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domingo, 12 de octubre de 2025

Feria de Otoño. Los toros de Victorino Martín exigen toreros especialistas. Campos & Moore



PEPE CAMPOS



Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Sábado, 11 de octubre de 2025. Séptimo festejo de la Feria de Otoño. Toros encastados de Victorino Martín. Excelente dimensión de Román. Cogida de David Galván. Actitud de Ginés Marín. Lleno. Tarde otoñal nubosa.

Toros de Victorino Martín,  procedencia Marqués de Albaserrada, bien presentados, corniveletos, astifinos, todos cumplieron en varas; el primero, cambió a incierto durante la lidia, posiblemente, a partir de las dos varas caídas que recibió; el segundo, noble, las dos varas caídas que le implementaron influyeron en el menor recorrido que mostró en la muleta; el tercero, con acometividad, mejor picado; el cuarto y el quinto, cinqueños, largos y con poder; el sexto, revoltoso, acusó las varas caídas.

Terna: David Galván, de San Fernando (Cádiz), de tabaco y oro, con cabos blancos; trece años de alternativa; veinte corridas toreadas en 2025; cogido en la faena de muleta en el primer toro, pasó a la enfermería, sufrió traumatismo craneoencefálico. Román, de Valencia, de azul marino y oro, con cabos blancos; once años de alternativa; trece corridas en 2025; silencio, oreja y ovación tras un aviso. Ginés Marín, de Jerez de la Frontera (Cádiz), de lila y azabache; ocho años de alternativa; dieciséis festejos en 2025; palmas tras un aviso, silencio y silencio tras un aviso.

Suerte de varas. Picadores: Primer toro —Daniel López—, primera vara, con astado puesto en suerte, colocación del hierro detrás de la cruz pero caído, le tapa la salida, sale al capote; segunda vara, en suerte, caída, le tapa la salida, le pega, sale al capote. Segundo toro —Ignacio Rodríguez—, primera, en suerte, detrás de la cruz pero caída, dura; segunda, en suerte, caída, rectifica y vuelve a estar caída, metisaca, le pega y barrena. Tercer toro —Francisco de Borja—, primera, en suerte, detrás de la cruz, bien picado, sale al capote; segunda, en suerte, trasera, le pega más. Cuarto toro —Guillermo Marín—, la primera, sin estar en suerte, detrás de la cruz, derriba; la segunda, sin estar en suerte, rectifica, caída, le da fuerte, metisaca, el toro se repucha. Quinto toro —Santiago Morales ‘Chocolate’—, primera, al relance, detrás de la cruz, derriba y sale suelto; segunda, en suerte, trasera y sale suelto. Sexto toro —Ignacio Rodríguez—, primera, en suerte, trasera, sale al capote y se cae; segunda, sin estar en suerte, caída, le pega.


Si existe una ganadería importante en el momento actual de la tauromaquia esa es la de Victorino Martín: por la excelente presentación de sus toros y por su juego variado en las lidias a partir de la casta que poseen. Y así lleva, en un puesto de honor, desde 1967. No descubrimos nada. Por otra parte es conocida la dificultad de la lidia de los toros de Victorino y las complicaciones que sacan en las faenas de muleta. Para resolver ambas problemáticas siempre han necesitado a toreros especialistas que sepan entender las embestidas de estos animales de sangre Santa Coloma. A la cabeza de estos matadores de toros que entendieron a la perfección los toros de Victorino Martín ha estado Francisco Ruiz Miguel que lidió ochenta y nueve corridas de este hierro, que se dice pronto. Ayer se enfrentaron a los Victorinos tres toreros que todavía no conocen bien este ganado. De estos tres matadores de toros, nuevos en estas lides, el que mostró un mayor acoplamiento a las dificultades planteadas por los astados del ganadero de Galapagar fue Román. El torero valenciano poco a poco se está haciendo un lidiador competente en la lida de toros duros, de las ganaderías que dan vitola de buen torero entre los aficionados —en tiempos en los que la mayor parte de los matadores de toros huyen del compromiso de vérselas con toros de verdad, sobre todo las denominadas figuras o mandones, que sólo ven al toro comercial, que es dócil y obediente y con el que se pueden hacer primores, por ejemplo darles manoletinas—. Los toros de Victorino de ayer pocas tonterías admitían y había que hacerles las cosas con precisión y buen criterio. Román lo hizo en los dos toros que le correspondieron para poder triunfar. Sobre todo entendió que a los toros de sangre de Santa Coloma hay que llevarles muy largos en los lances y en los pases, no dudarles, e impedir que toquen con sus pitones los engaños. Román alargó las embestidas, y sus toros, cada uno de ellos en la medida de sus características, respondieron y pudieron ser toreados a partir del mando y manteniendo la emoción, porque ninguno de ellos se tragó los lances y los pases si no estaban bien trazados y el matador —en este caso Román— no se colocaba bien en el sitio, cruzado, en rectitud del pase. Una buena tarde de toros dio Román y a punto estuvo —de no ser por el mal empleo de la espada— de triunfar a lo grande. 
David Galván se llevó la peor parte de la tarde pues sufrió una cogida muy aparatosa que le impidió seguir la lidia. Puede que esto ocurriera por esa obligación de tener que llevar a los toros de Victorino largos en los pases de muleta, pues no admiten faenas al uso, o comunes, o faenas de todos los días, de muleta retrasada, con pases donde el toro se queda en la misma muleta. Puede también que el percance viniera porque el primer toro, que de salida dio buenas muestras de ser un toro importante, sufriera una lidia poco cabal, con lances de capa sin la largura necesaria —sin esa lidia—, y sobre todo porque se les recetó dos varas inadecuadas, con los hierros apuntando a los bajos de su lomo. Si la suerte de varas no está llevada por el camino de la ortodoxia —hierro en la cruz o delantero, y sin barrenar a la hora de castigar al astado—, entonces el astado, si es un animal encastado puede responder con malos modos y esas malas maneras llevan a que embistan con protestas de no dejarse torear. Así puede que la clave del primer toro estuviese en este detalle que muchas veces no se tiene en cuenta, pues los toros comerciales soportan lo bueno y lo malo y son sostenibles. Este es un magnífico efecto logrado en la tauromaquia actual, la de lograr crear animales que no tienen poder, pero pueden embestir —de esas maneras…—. En cambio, el toro de verdad, el toro que muestra dificultades, tiene poder y puede que no embista normativamente, si las cosas —la lidia— no se le hacen bien. Este primer toro en la faena de muleta prendió a Galván, que tuvo que pasar a la enfermería. Román, a continuación, lo mató en la suerte natural, de un pinchazo sin soltar y de una estocada desprendida, más un descabello.


Román, en el tercer toro de la tarde, dio una imagen relevante de capacidad lidiadora y artística. Con la muleta inició su labor por bajo en terrenos del siete, con pases largos y templados, no todos, cerrados con el de pecho. El toro iba mejor por el pitón derecho. En la segunda raya del siete, los redondos le salieron valerosos, en dos tandas meritorias, de tres pases y el de pecho, el pase del medio, el central, largo y templado. Los naturales fueron largos, no todos buenos, sí el valor y el aguante. Al volver a la mano derecha logró una gran tanda de redondos largos y templados y la plaza se puso en pie. Máxima emoción. La faena alcanzó su clímax. Finalizó con pases por bajo, tres, muy buenos, hacia tablas y el de pecho. De nuevo la plaza en pie. Mató en la suerte contraria y la espada se le fue algo baja. En el quinto de la tarde, un cinqueño impresionante, Román se la jugó. En la segunda raya del diez, los redondos fueron valientes y largos, el toro se revolvía. Una segunda tanda con la misma entrega. Al natural toreó ayudándose con el estoque, y entonces le salieron largos, pero la faena bajó por existir menos acople. Insistió al torear por las dos manos alternativamente y se mantuvo la emoción, aunque no creció la obra a la altura que hubiera merecido. Aún así dos naturales últimos fueron de los buenos, por colocación del torero, en la rectitud, y porque el toro fue llevado hacia atrás, antes del pase de pecho. Mató en la suerte contraria haciendo guardia al toro y perdió la puerta grande. Pero Román salió, tras su actuación de ayer, con un gran cartel de la plaza de Las Ventas.


Ginés Marín, hizo un gran esfuerzo. Su actitud fue notable. Lo mejor lo realizó al recibir con extraordinarias verónicas y una media a su primer toro, un Victorino que después, a pesar de ser mal picado, manifestó nobleza en la faena de muleta. En esa faena, Marín inició su intervención con pases por bajo hacia los medios a la altura del tendido ocho. El toro perdía las manos si se le bajaba la muleta. La labor debía desarrollarse a media altura. En ocasiones, con firmeza, templó muletazos que no salían con toda la trayectoria debida. El toro se quedaba algo corto. Hubo suavidad en el trasteo y faltó tal vez un mayor acoplamiento con un astado que dejó estar a Marín. La faena se fue hacia el tendido siete. Allí, mató de pinchazo en la suerte contraria, y de estocada hábil en la suerte natural, tras plantearla por fuera. En el cuarto toro de la tarde el empleo de la muleta no fue el más idóneo, no se la mostró planchada, sino en uve, a partir de ahí se ausentó el dominio y no había apreturas, apareció el pico y un toreo despegado por ambos pitones. Mató en la suerte contraria, de pinchazo y estocada chalequera. En el último toro de la tarde, Marín, tuvo más problemas aún para hacer la faena, pues el animal, mal picado, como su primer enemigo, sacó a relucir renuencias y malos modos. Los pases salían a la mitad, había mérito en la exposición; si bien, faltó mando, digamos, pues todo se fue embarullando a pesar del esfuerzo. La dureza de la tarea se impuso a los buenos deseos. Mató de tres pinchazos en la suerte contraria y media estocada caída en la suerte natural, más dos descabellos.

 

 
Román Collado Gouinguenet, Román

 

ANDREW MOORE


 
 









FIN

sábado, 11 de octubre de 2025

Feria de Otoño. Ciertos novillos mansos de Fuente Ymbro hicieron reflexionar a la novillería y al cotarro. Campos & Moore

 


PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Viernes, 10 de octubre de 2025. Sexto festejo de la Feria de Otoño. Novillada con el mismo cartel de la final del certamen «Cénate Las Ventas». Novillos de Fuente Ymbro. Tres cuartos de entrada. Tarde otoñal ideal para el toreo.


Novillos de Fuente Ymbro, de origen Jandilla —sangre Domecq—. Bien presentados, algo pobres de pitones a excepción del sexto. Mansos (2º, 3º y 4º). Algunos flojos (1º, 3º y 4º). Nobles. Primero, basto, muy castigado en varas, parado en la muleta; el segundo, escurrido, reservón —tardo y remiso—; el tercero, cuajado; cuarto, corto, de poco celo; quinto, escurrido y alto, estrecho de sienes; sexto, hondo. Quinto y sexto derribaron al caballo, el sexto empujó en esa pelea.


Terna: Bruno Aloi, de Ciudad de México (México), de caldera y oro, con cabos blancos; de veinticuatro años; silencio y silencio tras aviso. El Mene, de Zaragoza, de tabaco y oro; veinte años; saludos tras aviso y saludos. Pedro Luis, de Lima (Perú), de azul real y oro; veinticuatro años; silencio tras dos avisos y silencio tras un aviso. 

Suerte de varas. Picadores: Primer novillo —Teo Caballero—, primera vara, con novillo puesto en suerte, trasera y caída, muy larga, le tapa la salida al novillo que se acuesta y finalmente se repucha; segunda vara, sin poner en suerte, detrás de la cruz, metisaca y se repucha. Segundo novillo —Alberto Sandoval—, primera vara, sin poner en suerte, picotazo y sale suelto; segunda vara, le mete el banderillero al caballo, picotazo caído, sale suelto. Tercer novillo —José Adrián Majada—, primera vara, en suerte, detrás de la cruz y sale suelto; segunda vara, en suerte, detrás de la cruz y sale suelto. Cuarto novillo —Antonio Prieto—, primera, sin poner en suerte, detrás de la cruz, picotazo caído y sale suelto; segunda, en suerte, detrás de la cruz, picotazo y sale suelto; una tercera vara en el cuatro, por Teo Caballero, caída y sale suelto. Quinto novillo — Héctor Piña —, primera vara, al relance, trasera, derriba el novillo y sale suelto; segunda, en suerte, trasera y caída, sale suelto. Sexto novillo —Manuel Sayago—, primera, en suerte, detrás de la cruz, caída, derriba el novillo y sale suelto; segunda, en suerte, detrás de la cruz, empuja y se repucha.


La fiesta de los toros se basa en el toro bravo, pero este toro ideal normalmente no suele salir a los ruedos. Ayer los astados (novillos) de Fuente Ymbro en mayor número salieron mansos. El toro manso —ayer, novillo— si es realmente un animal de esa condición, suele plantear una lidia prolija que hace pensar a los toreros. Si el resultado de esta reflexión a la que se somete a los diestros, a la hora de resolver los problemas de la lidia, es acertada, entonces la brega se hace rápida y corta; pero si en el proceso de esa reflexión el peonaje y los matadores no ven la luz, surge en la lidia el trajín, la lentitud y la fatiga. En la novillada de ayer lo pudimos experimentar en el tiempo que duraron las lidias de los novillos del segundo al cuarto, los tres astados más mansos de los que se corrieron de la ganadería de Fuente Ymbro. Una ganadería que lleva varios años lidiándose en abundancia en Las Ventas y que sus ejemplares han presentado, en tantos festejos, toda la gama posible de comportamiento imaginable del toro bravo. La enseñanza de ayer tarde fue que unos astados que pedían, por su renuencia a ir al caballo, ser picados en terrenos más cercanos a la querencia de los chiqueros, en Madrid, hacia los tendidos seis, cinco y cuatro, todos los lidiadores —desde el matador al piquero, pasando por los subalternos— se empeñaron en que los novillos fueran picados en terrenos de la contra querencia, en el lado opuesto a toriles, es decir, en el tendido ocho, lindando con el tendido siete. Una y otra vez se pusieron los novillos en suerte, o se pretendió, y estos no acudían al caballo; y se les volvía a capotear —con todo lo que esto significa de tiempo, tarea y cansancio— y a continuación se acababa situando a los cornúpetas en el mismo terreno de partida del que habían sido sacados. Hablamos de la segunda raya de picar donde se juntan los tendidos ocho y siete, desde donde los novillos no querían ir al caballo de picar, que se movía como podía, atrás, adelante, a derecha y a izquierda, para terminar el piquero llamando al novillo de turno, y, el astado, como respuesta, mostrando su disconformidad, sin mirar al equino, ni haciéndole caso, sino oteando a la torería que estaba próxima y que a su derecha contemplaba la escena.


Durante la lidia de esos tres novillos, el tiempo se detuvo mientras se desarrolló la suerte de varas. Los capotazos se sucedieron, los novillos se ponían en suerte —más allá de la segunda raya— y de manera renuente se salían de ella, hacia donde estaban los toreros o emprendían el camino de los terrenos del sol. Desde allí, donde acababan de situarse ahora, se les volvía a llevar al mismo terreno de partida de antes. En fin, así estuvimos un buen rato, en esas lidias, en cada una de las varas que se ensayaron, no siempre bien resueltas. Si se hubiera llevado presto a los caballos hacia los tendidos de sol, más cercanos a la querencia de toriles, la suerte de varas se había producido, en cada momento, en menos espacio de tiempo y con menos capoteo. Incluso, si los picadores se hubieran decidido a pasar la primera raya, en cada caso, yéndose hacia los novillos para picarlos, también. Debemos comentar que la primera raya surgió cuando no existía peto, allá en la segunda década del siglo XX, para evitar que los del castoreño se fueran hacia los medios pues, en ocasiones, querían evitar las tablas donde morían muchos caballos al ejercitarse la suerte. Después, una vez instaurado el peto esta raya fue de menor utilidad porque los picadores ya prefirieron la cercanía y el resguardo de las tablas que les daba seguridad. Esa raya se mantuvo y en los años sesenta del siglo pasado surgió la segunda raya, que venía a ser una manera de darle una distancia a la arrancada de los toros hacia el caballo para ver su bravura, se supone que en persecución de un canon de bravura y en recuperación de la belleza de la propia suerte. Es decir, una vez visto que el toro no quiere ir al caballo, tras insistirse en ponerle en suerte, en uno, en dos o en tres intentos, si se ve que es manso y se quiere resolver con prontitud y presteza, el piquero debería irse hacia el toro y pasar esa raya que está ahí como motivo de las distancias y no por las primitivas cuestiones cuando no había peto. Digamos que la suerte de varas es esencial para medir la bravura del toro. De ahí en la tauromaquia moderna la existencia de las dos rayas. Pero si el astado muestra un comportamiento comprobadamente de manso, no es mala solución —aparte de poderle picar calibrando su querencia— acortar distancias, siempre que impidan el ir y venir de los capotazos que tanto brío y naturalidad restan a los toros.


A la hora de comentar la labor de los novilleros de ayer, hay que comenzar por Bruno Aloi, que ya lleva un buen ramillete de actuaciones en Madrid. En su primer novillo, dado que este salió quebrantado de la suerte de varas, muy parado y sin fuelle, no tuvo otra opción en la faena de muleta que irse a por la espada y pasaportarle de una buena estocada en la cruz, en la suerte contraria. Con el capote había intentando verónicas de inicio pero sin templar los lances. En el cuarto novillo, tal vez, no acertó en el gobierno del animal que mostró poco celo, la labor salió deslucida, en los terrenos del ocho al diez. Antes de entrar a matar fue empitonado y desarmado. Lo mató de una estocada en la suerte contraria, hacia la querencia de chiqueros, algo delantera.El Mene, también volvía a un nuevo paseíllo en la plaza de Madrid. Es un torero de muy buen corte, elegante y con la ventaja —no poca— que sabe matar como mandan los cánones. Si bien, en el toreo normativo debería dar un paso adelante para llegar a plasmar en su toreo toda la calidad y clase que se le intuye y seguramente posee. Quiere decirse que debería echar la muleta más de frente, por delante de su cuerpo, y no dejarla tan retrasada, aparte de cruzarse un poco más con los astados. Su toreo ganaría en eficacia y en profundidad, y conseguiría un mayor eco en los tendidos. A su primer novillo, sin llegar a torearle mal, no le vio la posibilidad de dejarle la muleta en la cara tras cada pase para poder ligárselos. Se mostró con solvencia, pero no debe esperar a que sea el astado el que ponga la solución a cada trasteo. Él debe pisarle los terrenos. Mató de una buena estocada en la suerte contraria. Al quinto, un novillo de buen son, le dio algunos pases excelentes al comenzar la faena, apreciamos cuatro pases de la firma, de toreo caro, poco visto. La labor fue a menos, tal vez empeñado en una tauromaquia de muleta retrasada que no le ayuda. Mató de dos pinchazos en la suerte contraria, el segundo agarrado.


Pedro Luis, venía de haber toreado al natural durante el verano en Madrid con mucha verdad. Se esperaba mucho de él. Puede que no esté hecho todavía y que le falte rodaje. En su primer novillo toreó en los medios y el astado se le abría mucho, se iba de la suerte. No intentó cerrarle un algo, o llevarle a terrenos del sol donde hubiera encontrado, puede que sí, otra versión la faena. El novillo era tardo y le costaba tomar los engaños, y cuando lo hacía mostraba violencia y renuencia, y se iba. No consiguió sacarle partido. Muchas pausas. Lo mató de una estocada algo atravesada en la suerte contraria. En el último novillo de la tarde, el que mayor trapío del encierro, que había empujado en el caballo, le faltó cruzarse más, mientras el novillo, que tomó en alguna ocasión con buen ritmo la muleta, se fue apagando. Lo mató de un pinchazo caído en la suerte contraria y de media estocada atravesada en la suerte natural.

 

 
El ganadero 

 

ANDREW MOORE

  

 


 


 



FIN

viernes, 10 de octubre de 2025

Feria de Otoño. Novillos embestidores sin limitación. Pepe Campos



PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Jueves, 9 de octubre de 2025. Quinto festejo de la Feria de Otoño. Novillada sin picadores. Novillos de Ángel Luis Peña para la Final del XIIIº Ciclo «Camino hacia Las Ventas». Media entrada. Tarde otoñal perfecta. El novillero Samuel Castrejón fue declarado triunfador del Certamen. Al finalizar la corrida Samuel Castrejón cortó la coleta al banderillero Agustín Serrano, que de esa forma se despide del toreo.


Novillos de Ángel Luis Peña, de sangre Domecq —línea Jandilla—, de presentación aceptable, menos el sexto de menor trapío; sin desarrollar la cuerna; todos nobles; mansos en general, si entendemos que se dolieron en banderillas, por no existir la prueba del caballo; repetidores en sus embestidas de principio a fin. Todos dieron juego. El sexto, un eral, de inferior acometividad, desentonó.


Terna: Pedro Gómez, de Guadarrama (Madrid), de azul noche y oro, con cabos blancos; de veintidós años; lleva dos años sin picadores; escuela taurina de Galapagar; saludos y saludos. Samuel Castrejón, de Pozuelo de Alarcón (Madrid), de rosa palo y oro; de diecinueve años; un año sin picadores; escuela taurina El Yiyo; saludos tras un aviso y una oreja. Ignacio Garibay, de Ciudad de México (México), de azul celeste y oro, con cabos blancos; de dieciocho años; escuela taurina El Yiyo; seis meses sin picadores; silencio y silencio.


No suele normal que en la plaza de Las Ventas se celebren novilladas sin picadores, si bien con el certamen denominado «Camino hacia Las Ventas» llevamos algunas temporadas que se ha convertido en parte de la programación de la Feria de Otoño madrileña la final de este ciclo de novilladas. Ayer hubo media entrada para ver a los novilleros que llegaron a la última de estas novilladas. El festejo fue entretenido porque contó con el buen juego del principal protagonista de la fiesta taurina, pues los novillos de Ángel Luis de la Peña no pararon de embestir con nobleza y recorrido, y los novilleros tuvieron que vérselas con las dificultades que conlleva tener que domeñar las acometidas de astados que estaban a punto de cumplir tres años, y que acudieron a los engaños con alegría y continuidad, con bondad, pero con insistencia. Por la razón de la edad —seis meses menos— desentonó el sexto novillo que no llegaba ni en trapío ni en comportamiento a esa pujanza y generosidad que mostraron sus hermanos de sangre Domecq, este encaste dominador en la mayoría de las ganaderías actuales, y que en algunas de ellas —tras la selección— adquiere una explosividad que no poseía al originarse la aventura ganadera con aquellas vacas compradas —en este caso de Daniel Ruiz—. Ya sabemos de la importancia de la selección de ejemplares para ir creando y mejorando las ganaderías. Afortunadamente, en este caso, a pesar de encontrarnos de partida con un encaste comercial, con un ápice de docilidad —ese mal de nuestra época—, el ganadero parece querer decidirse por astados con movilidad y con embestidas largas y «sin fin». Estamos hablando de erales y de un festejo en el que no existe la prueba del caballo, donde ya es fundamental el empuje, la fuerza y la fiereza del astado para superar la fase de la bravura, es decir, para llegar a ella con esa consistencia. Falta, por tanto, ver como será el juego de los novillos de Ángel Luis de la Peña, en novilladas con caballos, y a sus toros en corridas formales. Todo un proceso y un camino «hacia Las Ventas».


Sabemos de las dificultades de los novilleros para iniciar sus carreras taurinas, antiguamente estaban las capeas, los tentaderos y un caminar por las tierras de España. Hoy, los novilleros, a la hora de aprender y hacerse, tienen la acogida de las escuelas taurinas, con sus profesores, que se han extendido por doquier, evitando pesares y caminatas, aunque implantando al toreo del futuro matador un sello uniforme, igualador y homogéneo. Es lo que solemos ver una tarde tras otra en las novilladas de los últimos tiempos. Novilleros con muy buena técnica, pero que no se diferencian en sus formas unos de otros. Viene a ser algo que sucede en todos los campos de la sociedad actual. Las personas se parecen entre sí o eso parece. Creemos que se produce por un exceso de didáctica. De un querer enseñar lo normativo a todos por igual, sin atender, tal vez, a la personalidad de cada uno de los alumnos, futuros matadores de toros. Decía Domingo Ortega en su conferencia «La bravura del toro», en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en 1960, que el comienzo de su carrera fue muy difícil por la falta del contacto con el toro para ejercitarse —eso sigue siendo igual hoy—, y porque no tenía de quién aprender, pues nadie enseñaba, cuando fijarse en quien lo hiciera bien y escuchar a quien prestara un buen consejo era la base del aprendizaje. Y en esas estamos todavía. En aquellos tiempos cada torero tenía que desarrollar su propia tauromaquia, sin demasiados modelos. De ahí la diferenciación de estilos y de capacidades técnicas. Hoy el profesor de la escuela taurina parece que da unas normas idénticas, y los alumnos las aprenden a pies juntillas, y desarrollan una técnica útil, suficiente y llevadera, mas el estilo es laminado y se transfiere idéntico. Todo eso está ahí y decide en el futuro de la novillería. Ayer vimos, en el haber de los aspirantes deseos de agradar, y en el debe, digamos, no llegar a torear claramente frente al toro, sino con la puerta abierta de la postura de perfil, y de no decidirse a «coger las herramientas» de mejor manera: en el caso de la muleta, por ejemplo, avanzando esta por «delante del cuerpo del torero, casi tapándole», según aconsejaba el maestro Ortega, en la charla citada, desde donde se inicia la perfección del pase. No queremos decir con ello que los maestros de las escuelas de hoy no lo enseñen así, ni lo aconsejen. La realidad es que no se ve.


De los novilleros de ayer, Pedro Gómez, ante su primer novillo, noble y embestidor, inició su labor con verónicas ganando terreno hasta los medios. En la faena de muleta de igual manera hacia el platillo por medio de ayudados por alto. Toreó mejor en redondo que al natural. Fue una tarea entregada, tal vez, acelerada y despegada —el mayor defecto—. Hay que añadir que la muleta la presentaba en uve y se echaba al novillo hacia fuera. Todo es una cuestión de técnica que se puede corregir. En dos ocasiones perdió la cara al novillo que le pudo coger. Cerró la faena con ayudados. Mató en la suerte natural de estocada baja. En el cuarto de la tarde, se fue a porta gayola y la enlazó con dos largas cambiadas y una media verónica. Puso banderillas, donde destacó en un par al quiebro. La faena de muleta la inició en los medios con pases cambiados por la espalda, luego se empleó en muletazos largos, en la segunda raya del ocho, algo despegado. Le faltó ajuste y colocación. Finalizó con manoletinas. Mató de estocada baja que hizo guardia en la suerte natural, y de estocada en la suerte contraria, el novillo dobló en los medios.


Samuel Castrejón, fue el novillero que puso en escena el mejor toreo, a partir del sentido del temple —que le es natural— y por sus rasgos de personalidad, de querer gustarse al hacer el toreo. Dio muchos pases por las dos manos con despaciosidad y templanza llevando enganchados a los novillos. Alternó con otros pases donde ese temple que posee se difuminó y quedó en un ensayo. Si este aspecto central del toreo, Castrejón lo sacó a relucir en su presentación como torero en Las Ventas, dejó en el debe esa manía, que quita profundidad al toreo, de abusar de la posición de perfil, y, por lo tanto de emplear el pico en la trayectoria del muletazo. Con la muleta presentada plana hubiera dicho mucho más. Aún así dejó su sello de clase. Con el capote se mostró más lidiador que artista, lo cual es reseñable. Con la muleta lució con ese temple que hemos señalado. Que es un novillero con personalidad, lo mostró en un «kikiriquí» en su segunda faena que le salió con su aquél. Mató a sus dos novillos en la suerte natural. Al primero de dos pinchazos y una estocada caída. Y al quinto de una estocada desprendida.


Ignacio Garibay, notó algo la responsabilidad. Estuvo encorsetado en muchos momentos de sus dos lidias. Le faltó cierto sosiego. Puso empeño, variedad con el capote, y abusó del toreo despegado y con el empleo del pico. Todo ello mejorable. Mató a su primer novillo en la suerte natural de una estocada caída. Y al sexto de estocada caída en la suerte contraria. 

lunes, 6 de octubre de 2025

Feria de Otoño. Desafío Fraile & Gallardo. Entretenida tarde de toros con tres toreros "distintos". Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Dios aprieta pero no ahoga, y tras la infumable tarde del día precedente hoy nos ha deparado una entretenida tarde de toros en la que ha habido de todo. Sobre el papel, y a la vista de los coletas que se anunciaban, ésta era a priori la más interesante de las cuatro tardes de la primera entrega de la Feria de Otoño, aunque la mosca se iba directamente detrás de la oreja al ver en el cartel escritos los nombres de Puerto de San Lorenzo y de La Ventana del Puerto junto al de Fuente Ymbro, en una propuesta ganadera perfectamente incomprensible. Al final los de la Ventana se largaron por la ventana, como Simón Bolívar en un famoso suceso («in nefanda nocte septembrina»), y la cosa se quedó en la parte ganadera en un desafío entre los del Puerto de San Lorenzo de los Fraile y los Fuente Ymbro de Gallardo, que ha dado bastante juego de diverso jaez, como en seguida se reseñará. Por la parte de los toreros se contrató a Uceda Leal, Saúl Jiménez Fortes y Víctor Hernández.


El orden de salida del ganado, vaya usted a saber por qué extraña ingeniería, quedó organizado de tal manera que primeramente salieran dos del Puerto de San Lorenzo y luego los tres Ymbro, para rematar con el tercero del Puerto, cuando lo usual es echar primero los tres de la ganadería de mayor antigüedad, los de Fuente Ymbro, y después los otros tres.

 

Lo primero que salió por la puerta de chiqueros fue Farderito, número 112, un gordo bochinche de 625.000 gramos, con un barrigón cervecero, basto como un serón, feo como Picio y con un lustro de vida a cuestas, que ya nos hizo ponernos en lo peor, vistas las prendas con que nos suelen asombrar don Lorenzo y don José Juan Fraile. Acaso a causa de sus lorzas el animal no andaba sobrado de fuerzas. Recibió el saludo de Uceda por verónicas y una soberbia media y tras un paso sumamente discreto por la trituradora de carne, aka picador, llegó a las manos de Uceda Leal que volvió a maravillar a Las Ventas con la elegancia de su precioso vestido, tabaco de Virginia y oro, muchísimo oro, dos pañuelitos en el chaleco, como Antonio Bienvenida, y ni asomo de espumillón,  que se dispuso a componer una faena de mucha personalidad y torería iniciada con ayudados rodilla en tierra y después basada en el trabajo con la mano derecha, en la que destacan tres tandas de un enorme clasicismo, en un palmo de terreno, rematada la primera de ellas con un pase de trinchera de cartel de toros, de cuando se hacían carteles de toros bonitos. Uceda sabía que el izquierdo no era el pitón del toro, pero no dejó de probarle para mostrar a todos que la cosa era así. Entre eso y el fallo a espadas, inusitada circunstancia en un matador tan seguro como él, el reconocimiento a su labor se quedó en saludar una sentida ovación desde el tercio.


El segundo, Playero, número 153, era un animal más armónico en sus proporciones y con más ganas de moverse. Raúl Ruiz le puso los dos pares de banderillas muy toreramente, admitiendo la velocidad del toro, y saludó una sincera ovación de la Plaza entera, que debía haber compartido con Diego Valladar, quien le hizo un prodigioso quite en el segundo de los pares. Las condiciones del toro, su humillación, su casta, son óptimas, en lo tocante al gusto de Madrid, y todos esperamos que Fortes ponga sus argumentos frente a él, tras tantas tardes con ganado duro y correoso, pero el malagueño opta por las lejanías y el toreo despegado o al hilo, dejando pasar la ocasión de dar un golpe de efecto sobre sus capacidades para con el toro más noble y boyante, y así vamos viendo cómo, tras una buena serie con la derecha al inicio, la faena va decayendo sin que Fortes sea capaz de levantarla con sus argumentos. Finalizó al natural sin que lograra excitar a la plebe que se acabó de enfriar con su pobre uso del estoque y del verduguillo. Su labor con este buen toro tiene muchas más sombras que luces y no beneficia mucho las expectativas de Fortes de salir del circuito de las ganaderías más rabiosas.


Víctor Hernández, que venía vestido igual que Fortes, de azul pavo y oro con espumillón blanco, sorteó a Grosero, número 131, de Fuente Ymbro, un toro fino y largo que es ovacionado de salida, al que Uceda Leal en su quite le pega una media verónica de las de contar a los nietos. El toro, que no ha dicho nada frente al penco, saca su personalidad en la muleta, costándole arrancar, acaso por la espantosa manera de citar de Hernández con la muleta formando una uve mayúscula, pero que cuando echa a correr sigue el engaño. Hernández va construyendo su faena, que cobra su mayor expresión cuando se echa la muleta a la izquierda, muy vertical e impávido, y ahí ya va encauzada la faena a más, especialmente en las tandas finales y luego, tras ir a por el estoque, un remate también por naturales de uno en uno rematados atrás, que ponen a casi todos de acuerdo. Estocada caidilla y de buena ejecución que le vale una oreja de peso. 


El primero de los castaños de Fuente Ymbro, Heráldico, número 65, le correspondió a Uceda Leal, un toro que sacó genio y casta, más de lo que Uceda estaba dispuesto a asumir. Inició su labor doblándose por bajo con el toro, que él bien sabe lo que hay que hacer a estos animales así, pero dio la impresión de que no le merecía la pena hacer el esfuerzo y, tras machetear al bicho se fue a por el estoque, dejándole una entera arriba, marca de la casa, que sirvió para llevar el alma de Heráldico a las manos del Creador.


El segundo de los castaños le tocó a Fortes, y este era Soplón, número 105, basto y muy abierto de cuerna, que cumple en varas. En el quite por tafalleras de Víctor Hernández, le prende y le manda a la jurisdicción de Padrós, sacándole de la corrida. En este toro da Fortes mejor medida de su entrega y de sus capacidades para con el toro difícil, al que se lleva a los medios para mantener un vis-a-vis en el que el toro mandaba constantes avisos de peligro, con algunos derrotes rebañando que quitaban el hipo, ante los que Fortes se mantuvo firme y valeroso en una faena de poder a poder que no es de las que excitan a las almas líricas a esas cataratas de adjetivos cursis, sino más bien en la que se encuentran los elementos del toreo eterno, el que se le hace a un animal en cuya embestida está la promesa de la herida, del dolor. Remata su obra con un soberbio volapié, de perfecta ejecución, que por si solo vale la vuelta al ruedo que se dio.


Ya estaba Uceda pensando en otras cosas cuando el percance de Víctor Hernández le puso en el brete de tener que vérselas con Garavito, número 141, el tercero del Puerto de San Lorenzo, otro toro basto y feo, cuya salida, entre manso y corraleado, no nos hizo presagiar nada bueno. Más o menos se notó desde el principio que Uceda no iba a desgranar su mejor tauromaquia con ese bicharraco y, como hombre con oficio que es, anduvo pajareando un poco ante el animal antes de irse a por el estoque y dejarle una estupenda estocada que puso fin a la vida del toro y a la corrida.


Tres toreros con sus propias personalidades. Cada uno distinto de los otros dos. Frente al adocenamiento cotidiano, de tantos que son iguales los unos a los otros, hoy hemos visto a tres hombres que han interpretado el toreo de una manera propia y personal, cada uno de ellos con sus maneras y sus peculiaridades. Eso y un encierro de variados comportamientos nos han dado una estupenda tarde de toros en la que nadie se aburrió.





ANDREW MOORE


















FIN

domingo, 5 de octubre de 2025

Feria de Otoño. Gayumbada de Domingo Hernández en basurienta tarde. Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

La corrida de hoy en Las Ventas, 4 de octubre de 2025, ha sido una perfecta basura. El que tenga prisa ya tiene bastante con esto y puede dejar de perder el tiempo con las letras que vienen detrás. Para el que quiera echar el rato, ahí va la explicación de la tenida antitaurina que se ha perpetrado hoy en la Plaza Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo de Madrid.


Para este sábado, sabadete, las mentes pensantes del entramado empresarial Plaza 1, compuesto por la UTE de las razones sociales Simón Casas SAS y Nautalia Viajes SL, consideraron adecuado programar una corrida de toros del hierro de la Comunidad de Bienes Domingo Hernández, para los matadores de toros Alejandro Talavante, Juan Ortega y Roberto Martín, “Jarocho”, que venía a confirmar la alternativa sin ton ni son que tomó en Palencia, el año pasado, de manos del ínclito Daniel Luque.


Lo primero que hay que poner aquí es la basura de ganado que ha enviado la Comunidad de Bienes a Las Ventas. Si usted quiere cargarse una corrida, ponga en su Plaza seis Domingo Hernández como los de hoy y el fracaso está garantizado. Vaya gayumbada la que se trajeron desde Salamanca, que ya los podían haber enviado directamente al matadero de Martín de Yeltes, especializado en bovino, y nos habían ahorrado el sufrimiento de tener que echar dos horas y pico mirando a esas caricaturas dar vueltas por la Plaza haciéndonos perder el tiempo. El fallecimiento del ganadero ha puesto la vacada en manos de una hija y ésta ha encomendado el trajín agropecuario a su vástago, el joven Marcos Pérez, al que algunos confunden por homofonía con el matador de toros Marco “Ugly” Pérez, sin que haya nada que una a ambas personalidades. Allí se aposentó el señor Pérez, en el burladero titulado “Ganaderos” y allí fue siendo excepcional testigo de la perfecta basura que cría, para que nadie fuera a contarle cuentos chinos y a ponerle paños calientes sobre la condición de su asqueroso ganado. La experiencia no debió ir siendo muy gratificante para el joven, dado que antes de salir el quinto toro abandonó su privilegiada localidad, desapareciendo de la Plaza subrepticiamente, lo cual no es de extrañar, visto lo visto. Ignoramos si portaba una careta con  la que disimular su rostro.


Por empezar por algún lado, tomaremos primero a
Talavante, ya que es el de mayor antigüedad y el nada recordado triunfador de la Feria de San Isidro 2025, que se vino a Madrid a echar la tarde como se podía haber ido al Club de Campo, al open de España de golf. Sin ideas, sin actitud, sin nada que decir ni ganas de decirlo, así anduvo Talavante por Las Ventas en esta aciaga tarde. Tuvo, además la desgracia de sortear el toro más “potable” de la corrida, que fue el cuarto, Morado, número 94, que más o menos recordaba en algo a lo que debía parecerse lo de Garcigrande, ante el que desplegó un abanico de vulgaridad, de desgana y de falta de ambición absolutamente desproporcionado. Antes de sus actuaciones, se tiró un montón de tiempo en el callejón haciendo unos contoneos de cintura más propios de una bailarina de table-dance que de un matador con diecinueve años de alternativa, que por lo visto no le fueron de utilidad a la hora de ponerse a lo serio. Su segundo, como se dijo antes, tenía ciertas opciones, pero Talavante, siempre camaleónico, no quiso ir a cambiar el signo de la tarde y se fundió con el ambiente general tundiendo al toro a base de pico y pico, de pésima colocación, toreando desde la banlieue y poniéndose tan pesado como él sabe hacerlo.


Por orden de antigüedad ahora toca hablar de
Pablo Aguado, de quien a veces hemos resaltado como el más valeroso de esa especie de pareja cómica que forma a veces con Juan Ortega, y tómese lo de “valeroso” con las reservas que se quiera. Son éstos unos toreros, como le pasa a Morante de la Puebla,  que son capaces de excitar de manera harto poderosa esa parte femenina que, al parecer, existe en todos los hombres. La cosa es que Pablo Aguado trajo esta tarde a Madrid un toreo que podríamos llamar “de espejismo”, en el que hay una cosa que es lo que de verdad se ve –arena- y otra que es lo que crees ver –lagos inmensos de agua-. Puso Aguado sus espejismos a funcionar y donde se veía un telonazo algunos creían atisbar el sublime trazo de la verónica arrebatada, y donde tantos veíamos el medio pase ventajista y por las afueras, otros veían el derechazo sublime digno de ser cantado por los poetas. En ese quiero y no puedo se fue yendo la aventura de Aguado, que tampoco contó con la ayuda de ninguno de sus dos Garcigrande, en la que su apuesta del “arte por el arte” se quedó en nada, y de su uso de la espada a la que debe el calificativo de “matador de toros” mejor ya ni hablamos.


Y
Jarocho, que venía estupendamente vestido de burdeos y oro, puso de relieve sus carencias más que sus virtudes. De manera harto injusta la cantaron “¡Pum!, petardo”, a un chico que es un torerito bastante compuestito, con una patente ausencia de oficio, pésimamente llevado y que se presenta en Madrid sin apoderado. Hay que medir el castigo, lo mismo si vas montado en el jamelgo que si estás en el tendido. En este verano hemos tenido la ocasión de verle por ahí y siempre ha parecido que lo principal de su arte era su falta de oficio, lo precipitado de hacerle matador de toros, frustrando una carrera que, mejor llevada, podría haberle deparado más alegrías. Ahora ya está todo hecho y mucho tendrían que cambiar las cosas para que Jarocho consiguiera remontar el vuelo, eso a despecho de la basura de toros de Garcigrande que le han tocado en suerte: el primero era un caedizo flan Dhul, y el segundo solamente concebía el mundo a base de cabezazos; a este segundo salió a torearle con la montera calada, que es cosa que gusta de ver, mostrando su impericia en el uso del estoque tanto en su segundo como en su primero. No deja cartel, como lo dejó el año pasado, cuando la faena al novillo de Fuente Ymbro que le valió el reconocimiento de la afición, y se le pone muy cuesta arriba su carrera.


La tarde en lo taurino no dejó nada, como queda dicho, pero aún quedan unas cosillas que reseñar, dignas de perder un poco el tiempo en ellas. La primera es la nueva tecnología que han aplicado a la fijación de los números en la tablilla que anuncia los toros antes de salir. El solemne portador del cartel, figura que perfectamente podía haber salido  de la corte del faraón Ramsés II por su verticalidad y su hieratismo, avanzaba hacia el platillo para exhibir su letrero, cuando una ráfaga de viento se llevó de él los números 3 y 4 dejando los 543 kilos del cuarto de la tarde, Morado, en unos magros 5 kilos perfectamente antirreglamentarios. La amable disposición de un arenero solícito recogió los números caídos y junto al porta estandarte ordenaron los signos para que todos estuvieran en su debido sitio.


La banda musical se ha incrementado en el doble de profesores y mientras antes ocupaban la mitad del palco 29, ahora lo ocupan en su totalidad. El incremento en los miembros de la agrupación sinfónica que dirige el maestro Zahonero no ha significado un aumento en la sonoridad de la misma, que sigue sonando como siempre. Dicen en los mentideros que se pretende que la banda toque a pleno pulmón durante las faenas en el Festival del día 12, avanzando un paso más en el reconocimiento de Madrid como la Primera Plaza de Pueblo del Mundo.


Acaso porque la edad va haciendo su mella en Joselito Calderón y en Madriles, estos días estamos asistiendo a una renovación en el personal que cumple, en el palco, el papel de “asesor artístico”, y si ayer le tocó hacer el ridículo a Vicente Yesteras en la asesoría de las dos orejas que franquearon la Puerta Grande a Emilio de Justo, hoy nos hemos llevado la sorpresa de que han elevado a la categoría de asesor artístico a Juan Bellido “Chocolate”, ignorándose cuál ha sido el concurso de méritos que ha dado lugar a estos nombramientos.

 

 

 

 
 

 

ANDREW MOORE

 



 
 
 



 

 FIN