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viernes, 17 de julio de 2015

Las 9 propuestas de los arbitristas taurinos de Madrid


José Ramón Márquez

Esa notoria inutilidad taurina llamada Choperón Father and Son, el padre se llama Manuel y el hijo ya te lo he dicho, amos de la razón social Taurodelta S.A., dan a luz el parto de los montes en forma de medidas para “mejorar y agilizar el transcurso de los espectáculos taurinos” en Las Ventas. En vez de sentarse a ver por qué la Plaza de Toros es una sucursal del vertedero de Valdemingómez, llena de porquería, de suciedad, de incuria, de orín y de goteras; en vez de sentarse a pensar por qué las gentes han desistido de ir a Las Ventas fuera del trágala de San Isidro; en vez de meditar cuál es su responsabilidad en la penuria de carteles de toreros y ganaderías, de cómo Madrid le ha arrebatado a Vista Alegre el título de “la Plaza de la oportunidad”, se dedican a convocar a treinta cantamañanas, capitaneados por el sansero, nuevo gerente del inútil Centro de Asuntos Taurinos, a ver lo de la “mejora” y lo de la “agilización”, para tener algo que hacer de aquí a las vacaciones e imagino que, de paso, para ir roneando al sansero e ir metiéndole en el cesto, si es que ya no está metido de antemano.

Las medidas de agilidad y mejora son propias del Profesor Franz de Copenhague, invenciones que lo mismo las podía haber firmado el de Podemos Anchuelo. La primera es “la limitación en el uso del descabello (sic) y la puntilla” Todo el mundo sabe, hasta el más lerdo, que la puntilla en manos del tercero de cada cuadrilla obedece a que es éste quien tiene que abonar el precio del apuntillamiento al puntillero de la Plaza, y que la racanería de los matadores y los apoderados hacen el resto, pues no les importa que su peón les levante el toro si con ello se ahorra los euros que debería pagar al puntillero oficial, don Ángel Zaragoza, que es un excelente y certero profesional y que hace su trabajo a las mil maravillas… cuando le dejan. Sobre lo del descabello, no se puede decir una memez más redonda: el matador es el encargado de dar fin de la vida del toro que le corresponde, y punto.

La segunda agilidad consiste en volver a sacar el caballo de turno en la suerte de varas por la puerta de Madrid, la del 7. Esto es una idea en la que se empeñó Vicente Zabala (q.D.g.) y que realmente no aporta nada al espectáculo. Más bien resta. El momento de la salida de los picadores es un interesante momento para el aficionado: aparecen dos actores, uno de los cuales tiene que recorrerse media Plaza hasta llegar a su posición. Es ése un momento en el que se pueden dar lances interesantes, en el que hay que sujetar al toro y en el que puede surgir la sorpresa. Si el director de lidia se dedicase a acompañar al penco en su recorrido, la cosa estaría más controlada, pero eso es ya historia. Eliminar la posibilidad de que surja la sorpresa, de que el toro se eche a por el picador en su camino, es restar otro poco de interés a la lidia, en aras de la pelmaza cosa de la “faena” de muleta. Como ejemplo, baste recordar en el pasado San Isidro la incertidumbre de los Partido de Resina atacando a los caballos en donde les venía en gana, sin que la impericia de los coletudos pudiese hacerse con ellos. Eso es espectáculo, y quitar la posibilidad de que ocurra es cercenar dicho espectáculo.

La tercera invención de “los treintaytantos” es una tontería sobre los pañuelos, para que no pase como en el pasado San Isidro cuando se concedió un rabo en una corrida de rejones por sacar tres veces el pañuelo blanco el Presidente. Por si se lían en contar: uno, dos…, que esta medida ya es poner de tontos para arriba a los Presidentes.

La cuarta memez es un brindis al sol sobre el cómputo de pañuelos orejeros por parte de los Presidentes. Éste es un tema que compete a los propios Presidentes en el que la Empresa adjudicataria de la explotación del coso no debe pronunciarse ni influir. Acaso sean los Presidentes los que deban refrenar los ímpetus orejeros de Calderón y Briceño en determinadas circunstancias y tomar una postura común entre todos ellos. Aunque esto parece mucho pedir.

La quinta se refiere al criterio para abrir la Puerta Grande. ¿Dos orejas? ¿Tres orejas? Me importa un bledo, por mí podían quitar eso de las orejas que tanto emponzoña el ambiente.

La sexta es de agrimensura, pues atañe a la disminución de la altura del ruedo. Una vez me dijo el maestro César Rincón que la “lenteja” del redondel es algo que beneficia al torero, no sólo al matador sino también a los de plata, pues hacia el platillo el toro va cuesta arriba, refrenando algo su ímpetu, y hacia tablas va hacia abajo, lo que le obliga a frenarse en la embestida. Hasta que un torero gordinflón, mofletes, ahíto de palmeras bañadas en chocolate, destapó lo de la altura del ruedo, nadie había pensado en esa estupidez: ni Manolete, ni Domingo Ortega, ni Manolo Vázquez, ni El Viti, ni Antoñete, ni Rincón, ni Paco Camino, ni Luis Miguel
 
La séptima es quitar al torilero y al chulo de banderillas el vestido de torero. Si estos idiotas  homéricos supiesen algo, si ellos supieran quiénes eran el Maca, el Antoñanzas, el Buñolero, chulos de banderillas y de toriles de Madrid de hace cerca de dos siglos, si les importase algo la historia de la Plaza, sabrían que desde los inicios en la Plaza de la Fuente del Berro, los chulos de toriles y de banderillas en Madrid van vestidos de toreros. En Málaga, por ejemplo, no, pero en Madrid, desde tiempos inmemoriales los chulos van de torero y estos animales no tienen derecho alguno a quebrantar la tradición.

La octava va en relación al tamaño de las orejas que se cortan. Ya hay que tener poco que hacer para preocuparse de semejante imbecilidad.

Y la novena medida de agilidad y mejora, se ve que el magín no les ha dado para completar la decena, es la única razonable, que es instar a los mulilleros a que acudan siempre al toro a la misma velocidad y que no ralenticen el paso cuando hay posibilidad de propinilla. Ésta es la única que parece razonable. Podían haber quedado a tomar unas cañas con esta sola cuestión, magro orden del día.

La inutilidad del Centro de Asuntos Taurinos hará muy mal en consentir que se quite el tradicional vestido de los chulos de toriles y de banderillas. Como cuando el alcalde Gallardón quitó el uniforme cuatro veces centenario de los maceros del Ayuntamiento “por franquistas”, ahora estos indocumentados quieren vestir, porque les da la gana, al torilero de peregrino del Rocío. Déjense de agilizaciones y si de veras quieren mejorar contraten ganaderías fuertes, de romana, de poder, traigan corridas que reivindiquen al toro y déjense de llenar las tardes de los domingos de “nuevo en esta plaza” y de ganaderías sin antigüedad cuyo único mérito es proceder de la peste juampedrera.