Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Si afronta uno la incomodidad de ir al estadio es por no tener que aguantar en casa al calvo del Plus, simple de linde (la linde se acaba, pero el simple sigue), y su linde es Vinicius. Ver al Real Madrid con los comentarios del calvo es como visitar el Prado con un dependiente de Pinturas Borreguero que te dijera qué bote te saldría más económico para pintar el Cristo de Velázquez. Y cuando llegas al estadio descubres que el encabronamiento social se ha trasladado al fútbol, con el “agit prop” de la hez mediática: eso no es público; eso es chusma, y no “de la cósmica chusma sagrada” de Almafuerte.
Vale que el público de fútbol no es el de ópera. Ni siquiera es el de toros. El público de fútbol es lo que salta a la vista cuando, camino del estadio, van soplándose un bote cerveza del que extraen, seguidos, media docena de regüeldos. Esos regüeldos son lo que luego, en la tribuna, hacen de feromonas para desatar lo que el historiador Lefebvre llamó “estado de masa”.
–Un agregado de pacíficas langostas –explicaba un gran pensador político–, llegado al punto de saturación de olor de sus feromonas, a causa de la superpoblación, cambia bruscamente su estado habitual y levanta el vuelo devastador en estado de plaga.
La del Inter, aparte el fútbol (un grandísimo partido de Champions), fue la noche de Walpurgis de la vergüenza ajena, con medio estadio en estado de plaga pitando a las estrellas… “porque no corren”. Mancini y Montella (Vinzenzo Montella, “L’Aeroplanino”!) con cara de no entender nada, y uno sin el italiano necesario para hablarles del “tumor de la afición”, que decía don Santiago Bernabéu, buen conocedor del gañán ibérico, ése que, hecho para Pineda e Isidro, pita a Vinicius y a Mbappé.
Mourinho llegó en 2010 con la ilusión de ver el Bernabéu incendiado de pasión madridista como lo acababa de ver incendiado de pasión interista en la final de la Champions. Mourinho regresa en 2026 con el antimadridismo encabronado por la renovación del estadio y con el madridismo más encabronado todavía con la renovación de Vinicius. La envidia igualitaria mata. Contaba el panadero de un pueblo del Tajuña que no había podido reformar la panadería de golpe por prudencia. ¿Y eso? “Si lo hiciera de golpe, sería señal de que me va bien, y me quedaría sin clientes”. Es la misma chusma que llama pijo a Míchel porque luce contento. “¿Cómo se puede ser pijo habiendo vivido toda la vida en el sur de Madrid”, se defiende él. “Lo que tengo pinta es de feliz, coño. Y eso sí es verdad. Soy un tío normal de una familia normal que lleva con la misma pareja y los mismos amigos toda la vida”. Vinicius es un tío renovado y “con pinta de ser feliz”, es decir, una ruina en España. En el campo corre defensivamente más que nunca, y trata de ganarse a la chusma con “rauladas”, que son esas carreras demagógicas por balones inalcanzables que arrancan ovaciones de los cenutrios, todos con cara de votantes con cinco vacunas. Intentar un sombrero, pitos. Correr a lo tonto, palmas. Y a eso se reduce actualmente la grada del Bernabéu, dividida en corrillos como las del circo en “La vida de Brian”: viudas de Xabi, viudas de Rodri, viudas de Riquelme, viudas, en fin, de cuando aquí no se ganaba nada (treinta años a verlas venir). Ni siquiera contamos con un jugador con bigote para engorilar al sindicato arbitral. Está la melena de Sansón de Cucurella, pero no da para una declaración de amor como el bigote de Raphinha.
–Me gusta tu bigote –dijo el árbitro Ortiz a Raphinha, cosa que sabemos porque el propio colegio de árbitros quiso que lo supiéramos.
El episodio es revelador: al juez Ortiz le gusta el bigote de Raphinha como al filósofo Santayana le gustó el bigote del juez Holmes, distinguido bostoniano que se hacía el soltero “con un majestuoso bigote rubio”. Igual Vinicius debía haberse dejado bigote en vez de esa barba que asusta al sindicalista del pito Hernández Hernández (“Vete de aquí, me da igual que seas el capitán, te saco amarilla”), tan enamorado de su nombre que se lo hace llamar dos veces. Menos mal que en el banquillo está Mou, que nos sume en esa melancolía inmensa que entra en España por Portugal.
[Sábado, 12 de Septiembre]


