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lunes, 8 de octubre de 2018

Sublime Diego Urdiales con el "Hurón" de Fuente Ymbro y toda la verdad por delante



José Ramón Märquez

Que si los toros, que si el Ymbro, que si… ¡A la porra! Aquí hoy no hay más argumento que Diego Urdiales con Hurón, número 120, con la que ha liado el Faraón del Cidacos al Ymbro que hacía cuarto, con la soberana lección de toreo que hoy ha dictado en Las ventas don Diego Urdiales, torero, para tapar todas las bocas que se dedican día tras día a engatusar a los incautos, a confundir a las buenas gentes, a mentir a favor de la obra demoníaca del neotoreo, porque hoy un señor de la provincia de Logroño ha explicado la verdad incorruptible del toreo, la que esos desgraciados de los periódicos, los de la televisión, los de la radio tratan de ocultar, de negar, atendiendo a oscuros manejos. Y Diego Urdiales hoy ha toreado en Madrid como en su vida ha toreado ni toreará Julián López, figura, con toda la verdad por delante, con todo el cuerpo, dejándose el alma en cada uno de sus  muletazos, haciendo aquello que sólo está al alcance de muy pocos elegidos: torear. En esta fría tarde de otoño se han cortado en Madrid dos orejas de las de verdad, de las de Madrid, de las de peso y no esa especie de lotería primitiva de las orejillas aupadas por la ecuación de los cuatro elementos de todas las tardes: los pocos pañuelos, los muchos silbidos, la ayuda de los benhures de la mula y el miedo presidencial a la censura desde los púlpitos pagados a tanto alzado. Hoy Diego Urdiales ha puesto la Plaza como un cazo de leche hirviendo de pañuelos blancos, consiguiendo la extraña unanimidad que a veces se da en Las Ventas, y ha dado una segunda vuelta al ruedo por aclamación popular, porque había que prolongar la emoción de lo que se había visto unos minutos antes, de la pura expresión de toreo que Diego Urdiales había enseñado con la más absoluta naturalidad, con la más elegante falta de afectación, con la asolerada torería de un señor de cuarenta y tres años cuya alma hoy ha declinado en público todas las formas del verbo torear.

El que diga que vio al toro miente como un bellaco. El único que vio al toro fue Urdiales, que es el que más convenía que lo viese. O sea que Hurón no era como Laminado, número 184, que salió en tercer lugar y que cantó ya desde el inicio y ante los capotes la magnífica clase de su embestida, su tranco largo y alegre, la promesa de algo grande en sus acometidas, ni como el diablo de Soplón, número 68, ansioso de echarse a los lomos a quien se pusiese ante él, artero, listo y agresivo, que lo era en grado sumo, incierto y poco digno de confianza… Hurón era, digámoslo así, un toro más, al que después de una discreta pelea en varas y de cumplir en banderillas, pidió Urdiales que se lo llevasen hacia los terrenos del 4, pensábamos que con la idea de verse menos molestado con el viento que le había importunado bastante al riojano en el primero de la tarde. Comienza su faena doblándose con el toro y en seguida toma la derecha; al cite el toro se viene con prontitud y franqueza, muy fijo en el engaño, y ahí surge en esa primera serie, el primer prodigio en forma de un redondo larguísimo dado a cámara lenta y rematado perfectamente atrás al que el toro se entrega sin contemplaciones, ligado con otros más y uno por alto que nos ponen a cavilar sobre si el torero ha visto algo en el toro que nadie más había visto. A continuación se pasa el riojano la muleta a la izquierda y pone al toro en marcha citándole con un ayudado para, una vez con el toro en movimiento, dar tres naturales de cartel de toros, el medio pecho, la pata adelante, el toro toreadísimo y rematar de manera torerísima con otro ayudado por bajo, un molinete y un pase por alto. No se puede torear mejor. El mando en la muleta, la velocidad del pase dictada por el torero, la manera de quedarse en el sitio entre muletazo y muletazo, la naturalidad en la forma de estar frente al toro, la falta de cualquier brusquedad en la manera de plantear la serie, la improvisación y la alegría en el remate de la serie ponen unánimemente a la Plaza en pie ovacionando de manera sincera ese compendio de toreo que acaba de realizar Urdiales. La siguiente serie es también con la mano izquierda con iguales argumentos en cuanto a colocación y verdad. En esta serie el toro se para al salir del tercer natural y el riojano resuelve con cabeza, retirando la muleta y volviendo a plantear el cite sin enmendar la posición para dar un soberbio pase natural, todo mando y temple, y finalizar con dos ayudados por bajo, una trincherilla y uno del desprecio y recibir la asombrada, fervorosa, ovación de la cátedra. Vuelve a la mano derecha y hace correr al toro hacia un pase de trinchera y a continuación cuatro o cinco redondos de trazo firme y sin rectificar la posición, de nuevo el toro toreado girando alrededor del torero, que remata toreramente con un cambio de mano por detrás, un natural y un abaniqueo. A esas alturas se ve que es preciso matar al toro, que la faena, concisa e intensa, ya está hecha y que el toro ha sido exprimido de manera completa en las series que se han descrito, que no hace falta ya nada más. A continuación se va Urdiales a por el estoque de verdad y tras otra serie de naturales basados en los mismos argumentos de los anteriores pero con el toro más agotado, se lanza a cobrar una estocada entera y desprendida que acaba con la vida de Hurón. La faena se ha hecho por completo en el mismo sitio en el que se inició, en el que el matador eligió desde el inicio, donde mandó a los peones que le llevasen al toro y, sólo después de la estocada se rompe esa unidad de espacio cuando el toro cobardeando se empieza a ir hacia chiqueros, primeramente, y luego hasta la puerta de arrastre, seguido de manera torerísima por Urdiales y su cuadrilla hasta que al fin se desploma bellamente, tras de lo cual surge inmediatamente la petición más auténtica que hemos visto en Las Ventas en todo lo que llevamos de siglo XXI.

Hay muchos tipos de aficionado, todos muy respetables. Algunos necesitan alimentarse de lo que sea, de medianerías, de engañarse y pensar que ven cosas, espejismos del buen toreo, latón vendido como si fuese oro puro con lo que ir tirando tarde a tarde. Otros sólo esperamos que surja el toreo, que surja la emoción que viene desde adentro, la que te hace levantarte del asiento y batir las palmas como un resorte primitivo, como cuando se tiene sed y se bebe. No tenemos prisa, porque sabemos que es posible que una buena tarde de otoño un señor de cuarenta y tres años vestido como un príncipe oriental, de azul pavo y oro, nos remueva todas las fibras, nos reencuentre con todo lo que nos hizo aficionarnos a esta pasión, nos recuerde que por más vulgaridad que tengamos frente a nosotros cada día, hay por ahí algunos que no renuncian a la esencia (esencia que tratan de denostar a diario tanto fenicio como hay por ahí con un micro o una pluma en la mano), a la pureza del cite, del mando, del temple, de la cargazón de la suerte, de la naturalidad. Hoy Diego Urdiales ha firmado en Madrid una de las mejores faenas que se han visto en Las Ventas en lo que va de siglo utilizando los argumentos del siglo pasado y del antepasado: la muleta en la izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Si hubiese media docena de jóvenes que en vez de mirarse en el espejo de la vulgaridad de tantas tardes, en el engaño hortera de tantas figuritas de mazapán, se quisieran fijar y aprender de lo de hoy, lo mismo otro gallo nos cantaría.

La tarde dio para más, Chacón estuvo hecho un tío con el segundo, pero hoy sólo apetece hablar de Diego Urdiales.


 Los Ymbro

 Premonición de Urdiales en el programa

La muerte de Hurón

Entrada de Urdiales

 Salida de Urdiales

 Luz al final del túnel

sábado, 6 de octubre de 2018

Talavante, el torero "antisistema" que hace que Matilla duerma como un abonado más viendo la adolfada




José Ramón Márquez

Segunda entrega de la feria de otoño por fascículos en esta tarde de octubre agradecidos al veranillo que no acaba de querer irse y que nos permite seguir yendo a los toros en mangas de camisa, tan ricamente. Todo el morbo de la tarde de hoy estaba concentrado en torno a Talavante. ¿Dará el extremeño el golpe de timón que precisa para cimentar su temporada próxima tras el “desencuentro” con Toño Matilla? ¿Será capaz de alzarse frente a los de Adolfo para decir “¡Aquí estoy yo!”? Bueno pues para no tener en ascuas al amable lector despejaremos de inmediato las incógnitas desvelando la respuesta a ambas cuestiones: No a la primera y No a la segunda, o sea que Matilla puede dormir como un lirón esta noche porque los avatares de Talavante no le van a quitar el sueño a corto plazo, tal y como se ha visto esta tarde. Ahí tenemos a un tío naufragando, a merced de las olas, no del tsunami de la casta sino de las olas de Mar Menor de una triste adolfada en la que Tala no ha sido capaz de poner un solo argumento capaz de ilusionar ni a los más acérrimos de sus partidarios, de darles un solo momento con el que poderse ir a La Tienta o al Puerta Grande a sacar pecho por el ídolo, porque Tala ha venido a Las Ventas a explicar la definición del sustantivo “abulia” antes de que entre Janli Cebrián de director en la RAE y le cambie la definición, cosa que sin duda hará. Los que quisieron hacer de Talavante un cruzado del antisistema, los que se ilusionaron con que el pacense sería el ariete para poner en cuestión el podrido sistema que rige la tauromaquia de la hora presente patinaron de largo, pues no parece que el paladín elegido tenga la rabia, los arrestos o la necesidad de dar golpe alguno de timón ni de nada, tal y como se ha visto en ambas comparecencias en Madrid en estos dos viernes de dolores talavantescos y si hace una semana al menos planteó un inicio de faena a su primero que hizo concebir ciertas esperanzas, hoy no ha habido nada reseñable en su labor que sirva para echar una campanilla al vuelo. Por segunda vez Talavante es protagonista en el cartel anunciador de las corridas de Las Ventas: en la feria del Isidro del año 13, con motivo de su fallida apuesta con victorinos, lo fue y ahora en el otoño del 18 por segunda vez y quien quiera verle en triunfo ahí tiene la foto del cartel, porque otra cosa no va a tener.

La otra cosa de la que conviene hablar es de la tontería del bombo de Domb el del Bombo, que nos lleva a Camba, cuando decía que la República había hurtado a los republicanos la posibilidad de creer que cuando ella llegase las cosas se arreglarían, pues aquí lo mismo, que en tantas conversaciones acodados en el mostrador de una taberna o cabe el ventanuco del Braulio hemos clamado por lo del sorteo y ahora Domb ha hecho el sorteo y amenaza con hacerlo en el Isidro del 19 y aquí no ha pasado nada, que dan lo mismo los toros con bombo de Domb que sin bombo de Domb o sin el propio Domb en Las Ventas, que esto es una treta para tener a la gente entretenida alrededor del bombo y que no se haga caso de la matraca que se nos presenta, sea fruto de los oscuros manejos de despachos y covachuelas o de la lotería primitiva de las bolas de Domb. Entretenimiento y dar a la gente de qué hablar no vaya a ser que caigamos en que el auténtico problema no es otro que desde que comenzó el siglo XXI no aparece un torero que sea una “tijera de cortar coletas”, como decían nuestros abuelos. Allá penas el que haya querido ilusionarse con Tala en ese sentido, porque es torero muy visto, muy analizado en sus carencias y en sus virtudes, que alguna tiene, pero desde luego no es el general que se precisa para dar la batalla en la hora presente ni con bombo ni sin él, ni con los cárdenos adolfos ni con los salineros conchaysierras.
La cosa ganadera sería la tercera pata de esta tarde decepcionante, y ahí tenemos a don Adolfo Martín Escudero que ha mandado lo que ha estimado oportuno a Las Ventas y que si esos toros en vez de llevar el hexágono con la uve dentro llegan a llevar una bellota serían de Los Chospes y si llegan a llevar una redecilla negra por el cuerpo serían un chorizo de Joselito, pues estaban tan alejados de lo mínimo que se podía esperar en cuanto a comportamiento e incluso en cuanto a presencia que a nadie le importó un bledo que don Gonzalo Julián asomase por la balconada que ocupa el pañuelo verde para dar salida a un cinqueño pasado del Conde de Mayalde que anduvo por allí, él que ya se las prometía tan felices de no tener que salir a dar su particular cante en la arena, total para lo que ya queda de temporada. Ahí salieron los adolfos, el Baratero, el Malagueño, lo que cualquiera se puede esperar de esa casa en cuanto a nombres y ni asomo de la casta o la fiereza ni del planeo de avión que le gustaba decir a Victorino Martín (qDg). En suma la cosa ganadera se fue yendo por el desagüe del desinterés y del tedio y aquello no arrancaba ni a tiros, si acaso el tercero, Malagueño I, número 41, fue el más proclive al asunto muleteril, dicho sea lo cual con el fin de resaltar algo.

Además de Talavante tuvimos en Las Ventas a Álvaro Lorenzo y a Luis David, que al parecer ha tomado la senda de Fortes de irse dejando retazos de nombre, pues Luis David es Luis David Adame por si alguno no se había dado cuenta. Ninguno de ambos fue capaz de poner en juego argumentos de peso, siendo Luis David el que tuvo enfrente el toro más “claro” de la tarde sin que eso sirviese para que su labor cobrase vuelo. Ni por la cosa de la lucha ni por la del arte fueron capaces Álvaro y Luis David de  hacer que el respetable se fijase en ellos, más atentos muchos desde sus localidades a las evoluciones de esa cargante paloma que se ha aquerenciado en el ruedo de Las Ventas, que ya incluso comienza a demostrar ciertas dotes de recortadora y a la que deseamos un pronto fin similar al del Perro Paco. En el programa se nos recordaba a los que no andamos ya muy finos de memoria que Álvaro Lorenzo abrió la Puerta Grande el Domingo de Resurrección, cuando teníamos toda la temporada por delante, y está bien que lo recordasen, porque de aquella gesta no queda en la memoria nada, absolutamente nada, lo mismo que si no hubiésemos estado en la Plaza aquel día de principios de Abril, lo cual nos lleva de vuelta a lo que tantas veces hemos repetido, que cómo es posible que de un tío que hace seis meses cortó una y dos orejas en Madrid no seamos capaces de recordar un solo lance, un pase y que ésta, como muchas otras tardes, nos la hayamos echado recordando a Pepin Jiménez, a Sánchez Puerto o la media de Antoñete, de cuando ni siquiera habíamos cumplido los treinta años.
Y además de todo lo anterior, capítulo aparte para Sergio Aguilar que ahí estaba, de mercurio y azabache, en la cuadrilla de Álvaro Lorenzo y que dejó dos firmas: una en la forma de banderillas al segundo, ganando la cara y clavando reunido y otra en el cuarto bregando con suficiencia y con torería, que le sobra.

Simon & Garfunkel revisited

lunes, 1 de octubre de 2018

Por qué estar toreando, aunque sea lisarnasios, es como estar con la novia en el baile

Aquella inolvidable crónica de don Antonio Cañabate
en la que explicaba que estar toreando era como estar con la novia en el baile,
 que no podías dejarla en medio de la pieza para ir al ambigú
 o a saludar a un conocido 


José Ramón Márquez

No hay dos sin tres, y para demostrarlo hoy nos tenían preparado el festín lisarnasio, el consuetudinario festín lisarnasio para redondear el fin de semana ganadero del déjà-vu, compuesto por los de Victoriano del Río y Cortés (Cortez en inglés), los Fuente Ymbro de don Gallardo y la agropecuaria lisarnasia para darnos en los morros, que estamos viendo pasar ante nosotros camadas enteras de esas ganaderías y da lo mismo quién sea el empresario de marras, los Dalton, los Choperón Father & Son, Simón Domb el del Bombo… que aquí no fallan. Bueno, luego iremos más pormenorizadamente con la cosa ganadera, que antes hay que decir lo de la pasta de los toreros, la pasta de la que están hechos, como dice la cultura popular. Para la tarde de hoy el bombo de Domb el del Bombo nos había deparado la presencia de Emilio de Justo, Román y Ginés Marín. La pasada semana Emilio de Justo recibió una cornada en Mont de Marsan, propinada por un Victorino, de la que ABC informó que era una «cornada en la parte posterior del muslo con dos trayectorias, una de 13 centímetros que atraviesa el muslo en sentido horizontal y otra de 8 hacia arriba que diseca y contusiona el nervio ciático. Pronóstico grave». Y Román, el pasado día 2, en Bayona, recibió en el gemelo una «cornada con tres trayectorias de 35, 25 y 15 centímetros […] que, sin afectar a vasos sanguíneos, deja importantes destrozos musculares», tal y como informó Mundotoro, de la que se resintió días después, haciéndole perder algunos ajustes. Y ahí tenemos a ambos haciendo el paseo en esta gloriosa tarde de otoño madrileño para demostrar que cuando hay ganas no hay nada que nos frene, y que vayan aprendiendo un poco las estrellas del balompié.

Para la degustación de la cosa lisarnasia hoy prepararon un cocktail compuesto por cuatro partes del Puerto de San Lorenzo, tres cinqueños y un cuatreño, y dos partes de La Ventana del Puerto, un cinqueño y un cuatreño que cumplieron como vienen cumpliendo en sus últimas comparecencias en Las Ventas, lo cual quiere decir que, a despecho de otras condiciones, llegaron en modo y condiciones a la parte muleteril, que a fin de cuentas es la que más embelesa a la mayoría de los que acuden a la Plaza. Hubo un garbanzo negro y gordo dentro del buen tono general del encierro, el típico buey lisarnasio, cerca de 700 kilos de animal, que anduvo bamboleando sus lorzas por la Plaza para hurtarle a Román su natural alegría, pero los otros cinco ahí estuvieron con sus cosas para dar lugar a un festejo variado, movido y entretenido. El primero, de La Ventana, feamente enmorrillado fue el más –nasio de la tarde, en la que como suele ser habitual en la casa, impera más lo lisar-. Vendimiador, número 14, el primero en cuestión, no sólo no se comía a nadie sino que llegó a la muleta con una embestida templada y medida, muy a propósito para preocuparse del toreo más que de salvar el cuerpo. Algo tendría que ver en las trazas del toro, que salió echando las manos por delante y con ciertos indicios de no andar sobrado de fuerzas, la eficaz pica que le administró Germán González, que le picó sin buscar el lucimiento para él mismo, pero con inteligencia para poner la puya en su sitio, dosificar el castigo y mejorar al toro. Los más ásperos fueron el segundo y el cuarto, que el segundo le pegó unos zarandeos a Román que parecía que le había desguazado, aunque por fortuna no fue así. No es que estos dos, Curioso y Buscapán, números 77 y 117, fueran el diablo, pero demandaban más toreo que pinturas y más mando que monerías, como se explicará más adelante. El sexteto lisarnasio se completó con el tercero, Renacuajillo, número 127, de espectacular embestida a más, y el sexto, del que no se pudieron apreciar sus condiciones, pues cogió a Ginés Marín muy al principio de su trasteo y Emilio de Justo lo despenó sin más.

La terna, como se ha dicho al principio, estaba compuesta por Emilio de Justo, Román y Ginés Marín, sobradamente conocidos por la afición de Madrid.

En su primero Emilio de Justo hizo dos cosas óptimas: la principal fue la estocada con la que puso el alma de Vendimiador en rumbo al Valle de Josafat, una gran estocada que vale por sií misma la oreja que se le concedió. La otra es el sabor de las chicuelinas con que quitó al toro, de las buenas, de las que echas el capote hacia adelante y te traes al toro toreado como si fueses a dar una verónica de frente y resuelves bellamente con el lance que inventó Llapisera y elevó a los cielos Chicuelo. Hace muchos años que no veíamos a alguien plantear la chicuelina con tanta verdad, al estilo de como las daban Manzanares padre o El Inclusero, no esperando que venga el animal y burlándole sino guiando su embestida con los vuelos del capote. En este toro fue Román quien le quiso dar la réplica con otras chicuelinas de las de todos los días para que quien estuviese atento pudiese comprobar de manera evidente la diferencia sustancial que hay entre lo óptimo y lo vulgar. Estos dos que se han expuesto son los argumentos de peso de Emilio de Justo en su primero, porque lo otro fue un no cruzar la línea, un muleteo de poca enjundia, una faenita de chicha y nabo por debajo de las condiciones del toro que llegó al momento cumbre de la estocada sin haber conocido lo que era un pase como Dios manda. Con media puerta abierta se enfrenta Emilio de Justo a su segundo, toro de condición menos clara que su primero y va desgranando primero en los medios y después hacia las rayas en el 5 su faena, en la que la emoción viene más de la mano del toro que del argumentario de Emilio de Justo. El toro había cantado lo complicado que era por el izquierdo y cuando el matador pretende torearle por ese pitón se confirma de manera plena la impresión, por lo que opta por volver a la mano derecha y ahí, con el toro más cerrado le saca una serie de redondos de buena nota y, con gran sentido escénico, unas manoletinas ajustadísimas que ponen la Plaza a su favor. La estocada no es como la del primero, en primer lugar porque se perfila desde afuera, pero se tira con fe y deja una estocada en su sitio un poco tendida que tumba al toro y le abre la Puerta Grande de Las Ventas. Si llega a robarle al toro tres naturales hablaríamos con más vehemencia de la faena, pero la verdad es que, visto lo que llevamos visto en la temporada y las condiciones en las que venía el torero ahí tiene un trofeo bien merecido.

Román vino como triste y eso en alguien que ha hecho del desparpajo y la alegría su seña de identidad, descoloca un poco. Bien es verdad que este año lleva tres cornadas, si no recuerdo mal, y eso le quita la sonrisa de los labios al más pintado, pero el hecho es que el futuro de Román va mucho más ligado a la sonrisa y al buen rollo que a otros aspectos. En su primero fue feamente zarandeado por el toro, como se dijo, y allí salieron once personas a la carrera a atenderle, ocho sin capote y tres con capote, por lo que al final se tuvo que hacer él mismo el quite en plan recortador y luego un peón llevarse al toro a cuerpo limpio. Un despropósito que se repitió exactamente cuando el percance de Ginés Marín, sólo que esta vez salieron doce y un señor en mangas de camisa que en seguida se retiró. La labor de Román se desarrollaba por el terreno de la máxima indiferencia por parte del público hasta el percance, que hizo salir del sopor a las gentes. Con el buey que hizo quinto no hubo opción, la verdad sea dicha. 

A Ginés Marín le tocó en el sorteo el otro gran toro de la tarde, el que hizo tercero, que salió del armario en la faena de muleta y de pronto reveló sus buenas condiciones embestidoras en las que nadie había reparado, bella embestida con nervio la de Renacuajillo, que pedía a gritos a un César Rincón para hacernos soñar y se encontró con un Ginés Marín que se iba dando un paseo y le ponía la muleta sin cruzarse ni una miajilla aplicando a Renacuajillo de manera inmisericorde todo el repertorio del toreo moderno huero y falto de alma, y luego otro paseo y vuelta a empezar, para recordarnos a aquella inolvidable crónica de don Antonio Cañabate en la que explicaba que estar toreando era como estar con la novia en el baile, que no podías dejarla en medio de la pieza para ir al ambigú o a saludar a un conocido… Ginés en suma toreó más al público que a Renacuajillo, creo yo, y cuando puso en el asador su catálogo de chinoiseries: el cambio de mano, la trincherilla… las buenas gentes se extasiaron de placer y le hubiesen pedido la oreja si no llega a ser porque le falló la cosa del estoque y la media trasera que dejó en la anatomía del toro ayudó a enfriar el ambiente. En el sexto resultó cogido, tal y como se dijo.

De las cuadrillas señalar el extraordinario par que puso Jesús Díaz “Fini” al sexto, sacando el par de abajo y cuadrando en la cara con exposición, guapeza y torería.


El único momento de la tarde en que se les hace un poco de caso

Emilio de Justo, y su apoderado, Luisillo

Paseíllo de Otoño
Lo que diga el bombo de Domb

domingo, 30 de septiembre de 2018

Bajo el Nuevo Techo venteño, los nuevos zombis del destoreo y la pata atrás

El Nuevo Techo Ikea
 

José Ramón Márquez

No puede pasarse un día más sin hablar de la Obra, así con mayúscula. No de la que estableció San Josemaría, cuya influencia en el devenir taurino no está aún acreditada, sino de la que nos tuvo cerradas las andanadas desde los calores de julio hasta el día de ayer. La Obra del Mochu que sobrevivió a la Cifu, que se puso en primer tiempo de saludo con el Excmo. Sr. D. Ángel Garrido y que echó las tardes sesteando en su burladero fetén junto al duque de Gor, mientras la Obra, ese parto de los montes, avanzaba. En este mundo de los toros, siempre tan oscuro, se habían oído prodigios de todo tipo sobre la Obra, sobre nuevos vomitorios, sobre accesibilidad, sobre comodidad y… tres meses después todo se ha quedado en poner un techo como de IKEA en vez de aquellas escayolas llenas de vendas, retejar e instalar una “línea de vida” sobre los tejadillos. He ahí el prodigio. Lo demás, tal cual: el óxido consustancial, los roblones por los que se meterá el agua cuando arrecie el temporal, la pared astrosa y sucia, sin repasar desde la época de Juanito Parra, la “soldadura” de la barandilla hecha con cinta de embalar. Tó pa ná, como dijo aquél, y aquí seguimos a la espera de que el día menos pensado se echen al monte con su proyecto de reducir el tamaño del ruedo a petición “de los toreros” (¿de cuáles? ¿puede saberse?), que lo mismo se encuentra detrás del asunto el gordinflas que mandó allanar innecesariamente el ruedo al que nunca piensa retornar, a poco que las cosas le medio vayan bien.

Para la tarde de hoy las huestes dombianas, devenidas en niños de San Ildefonso del sorteo, después de devanarse los sesos a ver a quién le compraban el ganado pensaron que por qué no se lo compraban a Fuente Ymbro, al popular don Ricardo Gallardo, que a fin de cuentas este año sólo llevamos vistos en Madrid doscientos fuenteymbros entre toros y novillos, y si ayer echaron los de Victoriano del Río, que llevamos otro puñado, a ver por qué no se iban a traer el remoquete éste para acabar de manera perfecta el monocultivo; y mientras tanto en La Ruiza los jaboneros de don Tomás Prieto de la Cal ahí están esperando a ver si los niños de San Ildefonso de Domb se acuerdan, entre bombo y bombo, de que existen. Ahí prepararon la media docenita de Ymbro, que al final se quedó en ese cinco de tan evidente rima, pues don Trinidad echó al averno de Florito al sexto de la tarde con dos banderillas en el espaldar porque andaba con movilidad reducida y se ve que don Trinidad no quería para sí las censuras tan agrias que ayer cosechó don Justo Polo por no sacar el moquero del color de la Esperanza. Al sexto Ymbro lo sustituyó un jandillesco El Cotillo y como sus condiciones eran aún peores que las de aquél al que había venido a sustituir, aún hubo de comparecer el boyero Florito con su troupe para sacar del ruedo al Cotillo y que apareciera el tercer sexto, un guateleado Hato Blanco. De los pupilos del ganadero Gallardo pongamos que hubo dos que cumplieron en su lucha con la guateada faldilla que cubre el bandullo de los pencos. El primero se echó a por el caballo con fuerza, vigor y alegría y Antonio Palomo se lo guisó y se lo comió como pudo. A punto estuvo Escribiente, número 35, de echar al suelo al conjunto escultórico que formaban penco y hombre, pues se puso a empujar por los pechos del aleluya, con lo que eso desequilibra la estabilidad del arre. Palomo no es que dictara un tratado de la vara de detener ni mucho menos, pero consiguió no caer. Y en el tercero, Favorito, número 26, Juan José Leiro puso dos buenas varas: el toro se vino con fuerza y Leiro le colocó la puya perfectamente sujetando los ímpetus del animal a base de brazo y sin hacer la carioca; en un fortísimo derrote contra el estribo del novillo éste desmontó al picador echándole al suelo, lo que valió para que un infausto mono se llevase la ovación de la tarde por tener agarrado al caballo de la rienda y taparse con él. En la segunda entrada, Favorito se vino fuerte y atravesado hacia Leiro, que agarró de nuevo otro gran puyazo en la yema. Esos dos son los Ymbro que cumplieron con la cosa equina y luego estuvo la máquina de embestir, Jurista, número 43, que se fue al desolladero con los sinceros aplausos del público por sus óptimas condiciones durante el tercer tercio, su vibrante y hermosa embestida y la franqueza de sus intenciones.
 
La terna que salió del bombo de Domb (la grosse caisse de Domb) estaba compuesta por Juanito, Pablo Mora y Francisco de Manuel y sus respectivas circunstancias, tan iguales, tan repetitivamente idénticas a las de tantos otros que van pasando por Las Ventas.
 
Juanito no puso encima de la arenisca ningún argumento digno de reseña en lo positivo. Los mismos modos que todos, la misma consuetudinaria falta de compromiso con las normas del toreo, la misma evidencia de la ventaja por bandera son las señas de identidad que Juanito presentó a la cátedra. Y no es que nos pongamos en plan catedrático del plan antiguo, es que la tesis que presentó Juanito tenía más plagio que la del Presidente del Consejo de Ministros, plagio ajulianado, plagio del destoreo, del pase por las afueras, de aprovechar los viajes del novillo sin mandarle en ningún momento y sin dar la sensación de que aquello obedece a un mínimo plan, pues sus dos trasteos componen una mera colección de momentos prescindibles, de falta de personalidad, adoleciendo de tener algo que decir. Que no se aflija por esto, pues visto cómo va la cosa ni es el único ni lo va a ser.
 
Pablo Mora venía con el dudoso título de ser el triunfador de las corridas nocturnas, aquellas en las que se convirtió el pasillo del tendido alto en merendero, émulo de aquellas chuleterías que había en lo que luego sería la M30. Pablo Mora tuvo la mala suerte de que le tocase en suerte el Jurista del que antes se habló, un novillo que regaló incesantemente su franca, vibrante embestida y que se quedaba colocado, le dejase el matador donde le dejase. A la franqueza de Jurista, Mora respondió con su cite por las afueras, con el abusivo uso del pico, con la descolocación y la falta de encaje… la tormenta perfecta para las aspiraciones taurómacas de Mora, que ha tenido el toro adecuado para dar un aldabonazo en Madrid y ha dejado que el animal se fuera al desolladero sin formarle el lío que sus condiciones pedían.
 
Y por último ahí tenemos a Francisco de Manuel, que iluminó el corazoncito de la afición con su actuación en San Isidro, también con novillos de Fuente Ymbro y a quien, como siempre suele pasar, le han robado el alma. Los que vinieron hoy a Las Ventas pensando en la frescura de los modos que presentó en San Isidro se han vuelto a su casa empapados por el jarro de agua helada que significa ver cómo el sistema taurino vigente es capaz de robar el alma a un muchacho y echarlo, una vez deglutido, como uno más, otro zombi del destoreo y de la pata atrás. No obstante vamos a reseñar tres cosas interesantes: en su primero no es que echase el paso hacia adelante, pero al menos no cedía la posición, quedándose en el sitio, al menos en los primeros compases de su faena;  la segunda es que tiene porte y figura; la tercera, que se esforzó en poner tres pares de banderillas, reunidos en la cara y de exposición, y que a despecho de las condiciones del novillo reunió uno de ellos en los medios aguantando la fuerza de la embestida de su oponente. Por dar un consejo, que es gratis, debía este muchacho poner tierra por medio de Carlos Aragón y buscarse un apoderado de aquellos como don Luis Álvarez, que engrandecían a los toreros.
 
La selecta crítica de la capital abandonó en masa Las Ventas para irse a Sevilla a ver el presumible derribo ganadero y los pingüis que fueran saliendo. Ellos son así.

 El guano

 Laurus nobilis

 Papelera de un parque

El roce

 Toro y paloma

 Bueyes

La soldadura con cinta de embalaje

sábado, 29 de septiembre de 2018

Toros-monas victorianos-as para encumbrar a Talavante, sota-caballo-rey de la tauromaquia menú-del-día

Feria de Otoño en Londres
(Instantánea tomada a la misma hora que Talavante talavanteaba en Madrid)


José Ramón Márquez

El primero no lo vi. No sólo pensaba que la corrida empezaba a las seis y media, sino que además me llevé la entrada de la novillada de mañana [hoy para el lector]. De toda esa circunstancia lo más oprobioso fue que una especie de sans-coulotte que había en la Puerta Grande, que no demostró el más ínfimo interés en atender a mis mansas explicaciones, se dirigiese a mí como “caballero”, que es cosa que me enfada y me molesta sobremanera. Me busqué las mañas y, de igual forma que Fernando Arrabal entró en la Plaza de manera mágica e inexplicable el día aquél de la mítica curda nocturna en TVE, yo me vi dentro de la Plaza de manera indescifrable, gracias al Señor sean dadas.
Sirva esta ínfima digresión para explicar de alguna manera la poca mella que había hecho en mi ánimo de depauperado aficionado la campañita talavantesca que nos quiere presentar al pacense como ariete de un movimiento antisistema, y todo porque se enfadó con Toño Matilla por un asunto de dineros, y la contraprestación del taimado taurino charro fue echarle al dique seco de los contratos. Entonces Talavante se viene a Madrid sin apoderado…

-Oiga, que falta lo de la finca.

-¿Qué?

-Lo de la finca. Que me dijo un señor que en vez de billetes se quería arreglar la cosa con una finca…

-¿Y?

-…pues que era una finca en la que las liebres tenían que ponerse botas de escalada…

Dimes y diretes, que vaya usted a saber. La cosa es que Talavante perdió simultáneamente el apoderamiento y los ajustes y se viene a Madrid a “dar la cara” y con el hueco en blanco en la ficha del festejo en la parte de “Apoderado” y con un sorteo o rifa que se sacó Domb de la manga para contento de buenas gentes e incautos. Y la cosa es que Tala nunca ha sido antisistema, que más bien ha sido parte perfectamente engranada en el sistema, y que puestos a buscar heterodoxias sinceramente prefiero quedarme con el exquisito “Inclusero”, Gregorio Tébar, o con ese Curro de la Casa que anda tratando de edificarse un futuro por el campo alcarreño, dicho lo anterior sin menoscabo de que aquí somos del que lo hace, sea Julián o su porquero.

De lo que no vi, y me fue relatado por personas de mi máxima confianza, dejaré aquí la ovación con la que se celebró en la Plaza la presencia de Talavante, obligado a saludar desde el tercio, y las dos verónicas de Pablo Aguado al toro de su confirmación. De lo que vi, lo primero fue Talavante, a quien en opinión del aficionado X. le va mucho mejor tener al público a la contra que entregado, tal y como hoy se pudo comprobar, que acaso Tala sea algo indolente en su carácter. El caso es que se plantó en el tercio y, sin más probaturas, le recetó una serie de naturales a Jaceno, número 41, que nos hicieron pensar que Talavante venía a Madrid a cerrar bocas y a dar un golpe de timón. Este prometedor inicio de faena a su primero se compone de dos series de naturales sin pensárselo, sin probaturas: naturales haciendo galopar al toro desde las tablas e iniciando la serie con la muleta plegada, pases  por alto y del desprecio y luego otra más acaso de algo menos de intensidad y en seguida la mano a la diestra y la faena que se despeña en la vulgaridad del día a día, del toreo de ventaja y sin remate, del pelmazo sota, caballo y rey (and rock) de la tauromaquia contemporánea. Eso es lo que duró la apuesta de Talavante, y no hay ni que decir que el toro de Victoriano del Río era la máquina de embestir, tal y como desea su criador, y que las embestidas de Jaceno no sirvieron para que Talavante superase su indolencia y se plantease que otra faena era posible y que hoy era el día en el que todo estaba a su favor. Evidentemente recibió los generosos aplausos de los que aman ver al toro en movimiento, a despecho de dónde viene y de a dónde va, pero la impresión neta que manda al tendido es la de una faena a menos, faena que se sume paso a paso en la vulgaridad y la ventaja que remata con un pinchazo tirando la muleta y una estocada desprendida. Muy magra la cosecha para tanto ruido, principalmente porque el toro se va sin torear. Su segundo ya no era como el otro. Recibió justas protestas por su condición blandengue, la cual le hacía no entregarse a los muletazos que se le proponían, imaginamos que para disgusto de su criador, y tirar cabezazos que deslucían bastante la labor de Talavante, ya de por si bastante deslucida. Ahora el extremeño va obligado a presentar un triunfo con los de Adolfo
dentro de una semana para no tener que enfrentarse a un futuro de color catafalco.

Fortes tuvo ante sí el toro con el que sin duda habría soñado en la paz de su hotel, ese toro que encumbra o hunde, y vive Dios que las condiciones embestidoras y repetidoras de Frenoso, número 73, van a ocupar una buena parte de las pesadillas de Fortes. La cosa es que le salió el toro y él lo dejó pasar; el hombre no fue capaz de encontrar su discurso y no merece la pena hacer más leña de este árbol. La conciencia de su incapacidad con el buen Frenoso le sacó de la corrida. Le echaron al corral a su segundo y en su lugar salió una bolita de carne del Conde de Mayalde que tenía sus cosillas y al que si se le exigía un poco y se le consentía otro poco se entregaba, pero Fortes estaba fuera por completo de la corrida en esos momentos. Se quedó en la cara del toro al entrar a matar y consiguió horrorizar a la Plaza en los interminables segundos que fue zarandeado por el toro, por fortuna sin consecuencias graves. Le cogen mucho los toros a Fortes.

Y Pablo Aguado en su segundo se mostró pinturero y tan falto de compromiso como cualquier otro de los de su edad. Aguado es de los que debe dar gusto verle torear sin toro, que tiene unas buenas maneras, pero le han enseñado a dar pases de esa manera y ése es el problema, que se debe creer que el toreo va por ahí. El toro pedía distancia y no se la dio, por más que el bicho se lo trataba de explicar. No hubo forma, que él estaba a lo suyo y en lo suyo no entraba la palabra distancia. Planteó el clásico trasteo por afuera sin ajuste ni remate, guió las buenas condiciones de Corchero, número 62, a prudente distancia de su anatomía, por lo que pudiera pasar, y cuando consiguió enhebrar unos cuantos “pases” le jalearon vehementemente desde los tendidos a los que se puso a mirar sin ton ni son, en vez de intentar dar un pase que mereciese ese nombre. Luego vino la estocada desprendida que tumbó al toro y la consiguiente petición que fue atendida solícitamente por don Justo Polo, que sacó el trozo de sábana blanca a la que denominamos “pañuelo” para concederle a Pablo Aguado una inútil oreja de nulo peso y de nulo valor.

Del ganado diremos que fueron cuatro de Victoriano del Río, uno sustituido por el Mayalde del que ser habló más arriba,  y dos de Toros de Cortés que ya no sé los toros de este rancho que llevamos en lo que va de año en Las Ventas, lo mismo veinte o más. Los crían para la cosa del último tercio e independientemente de lo que hicieran en los otros dos tercios, al llegar a su momento de gloria, obsequiaron graciosamente sus embestidas, por más que no fuesen aprovechadas. El ganadero estará contento.