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lunes, 16 de febrero de 2015

Carmona



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Carmona no es un hombre; es un arquetipo.
    
Carmona, que representa al socialismo Ozores, procede, como Pablemos, de la tertulianería, esa charlatanería hispánica de la que acostumbran vivir barraqueros, barberos, hispanistas y, por supuesto, políticos.

    Una vez que el socialismo Benarroch se ha pasado a Podemos, el socialismo Ozores es lo que queda de aquel francofalangismo que Gonzalón cuajó en el 82, con la rama sevillana de Susana, la que aconseja a los profesores andaluces escribir los mensajes sin tilde para ahorrar (sic), y la rama madrileña de Carmona, cuyo sentido del compromiso lo llevaría, por el síndrome de los Andes, a comerse al compañero Gómez.

    Carmona no sabría explicarnos por qué el dolor de muelas se presenta siempre en fin de semana ni por qué todos los ciclistas de acera llevan una mochila a la espalda ni, desde luego, por qué los vecinos más respetables del barrio son quienes arramplan de una tacada con todas las bolsas verdes que el Ayuntamiento pone en las papeleras para recoger las cacas de los perros. Y, sin embargo, Carmona aspira a suceder a Ana Botella en el sillón municipal de la capital de España.

    –¡Más bicicletas! –es la promesa de Carmona para arreglar el transporte.

    ¿Más que Ana Botella, que ha convertido Madrid en la tienda de Bahamontes?

    –¡Más exposiciones! –es la promesa de Carmona para arreglar la cultura.

    ¿Más que Ana Botella, que ha puesto exposición incluso a Carla Duval?
    
Madrid era una ciudad, por callejera, maravillosa, la mejor ciudad de aquella Europa (glosada por Steiner) que se hizo para pasear. Pero Gallardón la estoqueó, Botella la apuntilló y Carmona viene con el tiro de mulillas para su arrastre.

    –La verdad es una luciérnaga –dice Carmona con una de esas frases de Carmona por las que un día podrían tirar a Carmona al pilón, aunque ya están tardando.
    
La alternativa progresista a Carmona en Madrid es el doctor Montes, cuadro que sólo está al alcance del ojo y los pinceles de un Ribera.