lunes, 1 de junio de 2026

Fútbol de hombres y fútbol de vacas



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En lo que llega el Mundial, ese muermo de patriotas pecho de lata, la distracción del piperío mediático va a ser elegir al “hereu” del Mejor Entrenador de la Historia, el Pep, que deja el City (hecho unos zorros, por cierto, y en expectativa de desastre, si finalmente se producen las sanciones, que se producirán, dado que en Inglaterra no influye Puigdemont). En Champions, que es la única competición en el fútbol de los adultos, al Pep lo pasó este año por encima brillantemente Arbeloa, en Madrid y en Manchester.


El Pep fue el “hereu” del cruyffismo (“¡no creerá que las dos Ligas de Tenerife las ha ganado usted!”), y ahora nos encontramos con que el Pep no tiene “hereu”: el Relato lo hizo, y después rompió el molde. Dirigió al Barcelona del Negreirato hasta que Mourinho lo puso en fuga hacia Alemania, donde ganó con el Bayern de Munich una Liga que luego también ganó el chico de Perico Alonso con el Leverkusen, para ir a parar al City del jeque Mansour en Inglaterra, donde, al decir de las “pepetes”, habría cumplido una década prodigiosa porque, después de un volquete de millones, conquistó una Orejona cuyo secreto fue la paciencia, como explicó Pochettino: “Si a mí me elimina el Madrid, me echan; si el Madrid elimina a Pep, le fichan cinco jugadores para volver a intentarlo”. Ciñéndonos a las Champions, Pep sería la gallina, y la sardina, Ancelotti: en lo que la gallina pone un huevo y lo cacarea para que se entere todo el mundo, la sardina pone un millón de huevos en el más exquisito de los silencios. ¡Y a qué precio! El “fair play” inglés es una bobada que Julio Camba definió en su época como la cándida ilusión de un pueblo que creía haber descubierto una manera leal y caballeresca de pescar truchas y cazar zorras, pero, siendo ese “fair play” lo único que a los ingleses les queda de su Imperio, los jueces de la Premier le quieren pasar la garlopa a los millones invertidos por el City (hablamos de un “fair play” de dos mil quinientos millones en diez años) en proporcionarle al Pep futbolistas para su fútbol, que no es un fútbol cualquiera: es el “fúpbol”.


El “fúpbol” del Pep consiste en hacerle meter goles a Haaland, el cyborg que tenía por ídolo a Michu, hoy director deportivo del Burgos de Ramis, mientras que el “futebol” de Mou consiste en hacerle meter goles a Fellaini, que eso lo hemos visto en el United. Y es que el fútbol es un juego tan simple que pueden jugarlo al mismo tiempo Fellaini y Haaland. Sólo los sacamuelas del pepismo se propusieron envolverlo en complejidades ajedrecísticas para, en la grande polvareda, darle a la plebe gato de portal por liebre de Castilla. 


Se va del City el Pep, dejando dos o tres jugadores de renombre que salen a subasta, y al Madrid vuelve Mourinho, se supone que para renovar la locura, ahora agotada, que él dejó, que eso era rocanrol, y no el torrezno de Soria dando vueltas en la boca de un viejo que Xabi, un Lillo con lecturas de “Jot Down”, parecía decidido a colarnos.


De Mourinho se espera que ponga fin a la guerra de almohadas que es el vestuario con Mbappé. Que apañe un grupo defensivo serio, con Rudiger de Terry (y hasta de Otamendi, si miramos de dónde venimos), más la intención de hacer de Huijsen (amigo de los hijos de Mou, por cierto) otro Varane. El resto, verticalidad. La verticalidad del mourinhismo contra la horizontalidad del pepismo. No por nada los atléticos pusieron a Rodri Hernández el mote de “Rodrizontal”. Repitamos con Madariaga en su “Retrato de un hombre de pie”: el centrocampismo es horizontalidad (la vaca); el contrataque es verticalidad (el hombre). También Madariaga sufrió su pepismo: una época de fuerzas horizontales arrasando a las verticales: “Por doquier lo horizontal, la cantidad, triunfa sobre lo vertical, la calidad”.


Para el animal horizontal, una dirección vale otra: sólo ve patas. El gran arte es vertical: una fuerza que recoge todos los planos y los concentra en una emoción inteligente.


Os parecerá poca cosa.


[Sábado, 23 de Mayo]

San Isidro'26. Adolfos serios y cuajados para la excentricidad de Ferrera, el Morante de los pobres. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


 Estaba escrito. Estaba marcado por los hados que el día en el que conmemoraba el décimo aniversario de la aparición pública de Cazarrata en Las Ventas no podía ser un día cualquiera, otro día más en la oficina, y ahí estuvo la ganadería de Adolfo Martín y la excentricidad de Antonio Ferrera, el Morante de los pobres, para que la efemérides no se pasase sin una celebración adecuada.


Con Adolfo Martín llevábamos últimamente casi más penas y desengaños que alegrías, habiendo abandonado ese carácter de corrida seria, dura y encastada que tanto nos ha encandilado, como réplica al otro Martín. Sirva recordar aquellos corridones del año 13 y del 18 como enaltecimiento de los Albaserrada de Adolfo y olvidémonos de otras fechas en las que el ganadero parecía que se había entregado al canto de las sirenas de la «toreabilidad». Hoy, en cambio, Adolfo Martín ha puesto en Madrid una corrida seria y cuajada en la que cada uno de los toros, a su manera, han sostenido la emoción de una tarde en la que nada estaba escrito y donde podías apostar por el triunfo o por el hule con las mismas garantías de éxito. Las huecas miradas de los adolfos, la incertidumbre de sus embestidas, la evidencia de su casta, el respeto que infundían, su espíritu cambiante y atento a todo lo que se mueve a su alrededor provocaron hoy ese milagro de que no dejases de estar atento a todo lo que pasaba en el ruedo, porque no había hoy nada que se pudiera dar por seguro.

 

Para el despacho y entrega de los seis de Adolfo se trajeron a Antonio Ferrera, de blanco y oro; Manuel Escribano, de catafalco y oro, y Paco Ureña, de palo de rosa y oro. Mientras hacen el paseíllo nos entretenemos en comprobar que los tres ya pasan de los cuarenta años de edad y que los tres ya han superado las dos décadas desde el día de su alternativa.


Volador, número 74, dejó su carta de presentación en el burladero del 10 sacando astillas y levantando las maderas: lo que se conoce como «derrotar en tablas», cosa muy poco vista en la actualidad. Ferrera lancea con suficiencia y poder sin otro lucimiento que el del trabajo bien hecho y el toro se abalanza a por el penco donde toma la primera vara y se deja pegar en la segunda. Sale desentendido de los capotes y no da facilidades a los de los rehiletes, pues espera y se entera. Ante esa disposición del toro Miguelín Murillo opta por pasar en falso un par de veces. Pascual Mellinas deja puesto su par y luego Miguelín se empeña en clavar el suyo, siendo acosado por Volador hasta el burladero del 9 donde el toro se dedica a sacar astillas de la madera. Con buena disposición se va Ferrera al toro, que no regala una sola embestida, y le va sacando de uno en uno los pases. Hay emoción por las peligrosas condiciones del toro, por sus constantes miradas al torero y por el oficio con el que Ferrera le va sobando. Por la izquierda es otro cantar, porque el toro pasa muy avisado y buscando al torero. En una serie por la derecha el toro se para peligrosamente en el centro de la suerte, aguantando el trago Ferrera con entereza. Tras este aviso decide que es hora de matar. Se perfila y el toro se le arranca súbitamente dejando un pinchazo sin soltar, luego un metisaca y después otro, pero esta vez en los bajos, antes de cobrar una estocada baja que acaba con el toro, sin que este haya abierto la boca en ningún momento.


Mentiroso, número 50, es recibido por Escribano con unos «medios gayolos», porque a la distancia que se sitúa de la puerta del chiquero no es como para usar la palabra «porta» Con el percal pasa un ratillo de apuro con las embestidas del toro, que es un tío alto y cuajado, un pedazo de ejemplar que se abalanza a por el caballo que Juan Peña le ofrece atravesado para tomar una vara en la que no cobra mucho, quedándose encelado con el caballo un buen rato. Con la misma técnica de caballo atravesado, Peña le deja otra vara de idéntica factura a la anterior, hasta que el toro decide irse. Las banderillas las pone el maestro sin mucho lucimiento: marra en el primer envite bastante ventajista, repite lo mismo en el segundo pero clavando y se va al 5 a recibir los vítores del agradecido público de sol, pero el toro le obliga a salir del ruedo y cambia de terreno hacia el 3 donde deja un par similar al anterior. Luego se sienta en el estribo y deja un par por los adentros de bastante exposición y decide poner un cuarto par con el toro al relance que resulta el mejor de todos. Viendo las condiciones demostradas por el toro nos esperábamos una faena basada en la distancia. Nada más lejos de la intención de Escribano, que desde el principio opta por las cercanías. Se ve claramente que está agobiando al toro, pero insiste en sus formas como si quisiera decir que no quiere ni ver al toro. Como signo de protesta el toro se para y dice que él así no va. Lo dice con el pensamiento, porque la boca la tiene cerrada, y entonces Escribano pone fin a la relación mediante una estocada entera en la suerte natural. El toro aprovecha un descuido para quitarle el capote de las manos a Curro Robles y, como tarda en caer y le han pegado un aviso, el torero decide descabellarle a la primera.


El tercero es Peluquero, número 67, más feo y ensillado que los precedentes, pero en tipo de la casa. Recibe unas buenas verónicas de Ureña sin hacer extraños y se emplea en la primera vara de Richi Romero que le pega con ganas, cayéndose al salir del potro de tortura. Para la segunda vara, el picador pasa valientemente por encima de la inútil raya blanca buscando al toro que se arranca con vigor y que se deja pegar. La vara cae trasera. Tras el quite de Ferrera, Peluquero lleva a José María Soler al burladero del 10 sin clavar, luego «Azuquita» pasa con prisa clavando una, después Soler vuelve a pasar sin clavar y Azuquita pone una, siendo acompañado por el toro hasta el burladero del 9. Soler al fin consigue dejar una a la media vuelta y azuquita finaliza su actuación de nones clavando una de nuevo. Comienza Ureña su labor siendo cogido muy feamente al tercer pase al frenarse el toro en el centro de la suerte. Se ve que va herido en la pierna pero decide seguir frente al toro sacando algún excelente natural, máxime viendo las condiciones del toro. Un nuevo conato de cogida le convence a Ureña a finalizar su tarea con una estocada perpendicular atravesada y un descabello. Cruza la plaza entre ovaciones para ir a la enfermería, de donde ya no saldrá. Los espíritus sensibles silban al toro, que no puede contestar porque siempre tuvo la boca cerrada.


Mentiroso, número 68, es el segundo de Ferrera. De salida es de embestida violenta que Ferrera domina con eficacia con su capote de seda azul. La primera vara la toma a distancia, recibiéndole el caballo atravesado que, cuando el toro empuja, se acuesta sobre él. Para la segunda vara se arranca desde la misma raya y no recibe mucho castigo. Ángel Otero deja un excelente primer par y Pascual Mellinas deja el suyo antes de que Otero deje el mejor par de banderillas de la Feria. Comienza Ferrera con la derecha y sobre la marcha se cambia de mano dejando un gran natural y uno extraordinario de pecho. Luego una buena serie de naturales, otra buena de derechazos y otros naturales algo trompicados, cuando de pronto le da el arrebato y tira el espadín y deja una soberbia serie de derechazos sin la ayuda y luego otra, improvisando cambios de mano de pura inspiración. El toro ha sacado una nobleza que es también propia de la casa y Ferrera lo ha visto de inmediato. Se dispone a matar en la suerte contraria yendo al toro desde muy lejos, con la muleta al hombro y deja un pinchazo; repite lo mismo a la suerte natural y deja una estocada aguantando hasta la bola. Arrastran al toro, con la boca cerrada, entre ovaciones y Ferrera da la vuelta al ruedo con una oreja en la mano.


Malagueño, número 52, conoce también el saludo desde los «medios gayolos», pero esta vez le sale mejor a Escribano su propuesta de lanceo, salvo que al final pierde el capote. Recibe una vara rectificada de Juan Francisco Peña a la que el toro acude con violencia. El pica no se ceba. Para la segunda entrada es el propio pica el que pide el toro a distancia y cuando este entra fuerte recibe un puyazo más bien trasero. En banderillas el toro no acude y obliga a pasar en falso, repite la misma propuesta dejando un buen par, el mejor de los siete que ha puesto, luego otro a toro pasado y luego un violín al quiebro. Se va a chiqueros con la muleta y allí comienza su trasteo que, en seguida, nos muestra que el toro tiene más clase que el torero, que se va de la suerte antes de que acabe el muletazo, que adolece de falta de colocación, que no somete por abajo. Basó su trabajo en la mano derecha y usó la izquierda para mostrar que la tenía, en un trasteo sin gloria, tras la denodada disposición de Ureña y la arrebatada personalidad de Ferrera, Escribano no decía nada. El toro abrió la boca, para hacernos rabiar, y tras sonar el aviso Escribano dejó un pinchazo en la suerte contraria, un pinchazo hondo en la suerte natural y dos descabellos. El toro recibió tibias palmas en su arrastre.


El sexto, Monedero, número 51, fue el del lío. Con Ferrera en modo super arrebatado y con la Puerta Grande a medio abrir decidió que si el triunfo se le iba no sería por culpa suya. Tras otro eficaz saludo de capa, puro oficio, salió corriendo a desmontar al piquero de turno para ser él quien picase. El milagro se produjo porque uno de esos caballos lentos, desobedientes y pesados de cada día, con Ferrera encima se movía como si fuera de la Escuela Española de Equitación de Viena, y eso que el jinete de luces ni siquiera llevaba espuelas. Lidia Escribano y deja al toro colocado, que se arranca y Ferrera le pone la puya en buen sitio, sin pegar mucho. Luego pide a Otero que le ponga el toro más de lejos, aunque esta vez no acierta en clavar, ni intenta rectificar una vez que tiene al toro abajo. Por tercera vez se arranca el toro de lejos y esta vez clava en buen sitio sin infligir mucho castigo. A toda prisa se descabalga y sale corriendo con el capote a dejar dos chicuelinas y una serpentina que ponen la plaza en pie.


Aquí vino el lío, porque el Presidente había cambiado el tercio y nadie se había enterado. Se crea una confusión tremenda en la que el asesor artístico de la presidencia, «Madriles», gesticula como un simio a punto de darle una hemiplejia y el presidente habla por teléfono. Las gentes se encrespan y quieren al Presidente fuera del palco, formándose una grandísima bronca mientras vuelven a picar al toro. Una vez aclaradas las cosas se va el pica camino del patio de caballos y Ferrera desiste de banderillear, dejando que Curro Vivas clave sus dos pares y Azuquita deje una en el toro. Luego Ferrera se va a brindar a Ureña a la puerta de la enfermería y comienza una faena algo acelerada de aire más pueblerino en la que brilla una buena serie con la izquierda de excelente colocación y después otra mirando al tendido. En la siguiente serie, esta vez con la derecha, el toro se le queda y él aguanta con decisión. La plaza vitorea su faena a más y cuando el torero decide matar, se lleva el toro a los medios y allí le deja para él irse al burladero del 9 y desde allí iniciar su camino hacia el toro con la espada por delante,  dejando una estocada delantera y entera que el toro fue escupiendo y que fue refrendada con un descabello tras el aviso. El toro tampoco abrió la boca. Las gentes pidieron con fuerza la oreja que le abría la Puerta Grande a Ferrera.


Creo que prácticamente todos los que estuvimos hoy en la plaza salimos con la feliz sensación de haber disfrutado de una gran tarde de toros, muy entretenida, en la que, además, se dieron cosas que jamás habíamos visto. En cuanto a esa manera extravagante de matar de Ferrera pensamos que los que le censuraban se rasgaban las vestiduras igual que lo harían los contemporáneos de Costillares cuando le vieran poner en práctica su invención del volapié.







ANDREW MOORE



















Adolfo Martín


FIN 

Final


Piné

 

Francisco Javier Gómez Izquierdo


          "Con setenta puntos se juega seguro el play off de ascenso", me decían los estadísticos a los que servidor miraba receloso porque esta mañana a mí me parecía que los cinco equipos involucrados en el fregado iban a ganar sus encuentros. El Deportivo, de fiesta y con los antecedentes de Valerón, Manuel Pablo y el Yeremay de ahora mismo no me ofrecía duda y es cosa que no reprocho porque es costumbre muy arraigada. Los aficionados del Málaga llevaron pancartas de sentido pésame a Zaragoza y es detalle que la baturra nobleza ha tenido el gusto de corresponder con mucho sentimiento y generosidad. Del Valladolid en Almería poco o nada se esperaba pero han sido los pucelanos los que han puesto en un verdadero aprieto a los almerienses que sólo han podido ganar por un penalty de mano tan clara como extravagante y sólo en Castalia, donde a mi sobrino le comían los nervios tenía ciertas esperanzas por lo que podría ser capaz de hacer el Éibar.


     Desde el minuto 38, en el que Morante hizo gol en jugada precisa apareciendo por sorpresa como del fondo de una alcantarilla a saque de uno de esos córners que recuerdan a Unai Émery, hasta el 70 en el que Calatrava, redondeando una tarde inspirada de las que el zurdo suele, puso un precioso balón a Sueiro para que hiciera el 2-1 a favor del Castellón, el Burgos estuvo clasificado. (Estoy mirando el Leganés-Mirandés y veo cómo a mis paisanos se les anula un segundo gol por los milímetros que quieran decir los de los muñecos sobre las líneas). El Burgos planteó su partido, hizo su gol... y esperó. Los aficionados en El Plantío escuchaban la radio o miraban los móviles, vestidos muchos de ellos como Piné, "el Hincha" inasequible al desaliento. Los minutos pasaban al galope y el final llegó cinco antes que en Castalia, donde el Éibar empujaba hasta con el portero Magunagoitia en el área contraria. Magunazelaia tuvo muy buena ocasión pero resolvió como solía en Córdoba y... se acabó la temporada. Habrá que mejorar la plantilla, mantener el aplomo defensivo pues con sólo 33 goles en contra quedamos lejos del segundo menos goleado que ha sido Las Palmas con 40 y ésta aplicación en retaguardia también la pido para el Córdoba que ha acabado con 61 goles en contra, empatando hoy a uno con el Huesca. Al Zaragoza último le han colado 59. Si sigue Iván Ania, algo tendrá que enmendar.


     Al final el Mirandés pierde 1-0 en un partido que ha dominado, ha marcado dos goles anulados por milímetros; el segundo es gol porque los muñecos están puestos uno tapando al otro y no hay ojo humano ni divino que distinga los dos milímetros y en el primero dicen los locutores que el muñeco tiene la punta de la bota en orsay, pero el hombro y el brazo del defensor se ven por delante. En 1980 esos dos goles serían válidos. Antes de los dos goles el poste ha escupido un balón que todo Butarque veía como estocada mortal. En fin, descenso del Mirandés y una pena que se pierda el derby burgalés en Segunda. Ése que tanto gustaba al difunto Piné.


    ¡Ah! Y por primera vez en la historia de los play off, un equipo con 72 puntos no los juega. 

Lunes, 1 de Junio

 



Por bóvedas de luz blanca
revuelan pájaros ciegos,
ciegos