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sábado, 3 de junio de 2017

Vigésima de Feria. Y en eso llegó Ponce y mandó a parar

Hoy como ayer


 A hombros de lo mejor de la Crítica

José Ramón Márquez

Vamos a lo negro, que es Ponce, y dejamos lo demás para el final, por dar unas notas de ambiente, si acaso. Enrique Ponce, veintisiete años de alternativa, se presentó en Madrid  a matar la única corrida que quiso de las tres que, al parecer, le ofrecieron, sabedor de que si tenía que hacer un esfuerzo, lo haría, con lo que eso significa. Enrique Ponce se vino a Las Ventas con la misma ilusión con la que se vino aquel muchachito escuálido vestidito de rosa y oro a matar una novillada de Lupi en un otoño de hace cerca de treinta años, y eso es ya de por sí una noticia de las de titular, que cuando día a día vemos darse importancia de figuras a novilleretes de vuelo bajo y alas cortas o a matadores frente a los que sólo se abre el abismo de la inanidad, contemplar a este hombre, veintisiete años de alternativa, con su carrera hecha y con las ganas de un principiante es como para ponerse ya desde el primer minuto a favor del valenciano, que venía vestido con un lujo elegante, nada estridente, de carmelita y oro con unas florecillas de plata.

Cuando salió su primero, Libertino, número 50, un negrito bien hecho y serio, ya está Ponce con el capote trabajando con más ánimo que cualquiera de los novilleros de los que podemos haber visto en los últimos quince años, y cuando se dice trabajando eso quiere decir no dejar al animal a sol ni a sombra hasta tenerlo sujeto en el capote y corregida su descastada tendencia a salirse suelto del lance. Remata su didáctico saludo  a Libertino en los medios, tras haber ido en pos de él y haberle lanceado con gusto por verónicas ganando el terreno. Luego sale Manuel Quinta en su penco y Libertino explica su tema, que es medio emplearse en el primer puyazo y quedarse ahí a que no le peguen en el segundo. Al salir de la primera vara Jocho tira al suelo a Libertino y Ponce va a hacerse cargo de la situación en un quite por chicuelinas, buenas, de las cuales la que remata la serie es extraordinaria; luego lleva al burel al caballo y pierde el capote en la revolera con la que quería dejar colocado al toro, sin inmutarse agarra otro capote inmediatamente y remata con la misma revolera, pura torería. Acude presto a banderillas el toro y la cuadrilla justifica su solvencia, que un torero grande siempre debe llevar a su lado una buena cuadrilla. Principia Ponce su trasteo en el 10 y en ese terreno hará su faena toda entera, basada en las condiciones embestidoras y bondadosas de Libertino, que acude presto al cite, no crea problemas y pone de su parte todo lo que puede. A fin de cuentas es eso lo que su criador busca. Ponce desarrolla su faena basada en su propia facilidad, en su capacidad mil veces demostrada de negociar con el toro sin imponerse a él, sin violentarle. Esa falta de agresividad hacia el toro es la que se demuestra en cómo el de Chiva se empeña en torear en paralelo al toro, a veces extremadamente por afuera con el pico, con un oficio depuradísimo y dando lugar a una ligazón casi perfecta, pero siempre preocupado por no agredir al animal, por mantener una corriente de confianza entre ambos que propicie el que el toro no se vaya a rajar, como podría preconizar su comportamiento durante la lidia. El trasteo que Ponce forma es compacto y ensamblado como un juguete de Lego, pero no da el paso adelante que haría grande su propuesta: se conforma con poner la Plaza como un volcán en erupción a base de estética, no de toreo, de ponerse y hacerlo bonito, pero no de torear, de ese torear con los riñones, con compromiso y con verdad que es el que te pone los pelos de punta. Ponce nos da la versión de su verdad, la que tantas veces nos ha dado con toros que no le importunan y crea una obra que, seamos realistas, hace diez años le habría valido en Madrid muchas más censuras que aplausos. El final de la faena es, con mucho, lo mejor cuando Enrique Ponce se adorna con sus poncinas haciendo pivotar al toro sobre su pierna arqueada, llevándole con perfección  y acabando en un grandioso cambio de mano al que sigue un extraordinario pase de pecho. Luego se encenaga un poco con el acero, que nunca ha sido un gran estoqueador, pincha en hueso y después deja una rinconera algo traserilla que es suficiente.

Su segundo fue Rumbero, número 24. Cuando se vieron las trazas de Rumbero, lo veleto que era y las cositas que hacía, cuando vimos que el salpicado no era de las mismas condiciones amables y colaboradoras que los otros del encierro, comenzamos a relamernos por lo que acaso podría pasar por la cabeza de Ponce, que con una orejilla tenía ya a medio abrir la Puerta Grande. Sinceramente he de decir que me dio la impresión de que Ponce no quería al toro, cuando al salir del caballo lo tira ostensiblemente al suelo o cuando deja que José Palomares le meta el palo con fuerza pegándole lo suyo, da la impresión de que él prefiere que salga el sobrero y repartir cartas de nuevo, pero como el toro no vuelve a caer, aunque le echen el capote abajo, Ponce recoloca su pensamiento y decide medirse con Rumbero. En banderillas el toro galopa y muestra su disposición a acudir a la media distancia. Para la faena de muleta Ponce decide que el terreno va a ser frente al 6 y ahí es donde plantea su trasteo de principio a fin. En este toro, que no da nada ni lleva nada de serie, Ponce se dedica a labrar al animal a ir creando su combate, intentando meterle las manos pero sin ser agresivo contra el toro. El bicho embiste con todo el cuerpo y a veces engancha la muleta de Ponce, pero Ponce va labrando su obra, a base de consentir, a base del poder de su muleta, de su firme convicción en lo que está planteando y le enseña al toro a acudir por el derecho y luego se empeña en domarle por el izquierdo, valiente como un recién llegado y con una mente despejadísima de gran torero. Era un placer ver la técnica perfecta del valenciano, su estilo depurado, el sentido de todo lo que iba haciendo para ir llegando a las cercanías, al momento culminante de la faena en que le saca cinco redondos de uno en uno que son la patente prueba de que el designio se ha cumplido, de que toda la tauromaquia que ha desarrollado culmina en esa extraordinaria y personal manera de torear, llevando al toro por donde no quiere ir, mandando con mano de hierro sobre su embestida, poniendo en pie a la Plaza entera y rematando, homenaje sentido a Antonoio Bienvenida, con el característico abaniqueo del caraqueño. Volvió a marrar con el estoque y a dejar media tendida dentro del toro en la segunda intentona. Y, después, nuevo recuerdo de Bienvenida en la manera en que echa al suelo el capote de brega al comenzar la vuelta al ruedo.

La tarde entera fue propiedad privativa de Enrique Ponce, y eso que hubo un crítico de los de la Selecta Crítica que hace ya unos años le recomendaba (¡le exigía!) que se retirase… Sólo Ponce llenó la Plaza con su presencia, su disposición, su suficiencia, su torería, y su manera de estar. Muchos de los jóvenes que a diario vienen a Las Ventas, que eso sí que es un mérito que hay que poner en el haber de Donsimón, hoy habrán vislumbrado lo que es torear por primera vez en sus vidas, y eso ha tenido que venir a mostrarlo un señor con veintisiete años de alternativa, que respeta todos los ingredientes del rito, que está atento a lo que pasa en el ruedo, que considera todos los elementos que forman esta ceremonia tan frecuentemente travestida, anteayer mismo sin ir más lejos, en deplorable circo del abuso.

El ganado correspondió a la ganadería de Domingo Hernández, divisa azul encarnada y verde, propiedad de don Domingo Hernández, que en el día de hoy tomaba antigüedad. Ha sido una corrida bien hecha, con una diferencia grande de pesos, sin que eso haya sido un obstáculo, pues el ganado ha salido acorde a como debe salir en Madrid. El sexto toro, Granaino, número 60, ha sido el prototipo del toro perfecto para el toreo contemporáneo por su inextinguible disposición a acudir a los cites, viniesen de donde viniesen, por su tozuda insistencia en no enterarse de nada ni desarrollar la más mínima idea o sentido y por su inequívoco talento en colocarse él solito para el siguiente muletazo, le dejasen donde le dejasen. Un señor en el tendido bajo del siete apreció que esos eran méritos suficientes como para flamear un solitario pañuelo azul demandando la vuelta al ruedo  para Granaino, actitud que no consiguió ni mucho menos arrastrar a las masas.

La verdad es que después de lo de hoy estamos deseando irnos a Teruel a ver a Ponce con los de Adolfo.

¡Ah! Se me olvidaba: hoy se volvió a colocar en las taquillas ese cartel que Juli no consiguió poner y que reza “No hay localidades para la corrida de hoy”. Anotado queda.

Al Periodismo se le escapó Ponce
 como se le ha escapado Trump