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domingo, 5 de febrero de 2017

Catastrófico partido en Lugo

Sin Juanito ni Viteri, Burgos decadente:
 Valdés, Gorospe, Navajas, Ruiz Igatua, Navarro, Carmelo Salas,
 López, Carrreño, Portugal, Chazarreta y Pachín

El día que el Córdoba ganó en San Mamés

Francisco Javier Gómez Izquierdo

           Son muchos los aficionados al fútbol, y me estoy refiriendo a los que van los fines de semana a los estadios, que presumen de drogadicción futbolística, pero a los auténticos yonquis, a los “colgaos incurables” se nos distingue cuando barruntamos lo irremediable. Para pertenecer al rebaño de yonquis crónicos se ha de ser seguidor de equipo modesto que haya tenido años gloriosos a lo largo de su historia. De equipos como Oviedo, Rácing, Cádiz,  Elche, Burgos, Castellón,  Osasuna, Córdoba...

        De los cuatro últimos he sido abonado y a los cuatro los he disfrutado en Primera. Bueno, disfrutado, disfrutado, el Burgos de Juanito y Viteri y el Osasuna de Fermín Ezcurra que trajo a Robinson y Sammy Lee a Pamplona. Al Castellón no llegué a cogerle cariño a pesar de llevarme bien con Portugal, Botella y García Hernández a los que a pesar de mi juventud me atrevía a decirles cuatro cosas cuando conspiraban contra el presidente, un señor alto, delgado y con bigote que ahora no me acuerdo de cómo se llamaba. La última temporada que pasé allí fue la de la huelga en la primera jornada. Recuerdo que Portugal se labró fama de sindicalista beligerante, por ser por entonces casi una autoridad en la AFE y como a mí me parecía que jugar con juveniles adulteraba la competición, no me tomé en serio aquella liga. A Córdoba llegué en 1988, con el equipo en 2ªB. Tras más de un cuarto de siglo padeciendo presidentes que soñaban despiertos, jugadores mediocres empaquetados como superclase, entrenadores sometidos a la dictadura de una nómina, hace cinco años llegó el tipo que más suerte ha tenido en el mundo del fútbol y como se cansa de repetir es cierto que nos subió a Primera. Sin merecerlo, clasificados séptimos y sin ganar un partido en el play-off. El dice que estuvimos en Primera. Yo digo que pasamos un ratito por ella y que ni nos enteramos de lo que allí ocurría. Ganamos tres partidos. Al Rayo, al Granada y al Athletic. Quedamos últimos y descendimos casi a mitad de temporada. El amo del Córdoba vendió que a partir del descenso de hace dos años éramos el R. Madrid de Segunda. El hombre lo sigue manteniendo hoy, al día siguiente de que el Córdoba se mostrara ante los técnicos que quisieran verlo por televisión en Lugo, como el peor equipo de la categoría.

       Me consta que el secretario técnico Emilio Vega no decide ningún fichaje. Ficha el amo, al que le encanta repetir, cuando le presentan el catálogo de posibles jugadores, “¿y éste con quién ha empatado? y éste.. pondrá dinero para jugar en el Córdoba, ¿no?” El espectáculo de ayer bajo la lluvia fue calamitoso. Jugadores que no han jugado ni un partido, de repente de titulares. El centrocampista Borja que parecía indispensable, cedido al Oviedo. Al carecer de delanteros, se pone en punta a un centrocampista, Markovic, recién salido de una terrorífica lesión y que lleva un año sin jugar. Bergdich, un apestado sale a falta de un cuarto de hora para arreglar lo destrozado. De los canteranos que contagiaban esfuerzo y compromiso llevamos varias jornadas sin saber de qué hablan en el banquillo.  En fin...,mal; muy mal. Sin calidad, sin físico, sin ilusión, creo que hasta sin conocimiento, quedaría uno satisfecho si siendo el Madrid de Segunda nos quedáramos fuera de la Champions del ascenso. Pero ¡ay!, creo que los técnicos de Segunda ya tienen visto un firme aspirante al descenso. El 1-0 de ayer ante un Lugo vulgar en el que el mejor fútbol salió de dos ex-blanquiverdes, el autor del gol, Joselu (otro que no ha empatado con nadie) y Fede Vico, del que el amo del Córdoba sacó sus buenos euros y se niega a pagar la parte que le corresponde conforme a contrato al que lo hizo futbolista, certifica mis temores.

        Lo más descorazonador no es el despropósito que tortura al cordobesismo cada jornada. Lo verdaderamente terrible son las demoledoras razones que se acumulan en nuestras cabezas. Por lo menos en la de un servidor.