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domingo, 26 de julio de 2015

Abismos



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Revilla, ese hombre de Estado ahora que el corcho flota, dice que el Rey le dijo que con la lista de Mas no hay vuelta atrás y que vamos al precipicio.
    
Tampoco podíamos figurarnos al Rey en plan Critón tratando de persuadir al Sócrates del Paralelo (que sabe, además, que no va a haber cicuta) para que abandone ahora Atenas.

    ¡Al precipicio!

    Steiner arranca la historia de su vida con un librito de tapas azules que su tío Rudi le trajo de Salzburgo, la ciudad de los suicidios. Era una guía ilustrada de los escudos de armas de la ciudad y sus feudos. Aquel manual de heráldica lo abrumaba por la amplísima diversidad de las formas del mundo.
    
En heráldica es frecuente insertar unos escudos dentro de otros. Este recurso se designa en francés con el sugerente término de “mise en abyme”.
    
Y le sobrecogió, hasta hipnotizarlo, una idea: si había en aquella oscura provincia de un pequeño país en declive tantos escudos de armas, todos ellos únicos, ¿cuántos habría en Europa?

    –Regresaba a la “mise en abyme” de un blasón dentro de otro, a esa “puesta en abismo”. ¿Cómo podían los sentidos imponer orden y coherencia en el “perpetuum mobile” del enjambre de la existencia?
    
Su reacción adolescente fue diseñar un escudo de armas para Sixtus von Falkenhorst, prelado imaginario, belicoso y sensual, instalado en su castillo sobre una aguilera de montaña casi inaccesible, cuya torre albergaba la lista de todas las listas, la “summa summarum” de todo lo que es.
    
Arturo Mas podría ser el Sixtus von Falkenhorst del tabarrón catalán, encabezando la lista de los listos (que cierra Guardiola) con esa valentía de los niños que persiguen mariposas al borde de los abismos. Pero uno sólo ve en él al gañán (Pujol era un burgués a quien el dinero hizo payés) que trata de hacerle un túnel como el del Chapo Guzmán al Estado, cuya extrema debilidad es la fuerza disgregadora de España.

    En un país fuerte, baturradas como las del separatismo catalán ni se plantean.