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viernes, 10 de julio de 2015

Despido/despedida de Abella



José Ramón Márquez

Hoy Abella, ese gentleman con alma de botiguer a quien todos sus devotos conocemos como Abeya, en su más memorable pirueta evoca a Guerrita:

-Yo no me voy. A mi me echan.

Ahora, en la hora sombría de la despedida, llevado por este wind of change de la Presidenta rockera y motera, se agolpan ante la mente los instantes vividos con el entendimiento puesto en Abeya, el recuerdo de la bandera de España rota, sucia y desguazada sobre la Puerta Grande de Madrid, los desconchones de la Plaza, el orín en los balaustres, la falta de aseo y de decoro de la Monumental, los agujeros inexplicables, la gotera monstruosa y eterna junto a la puerta del tendido alto del 9, el redondel lleno de arena prensada, los pliegos de prescripciones... y también el intranquilo pensamiento recordando a los beneficiarios de su munificencia en la invitación de todas las tardes, ese corralito de jubilados o prejubilados que esperaban el maná de las entradas junto a la puerta del desolladero, esas jóvenes de melena rubia que entraban en el penthouse del burladero 27, sancta sanctorum próximo al redondel, ese besamanos de todas las tardes ante él...

Ahora retiran a un catalán para poner a un sansero, un tal Fernández, que busca en el burladero del callejón el amparo que no le dieron los votos en su pueblo. Esto ya lo cantaba Héctor Lavoe con la Fania All Stars: “quítate tú pá ponerme yo”,  que no es cosa nueva ni que pueda causar sorpresa, porque todo español sabe bien que no hay peor cuña que la de la misma madera, madera pepera en este caso particular.

Ahora a Abeya le resta la vuelta a la normalidad, al dulce anonimato en que nos desenvolvemos todos aquellos a los que no se nos puede sacar nada. Ahora le resta la decepción de comprobar cuántos ya no le quieren tanto como antes desde el día de hoy, ley de vida. Por lo que a nosotros nos toca sólo podemos poner sobre el folio un purísimo agradecimiento, pues es de justicia reconocer la cantidad de buenos momentos, de chistes y de chirigotas que nos ha regalado Abeya con su sola presencia. Por lo demás, en el día de su cese, le retiramos la y griega -corralito venteño, Abella de nuevo- y pasa a ser otro anónimo espectador, cuando vaya a los toros, si es que le da por ir, cosa que se duda.

La cinta que pende del techo de la andanada era premonitoria. La cinta, como de una corona de difunto, a la que sólo faltaba aquel famoso rótulo: “Adiós compañero. Los de la charpa no te olvidaremos nunca”.