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jueves, 1 de junio de 2017

Españolada

Maurice Tillet
"Se exige el aplauso"

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La plaza de Compostela tiene cuatro edificios: la Catedral, el Hospital, el Ayuntamiento y la Escuela Normal. Un día Castelar estuvo allí y, señalándolos, exclamó:

Religión, Caridad, Justicia y Enseñanza.
Esa frase, dice Camba, podría servir para hacer toda la psicología de Santiago.
Y toda la de España, ahora que en una novillada de San Isidro se presentó en la Andanada un Señor de Azul (“un color neto, serio y proletario”, querían los falangistas) a prohibir a un abonado (“¡por Respeto!”) tocar palmas de tango. Toreaba un mexicano de La Alcarria apadrinado por un catedrático de fábula de Iriarte y un cura del arciprestazgo de Hita. El Señor de Azul llegó acompañado de un segurata de tanda que parecía un edificio, más dos guardias de la Nacional para guardar la puerta.
Religión (un novillejo cretense en la arena), Caridad (los turistas chinos que pagan entrada completa por un toro), Justicia (el segurata y los guardias intimidatorios) y Enseñanza (un Señor de Azul que por toda identificación dice “Soy el mando”).
Todo lo que uno podía buscar en Compostela lo tiene ya en Las Ventas, donde el bizarro Curro Vázquez había pegado un arreón cosmopolita al crítico Juan Miguel Núñez.
¿Cómo tocar palmas entre dos guardias?

Hay que morigerarse –aconsejaba a la salida, feble y centrista, el doctor Cabrera.
“Actuar o juzgar”, tituló Pemán un artículo maravilloso sobre el eterno problema de la libertad y los derechos de crítica y expresión de la masa pública frente a los que actúan. En Francia, Jean Marais sacó la lengua a una espectadora que visiblemente permanecía con los brazos cruzados mientras los demás aplaudían. En Italia el tenor Corelli abofeteó a un espectador que aplaudía más a la tiple. Y el showman Maurice Tillet propuso poner en las entradas “Se exige el aplauso”.
Cuando Eisenhower aguanta sonriente las pancartas objetantes a su paso –concluye Pemán–, está respetando la libertad.
Esa cosa que los españoles no tienen… ¡ni en los toros!

Se prohíbe protestar