco, incluso la del Alcalde de Torrejón en el tendido de la Plaza, pero lo cierto es que nadie la quiere en la Corrida Goyesca ni en ninguna otra, por pura humanidad. En Ronda este asunto tan delicado lo arreglan buscando en el campo el ganado menos propenso a cornear, ganado buenista y amable que no estropee la fiesta, que bastantes sinsabores tiene la vida en su día a día como para echarse más penitas encima y que un desafortunado accidente nos agüe la fiesta.

Aunque es ocioso decirlo, pues todo aficionado tiene permanentemente presente que la primera reseña de una corrida de la que se tiene noticia es de una celebrada en Madrid a finales del siglo XVIII en la que participaron los Romero, toreros rondeños pintados por Goya, eso hace que la presencia de la santa horda periodística en la patria chica de los nietos del inventor de la muleta sea imprescindible. Ronda y los Romero y a su vera el primer revistero. Y en nuestros días, allí, la necesaria presencia de la prensa libre, de los revistosos que acuden al panal de Ronda con los ojillos como bolitas de alcanfor a coger al vuelo esas formas de arte que son la verónica soñada y el jamón cortado a cuchillo de forma óptima.
“Corrida Goyesca”, amable kermesse pues, o también “Festival del Postureo y del No-Toro”, grata reunión social que agrupa en la ciudad serrana a un buen número de delectadores del arte y de sus misterios (con la palabra “misterios” en este caso particular se viene a significar aquí al catering de buena firma), ansiosos de postrarse ante sus ídolos a la mínima que les den una oportunidad.

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Es difícil hacerse con una entrada para Ronda, que la Plaza es chica y los compromisos, muchos, pero quien quiera tener una experiencia similar a la de Ronda en cuanto a nula exigencia en cuanto al ganado, ambiente festivo y proclive al triunfo y arte a raudales ahí tiene a la vuelta de la esquina a “The Maestros”, que se las van a ver en Carabanchel, en el palacio taurino en cuyos sótanos está El Corte Inglés, con una terrorífica corrida en la que lo que menos pinta son los toros, pues no en vano se comenta que Curro Vázquez anda ocupándose de ese aspecto tan secundario en este caso. No vayamos a ponernos exquisitos pensando en las alimañas de Coruche que se lidiaron en esta Plaza, ni en el terrorífico debut en ella de los de Carreros; no nos pongamos tristes pensando que en la vieja Chata carabanchelera murieron en un plazo de quince días, sin pena ni gloria, Alfarerito y Marinero, ambos vestidos de azul con cabos negros; congratulémonos en cambio pensando que en ella dictó Rafael El Gallo su obra maestra a un toro de Olea, o que, años más tarde, Rafael de Paula firmó allí la faena de “La música callada del toreo”, y soñemos con que alguno de “The Maestros”, pues así se hacen llamar los tres tenores que se anuncian en la antigua Chata, sea capaz de superar la épica hazaña de Fandila del otro día, sentado en el Zalduendo y dejar un imborrable recuerdo en los espectadores, que los tiempos cambian y no hay que anquilosarse ni estar atado a rancios dogmas y antiguallas.

“The Maestros” son July, rematando la peor temporada que se le recuerda, Morante, mofletudo artista del pingüi taurino con legión de seguidores, y Talavante, cuya cotización está como la de las acciones de Gowex. Tres tenorzuelos que han pasado por Madrid de puntillas se han buscado el alivio de la ex-Chata -en eso imitan a Rafael El Gallo, sin saberlo- para tener un triunfo de esos del olor de las multitudes en Madrid, aunque sea al otro lado del río, y lo mismo que le dice el Julián a la Susana en la famosa zarzuela, se van a los toros a Carabanchel, pero en este caso acompañados de una orquesta y... de un catering, que ya se sabe que el condumio es la gasolina que hace moverse a los de la prensa libre. Y habiendo condumio de por medio esperemos que el acto sea adecuadamente cubierto por Telemadrid cuyo crítico taurino, el gourmand Moncholi, es fama que no pudo acercarse a Ronda a hacer la retransmisión, y bien que lo sentiría el hombre, con lo que le gusta a él mover el bigote.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Fandila desenmascara al Toro Sillón de Ikea con que triunfan las figuras


Fandila sentado en el toro

José Ramón Márquez

Anda el patio de vecindad del tuiter escandalizado a costa de Fandila, que el otro día en Priego de Córdoba se sentó encima del bóvido que tenía que matar a estoque. Todo se vuelven críticas al botarate, que el hombre se ve que ya no sabe qué hacer para agradar a los públicos, y no está de más recordar que Fandila es el que más torea, lo cual quiere decir que probablemente es el que más espectáculo ofrece a las gentes del tipo de espectáculo que las gentes ansían ver.

El aficionado común se pone como la niña del exorcista viendo ese vilipendio del bos taurus y clama, como un Profeta de los del Viejo Testamento, por el “respeto” debido hacia la fiera que se echa a rumiar tranquilamente y que permite que su matador se le siente encima, como si fuese un sillón de Ikea, pero la santa indignación tan propia de todos los españoles de bien, no debería ocultarnos la enseñanza que se encuentra en la inusual salida de Fandila, pues ese final utilitarista del antes llamado “toro bravo” no hace sino señalarnos de forma neta lo que es, querámoslo o no, el presente del antes llamado Toro.
 
El uso “mobiliario” del toro, el utilitarismo mobiliario diríamos, es simplemente la culminación de un proceso que comienza “eliminando lo anterior” y finaliza en esta “toreabilidad” o “bondad” amable que consiente en que el que te va a clavar el estoque se te siente en el anca un rato para descansar de tantas fatiguitas. Pero no nos engañemos con el esperpento que plantea Fandila, que  eso es tan sólo la astracanada que da lugar a la indignación de quien se queda con las hojas despreciando el rábano, porque exactamente de la misma materia que el bos cathedra (toro sillón) de Fandila, es de la que está hecho el bóvido al que se enfrenta Tomás para endiosarse otro poco más, el de Manzanares -Turronera de vaivén-, el del relleno de Morante, el de los inmarcesibles triunfos -perfectamente olvidados- de Perera, el de los robos de Julián... y no sigamos, que marea pensar en tanta cantidad de destoreo o antitoreo.

Alguien tomó la Z de Zalduendo, notable y antigua ganadería navarra, y se dedicó a su vilipendio y hundimiento. Alguien es responsable de que el toro, cuando ve que un tío se le sienta encima, en vez de liarse a cornás con él, se ponga a rumiar como si estuviese en los campos de Alcalá de los Gazules. Un toro de Guardiola, en Madrid, decidió que a él no le mataba nadie y estuvo defendiendo su vida hasta que le sonaron los tres avisos a su matador, Fundi. Pero eso es lo que nadie quiere. Los toreros, porque el zalduendillo les hace “disfrutar un montón”, el ganadero porque vende sus animalejos y hasta ha sido capaz de colocarle su mercancía averiadísima a un magnate mexicano, rey de la minería azteca, que con estos zalduendibiris va a aprender lo que es tratar de sacar leche de una alcuza, a los de la prensa/radio/tv porque sólo les echa las “rondajitas” el que las tiene. Todos contentos, y para sacar pecho contra alguien, Tirios y Troyanos, ahí tenemos al memo de Fandila.

En un acto de homenaje organizado por el sólido aficionado José María Bermejo, dedicado a ese digno ganadero llamado José Escolar, se me permitió el honor de dirigirme a él. En mis palabras al final de aquel almuerzo recordé al gran Fernández Salcedo en uno de cuyos “Cuentos del viejo mayoral” relataba que la corrida que se echó aquel año en Madrid no fue totalmente del gusto de la afición porque “el año había sido de poca lluvia y hubo que acarrear alimento para los toros a sus querencias, con lo que tuvieron más contacto con los hombres de lo que es deseable en el ganado de lidia, y eso les estropeó”.

 Algunos ganaderos, a los que nos aferramos con uñas y dientes, mantienen, contra viento y marea, el honor de sus divisas, aunque no sea con la firmeza del viejo mayoral, pero es evidente que en nuestros días la mayoría de los criadores han optado por contribuir, en la medida de sus fuerzas, a la creación del “toro sillón de Ikea”, felizmente desenmascarado por la falta de inteligencia de Fandila, el otro día en Priego de Córdoba.