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martes, 17 de febrero de 2015

Fin de fiesta... pero con ¡muchísimo arte!




José Ramón Márquez

Pelmazo déjà vu de la temporada que comienza. Pelmaza reiteración de lo mismo, mosca cojonera, día de la marmota, eternidad del tedio, año tras año. El cartel de Sevilla es una birria, como los de los años, los lustros anteriores, como la cucaracha/toro pinchada con un mondadientes, como el de los trocitos, como el otro y el de Maroto y el de la moto. Nada nuevo.  Pelmazos carteles de Valencia, con las pelmazas figuras que no llenan ni en su casa aunque inviten a almorzar, con tal de tener la ocasión de no echar un rato con ellos; figuras rancias de lustros y lustros sin que nadie venga atrás arreando, sin que nadie asome a escobazos a echarles a su casa o les obligue a superarse para defender la posición. Pelmazo Sevilla con cinco o cincuenta o cincuentamil tardes de Morante, el Arbuckle del toreo, a ver si a base de ponerle se consigue que abra la Puerta del Príncipe para que los mismos latosos de siempre se pongan en trance a enaltecer las cosas que es capaz de hacer un hombre fondón con una cabra. Dignísimo empeño. Déjà vu taurino y decadente sin toros, el Pétreo vuelve, ante la general desgana, como personaje de The Walking Dead a Aguascalientes, do la sangre clama por la sangre, ante los sahumerios del último pelotillero, mohicano del incienso a condición de que el toro sea proscrito. Y luego, con ganaderos enaltecidos por la afición que venden sus ganados para que los recortadores hagan monerías, como si eso tuviese algo que ver con la grandeza del toreo, ganaderos ganaderos,  y el que venga atrás que arree. Pelmazo día de la marmota taurina con las plazas de Iberia dominadas por un mexicano poco exigente, el tío del yate, que mete sus yogures caducados, los toros con los que le timaron, como si fuesen oro molido, los veragüibiris de Zalduendo, por mis pistolas o por mis dólares. Y ante tamaño aburrimiento, lo que no falla, lo auténtico, que hoy por hoy es lo de Brihuega y Olivenza, donde se da lo que se espera y con quien se espera, festorrín de las cabritillas que a nadie engaña.

Entre tanto, lo que importa está desaparecido, missing in action: a los Cuadri los echan a patadas de Valencia, no vaya a ser que alguien compare y se dé cuenta de lo birriosos y deplorables que son los premiadísimos Parladé, de, de, té; a El Cid nadie le recoge el guante de su desafío para verse con seis de Victorino en Madrid, no vaya a ser que triunfe y deje al ridículo Talavante, inanidad taurómaca, con las bolas al aire. La cosa la explica de perlas Padilla cuando dice que le encanta no tener que vérselas ya con toros de aquellos que mataba antes de ser tuerto, así está la cosa. Ná de ná.

Un año más la temporada está ante nosotros, y ya no es que a la fiesta le falte un mechón, como siempre dice Jorge Laverón; la cosa es que, fatalmente, todos los toreos que me gustan y me interesan están retirados o muertos.

Y si el Señor buscaba un hombre justo para salvar a Sodoma, salvemos aquí a Cid y a Urdiales, cada uno a su manera, últimos versos sueltos de algo que desdichadamente se acaba. Por más ímpetu que le echemos, esto va de capa caída. Y eso sí… ¡muchísimo arte!