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domingo, 29 de noviembre de 2020

Oetzi

 

Abc, 9 de Agosto de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

Oetzi, el hombre de los hielos, murió de un flechazo por la espalda, como Jesse James, hace la friolera de cinco mil trescientos años en un glaciar de los Alpes. «C’est épatant!», ha sido el comentario unánime en los círculos elegantes. Pues sí, señor. «C’est épatant!» Pero ésta es la conclusión forense, que siempre es una conclusión fría, como corresponde a la ciencia forense, que avanza una barbaridad.

Si hace unas semanas ya nos pareció «épatant» que unos forenses españoles lograran determinar la naturaleza plástica de un muñeco de silicona tras las correspondientes pruebas de ADN, ¿no va a parecemos «épatant» que unos forenses italianos hayan logrado determinar la causa de la muerte de Oetzi tras la correspondiente radiología?

Lo que pasa es que, en contra de lo que todo el mundo creía al principio, Oetzi no era ni un socarrón guarda forestal ni un apacible amigo de la montaña, que gente obsecuente siempre ha habido: a unos les da por cultivar la amistad de un político y a otros les da por cultivar la amistad de una montaña. En ninguno de estos casos, sin embargo, es costumbre portar el arsenal que Oetzi llevaba encima cuando, al cabo de cinco mil trescientos años, fue sorprendido por una pareja de jubilados alemanes que, como es natural en un Estado de Derecho, lo entregaron a los antropólogos: un arco con flechas, cuerdas, un hacha, un bolso de cuero, un punzón y una lezna o ganzúa, aparte unos tatuajes que mejor no mencionar. Vamos, lo que en un régimen de centro se conoce como un radical, un anarquista y un antiglobalizador.

La política, al fin y al cabo, es taxonomía, y, así como la derecha era partidaria de clasificar a los hombres por países y la izquierda era partidaria de clasificar a los hombres por oficios, el centro es partidario de clasificar a los hombres por ideas, y está visto que Oetzi era un sujeto de ideas radicales, que es como se acostumbra clasificar hoy a los sujetos que salen a la calle provistos de semejantes quincallerías.

Los políticos, como los antropólogos, seleccionan e interpretan los hechos de acuerdo con los prejuicios prevalecientes en su época. «¿Qué sabemos del salvaje quienes nos quedamos en nuestras casas?», se pregunta Bertrand Russell. Los seguidores de Rousseau dirán que es noble, los imperialistas lo considerarán cruel, los eclesiásticos afirmarán que es un padre de familia virtuoso y los partidarios de reformar la ley del divorcio asegurarán que practica el amor libre. El salvaje, pues, es un individuo servicial que hace lo que sea necesario para sustentar las teorías de los antropólogos y, por supuesto, de los políticos como Ramón de Miguel, secretario de Estado de Asuntos Europeos, para quien los movimientos antiglobalizadores constituyen un «triste espectáculo de fascismo». Quizás tenga razón: el lema centrista y posmoderno es «los fascistas son siempre los otros», pero el fascismo es, técnica y esencialmente, el sometimiento del poder legislativo al  poder ejecutivo, y el Parlamento italiano ha rechazado que se investiguen los sucesos de Génova, donde, curiosamente, los extranjeros arrestados fueron obligados a dar vivas al Duce en las comisarías.

Está visto que el Parlamento italiano, que es de centro, quiere que todos sus investigadores se centren en el caso Oetzi, alrededor del cual se agrupan las preguntas que más amoscados nos tienen en estos momentos. ¿A dónde iba Oetzi con esos pertrechos de activista antiglobalizante? ¿Qué libro lo hubiera influido más, el de John Zerzan o el de Susan George? ¿Había fragmentos del discurso político de «II Cavalieri» en su bolso de cuero? ¿Era suyo el bolso de cuero? ¿Era un cazador o un tironero? ¿Era un flecha o un pelayo? ¿Quién disparó la flecha que lo mató?

Podemos poner música de Manu Chao a estas preguntas, pero no dejarán de ser preguntas. Los animales, se nos dice, son animales porque contemplan el mundo desde un centro que consiste en el aquí y en el ahora. Hasta ahora, aquí, la historia y la geología nos liberaban del ahora, y del aquí nos liberaba la astronomía. Pero Oetzi ha venido a demostramos lo poco que ha cambiado el mundo en cinco mil trescientos años.

 


El Parlamento italiano, que es de centro, quiere que todos sus investigadores se centren en el caso Oetzi, alrededor del cual se agrupan las preguntas que más amoscados nos tienen en estos momentos. ¿A dónde iba Oetzi con esos pertrechos de activista antiglobalizante? ¿Qué libro lo hubiera influido más, el de John Zerzan o el de Susan George? ¿Había fragmentos del discurso político de «II Cavalieri» en su bolso de cuero? ¿Era suyo el bolso de cuero? ¿Era un cazador o un tironero? ¿Era un flecha o un pelayo? ¿Quién disparó la flecha que lo mató?