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lunes, 9 de septiembre de 2024

Enhorabuena a Andrew Moore por su molinete sevillano de Juan Ortega en Bilbao

 


ANDREW MOORE

El Jurado de la III Edición del Concurso de Fotografía de las Corridas Generales de Bilbao ha elegido como ganadora la obra del fotógrafo inglés Andrew Moore


La foto es de un molinete con la izquierda de Juan Ortega, tomada durante la tarde de su presentación en Bilbao, el 24 de agosto de 2024. Se ve al maestro ante el toro Zarandillo nº 75, cinqueño de 591 kilos, de la ganadería de La Ventana del Puerto, lidiado en tercer lugar. Cortó la oreja. Con esta foto intentaba captar el estilo elegante, natural y tan sevillano del maestro Ortega. La tomé desde una barrera del Tendido 4 con una cámara Canon EOS 1DX a 1/3.200 seg., f/4.0 y ISO 16.000.

Mi nacionalidad es británica. Resido en Madrid desde 1992. Soy fotógrafo desde 2013 al completar un Máster en Fotografía Digital y Tratamiento de la Imagen en la Escuela CICE de Madrid. Completé el Diploma en Periodismo Taurino “Fundación Wellington” en la Universidad Complutense de Madrid en 2019, y soy diplomado en Fotoperiodismo de la Escuela EMF. Soy Vicepresidente del Club Taurino de Londres y socio del Club Cocherito de Bilbao.

martes, 11 de junio de 2024

De un ensayo titulado: «Los Toros entre la Reverencia y la Ansiedad. Un singular acercamiento a la anomalía humana». Toros, necesidad y contingencia



Jean Juan Palette Cazajús


En los vuelos del capote,

con el toro que va y viene,

juega al estilo andaluz,

en una clásica suerte, 

complicada con la muerte

y chorreada de luz.

(Manuel Machado)



Considerada desde el espesor inalterable de la violencia humana intraespecífica, la muerte del toro no aparece particularmente escandalosa. Interpela sobre todo a los citados adeptos del animalismo en tanto que función «endotélica», aquella que trata de estabilizar el eje interior de los seres humanos frágiles e inseguros, aquella que les brinda, como toda creencia salvífica, la ilusión de una finalidad. Interpela a los cándidos creyentes en una redención inminente de la naturaleza humana, a los incautos que piensan estar recorriendo las últimas etapas de su crucero hacia la salvación. Gente incapaz de resistir la tentación totalitaria, gente a la que le resulta «imposible no sentir aversión […] por todos aquellos que, por ser algo, nos impiden serlo todo», escribía Jean-Jacques Rousseau. Prohibir las corridas de toros tendría una única pero grandísima ventaja: la de demostrar por fin su absoluta incongruencia con la maldad humana. El mal es precisamente aquello que no puede prohibirse. A lo largo de todo el presente viaje no hemos ignorado en ningún momento la gravedad moral de toda relación a vida o muerte con lo que Claude Lévi-Strauss llamaba «la sustancia peligrosa de los seres vivos». Grande es la diferencia entre matar o no matar a un animal, sin embargo, no fue, durante miles de años, una disyuntiva ética. Fue la diferencia entre un acto necesario y fundador de la historia humana y su contrario, que solo podía ser un «no acto», es decir algo que no tenía alternativa ni juicio posible. Por esto los hombres, en los Vedas, en el Pentateuco, seguramente desde mucho antes, velaron por que fuesen codificadas y culturalizadas «las reglas de la buena muerte animal». El aficionado a los toros es tan sensible y capaz como cualquiera para valorar la legitimidad y la coherencia –pero también las incoherencias– de cualquier problemática animal.


Sacaremos del acervo de la tradición filosófica dos conceptos antinómicos que nos ayudarán a entender la excepcionalidad de la corrida de toros: Por un lado, el concepto de «contingencia», aquello que puede ser, o no ser. Por otro, el de «necesidad», aquello que no puede no ser. La corrida es una práctica «contingente», es decir que siendo, bien podía no haber sido y bien podría no ser algún día. Cuando llega a morir un torero, lo volvimos a leer con motivo de la muerte de Iván Fandiño (17.VII.2017), uno de los «chistes» rituales, inevitables, de los animalistas consiste en exclamar: «Toros: equis miles, toreros: 1». No por consabida, menos indecente equiparación de la vida animal y humana. Cuando lo que la corrida de toros pretende transmitir es exactamente el mensaje contrario. La corrida de toros constituye un acto performativo que nos dice que la frontera ontológica entre humanos y animales es abismal y debe mantenerse sagrada. La corrida de toros es una liturgia que proclama y celebra aquella jerarquía y la prelación de valores que permiten construir una ética del respeto humano. La corrida de toros convoca, provoca e invoca el misterio fundamental: la emergencia, en principio altamente improbable, del hiato que terminó distanciando definitivamente al animal humano del resto de la biocenosis, es decir la adquirida conciencia de la «necesidad» de la muerte.


Lo repetiremos: en términos puramente evolutivos, para la filogenia de las especies, las nociones de «muerte» y de «vida» están sumidas en una misma indeterminación ya que, de algún modo, vienen constituyendo una misma y única secuencia biológica. Solo adquirirán un sentido antinómico cuando sobrevenga su proceso de interiorización en el seno de las mentes humanas, aquello a través de un largo y tardío proceso, digámoslo así,  de «desgajamiento», cuando la conciencia y el lenguaje llegaron a estar en condiciones de nombrar a una y a otra, de diferenciarlas y de establecer su absoluta contradicción existencial. En esto consiste la «anomalía evolutiva» que estuvo en el origen de la emergencia humana, la que  propició que el intersticio biológico entre la «vida» y la «muerte» –irrelevante en cualquier otra especie– se convirtiera, para los ejemplares de la nuestra, en morada de una «vivencia». La multiplicidad de los factores evolutivos, aleatorios, culturales, que concurrieron en la construcción de aquella anomalía llamada sujeto humano autorizan a resumirla en tanto que pura conciencia de la propia finitud. Antes, solo había aparición, evolución, mutación, desaparición y sustitución de las especies en medio del absoluto silencio cósmico. 


Es decir que el individuo humano emerge «contra» las leyes de la naturaleza física. Luego tiene que pechar con este desequilibrio fundacional, con el vértigo de este descentramiento. Tenemos derecho a pensar que esta anomalía letal fue la que vino induciendo en el hombre, definitivamente carencial, actitudes mentales llamémoslas metafísicas, llamémoslas profilácticas, que desembocarán en su pertinaz necesidad de recurrir a las ilusiones teleológicas. Y esta misma anomalía ontológica en que consiste la humanidad es la que hace inevitable que todos los sueños teleológicos, de la clase que sean, religiosos o políticos, estén abocados a terminar inexorablemente en el fracaso y la frustración. Hoy vemos, además, cómo el hombre ha contagiado la fragilidad de su destino a la mayoría de las restantes especies. Hablando de la singularidad humana, no tiene sentido la noción de «vida» individual, la propia expresión constituye una contradicción biológica. Lo que hay son existencias, destinos, aventuras, enigmas, fracasos, desgracias, despropósitos, mediocridades individuales. Y absurda resulta entonces, hablando en lengua «camusiana», toda existencia humana, definida por el cisma radical entre la conciencia de su terrible brevedad fisiológica y el horizonte infinito de su capacidad espiritual. Y a pesar de que la existencia humana nos resulte absurda, pensamos, con el autor de El hombre rebelde, que nos incumbe el deber y la lucidez de asumir la aventura de vivir. En cambio, también deberemos asumir como absurda cualquier meta salvífica que nos propongan, a mayor abundamiento la indigencia de las perspectivas existenciales que nos quiere vender la ideología animalista.


El conocimiento de que la muerte es «necesaria» en sentido filosófico, es decir inexorable, algo que no puede no ser, es el trágico privilegio y el eje sacro de la condición humana. De principio a fin, dijimos, la práctica del toreo solo cobra sentido con la puesta en riesgo de la vida del torero. Es decir que la conciencia del riesgo asumido por el torero, la conciencia de su muerte potencial, es el instrumento que incorpora en la corrida, no solamente la presencia filosóficamente «necesaria» de la muerte humana, sino también la presencia de la libertad. Nada como la corrida de toros celebra y recuerda la presencia-conciencia de la muerte como condición de engrandecimiento y dignificación de la existencia humana. Piénsese, si no, en otra modalidad de fatalidad mortal, particularmente mediocre y carente de toda grandeza, carente de toda finalidad: el accidente de tráfico que reduce la realidad humana a su peor precariedad aleatoria, al amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. Degradante realidad cotidiana, la evocada, no obstante tranquilamente metabolizada y asumida por nuestras sociedades. No solamente se pierde la vida en aquellas ocasiones, sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto, entre cristales rotos y restos orgánicos, nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato. Por esto, el asta letal del toro perfora y destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a las zonas del alma que solo conocieron los héroes primeros. El torero muerto nos devuelve al mundo de sentimientos y al tipo de imaginación que alumbraron los relatos fundadores de nuestra condición. 


Se comprende así que a la infrecuente muerte del torero corresponda el infrecuente indulto del toro. Por un lado, el fin trágico del torero, simbólico del sino mortal de la humanidad, debe ser «necesariamente», pero debe ser de manera excepcional. Por otro, el indulto que libra al toro particularmente bravo de la muerte, concediéndole así una humanidad metafórica, también debe ser, pero asimismo debe ser excepcional, porque invierte el orden ontológico de las cosas. Hablar de «bravura» del toro consiste en juzgarlo según los valores de la comentada Andreia de los griegos, o de su heredera, la Virtus romana. Y así tanto el concepto de «bravura» como el de «indulto» son antropomórficos como lo es buena parte del vocabulario que sirve para hablar del toro. El indulto al toro bravo, no nos engañemos, bebe en la misma fuente animista que sustenta la sentimentalidad animalista. Y así, lo que nos muestra en filigrana el indulto, al convertir excepcionalmente el toro en humano metafórico, es un indicio, una indicación necesaria de que la muerte del toro nunca es libre de interrogantes. Pero tampoco debemos olvidar que hacer del toro, solo que excepcionalmente, un humano metafórico es también la manera paradójica de recordar, por antífrasis, hasta qué punto –fundamentalmente– no es humano. Y al mismo tiempo, es la manera de recordar que toda muerte reviste una ineludible gravedad y plantea una inevitable pregunta.


Por más que sepamos que el único «ser-hacia-la-muerte» es el torero, lo que viene a confirmar, sin sorpresa, el acontecimiento ocasional del indulto es que los humanos se caracterizan por su tendencia espontánea a generalizar, de manera universal e indiscriminada, su exclusiva conciencia de la muerte. No dudan en extender esta sombra trágica al resto de los seres vivos. Ni debe ni puede banalizarse pues la muerte del toro sin banalizar al mismo tiempo la grandeza de la corrida de toros. Perfectamente consciente de los trascendentales envites que subyacen a la polémica, el aficionado a los toros ejemplar es aquel que duda. Aquel que, seria, lúcida y dolorosamente, asume situarse en el filo de la navaja de la disyuntiva, antes de decantarse por la adhesión a unas prácticas, las de la tauromaquia, que solo pueden significar muy serias convicciones existenciales. De modo que la corrida de toros, «la corrida de muerte», viene a ocupar un espacio fronterizo entre contingencia y necesidad y termina abriendo en la conciencia un hiato vitalmente transgresivo y ansiógeno. La corrida de toros aparece así como uno de los escasos lugares en que suele producirse, efectivamente, una exteriorización absoluta del sujeto humano fuera de los aplomos cotidianos de su condición básica.

 

 

martes, 4 de junio de 2024

«Los Toros entre la Reverencia y la Ansiedad. Un singular acercamiento a la anomalía humana» La muerte, sin sangre ni lágrimas


Bonifacio


Jean Juan Palette Cazajús


«Pero carne con su vida, es decir, con su sangre, no  comeréis».

(Génesis, 9:4)



Ahora conviene destacar otra diferencia, particularmente significativa, entre el sacrificio taurino y sus referentes canónicos e históricos. El sacrificio griego tradicional aparecía siempre inseparable del carácter ostentoso de la sangre derramada. Tan fundamental era el derramamiento de la sangre que, a los habituales gallos como el que Sócrates agonizante recordaba adeudar a Esculapio, a los cerdos, cabras, carneros o bueyes, se añadía a veces el atún, e incluso la anguila, por ser estos los únicos peces que sangran. Era un acto excesivo entre los griegos, transgresivo, donde se explayaba con voluntaria crudeza el potencial de tragedia necesariamente asociado a la alimentación cárnica y a la renovación cíclica del vínculo social. Pero debemos recordar que, además de la sangre, todos los humores y fluidos corporales, el semen, la leche, la orina, el sudor, la saliva, las lágrimas, constituyeron, comprensiblemente, desde hace muchos milenios, el léxico de las significaciones primordiales y estuvieron estrechamente vinculados, en origen, a la expresión de las emociones del humano primigenio. Mucho más tarde contribuyeron a la construcción de sus símbolos y rituales determinantes, ya sea a través de las abluciones, de las ablaciones, de las oblaciones o de las libaciones. Los fluidos corporales tienen vocación de ser los vehículos habituales de la mediación con el más allá. Ahora bien, para ello, ninguno como la sangre. La sangre derramada es la primera evidencia de la muerte y exalta el alto coste pagado por el individuo o la comunidad sacrificante. 


Paradójicamente, en la corrida de toros, el momento sacrificial, la muerte a estoque del animal, trata de alcanzar un ideal inversamente proporcional a la visibilidad de la sangre, que debe ser nula o mínima. El exceso de sangre en la suerte de varas significa torpeza y abuso en su ejecución. La que producen las banderillas, clavadas en zonas inadecuadas o demasiado profundas, suscita parecida reprobación. Pero la máxima paradoja es la que envuelve el momento supremo, el sacrificio del toro propiamente dicho que, idealmente realizado, debe provocar una muerte casi instantánea, por no decir espectacular, y sobre todo desprovista, o casi, de efusión de sangre. Como si no se tratara tanto de matar al toro como de proclamar la superioridad del torero y de exaltar su supervivencia, simbólica de la nuestra. La estocada es un arquetipo de acción humana ritual, particularmente peligrosa para su ejecutante si la realiza de acuerdo con la deontología. Por esto, exige a la vez valor físico, voluntad ética y una alta destreza técnica y formal. Podemos entender la tentación general de hacer trampa, de «aliviarse» como dice la jerga taurina, a lo largo de la historia de la tauromaquia. Hasta Joselito el Gallo, tuvimos ocasión de recordarlo, tenía sus mañas y «se aliviaba» matando. Con todo, si tenemos en cuenta que la hoja del estoque, según el reglamento, mide un máximo de ochenta y ocho centímetros, que su penetración ideal, incluso cuando se efectúan perfectamente las distintas fases de la suerte, es sumamente aleatoria, podemos deducir, al final, que podrían ser todavía más numerosos los momentos en que la efusión de sangre hace aparatosas e indeseables apariciones. 


Cuando el toro rueda por la arena tras una estocada fulminante e impoluta, el aficionado se siente embargado en el acto por una satisfacción impalpable entre estética y ética. Un sentimiento radicalmente ajeno a toda pulsión morbosa, en absoluto polucionado, no debería ser necesario recordarlo, por el más mínimo atisbo de inclinación sádica contrariamente a lo que proclaman, contra todas las evidencias, los zoófilos. Sin embargo, nuestro comportamiento se muestra al mismo tiempo ambiguo. A primera vista, podría pensarse que se trata de una muerte puramente conceptual puesto que no hemos contemplado su demostración sangrienta. Lo que hemos presenciado ha sido el tránsito espectacular entre la estocada y los repentinos desplome e inercia del toro. Por razones que, en gran medida, no afloran a la conciencia, nuestra paz interior, en aquellos momentos, dice que la muerte del toro se convierte entonces, por contraste, en una afirmación de la exaltación y de la felicidad de seguir vivos, de «être en vie», de seguir morando en el corazón de la vida, como sugiere, explícitamente, la expresión francesa. Es ese carácter, milagroso e incomprensible, de nuestra propia presencia y permanencia en el mundo el que queda por un momento recordado y santificado a través del sentimiento de ausencia y de impotencia definitiva que brota de los despojos, repentinamente inertes, del toro. La inercia no es el acto de la muerte, es la consecuencia de la muerte. Cuando es la consecuencia  fulminante de una estocada perfecta, libre de la polución primordial de la sangre derramada, la inercia del toro nos brinda, durante unos segundos inefables, la ilusión de la inocencia y del sentimiento de la inmortalidad. Experimentamos la misma sensación de embargo catártico que llevaba las mujeres griegas a entonar el «hololukè», pero sin la fuerte carga de ansiedad que provocaba entonces el brote simultáneo y espectacular de la sangre sacrificial. Nos encontramos en un contexto mental parecido al de aquellos indios amazónicos que «soplan» aves y monos-arañas con cerbatana, sin derramamiento de sangre, y se consideran por ello, mejor dicho juegan a considerarse, eximidos de la responsabilidad de matar. La ausencia de sangre nos exime de la responsabilidad de la muerte.


Al contrario, la ansiedad hace su aparición, en la plaza de toros, cuando sobreviene la visibilidad efusiva y excesiva de la sangre. Aquello se vive entonces como la revelación desagradable e intempestiva de un secreto tácito, si bien de todos conocido. Perturbadoras para todos, pero particularmente escandalosas para los enemigos de la tauromaquia son aquellas circunstancias en que el toro, agonizante y refugiado en tablas, se tambalea vomitando sangre a chorros y salpicando la barrera, momentos en que nos vemos obligados a contemplar la terrible crudeza orgánica de la vida que se ausenta de sí misma. Los asistentes difícilmente confesarán que, con mayor o menor grado de conciencia, viven estas situaciones como la traición, por el matador, del pacto tácito que nos unía a él. Sienten que se les inflige una premonición, una teatralización, de la propia muerte en el momento en que aspiraban a sentirse más vivos, mientras, a través de su visible displicencia, se les intuye personalmente salpicados por cierta forma de obscenidad. Entonces, la torpeza o la mala suerte del matador suelen ser fuertemente abroncadas. No obstante, un extraño pudor parece inhibir cualquier tipo de comentario sobre la realidad de lo sucedido. En aquellos momentos, traicionando su sagrada función de sacrificador en nombre de la comunidad, el torero regresa entonces a la condición que habíamos querido olvidar y exorcizar, la del homo necans, la del asesino primordial. De nuevo nos encontramos aquí confrontados a esta sinceridad insobornable de la corrida de toros, su reivindicación de los espacios más exigentes e inconfortables de la condición humana, desde la posibilidad de una inefable experiencia ética y plástica, próxima a la plenitud del ser, hasta lo más crudo e implacable del acto de matar y de la tragedia del morir. 


En un ritual profundamente inmanente, laico e igualitario como la corrida de toros, la cuestión de saber a quién entonces va dirigido el sacrificio al faltar la canónica  presencia del polo trascendente tiene fácil respuesta: a toda la comunidad sacrificante, que comulga en una vivencia excepcional y es arrancada a la contingencia durante breves y esporádicos momentos. Cómo le explicaba el Zorro al Principito: «Esto es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas». La finalidad del sacrificio tradicional era homeostática: debía contribuir a garantizar y perpetuar el equilibrio del mundo de los vivos. Un equilibrio que había sido siempre jerárquico. Dedicado a la esfera sobrenatural de las divinidades que rigen nuestros destinos, el sacrificio confirmaba, por la misma ocasión, la continuidad y la legitimidad de las jerarquías terrestres. Las relaciones de don y contradon vehiculadas por el sacrificio calcaban las que se daban en la sociedad. Pero el torero, lo volveremos a repetir, no es un sacerdote de la trascendencia, es el emisario y portador de lo sagrado en tanto que emanación y representación de nuestra muy singular y difícil inmanencia existencial. En la corrida de toros el sacrificio no es ni «latréutico», el que expresa adoración, veneración, sumisión, ni «impetratorio», el que permite solicitar dones y favores, pero estamos dispuestos a considerarlo «eucarístico» en la medida en que la ritual muerte del toro, al culminar la peligrosa liturgia de la lidia, sirve primero para conjurar la tentación de la rutina existencial. Luego, tras recordarnos su fragilidad, procede a exaltar el acontecimiento excepcional que constituyen la vida y la sociabilidad humanas.


Inconcebibles sin la posibilidad axial de la muerte, los momentos excepcionales que pueden surgir durante la corrida son momentos definidos por su fugacidad esencial. Lo único que sobrevive a la evanescencia de aquellos instantes es nuestra incredulidad. Lo que tampoco nos hará olvidar que la mayoría de las corridas son banales, aburridas, muchas veces «infumables». Las excepcionales dificultades que caracterizan el transcurso de la corrida de toros la hacen particularmente vulnerable a todas las habilidades del simulacro: se impone con frecuencia la facilidad ventajista del toreo practicado, la comodidad del ganado, la indulgencia, ignorante o complacida, de los espectadores. En el epicentro de los problemas de intelección que plantea la corrida de toros está la comparecencia, o no, de la verdad. La corrida de toros refleja así, con fidelidad, la realidad de la condición humana, su tendencia natural a la insignificancia ante la carga onerosa de la existencia, pero también su esporádica capacidad de resplandor y emergencia. 

viernes, 25 de agosto de 2023

lunes, 31 de mayo de 2021

LA FERIA DE CARABANCHEL 2021. CRÓNICAS DE PEPE CAMPOS DESDE TAIWAN

 

Teresa Cabarrús, la carabanchelera

 más famosa de la Historia

 

Pepe Campos

Taiwán

 

La Feria de Carabanchel (1)


Público bobalicón. Comentaristas publicistas. Toros de El Pilar nobles desrazados, cierta aspereza. Trámite en varas. Matadores incapaces. Faenas interminables. Oreja vergonzosa a Lorenzo (pico y bajonazo). Marín toreó por la cara al revés de abajo a arriba (oreja de pueblo: Carabanchel). Va a ser una feria memorable.

 

***


La feria de Carabanchel (2)
 

Público: nuevos tontainas. Comentaristas propagandistas. Toros claudicantes de JPD que pedían un ERTE. Ponce perdido en su solemnidad. Morante, en su primero un puntito arriba, en su segundo cinco puntos abajo. Aguado, ligero y ligerito.

 

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La feria de Carabanchel (3)

PREVIA


Transfiguración de Juan Pedro Domecq (Donecq): Ayer un error tipográfico originó un nuevo término taurino: DONECQ: Donador de semen de toros ebrios (origen Domecq). Siglas: Donador Ovezuelos Nódulos Esperma Capullos Quintaesenciados. También, DONECQ: laboratorio de toros artistas. La palabra podría derivar a DONE (CQ)Z: donación zarrapastrosa.


La feria de Carabanchel (3)


Toros de Alcurrucén que lozanearon. Público y comentaristas activistas (Dame la manita Pepe Luí). El Juli, mucho trabajo, troleo de remos, toreo por la cara, mucho pico y varios  julipiés. Manzanares, lejanías y lontananzas, sin mando, solo dos muletazos (en lo difícil del toreo) y enseguida el de pecho (muchos, en lo más fácil). Ureña, serio, no debe torear con Yuli ni Manza porque todo se pega.

 

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Rafael Alberti


La feria de Carabanchel (4)

PREVIA
 

En círculos taurinos asiáticos (CTA) se comenta que el brindis de Ureña a Abellán fue castizo: «Haga usted algo. Muévase». El jefe de Abellán pensó que éste lo está haciendo muy bien. Por otra parte, se sospecha que a Abellán le hubiera gustado, realmente, que el brindis, los brindis vinieran de El Juli y de Manzanares para pedir luego un autógrafo.
 

SOBRE LA NUEVA VERTICALIDAD DE JULIÁN

PRIMERA REFLEXIÓN TAIWANESA


Parece que parte de la afición piensa que El Juli se está poniendo derecho este año al torear: pero en el toreo exhibido en su primera comparecencia en Carabanchel, cuando quiso calentar al respetable (que es lo que le importa: para cortar las orejas, objetivo final) empleó el toreo alcayata, aunque en su nuevo concepto táurico quiera estar derecho y es cuando saca la tauromaquia del pico, de torear por fuera y llevar al toro allá, nada de toreo circular donde se carga la suerte. También en ello le influye la estatura que no le da para llevar al toro en la panza de la muleta, por eso el pico y la alcayata, pues en la panza de la muleta en postura natural exige exposición y El Juli no expone nada. Sólo repite el toreo practicado en el laboratorio del tentadero, donde se ha conseguido la becerra mascota, a la que se le falta al respeto y se la lleva por aquí y por allá, sin normas clásicas, pues no es necesario, al ser un animal obediente como un perrillo. Se ve que la naturaleza no admite todavía que salga, del todo, al cien por cien, el toro mascota (pero igual estamos cerca), pues siempre hay algo que lo impide: su aspereza, su mansedumbre, su desinterés por el escenario que se le plantea, su genio indómito que en ocasiones aparece, el rescoldo de bravura que se rebela ante la injusticia del laboratorio de fabricación del toro artista colaborador, al que se puede hacer un toreo circense. Toreo al que se quiere llegar. Ése es el camino. De ahí, que si los encastes se reducen y llegamos a «todo Domecq», toreros como El Juli, Manzanares, (Morante: qué pena porque podría ser un torero diferente), Aguado (le han elevado sin tener currículum), (José Tomás, porque se acomodó a esta tauromaquia), no digamos: Castella, Perera, Roca Rey…En suma, se quiere ir al toro mascota: que se prefigura en las becerras y en los sementales que se eligen y que se torean en el campo: que determinarán: el toreo mascota.
 

Así que si hay toro mascota surge el toreo mascota. Son los tiempos. Los animalistas triunfan. Llegará a los ruedos la bici y el patinete y el toro mascota persiguiendo al torero circense en su incansable objetivo de cortar orejas, que sólo el uso de la espada lo puede impedir, pero para ello está el bajonazo, eficaz y recurrente (¿por qué no, si permite el corte de orejas? Y que el espectáculo funcione para un público ignorante). Lo grave es que se olvidan del aficionado y del hombre del pueblo que no traga con un toreo prefabricado (aquí el aficionado) sin toro (aquí el hombre rural, digamos). En la evolución social está el futuro del toreo. Los sociólogos de esta tauromaquia: sabios habrá, pero Domecq (Donecq) estará detrás. Todo aparece tras la guerra civil, Don Antonio Díaz-Cañabate lo vio venir.


La feria de Carabanchel (4)


Toros de Fermín Bohórquez para rejones, muy poca cosa (pitones cercenados). Público de rejones. Comentaristas de rejones. No hemos leído en ninguno de los tratados del toreo caballeresco del siglo XVII (primer esplendor de la tauromaquia en la península) que hubiera que cortarle los pitones a los toros, si no que éstos podían ser francos o remisos, y que el caballero tenía que encararles (toreo de frente) y torearles dominándoles en círculo. Tampoco en esos escritos se hablaba de castigar de manera desmesurada a los toros, sólo entrarles en diversas suertes, con pureza, y ponerles el rejón, si fuera posible. La corrida de rejones, por lo tanto, necesita una reforma. No se puede cortar los pitones a los toros (sé del afeitado en las corridas de a pie). Es inadmisible. Difícil de solucionar. No se puede castigar a los toros inacabablemente. Eso no es torear. Pablo Hermoso de Mendoza, una leyenda, armónico. Lea Vicens, bella amazona, desajustada. Guillermo Hermoso de Mendoza, hijo de Pablo Hermoso de Mendoza, a la vera (mató con un sablazo).

 

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Elizabeth Taylor

 

La feria de Carabanchel (5)

PREVIA


En el Círculo Taurino Asiático (CTA) me preguntan: por qué es tan fea la plaza de Carabanchel (Calabanchel). También: por qué los toreros más famosos (Juli, Manzanares, Roca Rey) no torean los toros más famosos (Miura, Victorino, Cuadri). Los asiáticos me están metiendo en un lío.


La feria de Carabanchel (5)


La cogida del novillero Manuel Perera no puede esconder la verdad. Esperemos que se recupere muy pronto. ¡Novillos mascotas de El Juli (El Freixo)! Novillos probeta. Serviles. Mezquinos. Robots. Ninguna emoción. Ninguna sensación de peligro. Aquí el debate. Si este es el futuro de la tauromaquia ¡Que Dios nos coja confesados! Sé que los medios oficiales hablarán de bravura y de excelencias. Público bendito. Comentaristas publicitarios. Los novilleros hicieron lo que sabían. Antonio Grande, despegado. Tomás Rufo, hecho (ante esto). Manuel Perera, la ilusión.
 

REFLEXIÓN: este espectáculo, con estos novillos (tan pobres de carácter y de presencia, tan pobrecitos) no hace afición, ni produce toreo auténtico. Serían toritos perfectos para ver delante de ellos, en un festival, a Antoñete, Curro o Paula. Pero ni eso, pues el toro anodino depara la antitauromaquia o ¡la ansiada neotauromaquia juliana...!

 

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La feria de Carabanchel (6)

PREVIA
 

En CTA (Círculo Taurino Asiático, que me da muchos problemas con sus preguntas) quieren saber si los toreros cobran según el número de pases que dan. Piensan que si El Juli es el torero más famoso será el que más pases da (los asiáticos se atreven a relacionar). También preguntan si pueden comprar una mascota de El Flexio (así lo pronuncian) porque les gustaría tener una en casa, algunos ya lo prefieren a una serpiente.


La feria de Carabanchel (6)


Toros de Fuente Ymbro, marrajos, insulsos. Público, escasísimo, familiares y transeúntes. Comentaristas partícipes. Varas, lo usual. Banderillas, esturreo. Finito, en su primero, medido, en su segundo, sobremedido. El Fandi, con su tauromaquia a cuestas. Daniel Luque, quiso, al límite de la verdad. Espadas, caídas, en genérico.


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Camarón de la Isla

 

La feria de Carabanchel (7)

PREVIA


¡Ayer, un señor me abordó a la puerta de la universidad y a toda costa me quería invitar a té (cha, en chino) (chaa, su pronunciación)! Decía: yo invitar a usted a chaa, soy amigo de José Ramón. Yo di un cabezazo al estilo oriental en señal de cortesía dándole las gracias y, después, me hice el sueco.


La feria de Carabanchel (7)


Resultaron cogidos Juan José Domínguez, en el tercio de banderillas y Pablo Aguado, al entrar a matar. Les deseamos pronta recuperación. Toros de varias ganaderías, origen Domecq. Los de Jandilla (1º y 2º), mansos descastados; los de Garcigrande (3º y 4º), toros probeta; los de Núñez del Cuvillo (5º y 6º), toros cucaracha. Público, seguidores. Comentaristas, propagandistas. Roca Rey, mucho metraje; le salió una mascota de Garcigrande al que hizo monerías de todas las clases. Pablo Aguado, lució en cierto pasaje a la verónica con un toreo muy personal; espeso en el segundo y el cuarto; despegadillo en el sexto.

Movistar entrevistó a Isabel Díaz Ayudo: malas noticias: parece que la temporada en Las Ventas comenzará en otoño. Dijo, a su vez, algo así como que tiene ideas sobre Las Ventas, en relación a su reforma. Esto nos deja preocupados.

 

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La feria de Carabanchel (8)

PREVIA


El mismo señor de hace dos días al verme salir de clase me ha dado las gracias. «Usted darme suerte. Yo soy amigo de José Ramón y quiero invitarle a Chaa (té)». Un poco para despistar le dije que me gustaba más el café, a lo que me ha contestado. «Té más costumbre oriental, té ulong es muy bueno». Hemos dado unos cabezazos y como él se alargaba en esta ceremonia de cortesía he aprovechado  para hacer mutis por el foro. Uf.


La feria de Carabanchel (8)

 
Toros de García Jiménez, origen Domecq. Mascotas obedientes y pobrecitas. Público, visitantes e invitados. Comentaristas, participantes. Ni varas, ni banderillas, ni espadas. Miguel Ángel Perera, pases, pases y pases, por fuera, despegado, llevándoselos allá y escondiendo la pierna. Paco Ureña, en la mejor versión posible ante estos toros claudicantes (no con la espada). Daniel Luque, volvió a Luque.

 

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La feria de Carabanchel (9)

PREVIA


En CTA me preguntan por qué tanto los toreros como los comentaristas siempre hablan tan mal de los toros: no humillan, no rompen para adelante, no tienen finales, son informales, no poseen una embestida ordenada, sus cuernos no caben en la muleta, molestan a los toreros, miran mucho, son altos, son largos, etc…En fin, estos asiáticos no son recatados.


La feria de Carabanchel (9)


Se le dedicó un minuto de silencio al poeta Francisco Brines. Toros de Victoriano del Río, mansos, ababosados, rajados. Público, no aficionado. Comentaristas, acríticos. Varas y banderillas, como siempre. Espadas, mucho bajonazo. Diego Urdiales, ramillete de verónicas clásicas en su primero, después no llegó a cogerle la distancia; en su segundo, nobilísimo, clásico y cadencioso, sin apreturas, en el toreo en redondo, con el que no se acopló al natural. Manzanares, despegado como un anglosajón, por fuera, superficial. Roca Rey, descargó la suerte todo lo que quiso.

 

***



Marlene Dietrich

 

La feria de Carabanchel (10)

PREVIA


En CTA me preguntan por qué los toreros se ponen frente al toro al matar y luego la espada entra por un lado. Me consultan: si eso es el toreo curvo (según han leído en tratados traducidos al chino).


La feria de Carabanchel (10)
 

Quien toreó fue Juan Ortega. Toros de Garcigrande, mansos disminuidos (los dos primeros renacuajos, el cuarto en manos de Morante, los tres restantes, lo que se dice en medios taurinos: sirvieron). Público, no aficionado. Comentaristas, colaboradores de alguno de los toreros. Varas y banderillas, sin comentarios. Lidia, bien Revuelta. Morante de la Puebla, sin aire, con el ruedo plano y con los toros elegidos por él, nada. El Juli, a destajo, deprisa, con el pico, abriendo el compás descargando la suerte, sin rematar los pases (resumen: objetivo orejas). Juan Ortega, toreó con una exquisitez extraordinaria, despacio, con gusto, rematando los pases, por las dos manos.

 

***


La feria de Carabanchel (11)


Toros de Adolfo Martín, templados (menos el cuarto que se rajó tras la segunda vara), algo descafeinados. Público, indefinido. Comentaristas, a lo suyo. Se recuperó algo la suerte de varas. Banderillas, más de lo mismo. Espadas, mucho hueso. Juan del Álamo, le llegó a coger el aire al primero, debió machetear a su segundo. Román, serio y firme, con poder y corriendo la mano en algún pasaje, muy mal con la espada. José Garrido, superficial.


***



Brigitte Bardot


SEGUNDA REFLEXIÓN TAIWANESA

 

La feria de San Isidro de Vistalegre (plaza horrible que no deja ver el cielo de Madrid) de 2021 ha sido diseñada:


 1) para eliminar a los aficionados madrileños (eliminar todo lo anterior)


2) para convertir a Madrid en una plaza orejera de segunda


3) para imponer el toro mascota de la factoría Domecq


4) establece el toreo mascota: por fuera, con el pico y con la suerte descargada

 
5) los comentaristas cómplices lo han difundido y lo defienden


6) el balance ha sido muy pobre: taquilla ruinosa; nada de varas, ni banderillas y a bajonazo limpio; salvo excepciones (tres verónicas de Aguado; toreo de Ureña, en su segunda tarde; capote y en redondo, Urdiales; y un inspirado Ortega) pobre rédito 


7) ¿merece la pena echar al aficionado de Las Ventas para sustituirlo por iletrados orejeros, que no volverán?


8) ¿por qué no se abre ya Las Ventas —un año y medio ya sin hacer nada— si sus instalaciones en verano sólo necesitan ensanchar las escaleras de acceso: total cuatro duros? Los vomitorios pueden ir arreglándose poco a poco. Y todo se hará con pésimo gusto. (Aunque en realidad no se necesita ninguna reforma)

 
9) pero vendrá la traición, que es lo que se maquina, la reducción de un ruedo cuyas dimensiones datan de 1873: para que luzca un toro chico claudicante; esta es la batalla.


Hay que negarse a todo.

 

Steve McQueen



TRAS VISTALEGRE 2021. 18 CONSIDERACIONES FINALES DESDE TAIWAN


-No hay más ciego que el que no quiere ver.


-Igual que existe una agenda España 2050, está programada otra Tauromaquia 2050 (si es que llega).


-Se quiere sustituir al aficionado por el público. Madrid es la clave, única plaza con (todavía) aficionados, a los que se quiere eliminar.


-Los comentaristas no son críticos, trabajan a favor de los empresarios (sin afición, al servicio de un negocio que expulsa al aficionado por molesto), de los toreros (quieren el neotoreo) y de los ganaderos (eliminar todo lo anterior). Luis Fernández Salcedo decía que el crítico —para enseñar— «tenía que regañar al aficionado».


-Si el toro no da sensación de peligro no puede existir el toreo. Domingo Ortega: «El toro tiene que suponer siempre un peligro; sin peligro no hay arte».


-Hoy hasta las ganaderías duras están descafeinadas.


-Si el toro pasa por los genitales del torero, se para (con la lengua fuera), le rodea por el trasero y vuelve a los genitales y no reacciona. ¿Qué tipo de animal es?


-El toro mascota viene de la obediencia absoluta tras la selección en las tientas.


-El toreo mascota es hacer con el toro lindezas, monerías, disminuirle a gusto del torero. Toreo mascota: es llevar al toro obediente, sin ton ni son.


-El toreo mascota no necesita reglas clásicas; no necesita la cargazón de la suerte, como indicaba Domingo Ortega: «Cargar la suerte no es abril el compás. El torero profundiza cuando avanza su pierna hacia el frente y no hacia el costado».


-El toreo mascota no necesita «parar, templar y cargar» (D. O.), ni comienzos de faena, ni estructura, ni remates, solo dar pases, cuantos más mejor y terminar con un bajonazo, al servicio del corte de las orejas.


-Se busca un público avalancha: un público que no volverá.


-El aficionado no traga con esto, protesta y esto no se admite.


-Las plazas cubiertas (tal como existen, cosos horribles) son el fin de la tauromaquia. Vistalegre es un plaza denigrante.


-Para Las Ventas se prepara un sinfín de tropelías de todo tipo. (Reducción del ruedo). Se quiere un público mudo. Una especie de estado de alarma con mascarilla eterno.


-La regeneración de la tauromaquia es absolutamente urgente. Ello está en manos de los jóvenes. Existen aficionados para preguntarles, textos para leer y es necesario ganas de (y amor propio por) defender la belleza de la verdadera tauromaquia.


-La sociedad decadente en la que vivimos no va en esa dirección. Estamos bajo el dominio de la sociedad anglosajona animalista. (Y la influencia de ideologías trasnochadas no ayuda).
 

FIN


Pablo Picasso

sábado, 11 de enero de 2020

El Cid


Antonio Díaz
@Antonio__Diaz







viernes, 4 de octubre de 2019

La mejor que puede hacer un torero

 Suerte: la mejor que puede hacer un torero
 es la de abandonar los cuernos de los toros.
 Y si los abandona cargado de oro, de fama y de laurel,
 entonces es digno de que le coloquen
 sobre los mismísimos cuernos de la luna.- Dr. Thebussem
J.R.M.


A Manuel Jesús Cid, en su despedida

La de Bilbao





















SEIS TOROS DE LA GANADERÍA DE VICTORINO MARTÍN
Divisa: azul y encarnada
Señal: hoja de higuera en ambas orejas
Fincas: Monteviejo, en Moraleja del Peral. San Marcos, en Casas de Don Gómez. La Gama y Las Tiesas, en Portezuelo. La Casta, El Agujero y Zahúrda en Garrovillas, Cáceres.



2007
Sábado, 25 de Agosto

EL CID
David Sánchez Jiménez (sobresaliente)
Víctor Manuel Blázquez García (sobresaliente)

TOROS

1. Morisco
Año: 03 Número: 279 Capa: negro entrepelado Kilos: 518

2. Bogotano
Año: 03 Número: 172 Capa: Negro entrepelado bragado meano Kilos: 526

3. Moruno
Año: 02 Número: 194 Capa: Negro entrepaldo bragado axiblanco Kilos: 548

4. Embolado
Año: 03 Número: 259 Capa: Negro entrepelado Kilos: 544

5. Veranero
Año: 02 Número: 252 Capa: cárdeno bragado Kilos: 534

6. Plateresco
Año: 02 Número: 198 Capa: Negro entrepelado Kilos: 516


SOBREROS
Sombrerero, de Doña María Loreto Charro Santos
Año: 01 Número: 15 Capa: castaño Kilos: 540

Alargado, de Don Luis Jorge Ortigosa Santos
Año: 01 Número: 226 Capa: Negro mulato listón Kilos: 587


jueves, 3 de octubre de 2019

"El enfrentamiento entre un toro bravo y un hombre valiente es algo digno de verse"



JACK RANDOLPH CONRAD, AUTOR DE EL CUERNO Y LA ESPADA:

"LA CORRIDA DE TOROS IMPLICA HONRADEZ Y HONOR"

Por Alfredo Valenzuela*
abcdesevilla.es



Enfrentamiento Bastonito / Rincón


-¿Cuándo fue la última vez que asistió a una corrida de toros?

-Durante un viaje a Europa en el verano de 1978. Mi mujer y yo llevamos a nuestros tres hijos adolescentes a una corrida en Barcelona. Resultó menos emocionante que otras veces y nuestros hijos no salieron muy impresionados.

-¿Escribió más sobre toros tras la publicación de El cuerno y la espada?

-Sí. Varios libros, como Mito y magia, contribuyeron a que me consideraran experto en toros, y otras veces me pidieron que escribiese sobre el asunto.

-¿Cómo cambió El cuerno y la espada su visión de la fiesta?

-Investigar y escribir mi tesis doctoral, que fue la base del libro, me llevó a cambiar la visión de la corrida propia de un turista a una valoración profunda de su historia y significado en la cultura española.

-¿Por qué cree que su libro, que se considera un clásico, no se ha traducido antes al español?

-No hay explicación. Otras traducciones, al francés por ejemplo, sí han estado disponibles. Saque sus propias conclusiones...

-Bueno, usted concluye que el aficionado a los toros está contra toda autoridad. ¿Fue ése el motivo de que su libro no se tradujera durante el franquismo?

-Es la explicación más probable.

-Usted visitó España entre 1950 y 1953. ¿Qué recuerdos guarda de entonces?

-En 1950 mi esposa y yo visitamos España, y como turistas fuimos a una corrida de toros. Era un domingo por la tarde de marzo, en la plaza de toros de Barcelona, y mirando atrás, fue una de las mejores corridas a las que jamás he asistido. Aunque lo que de veras me impresionó fue el espíritu electrizante de la gente. Nunca había sido testigo de tal entusiasmo y participación por parte de tanta gente. Supe entonces que tenía que aprender más de ese fenómeno. Después, en mi trabajo de campo para el doctorado en Antropología, volví a España y asistí a muchas corridas, entrevisté a toreros, les hice tests psicológicos e intenté observar la cultura española en general. El resultado apareció en mi tesis e influyó de forma determinante en mis conclusiones sobre el significado del ritual.

-¿Fue mucho a los toros en esa época?

-Sí, había muchas corridas cuando estuve en España, tanto en cosos de grandes ciudades como en plazas de poblaciones pequeñas, y todas con muy buena asistencia. Tanto sol como sombra se llenaban y, aunque por supuesto los turistas estaban presentes -siempre en sombra-, eran españoles los que las llenaban. Recuerdo especialmente una semana entera de corridas en Bilbao. Fue fabuloso.

-¿Viajó posteriormente a España?

-Como antropólogo he viajado mucho, pero no volví hasta la visita de 1978. Entonces ya observé muchos cambios en España. ¡Ahora, me han dicho que los guardias civiles, que parecían seguirnos a todas partes en los 50, se ocupan del control del tráfico!

-¿Hemingway extendió el conocimiento de la fiesta fuera de España?

-Sí, Hemingway y el cine. Los toros bravos, una novela de Tom Lea, se convirtió en una película muy popular, aunque algunas de las escenas de toreo fueron eliminadas por su excesivo realismo para los americanos.

-¿Llegó a tratar a Hemingway o a Orson Welles?

-Orson Welles hubiera sido más interesante, aunque ambos eran demasiado arrogantes.

Veranero en Bilbao, 2007

-El cuerno y la espada formó parte de la biblioteca de Hemingway y del antropólogo Julian Pitt-Rivers. ¿Cree que su libro abrió una nueva vía al estudio de la fiesta de los toros?

-Sí, creo que sí.

-¿Está satisfecho de que sea una universidad la que lo ha publicado?

-Es gratificante saber que un libro que escribí en 1957 sea incluido en las publicaciones de una distinguida universidad. Me siento honrado.

-¿Se considera un buen aficionado a los toros?

-En mi juventud me consideraba un aficionado. Y aún creo que una corrida implica honradez y honor -nunca con cuernos afeitados, por ejemplo-. El enfrentamiento entre un hombre valiente y un toro bravo es algo digno de verse.

-¿Qué opina de que en algunas regiones de España, como Canarias, estén prohibidas las corridas de toros, y en otra como Cataluña pretendan prohibirlas?

-Hay zonas en España que no están bajo la influencia del toreo y la gente tiene derecho a prohibir el ritual, que nunca debe confundirse con un «deporte», pero creo que no deberían influir en las zonas del país que sienten de modo diferente.

-¿Qué piensa del movimiento de defensa de los animales?

-De veras apoyo a aquellos que creen que, como seres humanos, tenemos una norma moral para tratar a todos los seres vivos sin crueldad, y eso incluye a nuestros congéneres. No obstante, de algún modo, creo que un toro de lidia puede tener tanto honor como dignidad en su muerte. ¿Una contradicción? Quizás.

-¿Los animales tienen derechos?

-De nuevo, como seres humanos, podemos y debemos amparar a los animales, en su derecho a ser tratados bien, y a oponernos a la «ley de la selva» de la naturaleza. Y eso quizás es lo que nos hace humanos.

-¿Alguna vez tuvo la tentación de correr en los San Fermines, como tantos norteamericanos?

-No. habiendo sobrevivido a veinte misiones aéreas sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial, no creía que tuviera que hacer algo para demostrar mi hombría o mi valor. Y yo era muy respetuoso ante la bravura de un toro suelto.

*
Por documentación, cultura, precisión y sentido periodístico de la ocasión, Alfredo Valenzuela (Lopera, Jaén, 1962) es el mejor entrevistador de España

miércoles, 4 de julio de 2018

Hoy hace 101 años

Tal día como hoy, en la calle Conde Torres Cabrera de Córdoba
Hace 101 años
F.J.G.I.

jueves, 28 de junio de 2018

Niños y toros

Primo de Rivera en el exilio

J. R. M.

domingo, 18 de marzo de 2018

TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA Índice y Bibliografía




TOROS Y FILOSOFÍA HOY
DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA


Jean Juan Palette-Cazajus



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Bonifacio


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BATAILLE, Georges: Teoría de la religión, Taurus 1998
BENNASSAR, Bartolomé: Historia de la tauromaquia. Una sociedad del espectáculo. Pre-Textos, Ronda 2000
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BURKERT, Walter:  Homo Necans: the anthropology of ancient Greek sacrificial ritual and myth, Berkeley (1983).
CABRERA BONET, Rafael (Editor): Tauromaquias vividas. CEU Ediciones, 2011
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·        El error de Descartes, Ed. Crítica 2006.
·         La sensación de lo que ocurre. Cuerpo y emoción en la construcción de la conciencia, Debate, Madrid 2001.
DELGADO RUIZ, Manuel: De la muerte de un diosLa fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular. Bellaterra 2014
DERRIDA,Jacques: L'Animal que donc je suis. Editions Galilée 2006.
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DESCOLA, Philippe:
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  • Par delà Nature et Culture. Gallimard, 2005
  •  Más allá de Naturaleza y Cultura. Amorrortu editores 2012
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·         L'homme et les animaux domestiques. Anthropologie d’une passion.  Le temps des sciences, Fayard, Paris, 2009.
·         Les Nouveaux Animaux Dénaturés. Etudes rurales, n°129-130, 1993. 
DOMECQ y DÍEZ, Alvaro: El Toro Bravo. Espasa Calpe 1985.
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