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lunes, 8 de junio de 2015

La de Miura. Llanto por la suerte de Rafaelillo

LOS TOROS VISTOS POR EL QUE PAGA

El llanto de Rafaelillo tras su vuelta al ruedo
Se acabó la Feria

José Ramón Márquez

Y al final, Miura.

En Madrid, desde el 30 de abril de 1849, la Historia entera de la Fiesta. Ante Miura sólo cabe el máximo respeto, cuando no la devoción a la labor de una familia empeñada en conservar uno de los más impresionantes legados genéticos en lo referido al toro de lidia. Ante Miura hay que estar como cuando se va en visita privada a Castelgandolfo a ver al Papa, con atención, respeto y ceremonia. Hay por ahí quienes, en nombre de una supuesta e imposible igualdad de trato, se ponen a dar silbidos y a sacar pañuelos verdes a los de la A con asas, como si fuesen cuvillos. Pobres inconscientes que no se dan cuenta de que si en el cartel pone “Corrida de toros de Miura”, vamos a ver a los Miura, aunque tengamos la desdicha de que se caigan, mientras que si en el cartel pone “El Montecillo” nos da realmente igual que sean del Montecillo, del Ventorrillo, del Cuvillo, del Cotillo, de Valhondillo o del Cortijillo. En ese sentido es de justicia  reconocer que, aún contra la opinión y el bramido de muchos a los que en toda la Feria no hemos visto alzar la voz, ha primado la cordura de don Julio Martínez y de su asesor veterinario en esta tarde, don Secundino Ortuño, para mantener en la arena al primero de la tarde, Fogonero, número 38, el Miura más blando que veíamos desde el toro Dador, número 7, primero en la concurso de ganaderías de Valverde del Camino de 2012, aunque aquél supera al de Madrid en las cuatro entradas al caballo que nos regaló. Y es que, manteniendo el toro en la arena pese a la protesta, se interpretó la voluntad y el deseo de muchos que en silencio no deseábamos en esta tarde otra cosa que Miura sobre la arena de miga del ruedo de Las Ventas, porque no vale que vayas con toda tu ilusión a ver una de Miura y te acaben echando el Carriquiri ése que lleva haciendo mili en los chiqueros de Florito desde que Abella terminó la EGB. La equidistancia y demás triquiñuelas están la mar de bien para las ganaderías normales, las que son de un tío que a base de hacer casitas adosadas se hizo rico y ganadero, pero ese registro no se puede aplicar para juzgar la imprescindible vacada fundada por un sombrerero sevillano que poseía una fábrica en la Plaza de la Encarnación y una tienda en la de las Sierpes.

Ahora que las ganaderías tienden al colorín, que nos hemos hinchado en la Feria a ver toros colorados, castaños y hasta aquel espantoso jabonero sucísimo, ahora que los accidentales se han adueñado de las capas de casi todas las ganaderías de esta Pasarela Isidro del toro y del torero, resulta que Miura -siempre original- no trae sus clásicos sardos y sus salineros, su clásica variedad de pelajes que nos ponían a cavilar en el Batán, a ver cómo se podían llamar aquellas capas imposibles. Ahora Miura lleva unos años entre el negro, el cárdeno y el entrepelado, y aunque ahí había un clásico bragado corrido marca de la casa, ya salió quien anda echando cuentas sobre por qué ya no salen los colorines, y no sería extraño que se crease al respecto alguna leyenda urbana de ésas tan del gusto de las gentes, pero la verdad es que mirando los toros, independientemente de las capas se ve netamente al Miura, astigordo, con cara de vaca, fino y agalgado, largo y ágil como corresponde a su procedencia vistahermoseña, por vía de Arias de Saavedra, y en cuanto al comportamiento, pues el clásico de la casa, desde el manso o el cobardón, que uno hasta quiso saltar la barrera, hasta el bravo, del fuerte al débil, del noble al peligroso y, eso sí, ninguno tonto.

Se entiende que la rica variedad de comportamientos de la corrida de hoy quedará reseñada para la selecta crítica de los medios serios más o menos así: 1º: No sirvió; 2º: No valió; 3º: No se dejó; 4º: No colaboró; 5º: Deslucido; 6º: No repuso. Para los que nos reímos de esas cosas, valga la apreciación general de una interesantísima corrida de toros, cambiante, encastada, mansa a veces, toros que planteaban problemas a menudo de gran complejidad, toros con los que no valen esas chorradas de que “he disfrutado un montón toreando” o “me ha permitido expresarme”, porque la sensación del riesgo de lo imprevisible estaba tan presente, tan inminente, que eso marcaba todo el desarrollo de la tarde, y quien sufrió esto de manera especial fue Marco Galán, cogido feamente a la salida de un par de banderillas. Les han pegado en varas lo que no está en los escritos, que si le dan así a la de Juampedro, están los cinco RIP antes de cambiar el tercio a banderillas. Digamos a tal efecto que los Miura marcaron muy claramente la diferencia con los torillos como el bobo de Jabatillo, torillo amaestrado, bondadoso y gilí de los Lozano al que la impericia o la iniquidad de don Javier Cano Seijo regaló por su cuenta una antirreglamentaria, inmerecida y no pedida vuelta al ruedo, sin que hasta el  momento se le conozca acto alguno de contrición. ¿Qué pañuelo habría entonces que haber sacado hoy como homenaje a la fiereza y la dificultad de Injuriado, número 55?

Con la Miurada, ganadería que han matado grandiosos toreros y con la que una vez se anunció July (aunque sólo se anunció, y eso ya es algo), hoy vinieron a Madrid a la última de la Feria los toreros Rafael Rubio Rafaelillo, Javier Castaño y Serafín Marín.

Serafín Marín está en una encrucijada, y esperamos que la sabia compañía de José Antonio Campuzano, gran torero y mejor estoqueador, le sirva de ayuda, pues la necesita. Serafín Marín no ha rehuido las ganaderías de respeto, y ahí están sus tardes madrileñas con Miuras y con Adolfos, pero le falta concebir una tauromaquia, un sistema de torear que sea suyo. Serafín Marín necesita depurar su estilo y decantarse hacia el lado de la luz, del toreo clásico, huir de los modos del Darth Vader Julián y meditar sobre su tarde de hoy en Madrid donde no ha sabido o no ha querido dar el paso adelante en su segundo, Arenoso, número 4, que le ha brindado embestidas templadas como para hacer el toreo bueno ante las que él se ha conformado con seguir la nefanda estela del neotoreo sin compromiso, sin asumir el riesgo, sin pisar el terreno donde se hace el toreo bueno, donde los tíos cobran, por supuesto, pero también donde los hombres vencen. Ahí seguiremos esperando a Serafín, a ver si vuelve en otoño con argumentos de mayor peso, de más verdad, abandonando el fácil camino que no le llevará a parte alguna, odioso becerro de oro del antitoreo.

De Javier Castaño es ya un lugar común enaltecer a su cuadrilla, de la que ignoramos por qué razón ha salido David Adalid. Hoy, de nuevo la cuadrilla ha hecho su trabajo con oficio y ganas, pagando el tributo de la sangre de Marco Galán, pero es más digno de reseñar el trasteo de Castaño a su segundo, Sonajillo, número 54. Castaño ha estado muy serio y firme con el toro, aunque dio la impresión de que muchos ni se enteraban, que es lo que pasa cuando un tío no se pone a hacer pases desmayados y, sobre todo, esas trincherillas que anestesian a la masa. Muy buena impresión la de Castaño en un toro bastante complicado al que había que atacar con decisión. El salmantino mantuvo con gran firmeza su faena, faena de poder a poder, a la que le faltó remate adecuado a espadas, pero es que ahí Castaño anda algo perdido, pues su forma de ejecutar la suerte suprema es bastante deficiente.

Y Rafaelillo. ¡Ay Rafaelillo y los Miura! Pues Rafaelillo compuso una vibrante faena, faena a más, que tiene dos partes bien diferenciadas, pues el inicio en el que el matador anda estudiando las condiciones del toro, del que no se fía, es por fuera y a alguien le pudo dar la impresión de que el matador iba pensando en jugar a la ventaja. Una vez avisado el torero de las condiciones del toro, de su fuerza y su exigencia, es cuando le pisa el terreno, le echa la muleta al hocico y traza el natural de manera desgarrada, puro toreo. Pero el toro no es un bobo y se orienta en la serie: el primero lo traga y sigue la muleta de Rafaelillo, el segundo levanta la cabeza a media altura, orientándose, y en el tercero se vuelve a mitad del pase, buscando al tío que mueve el trapo. Y ahí es donde Rafaelillo pone sus argumentos: el valor, el corazón, la pasión, y aguanta como una roca, y recibe la tarascada que le rompe el vestido, y vuelve a echar la muleta a la cara del Miura y vuelve a romperse en otro natural, natural toreado con todo su cuerpo, sabiendo que el toro no se le va a entregar y que antes o después volverá a buscarle. Emocionantísima faena la de Rafaelillo, que equivocadamente cita a matar por dos veces en la suerte contraria y que, por fin, cobra una estocada en la suerte natural. Cuando viene al burladero del 9 de saludar al Presidente arrea un cabezazo con todas sus fuerzas contra la madera de la barrera, expresión de su rabia más pura que las lágrimas de la vuelta al ruedo, que no nos gusta ver llorar a los tíos que vienen de vérselas con un Miura. Muy bien Rafaelillo hoy en Madrid.

Y con el último Miura, Arenoso, a las 9 y cinco de la tarde terminó la Feria de San Isidro 2015 de la que tan pocas cosas para el recuerdo han quedado. Descanse en paz.
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Debe ser por la cosa de lo políticamente correcto o del rollo del Estado de las Autonomías, o porque como decía el clásico ya no hay sitio para un solo tonto más, pero en el programa oficial han sustituido la vieja jaculatoria que rezaba: “Divisa verde y negra en Madrid y verde y grana en provincias” por la de “Divisa verde y negra. (Fuera de Madrid, verde y grana)” Esto debe ser la última de Abeya, tan autonómico él.


 La papela de Abella
“Desengáñese usted, D. Eduardo; en España ya no quedan más que dos ganaderías
 de postín, la mía, de toros mansos, y la de usted, de bueyes bravos” 
(El marqués del Saltillo, hidalgo de agudo ingenio,  a D. Eduardo Miura)

 La banda

 La música

 El público

 El programa

 Ramoneo por Miura
La vacada que el doctor Moncholi, del merendero de Telemadrid,
 quiere enviar al matadero

 El tirante

 El taranto

 La tarantela

 El móvil

 El dedo de Abella

 El nudo

 El dorsal

 La pulsera de Pablemos

 Hermano Rafael

 Fogonero

 El mayoral

 El capotillo

 El pañuelo verde nuevo
¿Qué mejor ocasión de estrenarlo que Miura?

 El sombrero

 Fernando Sánchez

 Aguilero al aparato

 La impecable brega de Marco Galán

 Par de Otero

 Par de Sánchez

 Par de Otero

 Saludo de Sánchez y Otero

La bota

 Sánchez pasando por el nido de Abella

 El estoque negro de Serafín Marín

 Galán pasando por el nido de Abella

 Brindis de Rafaelillo

 Rafaelillo con Injuriado

 Galán, cogido

 Irlanda con los toros

 ¿Espontáneo?

 La vara de Bernal

 Bernal vuelve a la carga

 Pitada a Bernal

 Sánchez regresa al nido de Abella

Rafaelillo volando sobre el nido de Abella, confesionario civil de la Tauromaquia

 Fin de corrida y fin de Feria

 El último toro

 Arrastre de Arenoso

 Marín cerrando la Feria

 Adios a San Isidro

Triste, solitario y final

sábado, 6 de junio de 2015

La de Victorino. Waterloo del Cid en una gran corrida de toros de lidia

LOS TOROS VISTOS POR EL QUE PAGA

Su Majestad el Toro, el único que (todavía) no ha perdido el respeto a la Plaza de Madrid


José Ramón Márquez

¡Victorinos en Madrid, y con El Cid! Ahí es nada. Cuando en marzo se confirmó que al fin, después de proponerlo y de intentarlo tantas veces en los últimos años, se daría la corrida de Cid y Victorino, hubo muchos que nos pusimos a relamernos de gusto pensando en un fin de Feria espectacular. En marzo tensamos el arco de nuestra ilusión entre el desafío de Iván Fandiño con seis ganaderías de respeto de antes de la Semana Santa y el fin de Feria de El Cid con Victorinos. Entre esas dos corridas, presumidas como triunfales, pensamos que podía estar el verdadero desafío, subversión de lo inevitable a favor del toreo con toros frente al anodino toreo de todos los días con el monoencaste. 

El toro listo frente al toro bobo. Los toreros frente al (falso) arte.

Hoy, cuando hace casi cuatro horas que ha finalizado la victorinada, de aquello apenas queda nada, salvo la constatación de dos entradas excelentes, igual en lo de Fandiño que en lo de El Cid, señal del interés que despiertan ante la taquilla los carteles basados en toros. Poca cosa es.

Victorino ha mandado a Madrid un encierro de victorinos en diversos registros, de los que al menos cinco de seis han tenido su juego. Dejo aparte al segundo, Petrarquista, número 70, un cárdeno blancuzco de poco cuajo y de menos juego como elemento discordante de una tarde en la que los toros de la A y la corona han puesto en Las Ventas una poco usual variedad de comportamientos, lo cual ha dado a la tarde el mayor interés para quien quiera mirar a los toros, sus cambiantes modos y humores y la manera en que evolucionan, o involucionan, a lo largo de la lidia. Victorino ha puesto en Madrid cinco toros de distinto carácter para que un torero dictase su magisterio y tuviese a su favor la posibilidad del triunfo en registros diferentes, para que pudiese dictar cinco lecciones frente a oponentes de diverso signo, condición y humor.

Desde el primero, Murrieto, número 73, de embestida suave y templada hasta el sexto, Mentorillo, número 82, serio y exigente, nadie que se haya dedicado a mirar al toro puede decir que se haya aburrido en la tarde de hoy. Por el contrario, los que vienen a la Plaza sólo a ver faenas las han palmado de lo lindo. Y por faenas se entiende aquí trasteos de muleta, porque faenas le han hecho hoy a El Cid unas cuantas y de las gordas, precisamente los que estaban allí para ayudarle. Lo primero, el apoderado, que le trae rodeado de un equipo de subalternos bastante deprimente. Desde que se jubiló Boni, o mejor aún desde la cornada de Gijón de Boni, El Cid ha perdido en su cuadrilla el exacto rigor de lidia, el orden y la disciplina que ponía ese grandioso peón que ha sido Rafael Perea. Se ve que Boni servía además para excitar lo mejor de Alcalareño, y ahí el hombre se defendía; ahora, sin el acicate del otro, el hombre se ha venido abajo y exhibe unos modos acomodaticios que en nada sirven cuando su jefe de filas necesita orden y rigor. Anotemos que Alcalareño estuvo eficaz en la brega  del primero y punto. El mitin que dio con las banderillas, como el que dio en abril en Sevilla, no son de recibo ni hacen bien alguno a su matador. Y menos mal que Curro Robles, que lidió con maestría al cuarto, Mojonero, número 79, y estuvo pundonoroso con los palitroques, ha brillado realmente entre los de plata.

No se entiende que un hombre venga a una cita tan crucial, con un ganado de tanta exposición, tan solo, que no venga rodeado de los mejores, de Otero, de Jarocho, de Adalid, de Aranda… y que me perdonen lo demás buenos que no pongo, que no se trata de hacer una lista, y que le traigan con unas cuadrillas de todo a cien. Y lo de los pencos del kevlar, lo mismo, y menos mal que estaba ahí Tito Sandoval para, en el sexto, en una solitaria vara, demostrar lo que es el arte de torear con el penco afaldillado, provocar bellamente la embestida del toro  y colocar con suavidad y precisión la puya en su sitio, midiendo el castigo. La única ovación de toda la tarde fue para Tito, y con eso ya se explica bastante la cosa.

Bien, pues ahí tenemos a Manuel Jesús El Cid sin labor de apoderamiento, sin peones, sin picadores,  más solo que Adán el día de la madre, con su vestido de nazareno y oro frente a los seis cárdenos de Las Tiesas, que ya me hubiese gustado ver cómo hubiesen planteado una corrida de esta trascendencia para su torero apoderados de los buenos como Luis Álvarez o José Luis Marca, cada uno en su estilo. Un hombre solo y frente a él la seriedad de un encierro de toros, no de monas ni de perros amaestrados, no de colaboracionistas ni domésticos, toros de lidia con sus dificultades, ecuaciones de difícil solución que demandan, ante todo, arrojo, valor y corazón. Escribano demostró el camino el día anterior, y es evidente que la calidad de Escribano como torero no puede compararse a la de El Cid, pero Escribano explicó de manera neta que el torero muchas veces tiene que embestir con más fuerza y con más ansia que el toro. Sobran ejemplos de eso, pero este es tan próximo, tan equivalente, como cuando comparábamos la ruina de la DDR frente a la prosperidad de  la RDA en la época en que echaron abajo el muro de Berlín. Escribano con un Adolfo planteó ayer lo que El Cid habría planteado con estos mismos Victorino de hoy hace seis o siete años. Cada uno en su estilo.

¿Qué le ha faltado a El Cid? ¿Decisión, ganas de jugársela, necesidad, valor? Vaya usted a saber, pero el hecho es que en esta tarde aciaga del 5 de junio apenas le ha salido nada bien, ni con el capote ni con la muleta. Citó en distancia por dos veces y dos veces se quitó, prefirió trazar los trasteos en las distancias cortas, reduciendo el riesgo, sabedor de que más lejanía significaba que los toros le iban a pesar mucho más, renunció a ejecutar trasteos poderosos cuando los toros lo demandaron, y no acabó de sobreponerse a sí mismo cuando la tarde tomaba un color grisáceo tirando a negro, como aceptando la inevitabilidad de aquello. Un par de naturales de gran trazo y encaje a su primero como único bagaje es como para declarar hoy zona catastrófica al ruedo de Las Ventas.

Manuel Jesús Cid es el torero que ha toreado con mayor pureza, con más clasicismo en Las Ventas en todo lo que llevamos de siglo XXI. El estilo que él representa, basado insoslayablemente en su depurada concepción de la lidia, aquilatada a la antigua en tardes a cara de perro en el Valle del Terror, está llamado a desaparecer, anegado en la neotauromaquia, el toreo ligero de toro trotón y saltarín correteando tras un trapo que ni manda ni torea. Por eso es que el fracaso de esta tarde de El Cid es una media lagartijera que muchos nos llevamos bien puesta, y aquí estamos a estas horas, en esta tibia noche de desesperanza, tragándonos la sangre, con la boca cerrada y con las patas abiertas para intentar no caer.

¡Qué hostia! ¡Qué hostia!
(Rita Barberá)

 El Pífano

 Cándido, el ex fiscal

 El palo de selfie

 Victorino, que echó una gran corrida de toros de lidia

 La papela de Abella

 Presentimiento femenino

 Cruzarse (de piernas)

 Jean Palette

 El programa

 Ramoneo por Victorino Martín

 Sanedrín

Abella toreando al natural en su nido

 El Cid entre sus apoderados
(¿Qué ventilaban ahí?)

 Las confidencias de Pirri

 Alcalareño haciendo de espejo

El Cid ante su Waterloo

 A los cursis de la soledad del portero ante el penalty

 ¿Por qué vino así a Madrid?

 ¿A qué vino así a Madrid?

 ¿A conmemorar los doscientos años de Waterloo, que se cumplen este mes?

 La puerta está abierta

 Murrieto, el primero

 El empresario de Bilbao

 La tauromaquia socialdemócrata ha acabado con el cuadro

 Sólo nos queda el toro...

 ...y van por él
(La Selecta Crítica derramará todos sus palos de este Waterloo
 sobre los lomos de los prusianos, que son los toros)

 En el nombre del Padre...

 ...del Hijo...

 ...y del Espíritu Santo

 Amén

 Al aire de su vuelo

 La merienda de Telemadrid

 Caronte

 Tito Sandoval, la única ovación de la tarde


Reducto de aficionados