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lunes, 20 de febrero de 2017

El caño y la trinchera


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El espíritu del Bernabéu, y esto lo tenemos visto (y dicho) más de una vez, es el espíritu de Las Ventas del Espíritu Santo, o sea, un espíritu importante, como se dice de las faenas de Julián López, el torero de San Blas a quien el ministro Méndez de Vigo (hay quien le llama Méndez de Lugo) ha distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que un día sirvió para distinguir, por ejemplo, a Rafael de Paula.

    –Arte –decía Rafael de Paula el otro día en la presentación de un libro de su hijo en Sevilla–, en el toreo, es lo de Cagancho, lo de este señor (Curro, que estaba allí) y lo de mi menda lerenda.
   
Mi menda lerenda es Rafael de Paula, que ahora, por una fantasía ministerial, comparte Medalla con López, que es como si Cristiano Ronaldo compartiera Balón de Oro con el Tato Abadía.
   
Pero ¿sabe de arte el público del Bernabéu?

    Lo mismo que el público de Las Ventas.

    En Las Ventas y en el Bernabéu el arte es una pose (un postureo), que se queda en el detalle. Ese detalle en los toros es el pase de trinchera, y en el fútbol, el regate con caño, como el que Cristiano hizo a David López el sábado a la hora de la siesta.

    Cuando en Las Ventas un torero se bloquea y no sabe qué hacer, pega una trincherilla (pase de adorno, sin más) y convierte el runrún de desaprobación de la gente en un “¡Ooohhh!” popular, de pueblo sensible al que le ha sido dado ver un prodigio artístico.

    –¡Elástica con caño, no le digo más! –exclaman los “hestetas” de la “hestética”.
   
Definida por su libelista, el malagueño Juan Luis Romero Peche (¡paisano de Isco!), la “hestética” es un fenómeno de desvarío colectivo con reveladores matices de respeto (mal entendido), incultura (bien aprehendida) y elitismo (que ni se entiende ni aprehende, pero se ejerce con demagógico machamartillo).

    –El “hesteta” considera “artístico” a todo lo que procede de lo que sin rubor se denomina “expresión de sentimientos”.
   
Que, en efecto, El Juli pegara un pase de trinchera (yo no le he visto ninguno) llevaría al espectador de Las Ventas a pensar que ese hombre tiene corazón, y un corazón enamorado, igual que el sábado, con la elástica con caño de Cristiano, todo el Bernabéu estalló (¡del caño al coro!) en una locura de alegría desatada al confirmar que su ídolo no es una máquina de goles o un reloj cartesiano de bicicletas, sino… un artista.

    –¡Ese hombre es un artista!
   
En el museo del madridismo posmoderno, entre la palanca de Zidane y el aguanís de Raúl, figura ya la elástica de Cristiano.

    El aguanís de Raúl era una muletilla, su forma de decir con el balón “bueno” y “¿no?”, que son las dos únicas palabras que se le escapan a Raúl. (Cada vez que dice “bueno”, una bendita ánima es liberada del Purgatorio, pero cada vez que dice “¿no?” esa bendita ánima vuelve a ser encerrada.)
   
En cuanto a la palanca de Zidane (la palanca de Glasgow), su principio es sencillo y fácilmente comprensible: tan sólo depende de las posiciones del fulcro (el punto de apoyo que pedía Arquímedes, al que los enciclopedistas colocaban en el pódium de la excelencia al lado de Homero, para levantar el mundo), la fuerza y la resistencia. Es el principio transmitido por Zidane a Casemiro, que culminó su demostración con su gol al Nápoles.




TENER UN PLAN

    Busquets, el mediocentro del Barcelona (y de España), para explicar el 4-0 de Champions en París a manos del PSG, dijo: “Al menos ellos tenían un plan”. Pero ¿no eran estos los del tabarrón con que un equipo grande no depende de nadie, porque lo que cuenta es su propio estilo y sale a imponerlo? Ahora resulta que toda la fenomenología del espíritu que constituye el tiquitaca se desmorona porque un adversario, siendo más modesto, tiene un plan. El plan de Unay Émery, entrenador del PSG, era ganar al Barcelona por 4-0, y lo llevaron a cabo. Pero Luis Enrique, entrenador del Barcelona, no tenía un plan: tenía unos futbolistas campeones tan mastuerzos que ante un contrario que quería meterles cuatro goles no sabían que ellos debían evitarlo. Puestos a tener planes, el Madrid podría plantearse el plan de ofrecer al Barcelona el Bernabéu para jugar la vuelta de París.