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sábado, 26 de mayo de 2018

A la sombra


Juan Huarte de San Juan
 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Amaneció el fin de semana en Madrid, y parecía de noche.

    –Mejor, así pelearemos a la sombra –respondió el espartano Dienekes al emisario de Jerjes que amenazó con cubrir el cielo de flechas persas, si los muchachos de Leónidas no se rendían.
    
La sombra es el puente aéreo Madrid-Kiev de los poetas de la Final, que vienen de cantar los derechazos de Julián López en Las Ventas (¡no diga derechazos, diga redondos de ternera!) y que van a cantar los golazos de Cristiano en el Estadio Olímpico de Ucrania.
    
La literatura española, se quejaban los catalanistas decimonónicos, tiene la fatalidad de ser casi enteramente madrileña: la preponderancia gubernativa da origen a la preponderancia literaria, todos repentistas.

    –La mejor alabanza que en Madrid se le puede hacer a uno es llamarle “listo” y “hombre de chispa”, y sí, todo el talento se gasta en chispazos.
    
Toros y fútbol hacen que en la lírica política el arte pierda lo que gana el artificio. Y con Rajoy aculado en tablas, Rivera, que cursó el mismo máster en charlatanería que Obama, ejerce ya en el periodismo la misma influencia que Naharro en el teatro: suprime las barbas de estopa mariana, “a la vez disfraz y careta del cómico”, e introduce en la escena los desafíos y las batallas para dar interés al argumento.

    –¡Habla tan bien…! –suspiran los liberalios en la cola nueva.
   
Como aviso a navegantes, “Pompeius” traía a colación a Mahoma, que en el Corán admite que nada le hace temer más por el porvenir de su raza que la predilección que tiene por los habladores, y a un humanista de Saint-Jean-Pied-de-Port, Juan Huarte de San Juan, que escribió un “Examen de ingenios” cuyo capítulo noveno se titula: “Donde se prueba que la elocuencia y policía en hablar no puede estar en los hombres de grande entendimiento”:

    –Una de las gracias por donde más se persuade el vulgo a pensar que un hombre es muy sabio y prudente es oírle hablar con grande elocuencia.
    
Todo lo contrario, dice, que Sócrates y San Pablo.