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jueves, 16 de febrero de 2017

El enemigo nos ha elegido (pensar con Julien Freund)

 Julien Freund


Jean Palette-Cazajus

ADVERTENCIA: Los tres primeros párrafos del texto que sigue, ya encabezaron hace meses un trabajo de desarrollo muy distinto. Hoy sirven para iniciar una breve reflexión, sin publicar, que constituye el capítulo 14 (antepenúltimo) de la finiquitada serie “Agnus Dei Qui Tollis...”

Julien Freund (1921-1993) nació en un pueblo del Mosela, de cultura históricamente germánica y como tal fue un mediador entre el pensamiento francés y el alemán. Continuador de Carl Schmitt, fue su amigo hasta la muerte de éste, sin por ello sentirse «del mismo bando» como le dijo una vez al  muy grande y tortuoso jurista. Él mismo gustaba de definirse como «un liberal conservador insatisfecho». Profundamente antinazi, participó activamente en la Resistencia francesa. De aquella época data  un episodio que ayuda a situar el personaje. Tras la muerte de un soldado alemán a manos de la Resistencia, los nazis cogieron a 8 rehenes para fusilarlos. Julien Freund se presentó ante la Kommandantur para sustituir a uno de ellos, padre de 8 hijos.


 Galileo ante el Santo Oficio

El 26 de Junio de 1965, Julien Freund leía su tesis en la Sorbona. De tal tesis nacería «La esencia de lo político», su libro más significativo. El tribunal lo presidía Jean Hyppolite, hegeliano salvífico donde los hubiere, es decir, lo habrán comprendido, dominado por la fe en la certeza de la venidera reconciliación de las conciencias. Se dirigió al doctorando, más o menos en estos términos: «Si verdaderamente tiene Usted razón al definir la política como la discriminación entre amigo y enemigo, entonces sólo me queda retirarme del mundo y dedicarme a mis geranios». 

Memorable fue la respuesta de Julien Freund :

«Usted, Sr Hyppolite, como todos los pacifistas, piensa que es usted el que designa al enemigo. Considera que basta con que nos neguemos a tener enemigo para no tenerlo. Pero ocurre lo contrario, es el enemigo el que nos designa. Si él ha decidido que usted era su enemigo, por más que usted se dedique a tratarlo como un amigo, él no dejará de considerarlo como su enemigo y ni siquiera le dejará cuidar apaciblemente de sus macetas».

La respuesta de Freund, por su concisión, por su inquietante y cruda evidencia, porque resucita un concepto que nuestra modernidad posbélica había desterrado de su campo de visión, deslumbra y a la vez provoca un profundo malestar. Llevamos unos cuantos decenios cuidando efectivamente nuestros geranios y ahora parece que los enemigos nos salen a raudales de debajo de las macetas.  Y lo primero que viene a la mente es el recuerdo del viejo, del enrevesado concepto de “guerra justa”, tan caro a los dominicos españoles como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto. Quienes nos han designado como el enemigo lo hacen en nombre de verdades reveladas, de dogmas intocables, del horror a la funesta manía de pensar. Nosotros vivimos avalados por la racionalidad crítica, la libre confrontación de pareceres, las lecciones de la práctica social, el rigor de los protocolos científicos. Aparentemente, “¡no hay color!”, como se dice. Pero las cosas no son así. Por ser quienes somos y ser como somos, sabemos que no pueden ser así. Entre ellos y nosotros el acervo de los conocimientos y de los valores es antinómico. Ellos se han acostumbrado a no cuestionar, a no preguntar, a no dudar. Una teología de la sedación. Nuestra historia ideológica, ella, amaneció intranquilizadora y lleva siglos quitándonos el sueño y los sueños. Pero de nada sirve el contenido de las culturas cuando falla la capacidad de transmitirlas. 

Llegado ese momento capital, nuestra mente retrocede brutalmente  y se parece inesperadamente a la del enemigo. Como él, optamos por la creencia ingenua en lugar de la esperada reflexión. Como él, creemos en en la conversión espontánea del otro, fulminado ante la revelación de nuestras ideas y la evidente verdad que dimana de ellas. Así ocurrió cuando el presidente Bush decidió que convenía urgentemente inocular la democracia en ciertos países. Recurrió a las prácticas misioneras conformes a su fe evangélica: inicial uso de la fuerza para ocupar el terreno y técnicas suasorias de los telepredicadores. Nosotros sabemos que tras dos mil quinientos años de tanteos, de fracasos, de olvidos, y de enseñanzas, la democracia sigue siendo entre nosotros un proyecto frágil, una hipótesis desaforada, un envite siempre atrevido. No obstante aquella gente pensó que poblaciones que en su historia jamás habían tenido el más mínimo contacto con él, iban a “convertirse” espontáneamente al pluralismo democrático, deslumbradas por la zarza ardiente que brotaba del cañón de los tanques Abrams.

 Meditación final: cráneo de Descartes

Nuestros enemigos no saben lo que creen. Nosotros no creemos lo que sabemos. Y lo que nos dice el retruécano es que su posición es infinitamente más cómoda, firme y segura que la nuestra. La fuerza de las creencias, cuanto más ciegas menos cuestionables, es que se muestran machihembradas con el propio cuerpo del creyente, son “endotélicas” dije en su momento. Es decir que conforman y estructuran el rumbo interior de sus vidas, les dan una meta y las protegen contra el oleaje de las dudas. En el fondo la unidad de la fe y de la subjetividad humana aparece siempre como orgánica. No se puede separar de las personas concretas. Curiosamente, podríamos decir que los dogmas trascendentes reproducen en las culturas humanas la invariabilidad de comportamientos que la etología estudia en los animales. Razón por la cual son probablemente los instrumentos mejor adaptados a la perpetuación de la especie.

La modernidad occidental en cambio exteriorizó el conocimiento. Lo expulsó lejos del yo orgánico. El conocimiento dejó de estar al servicio de la especie para privilegiar el auge del individuo. Con Galileo se abre la grieta profunda entre lo que siente el sujeto occidental, por un lado, lo que sabe y cómo lo sabe por otro. Galileo, con su telescopio y su afirmación de que “el libro del universo está escrito en lenguaje matemático” firmó el divorcio entre los saberes del hombre y la fe en la experiencia de los sentidos. Hasta Galileo, ciencia y filosofía se confundían. Después de sus experiencias se separan definitivamente. Pero el verdadero albacea de Galileo fue Descartes. Todos hemos oído hablar de su “Método”. Pocos se dan cuenta de que lo practicamos todos los días, en la expresión cotidiana, en  las evidencias de nuestro día a día intelectual, de que ya nos resulta connatural y rutinario su esfuerzo de clarificación del acto de pensar el sujeto y su realidad circundante.  Desde entonces, para nosotros, pensar y dudar son una sola y misma cosa.

“Todo lo que acontece sobre la Tierra se ha vuelto relativo desde que la relación del hombre con el universo sirve de referencia a todas las medidas”, decía Hannah Arendt. A partir de Galileo -reflexiona- se va cumpliendo el sueño de Arquímedes: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El punto de apoyo para Galileo tenía que situarse en el universo astrofísico. Esta exterioridad será la de toda la ciencia moderna. En cambio, para una filosofía emancipada de la creencia, para la revolución cartesiana en primer lugar, “la solución consistió -añadía la autora de La vida del espíritu- en repatriar dentro del hombre el punto de apoyo, en elegir como referencia suprema el esquema del espíritu humano que se otorga a sí mismo  realidad y certeza ...”

“De omnibus dubitandum est”. Ése fue el punto de apoyo. Desde entonces la filosofía ha sido criticista, pesimista, nihilista, vitalista, relativista, irracionalista, desconstruccionista. “Quaestio mihi factus sum” repite el hombre moderno, siglo tras siglo, día tras día, antes de salir en busca de sí mismo, ajeno a sí mismo, perdido para sí mismo. Lo único que no supo anticipar es que por las estepas de la posmodernidad iba a encontrarse con las estantiguas del mundo premoderno. Encuentro inimaginable. Llevábamos varios siglos pensando que la historia no balbucea, que no vuelve atrás. Varios siglos pensando que quienes vivieron en los márgenes de la historia de la Razón occidental estaban condenados a desaparecer o a parecerse a nosotros. Pienso en El desierto de los tártaros, la sobrecogedora novela de Dino Buzzati. Durante siglos, en la inmensa lejanía del desierto,  en la inalcanzable lontananza de sus lindes solo algunas sombras esporádicas avisaban de la presencia del peligro. Un día, nos hemos despertado de repente, cercados por multitudes hostiles llegadas de los ignotos confines, que baten nuestras murallas. La metáfora, geográfica y axiológica, no sería mala si no fuese porque nunca hemos tenido murallas.

 Hannah Arendt (1906-1975)

Mi descarnada descripción del hombre posmoderno no es despreciativa. No confundo su lucidez desesperanzada con el extravío del hombre de la heteronomía, el siervo cuyo punto de apoyo de Arquímedes está en el dogma petrificado e implacable. Ventrílocuos de un dios amaestrado y aterrador, nuestros enemigos usurpan su voz para sobrellevar su propio apocamiento ante los retos del abismo humano. Para ellos todo está prohibido menos el crimen. Nosotros, seres autónomos y antropocentrados, sabemos, como Nietzsche, que Dios ha muerto, al menos nuestra manera de pensarlo, de modo que, inversamente, “todo nos está permitido” menos el crimen, la ignorancia y la sumisión.  En 1990, Paul Ricoeur (1913-2005) publicó un libro titulado Sí mismo como otro. Semejante título arroja una luz especial sobre la formulación inversa, la de la Escritura, que postula al “otro como sí mismo”. Si el mandamiento resultante  ha resultado siempre tan difícil de cumplir es porque se anticipó a la lógica cronológica del proceso reflexivo: tratar “el otro como a sí mismo” sólo puede inferirse claramente una vez que uno es capaz de saberse a “sí mismo como otro”. La tolerancia, el pluralismo, el contraste de pareceres, de saberes, la propia hipótesis democrática, todo el pensamiento filósofo y político occidental posterior a Descartes presupone e ilustra en el fondo la proposición de Ricoeur.

El enemigo que nos ha designado desprecia olímpicamente cualquiera de las dos fórmulas anteriores. Toda alteridad es para él inconcebible, toda alteridad tiene vocación a ser destruida. No alcanzamos a entender la irrupción en la posmodernidad de semejante identidad amurallada, autista. El drama es que confrontados inesperadamente a aquellos peligrosos ejemplares de una mutación regresiva comprobamos que nuestras propias mutaciones evolutivas nos han despojado de los colmillos y las garras que otrora nos permitieron ofender y defender. Nos despertamos inmersos en la pesadilla de una regresión vertiginosa al primitivismo clánico de las alteridades irreconciliables. Toda nuestra historia, toda nuestra cultura se había construido sobre la superación de estos conceptos. Esta batalla es una batalla por la supervivencia y no la podemos librar como quienes somos sino como “el otro” del enemigo y -terrible paradoja- como “el otro” de nosotros mismos. 

Al final, los tártaros terminan llegando...