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lunes, 20 de febrero de 2017

El tiempo recobrado (Proust y la condesa Greffulhe)



Jean Palette-Cazajus

Gran emoción estos últimos días en los medios culturales. Emoción que comparto por entero: se acaba de identificar, con casi total certeza, al inmenso escritor Marcel Proust en una minúscula cinta  de los hermanos Lumière, rodada el 14 de Noviembre de 1904. 

La condesa Greffulhe, fotografiada por Nadar

La secta de los proustianos, de la que me considero un modesto acólito, no para de visionar y revisionar los 3 o 4 segundos en que aparece, vivo y real como la vida misma (perdón, quería decir real como la propia literatura), el autor de “En busca del tiempo perdido”. El documento dura 68 segundos.

Nos muestra el momento en que, tras la ceremonia religiosa, los aristocráticos invitados a la boda de la joven condesa Elaine Greffulhe con el duque de Guiche, bajan la escalinata de la parisina iglesia de la Magdalena. Entre los segundos 35 y 38 un joven con bigote, vestido con abrigo gris claro y tocado con sombrero hongo, adelanta por la izquierda al solemne séquito.

Marcel Proust tenía entonces 33 años. Faltaban 3 para que se decidiera a cambiar para siempre nuestra relación con el tiempo y la memoria. El primer volumen de aquel reto, “Por el camino de Swann”, sólo se publicaría en 1913. Si Proust aparece en la película es porque era amigo del novio a quien le regaló, aquel mismo día...una pistola, por lo visto presentada en original envoltorio decorado con excelentes gouaches. Parece que el particular regalo quebrantó la economía del  escritor que se duele del tema en una carta a otro amigo. Pero por quien perdía literalmente los papeles aquel joven mundano, era por los múltiples encantos de la suegra de su amigo, Elisabeth de Riquet de Caraman-Chimay, condesa Greffulhe (1860-1952), sin duda el modelo principal de la legendaria Oriana de Guermantes.


Antes de un baile de invierno

Bellísima, elegantísima, desdeñosísima, nobilísima, mediatiquísima “avant la lettre”, la condesa Greffulhe no solía exhibirse más de un cuarto de hora ante sus admiradores para mejor preservar su misterio. La adulación de joven burgués judío con que la rodeaba “le petit Marcel” la aburría un poco y en cuanto a su obra literaria confesó alguna vez que entre tal densidad de estilo “se le trababan los pies”.

El caso es que aquélla que jamás hubiese imaginado, en tal día, que de sus prestigiosos títulos, el único inmortal iba a ser el de su futura ficción literaria, también aparece en nuestro precioso documento. Entre los segundos 25 y 30, esbelta, con cintura de avispa y de blanco vestida, del brazo sin duda del padre del novio, la condesa, entonces de 44 años, baja la escalinata con porte de reina y llevándose la mano al aparatoso sombrero.

Pero la cosa no termina aquí. Los incansables detectives de la vida proustiana, han descubierto una carta que el escritor escribió al novio, al día siguiente, para decirle que, la víspera, había hablado con su suegra al pie de la escalinata y “qu’elle avait ri si joliment”, o sea que “se había reído con mucha gracia”. Con lo cual tenemos mucho derecho a pensar que si Proust parece tener tanta prisa en estos brevísimos segundos filmados es porque iba al encuentro de aquella risa cautivadora. De pronto ya no estamos “En busca del tiempo perdido”, sino en “El tiempo recobrado”.

Con el vestido llamado "de los lirios", creación del modista Worth

Yo por lo menos he caído en la trampa. Inoculada la droga de la literatura, vemos leyenda donde solo hay cotidianeidad. Bien es cierto que “leyenda” se refiere a aquello que necesita ser leído para cobrar vida.

Pd. Por parte de madre, la condesa Greffulhe era Montesquiou-Fezensac, “grandeza” de Francia. Tío suyo era Robert de Montesquiou, dandy decadente y amigo del escritor a quien proporcionó el personaje del Baron de Charlus. Por parte de padre era Riquet de Caraman- Chimay, rancia nobleza franco-belga. Por ese lado, era nieta de la famosa Madame Tallien también conocida como Nuesta Señora de Thermidor, una de las pocas y excepcionales protagonistas femeninas de la tormenta revolucionaria. Volveremos un día sobre aquella gran Teresa Cabarrús, extraordinario producto de “mixidad” francoespañola.

En 1883, luciendo un vestido de su ilustre abuela, Madame Tallien